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1 mar 2021

  • 1.3.21
El Gobierno anunció hace unas semanas la reforma del Código Penal para modificar varios delitos relacionados con la libertad de expresión. El debate ya estaba abierto. El dilema estaba claro, sobre todo en un país donde la doble moral reina a sus anchas. La cuestión a plantear era obvia. J. J. Gálvez la resumió con claridad en este párrafo: “¿existe un excesivo celo punitivo en un país que encarcela a titiriteros porque sus marionetas muestran un cartel de ‘Gora ETA’, sienta en el banquillo a un actor por cagarse ‘en Dios’ o, incluso, condena a un sindicalista por decir ‘hay que prender fuego a la puta bandera’? ¿Se han fijado demasiados límites a un derecho fundamental? ¿O algunos jueces lo están interpretando de forma muy restrictiva? ¿Qué posición ocupa España respecto a otros países de Europa?”.


Cuando se trata de ejemplos como los anteriores, efectivamente, algunos jueces agarran la escopeta de plomillos dispuestos a poner orden en un país en el que la religión es el principio que debería regir todos nuestros actos, sobre todo si alguien se atreve a ultrajar la bandera, la corona y a dios.

Pero no pasa nada si por ser cura o político te saltas las colas para la vacunación contra la covid-19 por tu cargo o rango en la Iglesia, o bien si dices públicamente que te pasarías por las armas a todos los rojos que se manifestasen como tales. La envergadura de los dislates en este país debe engrosar la enciclopedia de los disparates excesivos superando a la de cualquier otra nación del mundo.

Como bien diría Álex Grijelmo: “Algunos cargos de la Iglesia católica que se han saltado la cola han metido a las vacunaciones en un obispero”. O bien esta segunda perla: “Defender la libertad de expresión y agredir a un cámara es defender la libertad de agredir a un cámara”.

De todos los disparates escuchados y leídos en los últimos meses, hay uno que, por su temeridad, no deberíamos tomarlo a boleo. El pasado mes de diciembre, la ministra de Defensa, Margarita Robles, remitió a la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Madrid el contenido del chat de la XIX promoción de la Academia General del Aire, “por si los hechos en ella reflejados fueran constitutivos de delito, cometido por personas que además pudieran atribuirse la condición de militares en activo, sin serlo”.

La ministra acompañaba el escrito con la información publicada por el digital Infolibre, que incluía frases como: “No queda más remedio que empezar a fusilar a 26 millones de hijos de puta” o “qué pena no estar en activo para desviar un vuelo caliente [con armamento real] de [el campo de tiro de] las Bardenas a la casa sede de esos hijos de puta”, en alusión a la Asamblea Nacional de Cataluña, atribuidas al general de división Francisco Beca Casanova y al coronel Andrés González Espinar, respectivamente.

Pero los jueces no leen estos periódicos, claro. Y yo también puedo entender que para algunos jueces el hecho de que un militar pretenda fusilar a 26 millones de ciudadanos por ser demócratas y rojos o independentistas no exceda el mínimo celo punitivo para meterlos en la cárcel.

Tampoco tiene importancia que juraran lealtad al país y a la Constitución, que hayan vivido toda su vida del erario público, y lo sigan haciendo una vez jubilados, y que no les dé ningún reparo traicionar esos principios que todo buen militar debería respetar y guardar entre pecho y espalda.

Hay otra anécdota –llamémosla así–, entre otras muchas, que por su intención malvada no puedo olvidar en estos momentos. La diputada del PP y exportavoz del partido en el Congreso de los Diputados, Cayetana Álvarez de Toledo, consideró en su día que su mayor logro político fue llamar al vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, "hijo de un terrorista", durante el pleno de la Cámara Baja del pasado 27 de mayo de 2020.

La acusación, justificada según la polémica dirigente popular en que el padre de Iglesias militó en su juventud en el FRAP, le costó una denuncia de Francisco Javier Iglesias, ante la cual Álvarez de Toledo intentó que el PP le costeara la defensa. Casado, sin embargo, no accedió a asumir ese coste, y precipitó la destitución de la portavoz de su cargo, en agosto.

"¿Cuál diría que es su mayor logro político?", le preguntaron a la diputada por Barcelona en una entrevista en la edición de diciembre de la revista Vanity Fair. "Llamar a Pablo Iglesias por su título", respondió ella. Aquí los jueces –algunos– tampoco ven ningún mal, pues se trata de un joven que viste coleta y se autoinculpa marxista.

Mi amiga María Jesús Casals, que fue una profesora de excelencia, me ha recordado hoy la vigencia de estos resquemores contra titiriteros y cantantes. Como ella dice, todo (o casi todo) está escrito. Aquí un pasaje del Quijote:

—Este, señor, va por canario, digo, por músico y cantor.

—Pues ¿cómo? —replicó don Quijote—. ¿Por músicos y cantores van también a galeras?

—Sí, señor —respondió el galeote—, que no hay peor cosa que cantar en el ansia.

—Antes he yo oído decir —dijo don Quijote— que quien canta sus males espanta.

—Acá es al revés —dijo el galeote—, que quien canta una vez llora toda la vida.

—No lo entiendo —dijo don Quijote.


(Cervantes, Don Quijote de La Mancha, primera parte, capítulo XXII)

Entre tanto dislate sin pena ni gloria, sin cárcel y sin rencillas, hay disparates que vencen toda mala voluntad por la bondad de sus actos y su capacidad de fabulación. Cuentan las crónicas que una monja del Convento de las Rosalinas en Valladolid de 29 años levantó un gran revuelo al descubrirse ella misma que estaba embarazada de tres meses.

La consternación fue aún mayor cuando, lejos de admitir que un escarceo sexual con algún cura o visitante del convento fue la causa del dicho embarazo, la monja aseguró que ese niño crecía de forma mágica en su vientre y sin relación sexual previa. Esta fue su confesión: “Yo no quiero pecar de inmodestia, ni ofender al santo padre, pero esto ha tenido que ser el espíritu santo, no hay otra explicación puesto que yo no conozco ni he conocido hombre en los años de mi vida. Ha debido visitarme en sueños y fecundarme. No estoy diciendo que yo sea una nueva virgen María, eso tendrán que confirmarlo desde el Vaticano”.

Entre tanto dislate desconcertante y fabuloso, España sigue siendo un país de frases hechas. Qué sería de nosotros sin estas prescripciones milagrosas que nos libran sin solución, y también sin pena ni gloria, del psiquiatra más reputado.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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