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Mostrando entradas con la etiqueta Diario de un periodista cansado [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
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17 ago. 2017

  • 17.8.17
Éste es un tiempo difícil y el hombre que observa las estrellas fugaces que cruzan el cielo lo sabe. De vez en cuando, se asoma a la ventana y mira el mundo ancho que sus ojos no alcanzan a abarcar; o se sienta en la arena como si metiera su vida entera en el mar y, aunque el horizonte es finito, admira la falsa infinitud que su imaginación le propone; o bien pasea por las mismas calles de todos los días y adivina otra ciudad distinta a la de ayer.



Sin embargo, la fosa donde lo ha hundido este tiempo de infortunio le rompe los sueños más verosímiles en sus propias manos y, aún así, con los coágulos recientes de una herida que no cicatriza, avanza sin rumbo por los atajos que le oferta la noche.

No hay estrellas fugaces hoy. Tampoco ayer. El hombre que observa un cielo estrellado sabe que el universo es todo movimiento pero, a esa hora en que la ciudad duerme, en el firmamento reina una paz estática y medida que no tranquiliza a nadie, porque la quietud que él mastica es el anticipo improvisado de la desgracia.

Mañana volverá sobre sus propios pasos. No obstante, comprobará que todos los días son el mismo día y que también el tiempo está estancado no solo en su memoria sino también en la de quienes le rodean y le quieren o le odian. Los demás son escépticos a los cambios y prefieren morir en un rincón conocido y reconocido por sus semejantes que abrirse a otro paisaje que nadie ha dibujado en sus biografías.

Todos saben que el miedo es la sensación que les habita y saben también que el miedo es una pomada que endurece la piel, que oscurece y oculta la piel, y sobre esa misma piel los demás solo percibimos una capa gelatinosa, como baba de caracol que humedece el cuerpo.

Y eso es el miedo que va de adentro afuera pero también de afuera para adentro, y en ese punto en el que se bifurcan los miedos interiores y los ajenos, la piel es ya transparente, como si no la hubiera, pues nadie quiere entender en realidad que, cuando el miedo es un sentimiento común, el advenimiento de otros tiempos de bonanza se transmuta en días de vigilia que nadie desea sentir en la propia piel que el miedo hizo cenizas en este futuro sombrío.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

17 feb. 2017

  • 17.2.17
Este hombre cuenta con los dedos, como cuando era un niño, las últimas monedas con las que no alcanza para cerrar el mes. La crisis financiera, la recesión económica, las reformas laborales y otras palabras nuevas para él, que nunca entendió en su concepto preciso, son las razones por las que sus sueños se han estrellado como un huevo contra el futuro y se ha hecho añicos.



Ahora ya no es un niño y sabe que cuando las cuentas no salen, con dedos o sin dedos, algo va mal, y que cuando esa situación de inestabilidad no depende de él ni de cualquiera con quien se tropieza por la calle, la solución siempre es una falsa solución. Eso sí: si es que la hay.

Cuando el poder de adquisición se reduce como los días en invierno, hasta el mismo punto que una tarde nublada oculta las montañas más próximas, la oscuridad suplanta a la luz y las tinieblas configuran formas imposibles de descifrar que no tranquilizan el alma.

La sociedad de consumo, cuando el consumo no es posible, es la peor de las pesadillas, porque las pesadillas violentan toda esperanza emergente y debajo de la almohada nada más podemos esconder aspiraciones livianas que en nada pueden sustituir a los sueños que nos hicieron crecer cuando todavía contábamos con los dedos tantas sospechas que no pudieron ser posibles.

Posiblemente estas sospechas ni siquiera alcanzaron a ser proyectos, porque el olvido, cuando la vigilia recorta la intensidad de la luz, amenaza no solo con romper las esperanzas desmenuzadas día tras día, sino que también oxida toda posibilidad de que otro tiempo nunca soñado alcance a ser real, aunque ya se sabe que la vida se alimenta de la ficción y sin ficción no es viable la realidad que nos mueve y conmueve.

Afortunadamente, la ficción es maleable como el barro, pero llegados aquí es necesario que las manos sepan moldear el horizonte desdibujado que otros resquebrajaron y rompieron por nosotros, contra nosotros y, sobre todo, sin nosotros y a nuestro pesar.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

20 ene. 2017

  • 20.1.17
El hombre que mira a las nubes no busca el rastro de la lluvia inminente ni piensa que la lluvia le pueda devolver la nostalgia que no quiere. Se ha cansado de mirar al frente y atrás, después de toda una vida caminando cabizbajo. Ahora mira al cielo y deduce que el universo también debe ser finito, aunque inmenso observado desde este ángulo en el que las cosas se muestran pequeñas y cercanas. El hombre piensa que toda una vida, ni varias vidas vividas en una sola, bastarían para abarcar las dimensiones de una realidad que se nos muestra ilimitada y agotadora.



Ahora la lluvia, aunque todavía son menudas gotas de agua, le devuelve una inquietud ajena, nueva para él. Se pellizca los brazos porque teme que su identidad se le haya evaporado con este viento incipiente y que alguien que cruce por el lugar le devuelva otra experiencia trocada que confunda con la propia y que no coincida con sus esperanzas últimas.

El hombre no teme a las tempestades exteriores que mutan esta naturaleza conocida por otra cuya imagen rehúye a regañadientes. Teme, sobre todo, a los huracanes interiores que le tiñen el alma de un color que desconoce.

Mira de nuevo a las nubes y no ve el sol que busca y le ilumina, mientras la lluvia, densa como una nuez, le nubla la vista, y se imagina nadando a brazadas huecas en un mar cercano, náufrago de él mismo, consciente de que cualquiera se ahoga en el lago de sus propios sueños confundiéndolo con el océano de ilimitadas orillas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

6 ene. 2017

  • 6.1.17
Sabemos que el tiempo no existe. Alguien escribió que Dios creó el tiempo y el hombre inventó las horas. Podría ser. Tampoco sabemos si la memoria existe. Probablemente seamos hijos del olvido. Ahora no recuerdo. Eso piensa este hombre.



Ahora mira este arroyo que desborda las orillas después de una riada reciente. La lluvia ha menguado y el cielo, al abrirse, muestra un sol tímido un tanto gris, como si fuera un huevo redondo. Ve a dos jóvenes zambullirse en sus aguas claras. Junto a un tronco, encuentra sus ropas en un desorden buscado.

Ahora mira otra vez y no ve el arroyo, sino la tierra cuarteada, y no hay árboles, y el canto de los jilgueros y los verderones se ha disipado con el viento y esta primavera desacostumbrada.

Ahora observamos a este hombre desde donde no puede adivinar nuestra presencia y advertimos que no tiene mirada, y que su edad suma treinta más tal vez –o más– y que en su gesto de abandono no hay una expresión de desengaño sino de apatía, y que en los treinta años ya vividos que ahora recuerda cuando ha cumplido los cincuenta solo hay momentos desvencijados que no suman una vida, sino una existencia umbría y un destino esquilmado de desaciertos.

Este hombre no sueña. Mira este arroyo de su primera juventud. Y nada más ve que el tiempo, aunque inexistente, se le agota por instantes. También es cierto que la realidad es otra. Pero esta ya no le interesa tanto como la anterior, aquella que tuvo que haber vivido.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

13 jul. 2014

  • 13.7.14
El miércoles, mientras hojeaba el periódico, se tropezó con una noticia que le desconcertó. Se trataba, según el diario, de un hecho excepcional. El lunes anterior nadie había perdido la vida en las carreteras españolas. ¿Y dónde radicaba concretamente la excepcionalidad de aquella noticia? Precisamente en que desde el 30 de enero de 2006 no se producía otro hecho igual. Es decir, durante 22 meses, todos los días se había producido algún accidente de tráfico mortal. Las estadísticas todavía ofrecían algunos datos más desalentadores. En los últimos doce años sólo se habían contabilizado cuatro jornadas sin víctimas mortales en accidentes de tráfico.

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Ese mismo lunes, F.C.C. se había despertado huyendo de un mal sueño. Había llamado a la agencia para decir que esa mañana no iría al trabajo, que tenía la salud resquebrajada por alguna razón que desconocía y que intentaría, si se recuperaba, ir por la tarde.

Aquél fue un fin de semana negro, porque las relaciones con su mujer se acercaban a la curva final a una velocidad de vértigo. También fue un fin de semana gris, porque la lluvia y un cielo encapotado no permitieron ver la luz del sol, ni siquiera dejaron ver la luz.

Así que el domingo se acostó con la sensación equivocada de que allí se acababa el mundo. Pero el Apocalipsis nunca da los buenos días con tarjeta de visita. En algún lugar, desde luego, está escrita o grabada la fecha del último día, pero nadie sabe quién la custodia.

Hasta los últimos meses había mantenido unas relaciones maritales bastante aceptables. Había dejado de beber con los amigos hasta las tantas al salir del trabajo. Nunca pisó un burdel, excepto en una ocasión en que se había ligado a una puta en un pub en pleno centro de la ciudad. La experiencia le alivió la soledad que anidaba en su corazón, pero desde entonces nunca logró reconfortar su alma con otros amores de saldo.

Alejandra María del Mar, su mujer, no era ajena a esa vida descontrolada en la que vivía sumido su esposo, porque por las noches, mientras dormía, hablaba a voces del destino incierto por donde transitaba su vida.

Alejandra amaba a F.C.C. como el primer día. Nadie lo entendía porque tenía un cuerpo que obligaba a beber sin pausa y a espurrear el alcohol sin razón alguna. El líquido se atascaba en la garganta y no te dejaba respirar. Todos la miraban sin pestañear con esa inocencia desbocada que provocan los acontecimientos inusitados.

Era valiente en el vestir y dinamitera en el andar. Era la guerra personalizada encaramada a unos zapatos de tacón excesivamente altos. Alejandra María del Mar empezó a dejar de amarlo un buen día en que se dio cuenta de que la vida no cerraba sus fronteras al otro lado del barrio, sino que ése era en todo caso el comienzo del camino.

Aquella mañana de lunes pensó que no valía la pena vivir y que ya no podría ser feliz sin esa mujer a su lado. Llamó al trabajo para decir que se sentía mal. Después se vistió con una calma moderada. Escribió una carta de despedida, breve y con letra clara, que no dejara lugar a dudas.

Cualquier curva a esa velocidad, pensó, era un obstáculo insalvable. Pero fue en ese momento en que oyó que alguien metía la llave en la cerradura e intentaba abrir la puerta. Era Alejandra, le dijo que no había vuelto porque nunca se había ido, que nunca se iría de su lado porque el mundo era muy frío lejos de aquella casa en la que habían vivido cerca de treinta años.

La alegría lo había debilitado aún más. Se encamó con la vocación de un enfermo en fase terminal, pero el martes por la tarde se sentía mucho más aliviado hasta el punto que le dijo a Alejandra que la vida valía la pena y que después de tantos años la amaba como el primer día.

El miércoles, mientras esperaba el autobús leyó en la prensa que aquel lunes había sido el primer día, en casi dos años, sin muertos en la carretera. Agradeció con una sonrisa el buen sino de aquella noticia. Después sonrió sin que nadie le viera, porque sólo él sabía que el muerto de ese lunes ingrato tenía que haber sido él. Tiró el periódico a la papelera y subió al autobús. Mientras se dirigía al trabajo, le sonó el móvil. Era Alejandra.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

29 jun. 2014

  • 29.6.14
Cuándo fue el último día, quién anunció la despedida si ninguno sabía que el final tenía fecha fijada, si ninguno tenía billete de partida y mucho menos pasaje de vuelta. Lo supieron en ese mismo instante inevitable, ese instante en que los tragos y los estragos amenazan sin titubeos. Era un día cualquiera con sus horarios preestablecidos, su monotonía de mañana limpia y frágil, con su lentitud de piedra inamovible.

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Nada había en el ambiente que delatara una conspiración contra los sentidos, no había ni una sinuosa sospecha de que sus ojos ya miraban hacia la otra vía del tren. Ella lo supo en ese mismo instante. Se trataba sólo de una décima de segundo, de una porción de tiempo incontable, intangible a simple vista, pero que escondía toda una secuencia de aconteceres posibles.

Ella no dijo nada, porque ignoraba que cuando los ojos han dejado de mirar ya llevan tiempo observando otro paisaje y que cuando las manos no buscan las tuyas es porque ya llevan tiempo abrazando otro cuerpo y que cuando esperas una llamada telefónica que no suena es porque la palabra se apagó muchas madrugadas atrás.

Ella no lo sabía. Lo intuía, por supuesto, porque la intuición es la sospecha certera de la catástrofe. Después, sin que ella se dé cuenta del paso del tiempo, todo se confirma en un instante. Se trata de un momento intrascendente en el que nada sucede pero en el que todo puede ocurrir. Ocurre, por supuesto, también con la fortuna, pero sobre todo con el infortunio. Uno lo adivina antes de que acontezca y cuando se materializa ya es tarde para rebobinar los días masticados de la vida.

Cualquiera se puede equivocar, pero más que nadie incurren en este error aquellos que no dejan un lugar a la duda, que no abren el abanico a los vientos encontrados del azar. En ocasiones, nadie es culpable y nadie es la víctima. Sólo se abre la ventana y por allá a lo lejos entra un aire fresco que anuncia un día azul.

Ella no sabía nada de cuanto le iba a ocurrir pero cuando el viento comenzó a soplar los cabellos le dejaron el rostro desnudo y para ella fue como un espejo que se apagó en ese mismo instante. Ella no sabe si fue un segundo o tal vez menos, pero se vio reflejada en otro cuerpo y postergada en un tiempo futuro que no reconoció como propio. En cualquier caso, era ella. Lo sabía, y no dudó en aceptar los estragos del instante y las secuelas de su desconsuelo.

Después lo vio a él como a un desconocido viviendo una vida que no le cuadraba. Hasta que lo recordó joven y lo identificó como el hombre que siempre quiso ser: liviano, discreto, invisible. Lo vio cruzar la casa de esquina a esquina sin hacer ruido, sin manchar las baldosas con sus botas embarradas de montar, lo vio abrir la cerradura sin llave y cerrar la puerta como quien atraviesa las paredes de un sepulcro.

Apenas le sobró tiempo para confirmar que desde hacía mucho tiempo había construido otra vida ajena a la suya y que, aunque estaba a su lado, en realidad navegaba por otros mares y conquistaba otras arenas.

Más tarde volvió a mirarse en el espejo y vio su belleza intacta de mujer madura, su felicidad compacta de no haberla usado, se buscó las arrugas que no había y las posibilidades prematuras de los desencantos desflorecidos, pero sólo halló un rostro deshabitado, una mirada huida, unas manos que nunca apretaron sus manos, y sobre todo la certeza de que ya era tarde para decirle cuanto había callado hasta entonces.

Se recostó en el sofá compartido de sus soledades efervescentes y descubrió media vida trastocada por los estragos del amor, pero en realidad se trataba de media vida vivida sin amor, y eso la perdió en el desasosiego. Le quedaba todavía otra media vida para usar a su antojo, pero ya era tarde para arrastrar tantos años inútiles y sin uso. Podía más la propia inercia del miedo que los vendavales inmisericordes de una pasión mancillada.

Ella ya no podía componer media vida con proyectos legítimos cuando tanto pesaban las ilusiones marchitas. Se sentó a la mesa para cenar, sola, como tantas noches, pero ahora con la clarividencia aterradora de que así sería para siempre. Antes rompió el espejo y quiso pensar que no era bella y que la belleza que su imagen le ofrecía sólo eran rastrojos del pasado.

Sabía que se equivocaba, pero tanta tierra quemada es mucha tierra para cruzarla de nuevo en otra dirección. De pronto dejó de pensar en él. No sabe cómo sucedió. Después se tocó la prolongación de los párpados y percibió en sus dedos las primeras huellas de una vejez enamorada y atenazadora.
ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

5 jun. 2013

  • 5.6.13
Hay un libro que nunca he podido terminar, porque el dolor me ha podido más que la necesidad de alcanzar la última página. Hablo del informe sobre los desaparecidos de Argentina, más conocido como Informe Sabato. Una sucesión inabarcable de desatinos y estricta en sus descripciones sobre la tortura y el crimen en aquel país hermano.

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Hace unos días murió Jorge Rafael Videla, y quería haber escrito unas líneas sobre este hijo de puta que falleció a los 87 años en la cárcel del municipio argentino de Marco Paz, a 50 kilómetros de Buenos Aires. Nunca se arrepintió de los crímenes que cometió u ordenó que otros cometieran, ni durante los diez años que sufrió arresto domiciliario ni durante los otros diez que estuvo encarcelado.

Más de 30.000 personas desaparecieron, más de 400 bebés robados en los centros de torturas y un periodo de terror que presidió con mano de hierro y teñida de sangre entre 1976 y 1983. No estuvo solo en el poder. Le apoyaron el poder económico y financiero, y la Iglesia católica, que bendijo la represión en esa curiosamente llamada “cruzada por la fe”.

Era católico, y tuvo la oportunidad, en este largo periodo de tiempo, de haberse arrepentido, de haber borrado públicamente su culpa ante su pueblo y de haber perdido perdón por la sangre derramada. No lo hizo. La Iglesia, tampoco. También ocurrió en España. A fin de cuentas, somos hermanos de leche.

Cuesta entender que estos fascistas de mierda comulguen y que la hostia no se les atragante en la garganta. Y cuesta entender que la Iglesia dé la comunión a estos asesinos irredentos, incapaces de arrepentirse de sus propios pecados.

De qué materia están hechos estos pobres hombres que, vulnerando la letra pequeña de sus mismos anatemas, matan en nombre de ese mismo dios que, si es como ellos dicen que es, estará temblando, escondido detrás de cualquier nube, por miedo a la furia del general, por miedo de que implante a escala el infierno en los álamos puros y tiernos del paraíso que no existe.

Murió sin arrepentirse. Lo pienso y me pongo a temblar.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
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14 may. 2013

  • 14.5.13
¿Ayudan las estadísticas a hacer el retrato robot del desempleado español en estos momentos? Leo la prensa y hago mis propias acotaciones. Su perfil es el de un hombre, aunque también afecta a muchas mujeres; soltero, aunque tampoco escapan a esta epidemia que se extiende como el aceite el casado o el divorciado, aquí el sistema no establece diferencias; con estudios secundarios, aunque también conocen esta lacra titulados universitarios y también quienes nunca abrieron un libro en su vida, así como doctores –aquí no se incluye a los médicos y otros sanitarios, de momento-.

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Además, procede del sector de la hostelería o la construcción, y bien puede ser albañil, ingeniero o arquitecto, si bien se han visto afectados por la tormenta periodistas, periodistas y periodistas –tal vez todavía quede alguno con trabajo, pero es cuestión de tiempo, admiten los gurús-.

El perfil del parado es bastante estrecho, según los analistas, aunque el número de personas afectadas por el síndrome se amplía cada día. Es de gesto huraño, no se le conoce la sonrisa, ha olvidado qué son unas vacaciones con dinero, en muchos casos vota al Partido Popular –varía según provincia-, es indolente, generalmente no practica el escrache, tampoco cree en la revolución y poco a poco también va dejando de creer en la democracia.

Si un día dejara de votar crearía tal vacío en la teoría política que ningún político se para a pensarlo; es de estatura media, aunque dicen que está dejando de crecer; le mengua poco a poco la barriga cervecera; no sabe de qué va el sistema capitalista; hace ya un tiempo que dejó de entrar en los bancos, un día tal vez se le prohíba incluso la entrada. Nunca se sabe. El sistema se regenera a cada instante.

Pero este desempleado medio ya no tiene instantes. Cualquier día desespera y lo manda todo al carajo, rompe las estadísticas y falsea las expectativas de los ricos, que lo tratan como alimaña. Un día de estos se deja llevar, si no ustedes lo van a ver, y le da por escribir la historia a su modo. Pero a los analistas les da la impresión de que para que esto ocurra todavía falta tiempo o que alguien apriete más las tuercas. Ya se verá. Todo es cuestión de que al alguien desespere del todo. Al tiempo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
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26 abr. 2013

  • 26.4.13
Alguien lo habrá dicho alguna vez, pero yo lo digo ahora. Esta crisis financiera y económica desarrolla la ironía y potencia la imaginación. Algo bueno debía depararnos este caos en el que estamos inmersos. El caso es que una empresa canaria ha diseñado una nueva línea de trabajo con el objetivo de crear videojuegos que reflejen las noticias de mayor actualidad. El periodismo siempre inspiró a los humoristas, así que el día en que este desaparezca –ya queda menos-, el humor también se irá al carajo.

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Mientras esto ocurre, la empresa 4D3 Animation Studio ha lanzado al mercado un videojuego titulado Dárcenas: El Tesorero Corrupto, obviamente inspirado en el extesorero del PP Luis Bárcenas. El jugador podrá jugar –valga la redundancia- a ser el propio Bárcenas, podrás repartir dinero entre los militantes de su partido y enviar fondos a sus cuentas privadas en Suiza antes de que Hacienda los pille.

El jugador debe repartir al menos la mitad de la cantidad donada y para ello debe lanzar a sus aliados distintos sobres sin que salgan de la mesa. El juego, como también es lógico, termina cuando un jugador descontento filtra sus libros de cuentas a la prensa.

El videojuego, a fin de cuentas, se parece tanto a la vida, que cualquiera podría pensar que alguien se lo inventó. En ocasiones, el hecho más verosímil se nos muestra como el caso más insólito. Nadie lo ha escrito, pero yo lo añado.

Para participar en este juego, que no es de azar, sino de encubrimiento, no se necesita manual de instrucciones, sino solo disponer de una cara dura que nadie te la rompa; tampoco se precisa de principios morales, pues se trata, no de joder a los demás, sino de enriquecerte tú mismo; y finalmente, es prescindible que el jugador esté al día de la actualidad política, pues la corrupción es hierba que crece tan a menudo que ninguna legislatura se salva de la quema.

En fin, en tiempos de crisis, está bien aprender a engañar a los demás con juegos de este tipo, pues la realidad nos da oportunidades, pero no nos enseña a aprovecharlas a fondo. Ahora siéntese y haga juego. Un golfo más no importa. Le aseguro que no estará solo en la partida, ni en el partido. Suerte.

Solo tenga cuidado con Hacienda. Porque Hacienda somos todos. Y todos –o casi todos- ya estamos un poco hasta los cojones. Dicho sin metáforas, que las figuras del lenguaje enturbian a veces el mensaje.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
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2 abr. 2013

  • 2.4.13
Hay golfos –en el argot popular más conocidos como "chorizos"- que tiran a lo alto, como Urdangarín, Bárcenas y sus acólitos, y otros. Es decir, lo que se podría denominar "golfos de primera fila", "gran reserva", "con pedigrí", "delincuentes cum laude", etcétera. Dependerá siempre si usted es cinéfilo, catador exquisito, amante de canes o académico endogámico. Sólo por poner algún ejemplo.

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Pero también hay caraduras del montón –y del motín, por supuesto-; lazarillos del momento, electricistas doctorados en el enchufe a mogollón; sinvergüenzas de andar por casa –ajena, eso sí-; sanguijuelas que chupan la sangre de las instituciones sin alcanzar la categoría de vampiros propios del celuloide; gente mezquina, a fin de cuentas, que hacen felices a muy pocos a costa de los demás.

La exalcaldesa de Chipiona Dolores Reyes (PSOE) pertenece a este segunda categoría. A finales del pasado mes de enero, la Audiencia de Cádiz la condenó a siete de años de inhabilitación por haber colocado en el Ayuntamiento de manera ilegal a 345 amigos y conocidos como personal laboral eventual entre 2000 y 2004.

No me imagino si esta señora hubiese sido alcaldesa de ciudades como México D.F. o Tokio a cuántos advenedizos les hubiese solucionado la vida con su grande y generoso corazón. La susodicha contrató a dedo de manera masiva y sin proceso de selección de candidatos, sin consignación presupuestaria y obviando los informes en contra de la Intervención municipal, que advirtió, al parecer, de la nulidad de las incorporaciones.

En Chipiona, que no es Nueva York –por si alguien se despista o nunca vio un mapa- , esta mujer debió contratar a primos segundos, compañeros de estudios, amantes de una sola noche, noctámbulos extraviados en sí mismos de una juventud ya marchita, votantes fortuitos, aduladores coyunturales, acreedores insobornables, etcétera, etcétera. Si no, no se entiende cómo tanto compromiso puede dejar exhaustas las arcas municipales.

Yo siempre he pensado que es más rentable sentar en la Alcaldía a criaturas solitarias, amigos de pocos amigos, gente de mal carácter a quienes cuesta acercarse, a gente saboría que nunca presta atención a esas demandas fortuitas e interesadas que acechan al poder.

El problema radica, obviamente, en dónde ponernos a buscar a esta gente honrada. Que haberla, hayla. Pero a ver quién se pone a buscar gente con dignidad en tiempos en que la ética es más difícil de encontrar que un billete de 500 euros. Que haberlos, también los hay. Yo, una vez, vi uno y lo palpé con mis manos. Son de esas experiencias que sabes que no se volverán a repetir.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
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22 feb. 2013

  • 22.2.13
A los políticos, conocidos los últimos escándalos, debería prohibírseles que cuadraran los Presupuestos Generales del Estado a su antojo. Pero también convendría encontrar procedimientos reglados para que no manejaran las metáforas a su antojo. Leo en la prensa una frase de Rajoy que me ha hecho salivar agua marina: “Hemos evitado el naufragio”. Y me he preguntado meditabundo y preocupado qué querrá decir con eso del naufragio.

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Primero, porque no creo que un presidente que ganaba tres sueldos disponga de tiempo libre, después de contar los billetes, para abrir un diccionario y buscar el significado de todas las palabras. Y más, un significado simbólico, como es el caso.

Y después, porque no recuerdo haberlo visto embutido en bañador en ninguna fotografía de prensa. Es posible –me atrevo a insinuar- que ni siquiera sepa nadar, con lo que el supuesto del naufragio le viene de oídas –más que de bebidas-.

Sin embargo, su antecesor, don Manuel Fraga, lució bañador de época con la crisis de Palomares. Y hasta creo recordar que José María Aznar también lució tipo, aunque él nunca creyó en ninguna crisis cuyo origen fuera su propio partido.

Se ve que Rajoy no ha leído a Rafael Reig, que inundó todo Madrid de agua y sabiduría creadora en una de sus novelas. Y se ve, sobre todo, que no sale a la calle. Así que no se percata de los maderos que flotan a contracorriente de un navío que se jodió hace unos años y que lo llamaron "burbuja inmobiliaria", y cuyas secuelas todavía hacen imposible la navegación hacia un futuro más prometedor.

No sale a la calle, así que no ve cómo muchos ciudadanos se agarran al flotador del patito que es su sueldo de mierda para llegar a final de mes, y cómo otros dibujan señales de socorro con la mano antes de que se los trague la marea del desencanto o del desahucio, y cómo algunos otros hacen señales de humo en las ascuas de un ERE inoportuno y no deseado. Rajoy no ve la calle porque no tiene ventanas con vistas en su palacio que den a la plaza central del desencanto colectivo.

Algunas veces, los periodistas quisieran saludarlo, sólo saludarlo. Ya ni se les pasa por la cabeza preguntar nada. La canalla siempre jodiendo, ya se sabe. Pero él no se deja. Ahora bien, para que nadie olvide quién es quien gobierna, se deja ver en la pantalla, como si fuese una nueva modalidad de rueda de prensa.

No sólo innova con el lenguaje. También con las herramientas de la comunicación corporativa. ¿Dónde habrá comprado este hombre a sus asesores de comunicación que le están rompiendo en pocas estacadas su perfil tan impreciso y huidizo? De los conocimientos sobre comunicación por parte de González Pons, prefiero no hablar. Si yo lo tuviese que examinar no podría salir del país en ningún mes de septiembre.

En este país, el único que sabe manejar las metáforas con acierto y sabiduría es El Roto. Él dibuja a un matrimonio que pasea por la calle. Ella mira los escaparates de su propia nostalgia y dice al marido: “¿Te acuerdas de cuando comprábamos?”. El marido, que mira para otro lado o hacia ninguna parte, responde sencillamente y sin titubeos: “No”. Eso es el naufragio. Que alguien se lo diga a Rajoy.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO










1 feb. 2013

  • 1.2.13
La vergüenza se extiende como una mancha de tinta indeleble por toda la piel de toro de este país de charanga y pandereta. Los caraduras –aceptemos la metáfora o eufemismo como un gesto de bondad o indiferencia hacia quienes no merecen gesto alguno de benevolencia- se multiplican en estas tierras como melones y sandías en verano. La mayoría, eso sí, están cucos. Pero esos precisamente son los peligrosos.

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Cómo la gente que no tiene vergüenza se atreve a gestionar una crisis económica y financiera, a menguar los sueldos de los funcionarios cada vez que se rascan la ceja, a condenar al paro eterno a los desempleados, a privatizar servicios públicos que hemos pagados entre todos. Y lo dejo aquí ya para no mosquearme demasiado.

Las cuentas secretas de Bárcenas no son un escándalo, sino una vergüenza nacional. Como escribe Iñaki Gabilondo, con esos apuntes de cuaderno y otros papeles secretos enchironaron a Al Capone. Al parecer, Rajoy cobró 25.200 euros anuales durante once años. Prebendas semejantes llegaron también a los bolsillos de Cospedal, Rato, Mayor Oreja, Arenas, Acebes y Cascos. Ellos niegan estos pagos, obviamente. Faltaría más.

Independientemente de lo que digan los jueces en su día, suena a verdad una estructura financiera que, en palabras también de Gabilondo, "se parece demasiado a la mafia". Hay tanta verdad aparente en este aparato económico tan increíble y dislocado, que nadie alcanzaría a imaginarlo ni a inventarlo sin atisbos de realidad. Lo grave de este escándalo, por asombroso que nos parezca, es que huele a que es cierto. De ahí nuestra sorpresa y nuestra indignación al mismo tiempo.

Cuando los norteamericanos supieron que Bill Clinton se las traía con una becaria, no les jodió tanto el tema en sí como que su presidente les mintiera. A algunos también les jodería que la becaria no se la hubiera mamado a ellos y otros probablemente aplaudirían que su presidente echara una canita al aire. Hay de todo en este planeta verde.

Pero a mí me jode que esta gente se lleve el dinero y que luego además lo niegue. Me joden las dos cosas por igual. Y sobre todo que, después, hechas las cuentas, decidan bajarme el sueldo otra vez para aliviar la injusticia común. ¿Serán mamones? Aunque llevan razón.

Los mamados somos los ciudadanos que no nos movemos ni nos indignamos o enfurecemos por estos negocios sucios a los que ya, por cotidianos tal vez, hasta comienzan a parecernos naturales y legítimos y también comienza a molarnos que se forren delante de nuestra jeta y después se froten las narices. ¿También consumen coca?

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

22 dic. 2012

  • 22.12.12
Nunca le dijo que la quería. Para qué. Llevaban tantos años viviendo juntos que, se supone, ella debe saber que la amo sobre todas las personas, se decía a sí mismo en esos días grises que confunden en lo más hondo del alma. Se conocieron siendo adolescentes, cuando estudiaban en el instituto. A él le gustó su piel tersa, sus ojos con luz, su andar insinuante, su mirada de ave rapaz, su tesón ante el infortunio pero, sobre todo, su constancia y su lealtad a prueba de cualquier catástrofe. Ella se sintió atraída por su discreción de hombre corriente, atento, educado a la antigua usanza, frío y equilibrado en sus decisiones, pertinaz en situaciones límite.

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Habían sobrevivido juntos a tantas catástrofes y cumpleaños felices, que él pensó siempre que el matrimonio era el único huevo que no se hacía añicos al estrellarse contra el pavimento. Y así ocurrió durante algunos años. Durante bastantes años. Pero no hay mal que cien años dure, se decía a veces. Las noches que el insomnio le podía, se levantaba de la cama sin hacer ruido y le gustaba mirarla mientras dormía un sueño intransferible y feliz.

De hecho, lo hacía cada vez con más asiduidad. Después caminaba hasta su despacho, se ponía algo de whisky en el vaso y salía a la terraza aunque la noche fuera fría o lluviosa. Regresaba al despacho y se acomodaba en el sillón de orejas, abría un libro que no leía, y se quedaba pensando hasta que el sueño le abrazaba la piel.

Al amanecer, ella lo encontraba con el libro caído entre las manos y con una sensación de sentirse confundido en los sueños, que no era sino la misma sensación de verse abatido en la vida de todos los días.

Lo dejaba dormir todavía media hora más mientras le preparaba el desayuno y después lo despertaba con un beso tierno como él ya no recordaba, y le obligaba a ducharse y a vestirse para salir a la oficina. Cuando alcanzaba a tomar el desayuno, ella ya había partido al bufete donde trabajaba. En una nota le dejaba escrito: “Nos vemos. Besos.” Pero aquella noche no volvió.

Por la noche se hizo una cena fría, pero no comió ni un bocado. Esperó su regreso y, mientras lo hacía, controlaba su enojo, su impuntualidad, su falta de cordura, su desafección al matrimonio y al amor conyugal, o algo así. Ella nunca se había retrasado en su vuelta a casa, ni se había excedido en la bebida ni había jugado a la seducción con otro hombre que no fuera él. Tampoco esta vez lo hizo.

Recordó la nota de la mañana y entendió sin acritud que era una despedida en toda regla. Lo había intuido bastante antes, mucho antes de que a ella se le hubiera ocurrido abandonar el hogar. No hubo más palabras ni una despedida en regla. Solo una nota breve que no dibujaba el porvenir.

Aquella noche tampoco durmió. Se quedó mirando la cama vacía y nada más entonces comprendió que estaba solo en la casa. Salió a la terraza con un vaso de whisky y se quedó mirando las estrellas como si se tratara de un puzle irresoluble.

Al amanecer, ella lo encontró sentado en la terraza, el vaso roto en el terrazo. Tenía la expresión de un niño perdido o desesperado, pero en realidad se trataba de un cuerpo que no tenía vida. Estaba frío como la mañana. La ciudad se agitaba con una monotonía de rutina y un sol sin brillo habitaba la ciudad.

Se sentó a su lado, sin mirar el cuerpo, bebió de la botella y comprobó, aun sabiéndolo, que el whisky no le gustaba. “Sabe a chinches”, dijo. Después cerró los ojos, cansada, sin saber qué hacer y sin saber por qué aquella noche había vagado de pub en pub sin vocación de noctámbula. No le sorprendió verlo allí tirado en la hamaca como un muñeco de goma. Fue al cuarto de baño y se duchó.

Se preparó un café negro, muy negro. Llamó al hospital. Después, sin saber todavía cómo, se dispuso a diseñar una nueva vida sin saber bien cómo. Esperó a que sonara el timbre. Mientras tanto, solo adivinó a saber que la vida era los años que había dejado atrás, cuando tenía la piel tersa, los ojos con luz y la mirada de pájaro fiero, como él nunca supo decirle.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

26 nov. 2012

  • 26.11.12
El escritor aragonés Javier Tomeo dice que "sólo se puede escribir desde la mala leche". Y añade que, en este país, la televisión es "el instrumento ideal para cargarse de mala leche". Yo, como veo poco la tele, no me puedo cabrear así como así, con un análisis pormenorizado sobre los contenidos de los telediarios. Uno ya sabe que la realidad, últimamente, está para que le den.

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Eso sí, casi a diario, leo la prensa. Pero se ve que los Libros de Estilo han educado a los periodistas del papel y un exceso de educación no ayuda demasiado a hacerte un nudo en el estómago. De manera que, en muchas ocasiones, desisto del cabreo y entro en un estado de shock muy parecido al común de los ciudadanos censados en este país.

Mi problema es que nunca desisto en mis propósitos. Si necesito mi dosis de mala leche, hasta que no la ingiero no soy persona. Así que, ya un tanto desesperado, entro en las redes y leo que Ana García, una operadora de cámara de La Sexta, ha sido detenida por la Policía en Sevilla, ha pasado la noche en Comisaría y que entrará en los juzgados a declarar.

He visto las imágenes del desahucio que filmaba Ana García, los ciudadanos protestando contra una injusticia tan extendida a tantas familias y que nunca hubo de ocurrir. Y solo pienso que la Policía no siempre debe obedecer las órdenes de quienes les mandan, que no son quienes les pagan. Cobran del erario, que lo alimentamos todos los ciudadanos, y es a los ciudadanos a quienes se deben en primera instancia.

Habrá que hacer memoria a los responsables del Sindicato Unificado de Policía (SUP), porque todavía no les he escuchado una declaración que ponga orden a los excesos innecesarios de sus compañeros y de sus jefes. Cuando ellos, en plena transición, querían dejar de ser militares y pretendían legalizar un sindicato clandestino, contaron con el apoyo de los periodistas y de los ciudadanos. Sin su estrecha colaboración, probablemente el Cuerpo de Policía Nacional sería otro, como fue otro en años que mejor no recordar.

En estos tiempos de gobernantes mediocres, los periodistas y los ciudadanos en general necesitamos que los policías estén de nuestra parte, porque también ellos pagan hipotecas, les rebajan el sueldo, les cuesta pagar las tasas de matrícula de sus hijos y sufrirán las mismas enfermedades para las que no tendrán patrimonio con que pagar sus tratamientos. Estas actitudes ya se han repetido en tiempos peores, y no me gustaría por nada volver a vivirlos sin necesidad.

Los periodistas, aunque cada vez sean menos, incluso una especie en extinción, colaboraron con su tinta y su sangre, con su compromiso y sus pleitos, a que este país fuese mejor. Que nadie nos estropee un futuro que todavía hoy, pese a todo, puede ser habitable y prometedor.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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