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ANDALUCÍA CON UCRANIA

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

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26 sept 2022

  • 26.9.22
Se habían conocido tantos años atrás que ahora que la tenía delante no podía entender que aquella mujer no le reconociera. Hablaba aleteando con las manos, como si haciendo aire a su alrededor, las palabras alcanzaran un orden determinado y una armonía lograda.


Desde que la conoció, quizá veinte años atrás, siempre imprimía los mismos gestos al hablar. Era un método eficaz contra una timidez domesticada a base de horas ante el espejo y de convencimientos profundos aunque ineficaces que la hacían despegarse por momentos de una soledad adherida a la piel que le entristecía y cautivaba su mirada.

Era ya una mujer madura, había cumplido los cuarenta y seis, pero todavía mostraba una piel suave y una juventud salvaje que ningún hombre había logrado hasta entonces disfrutar por completo. Él ya venía de vuelta. Habitaba un desengaño cómodo que administraba con justicia y una alegría limpia que ella amaba sobre todas las cosas.

Había optado por una vida sin complicaciones con viajes constantes a países latinoamericanos, con amantes enamoradas pero sin compromiso y con un sueldo solvente que le devolvía una libertad que añoró en otros años en los que ellos se conocieron.

Ella vivía aún con la posibilidad ya marchita de que aquellos momentos que vivieron cuando eran tan jóvenes se repitieran como lo hacen los días de la semana, una ensoñación que no la dejaba estructurar un futuro a corto plazo con otros planteamientos donde no cupiera su vida pasada. No le gustaban los hombres vulgares con los que dormía, ni las noches de los viernes bebiendo hasta el amanecer en cualquier local de copas con gente de una vulgaridad que le podía.

Se había tropezado con él después de tantos años un día cualquiera. Compartieron un café con los amigos, y una copa los llevó a otra copa, y la última copa a su apartamento. Él olió en aquella pasión un tiempo que creía haber olvidado pero que estaba estancado allí, y toda la memoria de ese tiempo desquiciado se le vino de golpe a los ojos como si no hubiera posibilidad alguna de huir hasta el olvido.

Pero su piel no era ya su piel ni su pelo aquella enredadera de deseo que lo hacía extraviarse en los sueños y andar solo por las calles con una sensación de angustia densa que nunca pensaba que pudiera doblegar para siempre. En cualquier caso, lo logró, y ahora aquel cuerpo que buscaba su cuerpo le parecía un barco a la deriva, un viaje sin retorno a ninguna parte.

No obstante, hicieron el amor con una técnica depurada y una necesidad que zanjaron con pericia y que le permitió a él no mostrar a todas luces un sentimiento de enajenación que ella no percibió. Es cierto que ella lo sintió diferente a otras veces pero quiso pensar que los años lo habían hecho más vulnerable a la vida y menos intenso en sus intenciones.

A ella le gustaban los hombres apasionados, porque pensaba que era una mujer apasionada, pero en el fondo escondía un desengaño entero que no le impedía mostrarse a las claras tal como era. Él, por su parte, había dado por clausurado aquel congreso del reencuentro. No le dijo adiós, sino hasta luego, hasta mañana o ya veremos, pero en su despedida no había el entusiasmo que ella buscaba.

Se vieron muchas más veces, claro está. Ella consumía los últimos días con un hombre al que no amaba, y él volvía a una vida que había inventado a su medida. Y en esa distancia abierta entre los dos, ella no quería entender que el tiempo compartido con él había acabado, así que intentó reconstruir su felicidad con otros hombres que no amaba, y aquel vía crucis de desenfreno la sumió en un abandono compacto del que no podía salir.

A veces lo llamaba para comer o tomar una copa, y él de vez en cuando accedía con el convencimiento de que ella sabría ya que no había posibilidad alguna de reavivar el pasado. Ella lo sabía, obviamente, y esa sensación le atenazó de tal manera a la tristeza que pensó que los días perdidos eran un regalo que no supo valorar en su medida entonces, cuando la juventud te lleva a otro camino que te extravía, porque piensas que el cielo azul que hoy ves mañana también se pondrá sobre tu cabeza.

Y ése fue su mayor error: ignorar que ningún día se parece a otro, y que una mirada nada más te puede cambiar la vida de un solo golpe. Y lo peor de todo: no llegar a entenderlo sino tantos años después.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 14 de marzo de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

25 sept 2022

  • 25.9.22
Una de las experiencias más tristes por la que es posible pasar se debe al desencanto que en algún momento de la vida acontece con la persona que uno quiere y de la que te fiabas plenamente, porque estabas enamorado y creías que ese amor iba a durar para siempre.


Ya de por sí, es muy penoso comprobar, en las relaciones humanas, que ese amigo (o esa amiga) en el que habías creído y en el que habías depositado tu confianza, pensando que con él te podías sincerar ya que guardaría y respetaría las confidencias, por determinadas circunstancias, no es la persona que imaginabas y que ahora lo contemplas con unas cualidades muy distintas, casi opuestas, a las anteriores.

Y si eso también se produce en las relaciones de amistad, es posible imaginar qué significado emocional tiene la expresión de corazones rotos que se suele aplicar a las parejas que se enamoraron, pero que un inesperado día acabaron rompiendo esos lazos de amor que las unían, de forma que ahora anidan en ellas la desconfianza, el rencor, la frustración, llegando, en algunos casos, a un sentimiento de odio.

Si tuvieran hijos quienes deciden romper sus vínculos, el problema se agranda, dado que deben sortear los sentimientos negativos que ahora emergen sabiendo que nunca podrán dejar de ser padres o madres de esas criaturas, por lo que estas llegan a ser el nexo forzado de unión de dos que ya no se quieren y no desean seguir juntos.

En el caso de que fueran dos personas razonables, en el sentido de ser conscientes de que sus conflictos y problemas afectivos no deben trasladarlos a los hijos, tendrán que ser capaces de controlar las emociones negativas que inevitablemente surgen ese proceso de ruptura y, de ningún modo, utilizarlos como instrumentos de información ni como única causa de la ruptura.

Lógicamente, por su parte, los hijos tendrán que asumir que sus padres ya no se quieren, ya no son los mismos que ellos imaginaban. Dura tarea para ellos, pues, como bien representa la niña de ocho años que realizó el dibujo de la portada, en el que expresa que sus padres se quieren mucho trazándoles un corazón entre ambos como manifestación de ese amor, en el hipotético caso de que se rompiera la relación tendría que asumir que ese cariño que ella veía tan natural se ha transformado en una relación fría y distante, sin comprender las razones por las que ahora tienen que cambiar de modo de vida.


En algunos casos, se sienten tan confiados de que sus padres están muy enamorados que, como acontece con el niño que realizó el dibujo que acabamos de ver, pueden representar sus figuras con un globo de cómic que sale cada uno de ellos pensando con un corazón en su interior, como expresión gráfica de que se quieren mucho.


Pero, en ocasiones, la dura realidad termina por imponerse, por lo que es frecuente que, cuando en sus clases tienen que realizar el dibujo de la familia, acaben de manera espontánea trazando una línea vertical que divide la hoja en dos partes para ubicar al padre en una de ellas y a la madre en la otra. Es el modo de decir que ahora hay dos espacios, que hay dos casas, y que tiene que vivir repartiendo su tiempo en cada una de ellas.


Una forma menos habitual, pero sorprendente de que niños tan pequeños acudan a ella, es la de dibujar un corazón roto en medio de sus padres, como lo hace esta niña de cinco años que ya sabe que su padre y su madre se han separado, pero que ella los dibuja juntos. Le cuesta mucho aceptar la ruptura, por lo que acude a este simbolismo para expresar la razón de que ya cada uno viva en un sitio distinto.


Más difícil aún de entender la separación para esta niña de origen chino, también de cinco años, que fue adoptada. Lo cierto es que las figuras de sus padres y la que la representa las dibuja sin brazos, como si el amor entre ellos y hacia ella hubiera desaparecido de pronto, puesto que la ausencia de brazos, en este caso, significa la falta de cariño, ya que sin brazos no pueden abrazarse. Sin embargo, a su hermana mayor sí se los dibuja, quizás porque sea quien le proporciona el afecto que tanto necesita.


Cierro este breve recorrido por los ‘corazones rotos’ con el dibujo de un chico de 12 años. Por su edad, es más consciente de la irreversibilidad de la ruptura que se ha producido entre sus padres; sin embargo, no acude a representarlos en espacios separados, como hace gran parte de los escolares que atraviesan esta dura situación, sino que también ha trazado un corazón resquebrajado dentro de un círculo para manifestar que el amor que los unía se ha roto, por lo que él y su hermano tendrán que adecuarse a un modo de vida que desconocen y que no desean.

AURELIANO SÁINZ

24 sept 2022

  • 24.9.22

Así lo hice; ella sirvió hasta el borde. Alzó el suyo y me invitó a beber. Obedecí.

–No comparo mi carrera con la de nadie: es salud. Nunca, no y no, ni pensar en los «yo podría». A las mujeres de cierta edad ya no nos ocurre nada, no sé decirlo mejor, si soy vulgar lo soy, pero esa manoseada sandez lo explica todo. Nunca más. ¡Nunca! Renuncié a las colas tristísimas de los cutre castings, horrible palabra para algo terrible. En esas pruebas te tratan como a una fruta de calidad sospechosa, ni mención de tu carrera: les importa una caquita. Te veo, no te veo –amaneró la voz, flameaba las manos–; me encajas, no me encajas; que si el perfil, que si la edad… ¡A la mierda! ¡Qué humillación, por Dios! No se altere –a mí–, el desahogo sienta bien, te deja tan a gusto… Y como usted quiere que hable, pues yo hablo. Compañeras, qué palabra: compañeras, no me quedan; unas, las más, desaparecidas: el mar de la vida las dispersó, ¡oh, qué cursilada! –se escandalizó, mano al moflete, de mentirijillas–; otras, las menos, pero muuucho más lejanas, andan colocaditas, cada una en su caja, en su baldita, con la artística etiquetita bien puesta: tú, pingo; tú, rectada; tú, graciosilla; tú, dramática…–iba señalando, en círculo, las distintas estampas invisibles.

Se largó un trago; y endulzó el rencor, si lo era. Yo me había largado dos: tanta cháchara, y el dulce entraba bien. Al parecer, el tema Castilla había echado el cierre ante mis propias narices.

–Yo imagino lo inimaginable: mi vida de otra manera, sin el ejercicio de optimismo, diario, a pie firme, que exige esta o cualquier tienda; aunque, en el fondo, se trata de algo muy simple –ironizó–: que la gente acuda y entre, como en el cine y en el teatro, sí, ya ve, la paradoja puede llegar a ser un consuelo. ¡Ay, Jesús!, malgasto el tiempo en melancolías –se quejó, y negaba, pensativa–. Renuevo etiquetas, clasifico pedidos, echo números o leo una revista detrás del mostrador mientras llega la clientela o se me colma la paciencia con la fantasía de recuperar lo que murió. ¡Habrá mayor necedad! Por fortuna me ayuda mi sobrina, que ahora está de exámenes, quiere ser puericultora, ¿sabe?, profesa el optimismo. Sin ella no podría volar de vez en cuando a donde se me ocurra.

Calló y me miró, suspendida; recién llegada de alguna íntima lejanía, no muy amable.

–Usted no me encaja como detective, ¿será su juventud?

Me sorprendió la salida, el esguince de su discurso; admití su ambigua indiferencia como excusa para responderle con media sonrisa, y creo que perdí un par de puntos en su evaluación, Pero, lo importante, continuaban sus ganas de hablar.

–Estuve impartiendo clases de dicción y de historia del arte en el nocturno, después de cumplir el horario de la tienda, que es sagrado, aquí cerquita, en las adoratrices –rememoraba–. Pero esta mercería es mi amor, mi gran amor. La fundó mi padre y la embelleció mi madre, ella era muy estricta, muy ordenada enderezó tanto torcido… Me ha quitado tanta angustia, tanta incertidumbre, tanta desazón, a pesar de la cargantísima machaconería: «¿No tendría usted por casualidad…?», la gente es tartamuda y repite y repite el latiguillo: «¿No tendría usted por casualidad?» –gangueó–. Pero, pero… ¡cómo voy a tener yo aquí algo por casualidad! Porque iba por los treinta y me dije no, basta, no es tu camino, estás mayor, busca otra cosa –fue bajando la escala de la voz, aumentaba su intensidad–. Se terminaron el destape, esos guiones pseudointelectuales que concluían su mensaje: la oportuna reivindicación, yo diría oportunista, resumida en la apoteosis de tu cuerpo con todo su muestrario al desnudo –y esbozó ella, para que la imaginara, mano en la nuca, una estampa de revista licenciosa–. Sume una película de estas, profunda, a mi «fértil senda interpretativa», lo leí, un periodista cursi; otra equivocación, inútil como las demás. Luego, nada, promesas, algún jijí-jajá, el tonto nos vemos, el clásico te llamaremos…. A mí me echó del cine, como a tantas y a tantísimas, el silencio, que se te llena de espera, la maldita espera: te muerde las uñas y te remuerde en el alma –se apretaba el pecho con el puño, adornado con sortija de oro–, te consume, embarrada en la necesidad, o bebiendo, o… algo peor, mientras te enceniza el olvido. Lo he visto, no hablo de mí, ¿eh? –algo fugaz, un grito pequeño, en el desvío de los ojos, en el modo de verter el vino entre los labios–. Me surgió una cosita: una telenovela, al otro lado del charco, un ritmo de locos; me mataron en un accidente de coche y volví rápido. Tocó aguantar, fuera del ruedo, sentadita, por si alguien se acordaba de ti y sonaba ese maldito trasto –cargaba el gesto desdénico contra un símbolo: el aparato antiguo, negro, parecía de adorno, colgado en la pared como una araña gigante–. Hice teatro, poco, espaciado. Cambiar una tarde al aire libre por acudir a encerrarte en la tiniebla del teatro, pues sí, ya ve, compensa, es la vocación. Fui la Maribel de Mihura, gran éxito, y la Sirena de Casona, menos éxito. Alguien dijo una vez que el fracaso salva y renueva. ¡Qué tontería! El fracaso te acorrala y te quita de en medio, ¡plas! –le arreó un guantazo al aire–. Pero también le digo que el teatro, a pesar del continuo manoseo: la eterna nuevas tendencias –dibujaba con dos dedos un cartelito, seguramente luminoso– generadora de soplos y más soplos de «aire nuevo» para insuflárselos al eterno muertecito, siempre te guarda el sitio. El espectador de teatro olvida… menos; lo puedes retener con tu estilo, no depende de modas, depende de ti y de la obra que te acomode: eres lo más parecido al personaje que has ido buscando, él te da la gloria o el infierno, o los dos sumados: nada de nada. Aunque muchas veces, o casi siempre, el público no sabe distinguir entre la vida y la ficción. Recuerdo a una cómica, qué bonita palabra, ¿verdad?, actriz muy prolífica y querida, la recuerdo al final de su carrera, ella todavía joven, en una entrevista por televisión, contaba su desgracia: la falta de trabajo, sus estrecheces, algo impensable, tan famosa, con tantos éxitos, y la gente se reía. ¿Los llamaría estúpidos? Por ganas, sí. Pero no hay actor sin personaje. Y el personaje es la persona, tiene la talla del que mira: la que íntimamente busca y necesita, ¿comprende?, en esto coincidimos Pepín y yo. El personaje encuentra a su actor, siempre; si no, malo, malo malísimo. Usted como espectador lo confirmará, ¿no?, lo del personaje me refiero –no me atreví a negarlo–. Cuando esto ocurre, lo recibes, lo traes a tu terreno porque entras en el suyo, y le entregas tu cara, tu cuerpo, tus maneras, tus andares… todos recreados, y después ya le ajustas el ritmo y le das el tono, igual, igual que a una canción, no importa si eres tú o es el director quien se los descubre. Hay métodos, archisabidos, más la clásica técnica nueva que alguien trae como la novedad de las novedades, para marearte, con el añadido, no es broma, de alguna perturbación psiquiátrica disfrazada de arte lo-que-sea, un mote. A mí, el de Stanivslasky, por ejemplo, nunca me resultó. Yo, ensayo y repetición, ¡va, va!, con mucho orden, y la vida, porque la vida lo inventa todo, y si quieres aprender, no te preocupes, es generosa, tú le pones atención y ella le abre a tus sentidos todo el muestrario de las emociones –lo desplegaba sobre el regazo abriendo los brazos–. Porque, al final, como decía Pepín, todos somos figuras que impresionan la retina de las otras, y el truco consiste en saber componerlas…

Sonó un timbrazo.

HG MANUEL

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  • 24.9.22
En 2016 apareció en la editorial Renacimiento la obra Oculto sendero, una novela inédita de Elena Fortún, con edición e introducción de las mismas investigadoras que la novela que reseñamos aquí. Aporto estos datos porque existen una serie de coincidencias entre ambas novelas que no debemos pasar por alto.


Así, tanto una como otra proceden de textos manuscritos que la autora mandó destruir pero que, por una serie de circunstancias, llegaron a manos de la profesora de la Universidad de Cádiz Marisol Dorao (autora de Los mil sueños de Elena Fortún, una completa e interesante biografía de esta autora, imprescindible para conocer su vida y su personalidad) y que años después recuperaron María Jesús Fraga y Nuria Capdevila-Argüelles.

En los dos manuscritos figura como autora Rosa María Castaños, un seudónimo tras el que se escondía Elena Fortún (a su vez seudónimo por el que fue conocida en los círculos literarios de su época, con el que firmó todos los cuentos de Celia), que ocultaba su nombre real: Encarnación Aragoneses Urquijo (1886-1952).

El uso del seudónimo añadido así como su interés por que se destruyeran ambas novelas tiene su explicación si tenemos en cuenta la temática lésbica de estas dos obras, la época en que se sitúan (entre la década de los veinte y treinta del pasado siglo) y cuándo fueron escritas (posiblemente durante los años cuarenta).

Estas coincidencias no pueden soslayar, sin embargo, los rasgos propios de cada una. El pensionado de Santa Casilda es una obra inacabada (con una serie de vacíos en el último capítulo), de final abierto. Como colaboradora de Elena Fortún firma Matilde Ras (1881-1969), conocida grafóloga y periodista, íntima amiga y confidente de Fortún, que casi con toda seguridad aportó algunos elementos y revisó el texto.

Se trata de una novela coral que protagoniza un grupo de chicas que conviven en un internado madrileño durante los años veinte del pasado siglo, regido por una congregación religiosa francesa. Estas adolescentes siguen diferentes caminos una vez abandonado el centro, aunque en algunos casos retoman la relación lésbica que habían iniciado en el pensionado.

Ya adultas, los obstáculos que derivan de su situación amorosa impulsan a algunas a huir a París, el paraíso de la modernidad, donde aspiran alcanzar tanto la autonomía personal como la independencia económica que el entorno social de su país les niega.

La obra consta de 40 capítulos distribuidos en tres partes –“Pubertad”, “Floración” y “Plenitud”–, en los que un narrador omnisciente recorre la vida de estas chicas, comenzando por su despertar sexual y la forma en que se va configurando su sexualidad hasta llegar a la edad adulta.

En su completa y pormenorizada introducción, Nuria Capdevila-Argüelles incluye esta obra en lo que denomina “escritura armarizada”: la que procede del “entendimiento y el temor a amor, deseo y género no ortodoxos”, como observamos en las adolescentes que conviven en este internado, que se manifiesta de manera diversa en cada una.

La lucha entre apariencia y realidad cobra un especial protagonismo en esta novela. Los blancos uniformes de las jóvenes, así como los negros hábitos que visten las religiosas en modo alguno las igualan: bajo unos y otros se esconden, además de diferentes procedencias socio-culturales, maneras muy diversas de vivir la sexualidad que en ciertos casos entran en conflicto con las normas establecidas.

A lo largo de estos capítulos comprobaremos que, cuando el impulso sexual desemboca en relaciones lésbicas, la mujer está transgrediendo los roles propios de su género, por lo que se hace acreedora al rechazo y a la censura.

Pero no es mejor la situación de las que optan por contraer un ventajoso matrimonio y convertirse en sumisas “ángeles del hogar” que a menudo ven tronchadas sus ilusiones juveniles, sometidas a esposos posesivos. El resultado es que, tanto unas como otras, se verán obligadas a llevar una doble vida en la que intentan mantener un imposible equilibrio entre lo que las normas exigen de ellas frente a la realización de sus legítimos deseos.

Como afirma Nuria Capdevila-Argüelles, “el tema cobra justificada importancia en una generación de mujeres que descubren a destiempo, cuando ya es tarde como fue el caso de Fortún, su identidad genérico-sexual y sus preferencias amatorias”.

Ficha técnica

Título: El pensionado de Santa Casilda (Edición de María Jesús Fraga. Introducción de Nuria Capdevilla–Argüelles).
Autora: Elena Fortún – Matilde Ras.
Edita: Renacimiento. Biblioteca Elena Fortún.
Ciudad: Sevilla.
Año: 2022.
ISBN: 978-84-1923115-4.

MARÍA DEL CARMEN GARCÍA TEJERA

23 sept 2022

  • 23.9.22
A los lectores a los que les agrada y les interesa plantearse las cuestiones relacionadas con el bienestar y con el bienhacer, es posible que Estoicismo. De la Estoa a Marco Aurelio (Madrid, Hermida Editores), que reúne las reflexiones de los pensadores estoicos Epicteto, Séneca y Marco Aurelio, les resulte oportuna, interesante y práctica.


Me atrevo a adelantar que, incluso, es probable que algunos se sorprendan por la sencillez, por la claridad y por la profundidad con la que plantean unos problemas que hoy nos siguen inquietando como, por ejemplo, nuestra radical interdependencia, las hondas raíces de nuestros deseos, las influencias inevitables de las opiniones ajenas o los agudos sufrimientos que nos generan las pérdidas.

En mi opinión, resulta especialmente acertado reunir las reflexiones de un emperador, de un cortesano y de un esclavo romanos sobre unas ideas que surgieron en Grecia en unos momentos de desconcierto, en una situación histórica que guarda cierta analogía con nuestros problemas actuales.

Las explicaciones de Epicteto en su Manual de vida sobre, por ejemplo, las dependencias, los deseos, las opiniones, la espera o la enfermedad son totalmente actuales. Lo mismo ocurre con las Meditaciones de Marco Aurelio sobre el hábito de procrastinar los asuntos importantes, sobre la brevedad de la vida o sobre la administración del tiempo.

Las “Consolaciones” con las que Séneca trata de aliviar los pesares, de “arrancar el dolor” de Marcia o de explicar a Lucilio cómo es posible que ocurran tantas desgracias en un mundo gobernado por una providencia son especialmente oportunas en estos momentos.

Si, simplificando y exagerando, podemos afirmar que la última meta de los pensamientos filosóficos, de las investigaciones científicas y de los trabajos técnicos es lograr el bienestar personal y colectivo, y, si ese es el fondo de todas nuestras aspiraciones y de todas nuestras tareas, es razonable llegar a la conclusión de que estas reflexiones constituyen una invitación para que los investigadores de las distintas disciplinas científicas y técnicas, los profesores de las diferentes ciencias humanas y los lectores preocupados por los problemas sociales y políticos actuales lean estas reflexiones que profundizan en nuestras cuestiones “vitales”.

Es posible que la lectura o la relectura de estas obras clásicas nos ayuden descubrir unas fórmulas renovadas para tratar unos asuntos que ya habían preocupado y ocupado a unos pensadores que sembraron las semillas del frondoso bosque de nuestra cultura occidental.

Esta obra constituye una oportuna invitación para que los profesionales de los diferentes territorios del pensamiento actual, los críticos periodísticos y los creadores de opinión dirijan sus miradas hacia esos maestros que siguen iluminando las cuestiones que nos preocupan hoy a los ciudadanos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

22 sept 2022

  • 22.9.22
Como todas las semanas, en el periodismo deportivo, que vive cada jornada el partido o derbi del siglo, pareciera –o, al menos, nos hacen vivir la sensación, falsa la mayoría de las ocasiones– de asistir a un choque inédito y extraordinario. Igual que en la actualidad política se recalca como perorata redundante que estos son tiempos históricos.


Vivimos –se nos dice, cinematográficamente hablando– momentos fascinantes, lo que da qué pensar, al menos para los que nos abonamos a la filosofía de la sospecha. Más aún cuando en el espacio mediático proliferan discursos apocalípticos a lo Roland Emmerich que, como el maltusianismo, piensa una solución final reciclada ante el colapso del capitalismo.

Por ello es más fácil imaginar el fin del mundo que trascender el orden reinante. La caja de imágenes decadentistas del blockbuster que nos invade es lo que Trump a la política: una comunicación paralizante, pero con gran poder de sugestión. Tiempos, en fin, de fascinación, de fascio o de falo, como gusten.

Añádase a ello el horizonte Marvel Disney para niños y la ideología supremacista de la vida sigue igual cantada por Julio Iglesias y tenemos el cuadro completo de una narrativa del paroxismo, alegoría de la catástrofe como horizonte de futuro contra el principio esperanza.

Un romanticismo reaccionario cuyo imaginario a lo Griffith es deudora de la retórica del capitalismo excedentario, pues la imaginación del desastre (Sontag dixit) impone el moralismo de un orden imposible en lugar de hacer posible lo que se niega.

Y en este punto estamos, parafraseando a Marx, en el que lo animal se convierte en lo humano y lo humano, en animal. Y si de bestiario se trata, en la piel de toro estamos a la vanguardia. Cada jornada política queda más claro que el orden mediático nacional es fascinante, o del fascio.

De la fábrica de sueños a las nuevas fantasías electrónicas, el modus operandi de la industria cultural patria cumple los sueños húmedos de Ford en su voluntad de tener simios amaestrados por trabajadores. En eso andamos. Y la globalización que nos proponen los cosmopaletos facinerosos de VOX resulta cuando menos inquietante.

Pero no diga el lector que no está advertido. Algo debería intuir a juzgar por nombres como Amazon o Alibaba. Estos tecnócratas corporativos son unos linces para los nombres. Y mientras admiramos el rótulo luminoso, fascinados, la luz de gas de neón ciega toda oportunidad de vida y de proyecto colectivo, salvo predicar el sambenito del mercado, aquel en el que, si te descuidas, te roban los datos y la cartera.

Ya nos lo cantaron los salseros: "camarón que se duerme, se lo lleva la corriente". Así que atentos a las fantasías fascinantes que los reflejos del fetichismo de la mercancía nos circundan. Manden a la verga tal lógica si no queremos acabar siendo colaboracionistas de la solución final para el planeta. He dicho.

FRANCISCO SIERRA CABALLERO

21 sept 2022

  • 21.9.22
El 21 de septiembre se celebra en muchos países el Día del Artista Plástico con el objetivo de reivindicar y homenajear la creatividad de los profesionales de la pintura y la escultura. Por eso hoy es una buena ocasión para divulgar el proyecto de arte inclusivo del artista andaluz Antonio Suárez-Chamorro, realizado en Málaga con la participación de Cruz Roja Española, la delegación provincial de la ONCE y las empresas Navilens y 3DZing.


La muestra de Suárez-Chamorro, expuesta en la sede malagueña de Cruz Roja, al igual que la que ultima para la Facultad de Económicas en el Campus de El Ejido, se ha hecho accesible para personas ciegas, personas sordas, personas con dificultades en la comprensión lectora, para las que no conocen nuestro idioma, mayores con pérdidas cognitivas o con discapacidad intelectual.

Ha sido un esfuerzo para lograr la accesibilidad universal tanto al local donde se presenta como a la obra, mediante un trabajo colaborativo de un equipo multidisciplinar y el concurso de dos empresas de base tecnológica.

El montaje, pionero en Andalucía, busca ampliar el alcance de la obra artística y sus contenidos y mejorar la comprensión de su significado utilizando un lenguaje fácil. La adaptación de la obra de Suárez-Chamorro ha contado con la colaboración de Maida Rodríguez Roca, experta en accesibilidad a la cultura, quien ha asesorado y coordinado el proyecto, ha hecho la versión en lectura fácil y ha editado el video que narra la audio descripción de la obra. Por su parte, Miguel Maldonado Ruiz, intérprete en lengua de signos, ha signado la audiodescripción, toda vez que Aimar Ara, experta en la materia, ha revisado y locutado con su voz los contenidos de la obra.

La tecnología que ha hecho posible la localización del edificio, el acceso a algunos de sus servicios y a los contenidos de la obra es de la empresa Navilens. Mediante sus códigos, los usuarios con discapacidad visual o auditiva son más autónomos. El teléfono móvil escanea con la cámara los códigos 'navilens' colocados en diversos lugares del edificio y junto a las obras.

Una de las innovaciones más curiosas son las minimaquetas en tres dimensiones de cada uno de los cuadros, realizadas por la empresa 3DZINGS. Esta realización de arte inclusivo, que se ha convertido ya en un modelo de referencia para ser replicado, forma parte de la iniciativa Balneario. Manufacturas de Arte, factoría de ideas y tendencias.

ÁNGEL FERNÁNDEZ MILLÁN
FOTOGRAFÍAS: ÁNGEL FERNÁNDEZ MILLÁN

20 sept 2022

  • 20.9.22
No sé qué me da más miedo, si los políticos forofos de la inacción o aquellos que no creen en lo que hacen; los que, engalanados con la máscara sonriente de la hipocresía, salen a vender humo, a contar medias verdades o a ponerse medallas verdes para salir en la foto.


En esta ocasión toca vender sostenibilidad urbana, con motivo de la Semana Europea de la Movilidad, que se celebra del 16 al 22 de septiembre, bajo el lema Mejores conexiones. Efeméride que terminará con la celebración del Día sin Coche, durante el que, sin duda, veremos a nuestros políticos montados en una bicicleta, invitando a abandonar los coches, a salir a caminar.

Ante los flashes dirán cosas tan bonitas y certeras que nadie puede dejar de aplaudir, porque se llevan reivindicando hace muchos años, como que hay que hacerlo por la salud individual y por la del planeta. Pero luego se bajarán de la bici, con la que habrán recorrido doscientos metros –por ser generosos– y se montarán en su coche, disculpándose porque la agenda es demasiado apretada y no pueden perder un minuto en la defensa del bien común, de su pueblo, da la ciudadanía. Y viéndolos alejarse en lontananza, nos darán ganas de aplaudirlos y nos sorprenderemos limpiándonos una emocionada lagrimita.

Un paseo por los medios de comunicación nos basta para ver que todos los municipios se están volcando en la campaña. Dependiendo de la cantidad de fondos europeos recibidos, serán más o menos actividades. Nada que objetar. Todo lo que sea concienciar a la ciudadanía es maravilloso: Días de la Bicicleta (que se celebran desde hace más de 30 años), las charlas sobre seguridad vial, los talleres de arreglo de bicis, los itinerarios en bicicleta por la ciudad...

Actividades aderezadas, para presumir en cantidad más que en calidad, con las mismas actividades que hicieron para celebrar el Día del Turismo, o el Día del Tomate, o las fiestas populares: concursos de dibujo, senderismo por los mismos sitios para hacer fotografías, o el yoga en la playa.

A todo ello se le añaden demostraciones de vehículos eléctricos, que contaminan menos, pero que, al fin y al cabo, son los coches que deberíamos desterrar de las ciudades, o los food trucks (restaurantes en furgonetas) que, por lo que se ve, como están tan solicitados y no han podido venir para otras efemérides, aprovechan la ocasión.

También hay multinacionales que te venden bicis de chichinabo, que se rompen con cuatro pedaladas, imposibles de arreglar, a no ser que sean con sus propias piezas y en sus establecimientos; o viajes turísticos en autobús urbano –gratuito ese día, por supuesto–. No me extrañaría que en la zona de animación infantil divirtiesen a los niños con la canción En el auto de papá que todos cantábamos con Miliki y que las nuevas generaciones conocen por Los Cantajuegos.

Unas jornadas divertidas, entretenidas, agradables, para justificar los fondos europeos, pero que se quedan en nada cuando, al día siguiente, continúan con sus proyectos de asfaltado de solares para crear más aparcamientos para los coches, la construcción de un tercer carril en la autovía, o el asfaltado de carriles-bici intransitables, desconectados entre ellos y que, en vez de quitar espacio a los coches en las ciudades, se las han quitado a los peatones porque, muchos de ellos, utilizan paseos y aceras por donde a veces te juegas la vida al salir a caminar.

La nula apuesta por el transporte público e inclusivo, como nos venden algunos en sus titulares, la inacción ante las peloteras que se forman delante de todos los colegios porque hay llevar a los niños hasta la misma puerta en coche, la falta de aparcamientos para bicicletas y otros vehículos sostenibles o la poca valentía para no peatonalizar las calles y devolvérselas a los ciudadanos con jardines y parques.

En paralelo a estas actividades oficiales, se ha realizado de nuevo una Bicifestación por Almería, organizada por la Mesa del Clima, actividad que se lleva organizando por diferentes colectivos de forma constante, al menos desde hace una década, para reivindicar cada año lo mismo: para presentar propuestas que ponen encima de la mesa de los municipios y que se desoyen una y otra vez.

Ahora parece que son más receptivos porque Europa ya les aprieta, porque los fondos llegan concretos para eso, porque ahora la ciudadanía lo exige. Es curioso, porque en el programa oficial de actividades de Almería capital aparece la I Marcha Ciclista Sostenible, algo muy parecido a ese paseo reivindicativo de la ciudadanía, pero que hacen suyo. Al menos saben copiar, algo importante cuando tu valentía y tu imaginación son nulas.

MOI PALMERO

19 sept 2022

  • 19.9.22
La mujer que un día vio cómo un hombre asesinaba a otro en plena calle está sentada en un café céntrico de cualquier ciudad. Cada tarde desde hace unos meses repite la misma ceremonia. Se sienta a la misma mesa, pide una leche tibia manchada y abre un libro, siempre diferente. Lee, o aparenta leer, pero en realidad espera. No se sabe a quién.


Mira en torno suyo. Nadie se le acerca. Ella observa como si vigilara en secreto la vida de alguien que nunca llega. O viene, y ella no le dice nada. Abre el libro por cualquier página. Da igual. Y escudriña por arriba de las gafas el ambiente tranquilo y hosco del lugar.

Ha cruzado la frontera de los cuarenta, pero tiene en su mirada un aire estancado en la juventud que no ha logrado olvidar, un tinte de nostalgia enjaulada en sus ojos grises, profundos, desafiadores. Es tierna y fuerte a la vez, de una elegancia austera aunque provocadora, libre y arrogante, obsesiva y sensual.

Todos la miran, porque aunque discreta es llamativa y sobre todo bella, de una belleza inusual, única, transparente. Ahora mira a un hombre que se ha sentado en la otra esquina del local. El hombre tiene el rostro triste y frío, pero encuentra en su expresión lo que tanto ha buscado durante años.

Ella se acerca al hombre, le dice si se puede sentar a su mesa. El hombre asiente. No es mudo, si bien no sabe qué decir. La mujer que hace meses vio cómo un hombre mataba a otro sabe que es él. Se lo dice. El hombre pierde la expresión. La mujer le dice que lleva meses siguiéndolo, observándolo, como él hizo con su víctima.

No tema, le dice, no le delataré. Le dice que está enamorada, que no sabe por qué, pero que está enamorada, dice que no tiene miedo, que no le importa qué le pueda ocurrir. Solo le confiesa que lo ama. Sé que usted es un asesino, le dice. Desde que le vi sacar la pistola y disparar comencé a quererle, por su frialdad, por su decisión.

Lo único extraordinario que me ha pasado en la vida ha sido conocerle, añade ella, por eso no lo puedo olvidar, por eso ha pasado usted a formar parte de mi vida. Quiera o no quiera es así, le guste o no le guste no tiene ninguna posibilidad de deshacerse de mí, concluye.

El hombre no da crédito a cuanto escucha. Bebe un largo trago de coñac. Ha clavado sus ojos en los ojos grises de esta mujer. No dice nada. No sabe qué decir. Está anocheciendo. La temperatura es agradable, vale la pena caminar. El hombre deja unas monedas en la mesa y sale con ella sin dirección alguna.

Él no dice nada, pero ella sugiere que después de pasear un rato podrían ir al cine, no sabe qué hay en la cartelera, pero no importa, cualquier película es buena. Después del cine, no dudan en tomar un trago. Coñac y ron con Coca-Cola. Se han besado, ninguno sabe cómo ha ocurrido, se entrecruzaron las miradas, las manos cada vez más cerca, como siempre ocurre.

No me delatarás, le pregunta a la mujer. Siempre que me ames, no te delataré. Es el primer hombre a quien ha besado desde que murió su marido cuando ella aún era muy joven. Esa jodida enfermedad que acabará con todos nosotros, le dice. Él no sabe si tiene miedo o si comienza a estar enamorado, le dice. Poco importa, le dice, no tiene usted más alternativa que amarme. Somos dos condenados a entendernos. Joder, con la tipa, piensa el hombre mientras la mira, mientras la besa, mientras comienza a amarla indefectiblemente.

Al lado un hombre apura su segundo whisky. Siempre quiso ser policía de la secreta. Lleva el oficio con mucha dignidad, le gusta dar vueltas a los casos que lleva. Por ejemplo, el de aquel hombre que apareció tiroteado en plena vía pública. Saca un cigarrillo de la cajetilla. No encuentra el mechero y le pide fuego al hombre que tiene al lado.

El hombre, que es a quien él busca, le ofrece una caja de cerillas. Muchas gracias, le dice. De nada, le responde. Antes de pedir un tercer whisky, mira a la mujer. Ahora lo sé, piensa, esos ojos grises son una buena razón para tomar otro trago. Y una buena razón, quiere pensar, para matar a un hombre.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 7 de marzo de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

18 sept 2022

  • 18.9.22
Ahora que las frutas y las verduras se han puesto por las nubes, me viene a la mente el nombre de un singular artista italiano al que se le ocurrió la genial idea de pintar los rostros de la gente poderosa de su época con estos elementos. Propuesta verdaderamente inaudita, dado que a nadie del mundo del arte se le había ocurrido algo semejante. Pero antes de entrar en la vida del italiano Giuseppe Arcimboldo y en los comentarios de algunas de sus obras, permitidme una pequeña digresión para contextualizarlos.


Siempre que voy a Madrid suelo visitar el Museo del Prado, quizás el más importante del mundo dentro del campo de la pintura (no así en el de esculturas, ya que otros, como el Louvre parisino, acumulan gran cantidad de ellas). Es por lo que sus salas me las conozco bastante bien. Son numerosos los recorridos que he realizado en ellas. Trayectos algo planificados que me permiten contemplar con tranquilidad las obras que se cuelgan en sus paredes.

Para mí sería difícil citar los pintores o las obras que más me gustan. No obstante, puedo hacer referencia a dos de ellos que me apasionan: El Bosco y Brueghel, magistrales artistas que podemos considerarlos como los antecedentes del surrealismo del siglo pasado.

Y relacionado con las obras de estos dos pintores, en cierto modo, se encuentran las de Giuseppe Arcimboldo, a pesar de que en esta gran pinacoteca no se encuentre ningún lienzo suyo. Hay solo tres en nuestro país: uno de ellos se encuentra en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, al tiempo que los otros dos están en manos privadas.

Esto no deja de ser sorprendente, ya que el rey Felipe II, gran entusiasta de las obras de El Bosco, recibió once lienzos de Arcimboldo, cuadros que actualmente se consideran perdidos, aunque se sospecha que esas obras que pertenecieron al monarca español pueden encontrarse en colecciones privadas de Europa y Norteamérica.

Puesto que Arcimboldo es poco conocido en nuestro país, quisiera hacer una breve presentación de algunas de sus singulares obras, centradas en la construcción de rostros humanos a partir de frutas y hortalizas, también de plantas, hojas, peces... Un mundo pictórico que, tal como he indicado, enlaza con el denominado surrealismo, corriente pictórica cuyo creador más significativo fue Salvador Dalí.


Giuseppe Arcimboldo vino al mundo en 1527, en las cálidas tierras de Milán, dentro de una familia de pintores. Ese entorno familiar fue un factor decisivo en su vida, dado que desde muy pequeño estuvo en contacto permanente con el taller artístico paterno. De su adolescencia y juventud no se conocen obras significativas. Se sabe que, a la edad de 22 años, tanto él como su padre recibieron el encargo de diseñar las vidrieras de catedral de Milán, así como una serie de tapices para la catedral de Como. Y estos trabajos de diseño, consistentes en la realización de los bocetos y dibujos previos a la ejecución en las vidrieras, configuraron la base de su formación antes de dar el salto definitivo hacia la pintura.


Arcimboldo se dio a conocer más allá de las tierras milanesas cuando tuvo la singular idea de plasmar rostros a partir de frutas y hortalizas, circunstancia que despertó amplia curiosidad entre los reyes europeos, deseosos de novedades con las que mostrar sus renovados gustos a los miembros de sus entornos. Esto dio lugar a que fuera pintor de la corte de los Habsburgo entre 1562 y 1587. Para ello, tuvo que dejar su taller de Milán e ir a residir primeramente a Viena, para después instalarse en la ciudad de Praga.

Puesto que su esquema compositivo lo fijó de forma muy precisa, como ejemplo del modo en el que el construía los rostros de sus personajes, he mostrado, en primer lugar, el retrato que hiciera en el año 1591 para el emperador Rodolfo II, cuadro que actualmente se encuentra expuesto en el Museo Skokloster de Estocolmo (Suecia), seguido de otro que tiene bastante similitud con el primero.


El carácter festivo, alegre y vitalista aparece de modo continuo en sus cuadros; sin embargo, esas metamorfosis que evolucionaban de las plantas y frutos hacia los rostros humanos, en ocasiones, provocan cierto desagrado en el espectador que los contempla. Esto puede comprobarse cuando observamos su versión de El invierno, lienzo que podemos contemplar directamente si visitamos el Louvre en la capital francesa, ya que es en este museo donde se encuentra una de las versiones más conocidas.


Esa sensación de desagrado continúa en los lienzos titulados El agua y El jurista. El primero de los indicados, construido con animales marinos (peces, pulpos, tortugas…), resulta poco grato; más aún, si pensamos que se trata de un rostro de mujer, dado que la palabra ‘agua’ es femenina, tal como el autor nos lo hace ver con el collar de perlas que añade al conjunto.

Por otro lado, El jurista, pintado en 1566, se encuentra también en el Museo Skokloster de la capital de Suecia. Como puede apreciarse, el rostro se compone de pollos desplumados y de pescado, de modo que del mismo sale una mueca de desprecio en la boca del personaje que surge de esta composición.


Giuseppe Arcimboldo fue un pintor muy popular en vida; sin embargo, llegó un momento en que sus obras ya no causaban el asombro de sus inicios, por lo que, tras su fallecimiento, en 1593, no tuvo continuadores. Sería ya en el siglo XX, cuando se produce su recuperación a partir de los surrealistas que retomaron las ideas que subyacían en sus pinturas para profundizar en el mundo de los sueños o de los absurdos del mundo real en el que vivimos.

Como vemos, siguiendo la idea que dominó en sus lienzos, acabó también adentrándose en la elaboración de personajes a partir de objetos, caso de El camarero, pintado en 1574, en el que nos muestra a un personaje resultado de la articulación de barriles, vasos o jarras, elementos de la vida cotidiana de las tabernas de entonces. En el último de los que he seleccionado, vuelve a su tema favorito: los rostros construidos con frutas y verduras.

Cierro, pues, este breve recorrido por la obra de Arcimboldo reiterando que la gente que le seguía dejó de interesarse por sus cuadros; sin embargo, hoy bien podía ser reivindicado, con cierto humor, como “patrón de las frutas y verduras”, pues de ellas pudo sacar bastante partido.

AURELIANO SÁINZ

17 sept 2022

  • 17.9.22

–¿Me conocen? –cesó el palmoteo; esto era peor–. Él nunca me presentó amistad alguna. Miento; sí, a la familia de una profesora, una vez, hace mucho tiempo. Cenamos en su casa. Recuerdo a una mujercita sabionda, con un adolescente muy educadito, le reconozco el mérito, ¿eh?, y un marido hogareño que se empeñó en ser amable; pero de cocinar…

–Es usted muy popular –se me derramó el almíbar.

–¡No me diga! –le faltó reírse–. ¡Y él les presume…! –se alborotó, sumamente incrédula.

–En absoluto. Los han visto juntos, nada más.

–¡Sus amigos, no! ¡Imposible!

–No. Aquí.

–Ya me extrañaba. ¿Aquí? ¿En mi ciudad? ¡Qué va! Tan rápidos y amenos y cargaditos de novedades que corren los días; unos limpian a los otros, como a la mancha de mora. Nadie se acuerda de mí –categórica, sin dolor.

–La admiran –lisonjeé–. Estuve en el hotelito donde se suele alojar el señor Castilla –insistí, por ver a dónde me llevaba.

Ella, incrédula, se admiró a su vez de lo que yo afirmaba.

–Ya, ya… Nos vieron… En el hotelito… –¿me tiraría algo a la cabeza? No, le dio la risa–. Nunca tendré suficiente –la risa mudó en ironía–. La salacidad no se extingue, ¡mal pensados!, aunque el objeto del deseo se haya convertido en saco de huesos reumáticos o bese la tierra en paz. Si usted siente curiosidad y quiere verme el culo y las tetas, con su frescura, en sazón, ¡vaya!, dispone de ocho o nueve películas que yo llamo «de media luz» porque hay mucha alcoba.

–Señora, se confunde. Yo… –era cómoda la indiferencia, pero intenté aclarar el malentendido.

–¡Qué yo ni yo! –me cortó–. Los hombres lo necesitan, vienen con esa carencia, y subsanar el remedio… –agitó revolante la mano– siempre le reporta dinero a alguien; si hay tontos, habrá listos. Nadie me engañó, es verdad, ni dijo que con esas películas hechas a toda prisa yo tocaría las almas; pero es seguro que provoqué otra clase de toques… –me miró con sospecha, mientras se esponjaba con toques ligeros su media melena; poseía la actriz, era innegable, el atractivo de la espontaneidad–. Me ilusioné con alcanzar un nombre, reconocimiento suficiente para elegir no ya mis películas, sino qué tipo de cine haría. Nada más peregrino. Además, se le entrega al físico lo que se le niega al talento. Esto lo comprenderá usted muy bien, ¿no?

Lo comprendí, cómo no.

–El espacio que te dejan es tan pequeño, tan miserable, que asfixia –continuó soltando carrete–. Y tienes que huir. Como sea –se acarició las manos–. Yo me refugié en el teatro. Un refugio maravilloso y… precario. ¿Por qué? Las ciudades crecen y los teatros disminuyen. Curioso, ¿no lo ha pensado? Los cines, también; pero la imagen, codificada y descodificada, es como el fiambre: bien conservada se puede consumir a cualquier hora. Te la sirven a domicilio, divinamente. Eso de abandonar el sofá y ponerte de tiros largos para salir, ¡ja! Entonces, ¿qué está mal? –las manos se abrieron para encauzar la pregunta.

Ni intenté responder. Lo hizo ella:

–Solo para empezar, digo que la cultura –aseveró, apuntándome–. A cualquier cosa, un juego o una costumbre, por estúpidos que sean, se le llama cultura, sépalo usted, señor detective. ¡Cuánto bobo! Y la educación, abandonada; un campo de cebollas. ¡Sin ella, la cultura es un imposible! ¿No lo comprenden? Pues no –y admitía incrédula, negando con la cabeza, lo irremediable–. El teatro –palmadita–. El teatro, a mí me dio pausa y modo y vocabulario –esto me lo ofrecía a dos manos–. De pequeñita, yo leía Platero en voz alta, cuidaba la dicción, entonaba, y a mi madre, que tenía un oído estupendo, le encantaba, después vinieron mis estudios de canto y declamación que conjugué con la universidad porque ella, mi previsora madre, avenida cómplice de mi padre, me quería universitaria. Hoy se farfulla, no se acentúa, no se vo-ca-li-za, se atropellan las palabras, que son nuestro pan. Claro, si… si a la urbanidad, es un ejemplo, se la considera retrógrada y con peligro de carcoma, pues… pues… ¿qué va a quedar en pie? En esto, es cierto, coincidí con aquella chica, la profesora, la colega de Pepín. Yo llamo Pepín a quien usted llama señor Castilla. ¡Ah!, disculpe.

Se giró hacia una licorera de caoba, situada al alcance de la mano. Extrajo una botella y dos vasitos de cristal tallado; los fue depositando sobre la bandeja del mueble y sirvió con generosidad.

«Tengo que conducir», me iba a excusar, pero no me dio tiempo.

–Pedro Ximénez, treinta años –me entregó un vaso–. Si me dice que no le gusta, lo pongo a usted en mitad de la calle.

Ni rechisté.

–Es broma –debió notarme el susto–. Le ofrecería algo más fuerte, más varonil, digno de un resuelto detective: güisqui, gimlet, cualquier combinado, pero no tengo, lo siento, estamos en una mercería, ¡por Dios!

Ni comenté.

Bebimos.

Ella paladeó. Yo paladeé. Ella me escrutó. Yo me relamí, en plan tontuelo.

–También hice dos de vaqueros –prosiguió con el currículum–. Siempre me besa un tipo alto y rubio con sombrero stetson lleno de mugre, que masca tabaco y escupe igual que dispara. Soy una actriz muy completa, ya ve. Nadie me felicitó, pero se alegraban de trabajar conmigo. Debió ser por esto –dijo, y se palmeó los muslos–. ¡Ea, ya le hecho el resumen de mi vida artística! –se lo quitó de en medio con un barrido de mano.

El sarcasmo no me movió a la risa, ella tampoco la esperaba. Volvimos al tiento del Pedro Ximénez, y el olor a pasas bajó el sulfuro, empalagó el ambiente y admitió la confidencia.

–Mire, ahí –hice lo que me indicaba–. En ese armarito guardo mis pocas películas, en formatos que ni existen. Se imaginará la ilusión que me hacen –se mofó.

Me fijé en un curioso certificado testimonial, enmarcado y colgado en la pared, en el que el gremio de periodistas especializados en espectáculos consideraba a la actriz, Encarnita Centelles, Diosa Ausente en el Juicio de Paris. Ella captó mi lectura.

–Una gracia de aquellos idiotas –explicó–, salvo uno, un crítico serio, padecía asma y bufaba: alguna maldición por su afilada lengua, tan categórica; él nunca, ni de broma, otorgaría un diploma a quien no hubiera representado a los clásicos, y la pena era que yo, «una actriz con tan buenas cualidades…». ¡Cretino! Lo conservo porque me recuerda que siempre anduve a la expectativa del qué pasará. Y cuando pasó el «qué pasará» me di cuenta de que solo pasa la vida con sus cositas, todas pequeñas. O no; como que ya no sé si queda convento alguno que le interese a una inmobiliaria –aquí me despisté–. Esta reflexión me la despertó sin querer, en plena función, la Inés desabrochada. «Me estoy haciendo mayor, muy mayor si digo la verdad…», decía ella en plan de broma, un error en la intención y en el tonito, siempre dije porque lo pensé, y así se lo tomaba el público. La concluyó después, a modo de no se consuela el que no quiere, un poema de Amado Nervo, En Paz, muy conocido, muy recitado, como yo también lo he hecho sin otra respuesta que la boca abierta de un bobo que no se entera –me miró, acusadora–. Inicia así –unió las manos, elevó el perfil, solemne, bello, y sonó la voz, clara, acompasada, muy limpia–:

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida
.

Y termina:

¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

Para mí es casi una oración. Porque después del teatro hubo un tiempo, breve, por supuesto, en que me dediqué al recitado poético: otra loquinaria salida a mi desempleo artístico. Ahora me contento con amenizarles las tardes, cuando puedo y me da la gana, a los ancianos de las monjitas. Se admiraría usted de verlas: cosen sus papeles de colores y confeccionan un vestuario precioso, se aprenden los recitados y saben escuchar. Ellos, uno hay que colabora: toca el piano y la bandurria, es la excepción; los otros se dedican a vegetar mientras se apagan. Vamos, acérqueme el vaso.

HG MANUEL

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16 sept 2022

  • 16.9.22
De manera sencilla, clara y amena, Johnjoe Mcfadden, científico y profesor de Genética Molecular de la Universidad de Johnjoe Mcfadden, nos da la razón a quienes estamos convencidos de que nuestras dificultades para comprender las ciencias, la filosofía y, a veces, la historia, radican, más en la oscuridad con las que nos las explican que en nuestra incapacidad para entenderlas.


Todos hemos tenido experiencias de lo bien que hemos comprendido y lo mucho que nos han entusiasmado unas cuestiones teóricas cuando un “experto en la comunicación pedagógica” nos las ha “contado” de manera sencilla, clara y amena.

Con detalles, con precisión y con habilidad, el profesor Mcfadden nos relata en La vida es simple (Barcelona, Paidós, 2022) los principales descubrimientos científicos que, durante la milenaria historia de las ciencias, han seguido unos procesos sencillos y “simples”.

Original me ha parecido el arranque de sus explicaciones en la idea del filósofo, lógico, teólogo y fraile franciscano inglés Guillermo de Ockham (c. 1288-1349), defensor del principio metodológico de la “economía” según el cual no debemos multiplicar las explicaciones sin necesidad.

Oportuno es, a mi juicio, el análisis que el autor efectúa para mostrarnos cómo los prejuicios ideológicos, sobre todo los religiosos, han oscurecido, complicado y, a veces, frenado los descubrimientos y las explicaciones de los fenómenos más importantes de la naturaleza.

Partiendo del supuesto de que la ciencia es una, nos recuerda cómo sus raíces se ahondan en los trabajos de las diferentes civilizaciones como la antigua Mesopotamia, China, Grecia y norte de África. Llega a la conclusión de que “cientos de lugares, innumerables épocas y millones de personas han contribuido a la construcción de ese extraordinario sistema de pensamiento que hoy denominamos ciencia moderna”.

Con claridad y con detalles nos explica “cómo todos los grandes avances científicos se han logrado gracias a unos cálculos que “implicaban una simplificación”. Nos recuerda que Roald Hoffmann, premio Nobel de Química, siguió aquella lógica occamista para llegar a la hipótesis cuántica y cómo, en aquella época, todos los científicos mostraban ya su preferencia por las soluciones sencillas.

Estoy de acuerdo, al menos, en que optar por una teoría compleja cuando se puede recurrir a otra más sencilla es, para cualquier investigador moderno, simplemente “anticientífico” y, por supuesto, antipedagógico.

Resulta llamativo que esa preferencia por la sencillez en la ciencia, que es relativamente reciente, tenga su origen en las ideas de Guillermo de Occam, aquel fraile franciscano “que rompió las polvorientas telarañas de las doctrinas medievales para dejar espacio a un pensamiento más ágil y más perspicaz”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

15 sept 2022

  • 15.9.22
Ha muerto la reina Isabel II, han subido los tipos de interés, el Betis le ha ganado al Helsinki, el sanchismo avanza en su deriva autoritaria, la luz está a 155,94 euros por megavatio hora, ha salido mi columna quincenal en las cabeceras de Andalucía Digital, el Partido Popular sigue más perdido que el barco del arroz, mierdas varias en el curro... Es jueves y acabo de cerrar la jornada laboral. Tarde intensa. Anochecer nublado.


Mi pareja me recoge hoy en coche, así que espero de pie al borde de la carretera. Le doy vueltas a varios asuntos y paso de una movida a otra sin centrarme en una idea concreta. Una agitación que me hace andar unos pasos de un lado a otro al borde de la carretera. Debo de parecer un yonqui o algo por el estilo.

Se me ocurre que, quizá, debería de aprovechar estos minutos de paz para reflexionar sobre algo productivo. Sin embargo, mis pensamientos siguen comportándose como las tórtolas hambrientas de los parques. De trozo en trozo, se alternan entre aquellas migas de pan o aquellos fragmentos de porquería informe.

Me frustra mi incapacidad para concentrarme y, harto, miro al frente. En ese instante, tomo conciencia de que estoy solo en medio de un silencioso campus externo, con las últimas luces del día luchando contra la densidad de las nubes. Estoy enfrente de un hospital, al otro lado de la carretera. A mi derecha, un autobús ilumina con sus focos una pseudoacacia rodeada de gramíneas y cardos amarillentos.

Observo el cielo, ignorante de tipos y píxeles. Una extensión de grises agónicos y continentes deformes. Una trivialidad cotidiana y que, sin embargo, desprende espectacularidad. En una suerte de meditación improvisada, me centro en disfrutar del momento presente. Un momento que es hermoso y que, como casi siempre pasa con lo bello, es frágil y efímero.

Se acerca el coche que espero y entro con torpeza. Dejo atrás el paisaje y me encierro en mis pensamientos. Me doy cuenta de que vivimos tan centrados en nuestras reflexiones, actos y agobios que, en ocasiones, perdemos de vista la belleza de lo cotidiano.

Se nos escurre la belleza entre los sesos y, en ocasiones, la claridad de pensamiento, patrimonio de los acertados. La infoxicación y el exceso de estímulos nos convierten en sonámbulos y, por tanto, en alienados. Un mal moderno de difícil solución.

Haereticus dixit

RAFAEL SOTO

13 sept 2022

  • 13.9.22
Siente el peregrino, que aún no lo es, que es invisible, que nadie sigue sus huellas, que sus palabras se desvanecen nada más salir de sus labios, que sus dedos perdieron la capacidad de acariciar, que el peso de la vida terminó con su resistencia a arrodillarse. Siente que de nada sirvieron sus desvelos, sus esfuerzos, sus apuestas, sus ideas, su compromiso, y que como la arena de un reloj, se perdieron esparcidos por el viento, por el tiempo que le regalaron y no supo aprovechar.


Siente el peregrino, en lo más hondo de su ser, que debe salir al camino, que en la senda encontrará nuevas respuestas, retos que superar, sorpresas inesperadas, incluso las preguntas que nunca llegó hacerse. Siente como una vela, se enciende en su interior con la promesa de rescatarlo del largo invierno, de guiarlo en la oscuridad de la cueva donde se escondió, de enseñarle que la luz es la esperanza.

Siente el peregrino que, debe proteger la débil llama, de la huracanada razón que lo arrolla todo a su paso, mostrándoles las piedras en las que tropezará, el dolor de su rodilla, la inutilidad de las arcaicas y alienantes creencias, costumbres, rutinas, a las que se agarran los derrotados, los débiles, los insensatos, los crédulos, los incapaces.

Siente el peregrino que por una vez en su vida, debe dejar de pensar, deshacerse de su pesada carga, de su orgullo, de su soberbia, de sus prejuicios, de la seguridad de lo aprendido. Siente que debe dejarse llevar por aquello que siempre rechazó, por lo intangible, por lo inmaterial, por aquello que los hombres no saben explicar, por la fe.

Siente el peregrino cuando comienza a caminar, que lo más difícil ya lo hizo, tomar la determinación de salir a la senda, dar el primer paso, confiar en lo que vendrá, saltar al vacío sin saber lo que ocurrirá. Siente una emoción que nunca imaginó y sonríe nervioso, asustado, prudente, ilusionado.

Camina como vive, solo, con el puño apretado, tensó, con la mirada en sus pasos, con la cabeza escondida entre los hombros, la espalda arqueada, concentrado en sus dolores, sus cicatrices, las heridas provocadas en caídas en las que no supo, ni terminó, de levantarse. Siente la punzada de la duda, del “ya lo sabía”, del “debí imaginarlo”, del “por qué iba a ser diferente”, del “qué hago aquí”.

Pero una mano se ofrece a acompañarlo, rompe ese convencimiento de invisibilidad, y tras la sorpresa, tras el asombro, tras la extrañeza, resiste al que fue, al que lo empujó a buscar el vellocino de oro, al que emponzoñó su pensamiento, al que le recordó siempre sus limitaciones.

Sigue caminando, reforzado por ese auxilio inesperado, generoso, desinteresado, liberador, y se descubre sonriendo, con la mirada alegre, y la expectación puesta en el sendero, siguiendo una luz que solo intuye, y que sin poder verla, sabe que lo está guiando, esperando para acogerle, abrazarlo, reconstruirlo.

Siente el peregrino como se despiertan sus sentidos, como la llama crece, como se va volviendo liviano al desprenderse de cargas innecesarias, mientras le ofrecen agua para calmar su sed, aliento para las dificultosas subidas, compañía en las largas travesías, sombra, cobijo, abrigo, bastón.

Siente el peregrino el pulso acelerado, la emoción, la impaciencia, los nervios de la llegada, pero, tras lo aprendido en el camino, siente que debe concentrarse, saborear, vivir, disfrutar cada paso, que el camino se hace al andar, paso a paso, golpe a golpe, verso a verso. Y la canción del poeta, le relaja, lo prepara, lo conduce hasta la entrada a la Iglesia, que cruza en silencio, humilde, nuevo, agradecido.

Siente el peregrino, al mirar a la Cruz, al azul, a la Luz, la paz que nunca tuvo, la serenidad que le faltó, la seguridad de no estar solo. Comprende su corona, sus clavos, la sangre derramada, y siente su tierna mirada en sus ojos, el poder de su abrazo, y un susurro que le dice “te estábamos esperando, bienvenido”.

Siente el peregrino que está en casa, y se siente ascender como un globo de colores, sin rumbo, ni destino, en manos del azar, al que ya no le tiene miedo. Siente el olor de la pólvora, el humo que lo nubla, las detonaciones que lo estremecen y que rompen las últimas resistencias, diques, fronteras para que fluya la luz.

Siente las vibraciones de las palabras cantadas, de las manos alzadas, de las lágrimas contenidas, y se descubre celebrando la vida, rendido ante la Cruz y lanzando al viento su clamor: ¡Viva el Cristo de la Luz!

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: J.P. BELLIDO

12 sept 2022

  • 12.9.22
Lo ve tras los cristales de la cafetería, y entonces paga y lo sigue. Desde hace casi un año repite esta ceremonia diariamente. Hoy la mañana es luminosa. Es un tiempo de primavera anticipada en un año que ha llovido poco. Será verdad, piensa, eso del cambio climático, el deshielo, la sequía, los temporales incontenibles que rompen con sus ventoleras la monotonía de un invierno que se repite sin novedades año tras año. Lo ve de perfil cuando toma la segunda bocacalle para dirigirse a la oficina como cada mañana durante todo un año.


No lo conoce personalmente, pero piensa que es un hombre afable, un buen padre de familia, severo y cariñoso en la educación de los hijos, creativo y solidario en el trabajo, ingenioso con los amigos cuando apura la última copa antes de volver a casa.

Debe tener la mirada profunda, piensa, el gesto sereno, la voz grave y bien modulada. A estas alturas, cada mañana se atreve a adivinar su vestuario, de calidad y buen gusto y muy poco variado. Alegre solo en el color de las corbatas, reincidente en los calcetines y los zapatos, elegante y monótono en el traje de vestir. Los fines de semana viste vaqueros y deportivas, jersey de cuello redondo llamativo que desdice de sus chaquetas oscuras y discretas.

Entendido en vinos, amante de las películas de cartelera, tertuliano ingenioso. En su día, piensa, debió ser un donjuán exitoso. Todavía hoy debe andar con secretos de alcoba, con secretaria de toda confianza, con dudas sobre su futuro profesional y su ideología política.

Hay algo enigmático en su porte que le perturba, algo atractivo en su caminar que lo desvela, algo mágico en el movimiento de sus manos cuando gesticula al hablar. Conoce todo su pasado. Sus amores enconados, sus alardes profesionales, su vacío existencial.

Le gusta seguirlo cuando cruza la ciudad porque le gusta andar para mantener el cuerpo a tono. Sería un lujo poder robar dos horas a la empresa para acudir al gimnasio. Cuando camina, observa los edificios, los árboles, los perros que mean en los árboles de todos, los perros que mean en los coches de cada uno. Odia a los perros urbanos. Compadece a los perros urbanos y maldice a sus dueños.

Como cada mañana, le gusta tomar café cortado antes de subir a la oficina. Mientras le atiende el camarero, abre una pequeña agenda de color beis. Es un listín telefónico. Todos son teléfonos de mujeres. Compañeras de curso de cuando estudiaba en la Universidad, compañeras de trabajo, vecinas, mujeres de amigos.

El hombre que lo observa desde la calle sabe que uno de esos teléfonos corresponde al móvil de su mujer. Cuando marca el número, el hombre que lo observa no sabe si se trata del teléfono de su mujer. Tampoco le preocupa. Él ha tomado una decisión.

Lo observa mientras sonríe. La conversación con esa mujer le ha cambiado el rostro. Una mueca de felicidad se dibuja en sus labios. Si lo tuviera al lado, podría escuchar la conversación del padre con la hija, que la recogería a la dos para ir a casa, que se cuidara, que la quiere mucho, muchísimo.

Paga el café, que apura de un sorbo. Y sale sin mirar a quien lo observa ahora tan cerca, camina sin percatarse de quien lo sigue a una distancia de tres metros. El hombre que lo sigue lo llama por su nombre, él se vuelve con toda naturalidad, muestra sorpresa porque no conoce a quien tiene delante.

Ve que saca la mano del bolsillo de la cazadora, la mano empuña un arma, le apunta a la sien y le dispara dos tiros. Cae como un saco lleno de legumbres. El hombre que lo observaba tomar café y que le ha disparado guarda el arma en la cazadora y sigue su camino.

El cielo se ha cubierto. Comienza a lloviznar. Ni esto es primavera ni esto es nada, piensa. Una mujer a quien no conoce lo ha visto todo, pero no sabe qué hacer. El cambio climático nos trae a todos como locos, dice ella.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 28 de febrero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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