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HIPODROMO

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30 may 2023

  • 30.5.23
Ante tres noticias que han coincidido en los últimos días –las elecciones, el plante del futbolista Vinicis Jr. por llamarlo "mono" y que las orcas han vuelto a interaccionar con varios barcos en el Estrecho de Gibraltar, hundiendo uno de ellos–, hemos vuelto a sacar la máquina de etiquetar aunque, en realidad, no descansa nunca y debe funcionar con energía solar. Por lo menos, la mía.


Advierten los psicólogos que hay que tener mucho cuidado con las etiquetas que ponemos, tanto las positivas como las negativas, las autoimpuestas o las que colocamos, porque pueden marcar a alguien –o marcarnos– de por vida y, una vez etiquetados, clasificados, prejuzgados, señalados o cosificados, a ver quién es el desetiquetador que desetiqueta, aunque buen desetiquetador será.

A los políticos, por si fuesen pocos los sambenitos, en esta campaña les hemos colgado algunos nuevos, como el de comerciantes de votos, proxenetas de la democracia o yonquis del poder. Y aunque dicen que no es bueno generalizar, aquí sí que los metemos a todos en el mismo saco, sobre todo porque, en vez de enarbolar el “mee to”, entonan el “anda que tú”.

Espero que a los eufóricos, elegidos por el pueblo o negociados en los despachos, que estén acomodándose en sus sillones, alguien les susurre “memento mori”, aunque yo les pondría a la bailarina de Fama golpeando con la varita y gritando “buscas el cargo, pero el cargo cuesta, y aquí es donde vas a empezar a pagar, con sudor”.

Por su parte, Vinicius Jr., cansado de que lo hagan con él, nos ha puesto a nosotros una etiqueta, que parece más una lápida con epitafio, acusándonos de racistas, y se ha erigido en el salvador que viene a guiar nuestro camino, a curar nuestra ceguera, a enseñarnos a pescar. Y los apóstoles, palmeros e interesados, algunos en campaña electoral, otros que solo ven el dinero que les va a hacer ganar, se han arrodillado y gritan "amén".

Aunque su lucha es noble, su reivindicación es justa y a todos nos gustaría su éxito, creo que al final terminará crucificado, vendido por treinta monedas de oro por alguno de los que besan sus mejillas, porque en el mundo del fútbol, los jugadores son asalariados, marionetas pasajeras, efímeras, frágiles, dependientes del azar, de si la pelota entra o una lesión lo manda al olvido.

Al fútbol, las luchas sociales se las traen al fresco: organiza Mundiales en países donde los derechos humanos no existen y venden su imagen a marcas que contaminan el planeta, esclavizan a sus trabajadores y perjudican nuestra salud. Muchas pancartas de "Juego limpio", pero prohíben brazaletes con la bandera arcoíris, y en sus entrañas, como en la Dinamarca de Hamlet, algo huele a podrido.

Además, los líderes sociales los elige el pueblo, no se autoimponen empujados por su egolatría, su chulería, a base de provocaciones y con la sospecha de que, con sus fotogénicas acciones, lo que buscan es olvidar sus fracasos y mejorar sus contratos con las marcas publicitarias y su club.

El brasileño, si no replantea su estrategia, no conseguirá librarse de las etiquetas ofensivas. Todo lo contrario: está poniendo una diana sobre su figura que, al final, lastrará, por peso, por presión, su juego en el campo y, por ahora, ha demostrado que es fácil hacerle perder la concentración, sacarlo del partido, porque está más pendiente del yo que del equipo.

De malas etiquetas –que aunque se quiten, siempre dejan una marca difícil de borrar–, las orcas son un gran ejemplo. Las llamamos "ballenas asesinas", cuando ni son ballenas, ni son asesinas. Da igual que se explique una y otra vez: ya lo tenemos interiorizado y nuestro temor hacia ellas solo es comparable con la admiración que les profesamos por su inteligencia, su libertad y su belleza.

En estos últimos años, por las interacciones con los barcos, algunos se han apresurado a añadirle lo de "vengativas", "violentas" o "rebeldes", sin tener la menor idea de la causa que está provocando esta situación. Se habla de lecciones de caza de las madres a sus crías; de juegos de entretenimiento, de autodefensa por algún hecho traumático con alguna embarcación.

Incluso algunos aluden a una moda pasajera entre ellas. Pero todo son suposiciones, hipótesis, que serán muy difíciles de demostrar. Lo que está claro es que si no se soluciona el problema, terminará repercutiendo sobre la especie porque, por encima del medio ambiente, pondremos la economía y al ser humano.

Vinicius Jr. y los políticos deberían tener muy presentes a las orcas, cuidar sus acciones si no quieren ser mal etiquetados y recordar que ellas sí que están en la cúspide de la cadena alimenticia, mientras que ellos… Ellos son solo un bocado más para el sistema, que se relamerá con gusto cuando los devore.

MOI PALMERO

29 may 2023

  • 29.5.23
Ahora que han finalizado las elecciones municipales y autonómicas y, con ellas, la insoportable matraca con la que nos han machacado, y cuando sus resultados, increíbles para unos e inesperados para otros, no hacen sino reflejar el despiste de unos ciudadanos que, indefensos ante las maquinaciones del poder, botan con su papeleta, cual pelotitas de un pinball, para votar en función del impulso que les imprimen los flippers de la desinformación, llega la hora, por fin, de hablar de otras cosas, quizás más serias y preocupantes. Hablemos, cómo no, de racismo.


Se ha puesto de actualidad el asunto, nada trivial, del racismo en el fútbol debido a que, justo a mitad de la campaña electoral, un jugador del Real Madrid, de origen brasileño, fuese insultado en el estadio del Valencia con gritos de “mono” y otras lindezas por el estilo.

Sin embargo, no era la primera vez que una cosa así se producía en los campos de juego españoles contra jugadores que pertenecen a otras razas o etnias, aunque vistan las camisetas de equipos tan nacionales como el citado. Pero, esta vez, el “incidente” ha acaparado la atención de los medios de comunicación por la airada reacción del jugador, enfrentándose verbalmente a los agresores, y, dado que se estaba en plena campaña, por la consiguiente “condena” pública, algunas con matices, que los políticos y otros personajes se apresuraron a expresar con la intención de arrimar el ascua a su sardina.

Incluso los de Vox, que tanta xenofobia irradian en la mayoría de sus manifestaciones y mensajes, aprovecharon la oportunidad para asegurar que, en comparación, algunos de sus candidatos son objeto de una violencia mucho mayor. Para ellos, lo condenable es la gradación del delito, no el delito en sí.

Algo parecido a lo que opina la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, incapaz de mantener la boca cerrada, para quien tan grave es el insulto xenófobo como los abucheos al rey en algunos estadios. También, dirigentes de LaLiga y la FIFA y hasta el presidente de Brasil e, incluso, la propia ONU han terciado en lo que, a todas luces, es una muestra intolerable de racismo en la España que se supone moderna y plural.

Y algo de razón deben tener. Porque de lo que no hay duda es que el racismo en el fútbol representa, cuando menos, un síntoma alarmante de un problema enquistado en la sociedad. Un problema que se manifiesta puntualmente, como la erupción de un volcán, cuando las heridas económicas, educacionales, sociales y, en este caso, deportivas se abren, dejando supurar lo que de verdad sentimos o pensamos.

En tales situaciones se escapan expresiones que, aunque esporádicas, no dejan de ser escandalosas y paradigmáticas de un mal estructural que deteriora, si no se ataja con severidad, la convivencia y la tolerancia en nuestra sociedad.

"Moro", "sudaca", "panchito", "moreno", "negrata", "japo" o "chino" para cualquier ciudadano asiático, unidos al "gitano tenía que ser" –cuando cometen algún delito–, son ejemplos de términos o expresiones peyorativas con las que nos referimos, de manera discriminatoria, a ciertas minorías que cohabitan entre nosotros y que forman parte de la comunidad plural y diversa que todos integramos.

En muchos casos, no somos conscientes de ese comportamiento pues solemos manifestarnos de forma racista de manera no intencionada. Es más, ni siquiera nos reconocemos racistas, entre otras cosas, porque asumimos como normalizado el insulto en determinados contextos y situaciones. Lo que es aún peor por evidenciar una lacra larvada que sublimamos cuanto podemos, pero que denota lo que realmente pensamos y que influye en nuestra conducta y relación con otros grupos sociales.

Es por ello que, cuando las barreras educacionales y de corrección política se ven desbordadas por cualquier motivo, brotan de súbito a nuestra boca los exabruptos e insultos contra el que se distingue por su raza, color de piel, rasgos físicos, costumbres, creencias religiosas y hasta por el modo de vestir, aunque se trate de personas tan naturales del país como cualquier español de pura o impura –que eso es otra– cepa.

No podemos remediarlo. Alguna de las múltiples caras del racismo que portamos con nuestros prejuicios emerge de pronto cuando nos sentimos superiores en enfrentamientos emocionales con minorías que consideramos inferiores o peligrosas para nuestro concepto de identidad colectiva.

Y tampoco podemos reprimirlo porque somos hijos de una cultura colonial que muchos todavía añoran, de una práctica religiosa que pretende imponer una tutela moral al conjunto de la sociedad y cuyo dogmatismo busca prevalecer sobre leyes, derechos y libertades duramente conquistados, y de un nacionalismo patriotero excluyente, tanto de lo propio (de ahí los conflictos entre autonomías) como de lo ajeno, especialmente si es pobre y sin recursos, como los inmigrantes que arriban a nuestras costas en frágiles embarcaciones y no en yates a Puerto Banús.

Se trata, en definitiva, de un problema que, afortunadamente, todavía no está generalizado pero que continuamente es alimentado por esas invitaciones al odio y a la intolerancia que se proclaman desde diversas tribunas públicas. Apologías al odio que arraigan con facilidad en suburbios periféricos o núcleos urbanos en los que la frontera entre la zona rica y la pobre determina el disfrute o carencia de servicios, oportunidades y derechos.

Aunque cueste admitirlo, sigue existiendo un racismo basal en nuestro país, y no solo en el fútbol, a pesar de las políticas, las campañas y la legislación con que se intenta combatirlo y erradicarlo, fomentando la igualdad, la tolerancia y el respeto a cualquier persona, sin importar su condición social, sexual, racial, cultural, económica o sus creencias.

De hecho, el racismo y la xenofobia continúan siendo un problema por resolver, como recoge un informe publicado por el Ministerio de Interior, puesto que de los 1.133 casos tipificados en 2021 como delitos de odio, 465 tenían una motivación racista o xenófoba. Son casos denunciados, cuyo volumen podría ser una décima parte de los reales.

Y ambos, racismo y xenofobia, constituyen uno de los déficits o rémoras, como el machismo o la violencia contra la mujer, la comprensión lectora de muchos estudiantes y hasta nuestra incapacidad para los idiomas, que el sistema educativo no ha logrado corregir de manera satisfactoria.

Pero esa es la única vía, según los expertos, de enfrentarnos a este problema: con educación temprana y la permanente concienciación social sobre la igualdad en derechos y el respeto a la dignidad que merece todo ser humano, sin distinción. Nos queda, por tanto, mucho camino que recorrer para lograr una sociedad libre de expresiones y actitudes racistas, como las exhibidas en el campo de fútbol. Y no solo ahí, desgraciadamente.

DANIEL GUERRERO

28 may 2023

  • 28.5.23
Desde hace unas semanas nos vemos inmersos en las campañas electorales –municipales y autonómicas– que se cierran en este domingo; pero hay algo que hemos llevado de fondo durante estas fechas y que no ha sido tapado por las constantes noticias sobre las elecciones. Tiene relación con el inmenso calor que hemos soportado en el mes de abril y comienzos de mayo, lo que nos hacía temer que volveríamos a pasar otro verano tórrido sin que hubieran hecho acto de presencia las tan deseadas lluvias.


Pero parece que la Naturaleza se ha apiadado de nosotros y, antes de que entráramos en junio, mes en el que oficialmente comienza el verano, las nubes han hecho aparición en los cielos y nos han entregado algunas lluvias, suaves o intensas, dependiendo de las zonas. ¡Bienvenida sea, pues, la lluvia que viene a tranquilizarnos un poco y nos abre a la esperanza de que podemos sobrellevar la estación del calor!

Tradicionalmente, por la venida de las lluvias se lanzaban plegarias, aunque cada vez con menos convicción de ser oídas. También los niños, tal como tiempo atrás hacíamos, cantábamos, y aún cantan, “¡Que llueva, que llueva…!”, nada más ver las primeras gotas que caían.

Pero donde más se ha plasmado nuestra admiración por este fenómeno de la naturaleza es en el cine y en la música, una vez que los humanos nos hemos agrupado en las grandes urbes y las danzas y antiguos ritos tribales que aún perviven se han convertido en elementos de atracción turística para viajeros necesitados de novedades.

Y si hay una representación de la lluvia convertida en un auténtico icono cinematográfico es la escena en la que Gene Kelly, saliendo del portal de un edificio, se encuentra que está lloviendo. Ahí está el protagonista expresando todo el disfrute de verse envuelto en el agua nocturna mientras canta Singin’ in the rain, al tiempo que, bailando claqué y con su paraguas abierto, chapotea en todos los charcos que se van formando.


La lluvia como gozo pleno, como inmenso placer que invita a todo el cuerpo a olvidarse de lo demás para disfrutar sin leyes ni normas; claro, esto hasta que un policía se le acerca y le mira como si se encontrara con un chiflado al que hay que vigilar. En esos momentos se acaba la diversión: la ley y el orden patrullan día y noche para que nadie se sobrepase lo más mínimo.

Aparte de esta inolvidable escena musicada, son muchas las canciones que han tomado la lluvia como argumento central por diferentes motivos. Me vais a permitir que ponga en primer lugar Purple rain del inolvidable Prince. La razón se debe a que, además de ser un magnífico tema, pude escuchárselo en Madrid durante su primera visita a nuestro país. No me voy a extender en elogios hacia Prince y su emblemática canción, puesto que es uno de sus temas más conocidos, por lo que estoy seguro de que a más de uno le gusta.


También tendría que citar otra icónica canción como es A Hard Rain’s a-Gonna Fall (Una fuerte lluvia va a caer), de Bob Dylan, que publicó hace nada menos que en 1962. En este caso, la lluvia se presenta como metáfora del escarmiento que se recibirá por la guerra de Vietnam, en la que estaba involucrado el ejército estadounidense.

No es cuestión de hacer un repaso de las canciones que han tomado a la lluvia como tema central, dado que son numerosas. Sin embargo, no quiero olvidarme de algunas que han sido cantadas en castellano como fue A cántaros, del extremeño Pablo Guerrero o Balada de otoño, de Joan Manuel Serrat, y, cómo no, Ojalá que llueva café, de Juan Luis Guerra, por citar solo tres de ellas.

Mientras escribía este artículo nos llegaba la noticia de que había fallecido la gran Tina Turner a sus 83 años. Siempre recordaré River Deep, Mountain High (Río profundo, alta montaña) que grabó en sus inicios con el impresentable de su marido Ike. Eran los tiempos en que yo estudiaba Arquitectura en Sevilla y, nada más oírla, me impresionó tanto que es una de mis canciones favoritas.

Pero como estamos hablando de la lluvia, conviene recordar que Tina grabó I Can’t Stand The Rain (No soporto la lluvia), que aparece en su disco simple The best. Y ahora, como homenaje, nada mejor que recordarla escuchando esta canción.


Cierro, recordando que en el tórrido verano pasado publiqué Summertime, aludiendo al inmenso calor que pasábamos en el Sur (sin que el resto de la piel de toro se librara de esa especie de castigo inmerecido). Ahora, en cambio, toca hablar de la lluvia y, por mi parte, aunque venga cargada de colores púrpura, la recibiré con los brazos abiertos.

AURELIANO SÁINZ

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