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24 sept. 2020

  • 24.9.20
¿Qué está pasando en nuestra sociedad? El desprecio a los demás está a flor de piel, las ofensas de obra o de palabra abundan por doquier. El otro se ha convertido en un muñeco al que se puede menospreciar como se venga en gana. Crece la xenofobia, el desprecio aumenta un odio aparentemente inocuo pero dañino a más no poder. El tema ya lo he tratado con anterioridad.



Venimos pleiteando contra la violencia del macho hacia la mujer, eso que llamamos "violencia de género", lacra que no se ha eliminado y a saber hasta cuándo la sufriremos. Dicha violencia, tanto física como psíquica, también ha sido tratada con anterioridad en estas páginas. Y clama justicia. Traigo a colación dos casos recientes de malquerencia descarada contra el prójimo. Ambos ejemplos rebosan desprecio, humillación y apestan a odio.

El primero hace referencia a un pleno en el Ayuntamiento de Valdepeñas. La noticia proviene de Antena 3: “el alcalde Jesús Martín arremete contra la edil Cándida Tercero diciéndole "ahora, señora Cándida, diga conmigo: "he aprendido la lección y no tenía ni puta idea de lo que es un contrato público, y por eso meto tanto la pata". A ver cómo le sale”.

El párrafo no tiene desperdicio. La desfachatez y el desprecio a la concejala es de libro. El tema no queda ahí. Parece ser que, en plenos anteriores, dicho sujeto ya dejó claro su sello machista, despreciativo y, cómo no, ofensivo a tope. Y abusando de su autoridad, machacó todo lo que pudo y más.

En otra ocasión soltó la siguiente perla, aludiendo al refrán argentino “la Gata Flora, que cuando se la meten chilla y cuando se la sacan llora”. Parece ser que dicho señor (con perdón por lo de "señor") ha emitido en varios momentos numerosos y polémicos comentarios contra la misma señora. En otra sesión aseguró que salía “veneno” de su boca y que estaba “al borde de su locura”.

Pasemos de referentes políticos, que los hay. Estamos ante comentarios humillantes, despreciativos, vergonzosos e intolerables. La mala educación, la falta de respeto, el descarado desprecio, la humillación más vergonzante zumban en el aire como flechas asesinas.

Desde dicha plataforma es fácil saltar a un soterrado odio, indudablemente no físico (para este individuo sería fatal) pero sí psicológico, que es mucho más maléfico y deja perenne huella en la persona que lo sufre. Solo me cabe terminar con una simple frase: “Alcalde corto, sentencia pronto…”.

El siguiente caso es más reciente y el odio que supura es más asqueroso aunque alguien pudiera pensar que es una chiquillada. Haciendo un juicio de valor por mi parte, no creo que sea la primera vez que dichas interfectas hayan saltado a la pista del desprecio y la humillación.

“Agresión racista de tres chicas adolescentes en el metro de Madrid”. Ese es uno de los titulares que aparece en Youtube. El vídeo supongo que se hizo viral. Lástima, porque, entre otras razones, en este país nuestro no somos tan obtusos ni tan bocazas. No quiero pensar que las chicas estaban en pleno poder de sus cualidades mentales, aunque es lo que aparece en el referido video. Da pena y asco.

Quiero pensar, por la cara que se le ve a una de las personas ofendida, que tampoco ésta había injuriado previamente. El titular es contundente: "¡Panchito de mierda…!, se oye en uno de los vídeos". De los distintos y variados fragmentos que aparecen en la Red, ofrezco el que puede aparecer más aceptable en cuanto a la información. Sin embargo, creo que el vídeo en el que una de las chicas se reafirma en los hechos merece oírse.



El hecho de “estar en tu país” no es óbice para ofender ni despreciar a nadie. El respeto a los demás es un mandamiento civil válido en todo país y lugar. Estar en mi país no me da derecho a ofender. En este caso, tenemos un problema racial. Un racismo que viene de la superioridad del indígena del país frente al inmigrante pobre.

La educación de la ciudadanía no es un problema aislado y solo competencia de grupos selectivos. Educar es una obligación social que se inicia en la familia y debe trascender a la sociedad. ¿Educar en qué y cómo? Amén de culturizar al personal, lo que implica “civilizar, “incluir en una cultura” es educar en valores básicos que consoliden la libertad tanto personal como colectiva, la responsabilidad, la solidaridad, la tolerancia, el respeto y la justicia entre otros muchos valores necesarios para convivir.

Educación no es solo saber leer y sí es saber convivir. Del analfabetismo de anteriores etapas (parte del siglo XX) como mísera lacra para el pueblo, hemos pasado a una libertad que en muchos casos ya degenera en libertinaje grosero y despreciador del vecino. ¿Motivos? Simplemente porque me da la gana, porque soy libre y mi libertad no está limitada por la del otro.

La situación cultural moderna nos ha llevado a enfatizar libertad y derechos individuales pero hemos olvidado la responsabilidad y el más elemental respeto. Tal postura nos ha permitido hacer una mala interpretación del significado y la valoración de la dignidad de la persona y está arrinconando la sensatez personal. Las consecuencias de dicha postura han travestido el significado de la dignidad personal y han desechado la responsabilidad social.

Nuestros parlamentos, llamados “Cámara” o “asamblea legislativa, nacional o regional” se han convertido en un frontón “contra el que se lanza la pelota” de opiniones, desacatos, puñaladas verbales, ofensas veladas y no tan veladas, de unos contra otros. Desde luego el ágora, plaza pública donde los griegos celebraban las asambleas y debatían sobre las decisiones a tomar de cara a la mayoría, está herida de muerte.

Porque de golpe y porrazo hemos asentado las posaderas en el sillón de la intransigencia y desde dicha tribuna estamos asesinando el respeto a los demás, sobre todo si no son de mi cuerda o si son de otro color, o de otro rincón geográfico (ibero, europeo, africano o sudamericano, entre otros muchos). Recordemos que hemos sido emigrantes y hemos sufrido desprecios e improperios.

Por desgracia, parece ser que abundan cada días más los siesos, en este caso siesas, es decir “personas desagradables, antipáticas, desabridas”, que ofenden porque están cargadas de odio hacia los demás. Último botón de muestra que deseo añadir: en las Noticias del pasado lunes, Antena 3 emitía un video denigrante. Una chica pataleaba a otra en plena calle. Nadie las separa pero sí que lo graban para subirlo a la Red. ¡Genial! La humillación, la violencia… convertidas en diversión.

Dice Victoria Camps en el prólogo del ensayo Elogio de la duda: “Vivimos tiempos de extremismos, antagonismos y confrontaciones. A todos los niveles y en todos los ámbitos, pero sobre todo en el político. Una actitud que potencia a su gusto los escenarios mediáticos y que sube de tono gracias a la facilidad con la que las redes sociales brindan la ocasión de apretar el gatillo contra cualquiera cuyo comportamiento o mera presencia incomoda. Cordura, sensatez, moderación, reflexión, son conceptos que se esgrimen de vez en cuando y apelan a una forma de vivir juntos más tranquila que la de estarse peleando por cualquier cosa, pero ser moderado carece de atractivo y no sirve para redactar titulares”. Más claro, agua.

PEPE CANTILLO

23 sept. 2020

  • 23.9.20
Revolcón de emociones. De subidas y bajadas. De distancia que separa pero une más de lo que se puede imaginar. Mundo repleto de miedo, de apostar poco. De vivir rápido y sentir despacio. Tú y yo. Sin miedos. Arriesgando. Lanzándonos. Dejándonos ser el uno con el otro. Mientras, la vida con su manía de ponérnoslo más complicado de lo que ya es.



Seguimos. Sumamos llamadas y fotos de “te quiero aquí conmigo”. Me lanzo, lo tengo claro. Nos reímos. Hablamos. Sentimos. Extrañamos. Tu esencia. Tu plenitud. Tú.

Te echo de menos. Vuelves. Sumamos más canciones. Más mensajes. Más fotos. Más ganas. Más de todo. Ahí estamos. El uno para el otro. Recortando distancia a través de la pantalla. Arreglando los malos días. Mejorando los buenos.

Porque sin buscarte te encontré. Tienes esa magia de devolverme los nervios de sentir todo por primera vez. Tú allí y yo aquí. No sé cuándo nos veremos. No tengo prisas. Te espero.

MERCEDES OBIES

22 sept. 2020

  • 22.9.20
Todas las personas que formamos parte del ámbito de la cultura alzamos en estos días la voz en protesta por la delicada situación de nuestro sector, por las pocas ayudas que se aprueban por parte de las instituciones y por las graves restricciones que sufrimos para desarrollar nuestro trabajo. Pero me surge una duda: ¿Desde cuándo la cultura ha disfrutado de una situación laboral digna en España?



A no ser que seas un artista con renombre, un técnico que pertenece a los grandes circuitos culturales nacionales o un productor consagrado durante los años óptimos de la cultura, has estado compaginando tu pasión con otros oficios. Esta es la realidad de la cultura en España.

Ya estábamos mal mucho antes de que explotara la crisis sanitaria del coronavirus. Ya nos dábamos por abandonados por las instituciones tras las crisis del 2008. La subida del IVA Cultural lapidó un poco a los artistas principiantes y generó una fractura enorme entre artistas consagrados y noveles.

Internet y las nuevas plataformas de generación de contenidos hizo que la cultura tomara una nueva dimensión, dando pie a un sinfín de contenidos culturales digitalizados. En este paradigma digital prima la cantidad y no la calidad. Y ante este panorama cultural, tuvimos que desterrar de la ecuación el apoyo hacia la cultura y encontrar un aliado en el público.

El consumo de cultura ha cambiado de unos años a esta parte, haciendo un mercado cada vez más competitivo y democrático, en el que el flujo económico es cada vez más indirecto para el autor, que se ha convertido en un mero generador de contenidos que percibe ingresos no por la obra en sí, sino por la cantidad de personas que la visualizan o por los productos comerciales que aparecen en sus obras. El hecho de cobrar un caché se está quedando obsoleto.

Encontramos, pues, un público con acceso infinito a contenidos culturales y que cada vez gasta menos en cultura. Toda persona con acceso a internet se convierte indirectamente en consumidor cultural. Ir a un concierto sin conocer al artista se ha transformado en todo un acto heroico y sibarita, ya que arriesgas tu dinero al consumir algo sin un conocimiento previo.

Y si entramos en el fondo del debate, creo que el público de una zona rural, a grandes rasgos, se deja llevar más por el “compadreo” que por la calidad real de lo que está consumiendo. Es decir, una persona va a un concierto, a una obra de teatro o a una exposición porque el artista es un conocido o un familiar.

Quizás en una gran ciudad haya un público más comprometido. Y esto puede ser porque la oferta cultural es más amplia y se vive tras el anonimato. Sé que esta afirmación puede generar estupor entre los lectores pero voy a compartir una frase que me ha acompañado desde el inicio de mi andadura en este bonito sector: “¿Cómo? ¿Qué la obra de teatro vale veinte euros? Por ese dinero me voy a Córdoba y veo allí una obra de calidad y en un teatro de verdad”.

Este tipo de actitudes me sorprenden muchísimo por varios motivos. ¿Acaso en un pueblo no puede haber teatro de verdad? ¿Ir a ver una obra a una ciudad garantiza la calidad e ir a un pueblo es sinónimo de principiantes? ¿Por qué pagar en una ciudad veinte euros parece barato y, sin embargo, en un pueblo, nos resulta carísimo?

Si antes estaba asentada esta idea, a partir de la crisis del coronavirus se ha acentuado aún más, por culpa de las restricciones y de los aforos limitados en los espacios escénicos. Y doy por hecho que el abandono por parte de las instituciones va ser una realidad, ya que no van a asumir el riesgo y la responsabilidad de contagios en un futuro.

Por tanto, el sector cultural queda al amparo del público, de la forma de consumir cultura y de la iniciativa privada. Dependemos del público para no caer: es nuestro colchón. Si el cantautor del pueblo, que está empezando, da un concierto en un bar, lo ideal es que vayamos a apoyar a ese establecimiento que arriesga y que apuesta por la cultura; que vayamos a apoyar a ese músico que no ha elegido esa profesión porque vaya a ganar mucho dinero, sino porque no conoce otra forma de ganarse la vida.

Eso genera una sinergia en tu localidad a largo plazo. Y, además, en ese ratito tu alma se alimenta. Pero si solamente vas a la obra de teatro de tu amiga o de tu vecino, al concierto del sobrino de tu cuñado, a la presentación del libro de tu compañero de colegio o a la exposición de tu prima, lo siento, pero eso no es consumir cultura: eso es compadreo.

Si no cambiamos nuestros hábitos de consumo de la cultura, para nada sirven las manifestaciones, las ayudas institucionales, las campañas por redes sociales o ver a los artistas consagrados reclamar más apoyo. La cultura vive a partir de quien la consume: no hay más. Siempre ha sido así.

La cultura sin el público está condenada al vacío. Y, para ello, el público deber tener cultura. Siento que la solución está en reconciliar al público de todo tipo con la cultura de todo tipo. Y que conste que la cultura nunca va a desaparecer porque es la expresión del alma. El día que dejemos de ser humanos será el momento en el que la cultura se esfume.

Mientras tanto, sentiremos la necesidad de expresar aquello que, con palabras, no podemos transmitir a nuestros semejantes. Y estamos en un punto de inflexión que va a determinar de qué forma vamos a disfrutar de lo único intangible que ha creado el humano.

DANY RUZ

21 sept. 2020

  • 21.9.20
Todos los países de América Latina tienen que afrontar una disyuntiva estratégica en su relación con el todopoderoso vecino del norte, independientemente del tamaño, capacidad económica o ideología política de cada uno de ellos.



Ante la inalterable voluntad de Estados Unidos (EEUU) por mantener, cuando no reforzar, su hegemonía en el continente, los países latinos de América no tienen más remedio que apostar por alguna de estas dos posturas: o se alinean con los intereses de la Gran Potencia, sean cuales sean estos en cada coyuntura histórica, o se resisten a su afán imperialista y adoptan un camino propio, más o menos independiente, en defensa de sus particulares intereses nacionales, regionales e internacionales, lo que no evitaría seguir sometidos a la vigilancia, control y presiones del Gobierno norteamericano. No es fácil tomar ninguna decisión de esta alternativa.

Y no es fácil porque la interrelación y dependencia de estas naciones latinoamericanas, en los planos económico, político, comercial, militar e incluso social (migraciones), con EEUU es enorme y difícilmente esquivable, aún menos sustituible. Incluso, la viabilidad como Estado en alguno de ellos ha sido posible, no sólo al empeño de su población por constituirse en entidad soberana, sino a la aquiescencia o interés –o desinterés– de EEUU en favorecerlo.

Ejemplos pueden ser Puerto Rico y Panamá, modelos distintos de naciones surgidas con el patrocinio yanqui, al “apoyar”, en un caso, su independencia de la España descubridora (y alcanzar algo intermedio entre colonia y plena soberanía: el Estado Libre Asociado) o, en otro caso, “proteger” su construcción nacional (Tratado Mallarino-Bidlack), a cambio de obtener la cesión, administración y defensa del istmo estratégico que une los océanos Atlántico y Pacífico, mediante un canal construido y controlado militarmente –en “garantía de su neutralidad”– por United States of America (USA), naturalmente.

En todos los casos, se trata de relaciones asimétricas y desequilibradas entre una superpotencia y una serie de naciones apenas relevantes que sólo aspiran a no ser engullidas y utilizadas como marionetas por el poderoso coloso del Norte.

Un temor latinoamericano y una tentación norteamericana que quedaron expresamente de manifiesto cuando el presidente James Monroe declaró, en 1823, que el continente quedaba fuera del ámbito colonizador de Europa. Es decir, que consideraba a toda América (de norte a sur) solar de exclusiva incumbencia norteamericana, enunciando aquello de “América para los americanos”. Y lo ha demostrado.

Desde entonces, EEUU se ha portado con sus vecinos continentales según convenía a sus intereses, dispuesta siempre a intervenir o invadir cualquier país, injerirse en sus asuntos internos (fundamentalmente económicos) o asir los hilos desde la distancia de cuantas guerras, revoluciones, dictaduras y democracias han germinado en esa región del mundo.

El “ojo vigilante” de USA siempre está al acecho detrás de la nuca de los países latinoamericanos. Y sus “marines”, la CIA o las grandes corporaciones transnacionales han sido los instrumentos habituales con los que EEUU ha determinado el destino de cada uno de ellos.

Es prolijo, al respecto, el número de invasiones militares (México, Cuba, Haití, Nicaragua, Panamá, Honduras, isla de Grenada, etc.), golpes de estado (Guatemala, Argentina, Chile, Bolivia, Paraguay, Uruguay, El Salvador, Brasil, Venezuela, Perú, República Dominicana, etc.) o expolios comerciales (United Fruit Company, Texaco, Chase Manhattan Bank, ITT, etc.) que evidencian la inalterable voluntad hegemonista y hasta imperialista de EEUU en el continente americano.

Viene esto a cuento porque, en la actualidad, tales relaciones desequilibradas siguen practicándose, siempre a favor del vecino del Norte. A pesar del anuncio de Barack Obama de no intervenir en los asuntos de América Latina, expresado en la Cumbre de las Américas de 2015, su sucesor en el cargo retoma las amenazas, las presiones y las injerencias en los asuntos latinoamericanos.

Y no me refiero ni a Cuba ni a Venezuela, verdaderos “granos” heréticos en el zapato USA, sino al asalto yanqui del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), cuya presidencia, puesto reservado tradicionalmente durante 60 años a un latinoamericano, acaba de conquistar el candidato seleccionado por Donald Trump, recurriendo a los “apoyos” de sus aliados en la región.

No se trata de un hecho baladí ni de una jugada intrascendente. El BID es el principal recurso de financiación para los países de la zona y quien lo dirige establece la orientación de sus inversiones crediticias, fundamentales para el desarrollo regional.

Que, otra vez, consiga EEUU, saltándose normas y equilibrios históricos de la institución, doblegar a su antojo el funcionamiento de tan relevante instrumento financiero regional, es una muestra de su intromisión en los asuntos económicos del área latinoamericana.

Es preocupante el interés y la voluntad mostrados por EEUU en controlar un órgano que debe estar enfocado a la atención de las necesidades de inversión y desarrollo de unos países en los que la pobreza y la carencia de infraestructuras lastran su economía.

Y, lo que es peor, genera todo tipo de sospechas el hombre de confianza impuesto por Trump, casi en los últimos minutos de su mandato –si no resulta reelegido–, debido a las múltiples pruebas que ha exhibido su Administración en utilizar las instituciones como un arma política, cuando no de socavarlas, desnaturalizarlas o asfixiarlas financieramente (UNESCO, OMC, Pacto el Clima, Consejo de Derechos Humanos de la ONU, OMS, etc.), para la confrontación mundial y la defensa a ultranza de los exclusivos intereses de EEUU y su política proteccionista, aislacionista y unilateralista. Y ello será posible gracias a los votos de una América Latina dividida y desarticulada que no es capaz de mantener un proyecto propio ni una visión conjunta como ente regional no supeditado a los dictados de EEUU.

Es cierto que un número significativo de países latinoamericanos es vulnerable y dependiente de la política comercial y económica de EEUU, puesto que a su mercado dirigen el grueso de sus exportaciones. Pero olvidan o abandonan el propio comercio interregional, al que dedican escasamente el 15 por ciento de sus productos.

Ahí radica la fortaleza intervencionista de EEUU. Una fortaleza que también se basa en la debilidad “atomizada” de unos “socios” que no logran articular una mayor integración y convergencia regional que les permita enfrentarse unidos, de “igual a igual”, con el poderoso vecino del Norte.

Es triste, por tanto, que esta oportunidad de reforzar una posición conjunta haya sido desaprovechada, una vez más, al acatar y facilitar la voluntad norteamericana de controlar también el BID. Es sumamente triste porque, aparte de las imposiciones comerciales, económicas, ideológicas, defensivas, sociales y culturales que ya sufre, ahora Hispanoamérica soportará, además, la intromisión USA en la administración de la entidad sobre la que pivota el desarrollo, el crecimiento y el progreso de toda la América hispana en su conjunto. Y todo por culpa de esa incomprensible e inalterable desunión latinoamericana. Y así les va.

DANIEL GUERRERO

20 sept. 2020

  • 20.9.20
Una de las ideas que hemos sacado de la pandemia que sufrimos es que vivimos en un mundo globalizado y del que no nos podemos aislar por mucho que queramos pensar exclusivamente en las cosas cercanas que nos rodean. Somos claramente conscientes de que lo que aconteció en un país lejano, en este caso China, acabó extendiéndose por todo el planeta, pues a la naturaleza no se le pueden poner ni barreras ni fronteras.



Son los propios medios de comunicación los que han ayudado a ampliar la capacidad de conectarnos con los más remotos lugares, por lo que han acortado tanto las distancias que la idea romántica de encontrar una naturaleza o un territorio que no haya sido colonizado, o al menos conocido, por el hombre se hace ya casi imposible.

Pero esta apertura a la globalización o mundialización está teñida de complejidad y de dificultades, dado que nos asomamos a un mundo con muchas culturas y muchas lenguas distintas y que se nos presentan como un desafío ante las dificultades de establecer una red bien articulada de intereses compartidos que nos hagan afrontar de manera coordinada los retos a los que nos enfrentamos.

A mi modo de entender, esta visión de la multiplicidad en la que nos movemos los seres humanos se expresó magníficamente en el siglo XVI cuando diferentes pintores plasmaron en sus lienzos la mítica Torre de Babel, que se cita en el Antiguo Testamento.

Bien es cierto que en 1492, es decir, a finales del siglo XV, el descubrimiento para los europeos de las nuevas tierras que se encontraban en las islas y en el continente que acabó llamándose América conllevó la idea de que existían otras gentes, otras lenguas, otras culturas y tradiciones muy distintas a las ya conocidas en el viejo continente.

Esta diversidad humana fue el origen de algunas interrogantes: ¿Por qué hay tantas lenguas y tan distintas? ¿Cómo se han formado? ¿Por qué los seres humanos no hablamos el mismo idioma?

Estas eran preguntas que ya los antiguos judíos se habían formulado, de modo que la respuesta la encontraron en la religión, como solía hacerse para aquellas cosas que no comprendían. Así pues, la explicación dada es que existían tantas lenguas como resultado de un castigo de Dios, puesto que fue desafiado por la arrogancia de los hombres cuando quisieron construir una enorme torre que llegara hasta el cielo, de modo que sobrevivirían si la ira divina les condenaba a sufrir otro diluvio universal.



Esta interpretación fue magistralmente recogida pictóricamente por Pieter Brueghel en las dos versiones que realizó en 1563. La primera torre, que se encuentra en el Museo de la Historia del Arte de Viena, y que el artista de Flandes imagina, se apoya, por un lado, en la arquitectura romana, ya que evoca a la forma circular del Coliseo de Roma, con los numerosos arcos que circundaban a este edificio, por otro, dada su forma ascendente, recuerda a los zigurats de la época babilónica.

La segunda versión de Brueghel se conserva en el Museo Boymans van Beuningen de Rotterdam. Recibe el título de La pequeña Torre de Babel al ser una réplica del primer lienzo. De nuevo, nos encontramos ante un cuadro verdaderamente impresionante, ejecutado con maestría y un alto nivel de detallismo.



Han transcurrido varios siglos desde que grandes pintores como Brueghel plasmaran en sus lienzos la explicación cargada de mitología a la existencia de la multiplicidad de lenguas y culturas. En la actualidad, por las investigaciones de antropólogos y lingüistas, sabemos las razones de la formación de idiomas que hablan los seres humanos.

La Torre de Babel ya es un lejano recuerdo. A pesar de ello, a comienzos del XXI se ha construido una nueva Torre de Babel. Me refiero al edificio que alberga la sede oficial del Parlamento Europeo en la ciudad francesa de Estrasburgo, y que, para que no haya confusión, debemos recordar que existen otras dos sedes: una de ellas en Bruselas y la otra en Luxemburgo.

En esta nueva Torre de Babel se hablan los idiomas correspondientes a los 27 países que ahora componen la Unión Europea (una vez que el Reino Unido ha dejado de ser miembro). Este amplio número de lenguas da lugar a que los miembros del Parlamento Europeo tengan que acudir al sistema de traducción simultánea para hacerse entender entre unos y otros.

El edificio fue proyectado por el estudio francés Architecture Studio, tras ganarlo en concurso internacional. A mi modo de ver, quienes lo diseñaron pensaron en la imagen que ofrecía la Torre de Babel pintada por Pieter Brueghel, dado que partieron de un volumen también de tipo circular, con reminiscencias en la parte superior a la forma inacabada que creara el pintor de Flandes.

Conviene saber que este edificio lleva el nombre de una profesora: Louise Weiss. Mujer valiente y defensora del sufragio femenino, la misma que durante la ocupación nazi participó activamente en la Resistencia, siendo la redactora de la revista clandestina Nouvelle République. ¡Un acierto dedicárselo a esta gran mujer!

Por otro lado, aparte de los aspectos formales, el hecho de que el edificio acoja a tantos representantes de países con un amplio abanico de lenguas, mentalmente nos conduce a aquellas torres que imaginó Brueghel. Así, dentro de esta Torre de Babel europea, hablan, discuten, se enfrentan y, en ocasiones, llegan a importantes acuerdos como el que se produjo sobre el denominado ‘fondo europeo de recuperación’.

En nuestro país, se ha recibido casi como el maná que viene del cielo. Por nuestra parte le damos la bienvenida. Sin embargo, habrá que ver si las condiciones impuestas no se convierten en auténticos controles para el desarrollo político y económico, dado que, como bien se apunta, cada proyecto presentado será supervisado por los denominados ‘países frugales’ de tradición religiosa luterana o calvinista.

Multiplicidad de lenguas, culturas, religiones o tradiciones de los que vivimos bajo la sombra de la nueva Torre de Babel. Esperemos que en esta ocasión el entendimiento sobre el fondo europeo de recuperación sea real y que ayude a los países, caso de España, que han sufrido duramente la pandemia a recuperarse económica y socialmente del impacto que el covid-19 está produciendo en todo el mundo.

AURELIANO SÁINZ

19 sept. 2020

  • 19.9.20
Opino –querido Luis– que sería saludable para todos –para ti y para mí– aprovechar las restricciones impuestas por el imparable desbordamiento del coronavirus. Estaría bien que, por ejemplo, revisáramos las maneras de divertirnos con nuestros familiares, compañeros y amigos. Es normal que deseemos –a veces son ansiedad– expresar nuestra alegría de manera libre y espontánea.



La dura lucha que libramos diariamente para sobrevivir nos exige descanso, diversión y juerga. Es cierto, además, que las fiestas son las formas características de nuestra cultura y las expresiones directas de nuestra identidad, pero es necesario que, en determinados momentos, seamos capaces de usar el freno con el fin de que el “desenfreno” no nos conduzca a la pérdida del bienestar personal, familiar, profesional y social. A veces no caemos en la cuenta de que la destreza en el manejo de los frenos es uno de los atributos de los seres humanos y uno de los rasgos que nos diferencian de los demás animales.

Los deseos tan vehementes y las apetencias tan extendidas de disfrutar tienen que ver, quizás, con la necesidad de apagar el temor que en estos momentos nos invade de la proximidad de un final inevitable. Es posible que busquemos, de manera inconsciente, que se desvanezca la certeza de nuestra desaparición física y que tratemos de evitar que tan rápidamente se imponga el olvido.

Por eso, quizás empujados por la fuerza deslumbrante de los medios de comunicación, aspiramos a participar en los espectáculos glamurosos, en las concentraciones, en botellones, en fiestas en discotecas y en reuniones familiares y de amigos.

Deberíamos tener en cuenta, sin embargo, que los datos publicados confirman que más de la mitad de los brotes registrados en las últimas semanas están relacionados con fiestas en 'lugares de ocio nocturno', en discotecas, en reuniones familiares o en espacios improvisados que constituyen unos caldos de cultivo ideales para favorecer el contagio del dichoso virus.

Esta urgencia de diversión explica el disgusto que muchos muestran por la supresión de fiestas populares –espacios de alegría– y de espectáculos competitivos –augurios de "victoria"–, que, en esta situación pueden conducirnos a la enfermedad, a la muerte y, por lo tanto, al fracaso.

A todos –a la familia, a la sociedad y a los medios de comunicación– nos compete la obligación de poner los remedios eficaces para crear un clima de convivencia, un ambiente de alegría e, incluso, una atmósfera de fiesta pero cumpliendo con respeto y con exactitud las normas –los frenos– dictadas por las autoridades competentes de acuerdo con las pautas trazadas por los profesionales de la salud.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

18 sept. 2020

  • 18.9.20
Releo algunas páginas de Patria, la novela de Fernando Aramburu publicada en septiembre de 2016 y que Aitor Gabilondo (San Sebastián, 1972) ha adaptado para crear la serie de título homónimo para HBO y que se estrena hoy viernes en el Festival de Cine de San Sebastián y el 27 de septiembre en HBO, plataforma que la ha producido.



Gabilondo compró los derechos cuando el libro aún no se había publicado. Aramburu se mantuvo en todo momento al margen del proyecto televisivo, y le dijo a Gabilondo: “Yo ya hice mi novela, ahora haz tú tu serie”. La novela, imprevisiblemente, vendió un millón de ejemplares, un superventas en tiempos de bajas tiradas y cuando el nivel de lectura anda por los suelos.

El primer sorprendido fue el propio novelista. Me lo dijo entonces, recién publicado el libro. Me dijo que él era un escritor de minorías, que de cada libro se tiraban dos mil ejemplares, como mucho. Tiene su mérito. Él también escapó del País Vasco, pero no por miedo, sino por amor. Se enamoró y se expatrió en Alemania.

No engañó a su mujer. Ella le apoyó. Le dijo que quería ser escritor y que abandonaba la docencia. Ella aceptó ese reto sin sentido, al menos por un tiempo. Él aportaba al matrimonio los beneficios por sus derechos de autor y los complementaba con los beneficios que recibía por sus crónicas deportivas. En 2014, cuando publicó Ávidas pretensiones, me confesó que había decidido dedicarse al periodismo deportivo y tomarse unas vacaciones literarias. “Me permiten pagar mis facturas mensuales, claro”, me dijo. Pero, en realidad, andaba ya pergeñando las páginas de Patria.

Lo conocí en 2012, con motivo de la publicación de una novela breve, Años lentos. En ella hablaba del terrorismo de ETA, de aspectos acaecidos en su niñez y que, como ciudadano, no le dejaban indiferente. La novela dibujaba el perfil de un cura, de aquellos curas, que adoctrinaban a jóvenes para ingresar en la banda terrorista.

Él mismo, lo dijo en aquellos años, pudo ser miembro de la banda. El adoctrinamiento no funcionó con él. Quién sabe por qué razón. En aquellos días ya andaba metido en otro libro que todavía no sabía que sería Patria. Decía que quería contar más cosas y que aquellas cosas estuvieran relacionadas con su pasado y con su país.

Volví a verlo en 2014, cuando publicó Ávidas pretensiones, una novela en la que predominaba el humor de un autor que, al menos aparentemente, era de todo menos gracioso. Podría decirse que es un humorista modesto. El libro era una sátira en la que recreaba lo que sucedía en un congreso de poetas celebrado en un colegio de monjas.

Ni los poetas ni las monjas lo distrajeron de volver a su tierra y meterse de lleno a desenredar la telaraña oxidada del terrorismo. En un hombre como él, poco dado a las risas, sorprendía su interés por un humor avieso, retorcido, negro, que “no prescinde de la inteligencia”. Porque él no asociaba el humor a la alegría, ni al optimismo ni a la fiesta.

De golpe, como si un huracán invadiera su vida, dejó de ser un lector de tiradas pequeñas. Ni él mismo se lo esperaba. Patria, una novela 646 páginas, estructurada en capítulos breves y de prosa ágil, supo abrir a todos el dolor que el terrorismo había dejado en Euskadi. No solo era su obra más extensa, sino también la más ambiciosa.

Lo que ocurrió después ya se sabe. En septiembre, sentado frente a mí en mi despacho de la Facultad, sospechaba que aquel invento literario se le escapaba de las manos. Le pregunté si el título, Patria, tan breve, era el más rotundo y certero para una historia que todavía sangraba. Y él me respondió que, para algunos, la patria es un espacio físico. Y, para otros, un espacio sacralizado. Era el título.

En aquella entrevista, lo describí así: “Siempre viste de negro. Hoy su camisa luce diminutas flores blancas sobre un fondo negro. Los vaqueros y las deportivas también son negros. Las gafas, de pasta, negras. La mirada, serena. La calva, in crescendo. Es de ánimo sosegado. No se enciende, incluso cuando se adentra en aspectos de su pasado que le duelen. Es de una oratoria convincente. Sus palabras, medidas y correctas, sin dar pie al malentendido o a cualquier sentimiento indomable. Dice que ahora no hay atentados, pero reconoce también que algunos presos vuelven investidos en homenajes, rodeados de pancartas y parapetados de bandas de música”.

De aquellos años de fuego ha quedado, sobre todo, el dolor y sus secuelas. No sabemos su opinión sobre la serie televisiva. Sabemos, eso sí, que Gabilondo le envió a Hannover los guiones antes de rodar, sin que él se lo hubiera pedido. Aunque tampoco él espera ver en la pantalla su novela.

Hace solo unos años vendía dos mil ejemplares, como mucho, de cada novela. Así que igual no le molesta cómo el cine ha interpretado su historia, cómo se ha descrito con otro lenguaje: el audiovisual. Un millón de ejemplares vendidos no es ninguna broma en un mundo en el que la lectura va siendo, cada vez más, el reducto de unos cuantos que, por si acaso, también nos asomaremos a la pantalla para observar cómo un libro bien escrito sobrevive al mismo papel.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

17 sept. 2020

  • 17.9.20
El borreguismo pseudoprogresista español está siendo cebado por un marketing político zafio, heredero del agitprop, o propaganda de movimiento continuo, consistente en la agitación continua para obtener réditos políticos. En su favor, tengo que decir que la derecha más rancia le está sabiendo copiar la estrategia. Sin embargo, lo que duele es ver lo engañados que están los que comparten trinchera contigo.



Siguiendo el símil de la trinchera, duele comprobar cómo tus compañeros se dedican a adorar a las mismas ratas que, en la oscuridad de la noche, nos atormentan y nos quitan años de vida. Es incomprensible la manera en que el supuesto progresismo español aplaude el supremacismo catalán.

El último acto ha sido la regulación del mercado del alquiler. Nosotros mismos defendimos en este espacio la necesidad de que el Gobierno regulara este mercado. Sin embargo, lo que ha supuesto esta medida no ha sido un beneficio social, puesto que no ha sido puesta en contexto. Y, sin embargo, está siendo aplaudida por la ignorancia o el fanatismo.

Muchos desconocen que la Generalidad de Cataluña aprovechó el inicio de las vacaciones de agosto para adoptar una medida que fue de todo menos progresista: el Decreto 75/2020, de 4 de agosto, de turismo de Cataluña. La medida tiene numerosas implicaciones. Cataluña y, en concreto, la provincia de Barcelona, ya cuentan con importantes dificultades para el acceso al alquiler por parte de los ciudadanos, así como un creciente descontento con el alquiler turístico. El citado decreto desarrolla, entre otras ocurrencias, el concepto de “hogar compartido”.

El “hogar compartido” es definido por el decreto como “la vivienda principal y residencia efectiva de la persona titular y que se comparte como servicio de alojamiento con terceras personas a cambio de contraprestación económica y para una estancia de temporada. La persona titular debe residir en la vivienda mientras dura la estancia”. Esta estancia debe ser igual o inferior a 31 días.

Esto implica que cualquier persona que cumpla con unos requisitos mínimos –resalto lo de ‘mínimos’–, puede usar los 365 días al año, con un máximo de 31 días por inquilino, cualquier habitación de su casa para el alquiler turístico. No un alquiler privado, sino turístico. El sueño húmedo de los dueños de Airbnb y otras empresas del mismo ramo, que no tardaron en aplaudir la medida.

El propio Sindicato del Alquiler de Barcelona, de manifiestas tendencias independentistas, denunció la medida por sus evidentes efectos: “En lugar de limitar los alquileres turísticos en el centro de la ciudad, tal y como hizo Ámsterdam recientemente, JxCat promueve justamente lo contrario: ampliar las garantías para que los especuladores hagan su negocio y conviertan la ciudad en un parque temático de apartamentos turísticos”.

En la práctica, el decreto supone de por sí una seria reducción de la oferta en Cataluña, con el consiguiente aumento de los precios. El Ayuntamiento de Barcelona, liderado por esa adalid de la hipócrita equidistancia, Ada Colau, reaccionó prohibiendo el alquiler turístico en Barcelona. Para ello, se apoyó en una supuesta ambigüedad del decreto, que acababa dejando su desarrollo en manos de los ayuntamientos.

La regulación del alquiler aprobada ahora, en septiembre, no es otra cosa que una compensación para impedir que la escasa oferta de alquiler no turístico de Cataluña no alcance precios aún más desorbitantes. Por tanto, apoyo y celebro la regulación del precio del alquiler en Cataluña, por supuesto, pero que nadie lo venda como un avance social, porque lo que ha hecho ha sido compensar el enorme daño que se le había hecho a la ciudadanía. ¡Y encima los borregos pseudoprogresistas lo aplauden! ¿Qué hay que aplaudir?

Por cierto, hasta donde sé, a diferencia de las medidas de septiembre, ningún partido ha puesto en duda la legitimidad de la Generalidad para aprobar el decreto de agosto. Aunque se ha hecho desde el prisma del sector turístico, no dejaba de afectar al alquiler. ¡Ay! ¿Cuándo nos enteraremos de que el Capital no tiene patria? ¿Por qué los trabajadores nos la imponemos? ¡Cataluña lo ha vuelto a hacer!

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

16 sept. 2020

  • 16.9.20
Me encontré entre la mirada de las personas que andan con prisas. Con la cabeza en cada rincón del mundo. En el pasado, en su futuro. Pero ninguna en su propio presente. Y ahí ando yo, entre el despiste. Pasando desapercibida entre los problemas, la rutina y las despedidas que no aprendemos a afrontar.



Sigo aquí, porque es donde realmente conoces a la gente. Donde sientes por un instante la pureza que puede quedar en el ser humano. Andamos en el más allá, evitando sentir ese fuego cuando vuelves a tener ese cruce de miradas. Pero que evitas. Y lo evitas porque asusta. Porque te acostumbras a vivir en la rutina. En sentir mucho y expresar poco. Así todo es más fácil. O eso te dicen.

Pero yo he decidido frenar y quedarme aquí. Experimentando. Explotando. Sintiendo. Conociendo. Viviendo. Porque sí, porque el tiempo nunca me puso pausas y me hizo correr. Tanto, que descuidé la brisa de una madrugada. Una mirada llena de ganas. Una sonrisa que el nerviosismo delata.

Frené. Me bajé de ese mundo de prisas. Y ahora sé que todo lo que no tiene sentido es lo bonito. Que todo lo que te acelera, te calma. Que no esperar nada te trae todo. Desconecta de todo y encuéntrate entre todos.

MERCEDES OBIES

14 sept. 2020

  • 14.9.20
Ante los últimos acontecimientos de índole racista que están produciéndose en los Estados Unidos de América (EEUU), y que brotan como guindas que extienden su virulencia a gran parte del país, no puede uno dejar de preguntarse qué es lo que hace resurgir un fenómeno que parecía estar superado en aquella sociedad desde hacía tiempo.



No es necesario recordar que se trata del mismo país que hace apenas cuatro años estaba gobernado por el primer presidente afroamericano de su historia y que a punto estuvo de elegir a la que hubiera sido, también por primera vez, la única mandataria femenina en ocupar la Casa Blanca.

En una sociedad tan plural, diversa y moderna como la estadounidense, que no parecía tener prejuicios raciales o sexuales a la hora de elegir a sus gobernantes, ofreciendo una lección al mundo de igualdad social y política, causa relativa sorpresa que ahora emerjan actitudes tan deplorables de racismo, xenofobia, sectarismo e intolerancia, que son, en el fondo, las mechas que encienden esas protestas, la violencia policial, los disturbios y las manifestaciones multitudinarias que actualmente se extienden por toda la geografía estadounidense. Y que hacen que, por su intensidad y extensión, constituyan la reacción racial más grave de la historia de EEUU, como la califica el experto en movimientos sociales Neal Caren, profesor de Sociología de la Universidad de Carolina del Norte.

¿Cómo se explica esto? En primer lugar, no hay que olvidar que, desde su fundación, ha existido racismo en EEUU. Se trata de una sociedad construida por sucesivas oleadas de inmigrantes que, para su arraigo y prosperidad, siempre han procurado imponer sus valores e intereses sobre los demás. Tanto es así que, al poco de establecerse el primer asentamiento de ingleses en Norteamérica, ya se descubren documentos que evidencian la existencia de esclavitud negra en la construcción de la nueva nación.

Y durante la conquista, hacia el oeste, de aquel amplio territorio, esos primeros colonos no dudaron en arrebatar terrenos y expulsar a sus nativos, eliminándolos o confinándolos en reservas, en lo que se asemeja a un auténtico genocidio de los indios nativos norteamericanos.

Que lo que queda de la cultura y rituales de esas comunidades nativas sea la versión edulcorada que los blancos ofrecen como espectáculo al mundo, con John Wayne como un icono del supremacismo blanco, es la evidencia palpable del exterminio de un pueblo y su aniquilación cultural por motivos raciales. La única identificación del ciudadano actual con los nativos norteamericanos es la industria cinematográfica del Far West. Un cliché.

Y, en segundo lugar, en la expansión de la colonización de EEUU, los terratenientes anglosajones necesitaron de la esclavitud para laborar y explotar aquellas tierras, ya libres de nativos. Desde un primer momento, comenzaron a traer y comprar prisioneros africanos para esclavizarlos y someterlos a trabajos pesados. La explicación es sencilla: la esclavitud les resultaba más rentable y “productiva” que contratar a trabajadores blancos.

A partir de entonces, la “marginación” de los nativos americanos, la esclavitud de los africanos y sus descendientes y la segregación racial de los negros siempre han estado presente, de manera más o menos latente, en la sociedad de EEUU.

Y, a pesar de los esfuerzos que ha llevado a cabo para combatir este racismo, como la abolición de la esclavitud (Lincoln, 1865) y la derogación de la segregación racial (Ley de Derechos Civiles, 1964), lo cierto es que perduran en EEUU ramalazos racistas entre la mayoritaria blanca protestante, que aún desconfía del crecimiento e influencia de las minorías étnicas de su población.

Como afirma el escritor Colson Whitehead, ganador de los premios National Book Award y Pulitzer, “ha habido supremacistas blancos, racistas y corruptos en la historia estadounidense durante 400 años. Lo que sucede es que ahora uno ha sido elegido presidente…”.

Es incuestionable que el “comburente” del incendio racista de la actualidad en EEUU lo proporciona en cantidades ingentes un presidente que no es reacio a utilizar la xenofobia y el racismo por intereses electorales, exacerbando a la supremacía blanca, “comprendiendo” la violencia policial, amparando la posesión y el uso de armas de fuego y discriminando a las minorías negras, hispanas o musulmanas, entre otras, a las que criminaliza de todos los males que padece la sociedad norteamericana. Un presidente así no está exento de responsabilidad por el resurgir del fenómeno de racismo que parece estructural de la sociedad norteamericana, incapaz de erradicarlo definitivamente.

Al agitar ese racismo larvado cada vez que cree le favorece, como, de hecho, hace cuando propaga la duda sobre la nacionalidad de Barack Obama, anteriormente, y de Kamala Harris, hace poco, por el color de su piel y no por el lugar de nacimiento, y cuando no cuestiona, alineándose con los que deshonran el uniforme, los casos de violencia policial contra la población negra que se multiplican por toda la nación, no puede resultar extraño que los manifestantes y los movimientos sociales de derechos civiles personalicen en Donald Trump su ira y descontento.

Hasta uno de cada diez estadounidenses han participado en alguna de esas manifestaciones. Se trata, bajo el lema Black Lives Matter (las vidas negras importan), del movimiento de protestas sociales más relevante desde los tiempos de Martin Luther King, que por desgracia coincide con los meses decisivos de la campaña electoral en la que Trump busca su reelección.

Desde que resultó elegido, el presidente no ha dejado de sembrar la cizaña del odio racial, “comprendiendo”, en unos casos, las agresiones racistas de Charlottesville, o siendo “equidistante” en todos los actos de violencia policial contra los afroamericanos acaecidos durante su mandato, como el que generó las actuales protestas por la muerte por asfixia del ciudadano George Floyd. No sería la última víctima ni la primera.

Antes y después se han producido otros episodios de abusos policiales, como el de Ahmaud Arbery, disparado por un expolicía, Breonna Taylor, muerta en el asalto de su casa por la policía, y Jacob Blake, tiroteado por la espalda al ser arrestado, entre otros.

La gravedad de este racismo sistémico contra los negros en EEUU es evidente con un dato: el 24 por ciento de los muertos a manos de la policía son personas afroamericanas, a pesar de que su población no representa más del 13 por ciento del total. Es decir, un ciudadano negro tiene más del doble de posibilidades de morir en un enfrentamiento con la policía que uno blanco, según datos de la oenegé Mapping Police Violence. Trump lo sabe y no le importa utilizarlo a su favor.

La realidad es que Donald Trump es el representante de los supremacistas blancos y de los poderes económicos de las industrias de armas, las farmacéuticas y las petroquímicas del país. También lo es de los nostálgicos del Ku Klux Klan, de los populistas del ultranacionalismo que aspiran a un aislacionismo endogámico en la economía y el comercio, y de todos los reaccionarios del ultraliberalismo que desprecian el multiculturalismo y la multilateralidad en las relaciones internacionales.

Con semejante mentalidad racista, negacionista, misógina, ultraconservadora y neofascista con que Trump ha “desbaratado” el orden mundial, ha emprendido “guerras” comerciales, ha “deshecho” consensos internacionales, ha “torpedeado” organismos mundiales y ha “polarizado” la sociedad norteamericana, exacerbando el odio y el sectarismo racial, no resulta descabellado que medio país se levante para protestar contra un resurgir del racismo y la violencia que achacan a su particular gestión como presidente.

Aunque condicionado por ella, la historia no lo explica todo. Mucho de lo que pasa en la actualidad, en un país que favoreció las libertades, los derechos civiles, la democracia, el libre comercio, la igualdad de oportunidades, los organismos de regulación y control internacional, y la globalización, entre otros avances, es debido a la mediocridad e ignorancia de dirigentes contemporáneos y a la irresponsabilidad de sus decisiones. A populistas sin escrúpulos que no dudan en mentir y revivir fantasmas de la discordia con tal ganar un puñado de votos.

Gente que, en vez de hacer pedagogía de valores cívicos que unan a los ciudadanos en una convivencia pacífica, superando lacras históricas, se dedican a profundizar la división y el enfrentamiento entre ellos. Y a falsear a su conveniencia la realidad y sus retos. A valerse de la “posverdad” (mentira emotiva) para conseguir fines que sólo buscan la propaganda mediática en vez de la solución de los problemas. Y a plantear falsas disyuntivas, como cuando se contrapone seguridad frente a libertades para tratar el fenómeno de la migración, o ley y orden frente a anarquía para describir unas manifestaciones públicas que en más del 93 por ciento son pacíficas.

El racismo y la intolerancia social que convulsionan EEUU hoy en día son fruto de la demagogia y la manipulación malintencionada de gobernantes del presente y no, exclusivamente, de herencias del pasado. Pero serán los propios norteamericanos los que paguen, como se está viendo, las consecuencias incendiarias de quienes avivan las llamas del odio y el racismo en su país. Aunque el resto del mundo también salga chamuscado.

DANIEL GUERRERO

13 sept. 2020

  • 13.9.20
El 3 de noviembre de este 2020 se celebrarán las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Como bien sabemos, competirán Joe Biden, por el partido Demócrata, y Donald Trump, por el partido Republicano. Todo el mundo estará expectante de los resultados, teniendo en cuenta que este proceso electoral es de tipo indirecto, en el sentido de que los ciudadanos depositan sus votos por una lista de delegados de los partidos políticos para la Cámara de Representantes, que serán quienes posteriormente apoyen al nominado para presidente de su propio partido.



Para quienes vivimos fuera de este país, la cuestión no tendría excesiva relevancia si no fuera porque Estados Unidos es la primera potencia mundial y como tal condiciona de alguna manera al resto de los países del mundo.

Del primero de los dos aspirantes, por ahora, sabemos bien poco (ya nos irán dando información para que nos hagamos una idea de quién es); sin embargo, del segundo conocemos lo suficiente para entender que es un personaje bastante peligroso, no solo por su ideología racista, xenófoba y machista, sino porque, tal como han apuntado antiguos colaboradores suyos y diferentes psiquiatras, nos encontramos ante un auténtico ególatra, es decir, alguien que sufre un trastorno de la personalidad de tipo narcisista.

Esto conviene tenerlo muy en cuenta, porque puede ser elegido de nuevo Donald Trump, con lo que conlleva de fuerte inestabilidad social no solo en el propio país, sino en el ámbito de las relaciones internacionales, ya de por sí bastante conflictivas.

A tenor de lo indicado, creo que sería interesante echar una mirada sobre el fenómeno de la egolatría o del narcisismo acentuado, ya que forma parte de la personalidad de muchos de los políticos más nefastos y crueles que la historia de la humanidad ha conocido.

Brevemente, apuntaré que el término narcisismo proviene de Narciso, joven de la mitología griega al que se le consideraba de una extraordinaria belleza. Dado enorme su engreimiento, rechazaba los favores de la ninfa Eco que se había quedado prendada de él.

Conocido el caso por Némesis, diosa de la venganza, lo castigó haciéndole que se enamorara de su propia imagen cada vez que fuera a verla reflejada en una fuente. Durante una de esas absortas contemplaciones, acabó cayendo a las aguas y ahogándose en ellas. Siguiendo la imaginativa mitología griega, en ese lugar creció una hermosa flor que lleva su propio nombre: el narciso.



El mito de Narciso, como muchos otros de la Antigüedad, atravesó los siglos, de modo que no solamente se hablaba o escribía acerca de él, sino que también fue plasmado en imágenes por distintos pintores del Renacimiento. En este caso del cuadro que nos muestra a Narciso mirándose en las aguas perteneciente al artista italiano Caravaggio, el iniciador del tenebrismo dentro de la pintura.

Una vez que conocemos el origen y el significado del término, podemos preguntarnos: “¿Cuáles son los rasgos que definen a los ególatras o los individuos con una personalidad de tipo narcisista? ¿Es una peculiaridad de los políticos o todos podemos estar afectados por esta característica? ¿Puede llegar a convertirse en un trastorno de tipo patológico?”

Los psicólogos apuntan que como naturaleza del carácter humano cualquier persona presenta ciertos rasgos narcisistas y que puede convertirse en una patología en casos de acentuación del narcisismo. Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, ya habló de ella en 1914 en su ensayo Introducción al narcisismo, en el que explicaba que partiendo de una característica de todo individuo puede llegar a formar del carácter.

Esto es más frecuente en aquellos que tienen y ejercen poder sobre otros, sea por el rango adquirido o heredado, por el lugar ocupado en el organigrama del trabajo o en los cargos políticos, en el seno de la propia familia, etc.

A la pregunta acerca de los rasgos más destacados del narcisista habría que destacar los siguientes:

a) Claras manifestaciones de prepotencia, acompañadas de la necesidad de ser constantemente admirado.
b) Creencia en su superioridad y exigencia de que los demás se la reconozcan.
c) Preocupación por el éxito y la ambición de poder.
d) Desprecio, más o menos disimulado, hacia los que considera inferiores.
e) Ataques en forma de difamaciones o calumnias hacia aquellos que no se doblegan a sus ideas o intereses.
e) Envidia por quienes destacan a partir de sus propios valores.
f) Falta total de empatía con las otras personas.
g) Deseo de protagonismo en las conversaciones e intervenciones, etc.

Por otro lado, puesto que nos encontramos en un mundo en el que la imagen ha adquirido una importancia desconocida en tiempos pretéritos, a los rasgos psicológicos anteriores habría que añadir el empleo de un lenguaje no verbal a base de gestos, muecas, movimientos, ademanes, etc., con los que el ególatra desea presentarse seguro, firme y dominador, con el fin de dejar bien claro quién es el líder, quién tiene el poder.

En el caso del que hablamos, Donald Trump es un verdadero artista que encandila a sus embobados seguidores, que le admiran no solo por sus bravuconadas, sus soflamas, sus mentiras y agresiones verbales, sino también por sus puestas en escena en las que no le importa señalar con el dedo a periodistas que les resultan incómodos, como si fuera el dedo índice de un dios todopoderoso que apunta a quienes han transgredido sus leyes y que serán duramente castigados por la osadía que han tenido al haberle incomodado.



Este gesto tan habitual en Trump es inconcebible en los países europeos, ya que nos resultaría inaudito ver su uso por un líder político cualquiera, no solo porque lo consideramos una falta de educación, sino porque creemos que a nadie se le debe apuntar con el dedo acusador. Y mira que ha habido déspotas y dictadores en el viejo continente; pero es que este gesto fuera de Estados Unidos no se acepta.

Sin embargo, en el imaginario colectivo americano está muy presente la figura del cartel que en 1917 creó el diseñador James Montgomery Flagg con el fin de promover el alistamiento de los jóvenes estadounidenses en las fuerzas armadas que vendrían a participar en la Primera Guerra Mundial en Europa.

En el cartel aparecía el Tío Sam (o Uncle Sam, personaje que supone la personificación de los valores patrióticos de los Estados Unidos de América) señalando directamente al espectador con el mensaje ‘I want you for U.S. Army’, es decir, ‘Te necesito para las Fuerzas Armadas de Estados Unidos’. Debido a su enorme éxito, el cartel se volvió a imprimir con la misma finalidad para el reclutamiento de jóvenes durante la Segunda Guerra Mundial, llegando a convertirse en un icono del patriotismo estadounidense.

No es de extrañar, pues, que un auténtico paradigma de narcisismo patológico como es Donald Trump repita con frecuencia este gesto con la intención de conectar con la ‘América profunda’, es decir, con los sectores más reaccionarios y racistas del país, entre los que se encuentran los amantes de poseer y utilizar las armas de fuego, aquellos que no dudan en esgrimirlas contra la población negra, ya que para ellos los negros no dejan de ser esa escoria nacida de los antiguos esclavos que estaban al servicio de los blancos.

AURELIANO SÁINZ

12 sept. 2020

  • 12.9.20
En esta ocasión todos los contertulios hemos estado de acuerdo en que la reacción más generalizada tras la “dichosa pandemia” ha sido la perplejidad. La invasión mundial del tsunami del coronavirus nos ha desconcertado, asustado y aturdido. En opinión de Carmen, este golpe está derribando, de manera implacable, unos modelos individuales y colectivos de vida que creíamos seguros, estables e infalibles. El impacto está siendo tan profundo –afirma– que hasta nos resulta difícil formularnos preguntas sobre lo que nos está ocurriendo y, por lo tanto, responderlas de manera coherente.



He aprovechado la oportunidad para comentar el libro titulado Vivir en lo esencial. Ideas y preguntas después de la pandemia, escrito por el prestigioso filósofo y teólogo Francesc Torralba (Barcelona, Plataforma Editorial, 2020). Su acierto radica en la habilidad con la que el autor señala los síntomas, en la profundidad con la que formula sus diagnósticos y, sobre todo, en la claridad con la que nos proporciona unas razonables orientaciones para que afrontemos sus previsibles efectos.

Partiendo de la constatación de las consecuencias que él vislumbra en el horizonte, y de la observación de los sufrimientos que están causando en muchas familias, llega a la conclusión de que se avecina una verdadera “catástrofe”, pero reconoce que esta crisis nos está permitiendo redescubrir importantes valores como el cuidado, la escucha, la gratitud, la humildad, la solidaridad, la paciencia, la perseverancia frente al mal, la cooperación intergeneracional, la generosidad y la entrega, unos bienes que, en la práctica, no ocupaban lugares relevantes en nuestra sociedad.

¿Cambiará nuestra vida esta crisis? El profesor Torralba advierte que la incertidumbre del futuro social, económico, laboral, educativo, cultural, sanitario y espiritual es patente. Tras sus agudos análisis llega a la conclusión de que los cambios serán inevitables.

Nos propone que repensemos nuestra actual manera de vivir, de relacionarnos, de producir y de consumir y, además, nos invita a que imaginemos un futuro distinto, a que soñemos otro mundo posible para nosotros y para las generaciones venideras.

Describe con detalle cómo los diferentes entramados sociales están cambiando porque ya somos conscientes de que, por ejemplo, se “volatilizan” los empleos, las empresas, las organizaciones, las celebraciones, las competiciones y los espectáculos. Efectivamente, por muy poco reflexivos que seamos, ya sabemos que todos somos interdependientes, frágiles y vulnerables.

En la segunda parte identifica las diferentes respuestas emocionales que esta crisis ha generado: sorpresa, desconcierto, rebelión, resignación y, finalmente, aceptación: no hemos tenido más remedio que “aceptar la realidad y asumirla con todas sus consecuencias”. Es posible que hayamos aprendido a mirar con atención –a “contemplar”– a los que se cruzan en nuestras vidas, a ver lo mismo pero de otra manera.

Oportunas son, a mi juicio, sus detalladas explicaciones de los valores de los rituales como lenguajes corporales que expresan de manera directa nuestros mejores sentimientos y como medios provechosos para evocar emociones colectivas, valores compartidos y creencias arraigadas.

Muy oportunos son sus análisis de los cambios de valoración de otros valores como, por ejemplo, la importancia de la tarea de cuidar. De manera contundente afirma que “tenemos que articular liderazgos fundados en el cuidado, y políticas públicas centradas en el cuidado de los ciudadanos, en especial, de los más frágiles.

De imprescindible lectura son, sin duda alguna, las “siete cartas para el día después” dirigidas respectivamente a las madres, a las maestras, a los profesionales de la salud, a los políticos, a los profesionales del mundo social, a las personas mayores y a los jóvenes.

Todas sus propuestas están fundamentadas, orientadas y alentadas por una honda esperanza. Es posible que, tras la atenta lectura de este oportuno libro, lleguemos a la conclusión de que, como indica el título, a partir de ahora nos sentiremos obligados a Vivir en lo esencial.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

11 sept. 2020

  • 11.9.20
Hoy veo el mundo a través de la ventana cuando todavía no ha amanecido. Hay ya un otoño que apuesta por arrebatar su espacio a un verano impostado, diferente, extraño. Hay una luz que no es la de siempre, pero es, quizás, nuestra mirada la que no está limpia y observa por el retrovisor del cerebro para escudriñar el paisaje muerto del ayer. Hay, a lo lejos, huellas equivocadas, restos de confeti, colgajos de alegrías innecesarias, de promesas incumplidas. Hay en los ojos que no han visto esta vida de ahora una sensación encogida de no querer aceptar la tiranía impuesta.


Hoy amanece con una luz desviada que anuncia lugares irreconocibles, bosques deshilachados, playas muertas de olas vivas, ciudades que duermen sueños embalados en cajas de azufre, hospitales con tránsito de duelos preventivos. Hoy los pájaros buscan en el cielo vacío su libertad de otros días y las carreteras henchidas de asfalto conducen a ninguna parte o a túneles que buscan en la oscuridad la luz inexistente. No hay posibilidad de husmear en la tierra las hierbas baldías de una cosecha que ya nadie espera.

Andando a paso lento y medido, el viandante es capaz de sumar los latidos alterados de su vida hasta ahora inalterable, sus días cambiados por otros irreconocibles, horas mojadas de agua fina que alagan los pulmones, y afuera cada jornada es parte inamovible de una estructura en continuo movimiento, esa espiral de horarios elásticos y sordos que encubren otras posibilidades de la tristeza. 

Andando la ciudad, nadie reconoce los días pasados bañados de una felicidad torda que nos atrapaba hasta las cejas, aún cuando las tormentas desmochaban montes y arreciaban las calles de un lodo espeso como el chocolate y sepultaba en su alma salvaje una civilización que ya se nos iba al carajo.

En aquel mundo compartido hasta ayer nada era real ni onírico. Confundíamos los sueños con la falsa sensación de que algún día todo podría cambiar y anhelábamos de la realidad cuanto no nos iba a ofrecer. Ahora, las puertas están cerradas con un hermetismo imbatible y los puentes se mueren en su mismo proyecto de traspaso de uno a otro lugar. Los caminos, pedregosos, son intransitables y, a lo lejos, donde los ojos se pierden en un horizonte sin delinear, los árboles echan raíces hasta sumergirse en su propio tronco y alcanzar el centro de la tierra por miedo a perecer en su misma esencia.

Hay en todas estas sensaciones que amamantamos un espíritu infantil aderezado de una retórica compacta y muda, que nos encierra en nosotros mismos y nos muestra el rostro que ansiamos ver, que nunca es el nuestro. En esta equivocación que nos persigue como un perro manso, hay la sensación de que estamos en mitad del desierto con una cantimplora vacía de alternativas, apostados en las dunas a la espera de una guerra que nunca será la nuestra. Mientras tanto, escondemos los ojos a un sol inmisericorde que ciega otras dunas que tampoco esconden oasis ni rascacielos, ni señales de tráfico ni carteleras de cine.

Apenas se nos ha acabado el presente y ya escudriñamos en un futuro que no está en esa otra vida que no alcanzamos a definir. Nos gustaría construir un edificio como el de antes, donde ahora solo hay cristales muertos y recuerdos desvencijados. Hoy miro el mundo y solo veo otro mundo postizo que no entiendo. Entre el hoy y el ayer, hay una distancia ínfima que divide dos mundos que se bifurcan, aunque nunca compartieran las astillas del mismo desahucio, los olores demoledores de un adiós precipitado. Hay en todas aquellas palabras prestadas un tono de afectividad sin significado, un vacío que nunca conocimos, porque siempre lo llenamos de proyectos sospechosos e imposibles.

Ahora que amanece es otro el día, y mañana, cuando nos hayamos hecho a la vida que han fabricado a la medida de nuestro perfil, buscaremos en los lugares más inhóspitos los deseos adulterados, las pasiones sin control que logramos domeñar a base de frases en las que no creíamos. Y más abajo, donde los pies pisan una tierra de nadie, indagamos el camino dejado atrás donde nadie habita. 

Hay un color anaranjado en el cielo que se pierde a lo lejos y una imagen estática en la memoria colectiva, la fotografía de una ciudad que nadie reconoce como propia. Después de todo, la memoria solo es un depósito de ratos muertos, de rostros irreconocibles, de sueños desbarajustados.

Miro el mundo cuando amanece y, afortunadamente, sé que hoy el día será diferente, tal vez feliz, sobre todo reconocible, mío.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

10 sept. 2020

  • 10.9.20
Si miramos con atención nuestro entorno, sobre todo el generado por la información interesada que suavemente nos va indicando la entrada del redil, podremos entender ese mecer la cuna para que no nos invadan los miedos ni la inquietud que planea sobre este mundo en el que vivimos. ¿Catástrofe, inseguridad…? Cierto olor a muerto parece que sobrevuela por encima de nuestras cabezas. El impacto de la crisis, cada día que pasa, se hace más evidente.



¿Nos estamos volviendo hipocondriacos? Es posible que sí, al menos en una parte de la población, mientras que otra sigue el eslogan del “carpe diem” que invita a aprovechar lo más posible lo que nos ofrezca el día a día. Pensar en el futuro es sufrir por lo que pueda venir. El mañana es el minuto siguiente que se descuelga del reloj. Vivamos el presente

Dicha postura tiene parte de sentido dentro de lo normal, pero no deja de ser evidente que la inseguridad nos rodea, que hay en el ambiente cierta cantidad de miedo que oprime a buena parte del personal… Dicha actitud asfixia a la mayoría de la población.

Toda esta introducción viene provocada por un grito de alerta que discurre monótono y tozudo como el eco: “todos somos importantes, todos debemos arrimar el hombro” para salir de este berenjenal. ¿Cómo? Estamos ante la pregunta del millón.

Se hace necesario cultivar la responsabilidad personal para transmitir seguridad a los demás. El respeto mutuo es de vital importancia para todos. La generosidad –en el sentido más amplio de la palabra– debe alimentar la convivencia diaria para facilitar la colaboración entre nosotros. Todo ello requiere de una gran dosis de autoestima que nos da seguridad y facilita movernos en tales valores éticos. Busquemos ante todo la verdad que ladinamente nos está camuflando.

Busquemos la senda de la verdad para que las toneladas de mentiras sobre mentiras que han aplastado el día a día sean clarificadas. En el transcurso de los meses que llevamos hasta ahora de este año maléfico y virulento por obra y gracia del maldito virus se han propalado mentiras hoy que mañana serán verdades; falsedades de ayer se trasmutan hoy en propuestas creíbles. El tema es grave. Como ejemplo, recuerdo el “8 de marzo”.

Me pregunto si del encierro vírico hemos salido más purificados y mejores personas. Delicada pregunta. Con seguridad, podemos afirmar que buena gente siempre hay, pero no podemos obviar que también hay cantidad de ejemplares no tan buenos. ¿Dónde? La habilidad para disfrazarse de lobo en cordero es portentosa.

Cuando hago referencia a mejores siempre estoy pensando en una sociedad en la que el conjunto de sus componentes, cada grupo, intenta arrimar el hombro en pro de un vivir menos angustiado. Puede, eso parece mostrar la realidad, aunque los extremos cada vez se radicalizan más. Bajemos a la realidad.

Los rebrotes víricos aumentan cada día que pasa. Una parte de la sociedad tiene miedo a caer en las redes del contagio. Otra buena cantidad de personas sacan pecho, se imponen al miedo y se enfrenta al día a día sin pensar en los posibles encontronazos que pueda ofrecer el entorno. Y da la impresión de que existe un amplio bloque, no importa la edad, que se ha tirado al río desafiando al monstruo e incluso provocándolo con total descaro.

El racimo humano, para mi corto entender, está compuesto de viejos decrépitos y achacosos que no desafían a la muerte pero que no están muy lejos de ella por razones evidentes. Otra parte del personal vive y actúa “a la buena Miguel”, es decir, hacen lo que le parece sin orden ni concierto.

Pensemos que es necesario vivir el día a día, compartirlo con los demás, sobre todo con aquellas personas que están abandonadas a su suerte. Si usamos la capacidad de razonar veremos cómo surge una potente necesidad de implementar valores que puedan llegar a los demás. Unas líneas más atrás he citado algunos que me parecen de primera necesidad.

Me refiero a la tan traída y llevada solidaridad a la que es necesario añadir un marcado respeto por el prójimo y que deberá poner en marcha una sobredosis de responsabilidad, entrega generosa y generosidad desprendida. Podemos resumirlo en esa lacónica frase que reza “yo por ti, tú por mí”. Sería interesante y enriquecedor reinventar valores como la confianza, el respeto, la empatía y, sobre todo, aquellos que favorecen la tolerancia, la igualdad y la justicia para fortalecer la vida en común.

Las personas más afectadas por la debacle socioeconómica, una vez más, son las de 40 años para abajo. Al parón económico acaecido en lo que va de año habría que añadir los coletazos no muy lejanos de otros momentos de crisis que les cogieron en el camino.

¿Cómo podrán organizar su vida y la de los suyos? Difícil pregunta y penosa respuesta. Puede que bastantes de ellos consigan guarecerse en un rincón del tronco familiar que una vez más tendrá que apretarse el cinturón para darles al menos, de comer a hijos y nietos.

A ese tipo de grupo necesitado suelo llamarlo con algo de pena “becarios de pensionistas”, frase que ya he utilizado en otras ocasiones pero que creo resume bastante la situación. La frase aparentemente es simple pero no deja de encerrar una dura realidad: los padres, muchos de ellos, además de ejercer de abuelos, tienen que estar al quite ayudando al conjunto de hijos y nietos.

No hay duda de que el mejor momento de la vida sea la etapa juvenil. Dicho vivir discurre por una orilla pensando en cómo organizar el futuro entre trabajo, familia y el disfrute vital. Y, de golpe y porrazo, mayores y jóvenes tropezamos con un muro que nos limita y aprisiona, que machaca todas las ilusiones.

En nuestro caso es el virus que se está llevando por delante esperanzas, trabajo, momentos importantes de la vida, muertes… En definitiva, la llamada normalidad en la que vivíamos se ha rajado en mil pedazos. Todo se ha descolocado. Pues ¡a la mierda…, quiero vivir!, puede ser el efervescente alarido de la sangre de muchas personas, sobre todo de la juventud.

Me viene a cuento el contenido publicitario de un producto. “Tómate la vida más a la ligera” es el eslogan de una marca de mayonesa. Es indudable que se refieren a la posible bondad del producto y, por lo tanto, remata transmitiéndonos que dejemos de lado la presión, el estrés, los complejos y gocemos del sabor de Ligeresa, que además viene en un envase cien por cien reciclable.

Añado algunos eslóganes más que circulan suaves pero insistentes en el ámbito de la publicidad. “Lo bueno no es caro”; “la vida se vive bailando”; “sigamos haciendo las cosas buenas que hemos aprendido”. Sugerente, bonito… pero la vida en el día a día no es una salsa y sí un conjunto de mendrugos de pan difíciles de masticar.

Quiero creer que todo ello nos llevará a un nuevo paradigma, a la conciencia de que trabajar es un lujo, de que salir de casa es un privilegio, de que hay que disfrutar de la vida que pasa demasiado rápida, salir, reír, amar, disfrutar de los amigos y de nuestros mayores y restar importancia a aquello que no la tiene.

El futuro es incierto, pero unidos todos, podremos superarlo. El coronavirus no ha distinguido entre ricos y pobres, ideologías, nacimiento o condición. Todo ello ha despertado un sentimiento de empatía y solidaridad que no puede perderse.

Cierro con una cita de la filósofa Adela Cortina. A la pregunta "¿Quién educa?", ella responde: “familia y escuela, ayudados de la sociedad y organizados desde el Estado, no dirigidos ni obligados. El Estado, esté quien esté ideológicamente en el poder, está para indicar por donde debemos marchar…En pocas palabras el Estado está a las órdenes del pueblo, no el pueblo a los intereses políticos y menos ideológicos”. El tema da para mucho.

PEPE CANTILLO

9 sept. 2020

  • 9.9.20
No deja de sorprenderme (quizás conservo una gran dosis de ingenuidad o de confianza en la inteligencia colectiva de la especie humana) la cantidad y variedad de fantasías desmelenadas que pretenden “explicar”, “curar”, o resolver los interrogantes que nos planteamos acerca del famoso virus.



Ya han escrito sobre ello, en estas mismas páginas (más apropiadamente deberíamos decir pantallas), Aureliano Sáinz, en su artículo sobre los “conspiranoicos”, y Daniel Guerrero, en el que aborda los nuevos confinamientos, pero quisiera añadir a sus valiosas aportaciones algunos elementos que creo necesario subrayar.

Primero: los “negacionismos” y las informaciones tóxicas, no son simples opiniones, dado que implican una falta de respeto y de empatía hacia las personas fallecidas, a los que han sufrido en sus carnes la enfermedad en toda su crudeza y a los familiares que han tenido que vivir estas situaciones en condiciones especialmente dramáticas.

Segundo: las argumentaciones creativas que únicamente son producto de imaginaciones calenturientas constituyen un solemne desprecio al conocimiento científico que es el resultado de siglos de trabajo colectivo al servicio de una VERDAD comprobable e incompatible con las falsedades chismorreadas, aunque sean “virales” (nunca mejor dicho).

Y, desde luego, los daños causados por esta “virulencia” en la transmisión a través de las redes sociales son muy reales. Su difusión constituye una actitud irresponsable que no ayuda a disminuir el miedo ni el sufrimiento, sino a crear confusión y desconfianza.

Tercero: las soluciones milagrosas –así se denomina descaradamente el MMS (Solución Mineral Milagrosa)– constituyen un peligro real para la salud. Tal y como informó el Servicio de Información Toxicológica (SIT) el pasado 7 de septiembre, no existe ninguna investigación científica que haya demostrado alguna propiedad curativa en este compuesto derivado del clorito de sodio.

Tanto las autoridades competentes norteamericanas (FDA), como españolas (AEMPS) y de otros países, han advertido sobre la peligrosidad de ingerirlo: insuficiencia hepática, renal, etcétera. Sin embargo, los desalmados mercaderes que no dudan en enriquecerse a cualquier precio lo venden como antiviral o remedio para el cáncer o la hepatitis.

Volviendo a mi sorpresa inicial, una de las cosas que más me llama la atención es el menosprecio a la investigación científica y a los resultados obtenidos con sus métodos. Desde la antigüedad clásica de Grecia y Roma, nos llegan los ecos de la importancia de la razón como forma de acceder a la verdad, más allá de todo tipo creencias.

Muy sabiamente, nos dice Lucrecio: “…abraza mis verdades si son ciertas, o ármate contra ellas, si son falsas; con la razón el ánimo examina lo que hay del otro lado de los muros del orbe, en los espacios infinitos, hasta do quiera penetrar la mente, y el espíritu libre remontarse”.

"Con la razón", subraya Lucrecio. Razón que no parece utilizarse de una manera suficientemente fina por aquellos que prefieren abandonarse a la fe en gurús iluminados por una sabiduría que no admite ningún tipo de confrontación.

Gurús que deben ser algo así como reencarnaciones luminosas de los viejos profetas y que parecen tener un conocimiento casi omnisciente capaz de abarcar los secretos pensamientos de Bill Gates, y de los sucesores de Fu Manchú

Hace ya unos cuantos siglos que el simple racionalismo abstracto como forma de explicación de los fenómenos naturales fue sustituido por el método científico basado en la observación y en la demostración empírica.

La palabra “planeta” significaba en griego “errante” y así se denominaba por la imposibilidad de calcular su trayectoria en comparación con la de otros cuerpos celestes como el Sol o la Luna, cuyo movimiento aparente era regular.

Ninguna hipótesis racional pudo explicar sus movimientos hasta que el telescopio permitió una observación paciente y rigurosa. Pero, sobre todo, fue preciso prescindir de los prejuicios y creencias religiosas que no querían admitir lo que los datos demostraban: la posición central del Sol y no de nuestro planeta en el sistema solar. Por cierto, que todavía hay quienes afirman que la Tierra es plana: los terraplanistas No presentan prueba alguna, solo grandes dosis de desfachatez, mendacidad y desvergüenza. Como respuesta simple se puede ver este vídeo en el que Carl Sagan demostró a los terraplanistas que la Tierra es esférica usando un simple palo:



El método científico es importante no porque sea más moderno que el conocimiento basado en creencias, sino porque permite una mayor aproximación a la verdad. La verdad demostrada, no la verdad creída o “revelada”.

El conocimiento científico es el resultado de unas leyes propias que le permiten predecir resultados y nuevos fenómenos. Además, es el soporte de prácticas solidas en distintos ámbitos de la vida humana: la medicina, la ingeniería, … Y, sobre todo, es el instrumento más valioso para acercarnos progresivamente a la esencia de la realidad física (la única objetiva) en todas sus formas.

Las aplicaciones prácticas del conocimiento científico demuestran su superioridad con respecto a las creencias. Estas últimas pueden ser útiles (o no) en determinadas esferas de nuestra vida pero, desde luego, en cuanto a obtener un conocimiento verdadero (en la medida de las posibilidades del momento histórico) solo pueden alcanzar a plasmar intuiciones más o menos atractivas, pero sin capacidad para explicar de manera verdadera el universo que nos rodea o los procesos que se dan en el interior de nuestro cuerpo (incluyendo, por supuesto, el cerebro).

La ciencia, la verdadera ciencia –o, mejor dicho, la ciencia que busca la verdad– no se conforma con explicaciones basadas en afirmaciones peregrinas (o no) hiladas de forma más o menos ingeniosa según criterios basados en la coincidencia temporal (que si los chinos, que si el 5G, que si…) o en la creatividad más disparatada. Todo eso, como mucho, da para programas de entretenimiento fantasioso como Cuarto milenio, por ejemplo.

La verdadera ciencia debe demostrar de manera fehaciente las relaciones causa-efecto; no puede limitarse a ser una narración más o menos verosímil, según la credulidad y predisposición del auditorio. Cada cosa en su terreno: es muy diferente la búsqueda de explicaciones verdaderas de los fenómenos naturales de la mera pretensión de entretener a las audiencias. Y otra, diferente a ambas, es el engaño deliberado con el fin de obtener algún tipo de beneficio.

JES JIMÉNEZ

8 sept. 2020

  • 8.9.20
Ya ha pasado todo un verano. Un verano totalmente atípico en el que cada uno de nosotros ha luchado por encontrar un atisbo de la “antigua normalidad” que nos pertenecía. De todas formas, confieso que en estos meses he encontrado una pseudonormalidad aplastante. Y es que estoy abriendo camino ante la adversidad, sintiendo fragilidad y debilidad, reconociendo tales emociones y dándoles cabida.



Es como estar atrapado en mí mismo sin tener la oportunidad de salir. Y aprovechando que estoy en mí mismo, ordeno todo aquello que no estaba en su sitio. Y una de las cosas que no estaban en su sitio es un concepto que a todos nos pertenece y al que pertenecemos a su vez: la libertad.

La libertad es un concepto muy abstracto, intangible y volátil. A partir de esta cuarentena he podido crear mi propio concepto de libertad: poder caminar por el campo sin sentir miedo. Eso es libertad, al menos para mí. No es poder salir a la calle a comprar, quedar con amigos o sentirse seguro.

La libertad no se rige por la seguridad; no se rige por lo que puedes consumir ni con quién puedes estar. Todo son estigmas que se apegan a la libertad como una garrapata al pelaje de un perro. Son fracciones de una realidad que apenas comprendemos.

En el momento que nacemos, estamos a merced y bajo el yugo de la propia vida. ¿Podemos alcanzar de manera individual una total libertad? Yo soy, a la vez, el que se aprisiona y el que se libera. Las circunstancias no las puedo cambiar, pero sí puedo exprimir este momento para entender que todo lo que me ocurre no depende de mí.

Y creo oportuno hacer una analogía para explicar esta idea mejor. Imaginemos que cada persona, antes de nacer, es una hoja caduca de un árbol, que ha crecido sobre una altura superior al suelo y que, tras haber cumplido la función de cubrir al árbol de su desnudez, cae sobre el agua de un río. Inerte, vaga flotando sobre las aguas, a veces turbias y a veces cristalinas.

Por mucho que quiera ser libre, por mucho que quiera ir a contracorriente, por mucho que le impulse su voluntad, el agua es la que dirige la hoja. Esa caída del árbol es mi nacimiento y el transcurso del agua, mi vida. La hoja soy yo.

En el momento que nazco estoy a merced de la vida, a merced del agua. No puedo hacer otra cosa que dejarme llevar, tratando de entender, eso sí, por qué me dejo llevar. Ejercer una fuerza que rompa la inercia me haría daño. Cuando viene el agua turbia, debo aceptar que, por mucho que mire al fondo, no entenderé nada. Y ahora, estamos en momentos turbios en los que no podemos ver qué hay debajo de nosotros.

Creo que, en estos momentos, todos compartimos unos mínimos y que, de forma individual, cada uno llega a sus máximos. Hasta ahora todo han sido emociones y ha pasado muy poco tiempo como para poder racionalizarlas. Pasan los días sin pena ni gloria, sin ajetreo y sin ver más que las nubes pasar o La Tierra dar una vuelta sobre si misma.

Y pienso muchas veces si esto es lo que de verdad se llama "vida". Conectar con nuestras emociones. Emociones que, a su vez, están generadas por la interacción con lo que nos rodea. Es extraño porque tenemos la sensación de miedo pero no vemos al "enemigo": tenemos la sensación de vulnerabilidad pero no sabemos cómo protegernos.

Entiendo que esta situación sea nueva para nosotros, sin unos precedentes claros de cómo gestionar estas emociones que no han quedado registradas en nuestra memoria colectiva aún. Creo que en estos momentos vienen a la cabeza, inevitablemente, muchos recuerdos y vivencias de lo que fuimos en el pasado. El otro día me vino a la cabeza un pensamiento: "Ahora tenemos tiempo para volver a ver las fotos del pasado y saber así quiénes éramos”.

Me vienen recuerdos muy intensos de cuando era muy pequeño: recuerdo los olores, los sabores... Muchas sensaciones juntas. Me gusta mucho tener estos recuerdos porque son la base de lo que soy, donde reside mi libertad. Creo que hay que mirar atrás para saber a donde vamos; coger el pasado de inspiración para construir el futuro. Siempre he pensado que el futuro se construye de acuerdo al presente. Y me gusta dejar al presente que sea el presente.

DANY RUZ

7 sept. 2020

  • 7.9.20
Casi de manera simultánea, dos recientes noticias han puesto de relieve las distintas velocidades con las que actúa la Justicia. Una, el inicio en París del juicio a los acusados de haber colaborado en los atentados contra la revista satírica Charlie Hebdo, contra la policía y contra el supermercado judío Hyper Cacher; y otra, la sentencia de una magistrada de La Coruña, que ha declarado nula la compraventa del Pazo de Meirás, un fraude para poder escriturar a su nombre aquel inmueble, con el que el dictador Francisco Franco se “apoderó” de la antigua residencia de Emilia Pardo Bazán. La sentencia falla que el palacio es propiedad del Estado.



Son dos asuntos que evidencian las distintas velocidades con las que se mueve la Justicia: la primera se produce a los cinco años de los hechos terroristas; la segunda, ochenta y dos años después de una apropiación caprichosa. En cualquier caso, y a velocidades distintas, la acción de la justicia logra hacer prevalecer la ley en actuaciones penales o que intentan burlar la legalidad.

Devolver la propiedad al Estado, como falla en su sentencia la magistrada de la Audiencia Provincial de La Coruña, declarando nula la supuesta “donación” que en 1938 hizo el pueblo gallego al general victorioso de la sublevación que provocó una Guerra Civil en España, es restituir la verdad y la justicia sobre un acto de apropiación indebida, movido por mero lucro personal, de un inmueble considerado histórico.

Sin entrar a valorar la supuesta “voluntariedad” por la que se obligó a los gallegos, “desde el más potentado al más humilde”, a participar en una amañada “suscripción pública”, promovida por las autoridades del emergente régimen franquista para agasajar al Caudillo “regalándole” aquel palacio, la magistrada se limita a estimar la demanda interpuesta por el Estado de que la propiedad del inmueble le pertenece, puesto que la “donación” se efectuó al autoproclamado jefe del Estado y no al individuo particular.

Desestima, de ese modo, los argumentos de los descendientes de Franco, que consideran el inmueble una propiedad heredada, puesto que disponen del documento de compraventa, datado en mayo de 1941, que atestigua estar escriturado a nombre del dictador. En la sentencia, la magistrada declara la nulidad de dicho documento y califica de “ficción” el trámite llevado a cabo con él, pues se utilizó con el único propósito de poner el bien a nombre del dictador.

Lo que siempre ha sido evidente para la ciudadanía, excepto para la familia Franco y sus acólitos, es ahora reconocido de manera judicial, gracias a esa sentencia de la Audiencia de La Coruña. Y aunque el fallo no es firme, puesto que puede ser recurrido en apelación por las partes y la recuperación definitiva tardará en producirse, se trata de un logro indudable de la Justicia por hacer valer la verdad, a pesar del tiempo transcurrido, en lo que fue uno de los muchos atropellos que cometió Franco cuando su régimen dictatorial empezaba a oprimir una España recién arrasada por la guerra. Algo de lo que no se quieren enterar los nietos del dictador y actuales herederos de sus motines y expolios. En este caso, la velocidad de la Justicia ha sido desesperadamente lenta.

Sin embargo, el juicio que acaba de comenzar en París contra los colaboracionistas necesarios de los terribles atentados de 2015, nos hace percibir una velocidad de la Justicia mucho más diligente. Es verdad que en el caso Meirás se tuvo que aguardar a la muerte del dictador y la restauración de la democracia, mientras que en Francia los hechos acontecieron en una democracia y un Estado de Derecho plenamente consolidados desde hacía décadas.

La independencia, en democracia, de la Justicia respecto del poder Legislativo y Ejecutivo permite que ésta actúe incluso contra gobernantes y autoridades de cualquiera de tales poderes, mientras que durante la dictadura franquista ningún juez osaba siquiera sospechar indicios de delito entre los vencedores de aquella guerra fratricida, fueran estos franquistas, falangistas, requetés o meros fascistas convencidos o de conveniencia. Su función consistía en hacer valer las Leyes Fundamentales del Movimiento, purgando a cuantos “rojos” quedaran en el país.

Aunque hayan pasado ya más de cuarenta años de la democracia que actualmente disfrutamos, a la que algunos denostan como la del “régimen del 78”, porque en esa fecha se aprobó la Constitución que la ampara, todavía quedan muchos residuos del franquismo económico, político, judicial, religioso, militar y social en nuestros tiempos.

Desmontar todo aquel tinglado, al que muchos deben su actual posición privilegiada, no fue ni es fácil. Es lo que explica la tardanza de cuarenta años en exhumar la tumba del mausoleo que el dictador se hizo construir en la Basílica del valle de los Caídos, donde era exaltado periódicamente, y el que la Justicia repare ahora el expolio del palacete del Pazo de Meirás, en Galicia, para devolvérselo a Patrimonio del Estado, su legítimo propietario.

Pero, también, es la causa que genera el rechazo a la Ley de Memoria Histórica entre los nostálgicos de la dictadura, con excusa de que sería mejor olvidar, no recordar y menos aún condenar, aquel régimen sanguinario para no abrir “heridas” todavía cicatrizantes.

Se refieren, naturalmente, a las heridas de los que resultaron beneficiados con los motines de guerra, y no a las de los que realmente soportaron en sus carnes y pagaron con su vida las atrocidades del franquismo. Todavía hoy se les niega el reconocimiento de la dignidad arrebatada a las víctimas de la dictadura. Lo tachan de “revanchismo”.

Pero, a pesar de los obstáculos que ponen los que aún justifican la dictadura gracias a una democracia que permite la pluralidad de ideas, la creación de partidos reaccionarios como Vox y la libertad de expresión de quienes, incluso, derogarían la Constitución, la Justicia ha podido avanzar con pies de plomo y paso de tortuga, no vaya ser que se desaten las iras incendiarias de los fanáticos de tirarse al monte y que todavía apelan al tutelaje del Ejército

Con 82 años de retraso, algo tan simbólico como el capricho inmobiliario del dictador será devuelto al Estado. Y reconoce que aquello no fue una donación “altruista”, sino una apropiación a la fuerza, facilitada por la coacción y el miedo que provocaba entre los “vencidos” un régimen que actuaba con arbitraria violencia, como se deduce de las fosas de desaparecidos violentamente que aún no es fácil descubrir.

En comparación, mucho más diligente se muestra la Justicia francesa resolviendo sus causas. Después de cinco años de investigación, el Tribunal Judicial de París empieza a juzgar a los supuestos cómplices de los autores de uno de los atentados terroristas más dolorosos de la historia reciente de Francia.

Un fatídico 7 de enero de 2015, dos fanáticos islamistas atacaron la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo, en París, porque había publicado unas caricaturas de Mahoma. Dejaron 12 periodistas muertos a balazos. En su huida, y con la ayuda de otro cómplice, mataron a un policía municipal de otra ciudad cercana a París y asesinaron a cuatro clientes de un supermercado de productos judíos. En vez de entregarse, prefirieron enfrentarse a las fuerzas de seguridad y acabar abatidos.

Ahora se juzga a 14 presuntos cómplices, acusados de haber prestado ayuda a los autores de los ataques. De los 14, tres siguen huidos y bajo orden de busca y captura. Se estima que el juicio se prolongue hasta el mes de noviembre, bajo fuertes medidas de seguridad, para que el Tribunal pueda escuchar el testimonio de 144 testigos y las alegaciones de más de 90 abogados de las partes.

Como es de esperar, allí se juzgan hechos delictivos que perseguían amordazar la libertad de expresión en una sociedad en la que está permitido criticar a los gobernantes, las religiones y cualquier convencionalismo y estereotipo social o cultural.

Un país donde es posible blasfemar porque no es delito, al contrario que en España, por ejemplo, en que un subjetivo y etéreo sentimiento religioso impide toda crítica a ritos, costumbres y privilegios de la iglesia católica, como saben muy bien las organizadoras de la manifestación del coño insumiso.

La celeridad de la Justicia francesa en abordar causas tan complejas como este caso indica la independencia del poder judicial, la confianza en las instituciones y el arraigo de un sistema de libertades mucho más sólido que el español. Por eso, la justicia avanza a diferentes velocidades, según se trate de un país u otro.

Desgraciadamente, la española es una justicia maniatada por asuntos tabú y condicionantes políticos que la enlentecen hasta hacerla prácticamente ineficaz. Porque cuando llega es demasiado tarde y apenas ningún culpable, sobre todo aquellos que ostentan privilegios y aforamientos, paga por sus delitos.

DANIEL GUERRERO

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