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3 jun. 2020

  • 3.6.20
“En los espejos ruedan globos de fuego”
Jean Paul Sartre: La náusea.

El actual confinamiento me ha recordado una experiencia de relativo aislamiento que tuve hace unos años. Me encontraba en una zona rural, casi selvática, de un país tropical y era bastante difícil el acceso a todas esas cosas que nos hacen la vida más cómoda en nuestras sociedades “civilizadas”. Curiosamente, lo que más echaba de menos, a pesar de carencias bastante más importantes a primera vista, era un espejo que me permitiera recuperar mi propia imagen de vez en cuando.



Años después, visitando el magnífico museo egipcio en El Cairo, ya no me sorprendió que, entre los objetos más antiguos de los primeros atisbos de civilización, aparecieran algunos espejos. Por su cuidada elaboración se notaba que eran objetos muy apreciados.

Quizás los primeros espejos conocidos son los aparecidos en las ruinas de Çatal Hüyük, un asentamiento urbano de hace 9.000 años en la península de Anatolia. Están hechos de obsidiana pulimentada, que se obtenía de un cercano volcán. Este origen otorga un carácter mágico a los espejos y herramientas hechas con el producto de las entrañas de la Tierra madre; asociados al fuego y al inframundo subterráneo.

Una cierta reminiscencia de esta capacidad del espejo como ventana a las oscuras profundidades donde habitan los dioses telúricos se encuentra en la práctica de las sacerdotisas de Deméter, que hacían oráculos a los enfermos con la ayuda de un espejo que introducían con una cuerda en un pozo.

En las culturas mesoamericanas se hacían espejos de obsidiana, de pirita y de hematites. Algunos tenían un carácter ritual y formaban parte de la indumentaria de los guerreros de alto rango. Su fabricación y comercio estaban firmemente establecidos, como puede deducirse de lo que nos cuenta Bernardino de Sahagún en su Historia general de la Nueva España:

El que vende espejos es de los lapidarios, porque también corta sotilmente piedra del espejo y las raspa con el instrumento que llaman teuxalli; y la asierra con un betún hecho de estiércol de murciélagos, y púlelos en unas caixas maciças que se llaman quetzalntatl”.

También entre los aztecas se pueden encontrar valores mágicos asociados a los espejos. Hay varios relatos sobre ocho presagios o señales de la inminente aniquilación de su cultura. El séptimo de ellos nos cuenta cómo Moctezuma vio, con gran espanto, en un espejo situado en la cabeza de una extraña ave “grande número de gentes, que venían marchando desparcidas y en de mucha ordenanza, muy aderezados y a guisa de guerra”.



Ese espejo permitió ver, más exactamente prever, un futuro próximo en el que las tropas dirigidas por Hernán Cortés acabarían con su gobierno y su realidad social tal y como había sido hasta entonces. Sí los poderes mágicos del espejo permiten mirar hacia un futuro invisible, también pueden hacer un viaje al también invisible mundo de los espíritus y los dioses. De hecho, los espejos de cobre de los chamanes siberianos eran esenciales para “ver el mundo”, tan esenciales que sin su auxilio es imposible su “viaje” al reino de las sombras.

Espejos de obsidiana, de cobre o de bronce aparecen con significados esotéricos en las antiguas culturas de la milenaria China o de la Grecia homérica, en la Roma imperial... Más agresivos son los fantásticos espejos incendiarios de Arquímedes, capaces de destruir las naves romanas, aunque solo fuera en la imaginación de Luciano de Samosata y de muchos otros que repitieron la “fake new”. Hay soportes más sutiles para las imágenes especulares, como el aire, que en las condiciones apropiadas produce espejismos de diversa índole.

Los espejos tienen también una función mucho más utilitaria, en cuanto que permiten ampliar el espacio aparente, más allá de la pared en la que están colocados. Una de las características definitorias de los grandes cafés del siglo XIX son los abundantes espejos que llenan las paredes y multiplican los espacios y los reflejos. Paradójicamente, esta multiplicidad de imágenes genera un ambiente perfectamente singular y envolvente que, de alguna manera, nos abstrae de la lineal cotidianeidad.

Aprovechando esta capacidad, el arte pictórico (también el cine) ha utilizado los espejos como instrumento eficaz para ampliar lo representado más allá de los límites del marco, lo que no podríamos ver de otra manera.

Paradójicamente, en las Venus del espejo (de Rubens, de Tiziano y en la de Velázquez) lo que vemos en el espejo es únicamente la cara de Venus y fuera del espejo vemos lo que normalmente aparece escondido a la vista: la erótica desnudez de Venus.

El cordobés Romero de Torres da una vuelta de tuerca a este motivo en una obra con una composición que, en parte, imita la versión de Velázquez, pero que añade unos siniestros personajes y un contexto que parece sugerir que la bella protagonista del cuadro no es la mítica Venus; el título del cuadro, El pecado, parece confirmar cual es la intención simbólica del autor [segunda imagen que ilustra estas líneas].

En la pintura flamenca encontramos ejemplos magníficos de la presencia de espejos en la imagen como, por ejemplo, en el tríptico Werl de Robert Campin [tercera imagen de este artículo]. Lo que aparece dentro de esos espejos se ve modificado, distorsionado, dentro de una atmósfera más propia de los sueños que de la realidad; son como atisbos a otro mundo paralelo tras de la superficie del espejo, a una parte de la realidad más allá del alcance de la ventana a otro mundo que es el cuadro.



Hay espejos que nos devuelven las imágenes secretas del universo o que son la puerta que separa o abre a ese otro mundo de la Alicia de Lewis Carroll o al surrealista y líquido de Jean Cocteau en La sangre de un poeta (1930):

“El poeta: No se entra en los espejos. La estatua: Inténtalo, inténtalo siempre”.

JES JIMÉNEZ

2 jun. 2020

  • 2.6.20
Estamos viviendo la perfección de un género comunicativo transversal que se manifiesta en todas las plataformas de los medios de comunicación: el espectáculo de la tragedia. Quizás podamos situar el inicio de este fenómeno a partir de las decapitaciones públicas en la Revolución francesa. Cientos de espectadores en una plaza, esperando para presenciar un acto que duraba un segundo.



La espera en sí se convertía ya en un espectáculo. El final era lo de menos: todos saben cómo sería. Lo que generaba interés era comprobar cómo sufría el condenado hasta su ejecución definitiva. La satisfacción del morbo de ver a alguien sufriendo hasta su muerte. Y esta sería, para mí, la definición del “espectáculo de la tragedia”.

Es cierto que estos actos se han cultivado de forma similar a lo largo de las diferentes culturas que se han sucedido durante siglos, como en el Imperio romano con los gladiadores. Pero cada vez más se fue perfeccionando este formato hasta llegar a la guillotina.

Los gladiadores, en definitiva, tenían como fin la lucha por el honor, utilizar su propio cuerpo para obtener una vida digna, para sobrevivir al espectáculo de la sangre. Había, aunque fuera nimia, una posibilidad de salvar la vida. El público, supongo, viviría esto con pasión, jaleando y concentrado para no perderse ni un movimiento gelatinoso de los luchadores. La muerte de alguno podía llevar a la decepción a gran parte del público y a la alegría al resto.

La guillotina, en cambio, es el sumun y, por ende, la perfección de este formato: público enfrente de un escenario expectante para ver rodar la cabeza de un condenado a muerte. No hay dignidad ni honor que salvar, ni posibilidad alguna de sobrevivir. Las personas agolpadas, con un gusanillo en el estómago por ver caer la cabeza, el chorro de sangre y, dubitativos, comprobar si esta vez la boca amagaría un gesto de dolor.

Se me enreda por la cabeza una idea. Y es que desde la aparición de la prensa escrita, la radio y la televisión, este hecho fue migrando paulatinamente hacia los medios de comunicación y, a lo largo del tiempo, han sido los medios los que obtienen el derecho a cortar cabezas y a retransmitirlo. Hoy vemos cómo ofrecen en directo cualquier tragedia.

Uno de los ejemplos más recientes es el caso de Julen Roselló, el niño que cayó a un pozo de prospección en la localidad malagueña de Totalán. Cámaras en directo para poder seguir cualquier avance de la tragedia. Ahora, en plena pandemia, los medios están llegando a un grado de perfección mayor que con la guillotina: nos llevan a casa la tragedia, sin levantarnos del sofá, sin necesidad de limpiarnos tras la salpicadura de la sangre.

Inician debates y tertulias. Comentan cada decisión como si de un partido de fútbol se tratara. Nos hacen ver que somos dos equipos enfrentados. Juzgan utilizando los valores como arma. El morbo es un motor para la alienación, para mantenerme enganchado frente a la pantalla, ya sea la televisión o el móvil. Y hablo en primera persona porque siento que es difícil no impregnarse de esta dinámica.

La tragedia siempre hay que retransmitirla en dosis muy bien calculadas, ya que podemos sobrepasar los límites y quedarnos con una audiencia insensible ante la situación. Para dar un respiro hay que dejar hueco para las empresas que se publicitan en los medios. No nos olvidemos que son ellas las que los sostienen y que, al fin y al cabo, los medios son generadores de contenidos para llevar compradores a sus anunciantes. Dicho de otra forma: hay que crear programas y contenidos que atraigan a la audiencia para hacer crecer las empresas que están sosteniendo “nuestro” medio.

Hoy es el morbo de la tragedia el que atrae a la audiencia y, poco a poco, estamos logrando perfeccionarlo. Y hablo en plural porque ninguno podemos sentirnos fuera de este juego. “Nosotros te llevamos la tragedia a casa”, podría ser la idea matriz de la nueva estrategia del conjunto de medios. Y nosotros, como buenos espectadores, la abrazamos.

DANY RUZ

1 jun. 2020

  • 1.6.20
A partir de 2015 vendrían años en los que se inicia la época de mayor inestabilidad política en España y los del fin del bipartidismo clásico que ha caracterizado a la democracia desde 1978. Comienzan cuando el presidente Rajoy convoca elecciones, al agotar su mandato, en 2015, en las que el PP obtiene un magro resultado de 125 diputados, 63 menos que en 2011, lo que hará imposible, por tanto, gobernar si no logra reunir apoyos suficientes.



Pero su mayor oponente, el PSOE, tampoco consigue la confianza de los electores, obteniendo un resultado aún peor, de solo 90 escaños, bajo la dirección de un nuevo líder, Pedro Sánchez. El PSOE pugnaba en dos frentes distintos: contra el PP y contra Podemos, la formación emergente a su izquierda, que concurría por primera vez a unas elecciones generales y que se había marcado el objetivo de dar “sorpasso” al PSOE. Casi lo conseguiría, pues se estrenó en el Congreso de los Diputados con 42 diputados.

Vistos los pocos apoyos, Rajoy renuncia finalmente a proponerse al rey Felipe como candidato a la investidura de presidente de Gobierno. Y Sánchez lo intenta mediante un acuerdo establecido con Ciudadanos, la nueva formación de derecha liberal, confiando en la abstención de Podemos.

Pero fracasa en una sesión histórica: por ser la primera en que un candidato que no ha ganado las elecciones concurre a la investidura, que pierde con los votos en contra de PP y Podemos, y por dar lugar a la primera Legislatura fallida de la democracia española. El bipartidismo, tal como lo habíamos conocido, saltaba por los aires.

En 2016 se repiten elecciones, en las que el PP logra mejorar sus resultados (137 escaños), que dan la oportunidad a Rajoy de continuar al frente del Gobierno, gracias a los apoyos de Ciudadanos (actuando ya como partido bisagra) y Coalición Canaria, formación nacionalista.

Pero, para ello, sería necesario que esta vez el PSOE se abstuviera, facilitando que la investidura reuniera más síes que noes (mayoría simple) en la votación parlamentaria. Y el nuevo líder del PSOE se negaba a ello en redondo, enrocándose en su lema “no es no”, a pesar de que bajo su liderazgo el PSOE había cosechado el peor resultado de su historia: sólo 85 diputados.

Tales resultados y su obstinación pasan factura a Pedro Sánchez y lo obligan a abandonar la Secretaría General del partido, que había ganado en las primeras primarias celebradas en el PSOE, en 2014. También renuncia a su acta de diputado.

El “aparato” del partido optaba por la abstención para acabar con la parálisis de un Gobierno en funciones que duraba ya tres meses. Y forzó su dimisión. Pero no se dio por vencido: volvió a presentarse a las siguientes Primarias, enfrentándose a la candidatura de la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, en las que consigue nuevamente ser elegido secretario general del PSOE.

La derecha permanecía aferrada al poder con Mariano Rajoy, gracias a los apoyos parlamentarios que facilitaron su investidura, hasta que, en 2018, la Audiencia Nacional dicta sentencia de una pieza del caso Gürtel, en la que halla culpable al PP de mantener una estructura de contabilidad y financiación ilegal. El PP se convertía, así, en el primer partido condenado por corrupción en España. Y dejaba a su líder totalmente desautorizado moral y políticamente.

Era la oportunidad ansiada por el líder del PSOE para retomar la iniciativa de expulsar a Rajoy del Gobierno. Con tal propósito, presenta una moción de censura que obtiene 180 votos a favor y 169 en contra. Sánchez, por fin, accede a la Presidencia del Gobierno, gracias a la primera moción de censura que triunfa en la moderna democracia.

Pero aquellos apoyos no le permitirían completar la Legislatura, como pretendía. El rechazo parlamentario al proyecto de ley de Presupuestos que presentó en 2019, cuando apenas llevaba diez meses en el puesto, lo obliga a convocar nuevas elecciones, que se celebran en abril, en las que remonta resultados y convierten al PSOE en primera fuerza, con 123 escaños, del Parlamento, tras el batacazo del PP, que cae hasta los 66 escaños, conducido ahora, tras la dimisión de Rajoy, por un nuevo líder, Pablo Casado.

A pesar de ser el partido más votado, el PSOE no logra cerrar un pacto de coalición con Podemos, dadas las desconfianzas mutuas, y después de dos votaciones infructuosas para conseguir la confianza de la Cámara, se convocan las cuartas elecciones generales en los últimos cuatro años.

En noviembre de 2019, los socialistas vuelven a ganar las elecciones, pero con sólo 120 diputados. Y lo que antes era imposible, ahora es imprescindible: el PSOE consigue formar el primer Gobierno de coalición de España, junto a Podemos, aunque por la mínima, por sólo 167 síes frente a 165 noes y 18 abstenciones.

Pedro Sánchez, al tercer intento, logra, definitivamente, ser presidente electo del Gobierno de España. La izquierda retorna al poder por tercera vez, tras los gobiernos de Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero. Pero eso será objeto de un nuevo capítulo

DANIEL GUERRERO

31 may. 2020

  • 31.5.20
Hace unos días salí temprano para realizar una caminata a paso ligero, como suelo hacerla diariamente, con la intención de pasarme después por Carrefour para comprar algunas cosas. Como ya es obligatorio portar la mascarilla, aunque en los espacios abiertos en los que se puede mantener la distancia de más de dos metros no es necesario tenerla puesta, la llevaba en la mano, dado que el centro comercial se encuentra en la zona norte de Córdoba con grandes espacios libres por los que podía caminar sin cruzarme con nadie.



Mientras hacía el recorrido me vino a la mente el Trabajo Fin de Grado que he dirigido a un alumno acerca de la etapa dorada del cómic español correspondiente a las décadas que van desde la posguerra hasta finales de los setenta. En medio de ese pensamiento ensimismado, apareció uno de los míticos personajes que el alumno analizaba en su trabajo: El Guerrero del Antifaz.

Tengo que reconocer que El Guerrero del Antifaz para mí quedaba en relevancia detrás del Capitán Trueno, por cuyas aventuras sentía verdadera pasión. De todos modos, hay que entender que estos personajes han formado parte de una generación que creció con las historias de los héroes de los cuentos gráficos, ahora denominados cómics.

Una vez que pasé al centro comercial, fui bastante rápido en la compra. Tras haber introducido en el carrito todo lo que llevaba apuntado, me puse en la fila, aunque no esperé mucho dado que me encontraba entre los primeros en entrar. Al momento tuve una pequeña sorpresa cuando puse todas las cosas en la cinta para abonar el importe.

“Buenos días, don Aureliano”, me saludó el joven rubio y con coleta que se encontraba en la caja que me correspondía. “A pesar de que ahora todos llevemos mascarilla le he reconocido, pues en ocasiones ha pasado por esta caja que hoy me toca mí”.

Me llamó la atención que me recordara incluso con la mascarilla puesta. “Te agradezco que me identifiques entre tanta gente que tienes que atender”, le respondo. “Y además es curioso esto de las mascarillas, puesto que nos tapa parte de la cara, por lo que antes de venir aquí estaba pensando en un personaje de cómic de mi generación que se llamaba El Guerrero del Antifaz, del que nunca nos llegamos a enterar quién era por llevar parte de la cara tapada”.

“¡Yo también conozco al Guerrero del Antifaz, pues mi padre era un gran aficionado a los cómics y tenía muchos de él, por lo que yo también los he leído!”, me dice para mi asombro, ya que pensé que no habría oído hablar de este singular personaje.



Como algunos de los que estén leyendo estas líneas no sabrán de quién estoy hablando, conviene que echemos una mirada hacia atrás retrocediendo bastantes décadas. Así, corrían los años cuarenta del siglo pasado –para ser más exacto, en 1944– cuando inicia su andadura un jinete enmascarado con una gran cruz negra en el pecho: era El Guerrero del Antifaz, cuyas historias aparecerían semanalmente en los quioscos.

Un héroe atormentado, puesto que, según se nos narraba, era hijo de la condesa de Roca, que con tan solo dos meses embarazada fue raptada por el malvado reyezuelo musulmán Alí Kan que la convierte en su mujer. Al nacer el niño, su raptor cree ser su padre, por lo que es educado bajo la creencia de que él será el heredero de Alí Kan. De este modo, el futuro Guerrero del Antifaz se batía con toda ferocidad contra las fuerzas cristianas allá por los últimos tiempos de la Reconquista.

Sin embargo, a los veinte años su madre le revela la verdad, razón por la que es asesinada por el malvado Alí Kan. A partir de ese momento, jura vengar la muerte de su madre, batiéndose con quien hasta entonces había creído que era su progenitor, aunque solo consigue herirle. Huye y, abrumado por el sentimiento de culpa, se pasa al bando cristiano, disfrazándose con un antifaz para que no se le conozca su verdadera identidad.

Con este sorprendente principio, que parece extraído de una auténtica tragedia griega, se inician las aventuras de El Guerrero del Antifaz que creara el dibujante Manuel Gago. Aventuras que tuvieron una vida de casi veintidós años, ya que su primer período alcanzaría hasta 1966, tras haberse publicado 668 cuadernos apaisados, en los que solamente la portada aparecía a color, puesto que el interior era en blanco y negro.

Como es de suponer, quien no tuviera o no hubiera leído el primer ejemplar se introducía en las eternas batallas entre guerreros cristianos y musulmanes que se desarrollaban en la península (aunque posteriormente se desplazan a otros países árabes) sin que pudiera conocer las razones por las que el protagonista nunca mostraba el rostro. Un enigma que yo no llegué a entender hasta pasado bastante tiempo.



Desde la perspectiva actual, y para comprender el significado y los valores que se transmitían en esta colección de enorme éxito, pues se llegaron a vender 200.000 ejemplares en algunas ediciones, hemos de entender que esta serie vio la luz cinco años después de la finalización de la Guerra Civil, por lo que, lógicamente, era necesaria la exaltación de los ideales que por aquellos años habrían de consolidar el régimen franquista.

Años en los que el catolicismo se convirtió en la religión oficial del Estado, razón por la cual todo el mundo tenía que vivir bajo las estrictas normas morales que dictaba la Iglesia. Así, El Guerrero del Antifaz no solo no besa en ningún momento a su eterna novia, Ana María, sino que ni siquiera la tocaba. Bueno, pudo hacerlo en el número 362 en el que por fin se casa con su paciente prometida, por lo que nuestro protagonista, hijo de la condesa de Roca, entra de manera plena a través del matrimonio en la nobleza castellana, dado que su amada era hija del conde de Torres.

Puesto que las aventuras de estos héroes siempre se cerraban con un ‘continuará’, alargándose las historias número tras número, era necesario que se incorporase alguna novedad relevante. De este modo, llega el momento en el que el protagonista y Ana María acaban siendo padres de un niño que recibirá el nombre de Adolfito (¡vaya nombre para el hijo de un mítico personaje!).

Por otro lado, como la casta Ana María no era un modelo para las fantasías desbordantes de los muchachos de entonces, ya en las primeras aventuras del Guerrero aparecen las sensuales Zoraida y Aixa (más tarde se incorpora la Mujer Pirata) cuyas contorneadas figuras pueden verse incluso a través de insinuantes velos. Ni por esas: El Guerrero se mantiene impasible a las seductoras insinuaciones de las bellas árabes. Él tenía una gran misión que cumplir de la que no puede separarse bajo ningún pretexto.

¡Qué tiempos aquellos en los que ni los castos besos se les permitían contemplar a unos adolescentes deseosos de ver algo más que unas leves insinuaciones amorosas! Pero es que el control moral, especialmente en lo referido al sexo, que por aquellos años desplegaba la Iglesia era absoluto. Y no digamos la vigilancia que se ejercía a las jóvenes parejas.

Lógicamente, este puritanismo se trasladaba al mundo de la ficción de nuestros héroes, quienes, fuertes, valientes y en constante lucha contra el mal, parecían seres asexuados, o mejor dicho, fríos como el mármol, que no se inmutaban ni siquiera ante la presencia de las bellas huríes de un sensual y libidinoso paraíso musulmán.

Para que podamos entender lo que estoy comentando, me remito como ejemplo a la viñeta que acabamos de ver, en la que nuestro Guerrero, como héroe salvador, viene a rescatar a su amada Ana María de las garras de los musulmanes, al tiempo que le habla de un verdadero y encantador paraíso que no tenía nada que ver con el de Alá (lo sorprendente es que Ana María exclama ante esta proposición: ¡Qué horror!).



Como suele suceder con las series que han tenido éxito, pero que un día les llegó su final, pasado el tiempo se intenta resucitarlas con el fin de saber si conectan con las nuevas generaciones o reaparecen como estrategia de nostalgia para quienes las siguieron en sus orígenes. Es lo que aconteció con El Guerrero del Antifaz que, en 1972, volvió a reeditarse, esta vez a color y en formato vertical, al tiempo que se suprimían algunas palabras o se cambiaban escenas que ya no se veían convenientes.

Debido al éxito de la reedición, un paso más adelante se produjo cuando, en 1978, Manuel Gago retoma al personaje publicando Las Nuevas Aventuras del Guerrero del Antifaz, que contó con solo 110 números, ya que su creador falleció dos años después. Pero el nuevo Guerrero difería bastante del original, ya que hemos de tener en cuenta que en 1975 moría Franco, por lo que la transición a la democracia conllevaba grandes cambios en los valores y costumbres de nuestro país. Poco a poco, se dejaba atrás esa España gris en la que se desarrollaron las aventuras de los grandes héroes de los cuentos en papel.

Como cierre, quisiera indicar que los necesarios análisis y críticas que ahora debemos hacer no pueden hacernos olvidar que esos personajes llenaron de disfrute y lecturas a una generación cuyos entretenimientos eran muy escasos. Hoy, los que crecimos con ellos, tenemos que agradecerles que vinieran a fomentar la fantasía de quienes esperábamos impacientes sus llegadas semanales a los quioscos.

Y aunque parezca que me he remitido a tiempos periclitados, no podemos olvidar que todas las generaciones necesitan relatos, en las modalidades que sean, que les cuenten maravillas de épocas pasadas que les sirvan de faro y horizonte en sus incipientes sueños de aventuras por la vida, aunque conviene saber qué valores son los que fomentan, pues esos valores, positivos o negativos, van a formar parte de la educación emocional de los más jóvenes.

AURELIANO SÁINZ

30 may. 2020

  • 30.5.20
Estoy harta de la gente que odia. Estoy harta de que este país parezca una secta maniqueísta con dos posturas enfrentadas: o blanco o negro. O estás conmigo o, si no lo estás, automáticamente estás contra mí. ¿Por qué no nos ayudamos los unos a los otros para salir todos juntos hacia delante? ¿Por qué las críticas feroces hacia todo lo que hace el otro?



La empatía ha desaparecido de golpe y porrazo y ha hecho acto de presencia el individualismo exacerbado, que me habla más de un país protestante que de uno católico."Lo que yo quiero, lo que yo necesito, a lo que yo tengo derecho y el resto de la sociedad, que se pudra". Esa es la consigna.

Lo peor es que muchos utilizan el nombre de Dios en vano para defender su egoísmo. "Por sus actos los conoceréis". Aquí no pasa, los actos y comportamientos de algunos que se autoproclaman cristianos están a años luz de ese Evangelio de paz y amor, donde se nos pide no juzgar al otro, porque seremos juzgados con la misma vara de medir que usemos.

Todos somos humanos, todos somos frágiles, como lo demuestra esta pandemia. Todos tenemos miedos y esperanzas y nadie, absolutamente nadie, está libre de pecado. Ojalá dejen ya de tirar piedras. Si siguen así, lo que hundirán será su propia Iglesia.

Cuando era pequeña me gustaba leer los Evangelios, especialmente el de San Mateo. Ahí encontraba amor de verdad y me hablaba de un Dios que en nada tenía que ver con el que nos asustaban las monjas. Pobrecillas, ellas no conocieron ese amor.

Yo quiero salir a la calle, ver a mi novio, pasear de la mano con él, darnos besitos y comer rico en algún restaurante. Pero entiendo que en el mundo no estamos solos él y yo, y estamos haciendo un esfuerzo para aceptar esta situación, para entender que somos parte de una humanidad amenazada por un ser microscópico que nos está enseñando que el egocentrismo mata.

Me dan ganas de gritar desde la ventana: "¡Vamos a unirnos! !Rememos juntos para que este barco no se hunda y nosotros con él!". Hablemos de lo que nos emociona, de lo que nos cohesiona. Digámonos cuánto nos apreciamos y queremos. Busquemos semejanzas y obviemos los mensajes de odio. Que se maten los políticos, que se den ellos hostias en la calle, que esta vida es muy corta y, cuando quieras recular y cambiar, a lo mejor ya la guadaña te espera.

Me llamó una amiga antes de morirse para pedirme perdón e irse en paz. Me borró de su vida porque nuestras ideas eran diferentes y lo hizo con rabia y sin verme a mí, a su amiga que siempre la ayudó y quiso. Nuestra última conversación estuvo ausente de reproches y llena de recuerdos felices y momentos inolvidables porque, aunque estuviéramos en las antípodas ideológicas, las dos teníamos buen fondo. ¡Amemos al prójimo como a nosotros mismos!

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

29 may. 2020

  • 29.5.20
Escucho a Cayetana Álvarez de Toledo, en mitad del Congreso, decirle a Pablo Iglesias que es hijo de un terrorista. La tal Cayetana, que nunca ríe –porque nunca ha reído– tiene siempre una expresión de mala leche que no da miedo. Da pena. También da vergüenza. Tiene aire de criatura avinagrada, una delgadez que no es secuela de la inanición –las marquesas no pasan hambre– sino de las dimensiones que absorbe el odio a los pobres en su estómago malherido y atrofiado también por tantos otros odios.



Cayetana tiene lengua viperina, un sentido del humor que solo alcanzan a entender los seres mediocres de una fuerza popular que pretende sobrevivir con el insulto, el argumento chusquero de un pasado vomitivo y un futuro incierto donde ya no cabe el franquismo sociológico.

Está enamorada –políticamente hablando– de Pablo Casado, que tiene por todo currículum un expediente académicamente adulterado o plagiado. Le gusta porque siempre anda también cabreado. Nada le gusta del país que nosotros amamos.

Vivió de las tetas del partido. Podría mostrarnos sus premios, sus artículos publicados en revistas indexadas, sus libros, sus conferencias. Pero no tiene. Nació para el estrellato electoral. Ahí no valen oposiciones ni concursos. Ni aduanas. Todo es vía libre. No hay nada como un buen padrino.

Pero hay estrellas que no brillan. Porque dentro de él –o de ellos– no hay nada. Un día José María Aznar se enamoró de él. Era joven, sonreía de vez en cuando y no sabía de nada. Aznar, que tampoco sabe de nada, le pareció un delfín fotocopiado para que su obra no naufragara en Las Azores.

Mientras lo pensaba, se hizo millonario –también su hijo– aprovechando la mala suerte de las criaturas desahuciadas en otra crisis que ya olvidamos. Cuando la covid-19 nos amenazó, el expresidente se escabulló y acabó –sin querer, claro– en Marbella con su esposa, su perro y sus guardaespaldas. Rajoy, más digno, creyendo que no vulneraba ninguna norma, siguió corriendo a su ritmo en un empeño inútil de crear una nueva modalidad en el deporte olímpico.

Cayetana nunca ríe. Y no se entiende. Porque lo que ocurre en su partido es de risa. Siempre están cabreados. Todos y todas. Con ellos. Con el país. Con los rojos en el poder. Como les pagaron los estudios sus padres o sus abuelos –y les fue fácil y bien–, no acaban de enterarse de qué va la vida. Y cómo se puede sobrevivir en el tumulto del mundo sin amuletos familiares.

Heredaron apenas sin un rasguño el cabreo de los abuelos. Genéticamente, están fabricados para insultar. Los educaron en buenos colegios, pero en aquel entonces las monjas –solo algunas, claro– se dedicaban a robar bebés y no a educar a niñas y niños de mamá y de papá.

Hoy están tristes. Porque andan extraviados y extraviadas en el ruedo de la política sin saber qué decir y qué hacer. Es lo que tiene abrir el micrófono y solo derrochar mala leche. O frases incorrectas, incómodas, en las que la educación de clase no deja más tarde la más mínima huella. Tampoco deja una delgada y sutil metáfora en estos tiempos de confinamiento en los que tanto se agradece una frase bien construida.

Cayetana, que seguro se duele cada noche de la muerte incomprendida e injusta de nuestro caudillo Franco, dice que el padre de Iglesias era un terrorista. Ya la Antigua Grecia hablaba del derecho al tiranicidio. Pero, claro, ella, que nunca ríe, porque hay muertes que duelen tanto, es incapaz de entender la lucha contra un régimen que solo trajo a este país un tizne de infamia que no logramos borrar.

Pero ella ignora también que en este país hay una derecha educada, culta, que no se cabrea tan fácilmente y cuida muy mucho de operar con palabras de mal gusto y que hieren. Ella de esto no sabe. Porque, hoy, ser marquesa no significada nada. El título ya no derrama inteligencia, elegancia, el conocimiento por las palabras hábilmente expresadas para dignificarnos sin necesidad de que la propia frase nos defina como personas no gratas.

Estos días hemos escuchado –como tantos otros– en el Congreso el insulto, el desagravio, la palabra malsonante, el argumento vacío, la voluntad torpe de pretender romperlo todo, la verdad impostada. En mitad de una pandemia, donde solo debería importarnos la vida –y nadie escapa al mordisco de esta mosca– solo escuchamos palabras avinagradas, frases ácidas, metáforas desafortunadas, fruto todas de un programa político que huele a tiempo pasado y muerto, que huele a momia irreconocible. Esta derecha triste que nos deja la covid-19 ya no cuenta con ese conglomerado de esa otra derecha que no quiere aquella historia que todavía hoy nos denigra en Europa.

Por eso, a veces, y tantas veces, me encierro con mis libros y descubro en sus páginas otras palabras que no son estas; otras palabras en las que belleza brilla como estrellas en la noche y guían como luciérnagas en los sueños más contumaces.

Hay autores y libros que me mantienen ajeno y vigilante de esta otra vida que unos cuantos se empeñan en quitarnos y que deben aprender ya que ese empeño solo es una vocación frustrada e inútil. Porque si la felicidad que la derecha busca implantar no es compartida, no tendrá lugar en ese futuro que todavía está con por construir. Y que tal vez no se parezca tanto al que dejamos atrás, pero que tampoco será una fotocopia de esa historia miserable que heredamos hasta ahora. Y que tan mal huele. Esto, desgraciadamente, ya no es de risa. Visto así, igual Cayetana acierta a entenderlo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

28 may. 2020

  • 28.5.20
El cese del coronel Diego Pérez de los Cobos como jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Madrid es uno de esos hechos políticos que te hacen sentir arcadas de la política española. Desconozco en profundidad la carrera de Pérez de los Cobos. Con el corazón en la mano, no conozco su ideología, su personalidad, ni su trayectoria, de la que diferentes medios destacan lo que les interesa. Unos, su intervención durante el 1 de octubre en Cataluña; otros, su lucha contra ETA. Y lo cierto es que me da igual.



La causa de su cese, así como la caída en desgracia de varios de sus subordinados, ha sido la entrega de un informe a la autoridad judicial, requerido por la misma en el marco de la investigación Operación Sanitario, que viene motivada por una acusación de supuestos delitos de prevaricación administrativa y de lesiones por imprudencia, al permitir las autoridades tanto las manifestaciones como las reuniones en lugares de tránsito público en los días previos al 15 de marzo.

Como es lógico, el foco político se encuentra en la manifestación por el Día de la Mujer, durante el pasado 8 de marzo. Recordemos que, en menos de 24 horas tras su celebración, comenzaron las primeras medidas restrictivas. Sin embargo, el informe tiene un alcance mucho más amplio, pues afecta a otras manifestaciones en la Comunidad de Madrid y otros eventos en el territorio nacional hasta el 14 de marzo, incluyendo ciertos partidos de fútbol internacionales.

La pertinencia judicial del informe solo puede ser confirmado por un juez y debatido en profundidad por juristas. De hecho, el reconocido catedrático Javier Pérez Royo ha sido muy crítico con los conceptos utilizados en el proceso, al considerar que para que haya prevaricación administrativa, primero tiene que haber acto administrativo. En cambio, las implicaciones políticas del documento son demoledoras, pues desmonta, por lo menos, tres argumentos del Gobierno.

El primero es que siempre se ha dejado guiar por la recomendación de los científicos y, en especial, de la Organización Mundial de la Salud (OMS). El segundo, que no fue consciente de la amenaza hasta el 9 de marzo, fecha en que se producen las primeras medidas restrictivas serias. En tercer lugar, que se permitió la celebración de manifestaciones y reuniones en lugares de tránsito público, sabiendo que podían ser una amenaza para la salud pública.

Existen algunas imprecisiones o errores en el informe, en especial en lo referido a la interpretación de las recomendaciones de la OMS. De poco calado, en cualquier caso, por ser de fácil corrección. En cambio, queda demostrado en este documento aportado en el informe que la OMS recomendó el pasado 29 de enero “evitar las aglomeraciones y no permanecer con frecuencia en espacios cerrados y abarrotados”. Esto incluiría, no solo las manifestaciones, que se siguieron permitiendo, sino que también los eventos deportivos y los de cualquier naturaleza.

Sin embargo, como confirma la propia Delegación del Gobierno en Madrid, estos eventos se siguieron celebrando. Y aquí viene uno de los puntos más inquietantes del documento: varios de sus promotores declararon como testigos, ante la Guardia Civil, que desde la Delegación se pusieron en contacto con ellos por teléfono.

El objetivo de estas llamadas habría sido que desconvocaran los actos previstos por propia iniciativa, poniendo como excusa la amenaza del Covid-19. Estos hechos ya se estaban produciendo antes del 8-M, como reflejan los folios 68 y 69 del informe.

Por tanto, si esto es cierto, desde el pasado 5 de marzo hubo manifestaciones y reuniones en lugares de tránsito público que contaron con todas las bendiciones de la Delegación del Gobierno en Madrid, mientras que otras fueron desaconsejadas verbalmente a causa del Covid-19.

Tampoco se deja en buen lugar a Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias. Son varias la referencias a declaraciones y decisiones personales y/o profesionales que evidencian su conciencia de la amenaza. Hecho que no impidió al Gobierno mantener los diferentes eventos mencionados.

Otro hecho que deja en muy mal lugar al que ha sido el rostro de la acción del Gobierno contra el Covid-19 es que, en el momento de redactarse el informe, su centro no hubiera aportado la información requerida por la Guardia Civil. Y ello, a pesar de haberlo solicitado en repetidas ocasiones desde el pasado 8 de abril.

No caben aquí todas las pruebas que se dan en contra del Gobierno, si bien, lo expuesto evidencia la miga política del documento. Insistimos en que no estamos en posición de evaluar su carácter jurídico, pero sí el político. Y el hecho es que la destitución de Pérez de los Cobos ha sido un acto miserable, en el que se ha purgado a un cargo por cumplir con su trabajo.

Un acto miserable, y también mediocre, porque lo que ha hecho es evidenciar aún más las tendencias autoritarias de un Gobierno que se cree que vive en un House of Cards permanente. Si viviéramos en un país serio y, de paso, tuviéramos una oposición al Gobierno seria, ya le habría costado la cabeza del Kennedy español. Desde luego, si hubiera estado el Partido Popular en el Gobierno, ya estaría medio país en la calle. Y con razón.

No me cabe la menor duda de que la España de mañana será mucho más autoritaria y pobre, tanto desde una perspectiva económica como intelectual. Y lo peor es que el postureo político de muchas personas de a pie les impide reconocerlo.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

27 may. 2020

  • 27.5.20
Es difícil querer en la distancia. Querer verle, sentirle, besarle, abrazarle... y tener que conformarte con una videollamada para, así, sentirlo un poquito más cerca. Ahora lo entiendo. Ahora entiendo a todas esas personas que se enfrentan a esta realidad, que no quieren poner como límite esos kilómetros que los separan. Que dan igual las horas o los días que tardas para verle otra vez. Que cuando sientes, la distancia se mide en ganas, nunca mejor dicho.



Y esperas. Esperas a que vuelva a llegar el día para volver a lanzarte en sus brazos y perderte por completo en él. Esos abrazos que ahora valoras más que nunca desde que son tan escasos, pero necesarios. Y esperas porque sabes que merece la pena.

Esperas porque la sensación que te produce, incluso a miles de kilómetros, es brutal. Sientes cómo esas famosas mariposas las tienes durante todo el día. Que te pones nerviosa por esa llamada. Por ese mensaje preguntándote qué tal te ha ido el día.

El móvil arde porque no te das cuenta de las horas que llevas hablando, riendo, disfrutando de la historia tan bonita que tenéis. Pero la gente no lo entiende. Se limitan a decir que una relación a distancia es una putada. Pues sí, lo es. ¿A quién no le gustaría poder ver a esa persona cuando más lo necesitas?

¿Pero sabéis qué? Merece la pena. Las tardes de cine son a través de videollamadas, poniendo la peli a la vez y compartiendo de forma irónica las palomitas. Los paseos son increíbles porque viajas en cuestión de segundos a dos lugares diferentes. Aprendes a valorar, a cuidar y a experimentar más que nunca todo lo que puedes llegar a sentir por una persona a kilómetros de distancia.

Te das cuenta de lo necesarios que son los pequeños instantes. Esas risas inesperadas, esos momentos en los que estáis y te quedas embobada mirándolo, mirándoos. Y es ahí cuando te das cuenta que no hay nada que pueda con lo que sientes. Porque si quieres, esos “solo puedo verte un rato” se vuelven una puta necesidad que te sirve para recordarte que sí, que el amor existe y que la distancia no tiene el valor de romper algo tan real.

MERCEDES OBIES

25 may. 2020

  • 25.5.20
Aparte de la corrupción y de la crisis económica, el otro gran problema al que Mariano Rajoy debió enfrentarse como presidente del Gobierno fue el “conflicto” catalán. El desafío soberanista de Cataluña no fue abordado con la habilidad y la mano izquierda requeridas por parte del líder del Partido Popular. Enrocado en la legalidad, no supo o no quiso explorar vías políticas para acercar posturas y evitar lo que de hecho sucedió: el choque de posiciones maximalistas monolíticas.



El recurso que había promovido su partido ante el Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Autonomía de Cataluña de 2006, aprobado con modificaciones por el Congreso de los Diputados y sancionado en referéndum por los catalanes con el 73,9 por ciento de los votantes, con una participación del 49,4 por ciento, es decir, casi la mitad de la población con derecho a voto, fue la mecha que encendió el rechazo y las protestas en aquella comunidad contra España, dando alas a los partidarios de la independencia.

En 2010, se celebró en Barcelona una manifestación con el lema Som una nació, nosaltres decidim, que sirvió de ensayo para la celebración multitudinaria, en 2012, de la Diada de Cataluña, bajo el lema Catalunya,nou estat d´Europa.

La deriva de todo aquello es de sobra conocida: referéndum ilegal; leyes del parlamento catalán para “desconectar” la Constitución y aprobar la independencia de Cataluña; la aplicación del artículo 155 para suspender la Autonomía; la huida al extranjero de parte de los miembros de la Generalitat, incluido su presidente, Carles Puigdemont, aun prófugo en Bruselas; las condenas judiciales a los políticos responsables de aquellas decisiones que se quedaron en España; y, como colofón, el actual presidente vicario de la Generalitat, Quim Torra, dedicado a incordiar todo lo que puede.

En buena medida, el agravamiento de este conflicto se debe a la incapacidad de Rajoy, y de la derecha ideológica en su conjunto, de hallar y transitar vías políticas de diálogo y negociación para encauzar y moderar el problema, como supuso en su día la reforma el Estatuto catalán.

El peligroso y desleal comportamiento de esa derecha, en la oposición o desde el Gobierno, no solo para ayudar a contrarrestar la extensión del independentismo, sino incluso para utilizarlo en la confrontación y como munición política que le deparaba réditos electorales en toda España, menos en Cataluña, ha sido bochornoso. Es una de las herencias del concepto de servicio al país que deja la derecha de Rajoy.

La otra es su deplorable actuación contra la corrupción que ha afectado gravemente a su partido, y que, tras seis años detentando el poder, causó su expulsión como presidente del Gobierno por culpa de una sentencia judicial que condenaba al Partido Popular por financiación ilegal y trama delictiva.

La condescendencia de Rajoy con los chanchullos del tesorero de su formación ("Ánimo Luis, sé fuerte", le decía), la trama corrupta de la Gürtel, los sobres que recibía el propio Rajoy con sobresueldos en negro del partido, más las múltiples ramificaciones que no dejaron de aflorar en su formación sin que él moviera un dedo, condujeron a Mariano Rajoy a ser el primer presidente de la democracia en comparecer como testigo en un juicio contra su partido y el primero en ser expulsado del Gobierno por una moción de censura del Congreso de los Diputados, presentada por un PSOE, precisamente, en sus horas más bajas. Una vez más, la manipulación y los abusos condujeron la derecha a la oposición. Pero no fue una caída rápida, sino que requirió de varias elecciones generales y una moción de censura para derribarla del poder.

DANIEL GUERRERO

24 may. 2020

  • 24.5.20
Cuando se anunció la denominada "desescalada" comprendí que mi tarea de ‘DJ de barrio’ se acercaba a su final. Habían sido, pues, dos meses poniendo música tras los aplausos de las ocho de la tarde, por lo que, en medio del ambiente de tristeza que se percibía durante la reclusión, lograba que, junto a los vecinos de mi barrio, disfrutáramos durante media hora de música, sintiendo que quienes cantaban pareciera que lo hacían como si fuera una actuación en directo.



Tal como expliqué en un artículo anterior, comencé con todo tipo de música, pero poco a poco me fui decantando por aquella que le gustaba a quienes eran fieles y permanecían en los balcones y terrazas. Me di cuenta de que la gente más joven fue paulatinamente desapareciendo, de modo que quedábamos los que peinamos canas o los que tienen poco que peinar.

De este modo, las canciones de ‘la nostalgia’ comenzaron a tomar protagonismo. Y no porque fueran las que, de modo general, yo prefiriera, sino porque quienes perseveraban como oyentes al final me comentaban las que más les habían gustado.

Así, la copla, el flamenco, el bolero y las distintas músicas de América Latina pasaron a un primer plano. Puesto que contaba con muchos días por delante, me surgió el problema de que el repertorio de cedés que tenía en español y que sonaban bien en el espacio abierto empezaba a terminarse, por lo que se me ocurrió encargar algunos de ellos, de forma que al final del recorrido han sido unas 400 canciones las que he puesto.

En mi ayuda vino el cuádruple cedé de María Dolores Pradera titulado La colección definitiva. Nada menos que contenía cien canciones, desde los tiempos en los que ella empezara en los años cincuenta hasta su última grabación, en la que estuvo acompañada de gente tan conocida como Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Ana Belén e, incluso, José Mercé o Estrella Morente. En realidad, una pequeña joya porque la grabación era magnífica, ya que la voz de María Dolores Pradera se escuchaba con toda nitidez en medio del silencio del atardecer.

Los cuatro discos contenían numerosas canciones que han formado parte de la memoria musical de quienes ya tenemos bastantes años. Sería difícil hacer una selección porque muchas que todos recordamos quedarían fuera; no obstante, allí se encontraban Ansiedad, La flor de la canela, Fallaste corazón, Volver, volver, Noche de ronda, Toda una vida y… El rosario de mi madre.

Para el último domingo, ya que en el lunes siguiente la gente comenzaría a salir a la calle, planifiqué una sesión con las canciones que más habían gustado durante aquellos días de confinamiento. Entre ellas, incluí de manera intencionada El rosario de mi madre, que no había puesto con anterioridad.

Quería al finalizar, antes de recogernos para dentro, tener un rato de charla con unos vecinos sobre los cambios que se habían producido en el modo de entender el amor y el desamor al cabo de los años, o, lo que es lo mismo, los sentimientos y pasiones que se expresaban en aquellas canciones y cómo se hace hoy.

Y es que me había dado cuenta al escuchar detenidamente los boleros, las coplas, los tangos o los mariachis, con la carga del desgarro amoroso que muchos de ellos contienen en sus letras, que nos remitían a un tiempo en el que la radio era el medio de comunicación por excelencia, por lo que las canciones reinaban en las ondas y llegaban a un público que se las aprendía y que también las cantaba en determinados momentos.

Aquellas letras nos hablaban de amores apasionados, de traiciones que cubrían de luto el alma de quienes sufrían esos terribles desengaños, de pasiones, de arrebatos, de sentimientos en los que la ansiedad, la angustia y la desesperación embargaban a los enamorados, tal como se nos decía en Toda una vida.

También eran tiempos en los que los amores rotos se guardaban musicados con un inmenso penar, pero no se exponían en público, sino que se mostraban en las letras de esas canciones ante la justicia divina que era quien tenía poder para juzgar tanto dolor con el que había que convivir. No es de extrañar que esto se manifestara claramente en la citada canción El rosario de mi madre. Dice así:

“Aunque no creas tú / Como que me oye Dios / Esta será la última cita de los dos / (…) / Devuélveme mi amor para matarlo / Devuélveme el cariño que te di / Tú no eres quien merece conservarlo / Tú ya nada vales para mí / (…) / Devuélveme el rosario de mi madre / y quédate con todo lo demás / Lo tuyo te lo envío cualquier tarde / No quiero que me veas nunca más”.

Fin de la historia. Fin de unos enamoramientos ardientes, a los que les seguían desamores desgarrados por tanto dolor. Se rompe una relación cuyos recuerdos se guardaban en almas atormentadas. Ahí están todas esas coplas y boleros que nos lo atestiguan.



Pero la vida continua. La vida cambia. La vida ya no está para caminar con tantas penas. En estos tiempos ya no existen o no se cantan a amores cargados de fuego. Vivimos en la era digital, en la que todo fluye, todo muta, todo es provisional. Vivimos en el reinado de las redes sociales que son las que ejercen el poder, la autoridad y la atracción ante un público entregado en cuerpo y alma a sus cantos de sirena.

En estos tiempos hay enamorados que cuelgan, día tras día, sus fotos en Facebook o en Instagram para que todo el mundo las contemple. Nueva era en la que imperiosamente necesitamos ser vistos, ya que no somos nada ni nadie si la gente no nos ve, no habla de nosotros y no nos aplaude, pues ahora ‘la imagen lo es todo’.

No obstante, a estos amores tan mediáticos, y a pesar de que la pareja enamorada piense que le va a durar toda la vida, puede que un día le alcance el final. Entonces no será ni el oído ni la mirada divina la que desde lo alto enjuicie lo que ha pasado y se compadezca de los tormentos de quien se considere la gran víctima del desamor (pues siempre hay alguno de los dos que siente que se lleva la peor parte).

Ahora son las compañías tecnológicas estadounidenses las que deciden. Son las mismas a las que alegremente les habíamos entregado una parte importante de nuestras vidas y, lo que es peor aún, esas fotografías que con tanta ilusión y ligereza colgábamos en sus redes para que todo el mundo nos viera y admirara de lo muy enamorados que estábamos.

Pero, ay, a Facebook o a Instagram no se les puede rezar, ni suplicar, ni enviarles ningún rosario. Son máquinas frías y calculadoras. Contritos, pues, esos enamorados sabrán que la religión de esos entes es el puro beneficio, por lo que solo con una alta suma (abogado por medio) será posible que borren las huellas del amor que creían eterno.

Tristemente, y de forma tardía, habrán descubierto que ese romance, ahora convertido en amargo desencanto, ha dejado numerosas huellas expuestas a las disimuladas burlas y chanzas de algunos de los que antes aplaudían. Y para colmo de males, no tendrán a nadie que les dedique uno de aquellos apasionados y añejos boleros con el que ahogar sus penas.

AURELIANO SÁINZ

23 may. 2020

  • 23.5.20
Una radio tímida comienza: "Tratan de convencerle abuelo, las explosiones han terminado. Pero cuando sale a la calle, Madrid parece bombardeado. Y ve escritos en los muros gritos contra los que luchó…". Canta Ismael Serrano a los héroes de Madrid. Aquellos a los que Chaves Nogales escribiera y analizara, y criticara, con su única calidad literaria unida a su inimitable sentido del análisis en Los secretos de la defensa de Madrid.



Continua sensación de ahogo al oír los embustes cobardes de la mentira fabricada en los despachos opositores lejanos del ciudadano de a pie. No lucha, no padece. No representa. Y seguirán creando incertidumbre y nada les importa.

Perdió el llanto su valor en bolsa. Pero ya suenan otras canciones. Las del ignorante. Gritáis por la libertad, aunque si la usáis para perjudicar a los ciudadanos quizás no la merezcáis. No es un lujo que se pueda derrochar. Aunque lujo sobra en el Barrio de Salamanca. Y lo estáis haciendo con secuestro de bandera.

Sólo os interesa vuestra vida y comodidad. Así no avanza España. Hay varias, por eso es la de todos. Aunque os duela. No podéis imponer la Hispania vuestra a fuerza de golpes. Siento que no os guste lo elegido en las urnas democráticamente. Cual niño enrabietado formas tu pataleta. Y quieres que te dé las gracias debido a tu movimiento “rebelde y heroico”, según ciertos perfiles digitales con orgullosas banderas de antes de nuestra Constitución.

Los heroicos, los que no dan vergüenza ajena, son anónimos. Toman un mal café rápido y un bocadillo frío de máquina antes de acudir a la trinchera para seguir salvando vidas. Investigando en aquellos laboratorios y hospitales que luchan por un tiempo que es oro.

Tú mancillas su esfuerzo. Quiero creer que por inconsciencia de la marioneta bajo el titiritero que es la oposición cobarde. Ve en cada muerte una estrategia para ganar en la calle lo perdido con el voto. Y tú te dejas manejar como milicia de quienes no dan la mano al país, le clavan cuchillos en su débil espalda.

Y ahora, ahí estás. Tu rebelión de cazuela. Gritando, gastando el oxígeno. Ejerces tu derecho de ciudadano. Murieron auténticos patriotas para que pudierais hacerlo sin miedo. Aunque el miedo siempre pasa su factura, pagan los mismos en España. Es nuestro destino. Os habéis emborrachado de un temor visible a un enemigo invisible.

Tiran la piedra los deseosos de derrocar al Gobierno y esconden la mano. Muchos están sacrificándose por vosotros. Y se lo agradecéis rompiendo las reglas de seguridad. Tranquilos, sólo nos jugamos la vida. Quizás os comprareis otra nueva, los que no llegan a fin de mes y están siendo más castigados en esta crisis y que no viven en barrios VIP, no pueden aspirar a ello.

Vuestra rebeldía es usar la verdadera arma del voto, no la ridícula cacerola, en elegir a los recortadores oficiales de lo público y mimadores de privatizar a favor de sus amigos de la banca. Aquellos que solo ven en los españoles números y deudas que cobrar con reglas y comisiones asesinas. Desahucios, empleo precario, recortes en educación y cultura son sus armas. Toda facilidad con el fin de llenar el bolsillo empresarial y vaciar el del trabajador.

Los auténticos héroes son apuñalados por el egoísmo disfrazado de tu patriotismo de pandereta. Para ellos no hay confinamiento, solo la batalla sin cuartel a pecho descubierto en primera línea de fuego, que es la ciencia. También recortada y menospreciada por aquellos a los que dais voz en el Congreso.

Vosotros, con cánticos y golpeos, no os da para más. Sin reflexión. Guiados por los lobos disfrazados de demócratas. Ponéis en peligro a los españoles. Sal tú solo sin mi bandera. No se merece ser mancillada con egoísmos traidores. La radio suena de nuevo: "La última vez lo vi irse entre humo y metralla, contento y desnudo, iba matando canallas con su cañón de futuro". Así lo recita el bardo Silvio Rodríguez.

CARLOS SERRANO

22 may. 2020

  • 22.5.20
Conocí la tristeza, por antepenúltima vez, en una residencia de ancianos. Desde entonces, "tristeza" e "impotencia" son palabras que no logro desintegrarlas de un todo compacto. Busqué otra palabra: "angustia". Los diccionarios dicen más o menos que la angustia es un estado de intranquilidad o inquietud muy intensas causado especialmente por algo desagradable o por la amenaza de una desgracia o un peligro.



La palabra "peligro" contiene en su propia naturaleza más significados de los que le atribuimos. Una palabra polisémica con muchos significados, todos aquellos que le queramos atribuir. La angustia, lo sé, y el peligro caminan al mismo compás y siempre a nuestro lado.

Nos gusta mirar, eso sí, los cisnes en el lago, la puesta de sol, la novia ante el altar, el horizonte cuando nadie nos ve. Hace unos años publiqué una novela breve titulada El peligro y su memoria. Hoy la hubiera titulado El peligro y su angustia. Siempre nos gusta mirar a otro lado.

Mi padre se había roto la cadera. Sufrió la intervención quirúrgica propia de estos casos: sufrir el peligro a tu lado para nada. Necesitaba tantos cuidados que lo ingresamos en una residencia de mayores. No era barata. Ninguna lo es. Aquí ya nada es barato. Lo visitábamos con bastante asiduidad. Pero en esos espacios impersonales los días se hacen muy largos y, cuando has alcanzado sin saber por qué los 80 años o más, la noche se impone como una cárcel inmerecida.

Había leído unos años atrás Arrugas, de Paco Roca. Un cómic que te mete de lleno en las vísceras de esas cárceles de viejos que nosotros mismos diseñamos para nosotros mismos. Un buen día, mi madre, mi hermano Paco y yo optamos por llevarnos a papá a casa, pese a que nos advirtieron de esa decisión, pues no podían asegurarnos que meses después, cansados y equivocados, volviéramos a volver a solicitar la plaza perdida y ya no fuera posible. Nos arriesgamos.

Y una tarde de un otoño tardío, aún lo recuerdo, murió con nosotros al lado. Los últimos días se los pasó besando a mi madre y confesándole lo mucho que la quería y la había querido. La vida, paradojas de la propia vida, no nos ofrece tiempo suficiente para decir lo más esencial y evidente sin ternura impostada antes de que la posibilidad de hacerlo sin premura lo impida.

Hasta que rompió nuestras vidas la covid-19, no supimos que estas residencias de ancianos estaban tan cerca de nuestras vidas. Aquellos ancianos que se fueron estos días, y quienes lo hicieron antes, eran los mal llamados "hijos de la guerra", que comenzaron a trabajar siendo unos infantes.

Mi padre tenía 11 años cuando acabó la guerra y empezó a trabajar y, cuando se jubiló, a los 65, lo celebró con una alegría inaudita ese tiempo libre tan merecido. Murió hace unos años, un año antes que mi madre, y tal vez lo hicieron intuyendo una pandemia que ya no les cabía en sus vidas.

Como ellos, otros muchos miles de ancianos sufrieron la guerra, la postguerra, la hambruna, algunos los campos de exterminio. Vivieron la felicidad de ver crecer a sus hijos, de que estos pudieran estudiar, ser libres, ocupar un sitio en la vida. Eso decían.

Les vimos esa alegría de años en cada pequeño acto de sus insignificantes existencias. Ellos eran así. Un ángel vengativo, al que llaman coivd-19, ha cruzado todos los vientos y violado todas las falsas fronteras para mostrarnos la cara viva de la angustia: tantos miles de ancianos muertos solos, sobre todo solos, y sin duelo los últimos días de su residencia en la tierra. Solo en España, el 86 por ciento de los muertos por la covid-19 tenía más de 70 años. Sabemos que nuestra estancia en este mundo era imperfecta. Ahora tenemos más razones y más evidencias para atrevernos a cambiarla.

El pensador norteamericano Noam Chomsky, a sus 91 años, sostiene que la puesta en manos privadas de funciones públicas explica en buena parte el desastre en la crisis del coronavirus. Las residencias de ancianos fracasaron. Solo buscaban beneficios. Las farmacéuticas también buscaban beneficios. El caos estaba servido.

Dice Chomsky: “En EE UU, la mayor parte de las víctimas son ancianos en residencias. ¿Por qué mueren tantos allí? Porque las residencias se privatizaron durante la plaga neoliberal y quedaron en manos de fondos de inversión. Y esos hicieron lo que suelen, recortar por lo sano: servicios, personal, material. Pasa cualquier cosa y todo se desploma. Pero hay más. Hay un gran puñado de grandes empresas que gestionan la mayor parte de las residencias y su gestión ha sido alabada públicamente por Trump. Porque es uno de los grandes inversores”.

En nuestro país, el capital riesgo había apostado por un modelo de residencias para mayores con grandes márgenes de beneficios que la pandemia se ha dedicado a devastar y traducir en escombros. El tamaño de las residencias, el diseño arquitectónico, la calidad de la atención, la adopción de medidas rápidas y oportunas por parte de cada centro, su capacidad de comprar equipos de protección y test o su exposición en territorios más o menos expuestos al virus han sido elementos que han jugado a favor o en contra de cada residencia.

Como escribe María Fernández, el sector, que hasta ahora vivía el boom de inversión por su rentabilidad, ahora hace todo lo posible para restar importancia a los beneficios. Hasta se han inventado un eslogan para estos tiempos: “No curamos, cuidamos”.

Un día que fui a visitar a mi padre en la residencia, estaba sentado en su silla de ruedas. Él estaba de espaldas a mí y frente a la ventana viendo un paisaje que no había. Tal vez mirara para ninguna parte. Tenía la cabeza apoyada en el hombro izquierdo. No sé cómo podía estar cómodo en esa posición.

Iba con mi hermano Paco. Lloré de impotencia. No podía contenerme. Y no suelo llorar. Estaba, como todos los demás ancianos y todos los demás días, anestesiado, harto de tranquilizantes para que no diera guerra. Mi padre era mucho de dar de guerra. A mi madre le decía siempre que íbamos a verlo: “Vámonos ya”. Entonces yo me iba a ver el paisaje más inútil que nunca pude contemplar.

Muchos amigos ingresaron a sus padres en este tipo de residencias. Allí fallecieron. Ahora sabemos que no era un buen lugar. O lo sabíamos y mirábamos otro paisaje. Leo el título que encabeza este artículo, y pienso que me equivoqué. En realidad, debería haber titulado: ¿Qué hacemos ahora con nosotros?

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

21 may. 2020

  • 21.5.20
Seguimos abrumados tanto por el miedo que ha podido despertar entre nosotros el virus como por las dificultades que se plantean para dar merecida sepultura a los muchos fallecidos, víctimas del coronavirus. Por fin las familias podrán decir adiós a sus seres queridos.



A primeros de mayo, Sanidad anunció que los velatorios se podrán celebrar con 15 personas al aire libre y 10 en espacios cerrados en la fase 1. Se insiste, como es natural, en guardar lo más estrictamente las normas elementales de precaución para evitar más contagios.

El velatorio hace referencia al “acto de velar” a los muertos consiste en “pasar la noche al cuidado del difunto bien en su casa, en el hospital o modernamente en un tanatorio.” Pero ¿por qué hay que cuidar a un difunto? Si alguien está muerto carece de sentido cuidarlo… Por eso hay que retroceder en el tiempo para entender eso de “cuidar”.

La costumbre de “velar” a los difuntos no es una moda de la actualidad. Se dice que nos hicimos sedentarios cuando empezamos a enterrar a los muertos. Es posible que la sepultura de un miembro de la tribu nos atara a la tierra. Digamos que estamos ante un tipo de culto de trasfondo religioso. Ahora bien, más que velar deberíamos decir vigilar si el interfecto (coloquialmente, “persona de la que se está hablando”) efectivamente ha muerto.

No descubro nada nuevo afirmando que el culto a los muertos no es una novedad: está presente entre los humanos desde tiempo inmemorial. La Humanidad viene cumpliendo con dicho culto desde siempre y de diversas maneras, según las distintas religiones.

En referencia a los momentos presentes, sí que son novedad para nuestras sociedades actuales las circunstancias que han causado el alto número de muertos que quedaron depositados lejos de la familia y aun persiste la amenaza de un alto número de contagios que nos avisan de que seguimos en peligro.

El culto a los muertos se basa en la creencia de que hay otra vida después de la muerte, creencia que no es solo del cristianismo. Egipcios, judíos, griegos, romanos creían en esa otra vida. Dicho culto religioso va acompañado de oraciones a los dioses y ofrendas a los muertos para que favorezcan a los familiares vivos o medien ante los dioses por ellos.

Rendir homenaje al muerto no era el único criterio para dedicarle un adiós suntuoso. Digamos que el difunto ha logrado el respeto de los deudos si ha vivido una vida moral que le ha permitido ganarse la distinción social y el respeto de los demás.

Para griegos y romanos los ancestros actúan e influyen en la vida de las generaciones posteriores, bendiciendo o maldiciéndolas. En concreto, los romanos creen que los difuntos actuaban como dioses protectores con respecto a familiares y conocidos. Eran los dioses “penates”. Rendirles culto y ofrecerles oraciones y regalos se hacía para apaciguarlos y ganarse sus favores.

Para los griegos dar sepultura a los muertos era un deber. Si al muerto no se le enterraba quedaba condenado a vagar eternamente. Así rendían culto a los antepasados. Al difunto lo llevaban a hombros los familiares o los esclavos. Podía ser enterrado o quemado y las cenizas se guardaban en una urna. Los cementerios estaban situados al borde de los caminos.

Entre los romanos dicho culto también era muy importante. Los muertos se enterraban a orillas de la calzada, a la salida de la ciudad o se quemaban en los hornos crematorios. La tumba se decoraba con flores y le dejaban comida y vino. En el entierro participaban esclavos con música, portadores de antorchas, bailarines y plañideras y se pasaba el día comiendo alrededor de la tumba.

La presencia de plañideras en los funerales viene también del pasado. Por lo general eran mujeres a las que se les pagaba por llorar en los funerales (también solían estar presentes en los velatorios). A más importancia del difunto, más presencia de lloronas. Así se les llamó posteriormente en Latinoamérica.

Según diversas fuentes, dicha costumbre nace en el antiguo Egipto y está relacionada con el culto a los dioses, tradición que también siguen los hebreos y heredan tanto griegos como romanos. La costumbre llega hasta nuestros días. En América Latina aparece a partir del siglo XVII. La importancia del difunto elevaba tanto los llantos y gritos como el número de plañideras y el precio a pagar por su presencia.

El llanto es contagioso a la par que relajante (dicen) y, por tanto, sería una manera de provocarlo en los familiares para que se sientan mejor una vez desahogada la pena que les aflige por la pérdida del ser querido. A las plañideras se les contrataba para que lloraran e hicieran público el lamento y el dolor de la familia, ya que estos no debían llorar en dichos momentos.

En relación a la transmisión de condolencias, hay toda una serie de frases que suelen ser pronunciadas cuando se saluda a los familiares. Van desde las muy sentidas, que arrancan del corazón, hasta esas otras que suenan faltas de sentimiento. Una cuestión es acompañar a familiares y difunto por el dolor que brota del corazón y otra, acudir para cumplir.

Se sabe que fue en Europa, durante la Edad Media, cuando se comenzó a practicar la tradición de poner el cadáver sobre una mesa en la casa familiar. Los parientes y amigos vigilan a la persona “aparentemente” muerta por si despertaba, a la par que rinden honores y así se despiden dando el pésame a la familia. En la noche se alumbran con velas, no hay otra iluminación, y de ahí viene la palabra velatorio o velorio o vela…

Sobre la costumbre de velar a los muertos hay muchas razones que intentan dar una explicación. Plausible o no, eso es otra cuestión. Existe la creencia de que “si se dejaba solo un cadáver antes de enterrarlo, los espíritus malignos podían poseerlo”. Otra razón alude al miedo que generaba el tener un cadáver en la casa, lo que dio paso a que se reunieran amigos y vecinos para acompañar a la familia.

Son ideas cargadas de superstición que alimentaban toda una serie de ritos mortuorios. Muchas de dichas costumbres son anteriores al cristianismo. Reuniones que terminaban en fiesta consumiendo alcohol y alimentos, como en el caso de los romanos, ya citado.

Lo de despertarse el muerto tiene su explicación. Más de una vez, la persona que se presumía fallecida se reincorporaba a la vida después de unos días muerta. ¿Razón? Intoxicarse al beber alcohol solía ocurrir con frecuencia y, como consecuencia, el sujeto sufría una pérdida de movilidad y de conocimiento durante un periodo largo de tiempo. Es lo que se llama “catalepsia” consistente en un “accidente nervioso repentino (…) que suspende las sensaciones e inmoviliza el cuerpo en cualquier postura en que se le coloque” (sic).

Más de un fallecido pudo ser enterrado vivo sin que lo supieran y, por esta razón, había que velar al muerto al menos por tres días. Intoxicarse por estaño provoca ataques de catalepsia. Este accidente era frecuente.

Por razones varias, muchas personas, supuestamente muertas, no lo estaban. Enterrar vivo a alguien ha ocurrido bastantes veces. Por esta razón había que velar al supuesto muerto, y además solían poner una campana en las tumbas. De ahí la frase “salvado por la campana”. Actualmente se da sepultura a una persona fallecida sólo con un parte médico y máximo 48 horas después de su muerte.

En la actualidad, la costumbre de velar a los difuntos ha ido cambiando en relación a otros tiempos. El factor religión, en líneas generales, ha perdido terreno. Velatorios y entierros cada vez están más alejados del sentido religioso. Si hasta no hace mucho el cadáver se velaba en el domicilio, ahora son los tanatorios los que se encargan de ello.

Familiares, amigos y conocidos acuden a dicho tanatorio, dan el pésame a los familiares más próximos, comentan algunas incidencias que marcaron el final del difunto y se marchan. A la hora de enterrar el cadáver o incinerarlo solo suelen estar presentes los familiares más próximos (esposo o esposa, hijos, y algunas personas más).

Hemos perdido seres queridos y personas anónimas para muchos de nosotros y hemos perdido un gran número de sanitarios. De hecho, la cifra total se situaba este lunes en 51.090 afectados, según los datos notificados al Comité de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (Ccaes) por las comunidades autónomas.

Tener un detalle de adiós cuesta poco y podría ser un calmante emocional para los familiares. Me refiero al llamado luto como “signo exterior de pena y duelo manifestado en ropas, adornos y otros objetos, por la muerte de una persona. El color del luto en los pueblos europeos es el negro” (sic). Unos podrán decir que ocuparse de ello en estas circunstancia no ha lugar, otros que…, el llamado “duelo, pena, aflicción” (sic) ha quedado depositado en un rincón del corazón familiar. Sea como sea, descansen en paz.

PEPE CANTILLO

20 may. 2020

  • 20.5.20
“Todos nuestros doctores más sabios y entendidos están de acuerdo al afirmar que las cosas visibles son imágenes verídicas de las cosas invisibles…”. Nicolás de Cusa (1449: Apologia doctae ignorantiae).



Una escultura, una pintura, un dibujo, una fotografía, la imagen televisiva o la imagen de un videojuego son ejemplos de diversos tipos de imágenes. ¿Qué es lo que tienen en común? Son una forma de comunicación, de transmitir información, de expresar sentimientos o ideas, de representar la realidad o, mejor dicho, de representar nuestra forma subjetiva de vivir la realidad.

Las imágenes que nos acompañan cada día, y ahora más que nunca en el confinamiento de nuestros hogares, hacen visible lo invisible, nos muestran lo que no podemos ver por nosotros mismos. Nos acercan las vistas de ciudades vacías y de hospitales llenos. Y desde los televisores nos permiten compartir ficciones de otras guerras y otros amores.

Las imágenes pueden tener una función más utilitaria haciendo visible aquellas informaciones que expresadas con palabras no resultan suficientemente claras. Un mapa nos muestra de un vistazo lo que difícilmente podríamos contar verbalmente, un gráfico nos permite apreciar la evolución de un proceso, una partitura musical registra los sonidos que la componen, …

Las imágenes también nos permiten escudriñar otras esquinas de la realidad, incluso aquellas más lejanas e inaccesibles a nuestra percepción natural. Podemos ver la imagen microscópica del virus o las de estrellas y agujeros negros.

Todo lo que miramos es fuente de nuestros recuerdos posteriores, pero también de nuestros sueños y fantasías. Las imágenes vistas se transforman en los intrincados laberintos de nuestro cerebro en extraños personajes que habitan ciudades y paisajes que escapan a las leyes de la física y de la biología: fantasmas y unicornios, edificios espléndidos o terroríficos.

La alquimia de la imaginación construye con los ladrillos de la realidad natural el camino a lo “sobrenatural”, lo que está más allá de nuestra ascética realidad circundante. Los sueños, soñados mientras dormimos o ensoñados en la vigilia, nos permiten mirar lo invisible, vislumbrar lo que sólo existe en el interior de nuestras conciencias.

Hay otro tipo de imágenes que también solamente son visibles para el que las ve: las alucinaciones producidas por cualquier alteración del funcionamiento del cerebro, desde los leves déjà vu o las auras de algunas migrañas a los desdoblamientos de personalidad esquizofrénicos o los viajes del chamán bajo el efecto de sustancias psicoactivas. Pero en estos casos el sujeto no las considera como fruto de su conciencia subjetiva sino como realmente percibidas.

Se abre una brecha sobre la certeza que creíamos tener sobre la nítida frontera entre las imágenes que percibimos (objetivas) y las que imaginamos (mentales, subjetivas). Y parece que esa brecha es de ida y vuelta y, frecuentemente, proyectamos sobre la realidad, las fantasías imaginadas a las que damos carta de naturaleza y como dice Benina, un personaje de Pérez Galdós en Misericordia: “También te digo que suceden a veces cosas muy fenómenas, y que andan por el aire los que llaman espíritus o, verbigracia, las ánimas, mirando lo que hacemos y oyéndonos lo que hablamos. Y otra: lo que una sueña, ¿qué es? Pues cosas verdaderas de otro mundo, que se viene a este…”.

De aquí no hay más que un paso a utilizar las imágenes para hacer visibles las fuerzas o seres sobrenaturales que escapan a nuestra percepción natural. Y lo que es más interesante, al plasmar materialmente a los dioses en piedra o madera no solo les damos una forma visual, sino que de alguna manera lo que únicamente podía tener una existencia subjetiva en nuestras mentes, adquiere una cierta objetividad. Hacemos visible para los demás, lo que hasta entonces era invisible.

Las imágenes representan retazos de nuestra experiencia visual, hacen visibles nuestras ideas acerca de la realidad y los símbolos de aquellas vivencias sagradas que no pueden experimentarse visualmente. Las imágenes reflejan la realidad y la construyen, entendiendo por realidad ese conjunto de objetos, acciones, concepciones, creencias y sentimientos propios de cada cultura humana.

El contenido de las imágenes siempre se refiere a esa realidad pasada por el tamiz de la conciencia subjetiva que la transforma y la enriquece. Las imágenes son una forma de representar nuestra forma subjetiva de vivir la realidad.

En cuanto a la forma en que las recibimos, las imágenes pueden gustarnos más o menos, pueden asociarse a objetos reales, pueden recordar algo. Representan cosas, hechos históricos, personajes célebres, dioses y también sentimientos e ideas abstractas. Es importante su contenido y, no menos importante, su capacidad expresiva, sus valores estéticos.

Pueden ser una fuente de placer y de diversión, tanto por el contenido representado como por los valores estéticos de la forma de representación. A todos nos atrae lo bello en la naturaleza y es agradable que los artistas lo reflejen en sus obras. Probablemente lo primero que nos atrae y en lo primero que nos fijamos de una persona del sexo opuesto es su apariencia física, su “imagen”. También le damos mucha importancia a la imagen personal en las relaciones sociales.

Las expresiones artísticas y el interés por el aspecto estético de los objetos parecen haber existido siempre y en todas las sociedades humanas. Así que esta amplia presencia de lo “bello” debe estar relacionada con una importante funcionalidad social, e incluso biológica. Ver paisajes bellos, ver cosas bellas, poseer cosas bellas, producir cosas bellas, produce una importante satisfacción que es, fundamentalmente, de carácter emocional.

Pero lo más importante es que las emociones generadas por las imágenes inciden en creencias y comportamientos, ya que como dice Manuel Castells, la forma en que sentimos estructura la forma en que pensamos y como consecuencia la forma en que actuamos. Y las imágenes pueden ser (y generalmente lo son) muy eficaces en la creación de opiniones y valores sociales y por lo tanto tienen una gran capacidad para mover a la acción.

JES JIMÉNEZ

19 may. 2020

  • 19.5.20
Desde hace meses se viene hablando de que estamos entrando en una nueva normalidad, en un nuevo orden mundial, en un nuevo mundo. El concepto “nuevo” está en boca de todos y estamos intentando atribuirlo a las circunstancias recientes que nos acontecen como herramienta para paliar el impacto en nuestra vida diaria.



Pero este concepto inofensivo, a simple vista, hace que al utilizarlo convirtamos en rutina comportamientos que, de acuerdo a nuestra identidad, nos son extraños y excepcionales. Al utilizar la palabra “nuevo” o “nueva” estamos normalizando cada acción y comportamiento originado dentro del contexto de esta pandemia.

Estos días he salido a la calle por primera vez desde hace meses y confieso que siento que esto no puede llegar a ser la normalidad. No podemos considerar este estado de anestesia de la libertad como algo normal. Y que conste que no escribo esto para criticar las decisiones que se han tomado hasta este punto. Era necesario quedarnos en casa y, en el futuro, será necesario restringir los movimientos. Pero que no se nos olvide que esto no es lo normal: esta situación es excepcional.

Si normalizamos esta realidad corremos el gran peligro de convertirnos en unas piezas de un juego; un juego basado en la producción, sin tener en cuenta la vida. Nos hemos adaptado de forma majestuosa para relacionarnos, para continuar trabajando, para poder seguir siendo productivos, para cuidar de los nuestros. Quizás el eslogan mas real que describe este momento podría ser: “No te contagies, produce y vive”. También valdría: “Muévete para producir. Quédate en casa para vivir”.

El sistema tenemos que mantenerlo en alto para que no caiga por su propio peso y, para ello, debemos ejercer una limitación de nuestra libertad. Me parece cuando menos paradójico que, para vivir, solo debes quedarte en tu casa. Es extraño.

Yo no quiero esta normalidad. Yo quiero poder abrazar a mi familia, a mis amigos, a un desconocido que encuentre en él un espejo. Y en sus ojos. Ahora la sonrisa se desprende del movimiento ocular. Ahora la felicidad está detrás de un trozo de tela. Me da angustia. Me da lástima sentir que esto es lo nuevo.

Me da pena sentir a personas que están tan cerca, tan lejos. Me da pena en general. Y, en concreto, me da pena sentir que quizás el mundo que viene no es mejor. Quizás será mejor en salud; quizás será mejor económicamente o en la red de comunicación. Quizás estaremos mejor preparados; quizás tendremos mayor estabilidad.

Pero nosotros, quizás, seremos peores. Las tensiones que vivimos en estos días se irán polarizando conforme pasen los meses y los años, llegando a la radicalización total de la esfera social. Me da pena. Es algo tan evidente que casi se puede palpar. Ya lo siento, ya viene.

Para terminar, quiero expresar la creación de “nuevas” oportunidades y “nuevas” formas de hacer. Por ahora no quiero nada. La palabra “nuevo”, repito, nos está engullendo, provocando pequeños excesos de olvido de lo que queremos hacer y, ante todo, ser.

Somos personas únicas que entramos en una etapa de homogeneización de la identidad. A todos nos está definiendo algo común: la cuarentena, el confínamiento, la pandemia. Esto nos igualará en altura y en distancia individual, provocando la ausencia de una personalidad referente. Es como meter todos los ingredientes en una batidora, batirlos y, al unificarse y formar uno, no saber identificar cada uno de los ingredientes.

Ahora, bajo la tranquilidad y el reposo, debemos identificarnos a nosotros mismos para saber qué papel estamos interpretando dentro del batido originado y poder potenciarlo a través de la sinceridad y la honestidad con uno mismo, sabiendo dónde están las virtudes y los defectos. Somos piezas con alma de un puzzle que ya no tiene alma. Debemos crear una alma conjunta que alimente nuestra alma individual.

DANY RUZ

18 may. 2020

  • 18.5.20
El período socialista de los gobiernos de Rodríguez Zapatero se agotó al cabo de su segunda Legislatura como consecuencia de la crisis económica de 2008. Las medidas de preciso escarpelo para combatirla, reduciendo partidas de gasto del Presupuesto para equilibrar el déficit público, pesaron más que los avances en derechos y libertades conquistados bajo su mandato.



Los electores prefirieron que la derecha administrase la austeridad a la que abocaba una crisis económica que la derecha supo utilizar como ariete del Gobierno. Así, en las elecciones de noviembre de 2011, el Partido Popular obtendría mayoría absoluta y sentaba a Mariano Rajoy en el sillón del Gobierno de España, el sexto presidente de la democracia desde 1978 (contando a Leopoldo Calvo Sotelo, elegido presidente tras la dimisión de Adolfo Suárez, en 1981, hasta el triunfo socialista de 1982. Fue un presidente de transición). Se producía, así, un nuevo vaivén del bipartidismo español que posibilitaba que la derecha recuperase, una vez más, el poder.

Mariano Rajoy Brey, un político gallego de amplio recorrido desde los tiempos de la Alianza Popular (AP) de Fraga, además de abogado y notario, había sido un ministro “todoterreno” (Administraciones Públicas, Educación, Interior, Portavoz y vicepresidente) en los ocho años de gobiernos de José María Aznar, hasta que este lo designó para sucederle como candidato del Partido Popular a las elecciones de 2004, en las que el PP perdió el poder.

Es en los comicios anticipados del año 2011 cuando Rajoy consigue al fin, después de perder también la cita con las urnas de 2008, acceder a la Presidencia del Gobierno, rodeándose de figuras destacadas de la derecha española y de colaboradores suyos en el partido. Su mandato, a lo largo de tres legislaturas (una de ellas non nata), se interrumpe abruptamente con la moción de censura que le presenta el nuevo líder del PSOE, Pedro Sánchez, tras una sentencia del caso Gürtel.

Tal como había prometido, una vez formado su Ejecutivo, Mariano Rajoy comienza a aplicar su plan neoliberal para sanear la economía española de la recesión en la que había entrado desde finales de 2009. Tarda sólo dos semanas, desde su nombramiento, en anunciar el primer “hachazo” presupuestario, de casi 10.000 millones de euros, y la subida del IRPF.

Empezaba, así, a cumplir e incumplir sus promesas electorales de ahorrar gasto, reducir las administraciones públicas, volver a las privatizaciones y bajar impuestos. Excepto esto último –que los subió–, cumplió con todo lo demás.

Era evidente que el Gobierno de Rajoy tenía, como más importante reto, afrontar la grave crisis económica del país, y en ello se empeñó con todas sus fuerzas, mediante las clásicas recetas del neoliberalismo. Frente al bisturí de Zapatero, Rajoy propinó tijeretazos al gasto público y al Estado de Bienestar.

Y para reducir el desempleo, hizo una reforma laboral que flexibilizó el despido y precarizó el mercado del trabajo, desvinculando los acuerdos de empresa de los convenios colectivos sectoriales, todo ello bajo una fuerte contestación por parte de los colectivos afectados.

En lo económico, por tanto, las primeras iniciativas del Gobierno conservador fueron inmediatas y drásticas a la hora de reducir el gasto público y el tamaño de las administraciones. Continuaba, así, pero con mayor dureza aun, la senda de restricciones que había emprendido el anterior mandatario socialista, presionado por la UE y los mercados hasta el extremo de tener que acometer una enmienda a la Constitución que contemplaba priorizar el pago de la deuda frente a cualquier otro gasto público.

Sin embargo, estas medidas iniciales de Rajoy no lograron frenar el peligro de rescate y la escalada de la prima de riesgo, que se disparó a cifras históricas insostenibles, de más de 600 puntos porcentuales. Ese escenario lo obligó a aplicar nuevas medidas impopulares, como la subida del IVA, la reducción de las prestaciones por desempleo, la supresión de la paga extra de Navidad de los funcionarios, la reducción de las plantillas en las administraciones públicas (la tasa de reposición por jubilación en Sanidad fue del diez por ciento), la práctica congelación de las pensiones (incremento anual de solo el 0,25 por ciento), la subida de impuestos medioambientales y un nuevo recorte al Estado de Bienestar, como el copago farmacéutico, además de dejar sin dotación la partida presupuestaria de la Dependencia y la exigua financiación a la investigación científica, la innovación y el desarrollo, entre otros recortes.

De la contundencia de sus duras medidas económicas es relevante que, durante el primer año de su Gobierno, Mariano Rajoy hiciera uso de 29 decretos-ley, una fórmula legal que se justifica por motivos de urgencia, aunque no fuera necesario al disponer de mayoría absoluta en el Congreso para aprobar cualquier iniciativa gubernamental.

A pesar de todo, Rajoy no pudo evitar la tutela de la Unión Europea en las cuentas públicas ante el riesgo creciente de recaída en la recesión. Bajo el eufemismo de “préstamo”, España solicitó formalmente un rescate por más de 80.000 millones de euros a Europa para ayudar a las entidades financieras y al FROB, el “banco malo” creado para asumir la deuda privada de las entidades nacionalizadas, como Bankia.

Tan grave era la situación que, durante buena parte de su primera Legislatura, las políticas de austeridad del Gobierno contribuyeron a profundizar y prolongar la crisis económica, aumentando las cifras de desempleo, que a finales de 2012 había alcanzado la cota más alta de la historia, un 26 por ciento de la población activa, y los índices de pobreza y exclusión social, que pasaron del 23 por ciento de la población a cerca del 28 por ciento, de lo que daba muestra el número de familias que fueron desalojadas de sus viviendas al no poder pagarlas.

En lo social, como no podía ser de otra manera, las restricciones y el “austericidio” provocaron estragos en los servicios esenciales que provee el Estado a los ciudadanos, poniendo en cuestionamiento la viabilidad del Estado de Bienestar.

La Educación, por ejemplo, sufrió recortes que mermaron su plantilla y aumentaron la ratio de alumnos por aula. También supusieron la reducción de la dotación para becas e investigación, el incremento del número de horas docentes del profesorado y la “racionalización” de las titulaciones, etc.

En Sanidad, aparte de la reducción y congelación de los salarios, los recortes significaron la disminución de la plantilla de sanitarios de todas las categorías, la imposibilidad de seguir activo más allá de los 65 años, el copago sanitario y farmacéutico (recetas, traslados de enfermos, medicamentos, etc.) y la retirada de la tarjeta sanitaria a inmigrantes en situación irregular.

En Dependencia, como se ha señalado, no se proveyeron recursos para mantener su aplicación y atender a los nuevos demandantes de ese derecho. Y las pensiones, en contra de lo insistido por el Gobierno, estuvieron técnicamente congeladas, cuyo raquítico incremento fue siempre inferior al coste de la vida, la inflación, durante todos los años del mandato de la derecha.

Además, el desajuste de la Seguridad Social fue tan desorbitado que prácticamente vació la “hucha” de las pensiones, el remanente acumulado durante la época socialista de Rodríguez Zapatero para garantizar su financiación.

En resumen, hay que señalar que las medidas implementadas para sanear la economía golpearon con especial dureza, dadas la austeridad y las restricciones que suponían, a los colectivos más vulnerables y desfavorecidos de la sociedad, al reducir o eliminar prestaciones sociales y servicios de los que dependían para su subsistencia.

Y es que esos estratos débiles, sin apenas ingresos, tuvieron que enfrentarse a la subida del impuesto del IVA, del 18 al 21 por ciento en el tramo general y del 8 al 10 por ciento el del tipo reducido; ver reducida su prestación por desempleo; ser castigados por la supresión de la deducción por vivienda en el IRPF; pagar por hacer uso de la Justicia (reforma de tasas judiciales); etc., y ser víctimas del resto de recortes descritos más arriba.

Sin apenas acceso a los servicios esenciales de un Estado de Bienestar mermado, aquellas reformas económicas, que despreciaron a los más vulnerables, hicieron que los pobres fueran más pobres todavía. Y los ricos, más ricos.

Las grandes cifras macroeconómicas, gracias a las recetas y políticas neoliberales implementadas para su exclusivo beneficio, es decir, para sanear sus cuentas y nacionalizar las pérdidas, junto a unas condiciones externas favorables (viento de cola) por el descenso del precio de los productos energéticos, un euro devaluado respecto al dólar y, sobre todo, las facilidades del Banco Central Europeo para abaratar el precio del dinero y dar liquidez al mercado financiero, posibilitaron la vuelta al crecimiento y la recuperación económica, fundamentalmente durante los últimos años de la segunda Legislatura de Rajoy, pero a costa de crear una crisis social sin precedentes, en la que la desigualdad y la precariedad ensancharon enormemente las brechas sociales.

Y no solo eso: en cuanto a derechos y libertades, la derecha con Rajoy volvió a sus fueros de regresión y autoritarismo. Bastan tres ejemplos para demostrarlo. En primer lugar, la reforma de la Ley del Aborto, que Rajoy encargó a su ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, y no al de Sanidad, y que endurecía los requisitos y eliminaba, incluso, la malformación del feto como supuesto para llevar a cabo la intervención, con la pretensión de satisfacer a su electorado más conservador, a los colectivos antiabortistas y a la Iglesia, se saldó con la dimisión del ministro y la no aprobación del proyecto de reforma. La contestación social, incluida la del sector conservador moderado, hicieron recular a Rajoy y retirar –de momento– aquella reforma.

En segundo lugar, la nefasta “ley Wert”, como se llamaba a la LOMCE, la séptima Ley de Educación de la democracia, impulsada en solitario y sin consenso por el ministro que da nombre al texto legal, el que aplicó los mayores recortes de la historia en educación.

Aparte de reducir “gastos”, la ley suprimió la asignatura de Educación para la Ciudadanía por la de Religión, con peso curricular en la nota del alumno. Además, el Ministerio recentralizaba el diseño curricular, reduciendo el margen de las autonomías para configurar sus contenidos.

Y, por último, la “Ley Mordaza”, Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana, que deja en manos de la Administración el ejercicio de derechos y libertades fundamentales, en aras de garantizar el orden público y la seguridad ciudadana, y que prohíbe, por ejemplo, tomar imágenes de la actuación y presuntos abusos de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado en su cometido.

Una norma que faculta a la Policía a ser juez y parte en sus conflictos con los ciudadanos a la hora de valorar la “desobediencia o resistencia a la autoridad” o la “falta de respeto o consideración a las fuerzas del orden” público. Todavía sigue vigente.

En política exterior, el mandato de Rajoy no se distinguió por su quehacer diplomático, salvo las debidas relaciones habituales con Europa y su aparente cordialidad con la canciller alemán, Angela Merkel, de quien dependían, en buena medida, las condiciones impuestas por Bruselas a la economía española.

España seguía sin recuperar el peso perdido en Europa, como se demostró con el fracaso de la candidatura de Luis de Guindos para presidir el Eurogrupo. Con EE UU mantuvo buenas relaciones, consiguiendo un nuevo acuerdo sobre las bases militares de utilización conjunta, pero sin llegar a los niveles de servilismo pronorteamericano de la época de Aznar. Lo mismo puede decirse de las relaciones con Latinoamérica y los países árabes, donde la preocupación se centraba en la región del Sahel y la amenaza del terrorismo del Daesh o Estado islámico.

Sin embargo, era en política interna en lo que los gobiernos de derecha de Mariano Rajoy fueron claramente deficientes, y con respecto de la corrupción, deplorables. Pero eso será objeto de un nuevo capítulo.

DANIEL GUERRERO

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