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PILYCRIM - BODEGAS NAVARRO

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta La vida empieza hoy [José Antonio Hernández]. Mostrar todas las entradas
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26 nov 2021

  • 26.11.21
Me parece muy oportuna, sin duda alguna, la publicación de Poemas del Dios y del Diablo (Madrid, Hermida Editores, 2021), obra de José Regio, una de las creaciones poéticas contemporáneas más importantes de la lengua portuguesa. También es acertada, por supuesto, su edición bilingüe.


Los textos escritos de poesía lírica son partituras, soportes visuales para que los recitemos en voz alta porque, como es sabido, sus sonidos son elementos esenciales para que disfrutemos de sus ritmos y de sus melodías. Por eso me permito sugerir –incluso a los que no dominen el idioma portugués– que lean en voz alta las dos versiones. Comprobarán cómo los sonidos generan unas sensaciones conectadas a experiencias emocionales e imaginarias.

Esta es la razón por la que las diferentes composiciones líricas se distinguen, sobre todo, por la musicalidad, por los ritmos, por las pausas, por las melodías y por la entonación. Los poemas nos suenan y nos resuenan mientras los leemos o los escuchamos. Aquí reside, en parte, el disfrute que nos proporciona este arte poético.

Teniendo en cuenta la escasa atención que los lectores de lengua española hemos prestado a la literatura portuguesa, en mi opinión, el conocimiento de esta importante obra nos proporciona una visión bastante cercana de los contenidos y de los estilos que gozaron de notable prestigio y de excelente crítica durante los primeros años del siglo pasado en el país vecino.

Con su juego de palabras, de imágenes y de conceptos estos Poemas del Dios y del Diablo nos generan reiteradas sorpresas al proponernos unas cuestiones que despiertan nuestra curiosidad, estimulan nuestro interés, mantienen la atención y, finalmente, nos impresionan con las soluciones menos esperadas. Es una literatura que nos descubre el resplandor y la oscuridad del misterio humano, y nos cuenta la visión y los ecos emotivos que la realidad de las cosas cotidianas despierta en José Régio.

Poemas de Dios y el diablo, a través de diferentes tipos de oposiciones de palabras, de sensaciones, de emociones y de ideas, nos descubre la profunda respuesta que en el cuerpo y en el espíritu generan los objetos y los episodios cotidianos de la vida.

Mediante antítesis (“amor y odio”, “blanco y negro”, “grande y pequeño”, “claro y oscuro”) y a través de paradojas (“orgullo de la humildad”, “un vacío lleno de muerte”, “amor cruel”), el poeta nos explica esa contradicción existencial entre la vida y la muerte que forman una unidad indivisible porque están simultáneamente presente en cada etapa de muestra existencia humana.

Tengo la convicción de que esta obra –que mezcla rasgos románticos, modernistas y vanguardistas– responde al modelo de literatura vigente en la actualidad y muestra cómo el espíritu humano, cuando se enfrenta con episodios dolorosos, estimula la reflexión sobre la complejidad de la realidad humana, sobre la contradicción de los deseos y de los temores en los que, en última instancia, estriba en esa permanente unidad de la vida y la muerte que invade todo el dominio humano, esas dos partes complementarias de un proceso irreversible.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

19 nov 2021

  • 19.11.21
Es probable que muchos de los lectores se hayan formulado la pregunta que le sirve a Steven Pinker de punto de partida del “Prefacio” de su oportuno libro titulado Racionalidad (Barcelona, Paidós 2021) y de guía orientadora de sus detallados análisis, de sus claras explicaciones y de sus atinadas conclusiones: “¿Cómo es posible que en esta época en la que se han desarrollado tantos nuevos y poderosos medios de razonamiento se haya infestado la esfera pública de fake news o noticias falsas, remedios de charlatanes, teorías de la conspiración y retórica de la posverdad?”.


Todos hemos podido comprobar cómo, tanto en los comentarios que emiten los analistas de las diferentes secciones culturales, sociales, económicas y políticas como en las conversaciones entre compañeros y amigos se escuchan lamentaciones sobre la progresiva irracionalidad de nuestros juicios y decisiones.

El autor, profesor de Psicología en la Universidad de Harvard, nos recuerda el hecho cierto de que hemos descubierto las leyes de la naturaleza, se ha transformado el planeta, se han prolongado y enriquecido nuestras vidas y se han articulado las reglas de la racionalidad, aunque también sea cierto que, con frecuencia, las incumplimos.

Estoy de acuerdo con el autor en que, cuando los problemas afectan a nuestras vidas y a nuestros intereses inmediatos a “nuestra realidad vivida”, entonces los comprendemos, pero a condición de que se planteen de una manera adecuada y en un lenguaje comprensible. Entonces, afirma, descubrimos que “la gente no es tan estúpida como parece”, ni que la racionalidad es una conquista exclusiva de la civilización occidental sino un patrimonio de nuestra especie.

Agudos, luminosos y, al mismo tiempo, prácticos son sus análisis sobre la lógica y el pensamiento crítico, sobre los aciertos y las falsas alarmas, el yo y los otros, sobre la naturaleza del rumor, sobre la sabiduría popular y el pensamiento conspirativo. Importantes sus distinciones de la racionalidad del individuo y de las dos modalidades de creencias: la mentalidad realista y la mentalidad mitológica.

En la situación actual no hay duda de que, más que oportuno, es necesario que asumamos la obligación de exponer argumentos racionales en favor de la racionalidad con el fin de que, al menos, evitemos la permanente tentación de argumentar solo para desacreditar al adversario en vez de defender nuestras ideas y nuestras propuestas propias.

En mi opinión, este libro puede ser una herramienta importante –imprescindible– para que los políticos, los educadores, los comunicadores y todos los ciudadanos responsables luchemos contra esas afirmaciones irracionales, esas propuestas falsas, esos pensamientos que, por no ser reales ni posibles, nos generan angustia y malestar. Aceptemos, al menos, que el realismo y la razón son ideales importantes e imprescindibles y, por lo tanto, posibles.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

12 nov 2021

  • 12.11.21
En el mundo actual nos resulta difícil llamar por su propio nombre esa “maldad” que a veces está inoculada en las intervenciones de los poderosos y que también se aloja en el fondo secreto de muchas de nuestras decisiones aparentemente bien intencionadas.


Todavía más extraña suele ser la valoración positiva y la denominación explícita de la “bondad” como la senda más segura y más humana para lograr la felicidad personal y como el surco más fértil en el que hemos de sembrar las semillas del bienestar colectivo.

Esa es, quizás, una de las razones de mi grata sorpresa al leer Bien y mal, de Martin Buber (Madrid, Hermida Editores, 2021) que, a pesar de su profundidad, es un libro claro, interesante y provechoso. Su autor, Martin Buber (1878 -1965), filósofo judío austríaco-israelí y defensor del diálogo entre judíos y árabes en Palestina, nos ofrece una interpretación sobre el bien y el mal, apoyada en un lúcido y agudo análisis de varios salmos de la Biblia.

Tengamos en cuenta que los salmos, además de poseer unos valores poéticos y musicales, contienen claves proverbiales para interpretar la vida humana e ideas luminosas para orientar los comportamientos individuales y colectivos. En resumen, podríamos afirmar que proporcionan unos fundamentos sólidos en los que asentar una antropología y una ética.

Como el mismo autor nos explica en el “prólogo”, las imágenes del bien y del mal, que proceden de mitos israelitas y persas, nos permiten señalar su correspondencia con la realidad biográfica del hombre actual y algunas de las pautas que orientan o desorientan nuestros comportamientos sociales.

Con su interpretación de unos salmos (el 12, el 82, el 83 y el 1) y tras relacionarlos entre sí, identifica cómo la mentira alcanza un nivel supremo de perfección –y, por lo tanto, de perversión– con el fin de ser usada como un instrumento de poder y de dominio ingeniosamente controlado.

Clarificadoras nos han parecido sus denuncias categóricas de las mentiras en la vida individual y en la colectiva, y estimulantes sus explicaciones de los efectos que acarrea la pérdida de los dos valores básicos sobre los que descansa la vida en común de los hombres: la voluntad de corresponder a las expectativas de los otros y la coherencia entre los pensamientos y los comportamientos que generan falsedad en el conocimiento del mundo y de la vida, y que “falsifican las relaciones del alma con el ser”.

En mi opinión, esta obra, además de explicarnos cómo la verdad es un elemento integrante de la justicia y de la bondad, nos orienta para que miremos cara a cara la vida, nos proporciona unas razones válidas para denunciar perversiones asumidas como normales y unos criterios seguros para reflexionar sobre la trascendencia de los valores morales y sobre las consecuencias de su menosprecio.

Esta obra –interesante para los creyentes de las diferentes comunidades judías, cristianas y musulmanas–, puede ser, una valiosa ayuda para lograr el bienestar personal, familiar, social y político, un estímulo para recorrer el empinado camino que conduce al crecimiento de la justicia, al logro de la paz y, sobre todo, al fomento del respeto a los principios, a los criterios y a las pautas de la convivencia humana.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

5 nov 2021

  • 5.11.21
Acreditados especialistas en teoría y en crítica literaria han calificado a Fernando Aramburu como poderoso narrador, como autor plenamente maduro y como uno de los mejores escritores españoles de la actualidad. Otros han valorado Los vencejos (Barcelona, Tusquets, 2021) como una novela vital, original, potente, extraordinaria, ácida, enternecedora y como “un monumento literario”. Coincido con estas valoraciones y justifico mi juicio positivo de su elevada riqueza literaria.


En mi opinión, los valores de esta obra están determinados por la eficacia comunicativa de un lenguaje con el que Fernando Aramburu elabora su relato a través del recurso de la escritura de un diario personal en el que el protagonista, además de desahogarse contándonos las desdichadas experiencias de su niñez y de su juventud, nos narra episodios nocivos con su esposa, con su hijo y con su amigo.

El punto de partida –su decisión de terminar con su vida– nos plantea el asunto de la esencial relación de la vida con la muerte, una cuestión natural que, a pesar de ser idéntica para todos los seres vivos, cada uno la asume de forma diferente: si para algunos es una experiencia de destrucción, para Toni, el protagonista, es una liberación o, simplemente, el fin de la existencia; si, para muchos, es el fondo de los miedos que experimentan en diferentes situaciones, para este profesor de Filosofía es la cancelación de una vida decepcionante y aburrida. Por eso, tras haber vivido cincuenta y cinco años, decide no seguir viviendo.

Considero que la elevada calidad de esta obra estriba en la habilidad con la que Fernando Aramburu armoniza los “dis-cursos” trazados por las sensaciones, las emociones, las fantasías y los pensamientos de Toni con las experiencias diarias que éste vive.

De esta manera logra un relato literario en el que los significados de comportamientos aparentemente caprichosos nos descubren las claves de diversos aspectos de una realidad que, observada desde fuera, nos parece similar a las de muchas de las personas con las que convivimos.

En esas combinaciones de hilos de colores emotivos y racionales, reales y ficticios, dibuja el perfil humano de Toni claramente expresado con sus palabras claras, con sus actitudes displicentes y con sus reacciones airadas.

Gracias a sus penetrantes análisis, esta obra de ficción nos traslada, paradójicamente, al mundo de la realidad: un mundo cercano al nuestro tanto física como ética y socialmente. Sentimos la sensación de que presenciamos y vivimos estos episodios experimentando las contradictorias sensaciones y los hondos sentimientos del protagonista tan acertadamente dibujado. Con su lenguaje claro descubrimos los fondos psicológicos de unos comportamientos que, a primera vista, nos podrían parecer extraños.

Las explicaciones claras y, al mismo tiempo, profundas que nos proporciona Toni evidencian los análisis psicológicos del autor que, como es sabido, constituyen las herramientas narrativas tradicionales que están vigentes en la actualidad y que gozan de una aceptación generalizada entre los críticos y los lectores.

Los relatos de estos episodios son exploraciones serias que, además de interesarnos, nos distraen, nos divierten y nos hacen pensar. Son exámenes de unas maneras opuestas de concebir y de vivir el tiempo, el espacio, el amor, el desamor, la soledad, la amistad, el sexo, la belleza, la verdad, la alegría, la tristeza, la salud, la enfermedad, el trabajo, el ocio, el aburrimiento, la diversión y hasta la mediocridad política.

Valoro, sobre todo, el tino con el que Fernando Aramburu logra interesarnos contrastando los opuestos modelos de mundo, las distintas concepciones de la vida y del bienestar humano. Esta obra constituye, a mi juicio, una explicación de las contradicciones en las que las personas normales vivimos. Los vencejos no solo es una novela interesante, sugestiva y amena, sino también una guía orientadora para los escritores noveles que busquen pistas y pautas para sus creaciones.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

29 oct 2021

  • 29.10.21
La obra Ser humanos. Todo lo que necesitas saber sobre el cerebro (Barcelona, Paidós, 2021), elaborada por el neurocientífico Facundo Manes y por el semiólogo Mateo Niro, trata sobre la complejidad del funcionamiento del cerebro humano, “la estructura más compleja en el universo”, esa “computadora” central que controla todas las funciones de nuestro cuerpo. Adelanto mi conclusión: es valiosa por su rigor científico, por su claridad y por su contenido práctico.


Desde que Santiago Ramón y Cajal propuso el concepto de “cerebro plástico” y demostró que es un órgano en permanente renovación, los neurólogos siguen profundizando en su funcionamiento y los investigadores de las Ciencias Humanas aprovechan los descubrimientos para aplicarlos a sus respectivas disciplinas: a la neuroética, neuroestética, neuropoética, neurorretórica, neurolingüística, neuroeconomía y, por supuesto, a la neuropsicología y a la neuropedagogía.

Todos parten del supuesto de que, de igual manera que las Ciencias Humanas han de apoyarse en las Ciencias Naturales, éstas también han de pedir ayuda a las Ciencias del Espíritu con el fin de cumplir la tarea de iluminar la vida de los ciudadanos actuales.

Nuestra experiencia común nos confirma la tesis que la Neurología ha demostrado: que no podemos definirnos como máquinas biológicas que operan de manera automática, sino como seres que, en cierta medida, somos capaces de influir en nuestra constitución personal.

Los seres humanos y las sociedades humanas somos, por lo tanto, el producto y a la vez los productores de nuestras arquitecturas cerebrales. Esta concepción dinámica e interactiva posibilita la elaboración de programas científicos interdisciplinarios y, a través de ellos, se propicia una vía de desarrollo cultural y científica de los valores humanos.

Los autores de esta obra, tras explicar las nociones de emoción, sentimiento y razón, memoria, percepción y atención, nos señalan cómo el cerebro está constantemente tomando decisiones y cómo la creatividad humana, el pensamiento crítico o la empatía adaptan las conductas a escenarios cambiantes.

También nos advierten cómo algunos saberes básicos de las Ciencias Humanas son imprescindibles cuando nos enfrentamos con las situaciones límites de la vida: con la soledad, con el silencio, con el sufrimiento, con el amor, con la enfermedad y con la muerte.

Tras las crisis de la pandemia es posible que nos volvamos más individualistas o más solidarios. Por eso, nos advierten: “Es necesario pensar de nuevo sobre nosotros mismos. Y, a partir de esto, esforzarnos por desarrollar un espíritu colectivo más robusto que pueda hacer frente a las consecuencias de esta crisis y también prepararnos para futuras amenazas. Salir de esto fortalecidos es un enorme desafío, porque se trata de abordar las consecuencias físicas, psicológicas, económicas y sociales al mismo tiempo de reconocernos nuevamente” (p. 13).

Esta obra es oportuna porque nos responde de manera sorprendentemente clara a preguntas que muchos de nosotros nos hemos hecho sobre los efectos de esta pandemia en las personas y en la sociedad como, por ejemplo, la relación entre nuestros pensamientos y nuestras emociones, sobre los miedos, sobre la relación del cerebro con la violencia, sobre el estrés o sobre la memoria y sobre la posibilidad de que “las máquinas lleguen a ser más sabias que los seres humanos”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

22 oct 2021

  • 22.10.21
En la actualidad, la complejidad creciente de la sociedad y el ritmo trepidante de la sucesión de los episodios hacen que aumente el número de ciudadanos que se sienten solos. Mientras que algunos están aislados, casi sin contactos con la familia y con la sociedad, otros están aturdidos por los ruidos y por el ensordecedor alboroto de la muchedumbre circundante.


Crece el número de los que sufren la soledad de una manera callada porque no entienden el sentido de la vida actual, se sienten marginados y ajenos a los problemas de los que escuchan hablar a las personas de su entorno y en los medios de comunicación. Ese corte de los hilos que los vinculaban a su mundo les causa un desamparo similar al de los enfermos abandonados.

A mi juicio, El siglo de la soledad (Barcelona, Paidós, 2021) es importante, oportuna e imprescindible por la exhaustiva serie de datos, por los agudos análisis y por las acertadas propuestas que nos proporciona.

Su autora, Noreena Hertz, intelectual, profesora y periodista, nos explica cómo la soledad es uno de los rasgos que definen este siglo XXI debido a los graves daños que origina en la riqueza, en la salud, en el bienestar individual, familiar, social y político.

Explica y justifica cómo la soledad es ese profundo sentimiento de desamparo que sienten quienes están abandonados por las personas y desamparados de las instituciones administrativas, sociales, económicas y políticas. Sufren un distanciamiento que les genera sensaciones hondas de invisibilidad, de impotencia, de inutilidad y, en consecuencia, de exclusión.

Lo seres humanos, todos –los de cualquier edad, sexo, condición social o nivel económico– necesitamos sentirnos conocidos, reconocidos y cerca de los demás para que nos escuchen, para que nos vean y para que nos presten atención. Todos requerimos tener cierto protagonismo y, además, que nos traten con justicia, con amabilidad y con respeto.

Las propuestas de estos acertados análisis son orientadoras, concretas y esperanzadoras, partiendo del supuesto de que somos cada vez más conscientes de que nuestra vida está entrelazada con las de los convecinos, con las de los paisanos y con las de millones de personas de todo el planeta.

A juicio de Noreena Herz, vivimos en una era en la que es posible y urgente reforzar las comunidades locales y construir nuevos puentes para unirlas entre sí. Nos muestra, nos explica y nos demuestra cómo en esta era de tantos retos y contradicciones tiene cabida la esperanza porque, según ella, tenemos la oportunidad de unirnos para crear, entre todos, un futuro en el que sea posible compaginar el trabajo para ganar dinero, con las conductas generosas, solidarias y compasivas, para favorecer “un futuro en el que se escuche y se dé la voz a todas las personas con independencia de su origen, en el que podamos convivir de manera tolerante e inclusiva, en el que ya no tendremos que sentirnos tan solos y atomizados”.

Esta obra, clara y profunda, actual y enraizada en las entrañas de la actual sociedad, identifica la senda que hemos de seguir para plantear adecuadamente los graves problemas planteados, y aplica los principios, los criterios y las pautas para que, unidos, reemprendamos las sendas de una nueva humanidad.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

15 oct 2021

  • 15.10.21
Aunque no podemos afirmar que los estilos literarios coinciden necesariamente con el perfil psicológico de sus autores, en esta ocasión, a través de la lectura de Pequeño manual de la perfecta felicidad, escrito por Ilarie Voronca (1903–1946), podemos identificar las formas y los contenidos de sus pensamientos, de sus sensaciones, de sus sentimientos y, en resumen, de su vida. Ésta es, a mi juicio, la clave que podemos utilizar para identificar las cuestiones que el autor cuenta y vive, y los procedimientos que utiliza para despertar en nosotros una intensa sorpresa y un creciente interés vital.


Este poeta, junto con Tristan Tzara, Benjamin Fondane y Jacques Hérold, es uno de los precursores de la vanguardia rumana y europea del siglo XX. En esta obra nos proporciona un ejemplo del “integralismo”, una corriente que pretende borrar las oposiciones entre las creaciones cultas y populares, y, sobre todo, diluir las divisiones que los teóricos han establecido entre los ámbitos de las ciencias humanas.

Advierto que, a pesar del título, no es un tratado de psicología ni un relato de ficción sino una creación en prosa poética en la que desborda los límites que separan las nociones teóricas de la verdad, la belleza y el bien, y borra las contradicciones entre la materia y el espíritu, el sueño y la realidad, la claridad y la oscuridad, como fórmulas válidas para alcanzar el bienestar:

“Dejar que el sueño de las cosas te invada, ¿no es acaso descubrir el secreto de la felicidad? ¿Qué es la felicidad sino la facultad de adoptar de algún modo la individualidad, los recuerdos de la cosa que tienes ante tus ojos?” (p. 63).

En esta obra, Voronca defiende y realiza un arte independiente y dinámico capaz de llevar al ser humano a la liberación y a la reconciliación consigo mismo y con la humanidad, y nos propone una literatura esperanzada, sin dogmatismos y sin prejuicios estéticos o morales, y alimentada con la sustancia de la vida cotidiana.

Nos muestra cómo, al enfatizar las cualidades sensibles de la existencia humana, las imágenes visuales adoptan unas formas dinámicas que nos producen sorpresa, ilusiones ópticas y un intenso dramatismo que manifiesta una notable libertad creativa mediante el choque de sentimientos y de pasiones.

Voronca prefiere el ingenio al juicio, el deleite a la utilidad, la imaginación a la realidad y la sensualidad a la razón. Los rasgos con los que caracteriza los objetos y las acciones son siempre sensoriales, simbólicos, ilusorios y, a veces, artificiosos.

Usa las palabras para dotar a las ideas de cuerpos, para proporcionarles volúmenes, formas y colores, y para transformar las teorías en relatos, en historias reales o ficticias mediante el empleo del lenguaje plástico y la utilización de la narración.

Materializa las nociones más inmateriales como, por ejemplo, el espacio y el tiempo. “El tiempo no es inmaterial sino en apariencia. Al contrario, el tiempo y asimismo el espacio están hechos de una materia sólida en la que todo paso se inscribe o deja huella”. Aunque esta transformación solo es posible cuando los objetos y sus movimientos están orientados y alentados por el amor.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

7 oct 2021

  • 7.10.21
Por lo visto y por lo oído, despedirse a tiempo es una destreza extraña y un proceder poco común. Y es que, en contra de lo que se suele afirmar, “mandarlo todo al diablo, a paseo o al cuerno” y “dar un portazo”, más que un gesto de cobardía puede ser una prueba de valor.


La decisión de “dimitir” exige, en la mayoría de los casos, lucidez, libertad de espíritu, valentía y, a veces paradójicamente, ser fiel a los compromisos básicos y, sobre todo, a la propia conciencia. Se requieren muchas dosis de atrevimiento para romper con todo, para huir de las esclavitudes y para escapar al vacío.

Por eso me ha sorprendido gratamente que un obispo renunciara a una diócesis; que un vicepresidente del Gobierno abandonara todos los cargos y se despidiera de sus colaboradores diciendo: “Me voy con serenidad”; que una gimnasta olímpica se retirara de la competición de los Juegos Olímpicos de Tokio y que también lo haya hecho el presidente del comité de empresa de Navantia por razones personales.

La mayoría de la gente –me comenta Pepe– fija con precisión la hora del comienzo de sus actividades, pero no prevén el momento de la terminación. Algunos psicólogos achacan esta indecisión a una inseguridad vital que se manifiesta en timidez, en bloqueo, en torpeza de expresión, en miedo a quedarse solo o, incluso, en falta de imaginación.

¿Será eso lo que les ocurre a los políticos carismáticos, a los conferenciantes insufribles y a las visitas pesadas? A mí me asustan, sobre todo, los que dan razones éticas para no despedirse. Creo que son más peligrosos aquellos que se agarran a la poltrona por un deber de conciencia, por la fidelidad a la llamada de Dios o por la lealtad a los líderes: por responder a la vocación sobrenatural o por obedecer a llamada de la patria.

Reconozcamos que quizás estamos mejor dispuestos y educados para decir que sí que para decir que no; para empezar que para terminar, para aceptar los cargos que para presentar la dimisión. De la misma manera que abundan libros y cursos para prepararnos para nuevas actividades profesionales, estoy convencido de que serían muy útiles programas para aprender a cerrar etapas de nuestras vidas, para terminar actividades, para romper vínculos, para librarnos de responsabilidades y para seguir adelante con paso firme y con la conciencia tranquila.

Es necesario invertir tiempo para, tras valorar los beneficios conseguidos, extraer sus frutos y sus utilidades, aprender a despedirnos con serenidad y con esperanza. Empecemos, al menos, asumiendo la realidad e ilusionándonos con nuevos proyectos, con nuevas soluciones. Todos han coincidido en que algunos valores son más importantes que el poder, el dinero, los triunfos o la fama como, por ejemplo, la salud, el equilibrio mental y el amor: “lo que necesito es querer y que me quieran”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

1 oct 2021

  • 1.10.21
La maldad humana –los comportamientos destructivos, inmorales y dolorosos– adquiere en cada época de nuestra historia unos caracteres diferentes. ¿Y cómo es en la actualidad? A esta pregunta nos responden de manera profunda, detallada y clara dos pensadores: el sociólogo polaco-británico Zygmunt Bauman y el filósofo lituano Leonidas Donskis.


En esta obra, titulada Maldad líquida, trazan un amplio y detallado mapa de las fuentes políticas de las que surge, y describen sus trayectorias amenazantes y traicioneras. A su juicio, esta maldad es más peligrosa que las de otros momentos porque se presenta fracturada, pulverizada, desarticulada y dispersa, en contraste con la versión inmediatamente anterior que los autores denominan “sólida”.

“El mal actual es líquido y especialmente peligroso –afirman– porque queda oculto a simple vista y porque posee la capacidad de adoptar disfraces, de seducir y de generar deseos”. Sus análisis detallados nos descubren los fondos tenebrosos de esa maldad en amplios sectores de nuestro mundo contemporáneo y los charcos encenagados en rincones oscuros de nuestra sociedad avanzada.

Es cierto que la humanidad, globalmente considerada, ha progresado de manera ininterrumpida en los ámbitos científico, técnico, económico, sociológico, jurídico e, incluso, moral. A pesar de los graves problemas que padecemos en la actualidad, una consideración histórica desapasionada pone de manifiesto que hemos superado trágicas situaciones de mortandad, de enfermedad, de esclavitud, de injusticias y de guerras.

También podemos constatar cómo, en muchas partes de nuestro mundo, gracias al progresivo imperio del Derecho, las relaciones sociales son más justas y más equitativas las reglas económicas, al menos para algunos pocos. De manera progresiva –y, a veces a costa de sangre y de vidas– se va extendiendo la democracia apoyada en la valoración real de los ideales de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad.

Pero este reconocimiento de los progresos logrados no debería impedirnos que consideráramos las características y el funcionamiento de la maldad actual que, como afirman los autores de esta oportuna obra, se caracteriza por su forma líquida, por sus maneras de adaptarse a las diferentes situaciones económicas, sociales y políticas como ocurre con la actual sociedad “desregulada, desorganizada, atomizada e individualizada, fragmentada, desarticulada y privatizada”.

Nos advierten cómo, en la actualidad, nuestra libertad se localiza en el consumo y cómo los profetas, los teóricos, los ideólogos y los escritores han perdido la creencia de que es posible cambiar el mundo. Explican cómo se han desvanecido las grandes utopías, y nuestra dependencia de mercados distantes potencia la falsa ilusión de que los individuos somos capaces de cambiar la situación solo mediante reacciones espontáneas y con palabras amables.

Tras la introducción, en la que ambos pensadores nos detallan cómo “la naturaleza líquida de la maldad actual” está infestada de creencias fatalistas que no ofrece alternativas a la política, a la economía, a la ciencia y a la técnica, a la relación entre la naturaleza y la humanidad, y, cómo, en consecuencia, vivimos un mundo infestado de creencias fatalistas y deterministas.

Como ejemplo ilustrativo nos proponen que consideremos la continua propagación de las malas noticias que nos están provocando, además de miedo, un creciente desinterés por los valores éticos y una generalizada superficialidad en los análisis críticos de los creadores de opinión e, incluso, en las universidades “posacadémicas” que “progresivamente” se van adaptando a las pautas políticas, a las élites directivas y a los encargos de los mercados. “La maldad líquida –afirman textualmente- surge acompañada de la lógica de la seducción y de los mecanismos para desentenderse de las cosas”.

En mi opinión, estos análisis, además de descifrar, de interpretar y de valorar la situación actual de nuestra sociedad, nos proporcionan unos principios válidos, unos criterios orientadores y unas pautas concretas para que reaccionemos de forma razonable y esperanzadora al proceso de deterioro de nuestra convivencia.

Este libro es, puede ser, una guía y un estímulo para que los políticos, los profesores, los educadores, los animadores sociales y los creadores de opinión recuperemos nuestra capacidad de generar sueños y proyectos de una vida individual más digna y más humana, y de una convivencia universal más razonable, más justa y más solidaria.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

24 sept 2021

  • 24.9.21
A pesar de que el tiempo es una realidad continua que fluye sin necesidad de atravesar fronteras, su sucesión y su división en días y en noches, en semanas, en meses y en años nos ayudan para que revisemos nuestras personales trayectorias y reorientemos nuestros, a veces, despistados pasos.


Lo primero que se me ocurre al empezar este nuevo curso es reconocer que el presente y el futuro no lo improvisamos ni lo creamos de la nada sino que, en gran medida, lo hemos gestado en cada uno de los hechos realizados anteriormente. Cada uno de los pasos deja una huella en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu, en el cerebro y en las emociones.

Es así como se va formando lo que llamamos “carácter”, esa personal manera de pensar, de sentir y de hacer que “caracteriza” nuestra personalidad, ese estilo que impregna todas nuestras actitudes y nuestros comportamientos. Por eso decimos que lo que hacemos hoy condiciona lo que haremos mañana y, por eso, podemos afirmar que nuestra vida humana consiste en recoger, en saborear los frutos y en sembrar semillas.

Al empezar este nuevo curso nos encontramos con serios problemas generados por la pandemia del coronavirus. ¿Qué podemos hacer cada uno de nosotros? En esta ocasión, lo primero que se me viene a la cabeza es que, en vez de forjar sueños y fabricar ilusiones, pensemos, trabajemos, dialoguemos con seriedad y realismo.

Por lo pronto me conformo con evitar la tentación de hacer responsables únicos de todas nuestras desdichas al demonio, al sistema, a la globalización, al Gobierno o a la oposición. Se me ocurre que lo mínimo que podríamos hacer es que cada uno de nosotros nos preguntemos qué hemos aprendido tras considerar todos esos sufrimientos que en nosotros y en las personas más próximas ha causado la pandemia. A lo mejor hasta es posible que tengamos que cambiar de dirección algunos de nuestros pasos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

19 sept 2021

  • 19.9.21
Para superar la actual crisis sanitaria, económica y social es imprescindible que los políticos, los profesores, los creadores de opinión y también los demás ciudadanos seamos conscientes de nuestro papel de protagonistas en la búsqueda del bienestar personal y de la paz colectiva. Y es necesario que, previamente, tengamos unas ideas claras sobre las cuestiones básicas de nuestros comportamientos éticos.


Por esta razón adelanto mi valoración acerca de la obra titulada Ética cosmopolita, de Adela Cortina (Barcelona, Paidós, 2021), cuya importancia no reside solo en su oportunidad sino en la solidez de sus razonamientos, en la agudeza de sus exámenes y, además, en la validez de sus propuestas prácticas.

A mi juicio, Ética cosmopolita es un libro importante, profundo, documentado y útil. El punto de partida de la reflexión de la profesora Adela Cortina, Premio Nacional de Ensayo 2015 y autora del libro Aporofobia, es la constatación de la necesidad de una ética cosmopolita para poder enfrentar los actuales desafíos del mundo.

Tras señalar que la pandemia nos ha lanzado al mundo entero y a cada uno de nosotros el reto de considerar la conexión inseparable que existe entre la vida y la muerte, nos explica con claridad cómo esa dualidad determina –debería determinar– los principios, los criterios y las pautas que orienten la economía, la política, la sociedad, la cultura y la ética.

Desde sus primeras palabras nos advierte cómo la principal consecuencia de la pandemia del coronavirus debería ser la valoración de la vida humana y, por lo tanto, de la salud como un bien humano primordial. En estos momentos, los demás bienes como la ciencia, el arte, el trabajo, la diversión y, por supuesto, la economía, están o deberían estar al servicio de la defensa de la vida y de la conservación de la salud física y mental.

Este presupuesto deberían tenerlo muy en cuenta, al menos, los políticos de las diferentes ideologías y de los distintos ámbitos de la administración, sin perder de vista que el objeto y el objetivo de la economía es superar la escasez y, también, eliminar la pobreza.

La alternancia vida y muerte, y la constatación de la fragilidad y de la vulnerabilidad de las personas y de los países constituyen el punto de partida para el análisis de la importancia de todas las decisiones personales y de las normas dictadas por las instituciones políticas, jurídicas, económicas y sociales.

La toma de conciencia de nuestra insuficiencia y de nuestra interdependencia, tanto en el ámbito local como global, lleva a la autora a concluir que es imprescindible y urgente potenciar el trabajo conjunto de las ciencias, de las tecnociencias y de las humanidades.

No se trata, por tanto, de resolver el dilema entre la salud y la economía porque, como bien muestra y demuestra la autora, en la historia rara vez se presentan dilemas que exijan la elección de una de las dos opciones, sino de “reflexionar creativamente buscando soluciones”.

Dando por supuesto que el responsable de esta dolorosa situación es el virus, en la solución del problema debemos intervenir de manera responsable y coordinada los ciudadanos y las instituciones políticas y empresariales.

En esta grave situación no existe otra opción que poner al servicio de la salud las investigaciones científicas, los medios económicos y, por supuesto, las ideas, los objetivos y las estrategias políticas. Todos deberíamos tener claro que el enemigo común, el covid-19, es más poderoso que cada uno de nosotros por muy importantes, fuertes o listos que nos creamos.

Su maldad estará por encima de nuestras astucias estratégicas, de nuestros conocimientos científicos y de nuestros recursos económicos si no colaboramos todos de una manera lúcida, generosa y disciplinada. Y la profesora Cortina propone que, para combatirlo, se refuerce la Unión Europea y los vínculos que nos unen a Latinoamérica, que cuidemos la palabra para lograr una construcción ideológica de la realidad, que fomentemos una democracia radical mediante un entramado de la razón y de los sentimientos y que cultivemos una Ética cosmopolita apoyada en una justicia global.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

17 sept 2021

  • 17.9.21
Hoy deseo hablarles de El caso del señor Crump, un libro escrito por Ludwig Lewsohn y editado por Hermida Editores. En mi opinión, uno de los mayores alicientes de esta obra de ficción –publicada en París en 1924 y censurada en los Estados Unidos– es la eficacia con la que Ludwig Lewisohn (1882–1955) nos traslada a una realidad que, alejada de nosotros en el tiempo y en el espacio, nos descubre unos problemas que siguen siendo próximos y actuales.


La obra narra y analiza los conflictos de una familia cuyos miembros se mienten a sí mismos, aparentando falsas reconciliaciones y obligándose a representar escenas grotescas con la intención de transmitir la impresión de que están profundamente enamorados.

La realidad es que usan ese torpe teatro como un escudo ante los juicios familiares y sociales. El interesante relato constituye una invitación para que conozcamos las múltiples contradicciones en las que caen quienes, a pesar de no sintonizar con los modelos de vida de sus parejas, se engañan a sí mismos aparentando lo contrario de lo que piensan, sienten y viven.

Es una explicación clara, detallada –y, al mismo tiempo, profunda– gracias a los análisis psicológicos que, como es sabido, constituyen las herramientas narrativas tradicionales que están vigentes en la actualidad y que, además, gozan, de una aceptación generalizada entre los críticos y los lectores.

Los relatos de estos episodios, más que simples anécdotas, son exploraciones serias que, además de interesarnos, nos distraen, nos divierten y nos hacen pensar. Son análisis detallados de unas maneras opuestas de concebir y de vivir el tiempo, el espacio, el amor, la belleza, la verdad, la alegría, la salud, el trabajo, el ocio y la diversión.

Pero, a mi juicio, lo más valioso de estos relatos es la lucha baldía que libra el débil y sumiso protagonista, Herber, un exquisito compositor musical, contra su propia amargura al no poder superar situaciones angustiosas a pesar de sus permanentes esfuerzos por ignorar los ataques directos de la egoísta, desaprensiva y voraz Anne, una mujer mayor que él, “experimentada adicta al sexo”.

Valoro, sobre todo, el tino con el que Ludwig Lewisohn logra interesarnos, divertirnos y hacernos pensar, contrastando los opuestos modelos de mundo, las distintas concepciones de la vida y del bienestar humano. Resulta desoladora la conclusión a la que llega Herbert tras las continuas reflexiones sobre sus constantes renuncias, sus reiteradas derrotas y sus profundas humillaciones: “la irritación no arregla nada”.

Aunque había aprendido lentamente a no escuchar, a no permitir que sus emociones se despertaran con el fin de conservar, en cierta medida, la independencia de su vida interior, tuvo que aceptar que “era imposible mantener su mente cerrada”. Poco a poco, a medida en que su conocimiento se clarificaba, fue aumentando la vergüenza de que los demás se daban cuenta de que su destino era ridículo y absurdo.

A mi juicio, esta novela constituye no solo una guía orientadora para los escritores noveles, sino también una propuesta que proporciona pistas y pautas a los estudiosos, historiadores de las relaciones humanas, y a los críticos de los modelos aún vigentes de la bondad y del bienestar.

Los retratos de los personajes, los relatos de los episodios y las descripciones de los escenarios nos proporcionan claves para definir la filosofía de la vida que explica cada uno de los episodios y la interpretación de los principios y de los valores que definen al ser humano, a la familia y a la sociedad de entonces y de ahora.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

10 sept 2021

  • 10.9.21
Con mucho gusto, y de una manera muy breve, respondo a los amigos que solicitan mi opinión sobre la renuncia del obispo de Solsona, Xavier Novell, por haberse enamorado. En primer lugar, inicio mi argumento con una obviedad: el enamoramiento es un estado emocional, normal, bueno e irreprimible de los seres humanos.


El enamoramiento es un proceso biológico, mental y emocional independiente, en gran medida, de la voluntad. Es un estado de ánimo tan potente que cambia o puede cambiar nuestra visión de las cosas y nuestra interpretación de los episodios más comunes. Efectivamente puede alterar nuestros propósitos iniciales, nuestros planes y nuestras vidas. Nos ocurre, nos puede ocurrir a todos y a todas con independencia del sexo y, por supuesto, de nuestra profesión.

¿Por qué ha renunciado Xavier al episcopado? Por una razón exclusivamente disciplinar: por una norma impuesta, al menos hasta ahora, que exige el celibato para ejercer el ministerio sacerdotal. Ha hecho, simplemente, lo correcto. No ha sido ni el primero ni será el último de los presbíteros, de los religiosos y de los obispos que se han enamorado y han decidido renunciar al ejercicio del ministerio.

Me han dolido muchos de los comentarios despectivos que he escuchado y he leído durante estos últimos días. Creo que tanto Xavier como Silvia han sido tratados de una forma inhumana sin tener en cuenta uno de los derechos humanos más elementales como es el del respeto a la propia intimidad. La libertad de expresión se ha convertido en un derecho al insulto y a la falta de respeto. Lo menos que podemos pedir es que los respetemos y que los dejemos en paz.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

3 sept 2021

  • 3.9.21
Al cumplirse el decimosexto aniversario del fallecimiento del filósofo Mariano Peñalver, opino que sería oportuno recordar un concepto de su pensamiento que, en estos momentos, debería ser una base fundamental y un principio orientador de nuestros comportamientos personales, familiares, sociales, económicos y políticos. Él parte de un supuesto que, por ser elemental, no solemos tener en cuenta en nuestras relaciones humanas: cada uno de nosotros somos radicalmente insuficientes y, por lo tanto, necesitamos de los otros.


Si aceptáramos en la teoría y en la práctica esta obviedad, llegaríamos a la conclusión de que necesitamos “conocer y reconocer a los otros”, a los que son diferentes, a los que no coinciden con nuestros pensamientos, con nuestras emociones y con nuestras conductas.

Esta reflexión tan elemental y tan sencilla de entender implica que, por un lado, reconozcamos “lúcidamente” nuestra propia insuficiencia, nuestra personal debilidad, y que, por otro lado, valoremos “la riqueza del otro, es decir, que apreciemos lo que el otro posee, lo que yo no tengo y lo que necesito para seguir siendo yo”.

Mariano Peñalver era –es– un intelectual social que, por lo tanto, representa la síntesis entre las dos corrientes de la historia de la filosofía: la idealista y la realista. El pensamiento de Mariano Peñalver, dotado de una filosofía humanista sólida, profunda y articulada, nos sigue proporcionando unas ideas válidas para leer el mundo actual y para mirar hacia los diferentes caminos del actual horizonte, para interpretar los mapas del presente, y para trazar las rutas del futuro. Por un lado, era –es– un intelectual cabal y, por el otro, un ciudadano íntegro dotado de una exquisita sensibilidad social, comprometida y liberadora.

Ahí reside el fundamento de sus afirmaciones sobre la necesidad de comprender y de consentir con los que piensan y sienten de otra manera. Aunque nos moleste y nos limite, para colaborar con los otros en la construcción de un mundo más humano, es imprescindible que nos esforcemos mutuamente en conocernos y en reconocernos.

Por muy doloroso que nos resulte, la armonía familiar, social, económica y política no es posible sin la aceptación del poder de los otros sobre nosotros. En mi opinión, el mejor homenaje a la figura y a la obra de Mariano Peñalver, al cumplirse 16 años de su fallecimiento, sería releer y aplicar, entender y vivir estos principios sobre la convivencia humana.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

27 ago 2021

  • 27.8.21
Os confieso –queridas amigas y amigos– que cada vez valoro más la importancia de las personas normales. Reconozco que admiro a los mártires, a los caudillos, a los héroes, a los santos, a los sabios, a los genios, a los líderes y, sobre todo, a los profetas pero –permitidme que os lo diga– cuando están lejos. Cuando los contemplo de cerca, muchos de ellos me asustan.


Creo que, a veces, son necesarios para dinamizar la sociedad, para despertarnos del letargo y de la apatía; son imprescindibles para mover nuestras conciencias, para defender los grandes principios y para fortalecer a los débiles.

Acepto que estos seres extraordinarios estimulan el seguimiento, la admiración, la imitación, la obediencia, la entrega y la devoción. Estoy convencido de que ellos son los que, en muchas ocasiones, nos sacan las castañas del fuego: las castañas de nuestros derechos, intereses, ideas y sentimientos; el fuego de la arbitrariedad, de la fuerza, de la habilidad, de la mentira o de la injusticia.

Pero, repito, los carismáticos, los fundamentalistas, los radicales, los perfectos, los puros y los puristas, los íntegros y los integristas me producen una profunda sensación de temor (y, también, de honda pena). Cuando escucho las proclamas en favor de la aristocracia espiritual, de la hidalguía intelectual y hasta de la nobleza de cuna, recuerdo lo que sufría Sebastián al pensar en aquellos que han trabajado para pagar los heroísmos del héroe.

“Me duelen –me decía– las muertes de quienes han derramado la sangre en las guerras del excelente; me entristecen las manchas de barro de quienes velan para que los puros sigan limpios; me apenan los sufrimientos de quienes son atormentados para proporcionar el placer de la finura a unos pocos afortunados aristócratas”.

Tengo un amigo a quien le hubiera gustado vivir en la Edad Media pero, por supuesto, no como simple siervo, colono o miembro de la gleba, sino como emperador, rey, marqués o conde. Si a los ricos los hacen los pobres, a las verdades llegamos por las sendas de los errores, y a la bondad por el camino de los defectos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

20 ago 2021

  • 20.8.21
¿Saben que la palabra “verano” es una abreviación de la expresión latina veranum tempus, que significa el “tiempo primaveral”, y que abarcaba lo que hoy llamamos primavera, verano y otoño? Deriva de la palabra ver, veris, que quiere decir “primavera” y, metafóricamente, “juventud” o “primavera de la vida humana”.


Hasta el Siglo de Oro, en la Lengua Castellana se distinguió entre el “verano” y el “estío”. La primera palabra (“verano”) era el fin de la primavera y el principio del nuestro verano; y la segunda (“estío”, del latín aestivum tempus) el tiempo del calor y del fuego. El verano también se denomina “canícula” (diminutivo femenino de canis, que significa “perrita”, la forma de la estrella Sirio, visible durante esta época).

El tópico publicitario dice que, en la actualidad, el “verano” es la época de las vacaciones, el paréntesis de las tareas laborales, el tiempo del descanso y del ocio, la ocasión para el cambio de costumbres, de actividades, de vestidos, de comidas y de bebidas; el período en el que vivimos con mayor libertad, relajamos los horarios, el lenguaje, las convenciones y los comportamientos.

Durante el verano, los ciudadanos que gozan de tiempo libre están de vacaciones y los que poseen medios económicos suficientes ventilan las neuronas en la playa o en el monte, viven aventuras y multiplican sus diversiones; disfrutan con los amigos y con la familia; visitan a las personas que hace tiempo no veían, leen libros sin prisas, toman refrescos en las terrazas sin necesidad de cubrirse con las “rebequitas” o los abrigos, y acuden a fiestas sin pensar en exámenes ni en trabajos.

Otros, desgraciadamente, se ven obligados a trabajar para que los demás disfruten y, algunos, a pesar de la bajada del paro, proclamada a bombo y platillo por los medios de comunicación, permanecen en un desolador, angustioso y punzante descanso obligado.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

13 ago 2021

  • 13.8.21
El verano constituye una oportunidad para disfrutar, esa aspiración universalmente ansiada y, a veces, difícil de satisfacer. En este tiempo podemos practicar con mayor libertad el disfrute de esas actividades que son necesarias para seguir vivos, como, por ejemplo, alimentarnos, hacer deporte y descansar.


En mi opinión también deberíamos aprovechar este tiempo para entrenar las sensaciones que nos proporcionan placer. Es posible que los prejuicios contra el disfrute sensorial estén determinados por aquella interpretación errónea de la ascética, ampliamente predicada durante los tres últimos siglos o, quizás, por una reacción generalizada provocada por la ubicua y agresiva publicidad consumista actual, pero el hecho cierto es que, en algunos ambientes, existe una seria resistencia a valorar positivamente el disfrute de los sentidos. Quizás por eso, cuando nos referimos a la sensibilidad, solemos definirla como una facultad despojada de sus sustanciales dimensiones corporales.

El verano es el tiempo propicio, además, para cultivar la amistad, esa relación afectiva que ha de estar presente en las diferentes etapas de la vida, es una necesidad y una fuente de beneficios de elevados valores terapéuticos y cuya importancia es vital, sobre todo, en la ancianidad. Los amigos son los que, por su proximidad y por su semejanza, mejor nos comprenden, aunque no tengamos que darles muchas explicaciones.

El verano nos proporciona nuevas oportunidades para disfrutar. Sí –queridas amigas y amigos– necesitamos no solo descansar sino, también, disfrutar para seguir caminando, para superar el conformismo y para progresar.

Todos, con independencia de la edad, de las creencias, de las posibilidades económicas e, incluso, del estado de salud, necesitamos disfrutar, gozar y deleitarnos para no desfallecer y para vencer el aburrimiento, esa desagradable sensación de desgana, de cansancio y de fastidio que nos produce la rutina.

Recordemos que la palabra “aburrir” procede del verbo latino “abhorrere” que significa tener aversión a algo, y que éste deriva de “horrere” que quiere decir “erizarse”, “ponerse los pelos de punta” a consecuencia del malestar corporal que producen las ideas, las palabras y las conductas desagradables. El aburrimiento –cuya expresión externa es el bostezo– tiene, efectivamente, algo o mucho de disgusto, de fastidio, de molestia y de hastío. Descansemos y disfrutemos para, por favor, no aburrirnos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ

6 ago 2021

  • 6.8.21
¿No os llama la atención, queridos amigos, lo poco valorado que está, tanto en la prensa como en nuestras conversaciones entre amigos, hablar bien de las demás personas? ¿No tenéis la impresión de que se cotiza más hablar mal, despotricar y vestir de limpio a los que piensan o actúan de maneras diferentes a las nuestras?


Algunos están convencidos de que “criticar” es censurar, protestar y murmurar. Cuando digo “hablar bien”, no me refiero a la adulación o a hacer la pelota, sino al simple reconocimiento de las cualidades y de los méritos de los otros.

Comprendo que se reproche la adulación porque a veces esconde intenciones retorcidas, pero es doloroso y preocupante que haya personas que sufren cuando leen o escuchan elogios y que disfruta cuando leen o escuchan insultos. Son los que confunden la crítica y la injuria.

La crítica es una tarea positiva, útil y necesaria, es una actividad humana importante y difícil que consiste en analizar los comportamientos humanos para identificar sus orígenes y sus consecuencias, sus valores y sus fallos.

Pero murmurar es diferente: es quejarse, despotricar y vestir de limpio, sobre todo, a los que no están presentes. Es insultar, es desprestigiar, calumniar y, a veces, injuriar. Las murmuraciones, las burlas y las difamaciones nos revelan más el talante de quienes las emplean que los defectos de los que son objetos sus comentarios. A veces son síntomas evidentes de una irreprimible tendencia a atribuir a los demás los propios defectos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

31 jul 2021

  • 31.7.21
Este mes, que está a punto de concluir, se llama así porque está dedicado a Julio César, de quien recibió su nombre tras su muerte. Creador y primer emperador de Roma dio también nombre de César a sus sucesores. Fue uno de los arquitectos más determinantes de nuestra Civilización Occidental.


Nació el doce de este mes y fijó de nuevo los treinta y un días que actualmente tiene. Julio César fue un guerrero, un político y un historiador que nació cien años antes de Cristo, el 653 después de la fundación de Roma. Sometió a los celtas, a los galos, a los germanos y a los helvecios, y realizó una expedición a la Bretaña.

El quince de marzo murió asesinado por Bruto, a los pies de la estatua de Pompeyo, tras recibir veintitrés puñaladas. Su obra político-militar quedó reflejada en los Comentarios de la Guerra de las Galias y en los de la Guerra Civil, dos obras literarias e históricas que convierten a Julio César en uno de los grandes escritores en lengua latina. Julio César fue, sobre todo, un contador y un constructor de la Historia.

Julio, el mes en el que -según las Etimologías de San Isidoro- el verano es el tiempo de la siega y de la recolección en los países menos cálidos; es actualmente la época de las rebajas en los centros comerciales y –mientras lo permitía la covid– de los cursos universitarios de verano, del Tour de Francia, de la fiesta de los Sanfermines pamplonicas o de las veladas sevillanas del Señor Santiago y de Santa Ana, una fiesta grande de Triana que se remonta al siglo XVII.

Éste es el primer mes de las vacaciones de los estudiantes y el tiempo de descanso para los trabajadores que trabajan porque “es el mes en el que menos trabajan los que trabajan”. En este mes se empezaban los baños de sol y de mar tras tomar un purgante de Aguas de Carabaña o de Aceite de Ricino, y duraban de Virgen a Virgen: de la Virgen del Carmen (16 de julio) a la Asunción de la Virgen (15 de agosto). Os deseo –queridas amigas y amigos- que descaséis y disfrutéis.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ

23 jul 2021

  • 23.7.21
Aunque a primera vista nos sorprenda la afirmación, es posible que, si lo pensamos un poco, lleguemos a la conclusión de que la finalidad principal de los viajes es regresar a nuestra ciudad y, sobre todo, a nuestro hogar.


¿Cuántas veces, queridas amigas y amigos, al llegar a nuestro hogar tras un viaje hemos repetido que no hay un hotel en el que nos encontremos como en nuestra propia casa? Es posible que los viajes, además de descubrirnos lugares exóticos e inimaginables, nos sirvan para redescubrir y para revalorar ese rincón de nuestra casa en el que leemos o cosemos o, incluso, ese butacón desde el que, soñolientos, leemos la prensa, vemos el telediario, los partidos de fútbol o los programas del corazón.

En mi opinión, viajamos, también para comparar nuestros espacios con otros lejanos: nuestras playas con las de la Costa del Sol o con las de las Antillas; nuestra catedral con la de Notre Dame de París o con la de San Pedro de Roma; nuestro clima con el del norte de España o con el del Centro Europa.

Los viajes nos abren unas vías de acercamiento a los demás y, al mismo tiempo, unos cauces de aproximación a nosotros mismos: viajar es una forma de alejarnos y de aproximarnos a nuestros lugares y, por lo tanto, una manera de salir y de entrar en nosotros mismos y de revalorar nuestras cosas.

También viajamos para reconocer los lugares y las gentes contados por los pintores, por los escritores y por los amigos. Viajamos, efectivamente, para disfrutar contando nuestras peripecias. ¿No es cierto que uno de los mejores momentos de los viajes lo disfrutamos cuando, reunidos con los amigos, relatamos nuestras experiencias y las ilustramos con las fotografías y con los videos, esas imágenes que expresan y repiten las sensaciones y los sentimientos de los tiempos y de los lugares, esos paisajes, personas, culturas, costumbres e historia reales o imaginadas?

Los viajes son unas oportunidades para recuperar el significado de las pequeñas cosas. Una simple comida de un lugar alejado puede convertirse en experiencias inéditas y nunca imaginadas. A lo mejor el aliciente mayor de los viajes estriba en la posibilidad de alejarnos de nosotros mismos para volvernos a encontrar.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

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