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PILYCRIM - BODEGAS NAVARRO

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta La vida empieza hoy [José Antonio Hernández]. Mostrar todas las entradas
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16 abr 2021

  • 16.4.21
La situación de extrema necesidad en la que he encontrado a una persona amiga durmiendo en un banco de los jardines del Parque, hace que me sienta conmocionado y obligado a pensar seriamente y a escribir sin rodeos sobre los graves e injustos problemas psíquicos, personales, familiares, sociales y religiosos que sufren los transexuales.


Transcribo algunas de las palabras que pronuncié en la presentación del último de sus libros: “Sabes muy bien que esos ratos compartidos en nuestro Club de Letras constituyen estimulantes bocanadas de aire saludable que purifican nuestro espíritu y nos ayudan para que, repensando nuestras vidas, reflexionemos sobre las cosas importantes, esas que nos hacen sentir y emocionarnos, disfrutar y sufrir, llorar y reír.

Te agradezco la habilidad y la delicadeza con la que nos has enseñado a los demás miembros del Club de Letras a humanizar nuestras relaciones, a defendernos de los ataques de la vulgaridad de la sociedad, de la brutalidad de los poderosos y de la crueldad institucional
”.

No hay derecho a que, debido a unas convicciones convencionales, a unos prejuicios culturales y a unas pautas de comportamientos tradicionales, sigamos sin reconocer la realidad ni, mucho menos, que permanezcamos consintiendo la dolorosa situación de quienes son diferentes e, incluso, que nos empeñemos en hacerlos cambiar.

Me ha contado que desde la infancia toda su familia conocía su identidad pero que la única que trataba de comprenderla era su madre. Incluso experimentó unos trastornos psicológicos serios debido a los esfuerzos baldíos que realizó por no aceptar su manera de pensar, de sentir y de ser.

Desde muy pronto se sintió fuera de lugar respirando una atmósfera asfixiante, experimentando el rechazo de los más próximos, de los miembros de la familia, de los compañeros y de los amigos. Siempre ha sido objeto de burlas y, a veces, víctima de violencia física.

Los médicos le diagnosticaron una enfermedad mental, aplicándole un tratamiento que aún hoy sigue observando porque, efectivamente –me confiesa– “el origen del trastorno que sufro no sé si se debe a mi identidad transgenérica, si es la consecuencia de mi propia incomprensión o el resultado del odio, del rechazo, de la violencia, de la discriminación de todos los que me rodean y, por lo tanto, del aislamiento en el que he vivido durante toda mi vida”.

Tras el fallecimiento de su madre, le ha invadido el deseo irreprimible de desaparecer y se siente en el fondo de un abismo de vergüenza, de desprecio y de deshonra por ser de una manera que ella no ha elegido y que no puede cambiar.

Al contemplarla en esta dolorosa situación, recobran valor las palabras de aquella presentación en la que expliqué mi convicción de que sus relatos habían nacido de su necesidad de expresarse y de su ansia honda de dibujar unos seres que, parecidos o diferentes, mostraran sus recónditas aspiraciones. Te aseguro que todos nosotros te respetamos y te queremos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

9 abr 2021

  • 9.4.21
Estoy convencido de que las situaciones límite que estamos viviendo desde hace ya un año pueden conducirnos, al menos, a que nos replanteemos algunos aspectos de la vida y a que nos decidamos a humanizar más nuestras vidas personales, familiares y sociales. Deseo que, a partir de ahora miremos con otros ojos a los crucificados de la historia, a los esclavos de todos los tiempos, a los pobres, oprimidos, marginados, inmigrantes y refugiados, a los ahogados en el Mediterráneo o en la travesía a Canarias, y a todos los que han muerto soñando y luchando por otro mundo más justo y humano


Espero que, tras derrotar a la pandemia, muchos de los que podamos contar sus efectos devastadores tendremos muy en cuenta algunas de las lecciones que hemos aprendido. Sin caer en ingenuos optimismos, buscaremos fórmulas eficaces para evitar que la desolación pesimista nos contagie y tiña toda nuestra existencia con los colores lúgubres de los que carecen de esperanza.

Lucharemos para encontrar acicates en los que agarrarnos y claves que nos ayuden a interpretar los signos de esperanza que lucen en medio de ese oscuro paisaje. Si las sombras y los nubarrones pueden servir para resaltar las luces y para aprovechar mejor los días soleados, la correcta interpretación estos dolores y de los errores que hemos cometido nos puede ayudar para que descubramos el germen vital que late en el fondo de nuestra existencia humana individual y colectiva.

Para hacer este pronóstico, no me apoyo en ideologías, en teorías filosóficas ni siquiera en consideraciones psicológicas sino, simplemente, en la observación de la Naturaleza. Los marineros saben que, tras la tempestad, llega la calma; los labradores conocen que al invierno le sigue la primavera y el verano; los psicólogos nos explican que la esperanza es la receta imprescindible para evitar la depresión, los fieles de las diferentes creencias se consuelan con la vida futura y los cristianos fundamentan sus vidas en su fe en la resurrección de Jesús de Nazaret.

Pero yo me conformo, querido Pepe, con recordarte esa frase que tanto te repite tu madre: “Siempre que has sufrido algún contratiempo, han surgido insospechados beneficios”. Estoy convencido de que las situaciones que estamos viviendo pueden conducirnos a un replanteamiento del sentido de la vida.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

2 abr 2021

  • 2.4.21
La saeta, ese género de cante flamenco que se interpreta en nuestra Semana Santa andaluza, constituye una manifestación propia de nuestro arte popular religioso. Es un grito desgarrado que tiene resonancias árabes, judías y gregorianas y que deriva de la siguiriya y de las tonás gitanas. Expresa el sentir hondo de nuestro pueblo que rememora y vive la Pasión y la Muerte de Jesús de Nazaret y que acompaña el sentimiento de dolor de su madre María.


La “saeta” es una manera elemental de adentrarse en el misterio del dolor humano y una forma espontánea de asumir la muerte: es un modo de dolerse con el dolor de los otros y de penar con las penas de los demás.

La palabra “saeta”, más culta y más antigua que la palabra “flecha”, la usan autores tan importantes como el poeta medieval Gonzalo de Berceo, Juan Ruiz -el Arcipreste de Hita-, autor del Libro de Buen Amor, y Don Juan Manuel, autor del El conde Lucanor, es el dardo que hiere y que, destrozando el corazón, nos transporta los sentimientos del amor.

¿Dónde nació? ¿En el barrio de Triana de Sevilla, en el barrio de Santiago de Jerez o en el barrio de Santa María de Cádiz? Es igual: lo importante es que brota de la fuente original del alma en carne viva de un pueblo que, por haber sentido la amargura de la soledad, de la pena, del desprecio, del desamparo, del hambre, de la sed o de la pobreza, vive la grandeza de la misericordia, la alegría del perdón, el alivio de la fe, el consuelo de la esperanza y la fecundidad del amor.

La “saeta flamenca” es grito, clamor, llanto, gemido, queja, lamento, piropo, cante, culto, fervor y oración; es poesía y es música; es amor y es lástima; es arte y es pasión.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

26 mar 2021

  • 26.3.21
Nuestra Semana Santa –una manifestación popular en la que participan activamente ciudadanos de diferentes edades, de distintos niveles culturales e, incluso, de diversas convicciones ideológicas– es menospreciada por algunas élites políticas, sociales e, incluso, religiosas.


Algunos políticos la califican de mera superstición, ciertos agentes sociales la interpretan como simples expresiones folklóricas y no faltan sacerdotes que la valoran como elementales devociones locales alejadas de la liturgia y, a veces, como opuestas al espíritu de recogimiento que debe imperar en las celebraciones eclesiales.

En mi opinión, nuestra Semana Santa posee, al menos, dos valores humanos. En primer lugar, son portadores de valores humanos importantes en nuestra cultura decisivos para lograr la felicidad individual e imprescindibles en la conservación del bienestar familiar y social como, por ejemplo, la paciencia, la humildad, el perdón, la misericordia, la paz, el amor, la compasión, la esperanza, el silencio, la palabra, la caridad o la gracia.

En segundo lugar, son el resultado de la inspiración, del ingenio y de las habilidades de nuestros artistas y de las destrezas de nuestros artesanos. La amplia gama de la imaginería, de bordados, de ornamentos, de orfebrería –faroles, ciriales, candelabros, ánforas– o la sobriedad de las marchas fúnebres, la hondura de las saetas, la agudeza del toque de clarines e, incluso, el rotundo sonido de los tambores, las luces, los colores, los sonidos, las melodías, los ritmos y los silencios transmiten unas sensaciones que se asocian a los sentimientos y éstos conectan con los pensamientos que orientan y estimulan nuestros comportamientos: configuran diferentes modelos de vida y distintas concepciones del bienestar y de la felicidad. Es sabido que las sensaciones, las emociones y las ideas influyen en las actitudes y en las conductas personales y sociales.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

19 mar 2021

  • 19.3.21
¿Tiene sentido que, de vez en cuando, ayunemos? Tengamos en cuenta, en primer lugar, que los nutricionistas nos dicen que el ayuno voluntario y controlado nos puede servir para desintoxicar el organismo, para perder peso e, incluso, para mejorar el funcionamiento de la mente y para que, controlando nuestros gustos y nuestros disgustos, evitemos el insomnio.


Estoy convencido de que el ayuno vivido como experiencia de privación nos puede ayudar a comprender a los que cerca o lejos de nosotros carecen de los medios necesarios para la subsistencia. Sentir un poco de hambre, de vez en cuando, nos ayudaría a experimentar la inquietud de quienes carecen de medios para, simplemente, sobrevivir: para comprender el sufrimiento de quienes tienen hambre, para recordar que, en la actualidad esta lacra la sufren 800 millones de personas en todo el mundo, la gran mayoría niños, y para ser conscientes de que esa desigualdad es una amenaza grave porque hipoteca el futuro de naciones y de continentes enteros.

El ayuno podría servirnos para que no olvidemos que el hambre mata más que la pandemia, y que la pandemia agravará las condiciones de vida de buena parte del mundo.

En mi opinión, el ayuno carece de su sentido más importante si no está movido y si no tiene como fin estimular la solidaridad con los hambrientos, con los pobres y con los necesitados de nuestro entorno, de nuestra ciudad, de nuestro de nuestro país o del mundo entero.

El ayuno podría incluso convertirse en una frívola diversión si no nos estimula para que compartamos nuestros bienes con los que padecen una cruel e injusta hambruna. Ya sabemos que el hambre no es contagiosa, pero no olvidemos que mata, y mata mucho más que la covid-19, que el sida y que otras enfermedades.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

12 mar 2021

  • 12.3.21
Estoy de acuerdo en que, a veces, es necesario gritar, llorar o protestar para desahogarnos, para aliviarnos de la presión interior que nos provoca una injusticia flagrante, un reproche inmerecido o un trato vejatorio. Las agresiones, efectivamente, reclaman una compensación que reestablezca el equilibrio emocional.


Hemos de evitar, sin embargo, que nuestra reacción, en vez de curarnos el daño causado, agrave nuestro mal y nos despierte el virus mortífero, homicida y suicida del odio cuyo germen aletargado llevamos todos en los pliegues de nuestras entrañas.

Quizás sea inevitable sentir indignación, rabia, ira, cólera y hasta furia, pero el odio es otro impulso más grave y más peligroso: es un sentimiento permanente e intenso, que nos impulsa a aniquilar de la realidad y hasta del recuerdo a quien nos ha dañado. El odio es una relación con una persona a la que deseamos destruir.

En mi opinión, es posible que no tengamos claro que, frecuentemente, nuestra visión simplificadora vierte todo el mal sobre nuestros enemigos y consideramos que nosotros somos los buenos, los que estamos libres de culpa. En los deportes, en la política y en la religión es frecuente que definamos a los adversarios –a los otros, a los diferentes– como la encarnación del mal radical y que, por eso, los demonicemos y los pintemos como figuras monstruosas.

No advertimos que las raíces del mal y del odio están también ocultas en el interior de nuestros propios corazones. Poner todo el mal en un platillo –el de los enemigos– es librarse inútilmente de un peso que cada uno de nosotros debemos soportar.

En el libro que tengo entre las manos dice lo siguiente: “Aunque no hubiese más que un solo alemán decente, él solo merecería ser defendido frente a esa banda de bárbaros y, gracias a él, no habría derecho a verter odio sobre un pueblo entero. Esto no significa ser indulgentes ante determinadas tendencias, hay que tomar posiciones, indignarse por algunas cosas en determinados momentos, tratar de comprender; pero ese odio indiferenciado es lo peor que hay. Es una enfermedad del alma”.

Estas palabras cobran todo su valor cuando sabemos que fueron escritas por Etty Hillesum (1914-1943), una joven judía que, antes de morir en Auschwitz, contó sus dolorosas experiencias y sus profundas convicciones de que, incluso ante el supremo sufrimiento, hemos de alabar la vida y vivirla “con la plenitud de sentido que la vida requiere”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

5 mar 2021

  • 5.3.21
A falta de unas jornadas para conmemorar el día dedicado a la mujer, me siento en la necesidad y en la obligación de mostrar mi respeto, mi admiración y mi agradecimiento a una mujer concreta en la que resumo las cualidades de todas las mujeres con las que he convivido, con las que he trabajado y de las que he aprendido.


Confieso con todo descaro que de todas ellas he aprendido a vivir, a crecer y a disfrutar. Hoy –os pido que me perdonéis– no me refiero, aunque también las aplaudo, a esas mujeres que los medios de comunicación presentan como modelos ejemplares de la lucha por reivindicar sus derechos humanos.

Dedico mi homenaje a una mujer concreta que, con sus comportamientos, más que con sus discursos, me ha acostumbrado a escuchar, a contemplar y a meditar, a calibrar la importancia de los asuntos menudos y a interpretar los papeles secundarios a los que no solía dar importancia.

Hoy menciono, sin decir su nombre, a quien sin reservarse tiempo alguno y sin pretender destacar, con su lucidez, con su modestia y con su firmeza, ha contribuido, de una manera decisiva, para que realizáramos y culmináramos las tareas familiares y profesionales de las que, sin duda alguna, ella es la autora y la protagonista principal.

Lo menos que puedo hacer es reconocer cómo, a veces sólo con su mirada limpia, refleja el resplandor directo de la satisfacción que ella experimenta por el “privilegio”, como dice ella, de acompañar en los momentos de alegría compartida y participar en las situaciones dolorosas logrando que la vida en común transcurra con dignidad.

Estas son las razones que, a mi juicio, explican la marea de respeto y de cariño que, inevitablemente, desbordan mi capacidad para explicar mi alegría y mi agradecimiento. Ante su grandeza y ante su sencillez solo caben el asombro y el estremecimiento. Sobran las palabras.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

26 feb 2021

  • 26.2.21
Con el fin de evitar que se malinterpreten mis palabras declaro abiertamente, en primer lugar, que soy un firme partidario de la libertad de información y de la libertad de opinión. En segundo lugar, afirmo sin reservas que comprendo y acepto que las creaciones artísticas –la pintura, la escultura, la música y la literatura– nos sorprendan por sus peculiares maneras de reinterpretar la realidad, por sus formas diferentes de describir los paisajes y por sus modos originales de relatar los episodios. Por eso reconozco que no es extraño que algunas expresiones estéticas sean provocadoras y nos sorprendan, nos asombren y nos incomoden.


Pero esto no quiere decir que cualquier grito estentóreo, cualquier brochazo desagradable o cualquier pedrada agresiva podamos o debamos calificarlos de artísticos ni mucho menos de aceptarlos como correctos.

Los gritos violentos que defienden el uso de la violencia, la quema de contenedores de basura, la ruptura de cristales, las agresiones a periodistas, los insultos a los que piensan de manera diferente deberían ser denunciados procedan de donde procedan y se dirijan a quienes se dirijan.

En estos momentos de especial dificultad es necesario –urgente– que los políticos, los educadores y los creadores de opinión unan sus voces y nos expliquen a coro que la violencia engendra más violencia, la mentira, más mentira, y la rabia, más rabia

En mi opinión algunas de las raíces de estos lamentables hechos tan repetidos durante los últimos días nacen de ese proceso de banalización que está creciendo en nuestra sociedad, tienen su origen en ese ejercicio irresponsable de restar importancia a unos comportamientos que son peligrosos e inaceptables, a unos valores que son necesarios para vivir y para convivir.

Deberíamos denunciar con claridad esa práctica tan extendida de reírnos de hechos que son graves y de faltar el respeto a instituciones y a personas que poseen unos derechos y una inviolable dignidad. Por favor, al menos, seamos serios.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

19 feb 2021

  • 19.2.21
Esta semana deseo referirme brevemente al significado del Miércoles de Ceniza, un rito que, entre muchos pueblos de la antigüedad, era una señal del propósito de cambiar la vida, de mejorar los comportamientos, de ser mejores personas.


No solo los judíos, sino también los griegos, los egipcios, los árabes y otros pueblos de Oriente, se cubrían la cabeza de ceniza en lugar de rociarse con perfumes para expresar el dolor, la pena o el luto. Otras veces se sentaban en el suelo entre ceniza para expresar sus disgustos y sus protestas por las calamidades públicas.

En estos tiempos, por escasa atención que hayamos prestado a los mensajes que nos lanzan los líderes políticos, sobre todo en las vísperas de las elecciones, hemos podido advertir que coinciden en la necesidad de cambiar las cosas. Todos nos prometen que realizarán cambios importantes.

Estoy de acuerdo en que es imprescindible cambiar las leyes para mejorar el bienestar y para alcanzar mayor justicia, mayor igualdad, mayor libertad y mayor solidaridad. Pero, en mi opinión, para que se produzcan esos cambios es imprescindible que cambien cada uno de ellos y cada uno de nosotros. ¿Cómo? Cultivando los valores humanos, esos que nos ayudan a vivir una vida más saludable, más grata y más humana.

La Cuaresma es el tiempo de preparación de la Semana Santa, una manifestación popular en la que participan activamente ciudadanos de diferentes edades, de distintos niveles culturales e, incluso, de diversas convicciones ideológicas.

Es posible que muchos coincidan, al menos en teoría, en la necesidad de cultivar algunos valores como, por ejemplo, la soledad, el silencio, la lectura y, sobre todo, el acompañamiento a los que están solos y la solidaridad con los que necesitan ayuda.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

12 feb 2021

  • 12.2.21
En primer lugar y para que no surjan dudas os confieso –queridas amigas y amigos– que me gusta el Carnaval pero también os digo que –como me ocurre con el fútbol, con la política y con el periodismo– lo vivo de una manera moderada, sin excesivo apasionamiento, sin idolatría y sin fanatismo. Por eso procuro mantener cierta distancia que me permita disfrutarlo y, además, analizarlo y criticarlo.

En mi opinión, las agrupaciones nos muestran unos espejos, cóncavos o convexos, en los que se reflejan, alargados o achatados, nuestros rostros y nuestros gestos, nuestras virtudes y nuestros defectos, nuestras aspiraciones y nuestras frustraciones.

Este año, debido a la crisis sanitaria, se han suprimido todos los actos púbicos, no saldremos a las calles y a las plazas pero podremos disfrutar con el buen humor de las coplas desde nuestros hogares gracias a la televisión.

El buen humor, aunque no está relacionado necesariamente con el amor, sí tiene mucho que ver con la amabilidad. Por eso aplaudo el humor que humaniza las relaciones humanas, ese humor al que se refieren muchos de los amigos que nos visitan, cuando nos dicen que el rasgo que más les llama la atención es el fino e ingenioso humor de los habitantes. Se refieren al humor amable que ha de constituir para nosotros un reto, un desafío y una responsabilidad.

El humor es un lenguaje que la Estética lo considera como arte, la Poética como resorte literario y la Antropología como una manifestación cultural: es la consecuencia natural de la facultad humana del lenguaje que puede servir para construir la sociedad o, a veces, para destruirla. Por eso, justamente en estos momentos de preocupación por la dichosa pandemia, nos viene bien condimentar nuestra convivencia ciudadana con algunas pizcas de la sal y de la pimienta de nuestro buen humor.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

5 feb 2021

  • 5.2.21
En esta ocasión me permito comenzar mi comentario semanal mostrando mi agradecimiento a la editorial Hermida Editores por su decisión de editar en español la novela Distrito del Sur, publicada en inglés en 1936, unos meses después de la muerte de su autora, la periodista y novelista Winifred Holtby, a los 37 años.


En mi opinión, estos momentos de pandemia son especialmente oportunos para establecer una comparación entre los graves problemas que en esta obra se relatan y las importantes cuestiones que nos preocupan en la actualidad en España y en Europa.

Me ha llamado la atención cómo las dolorosas consecuencias de la profunda depresión que sufrió Inglaterra tras la Primera Guerra Mundial guardan una estrecha analogía con las desgracias sanitarias, económicas y sociales que estamos sufriendo como consecuencia de la actual pandemia del coronavirus.

Me ha sorprendido cómo la protagonista, Sarah Burton, una mujer dechado de lucidez, de generosidad y de coraje, se convierte en la abanderada de las batallas por la justicia y por la igualdad, en una luchadora contra “nuestros enemigos comunes: la pobreza, la enfermedad, la ignorancia, el aislamiento, el desequilibrio mental y el desquiciamiento social” (p. 8).

Tras veinte años enseñando en Londres, llega a Yorkshire y, superados los prejuicios de los directivos, Sarah logra el cargo de directora de la Escuela Superior de Kiplington impulsada por la firme determinación de transmitir a las alumnas la convicción de que el futuro les pertenece en contra de las férreas convenciones tradicionales y a pesar de las severas dificultades económicas.

Ante la esterilidad de los ciudadanos que, aunque son conscientes de que el mundo está cambiando, no se ponen de acuerdo, ella decide luchar por la educación de las mujeres y por la transformación de las situaciones extremas en oportunidades para los más necesitados económica, social y sanitariamente. Pone en práctica su convicción de que unas nuevas pautas en el régimen educativo y social pueden moldear las actitudes y cambiar los comportamientos de los individuos.

Esta obra –que responde al modelo de literatura vigente en la actualidad– muestra cómo el espíritu humano, cuando se enfrenta con episodios dolorosos, posee una estimulante capacidad para ayudarnos a “releer” de diversas maneras la vida.

Partiendo del supuesto de que la literatura –la buena literatura– nos proporciona una nueva visión de las cosas, en esta situación de honda preocupación, la lectura de esta novela puede ser un estímulo contra la apatía y un recurso contra el aburrimiento, una defensa contra el miedo y una invitación para que vivamos plenamente cada uno de los intensos segundos que componen nuestra –siempre corta– existencia.

A mi juicio, la autenticidad, la sensibilidad y el compromiso de Sarah Burton –una mujer convencida de que “la técnica adecuada de una directora de escuela consistía en quebrantar todas las reglas del decoro y en justificar la infracción”– constituyen estimulantes invitaciones para que pensemos, para que leamos, para que interpretemos y para que vivamos la vida de una manera más plena.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

29 ene 2021

  • 29.1.21
Para leer, interpretar, valorar y disfrutar con el libro Prisionero en la cuna, publicado en la Editorial Encuentro, hemos de partir de un supuesto: la literatura nos descubre las cuestiones más palpitantes de la vida y estimula la supervivencia de los valores humanos más acreditados; nos ayuda a acercarnos y a alejarnos de la realidad, a penetrar en nuestro interior y a contemplarnos desde fuera.


Nos hace pensar y reflexionar, sentir y emocionarnos, recrearnos y sufrir, llorar y reír, y, en cierta medida, nos puede servir para que humanicemos nuestras relaciones, aunque a veces la usemos para deshumanizar la sociedad. Esta es la conclusión a la que he llegado durante la lectura de esta obra en la que Christian Bobin relata su infancia en la ciudad francesa de Creusot, conocida por sus antiguas fábricas de acero.

Las escasas peripecias de aquel niño encerrado en su casa favorecen su honda meditación sobre la importancia vital de la soledad, del silencio, de la luz, de la lectura y, en resumen, le descubren cómo las auténticas palabras encierran otra vida escondida, sencilla y hermosa, en oposición a la que proporcionan las gestas espectaculares porque, afirma, “hay muchos menos milagros encima de un escenario que en la vida corriente”.

Y es que, como él nos confiesa, “esta debilidad de permanecer encerrado en la misma ciudad durante más de cincuenta años tuvo como contrapartida “hacerle conocer la persuasiva dulzura de los días sin gloria”, el esplendor abandonado de lo invisible que nos rodea, el cielo de lo banal donde habita el Dios verdadero.

Nos explica cómo, durante la lectura, “miraba las hormigas de las letras avanzar en colonias por el desierto de la página, transparentando migas de luz”. Mientras que se lamenta de lo escaso que le enseñaron sus maestros, “acaso porque hablaban desde sus certezas y no desde la ignorancia primaveral de sus almas”.

También explica cómo él reencontraba la vida en los libros disfrutando del frescor milagroso de tal o cual frase: “un libro –nos dice– puede ser tan ancho como el cielo, y nada será nunca tan enorme como un rostro abierto por el amor”. Leer, efectivamente, es descubrir los mensajes que encierran las palabras, las nubes, las olas, las flores y, sobre todo, los rostros.

Fue en la soledad de su habitación donde aprendió a encontrar el alimento necesario para su dicha y donde identificó la secreta bondad que sostiene cada cosa y cada episodio. Nos cuenta cómo la vida de cada día, la vida simple y sin prestigio, “cansada y con algunos remiendos, como una sábana de algodón, un tanto pesada, vieja por el uso”, es la que mejor preserva la belleza y la bondad.

En esta grave situación, en la que los médicos y los expertos nos advierten sobre la necesidad de un nuevo confinamiento doméstico para doblegar la curva ascendente de contagiados y de muertos, la lectura de este libro nos resultará, sin duda alguna, además de consoladora, intensamente luminosa, estimulante y provechosa.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

22 ene 2021

  • 22.1.21
Todos los pronósticos coinciden en que durante este primer mes y, al menos, durante el primer trimestre de este nuevo año, lo pasaremos peor que en otras ocasiones porque ya estamos sufriendo la tercera ola del covid. La cuesta de este enero está siendo más empinada porque, además de los problemas económicos, tras los dispendios de las Navidades y de los Reyes, tenemos que estar pendientes de los riegos de contagiarnos e, incluso, de perder la vida.


¿No creéis vosotros que, tras las dolorosas experiencias de la primera y de la segunda olas, deberíamos haber aprendido algunas lecciones para evitar o para paliar algunos de sus perniciosos efectos? Al menos deberíamos aceptar que hemos de cambiar algunas de nuestras formas de pensar y de vivir.

Mis amigos médicos coinciden en que no podemos ser demasiado optimistas aunque este año sea el de la vacuna y, ojalá, el de una reforma de la sanidad que destine mayores medios y, sobre todo, que proporcione un trato preferencial a los profesionales. Por eso todos hemos de seguir apostando por la salud y por la sanidad siendo más generosos que en el pasado.

La rapidez con la que se han logrado las diversas vacunas contra el covid-19 demuestra que, cuando se apoya la investigación, sus frutos nos benefician a todos. Con los datos que tenemos resulta vital que analicemos con tranquilidad lo que ha ocurrido para evitar los mismos errores si se producen rebrotes o nuevas pandemias.

También es urgente que se aumente la financiación de la sanidad pública y de la investigación para elevar el nivel de atención y de los recursos médicos. El orgullo que sentimos por nuestros médicos y por los demás sanitarios que conforman el Sistema Nacional de Salud se debe demostrar apoyando sus justas demandas.

Son urgentes mejores hospitales, bien dotados, con unos profesionales reconocidos y con mejores sueldos. Hacer fuerte nuestra sanidad, nuestra ciencia y nuestra investigación es apostar de verdad por un futuro seguro que nos haga olvidar la pesadilla actual.

Bienvenidos sean los cambios si con ellos recuperamos la calma y la tranquilidad, nuestra vida en definitiva, porque hay un antídoto que nos protegerá de este y de otros virus.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

16 ene 2021

  • 16.1.21
"Fimosis" es un tecnicismo que está tomado del griego. Pertenece al ámbito de la Cirugía y etimológicamente significa "amordazar la cabeza del perro con bozal". Aunque practicada desde tiempos inmemoriales, en la actualidad los médicos que la efectúan y los varones que la padecen la declaran sin tapujos y la cuentan con detalles.


Los manuales explican que la fimosis es la estrechez del prepucio que dificulta el descubrimiento del glande y, a veces, la micción. No podemos olvidar, sin embargo, que la operación quirúrgica, que consiste esencialmente en la ablación circular del prepucio, es un rito que ha sido practicado de manera continuada por diferentes culturas.

La Antropología nos la describe como una práctica generalizada en algunos pueblos de América Central, como los nahuas (incluidos los aztecas) y los mayas; y en el Sur del continente americano, entre los teamas y los manaos de las Amazonas. Según testimonios de Estrabón e, incluso, de algunos viajeros modernos, también se observa en varios pueblos de África como, por ejemplo, entre los cafres.

Pero su empleo más frecuente desde la más remota Antigüedad está localizado en los pueblos de raza semítica o protosemítica. Entre los hebreos comenzó a practicarse como ceremonia religiosa por el patriarca Abraham, que fue el primero que se circuncidó, operándose él mismo en cumplimiento de una orden de Dios. Desde entonces, este rito es el signo y la condición de la Alianza hecha por Dios con el pueblo judío y se expresa en lengua hebrea por la palabra "berit", que significa "pacto".

El Islam lo ha generalizado entre los pueblos persas, indios, africanos, turcos, mongoles y en algunas comarcas chinas y malayas. Herodoto la interpreta como una medida higiénica, y el judío Filón, además de reconocer su eficacia para evitar el carbunclo, la explica como un símbolo de la pureza de corazón y como un medio que facilita una descendencia numerosa.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

15 ene 2021

  • 15.1.21
La nevada ha afectado seriamente a toda nuestra vida y, como consecuencia, ha trastocado los contenidos de la información y, por supuesto, nuestras conversaciones. Hemos dejado de referirnos a las cuestiones políticas y hasta nos hemos olvidado de los problemas de coronavirus. Las precipitaciones de nieve y las fuertes rachas de viento han obligado a cortar carreteras, a paralizar las operaciones en aeropuertos, a suspender trenes y a desviar vuelos. El temporal ha influido también en los deportes hasta tal punto que la Real Federación de Fútbol ha determinado la suspensión de muchos de los encuentros programados.


Estos hechos nos demuestran cómo no solo la cronología –el paso del tiempo– sino también la meteorología –los cambios atmosféricos– nos importan mucho. Fíjense como las encuestas nos dicen que, mientras que la información política interesa a un 34 por ciento de la población, los datos meteorológicos los siguen un 70 por ciento. Es que el frío o el calor, la lluvia o el viento influyen en el trabajo y en el ocio, en las actividades comerciales y deportivas y, sobre todo, en nuestro estado de ánimo.

El tiempo, aunque lo midamos linealmente, posee múltiples dimensiones. Los relojes y los calendarios nos despistan y nos engañan porque no son capaces de informar sobre sus contenidos ni de calcular la anchura, la altura y la profundidad de cada instante: hemos de aprender a valorar el tiempo y, en la medida de lo posible, a apresarlo entre nuestras manos.

No podemos borrar, corregir ni enmendar el camino andado, pero el trayecto recorrido nos advierte sobre la senda venidera. Tengamos en cuenta que, a pesar de la erosión del tiempo, el pasado, luminoso u oscuro, alumbra el futuro. Vivir es saborear los diferentes alimentos que la vida nos proporciona, es gustar sus colores, sus olores y sus sabores, y, también, probar su amargor o su acidez.

En contra de lo que nos dicen las ciencias, podemos perder el tiempo y recuperarlo, pararlo y aligerarlo, estrecharlo y ensancharlo, alargarlo y acortarlo, enriquecerlo y empobrecerlo. ¿No es cierto que usted ha vivido unos minutos larguísimos y otros cortísimos? ¿No es verdad que ha revivido momentos de felicidad o de dolor? El tiempo, efectivamente, es un billete ambivalente: su valor depende del empleo que de él hagamos. Y es que el tiempo –el cronológico y el meteorológico-, más que oro, es vida.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

8 ene 2021

  • 8.1.21
En esta ocasión, queridos, admirados y respetados Reyes Magos, tras contemplar y disfrutar con los regalos que me dejasteis anteayer, he decidido escribirles esta carta para mostrarles mi profundo agradecimiento por vuestra generosidad y por vuestro acierto. Y tengo la impresión de que, a pesar de que en las vísperas de vuestra/nuestra fiesta recibís millones de cartas repletas de peticiones, son escasas las que os envían, después, para daros las gracias.


Por los diversos comentarios que he escuchado a mi alrededor y, sobre todo, por las expresiones gozosas de mis familiares, amigos y colegas, he llegado a la conclusión de que este año habéis sido muy generosos, de que nos habéis traído bastantes más regalos de los que nos merecemos y de que algunos de nosotros, incluso, hemos recibido algo más de lo que habíamos pedido en nuestras cartas.

Desde hace algún tiempo, queridos Reyes Magos, cuando se acercan estas fechas, me invade una creciente inquietud al pensar en la velocidad con la que os crecen las dificultades para cumplir con vuestro complicado oficio. Algunos regalos son tan voluminosos que no caben ni siquiera en vuestras inmensas y lujosas carrozas.

El problema mayor –según me contáis– se os plantea cuando ni siquiera recibís cartas en las que, de manera clara, os formulamos las peticiones. Os comprendo cuando decís que, por más vueltas que le dais, no siempre lográis encontrar algún objeto que nos sorprenda y que colme nuestras ilusiones; es que, efectivamente, en los tiempos actuales, cada vez somos más los niños, los adultos y los ancianos a los que no nos falta de nada. Tengo también la impresión de que todavía abundan quienes se sienten solos y no han recibido ni siquiera un regalo.

Comprendo que os preocupéis sobre todo por la desilusión que experimentan algunos cuando, a pesar de haber recibido todos los regalos que habían pedido, advierten que siguen tan insatisfechos y tan vacíos como antes.

Hay que ver la facilidad con la que todos nos creemos que, como nos explica la omnipresente y omnipotente publicidad, un perfume, un traje, un collar o un reloj nos hacen más importantes y nos proporcionan la eterna felicidad. Lo malo es que, tras poseerlos, nos seguimos sintiendo tan insignificantes como antes. “Qué pena tan grande es –me decía Lola– no saber disfrutar con las cosas tan buenas que tenemos en casa”.

Gracias, queridos Reyes Magos, por habernos ilusionado y sorprendido, por las veces que habéis pensado en nosotros, por haber tratado de acertar con nuestros gustos, por el tiempo que habéis gastado en buscar los regalos. Gracias, sobre todo, porque hemos descubierto que, en realidad, solo pretendéis que nos demos cuenta de una vez lo mucho que nos queréis. Un beso a cada uno.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

5 ene 2021

  • 5.1.21
Ya sé que el Evangelio de Mateo habla de estos personajes sin darnos sus nombres, sin afirmar que fuesen reyes, ni que fueran tres. Pero estoy convencido de que, dotados de todas esos rasgos con los que hoy los dibujamos, “existen en la realidad imaginaria” de la tradición, en las entrañas íntimas nuestra cultura, en la médula de las creencias populares y en el diccionario habitual del lenguaje popular.


Al menos tendríamos que reconocer que existe de la misma manera “efectiva” que, por ejemplo, Ulises, el primer gran héroe de la literatura, Don Quijote de la Mancha, personaje más universal de la Literatura española, o Hamlet el legendario personaje que, creado por Shakespeare, era un soñador y un contemplativo que estaba sumido permanentemente en sus dudas y en sus ilusiones.

Me atrevo a afirmar, incluso, que en la actualidad los Reyes Magos están vivos en nuestras mentes porque intervienen alentando nuestros sueños, nuestros deseos de ser sorprendidos con regalos y nuestras esperanzas de experimentar nuevas vivencias. 

Los Reyes Magos nos proporcionan la oportunidad de acceder a un mundo creado por la imaginación de ese niño que fuimos y que seguimos siendo porque, por muy racionales que nos creamos los adultos, los sueños siguen animándonos para que busquemos alicientes nuevos y experiencias inéditas, para que compensemos los temores generados por la dichosa pandemia.

Estas reflexiones se me han ocurrido tras conversar con un amigo que está hospedado en la Residencia de Ancianos de San Juan de Dios. Me confiesa que, a sus 96 años, sigue creyendo en los Reyes Magos y que, en muchas ocasiones durante su larga vida, los ha visto y ha hablado con ellos y les ha mostrado su agradecimiento por esos regalos que tanto le han servido para soportar algunos de los golpes que ha recibido.

Me ha explicado con detalles cómo, desde hace algún tiempo, cuando se acercan estas fechas, le invade una creciente inquietud cuando piensa en la velocidad con la que crecen las dificultades para que los Reyes cumplan con su complicado oficio.

Hace unos años –me dice– era suficiente con que repartieran pelotas, trenes o patines a los niños, y muñecas, cocinitas y costureros a las niñas. Por eso viajaban en aquellos parsimoniosos camellos. Fíjate cómo, en la actualidad, traen numerosos regalos a todos los miembros de la familia: a los hijos, a los padres, a los abuelos, a los nietos, a los tíos, a los sobrinos y hasta al perro y al gato.

Él lamenta, sin embargo, que, a pesar de esos excesos de regalos, cada vez es más difícil colmar las ilusiones porque –me dice textualmente– en los tiempos actuales, cada vez somos más los niños y los adultos a los que no nos falta de nada: hay que ver la desilusión que experimentan algunos cuando, tras recibir todos los regalos que habían pedido, siguen tan insatisfechos y tan vacíos como antes.

Son aquellos que viven en permanente desasosiego porque no disfrutan con lo que poseen y porque sufren con lo que tienen los demás. Son los que descubren que el caballo de cartón piedra, el balón de reglamento, la Barbie, la videoconsola, el televisor de plasma, el móvil, el ordenador e, incluso, el automóvil son globos multicolores que, cuando explotan en sus manos, solo contienen aire a presión. Os deseo –queridos amigos– que este año los Reyes acierten con vuestros deseos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

1 ene 2021

  • 1.1.21
A pesar de que estamos convencidos de que el cambio de calendario es un ejercicio formulista y convencional, y, aunque sabemos que los años no están separados por escalones, creemos que esta transición representa una oportunidad más para dar esos saltos que nos hacen reaccionar ante la apatía, la desgana y el cansancio.


Por muy tópico que resulte, esta variación de fecha puede ser aprovechada para repasar lo que dio de sí el año tan agitado que dejamos ayer atrás. En este mundo tan cambiante nos vendría bien reflexionar un poco sobre el Año Pasado y sobre lo que, unidos, todavía tenemos que alcanzar: estar unidos con la familia y con los amigos es el mejor regalo que podemos desear. Los buenos propósitos de año nuevo son excelentes, especialmente cuando la meta es luchar disciplinadamente para mantener y para aumentar la salud.

Pienso que, personal, familiar y colectivamente, con realismo y, al mismo tiempo con esperanza y con ilusión, podríamos, deberíamos, hacer planes para el Nuevo Año: ojalá sea un año de oportunidades en la familia, en el trabajo, en la vida de amor, en el descanso e, incluso, en la diversión.

Ojalá represente una nueva oportunidad para seguir creciendo. Ojalá muchos de nuestros sueños –a pesar de las serias dificultades que nos saldrán al paso– gracias al esfuerzo de todos se conviertan en realidades. El comienzo de un Año Nuevo es el momento oportuno para renovar los sueños, para buscar soluciones inteligentes y generosas, para revisar nuestras actuaciones y para proponernos unas metas más ambiciosas, aprovechando todas las oportunidades que se nos presenten.

Si seguimos trabajando unidos, seremos capaces de superar los desafíos que nos salgan al paso y de tomar unas decisiones apropiadas que nos acerquen a ese modelo de ciudad que todos ansiamos. Ojalá que, desde la situación en la que nos encontramos, tras el balance económico, político y social del año que terminó ayer, podamos dirigir hacia el nuevo año una mirada, si no optimista, al menos esperanzada. 

Sería una suerte que, apoyándonos en las promesas que las diferentes administraciones, nos sintiéramos más animados para seguir caminado hacia un futuro inmediato en el que realmente hubieran desaparecido esos densos nubarrones, esos obstáculos, que, obstinados, aún permanecen inalterados y que nos parecen insalvables.

No tenemos más remedio que reanimarnos mutuamente e ilusionarnos contemplando un horizonte prometedor. Desde una perspectiva realista, razonable y positiva, tras un análisis riguroso de las posibilidades y de las dificultades, deberíamos aprovechar la oportunidad para iniciar una nueva etapa que estuviera apoyada en la construcción de un entramado ciudadano, mediante la apertura de cauces de diálogo y a través de un diseño de vías de colaboración de todos las instituciones y de aquellos colectivos que tengan ganas, ilusiones, ideas y medios.

Es el momento para hacer realidad nuestros irrenunciables deseos, para intentar un mayor bienestar viviendo y dejando vivir, para aprender del pasado, para disfrutar el presente y para construir un futuro mejor. Feliz Año Nuevo.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

25 dic 2020

  • 25.12.20
La cena de Nochebuena –cena de recuerdos y de deseos– es una de las señales que, de manera gráfica, marca el paso y el peso de los años; mide el ritmo vertiginoso y el curso irrevocable del tiempo, y dibuja la curva en espiral de la vida humana. Esta cena –una costumbre familiar que ha logrado un considerable grado de formalización– pone de manifiesto la necesidad humana de verbalizar y de escenificar los encuentros humanos, de ritualizar los gestos de acercamiento mutuo y de sacralizar los comportamientos colectivos.


La cena de Nochebuena es una ceremonia de liturgia civil que, en nuestra sociedad occidental, de manera progresiva, se ha ido ajustando a unas pautas estrictas de comportamiento y en la que los diversos "actores" representan unos papeles que, en cada familia, están definido de antemano de una manera rígida y minuciosa.

Los alimentos –el pavo prensado, los langostinos atigrados, las tabletas de turrón de Jijona– los vinos de marca y de una cosecha acreditada, los licores y los cavas, los vestidos, la decoración del salón y la disposición de la mesa, el "nacimiento" y el "árbol", las lucecitas multicolores, la distribución de los comensales, los tristes y, al mismo tiempo, alegres villancicos que se cantan y hasta los programas de televisión que sirven de telón de fondo, responden a unas "rúbricas" que no podemos transgredir si pretendemos que la cena sea eso: una "cena de Nochebuena".

Es una cena –nostálgica y depresiva, esperanzadora e ilusionada– en la que pasamos lista a los miembros ausentes de la familia, a los que han fallecido y a los que están lejos; en ella tienen especial protagonismo los niños, con sus gracias, y los viejos, con sus recuerdos. En ella actúa inevitablemente el tío gracioso que cuenta el último chiste, y el sobrino malage que gasta la broma pesada.

Pero, sobre todo, es una cena en la que nunca pueden faltar dos personajes característicos: el experto catador de caldos, que explica con detalle las cosechas mejores y los supermercados en los que se encuentran los vinos más exquisitos, y el señor mayor –no siempre demasiado anciano– que, año tras año, con tono sentencioso y con gesto grave, solicita atención y cariño, anunciando que es el último que lo pasará en compañía de los demás, lamentando que ese trozo de turrón, que ceremoniosamente se lleva a la boca, sea, posiblemente, el último que comerá. Y lo malo es que, alguna vez a buen seguro, se cumplirá su pronóstico de manera fatal.

Les reitero –queridos amigos y amigas– mis hondos deseos de felicidades, en plural y con minúsculas y, también, de FELICIDAD, en singular y con mayúsculas. Un beso, amigos y amigas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

18 dic 2020

  • 18.12.20
Nuestra Navidad, mezcla de realismo y de idealismo, de objetos sencillos y de episodios hermosos, de canciones tradicionales y de cantes irreverentes, nos transmite unas nuevas ganas de ser más buenos y unos sinceros deseos de amistad, de respeto y de generosidad.


Tengo la impresión de que, a pesar de la continua invasión de “modas” procedentes de las más remotas civilizaciones, los valores medulares de nuestra cultura siguen nutriendo nuestra peculiar manera de celebrar estas fiestas.

Si prestamos atención a los comportamientos realmente populares llegamos a la conclusión de que en su fondo laten unas emociones que tienen mucho que ver con los mensajes que nos transmiten las escenas del portal de Belén conforme a la descripción del Evangelio de San Lucas: en un establo en el que hay animales, un buey y una mula, una mujer, María, un hombre, José, y un niño, Jesús, envuelto en pañales.

La sencillez de los comportamientos cotidianos, simbolizada de esta manera tan humana, nos descubre las justas dimensiones de nuestras vidas de cada día. Para calar en la profundidad de estos sentidos íntimos, hemos de estar atentos y recordar (“revivir”) aquellas vivencias hondas de nuestra infancia que nos siguen ayudando –ahora que seguimos siendo pequeños– a acompañarnos, a respetarnos, a comprendernos y a acogernos, esas experiencias que nos proporcionan alegría y nos enseñan a sentir las sensaciones y a “experimentar los sentimientos”, a saber qué es el calor y el frío, el hambre y la comida, la sed y el agua, la enfermedad y la salud, a palpar qué es la soledad, la lejanía o la ausencia de la familia, el abandono de los ancianos, a interpretar el sentido de nuestros miedos y suspiros, a darnos aliento y a ayudarnos y a querernos un poquito más.

El Papa Francisco lo acaba de formular de manera clara, aguda y precisa: “Si queremos celebrar la verdadera Navidad, contemplemos este signo: la sencillez frágil de un niño recién nacido, la dulzura al verlo recostado, la ternura de los pañales que lo cubren.

Nos explica cómo el Belén "es realmente un ejercicio de fantasía creativa, que utiliza los materiales más dispares para crear pequeñas obras maestras llenas de belleza. Y es que, efectivamente: “Ayuda bien quien lo hace desde la propia debilidad”.

Felicidades queridas amigas, queridos amigos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

GRUPO PÉREZ BARQUERO


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