:::: MENU ::::
HLA

FENACO



Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

6 ene 2023

  • 6.1.23
El aire, estancado en las lejanías del agua y de la tierra, en el movimiento que la palma dibuja, recogido en el vaivén de las gabarras, en el zumbido de cables y aparejos, de las aves ninguna queda en el cielo, ni de reptiles, ninguno serpea sobre la hierba; el aire ahí apresado detiene los cuerpos y me trae lo que siento, en mí se contrae y reseca como sorbe el otoño la savia de hojas y pétalos. De mi tira hacia el peligro de lo quieto, su centro, su vacío.


Los sentidos traen a brazadas las figuras del mundo, me las arrojan con todo su tacto, su olor, su color, su humedad de vida. Apresadas en sus marcos, son cartulinas, secas figuras que caen sobre ángulos que tienden mis ojos y en ellos posan y aquietan; baraja extendida, estático reposo de la figura en su carta, agotan mi ambiente, me expulsan de mi atmósfera, antes del vuelo hacia el interior del río, del lanchón abandonado.

Sigue tironeando, oscuro, inmisericorde, lo inesperado: intruso en la experiencia: me lleva conducido hacia la grieta por donde me precipita el acontecimiento, vertiginoso remolino del presente.

La foto en su acto y yo en el mío: espacio en asfixia, desesperación contenida, sin escape ni desborde, tensión continua de lo inmóvil. El espacio rompe su estatura; enlazados el cielo y la tierra dibujan su cuerpo extenso en lo plano. Montado en su haz, con la luz rompo la tensión de la superficie y me contraigo, desciendo, comienzo a sumergirme en ella, la recorro y me extiendo: entre el frío y el calor, al fin, neutro reposo y quedo.

La transparencia se va enturbiando con su sustancia, se va llenando de su propio cuerpo, ascienden y descienden sus partículas, se acercan hasta pegarse, se adensa, cuaja. El movimiento rechina sus fisuras y empuja, aplasta, reduce…

El aspecto del mundo entra por la mirada y se fija: no puedo retirarme, separarme de él ni entrar en él. Proyecto mis pensamientos, los lanzo y golpean: el choque resuena metálico contra la superficie del mundo. Sus sordos estallidos se deshacen en los duros relumbres de su eco. Quieren traspasar y salir, remontar y huir; la quimera se hunde en la quietud desesperada. Ellos persisten, se ahíncan; rebotan y rebotan enloquecidos, reiteran su círculo apresado en la paulatina merma de mi cráneo.

Se vacían los sentidos, no hay promesas aquí: se agostan y mueren en el tiempo endurecido. Rígido presente, en él no caben anuncios ni promesas –¿Quién las desea?–. En el cegado pozo de la perspectiva, nada puede ser distinto a lo que ya es. Me alboroto: ¿dónde está el espacio, dónde queda, para colocar mis pasos? El sonido es una finísima cuchilla repleta de silencio, sobre ella se posan las aves: palpita estremecido su canto degollado.

Me contraigo y desciendo. La gravedad: mi abandono hacia el abandono, me aplasta, lo sé porque vivo agazapado en mi aliento; inmóvil sigo la pulsión del propio latido; una leve ondulación o gesto empujará lo inmóvil y romperá el filamento de una retícula; entonces, y seguidas, desbordará una tras otra, se irán deshaciendo los miembros de la figura que me retiene.

Girones de piel se me borran en la luz…

Me desplazo continuamente; pero el cambio es predecible o condicionado como el de las figuras sobre el tablero de ajedrez: quiten las figuras, dejen las reglas y comprenderán el alcance o valor de mis distancias: nada sobre el tablero, los escaques son todos los movimientos. ¿Se han invertido acaso como un reflejo? El agua, el aire, las nubes del cielo, la barcaza con toda su ruina y las orillas, las hojas de palma, y yo, introducido, con todo mi abandono, en ellos vertido; saltamos la ventana del mundo, cruzamos su espacio y quedamos iguales: inmóviles. Alguien, en algún lugar, respira, contiene al que mira y queda fuera, no cabe aquí, donde se recluyó, para enviarme, la mirada.

Se desmorona el lejos, se desmenuza el cerca; tierra en la tierra es lo que fue distancia. El tiempo con su temor huye, salta y escapa de tal ruina.

Mi asunto se reduce a lo que veo. Pero no veo lo que veo. Es tan solo luz petrificada en el ojo, que fue y que estranguló mi huida, antes de que mi cuerpo saliera del completo derrumbe de la estructura del mundo y se desprendieran mis sentidos como escamas. El cosmos arde ahora; su trémula llamita agota la energía de mi idea.

De las cosas, presas aquí, nada emana. Cada olor es un recuerdo; el tacto, sin alcance, sin el descanso del roce, me tortura; la mórbida tersura de un cuerpo, sin caminos al anhelo, es la sed que sueña manantiales. Nada arde en su tempero.

Inmóvil golpeo contra la densa superficie, su profundidad de papel; capa sin horizonte, en ella pasado y futuro quedan ausentes. Sólo yo la paseo con mi argumento. Sólo yo en ella veo y grito. Sólo yo en ella detenido. Sólo yo quiere cruzar el río; quiere alcanzar la otra rivera; irse por ella y andar. Me adentro por una selva de entresijos, entre el evasivo perfil de hojas gigantescas, y las húmedas pulsiones de gotas destrozadas. Un amanecer de pizarra, de cartulina, de hoja garabateada, me recibe. No cabe el sonido en esta dimensión, ni el silencio del viento, de pájaros que estuvieron, ni otro, cualquier silencio, sin causa ni ausencia, un reflejo ya está y lo ocupa.

Comienzo a olvidar la poliárquica sugerencia de mis sentidos, ya pierden la memoria de cuanto percibieron, se adensa la transparencia del mundo en mera composición de paralelogramo

Entre el silencio y la palabra corre el soplo de la vida. Así pues, bajo el pórtico del sonido aguarda mi latido, con exacta precisión me vacía: vierto mi abstracción hacia su fantasma.

Andar… ¡qué simple!, cuando el sentido corre más, tanto como la luz

Pesa la tinta… no se desliza… este bolígrafo no…

Ya… ya no… la luz que aquí me contiene surge o pide a la luz que entra… caída desde todos los reflejos: pleno un cielo que llega… penetra la piel, veo que… la desvanece… repentino el susto me envía hacia atrás, pierdo las zapatillas…

Hasta aquí el texto de Castilla.

Las dos fotografías, la manoseada de la carpeta amarilla y la aportada por el profesor, son estas (tal vez compartan nuestro asombro, pues son, ya se ha dicho, copia de un mismo original):


He de añadir que la copia fotográfica que recibió Castilla no pudo ser cambiada por otra: todas estaban numeradas y selladas en el ángulo inferior izquierdo del dorso, particular registro del profesor Segura. Ni manipulada, en opinión del profesor, y en la de Salices, fotógrafo profesional con el que había colaborado en mis esporádicos trabajos para el diario Crónica del día, al que consulté machaconamente (indulgencias de la amistad).

Al día siguiente, con mucha formalidad, entregué mi informe al negocioso director de la sucursal bancaria. Esta vez no hubo sonrisita ni displicencia; siempre apresurado, lo aceptó sin concederle mayor importancia. Un mero trámite.

No hubo más. Cobré lo acordado y se agradecieron, formalmente, mis servicios.

La policía hizo su trabajo, me consta –por Longui: hizo referencia a las múltiples influencias del despacho del señor Perals– que muy exhaustivo, pero sin resultado; el nombre del señor Castilla aún figura en el listado de desaparecidos.

A principios de agosto, en un día de viento cálido, exasperante, de aburrimiento supino, recibí una llamada de la profesora. Se iba de vacaciones con su hijo y su marido a Antananarivo.

HG MANUEL
FOTOGRAFÍAS: JES JIMÉNEZ / MARTÍN JIMÉNEZ

Entregas anteriores

La fotografía (I)
La fotografía (II)
La fotografía (III)
La fotografía (IV)
La fotografía (V)
La fotografía (VI)
La fotografía (VII)
La fotografía (VIII)
La fotografía (IX)
La fotografía (X)
La fotografía (XI)
La fotografía (XII)
La fotografía (XIII)
La fotografía (XIV)
La fotografía (XV)
La fotografía (XVI)
La fotografía (XVII)
La fotografía (XVIII)
La fotografía (XIX)
La fotografía (XX)
La fotografía (XXI)
La fotografía (XXII)
La fotografía (XXIII)
La fotografía (XXIV)
La fotografía (XXV)
La fotografía (XXVI)
La fotografía (XXVII)
La fotografía (XXVIII)
La fotografía (XXIX)
La fotografía (XXX)
La fotografía (XXXI)
La fotografía (XXXII)
La fotografía (XXXIII)
La fotografía (XXXIV)
La fotografía (XXXV)
La fotografía (XXXVI)
La fotografía (XXXVII)
La fotografía (XXXVIII)
La fotografía (XXXIX)
La fotografía (XL)
La fotografía (XLI)
La fotografía (XLII)
La fotografía (XLIII)
La fotografía (XLIV)
La fotografía (XLV)
La fotografía (XLVI)
La fotografía (XLVII)



30 dic 2022

  • 30.12.22

El hábito, inconmovible (e insobornable, debo añadir), elige sillón cerca de la luz. Ayer me obligó a permanecer aquí sentado, dispuesto a consumir toda mi paciencia en escrutar el día, todo su camino, todo su trayecto; empeñado en seguir la luz, con cautela, espiando sus transiciones, todas sus figuradas invenciones, sus descubrimientos y matices en los más nimios detalles, en todo cuanto insinuaba o tocaba, por donde resbalaba o se detenía, todos sus encuadres y situaciones, sus distancias y contrastes, sus fugas, desvanecimientos y desbordes, toda la evolución o deslizante permanencia de su historia; así, desde su lenta inauguración o encendido hasta su lenta y minuciosa degradación y apagado final.

Y el día, sumergido en el límbico ámbito de la indiferencia, se disipó en la nube del hastío, calladamente, dulcemente, sin sentir.

Hoy rompió su claridad en burbuja sobre mi sueño y lo expulsó, aquí (pastosidad en la boca, la pegajosa rugosidad del pijama), en el sillón reclinado; me concede, graciosamente, la realidad.

Respiro tranquilo, el ritmo persiste, confiado, como si aguardara la promesa de un motivo, y me acomodo, me refriego la cara, ante la fotografía.

En un principio la he mirado al descuido, superficialmente, con la inocencia del inicio, que es promesa ante la distancia, y algo, a fugada leve, ha surgido. Ese algo, por sorpresa, de un modo harto indeterminado fondea la mirada, algo duro, una sospecha que detiene y suscita la amenaza, se libera el suspiro de lo inmóvil, queda la quietud o trino de un pájaro silente, un vapor le emana, sube y se extiende, encalla sólido en el aire, algo así como un aliento de huida, lo que acto continuo me obliga, en tris o braceo de angustia, a buscar –¿escape del suicida, choque contra el miedo?– la ventana.

En ella, adherido como insecto de pulidas alas venido de nadie se sabe dónde, descubro un ahogo transparente, de pausa. Vaya, me digo, lo pienso, el marco endurece la pausa del día. Entonces me aplico y lo compruebo: en efecto, es un día detenido, sin habla. La curiosidad obliga e indago un poquito, me asomo: calla la mate gravedad de la luz, el asombro de lluvia que emploma el cristal. Yo entonces lo contemplo; fijo en la hosca faz, finjo admirar su extrañeza y aguardo, sin amagar propósito ni doblez alguna; él, pleno y en cerrazón, no devuelve nada salvo cierto filo de amenaza. La prudencia alza el dedo y me toca, la espera no insiste y me levanto; ellas me obligan, tal vez porque el silencio de la calle se viene alzando y bravea: al parecer, no me quiere cerca. Y así, al azar de un orden improvisado, desenvuelvo una, quizás la más repetida entre las muchas y mínimas costumbres ‒la del desayuno, ha poco usada, ya no me sirve‒ que guardo; a esta la sorprendo, cruje desprevenida y se resiste al despliegue, a obrar como debe hacerlo; le sacudo la pamplina y accede entonces a la práctica: atravieso el salón, alcanzo el pasillo, cruzo el pequeño comedorcito si lo hubiera y llego a la cocina, donde el día se distancia y atenúa, allí abro el grifo y bebo el consabido vaso de agua. Todo sin empleo de movimiento.

¿Entonces?

No estoy seguro de que el día quiera recibirme o contenerme, no sé. Y recurro al estupor, eso es todo.

No obstante, invierto mis pasos uno por uno y regreso. Sí, ahí, en el rincón, mi rincón junto a la ventana, está el sillón, mi sillón; aparto un escrúpulo, despabilo la voluntad y me siento. Ya está; bien avenido –siento el rescoldo de mi calor, incubado durante toda la noche–, me acomodo y expongo lo imprescindible, concedo situarme de perfil, simula obediencia mi actitud oblicua a su irruptora voluntad de espacio.

Trae el día camisote de acero, su estatura finge amabilidad y primorea con las formas, les concede palidez de velo blanco. En apariencia todo sigue como estaba: él fluye y ocupa; yo, por avenir, convengo en ello.

Y, aunque él también simula que me ignora, su dureza de mármol lo contradice y me envuelve, me esculpe y da volumen entre las otras cosas, me arrebata la intimidad para concederla magnánimo a la intimidad de la casa: soy uno más entre colores gastados, fregados, manoseados, una sombra entre sombras, y esparce la pobre tibieza de mi cuerpo en todo cuanto toca; ahora soy una cosa más frente a la cosa-lámpara y la cosa-flexo, ante el lomo de cada una de las cosas-libros repartidas en las cosas-anaqueles, sobre la cosa-sillón que me sostiene… su todo lo detiene en un gesto, ocupa, relaciona e iguala dueño del espacio, y…

Pero está aquí, impávido entra, anega la habitación su quieta amenaza; la desidia que contiene manotea mi cara sin escrúpulo, rozan las babillas de sus plumas, sutil galope de patitas: es su piel que se adhiere a la mía y la consume. Trae su celeste enormidad, se aposenta recalado, aprieta con tensión de plomo cuanto esculca y lame, todo lo unta con este barniz de nublo que segrega; huyen dispersas, han desaparecido con prontitud de curianas, las mínimas sombras que guarda, a modo de viejo baúl, esta habitación.

Pero antes, para que yo sepa que está en la habitación, ha entrado en mis ojos, hirió el lacrimal, cruzó la córnea, se arremolinó en el iris, atravesó la pupila despertado pequeños, diminutos órganos sensibles, para organizar lo que ahora voy mirando.

Él manda.

No obstante, decido arriesgarme a su crudeza; me obligo al giro y estiro el cuello, de frente al marco que sostiene el trozo de vidrio que utiliza: la ventana.

En efecto: ahí, el día. Y nadie.

El día y nadie.

Sólo camina este animal que él ha soltado: silencio. Su áspero lomo roza fachadas y portales, las goteantes fauces ventean cualquier inicio o movimiento; respira, urde la fiera agazapada, exhala un ronco latido que hiere cualquier ademán o presencia. Nadie, conmigo, se atreve a pisar donde ella campea: las líneas de las calles, la completa longitud de sus aceras muertas.

Entonces, sí, me resigno. Me resigno.

Vuelvo a la foto.

Ahí, un ojo frío, inmisericorde, que observa tras la palma.

Un ojo que atrapa. Un ojo que mira y detiene el brillo de acero.

Un ojo que impone al infinito condena de quietud. Lo sentencia ab aeterno al acto inmóvil.

El ojo acera la barcaza, las márgenes, el río. Su buril los graba en la dura lámina de aire: el espacio encuentra el exacto centro del instante.

Extraído de su estirpe mineral, carámbano inmutable, el silencio surge y golpea a quien mira con puño de frío.

Lo que fue vida es fósil, huella metálica en el ojo. Sí, el peso del mundo cae sobre mi cráneo. He de volver al pontón, a ese tendajo de harapos, a ese desguace de cosas, inservibles. Pero el aire, su dureza transparente, no lo permite. Soy de la misma sustancia del aire, transparente pez inmóvil en su hielo, no puedo nadar.

HG MANUEL

Entregas anteriores

La fotografía (I)
La fotografía (II)
La fotografía (III)
La fotografía (IV)
La fotografía (V)
La fotografía (VI)
La fotografía (VII)
La fotografía (VIII)
La fotografía (IX)
La fotografía (X)
La fotografía (XI)
La fotografía (XII)
La fotografía (XIII)
La fotografía (XIV)
La fotografía (XV)
La fotografía (XVI)
La fotografía (XVII)
La fotografía (XVIII)
La fotografía (XIX)
La fotografía (XX)
La fotografía (XXI)
La fotografía (XXII)
La fotografía (XXIII)
La fotografía (XXIV)
La fotografía (XXV)
La fotografía (XXVI)
La fotografía (XXVII)
La fotografía (XXVIII)
La fotografía (XXIX)
La fotografía (XXX)
La fotografía (XXXI)
La fotografía (XXXII)
La fotografía (XXXIII)
La fotografía (XXXIV)
La fotografía (XXXV)
La fotografía (XXXVI)
La fotografía (XXXVII)
La fotografía (XXXVIII)
La fotografía (XXXIX)
La fotografía (XL)
La fotografía (XLI)
La fotografía (XLII)
La fotografía (XLIII)
La fotografía (XLIV)
La fotografía (XLV)
La fotografía (XLVI)



23 dic 2022

  • 23.12.22

El profesor trató de explicarle, en detalle, nuestra conversación telefónica. Ella mostraba interés y escuchó con atención, un destello de sorpresa en la mirada.

Inspirada, por inducción caprichosa, creo, se apresuró a explicar ese algo la profesora.

–Sugiere, creo entender, que un acontecimiento sufrido por usted es recogido y plasmado en una fotografía, y cuando la remite, el acontecimiento se resuelve en el destinatario: Castilla, forman el yo y el otro de una transitoria personalidad. Que tiene una conclusión o desenlace: des-síntesis de alma y cuerpo, a lo Kierkegaard, de Castilla –esto lo musitó el asombro, tapándose con una mano la boca.

Al profesor lo impresionó el razonamiento, trágico a todas luces, de doña Elvira; y creo que también a mí, pero por lo confuso del argumento.

–¡La angustia! –exclamó el profesor.

–En el relato de Castilla –completó la profesora–. Angustia provocada por el trámite de algo extraño…

–El atroz hundimiento en lo desconocido –continuó el profesor.

–Nunca por el peso del pecado ni por el sentido de lo humano –completó la profesora–. Sí, es verdad, hablamos de otra cosa. Algo en esa fotografía lo inquietaba, así me lo dijo. Y esa inquietud, no cabe duda, era angustiosa.

–Un padecer ante lo inminente: un suceso eventual, estoy de acuerdo. «Angustia», me rondaba pero no conseguía dar con la palabra…

–La empleó con lo de Munch –interrumpí, solo por meter baza.

–¡Ah!, cierto, lo había olvidado. Pues, decía… Creo entender, por la lectura del texto, que Castilla iba a renunciar a mi propuesta; desconozco si tendrá alguna importancia, pero la fotografía de la barcaza lo impulsó o lo animó a aceptarla, y por este motivo se convirtió en protagonista, decisiva entre las otras.

–Coincido con usted –remachó la profesora.

–Por cierto, ¿existen de verdad las zapatillas? –recordó de repente el profesor, muy interesado en mi respuesta.

–¡Ah, sí!, viene muy a cuento la pregunta. –secundó la profesora.

–Están ahí, debajo de la mesa, junto a la pared –le indiqué el lugar donde mi puntapié las había enviado. Y no las vio la profesora: no le daba la largura de piernas, ni las vio el profesor: cruzaba los tobillos con los pies retraídos.

Ambos se agacharon; compartieron sorpresa, que suscitó un nuevo diálogo, repetidos argumentos hilvanados con distintas palabras, como «difracción», o relaciones, como «patrón bidimensional», o frases, como «quedar encerrado en una gota de tiempo» en el que me mantuve de oyente más bien ausente, distraído con el jaleo de mis preocupaciones, alguna, por contraste con lo que escuchaba, me inspiraba pensamientos como: «El tempo es lo que te dice cómo están las cosas».

No hubo más; al menos, algo que recuerde y entendiera o sea digno de mención. Salvo que el profesor Segura y doña Elvira se enfrascaron en acordar el destino del cuaderno de Castilla. No intervine, quién era yo; además, su decisión siempre me parecería justa y adecuada.

Cuando abandonamos el domicilio, compartíamos un sentimiento de desesperanza, muy cercano o parecido –por otro lado, insensato– a la nostalgia. Hubo saludos, agradecimientos varios y nos dispersamos: una en taxi, otro en su coche y yo a pie calle adelante (llevaba mucho humo en la cabeza y quería despejarlo).

«Dicho pretenciosamente, tengo otra explicación. Castilla se ha quitado de en medio, lo ha dispuesto todo y se ha borrado, se largó a Antananarivo, razón por la que no aparece su pasaporte nuevo –disquisición personal aportada al diálogo, que atrajo el interés de la profesora–. ¿Pero qué necesidad tenía de organizarlo así? Una insensatez, sin duda; aunque, quién sabe lo que se cuece en la cabeza de cada uno. Además, está por medio la dichosa, fantasmagórica foto…» repensaba, le daba vueltas a estas y a otras agudezas, y casi me atropella una jovencita montada en un zumbante patinete que se me cruzó por la acera.

Era importante (si no decisivo), así lo hice constar en mi informe, el contenido de la carpeta amarilla: lo escrito por Castilla, la fotografía enviada por el profesor y la otra, la que trajo personalmente y que a petición mía tuvo la amabilidad de dejar.

He aquí, tal cual, el contenido de los folios. Lo que leímos el profesor Segura, doña Elvira y yo:

Puedo comenzar con esto:

El viento golpeaba contra los cristales y me obligó a mirar…

No, no me convence.

A ver:

Estoy en una noche gris que nace de otra noche parecida al recuerdo de algo que sucede: el silencio guarda chasquidos, cosas que se quiebran o estallan cerca y lejos, Chasqueaba como si frunciera sus largos labios en sonidos leves de succión la corriente del agua contra la orilla; los líquidos chasquidos burbujeaban el sobresalto del silencio dilatando la negra anchura del río, el trémulo pipiar del alcaraván acuático dilataba su eco sobre el denso rumor, croar y ríspidos gruñidos. El viejo lanchón ronquea frente al denso verdor de las riveras, el plomo del cielo encenaga las aguas, es un ritmo percutiente, de tenedor bate sin objeto ni desmayo, a veces se cansa y cede el ritmo, luego lo recupera y sigue, monótono, con resignado desamparo al capricho de la corriente. Garzas azulosas sobre las ramas bajas que asomaban al río Arbolitos y raíces quedan atrás, el lomo de un animal se sumerge. Un olor dulce de limo podrido se acerca y se va. La selva detrás se alza quieta, su negror de hojas y cúpulas resbala contra el cielo.

Ha tiempo que, sumido en el aburrimiento, convivo con la nada.

Por fin me decido; así que, tomo papel y comienzo a justificarme:

El ocio es pradería donde rumian sin hartura el tedio, la apatía, el cansancio, el aburrimiento… y sinfín de otras bestezuelas que ocupan sin provecho. Cuando se alborota por causa inesperada, te desconcierta una cierta prisa ciega, muy semejante al ansia de huida, que tu inoperancia no sabe manejar y es así que ni le da guía ni soltura, pues acorralar ganado de tal índole resulta difícil y, por ello, desvela y cansa (he de confesar mi enfermedad: se me aprietan los días en día único). En fin, que la fotografía me ha provocado ‒contiene algo que invade‒. Mas, ni aun así creo suficiente…

Y viene a cuento la retórica porque he recibido una fotografía de mi amigo, el profesor J. Segura, experto fotógrafo y gran teórico de la imagen, a cuenta de no sé qué proyecto de libro del que hablamos en cierta ocasión. No recuerdo bien el asunto, el tiempo insiste en desteñir cuanto toca y a éste muy manoseado lo tiene, si bien todavía conservo una borrosa idea; en ella letra e imagen indagan unidas a la búsqueda de un esquivo significado. Lo cierto es que mi buen amigo es sin duda responsable de que yo sostenga esta fotografía; insiste en superar la mala relación entre palabra y figura, con el añadido, además, de un Atila que recorre incendiando tiempo y espacio: el estrépito de la indolencia, y no sin riesgo espera mi comentario (su secreta intención es alentarme, con fe inaudita, a finar lo acordado).

Bien, me contradigo; aparto el papel con su carga de garabatos y vuelvo a la foto: motor del pensamiento, esta captura, su atmósfera, ha de suscitar el movimiento de la letra hacia otra realidad, híbrida y, por tanto, inventada. A ello me obligo, insisto, por el criterio que implícitamente me reconoce y porque su amabilidad, la de mi amigo, obliga.

HG MANUEL

Entregas anteriores

La fotografía (I)
La fotografía (II)
La fotografía (III)
La fotografía (IV)
La fotografía (V)
La fotografía (VI)
La fotografía (VII)
La fotografía (VIII)
La fotografía (IX)
La fotografía (X)
La fotografía (XI)
La fotografía (XII)
La fotografía (XIII)
La fotografía (XIV)
La fotografía (XV)
La fotografía (XVI)
La fotografía (XVII)
La fotografía (XVIII)
La fotografía (XIX)
La fotografía (XX)
La fotografía (XXI)
La fotografía (XXII)
La fotografía (XXIII)
La fotografía (XXIV)
La fotografía (XXV)
La fotografía (XXVI)
La fotografía (XXVII)
La fotografía (XXVIII)
La fotografía (XXIX)
La fotografía (XXX)
La fotografía (XXXI)
La fotografía (XXXII)
La fotografía (XXXIII)
La fotografía (XXXIV)
La fotografía (XXXV)
La fotografía (XXXVI)
La fotografía (XXXVII)
La fotografía (XXXVIII)
La fotografía (XXXIX)
La fotografía (XL)
La fotografía (XLI)
La fotografía (XLII)
La fotografía (XLIII)
La fotografía (XLIV)
La fotografía (XLV)



17 dic 2022

  • 17.12.22

–Es singular la coincidencia… –musitaba, lo repetía, con rítmicos golpecitos en la nariz.

Un pequeño desconchón, de humedad, en la raya del techo, sobre la ventana, me entretuvo. Nadie, en la improvisada reunión parecía tener prisa.

–¿Ustedes creen en el alma? –nos soltó de repente.

La profesora y yo compartimos el momento, el estupor.

–Yo, no –aseveró–. La vida es energía, pura energía que la materia destila. Pero nace un problema: el Principio –se detuvo por si surgía discrepancia. No la hubo–. ¿Qué fue antes? Si conciliamos o soslayamos esta contradicción, ceñidos tan solo a nuestro concreto problema, me permitiría afirmar que, aquí, en este pequeño ámbito, la habitación, se ha producido una simbiosis entre alma y materia, como sin duda sucede, en otra escala imaginaria, entre lo particular y lo infinito. Si el espacio es curvo se quiere decir que en su expansiva fluidez elástica la línea recta no existe, por más que los ojos y los sistemas de medida lo nieguen –detenía la exposición para verificar que no pedíamos ripio–. Es un ejemplo que se me ocurre, y sigamos suponiendo. Por exposición a una digamos anomalía en la frecuencia de la onda luminosa –nos indicó furtivo la estática pupila de la ventana–, el alma deshace su envoltura: estallan los tejidos, las fibras que la contienen, y esta dispersión en onda de sus partículas aborda las ondas del cosmos: vibran y viajan integradas en la gran materia, única materia; proceso similar al de arrojar una pizca de arena al movimiento dunar en el desierto o añadir una gota al ímpetu ondular del océano o armonizar una nota de violín con la insondable sinfonía del cosmos. En definitiva: entre dos dimensiones todo puede ocurrir. Si esto les suena poético, objetaré que Darwin no prescindía de Milton; y no es una comparación, tranquilícense, no está aquí en juego la cordura.

–Imagen móvil de la eternidad, diría Platón que es el tiempo. Participamos en ella con nuestra porción, pequeña, particular. –intervino la profesora.

–Me agrada, y agradezco, su atención –afirmaba el profesor.

–En lo que dice… Yo también he captado ese, diría, desvanecer… –y lo figuró abriendo, como impulsadas por diminuto estallido, sus delicadas manos.

–Puede que un soplo cósmico –prosiguió, y asentía, el profesor– haya cruzado esta habitación y arrebatado, a lomos de la luz, siempre la luz, lo único que aquí palpitaba…

–¡Jolín! –ese fui yo.

–Ahí, en lo escrito por Castilla, he creído entender la descripción de un proceso. Desvanecimiento… sí, yo también emplearía este verbo –se dirigía a la profesora.

–Lejos del arrebato –se sonreía ella, con reiteradas cabezaditas de asentimiento–, sus palabras me traen a la memoria la Seinsfrage, la pregunta por el ser, de Heidegger. ¡Perdón, perdón por mi frivolidad! –se llevó una mano al pecho, con la manga se cubrió la boca y tosió–. Lo siento. He pretendido, mera intuición, dar un sentido distinto, nada de ontología, aportar un matiz que… Olvídelo, por favor.

–Fíjense, he recordado… –se llevó un dedo a los labios el profesor Segura y escudriñaba la sensación pazguata, de atonía, resignada a la tarde, que se había instalado en mi cara–, durante mis tres horas largas de coche, un caso extraño, similar, diría, al que nos ocupa. Sí, podría serlo –trataba de convencerse–. La inexplicable desaparición, irresuelta, de un prestigioso neurofisiólogo mejicano, académicamente formado en Estados Unidos, autor de numerosos libros, estudioso de la parasicología, admirador del chamanismo… No, disculpen –se interrumpió, mano en alto, como el urbano que ha decidido parar el tráfico–. No quiero alargar esta reunión sumando historias; aunque… y por último, sí resaltar mi asombro. ¿Comprende por dónde quiero ir? –se dirigía a la profesora.

–Sí, usted quiere hechos y también yo –respondió ella–. Pero no los hay.

–Un sinsentido, efectivamente –admitió él.

–Pero no es creíble –amagó con enfadarse, consigo misma, la profesora–. Tiene que haberlos. Nuestro Castilla, pesa, tiene volumen. Sufrió el pasado, sufre el presente y sufrirá el futuro. Perdón por lo de «sufrir», educación cristiana, ya saben. Ocupa su lugar en el mundo, como todos nosotros. Lo siento, no soy muy original –rebuscó en su bolsa, sacó un pañuelito muy bien doblado, lo desplegó y se sonó con fuerza–. ¡Ah!, tengo la nariz irritada –se quejó.

–Desde que usted habló con el señor Castilla por última vez –me dirigía a la profesora–, mis indagaciones concluyen en lo mismo: nada. Sus pasos se han borrado, o al menos no he sabido encontrarlos.

Doña Elvira me lanzó una mirada feroz, pero se arrepintió enseguida.

–Todas estas divagaciones, hablo por mí, naturalmente –intervino el profesor–, son… circunloquios, ambages a la verdad. A tenor de los datos, es lo que puedo decir. Pero donde hay humo hay fuego, como afirma el dicho, quería resaltarlo. El caso es que no sabemos por qué surgió ni donde está ni si todavía arde; pero, los componentes… no sé, están en esos folios… –señalaba la carpeta amarilla–, en esa fotografía. Justo en la transición de algo que se continúa sucede el cambio, su momento. ¿Y si en él, exactamente en él, sufre un extravío?

–Completamente de acuerdo –se sumó la profesora–. Ya los sofistas parcelaban los momentos en ínfimos momentos, infinitamente. Eneas y la tortuga…

El profesor asentía, neutro, al aporte de la profesora.

–Según usted –prosiguió, y su voz sonaba dolorida–, Castilla vagaría por un limbo de espacio suelto, desprendido entre cercanía y distancia, abandonado fuera del tiempo o bien arrebatado con todo el tiempo que le corresponde. ¡Hum!… –lo sopesó; rascadura de baba; concluyó–: Muy interesante.

Quien debía encontrar ese «limbo de espacio», es decir yo, se mantuvo callado como un muerto. Y a este muerto ahora lo miraba fijamente el profesor, con unas evidentes ganas de interrogarlo.

–Le relaté a usted –al fin se decidió– la historia de esa foto, aquel momento tan especial, por único y por extraño, en el que sufrí un súbito trastorno, o trampa de los sentidos, nunca lo sabré, que me obligó, el verbo es aproximativo, a disparar mi cámara.

–Lo recuerdo –afirmé.

–Pues visto con objetividad, todo parece absurdo; pero ocurrió –se justificaba el profesor–. De igual modo, por lo que se describe en esos folios, un proceso similar embargó a Castilla. Usted los ha leído, ayer escuchó mi relato.

–Así es –dije.

–¿Y no ve el nexo entre exposición fotográfica y contemplación de la fotografía; su discurso entre dos sujetos: yo primero y al final Castilla? ¿No se completa el trayecto de algo? –habría afirmado que el profesor se venía impresionando conforme reflexionaba–. ¿Y se podría explicar el fenómeno como minúscula duda, trastorno ínfimo, aleatorio, fugaz, en los ciclos naturales del cielo, casualmente acaecido sobre nosotros dos? –¿me preguntaba o se interrogaba el profesor? El caso es que hablaba y de nuevo se rascaba la barba, síntoma nervioso.

–¿A qué se refieren, de qué hablan? Por favor… –se interesó doña Elvira.

HG MANUEL

Entregas anteriores

La fotografía (I)
La fotografía (II)
La fotografía (III)
La fotografía (IV)
La fotografía (V)
La fotografía (VI)
La fotografía (VII)
La fotografía (VIII)
La fotografía (IX)
La fotografía (X)
La fotografía (XI)
La fotografía (XII)
La fotografía (XIII)
La fotografía (XIV)
La fotografía (XV)
La fotografía (XVI)
La fotografía (XVII)
La fotografía (XVIII)
La fotografía (XIX)
La fotografía (XX)
La fotografía (XXI)
La fotografía (XXII)
La fotografía (XXIII)
La fotografía (XXIV)
La fotografía (XXV)
La fotografía (XXVI)
La fotografía (XXVII)
La fotografía (XXVIII)
La fotografía (XXIX)
La fotografía (XXX)
La fotografía (XXXI)
La fotografía (XXXII)
La fotografía (XXXIII)
La fotografía (XXXIV)
La fotografía (XXXV)
La fotografía (XXXVI)
La fotografía (XXXVII)
La fotografía (XXXVIII)
La fotografía (XXXIX)
La fotografía (XL)
La fotografía (XLI)
La fotografía (XLII)
La fotografía (XLIII)
La fotografía (XLIV)



9 dic 2022

  • 9.12.22

Desfilaba el mediodía, vertical sobre la calle tranquila, sucio el azul de nubes pasajeras; empujaba débilmente nuestras nítidas sombras, las prolongaba en las otras sombras, como inertes, maleables proyecciones de la presencia: lámina sutil que cubría las superficies, el aburrido sosiego, de la habitación. Me preguntó el profesor, con notorio interés, por el objeto de su visita.

–Ahí tiene –adelanté la barbilla y le indicaba la carpeta abierta, su contenido.

Pidió permiso y se aproximó al escritorio; vaciló un instante y depositó el sobre que antes le había visto en la mano izquierda; de los bolsillos interiores de la chaqueta extrajo un bolígrafo con prendedor y anillo dorados y un cuaderno moleskine que fue agregando –la atención distraída entre la carpeta amarilla y el enmarcado rostro de la joven Centelles–, a un lado, un claro en el desorden de la atiborrada mesa.

Yo, a la espera, me senté en la silla que me caía más cerca.

–¿Es casado el amigo Castilla? –más que preguntar, el profesor mostraba extrañeza.

–¿Le parece? –respondió desde su retiro la profesora–. No, ni lo ha estado. Una mujer no viviría así; no hay belleza, ni comodidad, ni detalles en esta casa –ni el menor rastro de acritud en sus palabras; puede, quizás sí, decepción por la evidencia.

Tomo asiento, y sin demora se puso el profesor a la tarea. Erguido ante la lectura, procedía metódico y concentrado; leía, repasaba largamente y anotaba en su cuaderno; entremedias, breves pausas cogitativas que acompañaba, atiesado, un codo en el antebrazo cruzado sobre el vientre, con rascadura de índice por la barba. Seguidamente, se puso a evaluar la fotografía de la carpeta; pronto, se le izaron las cejas y se le arrugó la frente.

–¿Alguien ha movido esta foto? –preguntó en alto, obligado por el estupor.

–Yo –respondió la profesora, que había dejado de toser–. Pero muy poco, la he dejado tal como estaba –se defendió.

–Así es –corroboré desde mi silla.

Se levantó el profesor y, codos afuera, se inclinaba sobre su objetivo para encuadrarlo desde distintas posiciones; obtuvo varias capturas y comprobó el resultado, agrandando y reduciendo, pasando y repasando una y otra vez las fotos en la pantalla de su teléfono. Un rápido pestañeo de extrañeza le anticipó varios minutos de meditada evaluación.

Al cabo, se giró hacia nosotros con rostro desconcertado; como si ambos, la profesora y yo, acabáramos de irrumpir en aquella extraña habitación, ella montada en el sillón de orejas y yo a lomos de una silla. Se le aclaró la idea e insinuó un saludo; procedió después con la tercera y última parte de mi encargo.

–Le ha pasado lo mismo que a mí –me gesticuló con susurro la profesora.

Pareó las dos fotografías: la anterior enviada y la recién traída, y se entretuvo con un minucioso examen comparativo; enseguida empleó un par de lápices a modo de regla, y con ambas manos los iba deslizando, lentamente, con breves paradas, sobre la dos superficies.

La profesora y yo admirábamos calladitos tales maniobras; apenas fluctuaba, expectantes, el tenue bombeo de nuestra respiración. Por fin, tras arquear la mirada desde la pared –colgaba el repintado dibujo, enmarcado, de una gorda araña marrón y verde, con largas patas velludas y ganchudos quelíceros, que transformaba su sombra en la de un hombre atravesando el umbral de una puerta entreabierta; obra, por sus gruesas líneas, su tremendismo infantil, seguramente de Amalia– hasta las alturas del cielo sobre los tejados, y de repetir el visaje partiendo ahora desde la fotografía que tenía delante, unió las dos manos para centrarse; permaneció transportado largos minutos –la profesora fue a decir algo, pero se arrepintió–. Luego, se giró en el sillón, a cortos pasitos de impulso, hacia nosotros. Recorrió con la mirada toda la habitación; con minucia interesada, como si buscara gritos, los gestos, dramáticos movimientos en un escenario antiguo, ya clausurado. Por fin, no paraba de mesarse la barba, se decidió a hablar.

–Sospecho, mala consecuencia de una imaginación inquieta, que usted me ha incitado a venir porque, de algún modo, relaciona la desaparición de mi amigo con esto –levantó una mano para señalar el contenido de la carpeta y a su elegante bolígrafo, reposando de tanto febril garabato, sobre la moleskine.

–No es otra mi intención –admití–. Necesitaba testigos de algo que, de otro modo, probablemente se hubiera ignorado. Opinaba, y ahora estoy convencido, que nadie era más adecuado que ustedes. Doña Elvira no se encuentra bien y usted ha lidiado con un largo viaje. No son pocas las molestias que les causo, y lo siento mucho. Quiero…

–Yo estoy encantado –me interrumpió el profesor.

–Y yo –se sumó doña Elvira.

Les di las gracias, sinceramente.

–No se preocupe –el profesor las deshizo rápidamente con ágil manoteo disuasorio– y vamos a lo que interesa.

Unió la punta de los dedos para construir una cabañita, la techó con la barba y se dispuso a exponer.

La profesora y yo actuamos al unísono, serios, muy callados, para dedicarle toda nuestra atención.

–Castilla, mi amigo Castilla –comenzó– debió pasar horas expuesto al soporte de esta fotografía que le envié por correo. La diferencia entre lo que ven en ella nuestros ojos y el resultado obtenido mediante los objetivos de nuestros respectivos teléfonos… –se giró para coger la moleskine y consultarla–, es decir la porción de luz que el sensor ha capturado para convertirla en partículas eléctricas de mayor y menor intensidad, quizá lo explique el plano electromagnético, es decir un desvío en la propagación de la onda luminosa, es decir de polaridad de la luz; o tal vez se justifique por el rango dinámico o conjunto de tonos, entre lo claro y lo oscuro, que la cámara puede captar; o… Son, a modo de ejemplo, razones que se me ocurren, y así podría continuar, en vano, con otra de semejante jaez. ¿Podría beber un poco de agua, por favor?

Sin dilación fui y vine de la cocina con el preciado líquido. Lo apuró el profesor de un buen trago, musitó las gracias al devolverme el vaso y se limpió la humedad de la boca y la barba con un pañuelo.

–Por otro lado, este papel fotográfico, precisamente este, milagrosamente este, por reacción a la luz de un residuo azarosamente adherido, o de un indeseado excipiente químico, fotosensible, añadido a su composición, o… blablablá, es testigo del fenómeno. Lo único seguro es que Castilla debió contemplar durante mucho tiempo esa fotografía

–¡Estoy de acuerdo! –casi gritó doña Elvira.

–Eh, sí, bien –se disturbó el profesor–. Pero la orientación de la luz –señaló hacia la ventana– no coincide con el plano de la imagen, esta parece, exactamente, el reflejo de un espejo. Y a este fenómeno, he de decir, tampoco le hallo explicación.

Comenzó a hojear su cuaderno; detenía el dedo sobre una u otra nota, se demoraba con breves lecturas; entrecerraba los ojos, concentrado…

HG MANUEL

Entregas anteriores

La fotografía (I)
La fotografía (II)
La fotografía (III)
La fotografía (IV)
La fotografía (V)
La fotografía (VI)
La fotografía (VII)
La fotografía (VIII)
La fotografía (IX)
La fotografía (X)
La fotografía (XI)
La fotografía (XII)
La fotografía (XIII)
La fotografía (XIV)
La fotografía (XV)
La fotografía (XVI)
La fotografía (XVII)
La fotografía (XVIII)
La fotografía (XIX)
La fotografía (XX)
La fotografía (XXI)
La fotografía (XXII)
La fotografía (XXIII)
La fotografía (XXIV)
La fotografía (XXV)
La fotografía (XXVI)
La fotografía (XXVII)
La fotografía (XXVIII)
La fotografía (XXIX)
La fotografía (XXX)
La fotografía (XXXI)
La fotografía (XXXII)
La fotografía (XXXIII)
La fotografía (XXXIV)
La fotografía (XXXV)
La fotografía (XXXVI)
La fotografía (XXXVII)
La fotografía (XXXVIII)
La fotografía (XXXIX)
La fotografía (XL)
La fotografía (XLI)
La fotografía (XLII)
La fotografía (XLIII)



3 dic 2022

  • 3.12.22

Pronto, la mañana del día siguiente, que comenzaba fresca: un airecillo norteño paseaba la ciudad, la dediqué a comprobar que en el informe, a falta de conclusión, recogía debidamente todos mis movimientos, averiguaciones y consideraciones, amén de los detalles, siempre tan importantes. Hasta que recibí la visita de un colega; trabajaba en una agencia «de referencia en el sector» que abarcaba «todas las ramas del Derecho», etcétera. Habíamos colaborado en más de una ocasión y perduraba entre nosotros una buena amistad. Lo convidé a un aguardiente en la pequeña bodega de Cuco, un semisótano con olor a madera podrida, regaliz y mistela, situado en la cresta de una callejuela con ondulación de cuesta. En la tenuidad del local Cuco y su esposa servían vinos y licores de barrica, y allí gustamos el chisme del día –solo accesible a nuestro mundillo de enterados–. Dos senadoras que ignoraban compartir amante, un antiguo y laureado atleta que rodaba por la vida alegre, habían sufrido el despiste de ser citadas por el fenómeno (en plena juerga de «humo y alcohol» con los “colegas”) en un exclusivo restaurante, lugar donde: fatídico momento, el marido de una de ellas (afamado empresario) agasajaba al más estimado entre sus socios.

–¡Y en el centro del comedor se admiraron los cuatro! –las carcajadas de mi colega, y el coro de las mías, soliviantaron la seriedad de la pareja Cuco, a los que salieron y a los que entraban. Luego nos despedimos.

A las doce del mediodía alarmó el timbre de la puerta. Puntualidad exquisita.

–¡Aléjese! –me ordenó doña Elvira–. Soy peligrosa: contagio –y la acometió un ¡achís! por triplicado seguido de tos aguda–. Qué día ha elegido para sacarme a la calle –se lamentó.

Bufanda multicolor plagada de mariposas enrollada en el cuello, entró embozada en la vivienda de Castilla como Carter en la tumba de Tutankamon; con los ojos redonditos muy abiertos y un bordado pañuelito apuñado contra la enrojecida nariz, haldeó frente a la intimidad gris del espejo seguida por mis disculpas, abandonó la bolsa de croché sobre una de las sillas del salón y, entre tos y tos, fue de aquí para allá remirando esto y aquello.

–¿Dónde están esas cajas de las que me habló? –me requería, brazos en jarras, sin más ni más.

La conduje al cuarto, fui abriendo cada una y le entregaba el libro correspondiente. Comenzó a hojearlos, hasta que la llamé al orden y le impuse la lectura de los folios.

Regresamos al salón, me devolvió la brazada de libros –«Los quiero», ordenó o pidió o me informó– y se fue acomodando ante el escritorio para aplicarse con mucho interés; leía despacio y repasaba las líneas, los párrafos, entre tos y tos sofocada por el embozo y el pañuelín; solo le faltó subrayar y tomar notas, cosa que no dudo hizo mentalmente. Volteó el último de los folios y los emparejó, cuidadosa, perfilando unos sobre otros con las palmas de las manos. Se echó hacia atrás, giró el sillón y observó la ventana, el contorno de la habitación y luego a mí; tenía los ojos vidriosos.

–¿Se ha fijado en la fecha que finaliza el escrito? –le pregunté, mientras apilaba mi carga en la silla libre.

–Sí, quince de abril – y me interrogaba con el frunce de las cejas.

–Ustedes hablaron ese día –le recordé.

–¡Ah, sí, qué tonta! –cayó en la cuenta–. ¡Fue la última vez! –volvió la vista hacia la delgada rima de folios y posó la mano sobre ellos con delicadeza.

Repasaba morosa los renglones con los dedos y me acerqué para proponerle que utilizara la cámara de su teléfono con la fotografía que tenía al lado y que previamente le había rogado que ignorara.

–Esta fotografía es…

–Sí, la misma.

Estiró el brazo para mantenerme alejado y se levantó; fue hasta la silla, hurgó en su bolsa y al fin sacó una cajita.

–¡Estoy de propóleos…! –rezongó.

Regresó al escritorio chupando una pastilla y se aplicó con mucha curiosidad. A continuación, le alcancé mi teléfono para que comparara su fotografía con la que había tomado yo.

–¿Ve alguna diferencia? –le pregunté.

–Parecen idénticas –respondió, muy interesada en conocer mi propósito.

Le recogí mi teléfono, seleccioné la foto que me había enviado el profesor Segura y se la mostré.

–Ahora compare la fotografía que usted ha hecho con esta otra.

Ella, con suspirosa paciencia, obedeció.

–Es igual que la suya y la mía, pero mejor encuadrada. ¡Achís! –concluyó.

–Estoy de acuerdo –repuse–. Ahora le voy a explicar lo que estamos haciendo.

–Pues empiece.

–Usted ha tomado una fotografía, la ha comparado con otra que antes he sacado yo y resultan idénticas.

–Así es –me observaba como a un prestidigitador de pega.

–Después, ha comparado su fotografía con la otra que también tengo en mi teléfono. ¿Y…?

–Es la misma, sí. ¿Por qué se repite?

–No, no es la misma. Es la original y me la ha enviado el profesor Segura. También lo he citado aquí.

Me miró sin comprender.

–El amigo del señor Castilla, ya sabe. El autor de las fotos, usted me habló de él.

–¡Ah sí! No sabía que se llamara Segura.

–Creo que nos ayudará. Ahora fíjese bien. Para concluir, compare la fotografía que usted ha hecho con su modelo, la que tiene delante.

Se puso a ello, intrigada, con mucha atención. Giraba la cabeza desde el teléfono a la foto, aguzaba la vista, repetía, y en su rostro perplejo la sorpresa mudaba en incredulidad.

–¡Dios mío! –exclamó–. Pero, si son todas iguales. ¿Cómo es posible…? ¿El profesor previamente no…?

Sonó, largo y repetido, un timbrazo que ya me era familiar.

–Disculpe, es él –informé a la profesora.

No tardo en abrirse la puerta del ascensor y enmarcó a un hombre alto, de pelo espeso y gris, bien cortado, y cuidada barba rizosa, que pisó el rellano y quedó plantado ante mí.

–Señor Segura, soy el detective inoportuno –le tendí la mano.

–Celebro conocerle –respondió al saludo con franqueza–. Y no diga eso, por favor. Usted busca a mi amigo.

Estirado, como si olisqueara un tufillo desagradable, vestía una chaqueta de espiga en tonos paja y verdoso, camisa asalmonada y pantalones de color hierba con abombamiento por las rodillas; calzaba mocasines de color coñac y calcetines amarillos. Le hice pasar, nuestras siluetas se deslizaron por el iris neutro del espejo, y le presenté a doña Elvira.

–Disculpe si no me acerco –le avisó–. Estoy acatarrada.

El paso de avance lo convirtió el profesor en zancada lateral.

–¡Ah!, ya veo. Pues entonces me mantendré alejado, soy muy propenso a las infecciones de las vías respiratorias.

–Mejor me aparto yo. Me quedaré ahí, en ese rincón, castigada –y se llevó consigo un par de toses.

HG MANUEL

Entregas anteriores

La fotografía (I)
La fotografía (II)
La fotografía (III)
La fotografía (IV)
La fotografía (V)
La fotografía (VI)
La fotografía (VII)
La fotografía (VIII)
La fotografía (IX)
La fotografía (X)
La fotografía (XI)
La fotografía (XII)
La fotografía (XIII)
La fotografía (XIV)
La fotografía (XV)
La fotografía (XVI)
La fotografía (XVII)
La fotografía (XVIII)
La fotografía (XIX)
La fotografía (XX)
La fotografía (XXI)
La fotografía (XXII)
La fotografía (XXIII)
La fotografía (XXIV)
La fotografía (XXV)
La fotografía (XXVI)
La fotografía (XXVII)
La fotografía (XXVIII)
La fotografía (XXIX)
La fotografía (XXX)
La fotografía (XXXI)
La fotografía (XXXII)
La fotografía (XXXIII)
La fotografía (XXXIV)
La fotografía (XXXV)
La fotografía (XXXVI)
La fotografía (XXXVII)
La fotografía (XXXVIII)
La fotografía (XXXIX)
La fotografía (XL)
La fotografía (XLI)
La fotografía (XLII)



26 nov 2022

  • 26.11.22

Entre idas y venidas se me iba consumiendo la tarde. Compraba un bocadillo en la charcutería Hermanos Díaz, situada una manzana más abajo, a la vuelta de la calle donde estaba mi oficina, cuando recibí la llamada del profesor Segura.

–Comunicaba usted.

–Suele sucederme. Dígame –tenía hambre y estaba de malhumor.

–Pues verá… He copiado el texto para leerlo de seguido… He de decir que me ha gustado. Mucho… Pero me temo que esto a usted le resulta indiferente, ¿no?

–Pues…

–Veamos… es solo una impresión, ¿eh?, a vuela pluma, el tema es complejo. Hay, es notorio, un grito. De angustia. ¿Recuerda el archifamosísimo cuadro del noruego Munch? –lo recordaba porque algún grito reprimido, de impaciencia, se colaba entre las sartas de embutidos y bandejas con chacinas–. ¿Su vano intento de diseccionar el alma, etcétera? Bien. Lo menciono por el tema de la angustia. Aquí, el grito se desarrolla… Hablo de primera impresión, sin los necesarios matices. Su expresión queda implícita en el contexto. La confecciona el sujeto en tanto ha comenzado a gritar. Y lo peor, para él, claro, descubre el origen del grito mientras grita. Así pues, resultado irremediable, no cabe otro: queda el ser vertido en grito, entra en él y solo se circunscribe a la situación que se describe; el sujeto que lo padece narra en tanto desaparece. Una tragedia, intensa, auténtica, breve. Su desarrollo: un momento, el gorgoteo del ahogado, el frote de los pasos que conducen a lo invisible, oscura materia que sorbe la energía, liberada por conducto de un reflejo. Digo grito porque, en improvisada lectura, la expresión…

–Profesor… –la hermana Díaz me entregaba las vueltas en plena discusión con el hermano Díaz–, lo llamaré después. Le informaré de un fenómeno extraño, creo que se refiere a esto que me cuenta.

–¡Ah…! Pero, oiga, ¿se pelea usted con alguien? –se escandalizó.

–No, lo que oye son expresiones de cariño entre hermanos. Pero, dígame, ¿usted imprime sus fotografías?

–No. Las mando imprimir –replicó desconcertado.

–¿Para esta fotografía… –esquivé un carrito para la compra y a la ancianita que lo guiaba– se ha utilizado el mismo papel que en las otras?

–Eh… sí, papel baritado, grueso, sin blanqueador óptico.

Aquello me sonaba a chino.

–¿Y le queda alguna copia de esta fotografía?

–Naturalmente. Al menos dos, en mi archivo.

–¿Podría enviarme una, de inmediato, por correo urgente?

–Pues… sí, por supuesto. ¿Qué ocurre?

–¿La luz puede imprimir una imagen en ese papel?

–Es papel fotográfico para impresora. Preparado para fijar gotas de tinta. Naturalmente, no voy a explicarle todo el proceso.

–¿Está usted muy ocupado?

Mi pregunta le extrañó

–Digamos… que bastante, sí –se previno.

–Pues se me está ocurriendo que si le viene bien y trae usted mismo esa foto, contemplará un fenómeno muy interesante.

–Aunque de natural curioso, no soy amigo de fenómenos. ¿Cuál?

–Tiene que verlo con sus propios ojos. Además –añadí el aliciente–, tendría la oportunidad de dedicarle el tiempo que necesite al cuaderno del señor Castilla, sin intermediarios.

–Me intriga usted, no digo otra cosa. Un fenómeno que justifique cuatrocientos kilómetros, ochocientos ida y vuelta. Más el cuaderno…

Las académicas impresiones, en el fondo terribles, del profesor, el ajetreo del día, más la deshora, me quitaron las ganas de hincarle el diente al bocata. Pero deshice el paquetito y me obligué a masticar con los codos apoyados en el escritorio. En el patio la luz era un rescoldo que se apagaba. Lo más sensato era dar por concluido mi trabajo. Salvo que me enviaran a Antananarivo y allí continuara la búsqueda de Castilla, un hombre indocumentado y por tanto clandestino –una probabilidad tan remota como idiota–, mi pesquisa había terminado. Solo me quedaba redactar el informe, adjuntar la nota de gastos y…

Estriduló mi teléfono; así me lo pareció, por importuno y desagradable.

–La orden de búsqueda está en marcha. Alguien, desde arriba, empuja –me informó Longui.

–Creo que será inútil –le transmití mi pesimismo–. Castilla ha desaparecido, definitivamente.

–Eres muy rotundo. ¿Tan lejos te ha llevado la investigación?

–Es extraño; todos los caminos conducen a su casa, ninguno a la inversa. Su documentación está allí; el pasaporte está caducado; los pantalones cuelgan de una silla en el dormitorio, los mueves y suena la calderilla en los bolsillos. Y parece que se tomaba un café cuando sucedió lo que sucediera. Resulta evidente que Castilla no está en su casa; pero afirmaría que no salió de ella, si de algún modo fuera posible separar cuerpo y presencia. Porque hay, o lo noto, es una sensación… inquietante, en el reposo de los muebles y de todas sus pertenencias, algo de animal doméstico que aguarda la caricia interrumpida sin aviso en un instante concreto…

–¡Te has guillado! –se burló Longui–. Esto suena a desaparición voluntaria. Se rompen las relaciones, cualquier vínculo con el pasado, para comenzar otra vida allá donde se pueda o venga bien. Una pretensión descabellada y, por desgracia, frecuente. Al año se dan miles de casos, la gran mayoría voluntarios, y casi todos se resuelven.

Puede que, influido por la lectura de unos cuanto folios, la razón me hubiera descabalgado y Longui la tuviera por completo; pero estaba convencido de que Castilla no se había ido lejos.

–He visitado a unos cuantos vecinos –justificaba mi teoría– y tengo esa impresión de que su preocupación es llegar a fin de mes sin averías. Además, la mayoría de ellos es gente mayor. No creo que haya tenido un tropiezo con alguno. De todos modos, te voy a pasar una lista con sus nombres para que le eches un vistazo.

–Guárdatela, va de suyo. ¿Y no has encontrado un pasaporte nuevo?

–Ni por asomo.

– Pues lo renovó el año pasado, en noviembre.

–¡Ah!

– No sabemos si lo ha utilizado.

–Eres muy amable.

–A mandar, zoquete. Y guarda la imaginación para asuntos agradables.

Zoquete

Comencé a teclear ante la pantalla del ordenador.

HG MANUEL

Entregas anteriores

La fotografía (I)
La fotografía (II)
La fotografía (III)
La fotografía (IV)
La fotografía (V)
La fotografía (VI)
La fotografía (VII)
La fotografía (VIII)
La fotografía (IX)
La fotografía (X)
La fotografía (XI)
La fotografía (XII)
La fotografía (XIII)
La fotografía (XIV)
La fotografía (XV)
La fotografía (XVI)
La fotografía (XVII)
La fotografía (XVIII)
La fotografía (XIX)
La fotografía (XX)
La fotografía (XXI)
La fotografía (XXII)
La fotografía (XXIII)
La fotografía (XXIV)
La fotografía (XXV)
La fotografía (XXVI)
La fotografía (XXVII)
La fotografía (XXVIII)
La fotografía (XXIX)
La fotografía (XXX)
La fotografía (XXXI)
La fotografía (XXXII)
La fotografía (XXXIII)
La fotografía (XXXIV)
La fotografía (XXXV)
La fotografía (XXXVI)
La fotografía (XXXVII)
La fotografía (XXXVIII)
La fotografía (XXXIX)
La fotografía (XL)
La fotografía (XLI)



CULTURA (PUBLICIDAD)


GRUPO PÉREZ BARQUERO

CULTURA (NOTICIAS)



CULTURA - DOS HERMANAS DIARIO DIGITAL

DEPORTES (PUBLICIDAD)


COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

DIPUTACIÓN DE SEVILLA

DEPORTES (NOTICIAS)


DEPORTES - DOS HERMANAS DIARIO DIGITAL
Dos Hermanas Diario Digital te escucha Escríbenos