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EUSA

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

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25 jun 2022

  • 25.6.22

–¡Buf!… Sí, bueno, ninguna de sus preguntas conduce a sitio concreto, y alguna ni merece ser tenida en cuenta. A veces, fijarse en lo simple, en lo cercano, en lo más obvio, da resultado; pero comprendo que no lo tenga fácil, ¿eh?, al menos con lo que yo pueda aportarle. En fin, empezaré por la última. Esto… Castilla y yo nos vimos por última vez hará cosa de… espere… ¿diez años?… no, algo más, y fue en los juzgados. Acudía yo a declarar ante el juez por la denuncia de un mafioso local que me acusaba de haber publicado unas conversaciones, obtenidas de modo ilícito, según él, y así se lo comió el juez, un acojonado, porque el miedo es también otra forma de corrupción, ¡si hubiera visto cómo le temblaban las manos al desgraciado cuando el asesino lo miraba! Castilla se presentó allí, como otros amigos, para mostrarme su apoyo y hacer piña; detalle ingenuo, muy sincero, que tienes que agradecer; aunque, vamos, ¡je, je!, completamente inútil, porque el trago te lo bebes tú solito. Así que, tuvimos ocasión de charlar en el pasillo durante la espera; y si me pregunta de qué, ni idea, ya no me acuerdo. Desde entonces ni he vuelto a verlo ni a saber de él. Tuve mis problemas: estaba amenazado, tenía que andar protegido y alguna que otra temporada, entre aviso y aviso de la policía, debía desaparecer. Añada que también denuncié, por cierto, con la ayuda de un colega suyo, los negocietes y aleluyas de algunos políticos locales, sobre todos el interventor del Ayuntamiento en aquel entonces, ¡menudo pajarraco!, protegidos por sus partidos, los mismos que presionaban para aferrarse al timón del periódico. Ya se puede imaginar el clima; así que, debido a ese ambiente de indiferencia: la impunidad que otorga el borreguismo generalizado, empezaron a fallar las cuentas y mi periódico tuvo un recorrido de mucha dificultad. Estas semillas, por mucho que te la juegues, caen en baldío, se las lleva el viento; sin raíz no hay memoria, y si tú no te fajas, si no espabilas y te reinventas, está níquel: te quedas en la cuneta. Bien, no sé qué más puedo decir que de algún modo le sea útil. No es bebedor, y lo sigo creyendo a pesar de lo que usted afirma que le han dicho, que no lo dudo, ¿eh? No es mujeriego, huye de la bronca, nunca lo vi apostar…. Siempre fue amigo de sus amigos; esto es como afirmar que el agua moja, ¿entiende?, aunque no creo que tenga muchos, su carácter retraído lo impide… –un breve silencio–. Y no le conocí amenazas ni deudas, y tampoco a nadie que lo quiera mal. El único defecto, digamos reseñable, que yo le encontraba, no resulta tan fácil achacarle defectos a alguien tan plano, es el orgullo. Castilla es un tímido orgulloso, y eso perjudica a quien lo padece, porque sumarle orgullo a la timidez es una desgracia. Y sé de lo que hablo, he sido testigo. ¡No me fastidies! –se gritó o le gritó a alguien.

La nueva interrupción me sugirió un zumo de naranjas; fue corta y me quedé en la intención.

–Mire –volvió a la carga–, ese defecto, amén de que es cero ambicioso, le ha quitado muchas oportunidades, y aquí ponga lo que quiera. Por un malentendido sobre que yo lo había menospreciado… Mire, le cuento, así me entiende. Se inauguraba una galería de arte y tenía que entrevistar al dueño, el distinguido hijo de Luca Ursino, el muy distinguido marchante de arte renacentista. Como la materia artística nunca ha sido lo mío, recurrí a Castilla, él sí muy puesto en ella; por entonces, yo había abandonado el piso, nos veíamos poco. Casualmente, él pasaba una mala racha; su padre había caído gravemente enfermo y el enorme gasto médico mermaba la mediocre economía familiar, el sacrificado ahorro de la madre no daba para enviarle dinero suficiente… En ese día, por lo que fuera, no había comido y aprovechó la circunstancia, se quitó el hambre asaltando las bandejas de canapés que paseaban por la sala, y yo lo animé, la verdad. El galerista se dio cuenta y soltó una gracia ante el grupo de invitados: gente guapa, farándulos, algún político, los hay a granel, y algún cuñado, que tampoco faltan… Yo, por quitarle importancia, creo, reí el comentario, más despectivo que gracioso, encantado de seguirle la onda a una rubia, je, je, que se mondaba a mi lado. Pero, fíjese… paradójicamente, un momento de bohemia auténtica lo avergonzó. ¡Sí, que sí…! ¡Me vale, sí! –se interrumpió de nuevo para gritarle a alguien.

Oí murmullos, el consabido tecleteo, un rechinido y a él alejarse.

Suspiré; me masajeé la nariz, me froté el cogote. Le oí volver.

–Ya le digo –prosiguió–, no soportó el bochorno y escapó de allí como alma en pena. La vergüenza, el ridículo son sentimientos que el bohemio desprecia porque carece de orgullo. Pero los tímidos como Castilla se protegen, precisamente, con el orgullo. A cuenta de aquello se interrumpió nuestra amistad. Y quedó latente hasta que un día apareció por el periódico para elogiarme un artículo. No es rencoroso, le sanan las heridas, ¿sabe?, ni mencionó lo sucedido, y yo lo acepté. Por otro lado, los tímidos dan en ingenuos, le pongo otro ejemplo, venial, ¿eh?, hoy tengo el día. Este sucedió mucho después; yo dirigía un periódico y él ya era profesor… Verá, yo destapé un asunto delicado: comisiones, sobornos… con un hilo muy largo, y mantenía la exclusiva. Pero un importante medio nacional quiso pastelear el asunto según un determinado interés político. Así que, so pretexto del halago: quisieron distinguirme con esos colgajos de periodista sagaz, independiente, etcétera, enviaron a uno de sus redactores para entrevistarme. Se dio la casualidad de que hablaba con Castilla en mi despacho; yo le comentaba someramente el asunto. Así que, aprovechándome de su visita, lo presenté al periodista haciéndole creer que Castilla era buen conocedor del asunto. Y allí los dejé, a solas, je, je. La estratagema duró cinco minutos, lo que el enviado, un tío experto, necesitó para asumir la pamema. Castilla necesitó el frío del tiempo para olvidar la broma. Orgullo, nada más; eso sí, distinto al rencor. Por otro lado le sumo el asunto con una filipina, o no era filipina y la tía trabajaba en una ONG filipina, no recuerdo bien, del que salió trasquilado: le costó sufragar algún viaje y otros gastos… inconcretos, dejémoslo ahí. Yo le advertí pero fue inútil, él no atiende a otra razón ni criterio que los suyos. En fin, no entro en más detalles porque a usted no le sirven ni le interesan; solo sirven para que se haga una idea del ingenuo intransigente que es. Un impulsivo; se cree lo que le dicen y no averigua lo que debe antes de echarse al agua, sobre todo si enredan por medio los sentimientos.

–Hombre obstinado… –insinué.

–Evidente, sí.

–Y parece que bastante crédulo.

–¡Je, je! Sí, un pardillo, no se corte, acabo de decirlo. Y añada testarudo, un cabezón de tomo y lomo. Y lo dejo, el tiempo se ha terminado. Ya le llamaré, tengo su teléfono, y me dirá cómo le ha ido, si no le importa –contenía la voz del periodista un tono liviano, saltarín, cercano a la indiferencia, que no supe calibrar.

–Puede que se haya decidido a desaparecer durante una temporada.

–Mire, eso le cuadra, sí. En fin, ha removido usted recuerdos que tenía olvidados. Y, mire, lo agradezco la llamada. Es agradable. Un soplo del ayer, je, je, en el ahogo de esta crisis que nos devora sin pausa, no me refiero a la economía. En el vendaval mediático, tan cambiante, el periodista que no venga de fábrica con el cuello de los pavos: largo, muy largo, cuanto más mejor, para que le vaya pasando y no lo ahogue la bola de incertidumbre, descontrol, degradación de la palabra, de la gramática, que nos ordena el pensamiento y, por lo tanto, el mundo, de los clásicos y obsoletos valores periodísticos… ¡Joder, me voy! –y se fue. Cortó su letanía y la línea quedó muda.

Yo me quedé abstraído; cotejé esto y aquello, removí la ensalada, le di unas cuantas vueltas al bolo y obtuve una conclusión: nada, o casi nada; era como ir dibujando, de oídas, con descripciones contrarias, un muñecote disparejo, desproporcionado. No entré en los amargos augurios del periodista: negro esbozo que yo achacaba a su situación (la desconocía, nunca había leído su periódico, pero su acre pesimismo me hicieron barruntarla). Mi problema exigía rapidez; el valor de mi tiempo lo pagaban otros. «Bueno, como el de cualquier atosigado», me consolé. Y, ¡plin!, me vino a las mientes la frase de Perals.

De camino hacia mi oficina, respondí la llamada perdida del comisario Borrego. Era una tontería ir al anatómico forense; en el servicio de identificación, tanto de la policía como del ayuntamiento, no aparecía registrada ninguna huella de Castilla; por tanto, «su cuerpo no ocupa ningún frigorífico». Aunque si quería regodearme un poquito, Gándara, un inspector de su confianza, me facilitaría el trámite.

Ahora fui yo el que lo mandó a hacer puñetas.

HG MANUEL

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18 jun 2022

  • 18.6.22

–Pues aprovecho y le pregunto. ¿Tiene algún problema… emocional el señor Castilla?

–La preguntita… Mire, y quién, no. Yo hablo de actitud. De cómo se gobierna la ambición. De cómo se entra y se sale de… ¡Bah!, mala idea, déjelo, se despistará –se hartó. Era un tipo nervioso el periodista.

–¿Era bebedor el señor Castilla? –insistí.

–Tanto «señor»… Si le oyera el tratamiento, y tan seguido, seguro que desconfiaba de usted. La verdad es que se las ha cogido, pero no se le puede llamar «bebedor». La juventud es la juventud, y la madurez, pues la madurez. Con esta tontería le digo que de jovencito: estudiante, aspirante a escritor, iconoclasta… con la sopa de ideas que le he descrito, pues se las cogió. Y no por gusto, le entraba mal la bebida; era imitación, pura imitación. Sume a la confusión las maneras del bohemio, a lo Valle-Inclán, porque había leído la biografía escrita por Gómez de la Serna, y a otro… a Cansinos-Asens, los tenía muy manoseados… También probó del agua turbia de Miller, pero ni de lejos se acercó a sus trópicos. Sólo era ingenuo, le repito, un muchacho muy educado que se esforzaba en no parecerlo y a veces se aturdía. Mire, le pongo dos ejemplos. En el primero está lo que él llamaba, secundado por otro que tal bailaba, un amigo suyo, un tal… Hernández, creo…

–Hernández, sí.

–¡Ah!, ¿lo conoce?

–Y le sigue dando al frasco, si hablamos del mismo Hernández.

–Pues le envidio el hígado, a su edad… que será la mía, por cierto. Porque dos Hernández distintos y coincidentes en lo mismo no puede ser. ¿Y él no ha sabido decirle…?

–Me ha dicho, pero no suficiente.

–Lo siento, por usted. Bueno, pues sigo con el primero de esos ejemplos. Le hago la crónica… –se sucedían lapsos, breves caídas de voz, ocupados por ráfagas de tecleo–. Con este, Hernández, un latoso, solía aparecer por nuestro piso y yo los acompañé alguna vez, se iba de tertulias literarias por algunos cafés, todos antiguos o meramente viejos: toque imprescindible era la costra de mugre, y empleo el plural porque duraban en cada sitio lo que el dueño tardaba en hartarse de sus alborotos y largarlos. A ellos acudía la tropilla de letraheridos dispuesta a moquearle la saya a las musas; y allí, entre discusiones, gritos y flatulencias, se cogían la cogorza, tradicional finura, ya sabe, del talento literario. A este repetido ejercicio ellos lo llamaban, asómbrese, el «ibídem literario», y eran de coñac, siempre, y no me pregunte el porqué de esta preferencia, ni del nombrecito absurdo si se tiene en cuenta las veces que cambiaron de local. Los «ibídem», muy de pipiolos, pasaron y ya. El segundo ejemplo de borrachera, una sola y muy seria, es de naturaleza distinta. Verá, le cuento; aunque esto ya no le importa a nadie, y lo conserva mi memoria por extraño y doloroso, un residuo, me lo explico así, del propio hastío de vivir –«¡Vaya!», me dije, «se me ha puesto trascendente el periodista»–. Era nuestro último año de carrera, la exigencia profesional comenzaba a imponerse, yo había realizado mis prácticas veraniegas, ensayaba mis primeros artículos, algún reportaje… Bien, pues casi todos los días, después de nuestra sesión de estudio, a la anochecida, antes de ir al periódico para ganarme el puesto, que diría Pulitzer, no se ría, solíamos darnos una vuelta por la zona; allí nos tropezábamos con amigos, compañeros de estudios, algún ligue y demás… –Lo interrumpió un golpe: el teléfono.

Chirrido de silla, pasos. Silencio.

–¿Oiga? –musité.

La comunicación seguía: unos golpecitos, intercambio lejano de voces… Uno, otro minuto. Decidí que podía aprovechar para concertar otra cita; aún me quedaban por entrevistar algunos de los firmantes del contrato. Usé el otro teléfono, la conversación fue breve: aquellos señores, los últimos de la lista, degustarían una fraternal comida a bordo de un yate «en mitad de la bahía». Pasos que llegaban…

–Perdone –fue su explicación–. Le decía… Sí. Había una chica, guapísima por cierto, que estudiaba historia del arte, con la que solíamos coincidir en uno de aquellos bares, no recuerdo el nombre, de inmediato convertido en parada obligatoria. Ellos se hacían ojitos y se decían sus cosas, siempre a distancia. Se habían encontrado, ¿comprende?, un flechazo. Un buen día hubo pie y Castilla venció su timidez, lo ha sido siempre, un tímido, ¿eh?; se le acercó, digo, y hablaron, con mucho caramelo; tuvieron su aparte, ya sabe. Entonces, alguien, un amigo de ella, el clásico metepatas inoportuno, se presentó, los interrumpió y destrozó el encanto; gracias a ese merluzo no pudieron concretar. Pero no importaba, lo harían al día siguiente; lo capital era que ya se conocían: habían hablado y se gustaban, era evidente. No he visto persona más feliz ni con tantos proyectos ni… ¡Lo que puede la ilusión! Volvimos al día siguiente. Ella no estaba; esperamos, primera decepción. Repetimos; él se quedaba y yo me iba. Al rato volvía y se encerraba en su cuarto, ni media palabra. Así, todos los días, una semana y otra. ¡Decepción, dolor, alarma, qué sé yo! Pasaron unos meses, nuestras rutinas y tal. ¿Y dónde buscarla? Castilla desesperaba. Sólo sabía que estudiaba arte y se llamaba… pongamos un nombre… Encarnación, o Maite, o… bueno, convengamos en Encarnación. Sé que también la buscó en su facultad, pero no dio con ella. Después, un día… entre semana… por la zona, como siempre… él esperanzado, y empeñado en no perderse una cara de chica… ¡pumba!, nos la tropezamos. No se imagina el golpe, la conmoción. Fue eléctrico, una descarga. Quedamos paralizados…

Y se paralizó la línea. ¡Otra vez! Me entraron ganas de mordisquear el teléfono.

Me levanté, di unos pasos por la habitación (no cabían muchos), solo ida y vuelta; fui a la cocina, llené un vaso de agua, di un sorbito… Volví, agarré el teléfono: un zumbidito… Solté aquel aparato mudo, me estiré un dedo, respiré profundo antes de volver a cogerlo… Y, por fin…

HG MANUEL

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11 jun 2022

  • 11.6.22
Serían las siete de la mañana de un día que se anunciaba esplendoroso, cuando me importunó el señor Flores; se escuchaba un zumbido, un martilleo, el zumbido, el martilleo, y así, a ritmo, mezclado con voces. El hombre ya viajaba (a juzgar por el ruido, en un tren), tal como afirmara la noche anterior.


Entre desayuno y ejercicios matinales pasó el tiempo y llegó la hora, prudente me pareció, de llamar al periodista. Respondió Cardenal con inusitada rapidez. Le expliqué el caso y enseguida se avino a colaborar.

–Espere, un momento –me ordenó, todo dinamismo.

Y lo hice durante no menos de diez minutos, que pasé entretenido en cambiarme el teléfono de oreja.

–Perdone –se disculpó, de aquella manera insustancial, sin concederle motivo, cuando le daba otra vuelta a mis notas y la oreja correspondiente ya comenzaba a protestarme–. Tenía que comprobar la fuente.

–Lejana pero es muy buena: el mismísimo señor Flores –le seguí el tono–. Creo que anoche lamentó su ausencia.

–Seguro que sí, pero no quise aguarle la fiesta. Asistía cierto caballero con el que tuve que ver no hace mucho tiempo.

–Apuesto a que sé quién es.

Escuché una risa alegre, infantiloide, espontánea.

–Parece que es usted un buen detective –ironizó–. Pues sí, el hombrecillo se hace notar mucho, es un gran… –y le volvió la risa–. Flores me cae muy bien; yo comprendo que tiene que navegar entre dos aguas, pero está haciendo una labor maravillosa con lo poco que va quedando del patrimonio histórico, y no lo tiene fácil. También es amigo de Castilla, desde la infancia.

–Lo sé, me lo ha dicho.

Enserió la voz y me pidió que le informara.

Lo hice someramente, haciendo hincapié en aquellos puntos que me interesaban. Él permaneció a la escucha, entre curioso y genuinamente interesado.

–A Castilla no le ha pasado nada que sea distinto a un accidente. Todo lo demás quíteselo de la cabeza.

–Lo afirma con mucha seguridad.

–Solo es una opinión, creo que fundamentada. Nos conocimos en la universidad, compartimos piso, y puedo asegurarle que es una de las personas más sensatas que conozco. De joven tuvo sus veleidades, presumía de espíritu aventurero y tal, como yo, ¿y quién no a esa edad? También le digo que Castilla era un revolucionario, teórico, se entiende, como la mayoría de los universitarios: cambiar el mundo, ¿le suena? El instinto juvenil, atiborrado de ídolos mal digeridos, pretende que le abran la puerta dándole sonoros puñetazos al aire. Es lo de siempre. Hoy, los ídolos son más livianos; algunos, francamente miserables o detestables o…

–Le noto pesimista –corté la retahíla.

–Soy periodista y ya; prolongo la mirada de quienquiera mirar, hasta el detalle más sucio, o estúpido, o trágico –¿por qué no añade «limpio», me pregunté–. Esto que le digo, contra lo que parezca, es mera descripción. La juventud desaparece y quedas integrado en el sistema, que es siempre variable, en continua tendencia. Castilla era un alma solitaria, y resulta que su afán de aventura se resolvía en su interior: imaginando. Leer, pensar y escribir; nada que fuera más allá. Le cuadraba muy bien ganarse la vida como funcionario, ¿comprende?, toda su aventura era interior, je, je…

–Algo así me comentó el abogado –cada poco, su voz se apartaba, así que esto no debió escucharlo.

–Entonces –continuó–, pues fíjese que, tras la licenciatura, incluso mucho antes en mi caso, yo opté por mi vocación, con todos sus riesgos, porque nunca fue fácil, ni lo es, ni lo será, eso está níquel; en cambio, él eligió hacer oposiciones. Aunque tuvo sus épocas, como todo el mundo. En los primeros años de universidad le entró la fiebre inmoral, a lo Henry Miller, y le dio al frasco, al porro y a la vomitera; pero muy temperado, muy borreguil. Después pasó a lo amoral, ya ve, de todo se prueba: Sartre, la Beauvoir, Garaudy con sus bandazos, etcétera; pero yo creo que se decantó más por Camus, este sí le sirvió de guía. Hasta que descubrió a Ciorán, aquí ya se puso insoportable. El existencialismo, la carga de pesimismo… ¿Recuerda? –pregunta retórica.

–Más o menos –dije, para interrumpir, se estaba alargando.

Pero él continuó, imperturbable:

–Le estoy hablando de fiebres, las del estudiante que descubre mirillas para contemplar entre admirado y entontecido las nuevas y fascinantes intimidades del mundo. Castilla quería ser escritor, poeta es más concreto, lo soñaba; todo lo demás era secundario, salvo la inclinación por sus estudios. Siempre tenía libros esturreados por la habitación, no sé cuántas fichas de varias bibliotecas. Aparte, en especial, ya le digo, la poesía. Se deleitaba con los Machado, con Dámaso Alonso, Aleixandre, con su amado Unamuno… quizás los imitaba, se decía alumno de ellos, sin olvidar a Lorca ni a Salinas ni a Rilke ni a León Felipe ni… ¡buf!, por supuesto, a su amadísimo Virgilio, en latín, naturalmente. Aquí me paro, y admire la sopa. Vivía con la fiebre y no paraba de emborronar folios, cuartillas, cuadernos, que amontonaba en carpetas. Yo le pillé alguna, con su tolerancia más que con su consentimiento, y reconozco que no lo entendía del todo, pero rebosaba talento, lo tengo meridiano, ¿no? Y porque me acordaba le ofrecí después una colaboración en mi antiguo periódico. Me dijo que estupendo, creí que muy animado. Y cómo no, pues que lo fue dilatando, me daba un montón de excusas y así rodó la cosa: nunca llegamos a nada. Algo sicológico, sin duda; y esto se lo apunto, tantee por ahí. No sé qué habrá hecho con todos esos borradores. Si los ha perdido, si los ha quemado o si los guarda en un sótano. ¿Usted le ha leído algo?

–No.

–Pues yo, aparte de borradores y un librito juvenil, tampoco.

–Le publicaron otro, dedicado a la muerte de su madre.

–Su madre, una mujer delicada, muy atenta. La recuerdo ofreciéndome una hospitalaria copita de anís y unas pastas servidas en un platito con banda azul. Su casa era de una humildad resplandeciente, todo sencillo y exacto, con ese olor a diáfano que yo asocio al de lavanda. Algo de todo eso impregnaba a Castilla, créame. No sé si lo conserva, je, je. ¿Otro, dice? ¡Ah, sí, claro, que tonto, aquel libro! Pero no llegué a leerlo, no recuerdo por qué. En cambio, no he olvidado que él sentía predilección por una pequeña editorial. Autores escogidos, edición muy cuidada, tapa dura, respeto al texto y demás. Nueva pero ya de éxito en nuestra época; terminó engullida por un grupo editorial que la ha vulgarizado. Envió uno de sus poemarios; le puso fe, me consta, pero le devolvieron el trabajo con una carta de agradecimiento. Una decepción, quizá definitiva; no tengo noticia de que volviera a intentarlo. Perdió el interés, en publicar, no en escribir, eso nunca. Hay quien no baja el listón que se impone, no sabe, y luego llegan las consecuencias –dejó que me las imaginara.

HG MANUEL

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4 jun 2022

  • 4.6.22
–No me haga usted caso ‒rechazó el señor Flores, despabilado así mi airado ensimismamiento‒. ¡Ah!… algo se me olvidaba –me señaló, de broma o enigmático–, le daba vueltas… y lo acabo de recordar, puede que le sirva. Él, Cardenal, el periodista, resulta que es amigo de Castilla, surgió el tema en una de las tantas conversaciones que hemos tenido. Pienso que si habla con él quizá pueda informarle de algo que yo desconozca. Particularmente, yo necesito esos encuentros con Castilla, nuestros amables intermezzi, casuales, esporádicos, en cualquier parte: paseando una calle, sentados en una terraza… Recuerdo, me resulta inevitable, cuando venía con los otros a jugar a casa después del colegio, que organizábamos, más bien los organizaba yo, campeonatos de fútbol: cada uno elegía el nombre de su equipo favorito y disputábamos con mucho entusiasmo en el pequeño futbolín. Yo anotaba los resultados en una libretita, sumaba los puntos y llevaba al día una tabla clasificatoria. Quería ser periodista deportivo, mi gran vocación; de hecho, mi primer libro, publicado por la editorial Balmis, ¡el gran don José María!, fue una modesta historia del deporte local. Existe algo entrañable entre nosotros, todos…


«¡Ya estamos!» me sublevé, harto de tanta historieta, párrafos y parrafadas; aunque mantuve la cara de palo, a duras penas disfrazada de interés.

–¿No cree que pueda estar de viaje? –lo interrumpí, muy seriecito.

–¿Castilla? Pues… no lo sé. Le recuerdo, éramos muy jóvenes, una frase nada original: «Si adónde vas te llevas, entonces para qué ir», y no se me olvida porque es tremenda, mucho más en boca de un crío. Tal vez se la inspiró algún desengaño o… el consabido hastío juvenil; pero sigo creyendo que contiene todo el tedio del mundo, y algo de esto, como diría… contamina su vida, o yo lo presiento así, desde entonces. Él siempre tuvo algo de fatalista, y con ese ánimo… pues, qué quiere que le diga, muy lejos no se puede ir. Además, Castilla es, a su manera, un tímido; quiero decir que prefiere el segundo plano, y rehúye la evidencia. Exponerse, contra lo que parezca, conlleva responsabilidad, a veces mucha, pues contraes compromisos, ineludibles; más exigentes, o mortíferos, los públicos –secreteó (o, reiterativo, se justificaba), y contra mi esperanza de que cesara la monserga–; y aunque parezca figureo…

Yo volví a interrumpirlo.

–Entonces, si usted cree que no se ha ido de viaje…

–Yo no he afirmado…

–…tal vez se haya recluido en algún lugar, lejos del mundanal ruido, para escribir, leer, meditar, o buscar a una…

–¡Ah, eso está muy bien visto, sí, muy bien! –fingió animarse, así lo noté, el señor Flores–. No se me había ocurrido, cuando es de lo más obvio, claro que sí.

Se venía alzando un pequeño revuelo cerca de la puerta. Fue entonces cuando la dinámica catedrática de historia antigua, la avezada y rubicunda amazona, llegó para interrumpirnos; afanosa, refregándose las manos, me orilló de su alentadora sonrisa, dedicada entera y vera al presidente.

–Francis, cariño –melindreó–, la Importante ha llegado. Viene con todo su séquito, y no te enfades, incluye a un par de fotógrafos.

Presto, aplomado, se puso en pie el señor Flores y se ajustó la corbata.

–Por qué me iba a enfadar. Ya lo imaginaba, igual que tú. Sin perdón ni olvido –bromeó–, le daremos su buen coscorrón en el momento oportuno –le rozó el hombro con la punta de los dedos. Y prolongó el gesto en dirección a la puerta por donde los invitados, en pequeños remolinos, comenzaban a salir; me invitaba a seguirlos–. Puede asistir si quiere. Soportará una charla sobre la necesidad de unificar procedimientos metodológicos, ya sabe que cada cual concibe su proyecto, incluso político. Y hablando de coscorrones –conchabó a la rubia, y se sonreía dirigiéndose a mí–, otra cosa, urgente: se han hallado unos restos de muralla en las obras de ese futuro centro comercial… no recuerdo el nombre. La casualidad, una de nuestros aliados, más un chivatazo nos han puesto sobre aviso y queremos detener las obras; no dejaremos que la ambición destruya esta fuente, una más –peroraba–, que nos habla de aquel plan fundador de la ciudad, hoy tan maltratada por el egoísmo: una variante de la estupidez, y por otra de sus múltiples caras: la indiferencia de los idiotas, llamados así por los griegos, no crea otra cosa –me aclaró, sin yo pedirlo–. Veremos si lo conseguimos. ¡Ah!, le diré, por si le sirve, que en ocasiones, quizá las más inesperadas, Castilla carecía de tacto. Podía herir en lo más íntimo con una indiscreción, impensada, sin mala intención, por supuesto… Estas son las peores –se sonrió, y me dio qué pensar: me recordó a Hernández.

–¿Podría darme el teléfono del periodista? –le pedí, cuando la rubia catedrática ya lo tomaba por el brazo.

–Por supuesto. Mire… –tironeó de él la rubia–. No, si ya, querida Palmira. Si asiste al acto, se lo puedo dar cuando finalice; pero si tiene prisa o no le interesa, lo llamo esta noche o mañana a primera hora.

Sin decidir, aunque optaba por lo segundo, le entregué apresuradamente mi tarjeta. Los seguí despacio: el bullicio de los presentes los iba engullendo, y tomé asiento en la última butaca de la última fila; ante mí, en proyección de totilimundi, las espaldas y cabezas de los invitados, sobre el estrado el orador y la presidencia ornados con la figurería en caballeros y caballos de un enorme tapiz. ¿Me interesaba escuchar la aventura del documento? Cuando el primer asunto comenzó a enredarse entre la capacidad crítica y la creatividad científica, más otros adornos mentales de la arqueología, mi ignorancia, aliada con mi pejiguera, comenzó a echarme. Discretamente me levanté y salí.

Bajé la escalinata, alcancé a oír un leve trueno de aplausos –al parecer, oportuno, abandoné cuando comenzaba lo bueno–; dejé atrás la gran portalada, caminé bajo los árboles y farolas de la céntrica calle, y de buenas a primeras se me iba ocurriendo que el señor Flores, el presidente del Círculo para la Protección y Cuidado del Patrimonio, había esquivado algún encuentro indeseado o simplemente inoportuno fingiendo (ayudado por doña Palmira, catedrática y fiel guardiana) que estaba ocupado conmigo. De rebote, entretuvo la espera soltando el verbo pamplinero con disquisiciones teóricas, en plan de confidencia, sobre el altruismo y el provecho, no sé si tomándole el pelo en tono delicado y a base de bien a un candoroso detective.

–La realidad contra la idea… ¿Cuál ganará…? Siempre es bueno escuchar al que sabe… Aunque tengas la cabeza como un bombo… Tanta palabra y tan parva cosecha… –me iba diciendo, resentido o lunático, calle adelante.

HG MANUEL

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28 may 2022

  • 28.5.22

–Fascinante… ¿verdad? Estaría mirándolos un año entero. Palestri y yo veraneamos juntos, cuando niños. Nuestras familias coincidieron muchos veranos.

–Cada cual a lo suyo –se me ocurrió decir.

–Creo que a usted lo he confundido con mis palabras –alargaba Flores algún comentario que yo no recordaba–. Sí, cada cual cumple su papel; y ya metidos en él, todos cobran y todos pagan: quid pro quo… Este buen hombre –se refería al pequeño– ha conseguido embutir en un cuerpo tan menguado –¿le noté vacile?– una soberbia de gigante, ya desde crío apuntaba maneras. Y la necesita, preside un gran consorcio de empresas contra viento y marea: vientos políticos y tormentas económicas, dos perturbaciones recurrentes, muy difíciles de sortear. Él dispone de grandes medios publicitarios, pagando en efectivo, claro, pero se aviene al patrocinio y nos ha pegado la etiqueta de una de sus empresas, aquella precisamente con la que más chocamos. ¡Un socarrón imperativo! –le estalló un clavel de alegría sarcástica–. Esto nos cuesta sudor y lágrimas a uno y otro lado de la trinchera: empresa constructora versus protección del patrimonio. Nosotros le prestamos algo muy codiciado: el prestigio que conlleva la filantropía; su nombre y el de una rama de su negocio, del que dependen vidas y haciendas de muchos tamaños, quedarán grabados en los anales de esta ciudad y, cómo no, en anuncios, en folletos… Ellos, y lo subrayo, a cambio, tan solo nos dan dinero… más un pequeño añadido de tolerancia; pero, pero… el dinero conlleva algo, y no pueden evitarlo, que en esta lucha resulta imprescindible: influencia. Es el punto central. Con ella…

–Usted habla –lo interrumpí, conteniendo mi malestar– y yo imagino a Tarzán en un árbol consultando su libro de ética antes de reunir a su panda de monos para enseñarlos a buscar comida.

Apretó los labios y se sonrió, divertido o molesto, el señor Flores.

–Usted exagera –se quitó las gafas, las inspeccionó–, a la par que degrada. ¡Lo de monos…! –estiró los brazos y se echó hacia atrás: me reprendía–. Comprendo y asimilo, vanidosamente, la antonomasia: ¡yo, Tarzán! ¡Maestro de monos! ¡De estos monos, nada menos! –se frotó un ojo y volvió a ponerse las gafas–. En esta asociación, cualquier… mono, por distintas y estimables cualidades, me supera en valía.

Me escrutó pensativo; no parecía enfado.

Yo habría admirado su muestra de humildad, pero había visto tantas…

–Resulta usted un buen conversador –bromeó.

–Lo dice porque hablo poco.

Casi amplía el gesto hasta la risa. Deslizó una mano por la mejilla hasta pinzarse el mentón y se puso a mirar, como un entomólogo, el comportamiento, la excitada impaciencia, de los grupitos que conversaban. Luego se reacomodó en el asiento y prolongó el tema.

–Si me oyera Palestri hablar de anales, exigiría la devolución inmediata de su dinero –esbozó como si recobrara un resto de risa, venial, algo tonta–. Lo de Tarzán me ha sorprendido, por un momento me he visto… soltándome golpes de pecho, y no me vendría bien, créame –me reprochaba, afable.

No participé de la gracieta; notaba rigidez en la nuca y me ladraba el mal humor.

El señor Flores consultó el reloj y se volvió hacia la puerta de entrada; saludó a alguien, pensativo. Enseguida sospeché que me seguiría dando la chapa.

–Antes, me he calificado de cínico y usted ni se ha inmutado. Le añado un matiz, imprescindible: fatuo. Me he convertido en el perejil de todas las salsas, y lo he hecho a conciencia, créame: la fatuidad es un ingrediente básico, como la sal en la ensalada. Cuando accedí a presidir nuestro querido Círculo consideré imprescindible, ya se lo he dicho, ser relevante, porque la relevancia se determina por la influencia; y ¿ve?, subido a este árbol me encuentro, como Tarzán, usted se ha percatado, ¡buen detective! –faranduleó. Yo me mantuve impertérrito–. Trepas, llegas a las ramas más altas, haces bocina y lanzas tu grito, con mucho trémolo, por supuesto; ¿ve?, solo yo me ajusto a su acertada figura. Desde la altura alcanzas a ver mucha jungla, y entre tanta maleza siempre distingues una ágil gacela, un bellísimo pájaro, una flor exquisita… y por supuesto, si aguzas los sentidos, también adviertes, camuflado en el entorno, al depredador que acecha. Esto es que, para conseguir el indulto de una capilla que estorba o de una placa votiva, o que un yacimiento arqueológico sea declarado patrimonio histórico, o impedir que se construya en el solar que guarda unas ruinas, o que se donen fondos para restaurar un lienzo o rescatar unos documentos, como los que ahora nos ocupan, pues ya sabe aquello de trasladar el idealismo a la academia y el realismo al negocio. Yo, Flores, estoy con lo primero, y al presidente solo le vale lo segundo; y en estas, la conciencia sufre… y llama con denuedo al cínico… –situación peliaguda: su dilema moral, y al parecer trataba de resolverla gastando saliva conmigo; a media voz, la justa para que yo atendiera sin meter baza.

–Oiga, disculpe… –intervine, para fastidio del presidente–. Si tiene algo más que decirme del señor Castilla… –me alcé un poco y conseguí girar la cabeza para alejarme de la monótona justificación, si lo era, del señor Flores, y enfriarle la verborrea; entonces vi a la rubia salir al paso de alguien que pretendía acercarse. Yo me frotaba la frente porque el insidioso malestar, ahora más descarado, me estaba aguijando las ganas de saltar y pitármelas. «Paciencia, paciencia…», me imploraba.

–Castilla… sí, mi buen amigo Castilla –ahora, creí apreciar, le costaba regresar al trastero de la memoria–. Pues… continuando lo anterior… Hablaba de confianza, sí, y le decía que Castilla… que aquellos niños que fuimos se replican en estos viejos que somos; pero, claro, el milagro dura lo que el tiempo del encuentro; al final, la despedida impone la distancia que la vida ha venido tramando entre nosotros, ¿no? Pero esto es natural, le ocurre a todo el mundo: la falta de roce entibia los afectos, interpone criterios, diferentes puntos de vista sobre los mismos temas… –alzaba la cabeza y se estiraba contra el respaldo, miraba el reloj y distribuía palabras, recreándose. Yo comenzaba a maldecir; con amigos tan redichos, no me extrañaba que Castilla se hubiera evaporado–. Por ejemplo: le hablé de esta asociación, que considero muy importante, y lo es, mucho más allá de consideraciones personales; y le entusiasmó, ponderó nuestro esfuerzo, pero él, sin decir que no, rehusó participar en ella. No le oculto que me sentí muy decepcionado, aunque no se lo reproché, ¿por qué había de hacerlo?, cada cual tiene sus prioridades; nunca hemos vuelto a sacar el tema. Mire, como le decía, actualmente comparto mi vida con una mujer a la que ni siquiera conoce, tampoco ha visto crecer a mis hijos, ellos ni siquiera saben que existe, ¿comprende? Cuanto se aclare el supuesto misterio que nos preocupa, será una magnífica ocasión para reanudar nuestros diálogos interrumpidos o simplemente no pronunciados, se pierden tantas oportunidades… También puede, es lo más probable, que todo siga tal cual, cada uno en su sitio, llevando su vida. Cierto es que para los arqueólogos el tiempo camina a la inversa: recuperamos lo antiguo, recomponemos aquellos hilos rotos… o eso pretendemos. Con la amistad sucede otro tanto: nos queda ese yacimiento, soterrado por los años, tan bello, tan valioso, y extraemos de él tantas cosas que explican lo que somos… –dejó el señor Flores que flotara con ligereza de nube la evocación, mientras escarbaba someramente entre aquellos restos de sus sentires.

Yo, mascullando contra la resignación, me puse a admirar los grandes cajetones del techo, su vergonzante desnudez que reclamaba…

HG MANUEL

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21 may 2022

  • 21.5.22

–Me lo imagino, sí –repuse, con el provecho de un gato lamiendo una raspa.

–Pues entonces sigamos con lo que aportan y se llevan la alcaldesa y demás autoridades locales. Al principio se mostraron muy renuentes; es curioso, nunca te dicen que no, pero cuando les presentamos el proyecto dieron largas y nos fueron degradando de cargo en cargo hasta quedar en la rúe, ¡je! Cierto es que les somos incómodos por nuestras apelaciones, denuncias, etcétera, acciones que justifican, precisamente, nuestra razón de ser, ¿no?, impedir el abandono y los múltiples atentados que soportan nuestros bienes históricos; además, y para colmo, también pedíamos dinero. Así que, no quedó otra que tomar la iniciativa. Pasó entonces que poco a poco la importancia del hallazgo se fue reconociendo, y comenzaron las llamadas, los ofrecimientos… Tuvimos que parar: era imprescindible barajar muy bien, ¡vaya que sí! Nos permitimos el lujo inaudito –enfatizó, el índice monitorio– de escoger a los paganos. A la alcaldesa le otorgamos el título de Protectora del Patrimonio, que enmarcaremos –unió índices y pulgares–, y será voceado y difundido por medios de comunicación y boletines oficiales; además, esto cubrirá algún desmán que otro cometido, precisamente, contra el patrimonio. Imagine: perder lo poco por salvar lo más, un logro estupendo, ¿no? –forzó y le quedó chata la sonrisa–. Continuemos con los patrocinadores: han invertido un buen dinero; note que he dicho invertir, y he dicho bien: ellos truecan interés propio por interés general, emplean benéfico en vez de beneficio y con este humilde adjetivo que les concedemos hermosean el destino de su dinero –recitó, y mostraba las palmas de unas manos delicadas, con las uñas algo comidas–. La gran valía de los documentos, fuera de duda –reiteró–, se la presta al acto y nos permite la recíproca: corresponder. Hoy, para la exposición, nos servimos del facsímil. ¿Los ha visto? Están en una vitrina, al fondo del vestíbulo.

–No he tenido ocasión –lamenté, no sé si lo bastante compungido.

–Dentro de unos días, fiesta local, los originales se devolverán con toda solemnidad al Archivo Histórico –continuó el señor Flores a lo suyo–. Se sumarán otras personalidades: académicas y políticas, algunos expertos y distintas asociaciones, y se hará con todo el bombo, la pompa y circunstancia que podamos, el CPCP, y esto hay que repetirlo, lo necesita. Hoy, y se lo confío, encuadradas en una rigurosa exposición teórica, meteremos algunas cuñitas que, no es novedad, sarpullirán a más de uno entre los presentes; mas… seremos cuidadosos, los trataremos con tiento, no llegaremos a lo de Catilina –buscó mi complicidad en la broma–, no es fácil ingeniar el artificio adecuado para cada situación. ¿Ha leído usted a Cicerón?

El alzado de hombros se estaba convirtiendo en mi respuesta favorita.

Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? –recité.

–¿Sabe usted latín? –casi grita el señor Flores.

«Más de lo que piensa», le fui a contestar; caprichos del rimbombe de latidos en mi cabeza.

–Ha sido un farol –contesté, muy seriecito.

–La Educación Clásica desaparece. Es lamentable… –deploró, y quedó pabiloso.

Mientras, especulé a mi vez con desahogo, inspirado por una palabra que me vino de molde para lo que estaba oyendo:

–Dispondrá usted de edecanes suficientes para tanta batalla.

Patinó en la duda aunque de inmediato se le abrió la expresión al señor Flores.

–Edecán, batalla… en un mundo tan móvil, tan ligero, con la piel tan delicada… –ondulaba, pensativo, y hacía pequeños volatines con la mano–, exagera. Pero… bien, le sigo el grado y digo que usted ha conocido a una, sin duda la mejor de ellos.

No especificó, y dudé al pronto entre la rubia y la giganta; error, y le di todos los papeles a la primera.

Entonces, mano en ristre, recortadito, inquisitivo y carrasqueño, nos sorprendió el caballerete de marengo. Muelle automático, se incorporó el señor Flores.

–Flores, Flores… –reñía el importante con voz desmesurada para su talla.

–Palestri, Palestri… –admitía el presidente y le apretaba con brevedad la manita ofrecida.

–Totina está entusiasmada, yo mantengo mis dudas. ¿Tanto valen esos folletos descuadernados? Pitino Ruicallado y yo lo dudamos –y le daba de pedradas, con sus ojos duros, aquel muñequito de acero.

–Valen más, Palestri, muchísimo más –aseveraba, insensible a la pedrea y convencidísimo, el presidente–. Tanto, que no tienen valor.

–¡No me joribies con el retruécano! –abroncaba soberbia la voz de bajo–, que esos papeluchos se llevan mucho dinero.

–El mejor que hayas empleado.

–Bien, bien, tú lo dices.

–Y lo firmo.

–Más te vale, voy a poner mucha atención cuando hables –en la perfecta dicción, el tono pausado y profundo, era difícil no vislumbrar el sigilo de una amenaza.

–Y yo te lo agradezco –respondía pimpante el señor Flores–. Será enseguida, en cuento llegue la excelentísima alcaldesa y su séquito.

–Bien, bien –consultó el reloj–. La educación de esa señora… –mascullaba, como si refregara arena, el elegante personajito, y me deslizó un vistazo con la mágica fugacidad de una luciérnaga–. Por cierto, Totina está olé con sus investigaciones.

–Lo sé, me lo ha dicho antes. Al parecer, ya le dan fruto.

–¡Qué fruto ni puñeta! –exclamó encantado–. No se saca de donde no hay, pero ella quiere ser marquesa. En casa ha transformado una de las salas en despachito, y ya rebosa la balumba de papeles. El otro día me viene con uno, de allá por el ochocientos, en el que a un Marqués de No-se-qué, miembro de una tal Junta de Patronos que estableció en un tal Palacete de las Catalinas un asilo para huérfanos, lo apuntan con mi apellido materno. Lo cierto es que, por las señas, me viene que construí algo en el solar…

–Cuello Pelado.

–¿Qué?

–Marqués de Cuello Pelado.

–¡Ya! Regalaría dinero por no llevar ese mote colgando.

–Como cualquier marquesado, una larga historia…

–¡Pamplinas! –despreció–. El meollo del despropósito es el cursillito aquel que le recomendaste. La trae y la lleva de un archivo a otro. Ahora proyecta un viaje a Roma, el archivo episcopal lo tiene esquilmado.

–¡Ah! –se interesó el señor Flores.

–Está más dinámica, ¡más encendida! Se le evaporó la apatía, se le fueron los berrinches, se le quitaron las jaquecas… –se inflamaba el duro mequetrefe–. Vamos, que tanto visiteo de archivo le viene de perlas –muy repinado, mano solapada, compuso ahora un atildado muñequito de porcelana.

–Pues me alegra muchísimo oír lo que dices.

Palestri aquilató la alegría de Flores y se le enfrió la carita.

«El pequeño se las trae», pensé.

–Si se empeña, me sumará el Cuello Pelado de las narices, ¡cago en…! –se enturbió el pequeño–. Y yo te lo agradezco más, sí, sí, pero te oigo luego. Te oigo ¿eh? –roncó.

Me volví cuanto pude; desde tan incómoda postura, vi cómo Palestri, el andar recortado, se aproximaba con mucho empaque al distinguido grupo que aguardaba, inestable, con suaves movimientos de intercambio, en el que su esposa, dicharachera, el bamboleo del rizo sobre la inflada mejilla, amenizaba con trino de risa la primorosa manotada. Demoré en la contemplación (sospechaba que mi compañero de tertulia hacía lo mismo) como si tuviera delante un ciclorama: giraba la evaluativa morosidad de una mirada, la carcajadita asociada a un chascarrillo, el ademán gentil del que cede, el disimulado gesto avizorante…

Recuperé la comodidad en mi asiento y me di con la arrobada expresión de Flores.

HG MANUEL

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14 may 2022

  • 14.5.22
Silueta gris claro con aguas de seda, entremetió su atezada jeta un desenvuelto maduro, de buena hechura: al parecer, donaba por doquier la gentileza de su sonrisa y nos ofrecía una muestra: franca, confianzuda, fresca de lociones y aires marineros.


Vi cómo se le escapaba el mohín al señor Flores, que borró ipso facto.

–Señor académico… –cuello abotonado libre de corbata, y el ademán atlético, le asomaba por la bocamanga un peluco fuera de categoría cuando adelantó las manos, morenas, grandes como tenazas, dispuestas al apretón.

El señor Flores, presto a recibirlo, esquivó galante la amenaza con un efusivo sucedáneo de abrazo.

–¡Martiartu…!

Resonó como la caída por una escalera el recíproco palmeo por espalda y brazos.

–Nos dais una envidia… ¡Un logro como este! –pregonó, rumboso, el recién llegado.

–No exageres, ya quisiéramos, ya –rehusaba con recato el arqueólogo.

–Tenéis un potencial tremendo –abarcaba un espacio ilimitado el arco de sus brazos.

–Oh, tu loa, Martiartu, tu loa…–esponjaba su artificio el señor Flores.

–No, no… Soy completamente sincero. Y, fíjate, precisamente, dentro de Nuestro Plan de Iniciativa Social, motivo de la exposición Arquitectura y Paisaje, que tú bien conoces…

–La conozco, sí, sí, interesantísima, importante, muy importante… –enfatizó, manos en alto, el señor Flores.

–¿Verdad que sí? Ha sido un esfuerzo inaudito –aseveró frotándose los nudillos–. Pues, mira, y por cierto, quiero…

–¿Cuánto hace que no te veo? –se cogió la barbilla, muy interesado por la información el señor Flores.

–Oh –se despistó el otro–, pues no… –«¡Es dulce mirar a los ojos de un hombre amable!» –lo enmudeció con sonoro recitado y mucho arrobo la rubia–. ¡Martiartu, precioso! –irrumpió ella en un visto y no visto de almibarada simpatía, y apresó con celeste garfa la manga del guaperas–. Francis, no te enfades, pero este bellezón me lo quedo. –Si te pones así… –renunció presto, con deferencia versallesca, el presidente.

–Anda, saladín –lo arrebataba la rubia–, deja al presidente para luego. Como ves, está ocupado con aquí el señor…

–¡Oh, lo siento! –se fingió sorprendido–. No quería yo…

–…En cambio –la rubia sujetaba con esmero–, yo estoy interesadísima en ese término: Zeitgeist, que empleas tan a menudo en tus conferencias, porque yo no me las pierdo, ¿eh?, me tienes tan intrigada… ¿Me confesarás qué jauría de espíritus, que plagas terribles encierras en tu Zeitgeist, eh, monín? Porque, te lo advierto, yo conozco algo del origen filosófico…

–Oh… sí… claro… bien… –acertaba el otro a intercalar mientras se alejaban.

–¡Es maravillosa, maravillosa, maravillosa…! –salmodiaba el señor Flores con embeleso. Luego se ocupó de mí: mantenía congelada la sonrisa, y barrunté desazón–. Oiga, se me ocurre… A usted lo ha contratado Perals; pero nosotros, el resto… ¿También trabaja para nosotros?

–Su nombre, señor Flores, está en el contrato.

–¿Entonces…?

–Sí.

–Pregunta tonta, olvídelo. Es que me apetece hablar, con cierta confidencia, de lo que va a ocurrir aquí esta noche, quizá una experiencia nueva para usted.

No sé, tuve la duda, si aquella apetencia era farde o desahogo, o mera suposición mía: se mostraba tan campante y a la vez precavido…

–Yo estoy aquí por… –quise evadirme para volver a mi asunto. Intentaba ahuyentar los insufribles arrumacos de esa estúpida mascota: la impaciencia. Pero…

–Sí, sí, claro, claro, no lo olvido. De todos modos, antes, su actitud…–hizo el gesto de borrar del encerado un mal planteamiento–. Este caballero con aspecto tan… deportivo, ¡y es persistente como el tábano, se te agarra con halagos a la oreja, ¡buf!, es el enviado de su banco con el único propósito… –oteó la sala y me secreteó, mano en boca– de engullir nuestra Asociación. Si lo consiguen, yo quedaré en honorario de corta duración, y en mero artilugio vistoso –desplegó en anuncio ambas manos– todo lo demás. ¡La diosa Sekhmet lo impida! –se cachondeó, creo–. Y como antídoto al acoso, yo sostengo la opinión de todo un emperador: Juliano, quien aconseja mediante carta a Temistio no pasar desapercibido. La notoriedad nos permite ser útiles a nuestros semejantes, completa mi razón Plutarco. Y ¿no lo ha notado? Soy el héroe de la noche –se mofó–. Un héroe volandero y pesimista que le es infiel al propio pesar. Es decir, que soy un cínico o me lo hago, quién sabe. Cínico que procura no ascender a lo ridículo, privilegio fatal, cuando propinas más de un codazo para acomodarte en la henchida jerarquía de la ciudad. De este modo, colocada la punta del pie donde otros ya afirman la planta, la opinión alcanza a escucharse allí donde se debe, porque el principal instrumento de esta Asociación, que yo presido, no por mucho tiempo, mi salud se emperra en echarme –bromeó–, es la voz. Voz ponderada, en todo tiempo y ante cualquier circunstancia, y prudente, siempre prudente. Aunque a veces, cuando es inevitable, se alza en grito. Sí, y llega a lo abierto del patio y lo recóndito del salón. ¡Ah, cuán importante el ingrediente dramático para exponer el in flagrante delicto! –gesticuló teatrero.

El señor Flores, con síntomas de embeleso, consultó su reloj y mensuró atento los animados corrillos, donde ya se despendolaban, confianzudos, voces y gestos. Lamentó, por mí, voluble y dicharachero, que no se ofrecieran canapés ni se sirvieran bebidas. Yo lo agradecí.

–Otro ingrediente de la salsa es Cardenal –continuó–, el periodista que inició todo esto, muy beligerante, editor de 1 Por 365, un diario digital, que nos puso en la pista. Pues bien, le resumo: Cardenal entrevistó a un anticuario, depositario de un lote de documentos de gran valor histórico, y mediante una serie de indagaciones entró en el detalle del contenido, autores y soporte en el que estaban. La procedencia era confusa y sospechó, él es muy incisivo, que tal vez fuera robado, por eso se puso en contacto con un acreditado historiador, especialista en la historia local, que despejó sus dudas: los documentos fueron sustraídos hace no menos de setenta años del Archivo Histórico. El experto le sugirió nuestro Círculo por la Protección y Cuidado del Patrimonio, y a partir de ahí intervenimos, nos hicimos cargo: evaluamos, regateamos y compramos, luego interpusimos denuncia, intervino Perals, etcétera. Cardenal ni siquiera está aquí esta noche: no ha podido, según dice, o no ha querido, según digo; en cualquier caso, acapara nuestro agradecimiento. Nos hemos convertido en suscriptores de su periódico, acudimos regularmente a su televisión en línea, porque también nos conviene, y dispone con cierta antelación del pormenor de la historia, aunque dado su modesto alcance no se notará mucho; de los facsímiles, alguno se entregará esta noche, de las copias digitalizadas, etcétera, también se encarga él, con el visto bueno de Patrimonio. La suma no le reporta mucho, económicamente, me refiero, pero es publicidad de la buena, la que prestigia… ¿Comprende lo que quiero decir? –reclamó mi atención.

HG MANUEL

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7 may 2022

  • 7.5.22
–¡Ay, presidente, presidente! ¡Francis, Francis, Francis! ¡Estoy tan emocionada…!

“El ataque, si lo era, me pilló desprevenido: no entendía el porqué…”.

Prieta la desbordante pechuga, cadena con pedrería adornando la robusta tersura del cuello, se entremetió una matrona de talla extra grande; nos envolvía la nube de su efluvio dulce y atormentado de madreselva y canela, y ya le arrebataba la mano al señor Flores con sonaja de pulseras y vuelo de muselinas.

–¡Es una noticia tan, tan maravillosa, tan emocionante! –pregonaba con labios gachones, y el rendido entusiasmo atraía la mano hacia la carnosidad del escote, pero el brazo del señor Flores no daba para tanto–. ¿Nos contarás con todo detalle la aventura, verdad?

El señor Flores capturó al vuelo una sonrisa y la exhibía en la boca como un camafeo. Con gran agilidad se tropezó y se levantó; muy cortés y estirado, tomadas las manos con afectuosa firmeza, pulseaba con la giganta.

–Por supuesto, Tonita, en cuanto termine…

–¡Ah!, ¿ya sabes? –cedió ella en su dominio–. ¿Recuerdas el trámite del Marquesado de Cuellopelado, que afecta al título, teórico para algunos y muy cierto para mí, de la familia materna de mi marido? –Sí, sabía: lo afirmó y reafirmó con vertiginoso cabeceo–. Pues noticia: YO he buscado, YO he rebuscado y YO he encontrado un libro de fábrica, de nuestra parroquia de toda la vida, en el Archivo Diocesano. ¡Y contiene varios apuntes que me dan la razón! ¡Tienes que venir a casa! ¡Te lo enseño! –se entusiasmó, y al confianzudo manotazo en mitad del pecho temblequeó el señor Flores.

–Cómo no, Tonina, iré con sumo gusto –se recobró del sopapo con presto arrobo.

–¡Ay, perdón, perdón, perdón, cuánto lo siento! –se desoló la matrona como si se le hubiera caído una porcelana de Vista Alegre.

–¡Qué ocurre, qué ocurre! –se alarmó el presidente.

Pero fue un suspiro.

–Os he interrumpido. No me había fijado aquí, en el señor –y aquella mujerona me observaba con simpática lejanía, desde mucho más allá de su estatura, incluso del lugar dónde estábamos.

–¡Cómo se te ocurre pedir perdón, preciosísima! No interrumpes nada… –la consolaba el otro aliviado, con generosidad prestada, palmeándole los anillos de la gordezuela manaza–. ¿Por cierto, dónde tienes a Palestri?

–¡Ah!, mi caballero está encantadísimo con nuestra aportación. Mira, conversa con los Ruisoñado. Pero tiene un interés grandísimo, pero mucho, mucho –se irguió hasta la tiesura y retiró las manos para capturar un diminuto bolso de piel esmeralda, a juego con la turgencia de su vestido, que ya se le escurría por la bronceada molla del brazo.

–Pues enseguida estoy con vosotros –saludaba el señor Flores a la lejanía.

Yo torcí el cuello para distinguir a un terceto donde un estirado en traje marengo aprovechaba al máximo su menguada estatura e imponía con creces y a ojos vista la exuberancia de su personalidad; alzaba el hombro y movía la manita con ademán enérgico dedicado al señor Flores.

–Ay, sí, bien, muy bien, pues tendremos paciencia –se desoló la giganta. Se iba pero se giró hacia mí–. Y usted perdone, ¿eh?, por interrumpirlos –me dio la impresión, que la disculpa era simple curioseo, una excusa para ojear al anómalo que hablaba, no sabía de qué, con Francis.

Ella se alejó con frufrú y balanceo. Y el señor Flores, henchido por el halago, volvió a su asiento, cruzó la pierna, se cogió la rodilla con ambas manos y se me quedó mirando, apacible; rezumaba una franca ironía. Prosiguió lo interrumpido como si aquel torbellino de señora hubiera sido brisa ligera.

Yo me frotaba el cuello: dada mi posición, la curiosidad continua me obligaba a forzarlo.

–Para un detective es importante no formarse una idea equivocada, ¿no le parece?

–Sí, así es –repliqué, como el que va a tientas, presto a cualquier salida–. Pero siempre es mejor tener una idea que ninguna, aunque en principio no sea correcta –añadí, por aportar algo.

Asintió él, en apariencia acorde conmigo.

–Lo siento; le he visto observar a los invitados, incluidas Totina y Palmira que, créame, son dos personas sencillamente maravillosas. Estoy seguro de que ha notado que todos vestimos con cierta formalidad, ¿no?

–Eso me ha parecido –repuse, y pensaba: «Éste ya me filaba cuando me interceptó la catedrática».

–Y tal vez se ha imaginado algo acusatorio, casi grotesco, de actitud clasista, ¿no? –insistió.

El ataque, si lo era, me pilló desprevenido: no entendía el porqué, tal vez captó una entonación equívoca en mi anterior respuesta, quizás no le había gustado mi modo de mirar a la exuberante entusiasta, o había reparado en mi chaqueta para todo trote; sea lo que fuere, me rehíce enseguida, a pesar del origen cabezudo de mis molestias.

–No lo crea –repuse–, mi imaginación es muy modesta, ni de lejos se acerca a la de un monaguillo.

Comenzaba a empeorarme el humor, tenía el aguante perjudicado tras los vermús con Hernández.

Pero el señor Flores ya se estaba sonriendo, con una picardía tan chispeante que la volvía ingenua. Se echó hacia atrás, se apoyó en el codo, estiro repetidamente los labios como si besuqueara a un fantasma y se entretuvo con la rubia estela de la catedrática, que recogía frutos silvestres en el animado bosque de los asistentes

Yo, revirado en mi asiento, podía admirar el portentoso despliegue: siempre dinámica, siempre atenta, siempre discreta, insinuante o circunspecta; aparecía y desaparecía su chaqueta azul… El señor Flores me explicaba a modo de folleto algo que no me concernía.

–Como sabe –yo no sabía nada–, el Casino ha tenido la generosidad de cedernos algunas salas. En total superamos la treintena los aquí reunidos, y tiene su porqué. Hoy debo narrar la peripecia… no, es más exacto dar cuenta, porque he de recitar cifras, señalar fechas y presentar facturas, del hallazgo y posterior rescate de un importantísimo lote de documentos históricos, y se ha invitado al acto a la excelentísima señora alcaldesa, al señor concejal de cultura, al director del patrimonio, a los patrocinadores, alguno llegado ex profeso del extranjero, a los representantes de dos fundaciones creadas por sendas entidades bancarias, algún director de comunicación, algún editor, a los miembros de la junta directiva y a los tres socios fundadores, amén de consortes, etcétera… –ostentó con pausa el desgrane.

–Una buena cosecha –rezongué.

–Oh, excelente es más adecuado –se cogió las manos y entrelazó los dedos sobre el pecho, signo de beatitud que mitigaba el superlativo. Insinuaba el gesto algo, un añadido, que no supe si era indicio de vanagloria por el deber cumplido o simple habilidad para soportar el hastío–. Y le hará comprender la relevancia del acto.

Fingí calibrarlo y que sí, que ya me enteraba, me hacía cargo.

–El interés de cada uno de estos grupos –deslazó uno de los dedos para señalar vagamente a los que se movían–, salvo el cotilleo corporativo, es diverso. Coincide, empero, en que no es la aventura ni el proceso de investigación que ha culminado con la recuperación de tan valiosos documentos, tampoco está en su importancia ni en su valor históricos, que yo acreditaré esta noche. Nadie se siente a gusto con la cultura: estorba tanto como la verdad, salvo a sus profesionales, que la emplean como instrumento de influencia o de propaganda; pero, si la ocasión obliga, todos firmarán que la necesitan. Le hago esta observación porque…

–Perdón, ¿molesto?

HG MANUEL
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30 abr 2022

  • 30.4.22
Próximo al traspié, subí a un taxi. El humo del día, sus franjas se adensaban en los negros deslices del asfalto y acá se venían, con halos y chispas de faros y escaparates, contra el fino traqueteo de la ventanilla.
“…pensaba en alguien, alguna vez: la hermosa distancia que pasearon mis dedos…”.

Mantenernos a flote… Mi mano entrando en tu pelo… Sonaban en enredo las voces de un tal Drexler y una tal Lafourcade, y le pedí al taxista que elevara el volumen. Se sonrió el hombre. «Hermoso, ¿verdad?». Le di la razón (pensaba en alguien, alguna vez: la hermosa distancia que pasearon mis dedos…), y miraba las calles: ¡Joder, qué día!, me sulfuré. Terminó la canción y llamé para fijar cita al día siguiente, la tontera del vermú así lo aconsejaba; pero el tal Flores, catedrático universitario, académico y «arqueólogo» precisó cuando hablamos, tenía distintos compromisos y un viaje; así que, si quería entrevistarlo, me daba la oportunidad en el Casino, sito en tal y tal: era la dirección de un hermoso edificio romántico sobradamente conocido, una hora más tarde (añadió media, «como máximo», tras un corto regateo). Así que, subí a casa, me di una ducha, me tomé un par de vasos de agua y un café largo con dos galletas y acudí a la última cita –así lo presumía– de la jornada.

Desconocía yo que la sede del Círculo para la Protección y Cuidado del Patrimonio, una asociación con mucho prestigio por su notable actividad, estuviera en el Casino. Y llegué, en punto: 60 minutos.

No lo dijo, pero me dio la impresión de que me estaba esperando. Vistosa chaqueta azul cielo, pelo amarillo de alazor, atirantado por un moño alto y bien prieto, cutis alabastrino por donde cabalgaban contrarios, a mandoble muy vivo, afeites y años, la amable señora, catedrática de historia antigua, según oí nombrarla con arrumaco a uno de los que deambulaban por allí, me abonanzó con su aroma de jardín tierno cuando vino a inquirir por mi presencia. Yo respondía y ella me encandilaba con el agudo aguamarina de sus ojos, algo intensos, y la sonrisa fácil, humedecida por el brillo de los labios, muy dibujados con el rosa damascena del carmín. Tenía un modo de conversar tan cercano que rozaba la intimidad; tras meditarlo un poquito, ya me conducía engarabatado por el codo: un vivaz celeste fulgía en sus largas y pulidas uñas, y colmaba mi desinterés con los pormenores del acto que se iba a celebrar; al tiempo, buscaba, observaba, saludaba, soltaba un dicho o nombraba a este o aquel entre los que nos íbamos cruzando; también le explicó a un despistado la importancia de exigir en fecha el pago de unas cuotas; de modo que tuvo sus garambainas llegar hasta el salón de techo artesonado con cajetones de escayola, y paredes vainilla sin más adorno que cuatro enormes jarrones con relieve policromado, apostados como centinelas en las altas hornacinas de las esquinas, donde me abandonó, pidiéndome (o quizá lo exigió) que aguardara «al presidente» a la vera de una gran lámpara de pie, de estilo morisco, creo, que proyectaba su calado de luces y sombras en la pared.

Permanecí quietecito, con mucha formalidad; afortunadamente, no había nada que beber, ni catedrática o similar que me diera la tabarra; no obstante, un zumbidito me rebotaba en el cráneo. Al cabo de un momento, ni dos minutos, el «señor Flores»: mediana estatura, aspecto aseado, gafas metálicas con patillas de pasta, pelo canoso bien cortado y media sonrisa entre pícara y simpática, apareció por allí, oteó un momento en la amplia soledad de la sala y se acercó garboso.

–Usted es el detective, ¿no?

Afirmé.

Me estrechó con distraída flojedad la mano.

–Me encanta El sueño eterno, un clásico del cine. Usted es más joven que el de la película –me sonreí, pero no entendió por qué–. Creo… Perals no ha concertado esta entrevista, ¿o sí?

Negué.

Un veterano con galones dorados en la bocamanga terminaba de abrir la otra hoja de la altísima doble puerta y comenzaba a entrar la gente acicalada, de porte finolis, que me había cruzado antes.

–Cada cual aportó lo que sabía, en el informe que supongo le ha dado se recoge, al menos yo lo hice. Lo habrá leído –dije que sí, mientras rememoraba sin éxito–. Bueno, pues usted dirá. Sea breve, por favor, la conversación termina cuando nos avisen.

Así que, sin preámbulo, le pregunté por Castilla: cualquier recuerdo de su vida, incluidos proyectos y percances, también amistades, podría servir. Con pausa, gastando modales, el rumor entraba en la estancia; siseo, remilgo de voces, escandalizó inesperado un hipo de risa.

–Uf, usted me pide, nada menos, la etopeya del bueno de Castilla. Por dónde… –se rascó un par de veces la cabeza en tanto resolvía sus dudas entretenido en los que llegaban, y ofrecía ora media sonrisita aquí, ora una levantadita de ceja allá, ora un «¡hola!» insinuado acullá–. Mire, si le parece, nos sentamos allí –señalaba hacia un apartado grupo de sillones que rodeaban a una mesita vigilados por otra lámpara morisca, sextuplicada.

Y eso hicimos, nos alejamos del ceremonioso ruido que crecía y tomamos asiento; me ofreció con abusona cortesía los dibujitos de sombra en la pared, y reservó para él la amplia perspectiva del salón.

–Cómo le diría… –el señor Flores repasaba los dedos por las comisuras de los labios–. Castilla es Castilla, quiero decir que tiene sus cosas, que es muy particular. Él y yo hemos sido muy amigos, y empleo el pretérito si se entiende la amistad como ejercicio, en nuestro caso concreto variada y largamente detenido por los distintos azares y circunstancias de la vida, ¿no? Porque, además de estudiar en universidades distintas, él se marchó a vivir fuera, impartió clases en… Maryland, me parece recordar, y yo entretanto me fui a Egipto, años de formación y descubrimiento, ¡apasionantes!, de nuevas amistades, de inquietudes nuevas…. –se repantingó en el sofá, cogió un codo y llevó la otra mano a la mejilla para acompasar con sus movimientos lo que refería–. Así que, perdimos el contacto; hay lagunas inmensas entre nosotros. Ocasionalmente hemos asistido a algún acto cultural o compartido alguna cena, en intervalos de meses, incluso de años, ¿eh?, y muy poco más. Cuando nos vemos se recobra el latido y hablamos con naturalidad, grosso modo nos ponemos al día… –se ladeó sobre uno de los brazos del sillón, alzó la barbilla hacia los pequeños grupos que ya se venían formando–. Comprenda que Castilla y yo nos conocemos desde el bachillerato –prosiguió, monótono, untado por un remoto hastío–. Venía a jugar a casa y mi madre nos daba la merienda; en cambio, yo nunca fui a la suya y nunca conocí a sus padres. Es curioso, jamás se me ocurrió pensar en este detalle, y lo hago ahora porque un desconocido llega y me hace preguntas –se me quedó mirando, como si me achacara una falta que aún no sabía precisar–. Toda una vida sin la menor curiosidad… –se volvió a rascar la coronilla; desvelaba, a medias, una sorpresa inocente, inevitable. Yo rumiaba si soportar la cuarta o quinta tabarra del día. Y de repente:

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