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José Ignacio, por fin, visita una exposición

Aquella noche, José Ignacio se prometió ir, por fin, a ver una exposición. No es que el tema le entusiasmara mucho, pero algo tenía que contar cuando los periodistas (esos seres incómodos que como moscas cojoneras solo saben incordiar con preguntas capciosas) se le acercaban con el micro o con el cuaderno en la mano. “Ahora se van a enterar esos imbéciles quién soy yo”, se dijo a sí mismo, mientras se desanudaba el nudo de la corbata.

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Dicho y hecho. En la soleada mañana del sábado del día siguiente, se acercó a la exposición de Dalí que tanto se había anunciado a bombo y platillo en los medios de comunicación. Lo que no se esperaba era encontrarse con la enorme fila de los que hacían cola para entrar en el Reina Sofía.

“Vaya, encima hay que joderse guardando cola, como si esto fuera la caja de un supermercado”, pensó al acercarse al grupo que pacientemente esperaba entrar. “Por favor, ¿es usted la última en esta horrible fila?”, le pregunta a una señora que cogida de la mano de una niña se abanicaba sin parar. “Sí señor, aquí estamos porque a mi nieta le encanta la pintura y le había prometido que la traería a la exposición a conocer las obras de Dalí”, responde con un deje que delataba su origen andaluz.

“Y tú bonita, ¿cómo te llamas?”. “Yo, Melisa”, le contesta la niña con prontitud. “¡Qué nombre tan bonito! ¿Y cuántos años tienes monina?”. Lo de “monina” ya empezó a mosquearla un poco. “Ocho”, soltó con igual rapidez, mirando a su abuela que no le soltaba la mano.

“¡Uf, qué calor! Lo que hay que aguantar para ver una exposición. Esto no me lo imaginaba”, piensa mirando con cierta envidia a los que estaban al principio. Con todo, José Ignacio había tomado la precaución de llevarse unas anchas gafas oscuras y un sombrero beis claro con el fin de protegerse del sol matutino. Para hacer más llevadera la espera, considera que lo mejor era continuar la charla, ya que veía que la cola cada vez crecía más tras él.

“Bueno, Melisa, ¿me imagino que ya te sabrás bien el catecismo?”. “¿El quéeee...?”, exclamó alargando la segunda sílaba hasta donde pudo. Mirando de reojo a la abuela, José Ignacio le aclara: “Yo a tu edad me sabía de carrerilla el catecismo del padre Ripalda. Además dábamos Formación del Espíritu Nacional, que nos insuflaba de verdadero amor patrio; no esa bobada de Educación para la Ciudadanía, que lo único que ha servido es para hablarles de cochinadas a los niños. ¿Comprendes?”.

Abuela y nieta se cruzaban miradas temiendo encontrarse con uno de esos chiflados que andan sueltos por las ciudades y que a la menor ocasión se te pegan y no te dejan en paz.

Mientras tanto, la cola había avanzado un poco, pero aún se veía la taquilla algo lejana. “Al menos te sabrás lo del diluvio universal, que acabó con los dinosaurios, pero dejó vivas al resto de las especies, porque Noé tuvo la precaución de llevar una pareja de cada una de ellas en su arca. ¿A que sí?”.

“Me temo señor que usted está equivocado”, soltó la niña con aplomo, “a nosotros en el cole nos han explicado que la desaparición de los dinosaurios lo más probable es que se debiera al impacto de un meteorito contra la Tierra, hace muchos millones de años”.

La abuela, orgullosa, asentía con la cabeza y le sonreía a su nieta al comprobar que no se dejaba intimidar ante las insistencias del incómodo vecino de fila.

Como el sol de aquella mañana parecía dispuesto a no dar tregua, a José Ignacio le empezaron a bajar hilillos de sudor desde la frente hasta la nuca. Busca en un bolsillo y se saca de la chaqueta un pañuelo para secarse la cara. Acto seguido, pasa a limpiarse las gafas que también las tenía un tanto empapadas.

Ahora, con el rostro al descubierto, su vecina de fila le mira fijamente y con cierto aire de sorpresa le interroga: “Oiga, ¿yo a usted lo he visto en algún sitio? ¿Nos conocemos de algo?”. “Creo que no. Posiblemente me haya visto en la televisión. Ya sabe que últimamente todos los canales están a la caza y captura de cualquiera para que cuente su vida con pelos y señales en los platós que tienen montados para atraer audiencia a cualquier precio. Ya sabe que eso vende mucho”.

En ese momento, con los ojos abiertos como platos, la niña se lleva la mano a la boca y con asombro se dirige a su acompañante: “¡¡Abuela, este es el ministro que ha hecho tantos recortes en la enseñanza pública y el que no quiere que haya educación artística, pues en el cole nos han dicho que con esa ley que ha sacado solo será ofertada por las comunidades que así lo deseen!!”.

“Vaya, vaya… Con que esas tenemos. ¡Y a usted no le da vergüenza venir a una exposición de Salvador Dalí y cargarse la educación artística, entre otras lindezas! ¿Y qué hago con mi nieta con lo ilusionada que está con el dibujo, la pintura y la música? ¿Es que eso le parece muy bonito?”.

“Perdone señora, pero usted está confundida, y su nieta más aún. Yo pasaba por aquí al lado y me ha llamado la atención esta larga fila con tantos chinos y tantos japoneses y me preguntaba qué carajo quieren ver en un país tan lejos del suyo; por eso me he puesto en la cola. A mí, como comprenderá, el Dalí o el Picasso me la sudan. Vaya que si me la sudan… mucho más de lo que ahora estoy”.

Dicho esto, José Ignacio comienza a separarse de ambas, y abandonando la fila les sermonea en voz alta: “¡Ah, y le aconsejo que por el bien de su nieta deje de traerla a exposiciones y demás bobadas. Lo mejor es que aprenda croché y punto de cruz, y que en el futuro se busque un buen novio como Dios manda, que eso es lo que tiene que hacer toda chica decente!”.

Ya a lo lejos, temiendo ser visto, gira levemente la cabeza y echa una mirada furtiva. Ve que la abuela le está hablando a su nieta, al tiempo que contempla cómo se lleva el dedo índice al lateral de la sien derecha haciéndolo girar.

Por suerte para él, no logra escuchar que la abuela le está contando a su nieta que al final no tenía claro si era uno de tantos chiflados que abundan por las ciudades deambulando y hablando solos o si se trataba de esos otros que entran en algún ministerio para arreglar “entuertos”, que, según creen, se han hecho en entes públicos sin que previamente se hubiera recabado su irrefutable, impagable y docta sabiduría (que, por supuesto, tienen para dar y regalar).

AURELIANO SÁINZ
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