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1 jul. 2019

  • 1.7.19
Licenciada en Filosofía y Letras, en la especialidad de Literatura Hispánica, y en Derecho, pasó su infancia en Dublín y Montevideo. Con Nada que no sepas, María Tena (Madrid, 1953) se alzó con el XIV Premio Tusquets de Novela 2018. En la actualidad es miembro del Consejo Editorial de la revista Galerna y profesora de Narrativa en la Escuela de Escritores de Madrid. En esta novela, la narradora, en plena crisis de pareja, vuelve al asunto que marcó el final de su adolescencia y de los años más felices de la década de los sesenta, cuando nada, aparentemente, turbaba su vida.



—La historia que narras en 'Nada que no sepas' no es real, pero te ha enfrentado a tu propia vida. ¿Sabes por fin quién eres?

—Sí, sobre todo, quiénes son mis padres que, en definitiva, es saber quién soy yo misma también, porque uno siempre quiere saber de dónde viene.

—Con esta novela has alcanzado también la madurez como escritora. ¿No me dirás que vas a tirar la toalla ahora?

—No. No voy a tirar la toalla. Creo que uno de los aciertos es el tema. Elegir un buen tema. Y estoy buscando un buen tema para la siguiente novela. Tengo dos o tres ideas, pero el tema es fundamental. Me he dado cuenta con esta novela.

—El jurado del Premio Tusquets ha valorado de tu novela la seductora evocación de la vida cosmopolita, libre y desprejuiciada en Uruguay frente a la estrechez de España en los años sesenta.

—En la realidad llegamos al Uruguay, y también en la ficción llegan al Uruguay. El contraste es brutal. Son dos mundos distintos. De la oscuridad de los armarios oscuros donde se guardaban los secretos, a la ligereza, la claridad, de un verano interminable en Uruguay.

—Tu protagonista regresa a España tras la muerte inesperada de la madre. También tú dejaste Uruguay a los 13 años.

—Sí. Pero yo me fui con mis padres. La historia es una novela. No es una historia real. Hay muchas cosas que ayudan a esa novela pero no es una historia real.

—Volver a España fue un drama. ¿Cómo ves ahora España y Uruguay?

—Ahora están más igualadas, porque son dos democracias. La gran diferencia era la libertad de la democracia, de los derechos humanos. Ahora son dos países amigos y que pueden entenderse mucho mejor.

—Te gusta recordar la frase de Rilke: “La verdadera patria es la infancia”. Ese fue tu caso.

—Bueno, sí. Esa época del Uruguay, que no coincide con la de la novela, fue un momento de muchos descubrimientos. Que luego me sigo riendo de cosas que me pasaban con los chicos en aquella época. El descubrimiento del amor, entre otras cosas. Que no es poco. Es mucho.

—Eres frágil porque el peligro siempre acecha. Esta es la razón que te motiva a escribir.

—Me fortalece escribir. Me quita dudas. Me quita prejuicios. Me quita culpas del pasado. Escribir me abre un horizonte de claridad y de seguridad. Sí. Totalmente. Esa escritura insegura me hace más segura.

—Viviste paseando por el mundo con un padre diplomático, madre poeta y ocho hermanos que escriben o leen compulsivamente. Las historias de familia son un excelente caldo de inspiración.

—Son lo mejor para escribir, porque tienen de todo. Es una mezcla de comedia y tragedia griega. Ahí está todo. Ahí está la semilla de la acción. Los griegos empezaron por ahí: el padre, la madre, los hijos, las envidias, los amores, las pasiones. Está todo. Está el viaje también. De Ulises, por ejemplo.

—Tu estilo es conciso. No te gusta “dar lata al lector”. Pero eso no te impide renunciar a describir lo esencial del ser humano.

—Exacto. Yo escribo conciso después de haber quitado muchas, muchas frases. Pero lo esencial se queda siempre. Empiezo escribiendo una novela de 300 páginas y se queda en 150 para que contenga lo esencial. Da sensación de limpieza pero ahí está todo. Esa es mi técnica de escritura.

—El libro te ha ayudado a reconciliarte con tus padres. Tenías que desprenderte de ellos. ¿Escribir es mejor que recostarse en el diván?

—Bueno, son procesos bastante parecidos. Lo que pasa es que el escribir lo haces en las horas que te deja la realidad. Lo haces en los márgenes. Lo haces en el terreno indeciso de los sueños, de los deseos. En cambio, en el diván hay que trabajar pero al revés, para llevarlo a la realidad, para mejorar tu realidad. Son procesos opuestos, en realidad.

—Fuiste directora del Centro del Libro y de la Lectura. Dicen las estadísticas que cada vez leemos menos. ¿Hay solución?

—Yo creo que cada vez leemos más. Cada vez lee más gente por una cuestión estadística. Cada vez hay más gente que ha tenido un bachillerato y una enseñanza primaria potente. Lo que pasa es que hay un punto ahí en la adolescencia en que se pierde gran cantidad de lectores. Los chicos empiezan con las hormonas y la música. La música entra ahí brutalmente y el lector que aguanta ese tirón ya es lector para toda la vida. Pero yo creo que la familia es fundamental para que la gente siga leyendo. Un padre o una madre que te cuenta cuentos de pequeño es una cosa fundamental.

—Ida Vitale, Premio Cervantes. Mujer y uruguaya. ¿Doblemente feliz?

—Completamente feliz de que Ida Vitale sea Premio Cervantes. Es una mujer excepcional. Es una gran intelectual además. No es una poeta superficial. La conozco. Estuve con ella durante varias horas un día. Y me parece una mujer excepcional.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

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