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14 oct. 2019

  • 14.10.19
Hace ya treinta años que Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948) publicó Juegos de la edad tardía, la novela que lo catapultó como uno de los narradores más exigentes del panorama literario español. Su última novela se titula Lluvia fina, un título que, a diferencia de las demás novelas, le surgió al comienzo de la escritura. Un libro que habla de conflictos familiares que, en este país, dice, “son un poco tabú”, porque “la familia es nuestra principal escuela sentimental”. Esta vez le resultó fácil la escritura de una historia que parte de un hecho real: una bronca familiar cuyo balance fueron un muerto y dos heridos.



Luis Landero advierte que no le extraña que ocurran estos sucesos, porque estamos aprendiendo a convivir: “Estamos en Primaria de convivencia”. Es entrañable en la cercanía y ambicioso en la escritura. De ahí que su novela no sea inocente y esté muy bien calculada en su estructura. Prefiere seleccionar estos hechos sangrientos a escribir sobre la felicidad. Algo que le parece absurdo y cuyo producto final solo concibe como un relato monótono que no interesaría a nadie.

—En cuanto se le ocurrió la historia, supo el título. ¿Vio primero el temporal o la lluvia fina?

—Vi las dos cosas a la vez. A mí siempre los títulos se me ocurren al final, pero este se me ocurrió al principio. Sabía que esa lluvia fina iba a acabar en lluvia torrencial.

—Las familias son como los icebergs. ¿Tan poco se ve, tan bien disimulamos nuestras desgracias?

—Las familias y todo bicho viviente. Y naturalmente tenemos nuestra parte oculta. No sé si como un iceberg, que quizá es un poco exagerado, porque el iceberg tiene nueve décimas partes por debajo del agua.

—Del mismo modo que la soledad ha estado denostada en nuestra sociedad, la familia igual ha estado sobrevalorada.

—No sabría responder. ¿Sobrevalorada? No. Lo que pasa es que los problemas familiares son todos de puertas a dentro. Siempre se ha dicho que la ropa sucia se lava en casa y que las cosas familiares no deben a la luz pública. Los conflictos familiares son un poco tabú. Normalmente los conflictos familiares pertenecen a la intimidad de cada cual.

—Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada. ¿Comparte el arranque de 'Ana Karenina'?

—Sí. Las felicidades todas se parecen. La felicidad es bastante monótona. Nadie ha escrito una novela sobre la felicidad porque sería absurdo. La felicidad no tiene interés desde el punto de vista literario. Y efectivamente en la desdicha y en la desgracia es donde aparece la singularidad de cada cual.

—Como usted dice, el escritor es alguien que observa el mundo. Usted encontró en la realidad la base que sustenta su novela. Pero se ve que le fue fácil ficcionar.

—Fue relativamente fácil. La invención fue fácil. La escritura, que es lo que más cuenta, creo que no fue tan difícil como otras veces y la estructura fue lo más complicado.

—Arranca su novela afirmando que los relatos no son inocentes, no del todo inocentes. ¿Tampoco su novela lo es?

—No. No. No es inocente. Está todo bastante calculado. Para que no sea inocente. Precisamente lo que intento es desenmascarar los conflictos que hay detrás de esa aparente inocencia de los relatos, la trastienda de esa inocencia aparente.

—Hemos odiado a nuestros hermanos, a nuestros padres y, sin embargo, también hubiéramos dado la vida por ellos. Es difícil de entender.

—Sí es difícil de entender. Porque además con la familia convivimos cuando estamos aprendiendo a vivir y estamos aprendiendo a conocer el mundo. Y entonces, en esa medida, nuestro mundo sentimental se va desarrollando muy poco a poco y se va proyectando en los seres que tenemos alrededor que son los padres, los hermanos, los tíos y todo esto.

Y entonces, nuestros sentimientos más primarios, más inocentes, más malvados también, se proyectan en ellos. Pero, bueno, eso es natural, ¿no? Sentimientos infantiles, sentimientos adolescentes, donde podemos ir desde la rabieta a la desesperación. Es una escuela de sentimientos. La familia es nuestra principal escuela sentimental.

—Dice usted: “Tengo la sensación de que es una novela que se ha escrito sola”. La verdad: da esa sensación.

—Bueno, pero eso me gusta. Me gustan las sensaciones de que se haya ido escribiendo sola. Normalmente uno tira de la novela hasta que la novela tira de ti. Sin embargo, en este caso, desde el primer momento, la novela me agarró a la solapa y tiró de mí hasta el final. Y yo creo que eso quizá se nota. Ha sido una historia que me ha arrastrado desde el primer momento como un torrente (ríe).

—Dice usted que la literatura ha perdido el aura de arte sagrado que tenía en el pasado. Rota esa distancia, tampoco la hemos sabido acercar más al lector.

—Pero quizás ocurre en todas partes. En España de un modo especial. En España, el problema no es tanto la lectura como la educación. Como la reforma agraria, que veníamos discutiendo de ella desde el siglo XVIII y no tiene solución. Pero es también la figura del intelectual, la figura del sabio, la figura del maestro, la figura del profesor. Todo eso ha perdido su aura. Porque el saber ha perdido su aura.



Ahora es todo bastante tribal y demás. Y entonces, yo no sé quién tiene el aura ahora. Probablemente un youtuber, los influencers y toda esta gente. Pero la figura del intelectual, del artista, etcétera, que tenían un aura un poco exagerada, pero cierta aura tenían. Y eso efectivamente se ha perdido. Ha perdido la importancia que tenía en la sociedad. Ha perdido su estatus evidentemente. Hemos perdido el estatus los escritores, los profesores y demás.

—Como decíamos, el caso que usted cuenta está basado en una bronca real, cuyo balance fueron un muerto y dos heridos. Pero todos hemos conocido muchos casos como este. Y los que nos habremos perdido.

—Suele ocurrir, claro. Porque convivir es muy difícil. De hecho, estamos aprendiendo a convivir. El hombre está aprendiendo a convivir. No hace tanto que perdimos el rabo, vaya. Estamos aprendiendo a convivir y en esa medida hay muchas cosas por hacer, claro. No sé. Estamos en Primaria de convivencia y, a veces, estamos muy cerca de la violencia. Nos separa de la violencia una capa muy fina. Estamos a medio civilizar, efectivamente.

—La literatura le ha servido para prolongar la infancia. ¿Ha vuelto a creer en los Reyes Magos o le seduce más Papá Noel?

(Ríe). No, no. Los Reyes Magos de toda la vida. A mí Papá Noel nunca me ha regalado nada. Se lo debo casi todo a los juguetes de los Reyes Magos.

—Y además la infancia le lleva a la irresponsabilidad. ¿Ese estado de enajenación le lleva después en volandas a la creatividad?

—De enajenación y de asombro, porque el niño es alguien que se asombra. Yo se lo decía siempre a mis alumnos: “Debéis preservar al niño que sois, que no se muera el niño que sois, para que no se muera en vosotros también la capacidad de asombro”. El asombrarse ante lo que se ve es la doctrina platónica. Todo comienza con el asombro. Y el niño es muy proclive a asombrarse. De manera que un artista es el que prolonga una situación en la medida que mantiene su capacidad de asombro.

—Treinta años de 'Juegos de la edad tardía'. ¿Cómo se ve todo con los años?

—El libro lo veo bien. Me sigue gustando. Estoy contento y orgulloso de haber escrito ese libro. Que di lo mejor de mí en ese libro y ahí está. ¿Cómo lo veo con el paso del tiempo? Pues que tenía razón aquel tango que decía veinte años no es nada (ríe). Efectivamente, la vida es un soplo, me decía mi padre de pequeño. Y yo decía: “Tonterías. Volará para ti. Para mí, no”. Ya lo creo que vuela. La verdad es que el tiempo vuela.

—¿Después de esta lluvia fina comenzará a escribir ahora directamente sobre la tormenta?

—Tengo por ahí un proyecto a medias. Lo tengo un poco enjaretado. Ya me pondré al tajo a ver si sale.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: ELISA ARROYO

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