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12 mar. 2020

  • 12.3.20
El suicidio siempre ha sido un tema tabú entre nosotros. Era considerado como algo malo, denigrante e inconfesable. Si se suicidaba un familiar, dicha información era ocultada. La familia se avergonzaba sufriendo en silencio el incidente. El comadreo comentaba los pros y contras, el por qué, las causas que habían impulsado a dar dicho paso. Indudablemente quedan profundas raíces arraigadas en nuestra sociedad, sobre todo entre el personal mayor. Aun, hoy en día, sigue siendo “la muerte que no queremos ver”. ¿Razones? Muchas y ninguna…



En nuestro país se suicidan unas diez personas al día, hasta tal punto que sobrepasan las muertes por accidente de tráfico, así como los homicidios, y rebasan en buen número el total de mujeres muertas por violencia machista. A la referencia anterior hay que añadir una amplia cantidad de intentos de suicidio.

Las causas de este tipo de muerte en muchos casos están relacionadas con determinadas enfermedades mentales. En otros casos, sobre todo entre el personal más joven, parece que no hay clara razón de dichas muertes.

A lo ya dicho hay que añadir el hecho de que hay suicidios motivados por una pérdida de sentido a la vida o causados por no soportar continuadas crisis emocionales a las que no se les ve el final. Y el suicidio está ahí como un convidado de piedra y que parece que no queremos ver.

Desde los organismos oficiales tampoco se le viene dando importancia a este tipo de muertes, siendo el número de víctimas muchas más frente a otras de las citadas. Desde la religión el tema chirría más, dado que, de entrada, deja claro que la vida no nos pertenece. Hasta 1983, al suicida no se le enterraba en sagrado según el Código de Derecho Canónico.

¿Qué razones se pueden aducir para entender este tipo de muertes? Pueden ser muchas y por supuesto variadas. Cada cual se supone que tiene una explicación que solo conoce la persona que está en ese trance. En el fondo de la cuestión, el sujeto ha entrado en una etapa de crisis y el final del camino podría ser buscar la muerte, dado que no encuentra sentido a la vida o  es incapaz de enfrentarse a ella.

La cuestión provoca ganas de adentrarse y saber un poco más de un tema que es viejo entre los humanos pero que, insisto, pasamos de puntillas sobre las razones que lo provocan y las consecuencias que puede arrastrar para el resto de familiares.

La soledad podría ser una de las tantas causas. Hago una aclaración con este asunto. Es cierto que entre nosotros hay bastantes personas solitarias, que se repliegan, no por ánimo depresivo, sino por una necesidad inherente a su personalidad. Disfrutan estando solas y jamás sufren por ello. Este tipo solitario no cuenta para matarse.

Frente a esas personas amantes de la soledad, hay muchas más a las que la situación de aislamiento les angustia porque no soportan el silencio obligado. La referencia alude a una amplia cantidad de personas mayores que viven abandonadas, solitarias por obligación.

Las razones o causas que pueden provocar que una persona acabe con su vida son muchas y variadas. Es cierto que el envejecimiento tiene un alto número de posibles clientes. La tasa más alta de suicidios está entre las personas mayores de 80 años.

Algunas causas de suicidio pueden ser la pérdida de un ser querido (esposa, marido, hijos, padres…); sentido de culpa ante un hecho determinado que era de su competencia; la pérdida de todo aquello que impulsaba el sentido de una vida; soportar día tras día los efectos de una enfermedad crónica que afectan tanto al posible suicida como a quien sufre dicha enfermedad crónica...

Es cierto que el dolor atora sentimientos:la sensación de impotencia ante circunstancias concretas amarga y predispone a salir de la vida. La esperanza se diluye y en su lugar brota la amargura, la impotencia. Todo ello presiona al suicida, que no ve otra salida que la muerte. Poco a poco van cuajando en el sujeto los pensamientos y deseos de morir

Quitarse la vida supone realizar un acto en el que la persona busca activamente su propia destrucción, búsqueda por lo general derivada de un profundo sufrimiento ya sea psíquico, o físico. E, insisto, si la situación va cargada de dolor, el final puede llegar antes.

Los pensamientos suicidas crecen en la mente del sujeto y, poco a poco, controlan todos sus deseos hasta ponerlo al borde del precipicio. El dolor remata el sufrimiento ante la impotencia (real o imaginada) de no poder dominar la situación ni el abatimiento. La posible salida del atolladero no aparece por ningún sitio, mientras que la frustración cargada de desesperanza va en aumento.

Refiero algunos de los bulos que rodean al suicidio: es falso que quien quiere terminar con su vida no lo dice. De una forma u otra, suelen dar pistas de sus intenciones. El problema es que los que les rodean no prestan atención a los posibles avisos.

Quien lo dice no lo hace. La realidad es que quienes acabaron con su vida ya lo habían anunciado sin hacerles caso. Se dice que el suicidio se madura sobre la marcha porque es impulsivo. Aun así, suelen avisarlo de una u otra manera.

La suerte está echada: quieren morir. La comunicación sigue abierta al menos con una persona de confianza o con un teléfono o, incluso, con el médico. Lo anterior demuestra que el sujeto no tiene claro el tema y lanza cuerdas de salvamento. Por cada suicidio llevado a término hay veinte tentativas.

La mayoría de intentos de suicidio no terminan en muerte. Muchos de estas tentativas se llevan a cabo en una forma en la que el rescate sea posible. Estos intentos a menudo representan una llamada de auxilio.

Otro bulo. De un hombre se espera que sea fuerte, independiente y decidido. No puede dejarse llevar por las emociones, ha de rechazar actitudes que lo señalan como débil y por eso es remiso a pedir ayuda. Si para colmo el suicidio es un tema relegado al silencio, poco se puede hacer por resolver la situación. Tampoco vale.

Una notas curiosas. Parece ser que los hombres son más propensos que las mujeres a suicidarse; por contra, las mujeres parecen más predispuestas a intentarlo sin que lleguen a consumarlo. Otra razón que se debe tener en cuenta es que la mayoría de intentos de suicidio, tanto de hombres como de mujeres, no llegan a realizarse. En estos casos, el suicida quiere acabar con su vida pero siempre suele dejar una rendija por la que sea posible rescatarlo. Digamos que su deseo de terminar no está claramente definido.

Tengamos en cuenta que “según datos de 2019, es una de las principales causas de muerte en nuestro país con 3.600 fallecidos cada año”. ¿Solo se suicidan los hombres? Ya hemos dicho que es otro tongo.

Cito tres posibles ejemplos de suicida. De la persona que llega a suicidarse se viene diciendo que es incapaz de enfrentarse a los obstáculos que le salen en el camino. Un hombre de nacionalidad india se suicida creyendo que estaba contagiado por el coronavirus. ¿Motivos? Miedo a contagiar a sus hijos.

Autorretrato de un suicidio frustrado. Me sentía débil ante la vida y, marcado por un complejo de culpa, intenté suicidarme tres veces. Divorciado, sin trabajo, sufría por mis hijos, no veía futuro, tenía vergüenza ante la familia. ¿A quién recurrir? El suicida está marcado como alguien que no es capaz de enfrentarse a la vida.

Tercer caso. El tema, para bien o para mal, y como era de esperar, deja de ser tabú en Internet. Como ejemplo adjunto una noticia relacionada con ello publicada en El Confidencial: “24 horas para evitar un suicidio: así se salvó la vida de un joven gracias a un foro de informática”, cuyos miembros informaron a la Policía de Valladolid de un posible suicidio en Málaga. Entre los usuarios del foro, “la mayoría lo tomó a broma, pero él lo estaba escribiendo en serio”.

PEPE CANTILLO

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