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5 abr 2020

  • 5.4.20
Hay un cuadro en el Museo del Prado que, junto a El jardín de las delicias del Bosco, me parece de lo mejor que se expone en esa enorme pinacoteca. Se trata de El triunfo de la muerte, del pintor flamenco Pieter Brueghel que realizó en 1562. Cuando Brueghel lo realizó, habían transcurrido más de dos siglos desde que la denominada como peste negra asolara Europa, pero la memoria de esta devastación humana permanecía en el recuerdo de las generaciones posteriores.



Describir la multiplicidad de escenas que se plasman en este cuadro con una visión netamente apocalíptica es penetrar en el horror de la muerte de la que no se libra nadie, puesto que los esqueletos, en medio de un paisaje sin hierbas y de árboles secos, con sus guadañas siegan la vida de todas las personas que encuentran, mientras que las llamas del infierno arrasan el horizonte.

En vano, uno de los personajes desenvaina la espada como queriendo hacer frente a un ejército de esqueletos que no pueden morir porque ya están muertos. Otro, inútilmente, se esconde debajo de la mesa, pretendiendo escapar del campo de visión de quienes no tienen ya ojos pero que localizan a cualquiera, dado que los miembros de ese ejército alcanzan a todos los seres vivientes. Ni las canciones de amor, ni los juegos de azar, ni el máximo poder que encarnan los reyes sirven para hacer olvidar la terrible última hora que a todos espera.

Para la gente de aquella época, las espantosas epidemias que azotaban a la población no eran el resultado de ningún virus, esos organismos que hoy sabemos que tienen la estructura más sencilla de los seres vivos. Por entonces, se estaba lejos de conocer sus existencias, por lo que las pandemias se atribuían a la ira divina como resultado de los pecados cometidos por el hombre, según se clamaba desde todos los púlpitos de diferentes credos religiosos.

De este modo, el significado último de la muerte había que encontrarlo no en las leyes de la propia naturaleza, puesto que todos los seres vivos, incluidos los humanos, fallecen, sino en el pecado cometido por Adán y Eva al desobedecer el mandato divino de no comer del árbol del conocimiento. Una vez desterrados del Paraíso, ambos dos y todas sus descendencias vivirían bajo el dolor y la muerte, que solo acabaría, según las iglesias milenaristas y los movimientos sectarios, cuando llegue el Apocalipsis anunciado en el evangelio de San Juan.

Una visión del final de la vida humana imbuida por las ideas religiosas que durante la Edad Media y siglos posteriores aterrorizaban a una población cuya vida de sufrimientos marcaba a gran parte de su existencia, pero que se resignaba ante el temor de lo que acontecería tras la muerte.



Una vez hecha una breve presentación del cuadro de Brueghel, y del que acabamos de ver un fragmento de tan magnífica obra, cabe preguntarse: ¿A cuento de qué traigo este terrible e impactante cuadro en estos días en los que la pandemia del coronavirus amenaza a una importante parte de la población del planeta?

He acudido a este cuadro para indicar que, en medio de la catástrofe sanitaria que sufrimos y de las múltiples informaciones que recibimos, las sectas y muchas iglesias evangélicas, mayoritariamente procedentes de Estados Unidos, están sacando provecho de esta gran crisis apelando al lógico miedo que por estas fechas asoma en la gente. Miedo que se convierte en verdadero pánico en ciertos sectores que no logran apaciguar la angustia y el terror que sufren ante la idea y la presencia de la muerte que ahora está más presente que nunca.

Tengo que apuntar que el miedo es un sentimiento primario que nace con nosotros como medio de defensa y de supervivencia y sin el cual no sobreviviríamos. Pero una cosa es el temor ante las amenazas reales o previsibles y otra es el que nace de ideas que se nos insuflan, especialmente en la infancia, etapa en la que comienza la formación de la persona y en la que todavía que no se tienen los recursos cognitivos para poder defenderse de aquellos relatos que pueden llegar a aterrorizar las mentes infantiles.

Muchos de esos miedos están construidos sobre la idea de la muerte, hecho crucial en la existencia de los seres humanos. De ahí que las sectas se nutran de personas inseguras, cargadas de miedos, con importantes problemas en sus autoestimas y que no dudan en renunciar a la libertad para entregársela a un líder, a un gurú o a una organización que te dicta todo lo que tienes que hacer a cambio de ofrecerte una supuesta seguridad, sobre todo en momentos de gran incertidumbre como acontece en los tiempos que vivimos.

Y aunque no sean muy visibles, para que comprendamos el significado que tienen las sectas en nuestro país, acudo a los datos que nos proporciona Luis Santamaría, miembro de la Red Iberoamericana del Estudio de las Sectas, quien nos dice que en España se encuentran funcionando unas 350 conocidas (puesto que hay otras que funcionan por la red) que cuentan con unos 400.000 adeptos. Una cifra verdaderamente sorprendente, pues refleja el alto número de personas psicológicamente vulnerables y dependientes de esos grupos sectarios que supuestamente las ofrecen seguridad y un sentido a la vida en estos tiempos de miedo y de angustia.

El propio Luis Santamaría nos indica que "el miedo es el arma más poderosa para los grupos que llevan años pronosticando el fin del mundo. Ahora aprovechan esta pandemia para reforzar sus argumentos, empleando la manipulación para atraer a personas que pasan por un momento de vulnerabilidad. Pero ahora, con lo que estamos viviendo y ante la incertidumbre general, estos grupos se presentan como el arca de Noé diciéndote: o con nosotros o con la muerte".

Bajo una infinidad de nombres: Testigos de Jehová, Iglesia Adventista del Séptimo Día, Iglesia Universal del Reino de Dios, Asamblea de la Victoria de Dios en Cristo, la Iglesia Mundial del Poder de Dios y un largo etcétera se extienden por distintos países, tanto de España como de Latinoamérica.

Por suerte, en la actualidad, una parte significativa de la población de nuestro país atiende a las informaciones y consejos que proporcionan los científicos y el personal sanitario especializado, de modo que adopta las precauciones debidas sabiendo que se trata de un virus que ha saltado de animales salvajes al ser humano, por lo que no disponíamos de las defensas naturales que nos protegieran de las infecciones que, tristemente, han acabado en pandemia. Pensar de este modo es lo razonable; acudir a gurús y a sectas que nos ofrezcan falsas protecciones y esperanzas no deja de ser absurdo y peligroso.

AURELIANO SÁINZ
IMÁGENES: JOSÉ BAZTÁN LACASA (MUSEO DEL PRADO)

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