:::: MENU ::::

26 oct 2020

  • 26.10.20
Las palabras nos traicionan. Si no las manejamos con prudencia, se nos escapan de los labios y de las manos. Si no construimos las oraciones con coherencia, el mensaje será fallido. Si no decimos con precisión lo que queremos decir, las palabras nos desalojan del entorno y se instalan con la legitimidad de su propia autoridad hasta cambiarnos la vida.


Los pensamientos los formalizamos en frases coherentes, pero a veces dilapidamos esos mismos fundamentos atrapados en la ingeniería torpe de nuestra oratoria. Hablamos y escribimos de la covid-19 como quien se encuentra un polluelo que se ha caído del nido y nos disponemos a olvidarlo al cruzar la esquina, desatendiendo el piar desesperado de un huérfano.

Con estado de alarma o sin él, está claro que nos cuesta aceptar que este virus nos ha cambiado la vida. Tantos meses después, cualquier giro que le damos a nuestro devenir pasa por recuperar un mundo moribundo, unas ciudades agotadas de seres humanos que cruzaban calles y avenidas ajenos a una tempestad, tal vez inmerecida, pero que ahora baña cada gota de nuestra existencia. Todo cuanto hacemos y pensamos pasa por desandar y recuperar aquellos días felicidad usurpada. 

Y, claro, a estas alturas el paisaje es ya otro. O debería parecérnoslo. Escucho por la radio –da lo mismo cuál- si este año podremos salir a la calle con nuestros hijos para enseñarles el sueño viviente, como cada enero, de la cabalgata de los Reyes Magos. Y pienso, obstinado, si no es hora ya de olvidarnos por meses o por años de los Reyes Magos, de la Feria, del Rocío o de la Semana Santa, para solventar de una vez por todas este dolor que nos atenaza.

Antes íbamos de fiesta en fiesta y de verbena y en verbena, asistíamos a la celebración de la primera comunión de un nuevo católico con 300 invitados alrededor, como si el vendaval que nos amenaza no fuera con nosotros. 

Nos cuesta deshacernos de tantos encuentros sociales en los que la música y la risa fácil, el exceso de alcohol y el olvido momentáneo de una vida dilapidada entre pagos de hipoteca y horarios excesivos, donde otra manera de entender la cotidianeidad nos parecía pura entelequia, cualquier posibilidad de extravío fuese una entelequia. 

Vivíamos tan felices en un país de sol y algarabía, que un verano sin playa y sin turistas se nos antojaba como una boda sin novia o –valga mejor esta metáfora– como un reino sin rey o con dos, según se lea el momento.

Ahora nos piden que descubramos los rincones desvencijados de nuestras casas y nos miremos en el espejo hasta encontrar un rostro que se parezca lo más posible al nuestro, en el que rija, si acaso, esa media sonrisa que nunca supimos esbozar con deferencia. 

Nos piden que seamos cautos y recatados en paseos para que cuando las luminarias de la Navidad entrante invadan nuestras calles hasta entonces vacías, podamos, una vez más, masificarlas, atestando comercios y bares y restaurantes, con el fin inmerecido de despertar al virus aletargado que vigila nuestros días. 

Una vez más los mensajes nos engañan y traicionan, y sobre todo condena a políticos y empresarios que, en nombre del bienestar contrahecho, nos mueven a un suicidio colectivo con la imprudencia de su ignorancia y sus ambiciones.

"Un pasito palante y otro patrás", como enseña la canción en estas noches de infortunio. Se trata siempre de volver al escenario quemado, de abrir un paréntesis que, pretendidamente, en un futuro sin fechas, abrirá las ventanas de una melancolía que ya costará demasiado aliento salvaguardar. 

Me pregunto por qué no aceptamos de una vez que debemos aprender que este nuevo vecino atenaza cualquier proyecto que pretenda ignorarlo. Por qué no rompemos intencionadamente esas esperanzas que alimentan una pronta vacuna que no es posible. Por qué husmeamos en esa zona de confort donde las alimañas retozan en los mismos sillones y en las mismas mecedoras donde antes alimentábamos siestas que siempre sospechamos eternas y acogedoras.

El continente asiático vive esta segunda ola del coronavirus de manera más benévola que Europa. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han solo encuentra una razón en esta desproporción de los hechos: el espíritu cívico, una mayor responsabilidad ciudadana. 

La sombra de esta pandemia debería habernos enseñado que ya no necesitamos de tanta alegría impostada como creemos, ni de tanta fiesta innecesaria, ni de tanta felicidad que se sustentaba sobre unas botas de barro que se deshacen a nuestros pies. 

Algún día, y ojalá sea pronto, abriremos la puerta de casa y encontraremos un lugar acogedor donde escondernos de un mundo ingrato y soez. Desde la ventana, como hacíamos durante el confinamiento, nos daremos la vuelta y veremos un espacio, quizás estrecho, donde habitaban nuestras sombras.

La pandemia ha reforzado la idea de que el coche ya no es el rey de nuestras vidas. El modelo actual de movilidad no es sostenible. Y no solo por problemas ambientales. Hemos dedicado el 85 por ciento del espacio público a nuestros vehículos. Ahora necesitaremos aceras más amplias y calzadas peatonales, donde no nos atropellen las bicicletas y los patinetes. 

Ahora es el momento de viajar hacia adentro, hacia una metamorfosis inevitable. Hemos abusado de la naturaleza, pero ahora la naturaleza se ha vuelto del revés, como algunos jerséis, a los que se les daba la vuelta para lucir otro diseño y otro color. Pero en este caso, el reverso del mundo anuncia una tormenta perfecta.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

DEPORTES - DOS HERMANAS DIARIO DIGITAL

FIRMAS
Dos Hermanas Diario Digital te escucha Escríbenos