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21 oct 2020

  • 21.10.20
Soñar durmiendo, soñar despierto. Soñamos, soñamos mucho. Y, demasiado frecuentemente, soñamos sin ser conscientes de que lo estamos haciendo, de que lo vivido, lo proyectado, incluso lo recordado no es sino una mezcla de pequeños pedazos de realidad tangible desleídos en una intrincada trama de ensoñaciones.


Parece que preferimos sumergirnos en nuestras quimeras, y nos empecinamos en compartirlas para ver si así se vuelven más verdaderas, disfrazando la realidad, ocultándola, negándola. Hay quien, incluso, pretende imponer sus sueños a los demás, convirtiendo sus delirios en pesadillas colectivas, en las que el dolor y el sufrimiento son desgarradoramente reales.

De los sueños nacen los ideales de justicia, de libertad, de amor, de permanente armonía universal; pero también nacen los dioses sedientos de obediencia y de sacrificios despiadados. En nuestro vivir diario se confunden íntimamente lo soñado y lo experimentado en nuestra relación con la realidad objetiva. Realidad objetiva que, imperiosamente, percibimos de forma subjetiva y condicionada por las creencias que desde pequeños nos han impregnado. Nos lo cuenta, de forma mucho más hermosa, Antonio Machado en su poema Era un niño que soñaba…


La palabra "realidad", que parece tan contundente en su significado, en “realidad” no lo es tanto. Lo que consideramos como real varía de unas épocas a otras, de unas sociedades a otras, incluso de unos individuos a otros, aunque compartan sociedad y momento histórico. 

Como dice Julio Caro Baroja "...las fronteras entre la realidad física y el mundo imaginario y de los mitos no han sido siempre tan claras de contornos como mucha gente parece creer hoy. Entre lo que físicamente existe y lo que el hombre se imagina o ha imaginado, comprobando luego que no es cierto, ha habido un campo en el que lo natural a todas luces y lo imaginario parecían interferirse, resultando así que a personas (por no hablar de otros seres naturales) se les atribuían rasgos y caracteres que nada tienen de natural" .

No solo soñamos los seres humanos; es más que probable que perros, gatos, caballos y otros animales dotados de sistema nervioso complejo tengan sueños mientras duermen, pero únicamente los seres humanos somos capaces de transformar nuestros sueños nocturnos en mitos que alimentan nuestro acervo de creencias colectivas. 

Sueños y mitos están hechos de la misma materia incorpórea, imprecisa, fluctuante. Los sueños, como las alucinaciones, son la puerta a otras porciones de la realidad posible, aunque sin verdadera existencia física. En los sueños no hay límites ni fronteras entre la porción de la realidad que cumple las leyes de la física y la “realidad” que desafía estas leyes y únicamente se atiene a los deseos y temores del que sueña; aquí el único límite es el determinado por el universo cultural en el que se inscribe el soñador.

Para los Gagudju, pueblo aborigen de la zona septentrional de Australia, todo lo que existe fue creado en la primitiva era del sueño por los espíritus ancestrales: Warramurrungundji, que creó la tierra y al hombre; Ginga, el cocodrilo gigante que creó el mundo de las rocas, etc. Este es un ejemplo entre muchísimos posibles sobre la importancia que diferentes sociedades humanas han dado a los sueños en la germinación y desarrollo de sus culturas y creencias.

Y no se han limitado, los seres humanos, a esperar a que los sueños llegaran espontáneamente, sino que han buscado otros caminos para adentrarse en el mundo del ensueño. El más habitual ha sido el utilizar drogas o técnicas extáticas para generar alucinaciones e iniciar el camino que se adentra en el universo de los espíritus sagrados. 

De hecho, el prestigioso neurólogo Oliver Sacks considera la experiencia alucinatoria como una parte esencial de la condición humana. Prácticamente todas las culturas que conocemos han utilizado drogas alucinógenas, fundamentalmente para propósitos sacramentales. Por cierto, que también se han observado conductas alucinatorias en animales tanto en condiciones naturales como en el laboratorio.

¿No resulta bastante plausible que todo tipo de seres sobrenaturales hayan surgido de sueños, pesadillas y alucinaciones? Los fantasmas pueden deber su falta de solidez corporal en la correspondiente “blandura” de los sueños; las pesadillas más terribles podrían ser el origen de demonios, brujas o alienígenas malvados y las convulsiones extáticas que producen algunos alucinógenos pueden haber ayudado bastante a la generación de nuestro sentido de lo divino.

En todas esas culturas precientíficas, sueños y alucinaciones son consideradas como representaciones simbólicas en las que se esconden significados profundos invisibles en la vida cotidiana. Y se interpretan por medio de metáforas y comparaciones, en un lenguaje que podríamos describir como poético. 

Pero, quizás lo más significativo sea el carácter predominantemente visual de ese tipo de vivencias, asociado a una gran fuerza emocional. Esto las convierte en vehículo apropiado para expresar los conflictos más fundamentales de los seres humanos.

El carácter de representación simbólica que tiene el sueño no es una propiedad exclusiva, sino compartida con los mitos, las fábulas, las representaciones plásticas, incluso con la arquitectura. Se podría inferir que quizás los sueños sean el origen primario de las otras formas de expresión simbólica.

Los sueños han originado importantes obras pictóricas o literarias. Borges nos habla de quien percibió en sueños la obra arquitectónica que más tarde realizó. Diversos músicos han afirmado que el sueño les sirvió de inspiración para sus obras. 

Goya nos dijo que el sueño de la razón crea monstruos. Y creo que, probablemente, el sueño-pesadilla más amenazador para nuestra especie (y algunas más que nos llevaremos por delante) es el del crecimiento permanente. El “desarrollismo” ilimitado, sueño al fin de la razón, pero sueño irracional. Utopía de la codicia desbocada, del etnocentrismo ciego, de la ingenua y soberbia creencia en nuestra superioridad como especie.

Soñemos, es inevitable, pero soñemos con humildad y respetando la realidad, es decir aprendiendo a conocer mejor el mundo que nos rodea.

JES JIMÉNEZ

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