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Mostrando entradas con la etiqueta Mirando lo invisible [Jes Jiménez]. Mostrar todas las entradas
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18 nov 2020

  • 18.11.20
En este cuadro realizado en Inglaterra a finales del siglo XVIII, podemos ver a unas angelicales criaturas practicando la cristiana caridad con un niño pobre. Es notorio el contraste en el tratamiento pictórico de los personajes: las ricas vestiduras de los hijos de sir Francis Ford y los lastimosos harapos del pobre vagabundo, los tonos sonrosados en los rostros de los niños ricos y el tono macilento en la cara del indigente. Hasta la luz está desigualmente repartida, favoreciendo (como era de esperar) a los radiantes jovencitos.

Beechey: Retrato de los hijos de sir Francis Ford dando una moneda a un vagabundo, 1793

Pero quizás lo más interesante es lo que no se ve directamente. El evidente bienestar de los afortunados niños proviene de su no menos afortunado padre, el ya citado sir Francis: rico hacendado perteneciente a la cuarta generación de propietarios de productivas plantaciones en Barbados. Productivas, muy productivas, gracias al trabajo esclavo. Naturalmente, sir Francis era también un enérgico defensor de la esclavitud en sus actividades políticas como miembro del Parlamento.

Estos niños tan bien vestidos, y suponemos que bien alimentados, pueden gozar de una vida llena de lujos y privilegios gracias al sufrimiento de muchos seres humanos que fueron arrebatados de sus paisajes y de sus seres queridos. 

Por si hubiera alguna duda respecto a la fuente de su riqueza, el señor Ford especifica claramente en su testamento que lega todas sus tierras y esclavos (“All my lands and slaves”) a su hijo mayor Francis, que no es otro que el mozalbete que aquí vemos vestido de rojo. Ahora ya sí podemos apreciar la hipocresía que trasluce esta obra de Sir William Beechey, probablemente sin que él tuviera intención alguna de reflejarla y mucho menos de criticarla.

La esclavitud y su práctica como origen de grandes fortunas ha sido y sigue siendo invisible en muchos otros lugares y momentos. Particularmente en España, donde la práctica de la esclavitud y su comercio se han convertido en una realidad histórica prácticamente imperceptible en los manuales y textos de estudio de colegios e institutos. 

Y eso, aunque tuvo un papel muy destacado en el tráfico de esclavos desde el siglo XVII al XIX. Tan destacado que puede considerarse como la cuarta nación en el poco honorable ranking del comercio de esclavos de la Edad Moderna.

En el siglo XVIII sí que era visible la práctica de la esclavitud, sobre todo en ciudades como Cádiz, Madrid o Barcelona. Solamente en Madrid, hacia 1760 había unos 6.000 esclavos, aproximadamente un 4 por ciento del total de su población.

La monarquía borbónica potenció notablemente esta comercialización de seres humanos. Y por supuesto, obteniendo notables beneficios: Felipe V obtenía un 25 por ciento de los ingresos netos de las compañías esclavistas. El ilustrado y sumamente elogiado Carlos III llegó a ser el mayor propietario de esclavos de España: aproximadamente 20.000 en las colonias de América y unos 1.500 en la península.

Y es que en 1763, el Gobierno de Carlos III decidió trasladar al Caribe español el modelo “productivo” de los ingenios azucareros que ya habían establecido franceses y británicos. Para optimizar los ingresos era necesario crear compañías nacionales para el tráfico de esclavos y lograr el libre comercio de los mismos, que se consiguió en 1789.

Mengs: Carlos III, hacia 1765

El número de esclavos introducidos en la colonia española de Cuba crece sin cesar hasta que en 1820 España decreta la abolición de la esclavitud, pero ¡solamente al sur del Ecuador! Así que los esclavos siguen llegando a Cuba y Puerto Rico: más de 300 barcos negreros transportando unos 60.000 esclavos, de 1821 a 1831.

La reina regente María Cristina de Borbón fue también, junto a su marido Agustín Fernando Muñoz, una de las mayores negreras de la época, enriqueciéndose ambos con el tráfico de esclavos y su explotación en las plantaciones de azúcar que poseían en Cienfuegos, Cuba.

Otros españoles que obtuvieron grandes beneficios con la esclavitud fueron: Antonio López y López, primer marqués de Comillas y fundador del Banco Hispano Colonial; Josep Xifré, el catalán más rico del siglo XIX; Julián de Zulueta, apodado “el príncipe de los esclavistas”, que tenía plantaciones enormes y tres ingenios azucareros en Cuba y para el que fue creado el título de marqués de Álava por Alfonso XII; y un largo etcétera.

Pero hubo uno que, a principios del siglo XIX, se convirtió en el mayor comerciante de esclavos del mundo: el malagueño Pedro Blanco, que modernizó las formas de comercialización con el uso de barcos más rápidos y nuevas formas de organización. Su vida ha dado lugar a un par de libros: Mongo Blanco, de Carlos Bardem (2019) y El negrero: vida novelada de Pedro Blanco Fernández de Trava, de Lino Novás (1933).

Un magnifico y detallado documento sobre las condiciones del tráfico de esclavos en el siglo XIX podemos encontrarlo en Los pilotos de altura de Pio Baroja. En forma novelada, se puede acceder al papel jugado por los comerciantes españoles afincados en Cuba y a la participación, por activa o por pasiva, de las autoridades coloniales. 

Se pueden leer con todo lujo de detalles las provisiones que los tratantes deben realizar para afrontar su empresa. En este aspecto parece que se ha avanzado bastante y… los “esclavos” actuales se pagan su viaje a Europa. Ya no es necesario invertir grandes sumas en fletar barcos y aprovisionarlos.

Para ampliar la información:
  • José Miguel López García: La esclavitud a finales del Antiguo Régimen. Madrid 1701-1837. Alianza Editorial, 2020
  • José Antonio Piqueras: La esclavitud en la Españas: Un lazo transatlántico. Catarata, 2011
  • Laberintos de libertad. Entre la esclavitud del pasado y las nuevas formas de esclavitud del presente. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, s/f.
JES JIMÉNEZ

4 nov 2020

  • 4.11.20
En los últimos días se han producido varios altercados en distintas ciudades españolas y de otros países. Las manifestaciones se han caracterizado por su carácter violento y por ser convocadas a través de redes sociales, sin comunicación previa a las autoridades pertinentes.


Manifestándose contra el uso de mascarillas, contra el toque de queda y el cierre de bares y restaurantes, se han destrozado contenedores y otro mobiliario urbano (público); se han dañado vehículos y se han producido algunos saqueos. Incluso, en Sevilla, los bomberos fueron agredidos con el lanzamiento de botellas y otros objetos. En definitiva, actividades que demuestran una gran insolidaridad y desprecio hacia los bienes comunes (pagados por todos).

En este último y largo fin de semana he seguido de la manera más exhaustiva posible la información sobre este tema en las emisoras televisivas. Según ellas no es posible establecer un origen definido de estos altercados, salvo una mezcla de negacionistas, hooligans, ultraderechistas y extrema izquierda. ¡Caramba! ¿Una nueva pinza (ultraderecha y extrema izquierda) contra el Gobierno “social-comunista”?

Curiosamente esta supuesta participación izquierdista en los incidentes no la he visto mencionada en los medios extranjeros cuando hablan de lo sucedido. En cuanto a Italia en concreto, no hacen ninguna referencia a extrema izquierda sino, solamente, a ultraderecha y crimen organizado.

Tras oír estas sagaces y sorprendentes explicaciones he observado más atentamente los videos recogidos en los lugares de los hechos. He visto y oído a entusiastas participantes reprochando a los espectadores su no participación, su “cobardía”: “Mucha protesta en Twitter, pero luego a la hora de la verdad…”. 

También he visto en televisión a uno de los participantes con una camiseta que en su parte posterior ponía “orgulloso de ser español”. ¿Estamos ante una nueva resistencia patriótica como la de 1808? Desde luego a mí no me han parecido muy patriótico lo que he visto y oído: los amenazantes saludos brazo en alto al estilo nazi y gritos de “Sieg Heil”. 

 Los mismos saludos fascistas que se han podido ver en los disturbios de Bolonia, donde un periodista fue acosado y perseguido al grito de “¡Periodista, terrorista!”. En Florencia, Roma, Milán, Nápoles y Turín también se han producido protestas violentas y actos vandálicos, contra el cierre de cines, teatros… Y, sobre todo, de los bares a las 18:00.

Lo que es un hecho innegable es que los políticos de ultraderecha y derecha llevan meses criticando cualquier medida de restricción para doblegar la curva de crecimiento del coronavirus. Y que algunos políticos han llegado a justificar, incluso alentar, las protestas de las que estamos hablando

Los mismos que promovieron las caceroladas de mayo en algunos barrios de Madrid. Los mismos que han rechazado el estado de alarma y han dado credibilidad a las mentiras conspirativas; los mismos que luego acusan a supuestos elementos de ultraizquierda o a migrantes.

Con una gran voluntad de empatía me he puesto a reflexionar sobre las motivaciones profundas de estos airados ciudadanos. ¿Será una nueva guerra de los pobres, cómo las que nos contaba Antonio López Hidalgo hace un par de semanas? No lo parece. En todo caso sería de los pobres de espíritu (más bien de conocimiento).

Quizás nos dé una pista el repetido grito de “Libertad” en las diversas algaradas. ¿Estamos, por lo tanto, ante una nueva y formidable lucha por la libertad? ¿Son estos paisanos unos modernos émulos de los seguidores de Espartaco? La verdad es que no los puedo imaginar diciendo “Yo soy Espartaco”, llenos de una solemne dignidad como en la película de Stanley Kubrick.

Entonces, ¿qué libertad reclaman estos “heroicos” luchadores contra contenedores y escaparates? ¿la de no llevar mascarilla? ¿la de poder ir al bar con un horario más amplio?


Dando un paseo, me he encontrado con esta magnifica muestra de entusiasmo nacionalista que me ha dado la pista sobre la relación entre bares y patria. Ni el escudo constitucional, ni el escudo del general dictador... Lo que da profundo sentido a la bandera es el whisky.

JES JIMÉNEZ
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ

21 oct 2020

  • 21.10.20
Soñar durmiendo, soñar despierto. Soñamos, soñamos mucho. Y, demasiado frecuentemente, soñamos sin ser conscientes de que lo estamos haciendo, de que lo vivido, lo proyectado, incluso lo recordado no es sino una mezcla de pequeños pedazos de realidad tangible desleídos en una intrincada trama de ensoñaciones.


Parece que preferimos sumergirnos en nuestras quimeras, y nos empecinamos en compartirlas para ver si así se vuelven más verdaderas, disfrazando la realidad, ocultándola, negándola. Hay quien, incluso, pretende imponer sus sueños a los demás, convirtiendo sus delirios en pesadillas colectivas, en las que el dolor y el sufrimiento son desgarradoramente reales.

De los sueños nacen los ideales de justicia, de libertad, de amor, de permanente armonía universal; pero también nacen los dioses sedientos de obediencia y de sacrificios despiadados. En nuestro vivir diario se confunden íntimamente lo soñado y lo experimentado en nuestra relación con la realidad objetiva. Realidad objetiva que, imperiosamente, percibimos de forma subjetiva y condicionada por las creencias que desde pequeños nos han impregnado. Nos lo cuenta, de forma mucho más hermosa, Antonio Machado en su poema Era un niño que soñaba…


La palabra "realidad", que parece tan contundente en su significado, en “realidad” no lo es tanto. Lo que consideramos como real varía de unas épocas a otras, de unas sociedades a otras, incluso de unos individuos a otros, aunque compartan sociedad y momento histórico. 

Como dice Julio Caro Baroja "...las fronteras entre la realidad física y el mundo imaginario y de los mitos no han sido siempre tan claras de contornos como mucha gente parece creer hoy. Entre lo que físicamente existe y lo que el hombre se imagina o ha imaginado, comprobando luego que no es cierto, ha habido un campo en el que lo natural a todas luces y lo imaginario parecían interferirse, resultando así que a personas (por no hablar de otros seres naturales) se les atribuían rasgos y caracteres que nada tienen de natural" .

No solo soñamos los seres humanos; es más que probable que perros, gatos, caballos y otros animales dotados de sistema nervioso complejo tengan sueños mientras duermen, pero únicamente los seres humanos somos capaces de transformar nuestros sueños nocturnos en mitos que alimentan nuestro acervo de creencias colectivas. 

Sueños y mitos están hechos de la misma materia incorpórea, imprecisa, fluctuante. Los sueños, como las alucinaciones, son la puerta a otras porciones de la realidad posible, aunque sin verdadera existencia física. En los sueños no hay límites ni fronteras entre la porción de la realidad que cumple las leyes de la física y la “realidad” que desafía estas leyes y únicamente se atiene a los deseos y temores del que sueña; aquí el único límite es el determinado por el universo cultural en el que se inscribe el soñador.

Para los Gagudju, pueblo aborigen de la zona septentrional de Australia, todo lo que existe fue creado en la primitiva era del sueño por los espíritus ancestrales: Warramurrungundji, que creó la tierra y al hombre; Ginga, el cocodrilo gigante que creó el mundo de las rocas, etc. Este es un ejemplo entre muchísimos posibles sobre la importancia que diferentes sociedades humanas han dado a los sueños en la germinación y desarrollo de sus culturas y creencias.

Y no se han limitado, los seres humanos, a esperar a que los sueños llegaran espontáneamente, sino que han buscado otros caminos para adentrarse en el mundo del ensueño. El más habitual ha sido el utilizar drogas o técnicas extáticas para generar alucinaciones e iniciar el camino que se adentra en el universo de los espíritus sagrados. 

De hecho, el prestigioso neurólogo Oliver Sacks considera la experiencia alucinatoria como una parte esencial de la condición humana. Prácticamente todas las culturas que conocemos han utilizado drogas alucinógenas, fundamentalmente para propósitos sacramentales. Por cierto, que también se han observado conductas alucinatorias en animales tanto en condiciones naturales como en el laboratorio.

¿No resulta bastante plausible que todo tipo de seres sobrenaturales hayan surgido de sueños, pesadillas y alucinaciones? Los fantasmas pueden deber su falta de solidez corporal en la correspondiente “blandura” de los sueños; las pesadillas más terribles podrían ser el origen de demonios, brujas o alienígenas malvados y las convulsiones extáticas que producen algunos alucinógenos pueden haber ayudado bastante a la generación de nuestro sentido de lo divino.

En todas esas culturas precientíficas, sueños y alucinaciones son consideradas como representaciones simbólicas en las que se esconden significados profundos invisibles en la vida cotidiana. Y se interpretan por medio de metáforas y comparaciones, en un lenguaje que podríamos describir como poético. 

Pero, quizás lo más significativo sea el carácter predominantemente visual de ese tipo de vivencias, asociado a una gran fuerza emocional. Esto las convierte en vehículo apropiado para expresar los conflictos más fundamentales de los seres humanos.

El carácter de representación simbólica que tiene el sueño no es una propiedad exclusiva, sino compartida con los mitos, las fábulas, las representaciones plásticas, incluso con la arquitectura. Se podría inferir que quizás los sueños sean el origen primario de las otras formas de expresión simbólica.

Los sueños han originado importantes obras pictóricas o literarias. Borges nos habla de quien percibió en sueños la obra arquitectónica que más tarde realizó. Diversos músicos han afirmado que el sueño les sirvió de inspiración para sus obras. 

Goya nos dijo que el sueño de la razón crea monstruos. Y creo que, probablemente, el sueño-pesadilla más amenazador para nuestra especie (y algunas más que nos llevaremos por delante) es el del crecimiento permanente. El “desarrollismo” ilimitado, sueño al fin de la razón, pero sueño irracional. Utopía de la codicia desbocada, del etnocentrismo ciego, de la ingenua y soberbia creencia en nuestra superioridad como especie.

Soñemos, es inevitable, pero soñemos con humildad y respetando la realidad, es decir aprendiendo a conocer mejor el mundo que nos rodea.

JES JIMÉNEZ

7 oct 2020

  • 7.10.20
Se acaba de publicar un estudio realizado entre estudiantes de tercer curso de diez universidades españolas sobre el conocimiento y aceptación de la teoría de la evolución de las especies. El resultado sobre el conocimiento de dicha teoría es del 54 por ciento, o sea que hay un ¡46 por ciento! de universitarios que, en el año 2020, desconocen el contenido de una teoría absolutamente esencial para entender el desarrollo de la vida en nuestro planeta.



Por otra parte, el estudio Percepción social de la ciencia y la tecnología publicado por el Ministerio de Ciencia e Innovación refleja las respuestas obtenidas en todo el territorio español, en 2018, a una serie de preguntas sobre dichos temas.

Algunas respuestas son bastante significativas: hay un 11,9 por ciento de mayores de 15 años que piensan que el sol gira alrededor de la Tierra, pero lo que es realmente descorazonador es que un 7,7 por ciento de ellos sean universitarios.

Por otro lado, hay un 15 por ciento que cree que los primeros humanos convivieron con los dinosaurios (9,8% universitarios). Así que no es de extrañar que nada menos que un 23,3 por ciento (un 18,1% de personas con estudios universitarios) consideren la acupuntura como científica y un 21,6 por ciento (22% entre los que han recibido una enseñanza universitaria) crean que la homeopatía tiene fundamentos científicos.

Igual tiene algo que ver con estos resultados el hecho de que España ocupe el primer puesto entre los países europeos con más jóvenes sin estudios de Bachillerato o FP equivalente, un 30 por ciento, el doble que la media (15%) de los países de la OCDE.

Además, la financiación de la educación no ha hecho más que bajar desde 2009, cuando suponía un 5,04 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB), hasta el actual 4,21 por ciento, por debajo de otros países europeos como Francia (5,5%), Reino Unido (5,4%) o Portugal (4,9%).

Parece que nos encontramos con un terreno abonado para el éxito (sobre todo económico) de las seudoterapias y de las seudociencias. En este contexto no es de extrañar que se publique, en un importante diario digital, un artículo con título tan “científico” como este: Llamadores de ángeles, ¿tienen beneficios científicamente probados para el feto?. ¿De verdad? ¿Ángeles y ciencia?

En este fértil terreno de las seudociencias tienen especial importancia los mitos de la neuroeducación. Por ejemplo, la creencia en los estilos de aprendizaje como forma de optimizar el mismo, sin que haya ninguna prueba científica que lo haya demostrado; o la creencia de que solo se usa el 10 por ciento de la capacidad cerebral. Pero lo más preocupante es el elevado número de docentes dispuestos a creer en dichos mitos. Y lo más llamativo es como cualquier texto o conferencia parece necesitar la palabra “neuroeducación” para adquirir un valor “más científico”.

Y es que, junto al progreso de los métodos científicos y de sus resultados, se ha dado un fenómeno paralelo de mitificación de la ciencia. Paradójicamente, la ciencia, nacida como alternativa al mito, se ha convertido en protagonista de su propio mito: la autoridad incuestionable del profesional de la ciencia, o simplemente de quien invoca su sagrado nombre.

Y así frecuentemente se hacen afirmaciones sin ningún valor científico pero sustentadas en una supuesta autoridad científica: “Los médicos han asegurado…”; “Un científico afirma…”; “Mi primo que es investigador me ha dicho que…”. Estamos ante una versión de la falacia ad verecundiam que pretende apoyar una afirmación recurriendo a una autoridad “indiscutible”. No estamos ante una verdadera argumentación basada en los resultados del método científico sino ante la espuria utilización de la ciencia como autoridad mítica.

Frente al mito popular del genio científico solitario, la verdad científica es siempre, y necesariamente, colectiva. Y debe estar sujeta a la revisión y la comprobación por la comunidad científica. Un científico, por brillante que sea, aunque haya obtenido un premio Nobel y haya hecho importantes aportaciones al conocimiento científico, puede expresar opiniones personales tan erróneas y acientíficas como las de cualquier otra persona. Y se pueden encontrar bastantes ejemplos.

Volviendo al estudio que citaba al principio sobre el conocimiento de la teoría de la evolución, es bastante curioso encontrar que a pesar del escaso 54 por ciento de conocedores del contenido de la teoría, cuando son preguntados sobre la aceptación de la misma, el porcentaje sube al 87,2 por ciento. Así, que 87,2-54=33,2 por ciento de estudiantes que, sin conocer la teoría, la aceptan: creen en ella como si de un mito popular se tratara: “Sí lo dicen los científicos, y los programas de televisión será verdad…”. Aceptación acrítica y acientífica de una teoría científica.

Como ya dijo Gramsci a principios del siglo XX: “Al esperarse demasiado de la ciencia se la concibe, en realidad, como una brujería superior y, por esto, no se consigue valorar de forma realista lo que la ciencia ofrece de concreto”.

Da la impresión de que la estupidez y la ignorancia se reproducen tenazmente siglo tras siglo. Emilio Lledó nos cuenta cómo en la Grecia clásica se denominaba dóxa a “todo aquello que me parece que es, todo aquello sobre lo que soy capaz de hablar, sin tener suficientes pruebas, todo aquello que ha llegado a mí, encauzado a través del lenguaje y que me transmite el saber almacenado en ese lenguaje, pero que no he comprobado nunca, porque ni siquiera se considera interesante o necesario comprobar”. Para qué perder el tiempo investigando, comprobando, estudiando metódicamente, si podemos emplearlo opinando, discutiendo…

Y, desde luego, un conocimiento que pretenda cierta solidez y aplicación práctica necesita partir de presupuestos radicalmente diferentes. No se trata de sustituir la autoridad de la religión por la autoridad de los científicos o de la ciencia sino de cambiar la forma de acceder al conocimiento, basada no en la autoridad sino en la observación rigurosa, metódica, y en la construcción de hipótesis que sean comprobables y aceptadas por la comunidad científica. Y para ello sería importante un mejor conocimiento y divulgación de las nociones científicas esenciales.

JES JIMÉNEZ

9 sept 2020

  • 9.9.20
No deja de sorprenderme (quizás conservo una gran dosis de ingenuidad o de confianza en la inteligencia colectiva de la especie humana) la cantidad y variedad de fantasías desmelenadas que pretenden “explicar”, “curar”, o resolver los interrogantes que nos planteamos acerca del famoso virus.



Ya han escrito sobre ello, en estas mismas páginas (más apropiadamente deberíamos decir pantallas), Aureliano Sáinz, en su artículo sobre los “conspiranoicos”, y Daniel Guerrero, en el que aborda los nuevos confinamientos, pero quisiera añadir a sus valiosas aportaciones algunos elementos que creo necesario subrayar.

Primero: los “negacionismos” y las informaciones tóxicas, no son simples opiniones, dado que implican una falta de respeto y de empatía hacia las personas fallecidas, a los que han sufrido en sus carnes la enfermedad en toda su crudeza y a los familiares que han tenido que vivir estas situaciones en condiciones especialmente dramáticas.

Segundo: las argumentaciones creativas que únicamente son producto de imaginaciones calenturientas constituyen un solemne desprecio al conocimiento científico que es el resultado de siglos de trabajo colectivo al servicio de una VERDAD comprobable e incompatible con las falsedades chismorreadas, aunque sean “virales” (nunca mejor dicho).

Y, desde luego, los daños causados por esta “virulencia” en la transmisión a través de las redes sociales son muy reales. Su difusión constituye una actitud irresponsable que no ayuda a disminuir el miedo ni el sufrimiento, sino a crear confusión y desconfianza.

Tercero: las soluciones milagrosas –así se denomina descaradamente el MMS (Solución Mineral Milagrosa)– constituyen un peligro real para la salud. Tal y como informó el Servicio de Información Toxicológica (SIT) el pasado 7 de septiembre, no existe ninguna investigación científica que haya demostrado alguna propiedad curativa en este compuesto derivado del clorito de sodio.

Tanto las autoridades competentes norteamericanas (FDA), como españolas (AEMPS) y de otros países, han advertido sobre la peligrosidad de ingerirlo: insuficiencia hepática, renal, etcétera. Sin embargo, los desalmados mercaderes que no dudan en enriquecerse a cualquier precio lo venden como antiviral o remedio para el cáncer o la hepatitis.

Volviendo a mi sorpresa inicial, una de las cosas que más me llama la atención es el menosprecio a la investigación científica y a los resultados obtenidos con sus métodos. Desde la antigüedad clásica de Grecia y Roma, nos llegan los ecos de la importancia de la razón como forma de acceder a la verdad, más allá de todo tipo creencias.

Muy sabiamente, nos dice Lucrecio: “…abraza mis verdades si son ciertas, o ármate contra ellas, si son falsas; con la razón el ánimo examina lo que hay del otro lado de los muros del orbe, en los espacios infinitos, hasta do quiera penetrar la mente, y el espíritu libre remontarse”.

"Con la razón", subraya Lucrecio. Razón que no parece utilizarse de una manera suficientemente fina por aquellos que prefieren abandonarse a la fe en gurús iluminados por una sabiduría que no admite ningún tipo de confrontación.

Gurús que deben ser algo así como reencarnaciones luminosas de los viejos profetas y que parecen tener un conocimiento casi omnisciente capaz de abarcar los secretos pensamientos de Bill Gates, y de los sucesores de Fu Manchú

Hace ya unos cuantos siglos que el simple racionalismo abstracto como forma de explicación de los fenómenos naturales fue sustituido por el método científico basado en la observación y en la demostración empírica.

La palabra “planeta” significaba en griego “errante” y así se denominaba por la imposibilidad de calcular su trayectoria en comparación con la de otros cuerpos celestes como el Sol o la Luna, cuyo movimiento aparente era regular.

Ninguna hipótesis racional pudo explicar sus movimientos hasta que el telescopio permitió una observación paciente y rigurosa. Pero, sobre todo, fue preciso prescindir de los prejuicios y creencias religiosas que no querían admitir lo que los datos demostraban: la posición central del Sol y no de nuestro planeta en el sistema solar. Por cierto, que todavía hay quienes afirman que la Tierra es plana: los terraplanistas No presentan prueba alguna, solo grandes dosis de desfachatez, mendacidad y desvergüenza. Como respuesta simple se puede ver este vídeo en el que Carl Sagan demostró a los terraplanistas que la Tierra es esférica usando un simple palo:



El método científico es importante no porque sea más moderno que el conocimiento basado en creencias, sino porque permite una mayor aproximación a la verdad. La verdad demostrada, no la verdad creída o “revelada”.

El conocimiento científico es el resultado de unas leyes propias que le permiten predecir resultados y nuevos fenómenos. Además, es el soporte de prácticas solidas en distintos ámbitos de la vida humana: la medicina, la ingeniería, … Y, sobre todo, es el instrumento más valioso para acercarnos progresivamente a la esencia de la realidad física (la única objetiva) en todas sus formas.

Las aplicaciones prácticas del conocimiento científico demuestran su superioridad con respecto a las creencias. Estas últimas pueden ser útiles (o no) en determinadas esferas de nuestra vida pero, desde luego, en cuanto a obtener un conocimiento verdadero (en la medida de las posibilidades del momento histórico) solo pueden alcanzar a plasmar intuiciones más o menos atractivas, pero sin capacidad para explicar de manera verdadera el universo que nos rodea o los procesos que se dan en el interior de nuestro cuerpo (incluyendo, por supuesto, el cerebro).

La ciencia, la verdadera ciencia –o, mejor dicho, la ciencia que busca la verdad– no se conforma con explicaciones basadas en afirmaciones peregrinas (o no) hiladas de forma más o menos ingeniosa según criterios basados en la coincidencia temporal (que si los chinos, que si el 5G, que si…) o en la creatividad más disparatada. Todo eso, como mucho, da para programas de entretenimiento fantasioso como Cuarto milenio, por ejemplo.

La verdadera ciencia debe demostrar de manera fehaciente las relaciones causa-efecto; no puede limitarse a ser una narración más o menos verosímil, según la credulidad y predisposición del auditorio. Cada cosa en su terreno: es muy diferente la búsqueda de explicaciones verdaderas de los fenómenos naturales de la mera pretensión de entretener a las audiencias. Y otra, diferente a ambas, es el engaño deliberado con el fin de obtener algún tipo de beneficio.

JES JIMÉNEZ

26 ago 2020

  • 26.8.20
En la denominada cultura occidental se ha dado una permanente búsqueda de imágenes que se parezcan lo más posible a la realidad visible, dando lugar al mito de la imagen objetiva. Pero también ha dado lugar al uso de las imágenes como instrumento para conocer la realidad y para transmitir ese conocimiento.



Museo de Arte de San DiegoSi se pueden realizar imágenes lo más semejantes posibles a las cosas, es posible utilizar esas imágenes como forma de fijar su aspecto y transmitirlo a quienes no pueden observarlas directamente, como podemos ver en este magnífico ejemplo de acuarela representando un flamenco y que fue pintado por un artista anónimo de la India, hacia 1780.

En Inglaterra, y en otros países europeos, en el siglo XVIII, se había extendido un gran interés por los métodos científicos de observación e investigación y esto había llevado al interés por el coleccionismo de imágenes que registraran de la forma más fiel posible los animales y plantas que eran desconocidos en el continente europeo.

Muchas de estas imágenes fueron encargadas a artistas hindúes por los altos cargos de la East India Company que fue fundada en Inglaterra como instrumento para la explotación comercial del sur y sudeste asiáticos. Lógicamente, la atención se centraba en aquellos especímenes que fueran susceptibles de un mayor aprovechamiento comercial como, por ejemplo, los idóneos para nuevos usos productivos o las plantas medicinales, como esta acuarela de Shaikh Zayn-Al-Din que representa un ejemplar de Cassia occidentalis, conocida por sus aplicaciones medicinales.



En todas estas obras lo que más se apreciaba era la capacidad del artista para reflejar de la manera más fiel posible las características específicas de plantas y animales. Reflejar de la manera más fiel el objeto representado requiere pericia artística, dominio de instrumentos y técnicas. Pero no es suficiente: es imprescindible una observación detenida del original, un verdadero estudio del mismo, de su anatomía, de sus rasgos definitorios.



Sin esta observación metódica, el resultado puede alejarse bastante de la realidad, como podemos comprobar si comparamos dos obras del mismo artista, el genial Durero (Albrecht Dürer, 1471-1528). Aparte de las diferentes técnicas utilizadas, es obvio que mientras que la aguada del Ala de una carraca muerta es el resultado de una cuidadosa y minuciosa observación, el delfín de la Venus auf dem Delfin dista mucho de reflejar las formas de un verdadero delfín.

.Lo más probable es que Durero no hubiera tenido la ocasión de contemplar detenidamente un delfín real y que, dado el carácter mítico del tema, tampoco tuviera intención de hacer el “retrato” de un animal natural. En todo caso, sabemos que Durero estaba plenamente convencido de que el arte es imitación de la naturaleza y que el arte y la ciencia van unidos en sus obras.

Una y otra vez investiga metódicamente sobre las proporciones y las formas que se dan en los objetos naturales. En sus Cuatro libros sobre la proporción humana, afirma: "Porque, a decir verdad, el arte está en la Naturaleza; quien pueda sacarlo fuera [dibujarlo] ése lo ha logrado.”

Para la redacción de este tratado, de indudable importancia para las posteriores generaciones de artistas, se basó en datos empíricos obtenidos con mediciones de numerosos modelos naturales y no en proporciones ideales sobre la belleza. Los datos recogidos tuvieron un valor extraordinario por su carácter único en las ciencias naturales de su época.

.Es a partir del Renacimiento cuando las imágenes se convierten en valiosas aliadas del conocimiento científico y de la investigación empírica. En un contexto cultural de progresivo aumento de la autoridad de la ciencia que adquiere gran influencia con las teorías astronómicas de Copérnico, Kepler, Galileo, por un lado; y por otra parte, los planteamientos filosóficos de Francis Bacon que intentan sistematizar el método científico.

Bacon defiende la observación directa de la Naturaleza y la realización de experimentos como base del conocimiento, afirmando que “la argumentación no es suficiente ya que las sutilezas de la Naturaleza, muchas veces son mayores que la sutileza de los argumentos”.

El conocimiento verdadero no puede tener otras fuentes que el experimento, la minuciosa observación y la comprobación metódica de la lógica.

Para hacer más precisa y más detallada la observación son imprescindibles nuevos instrumentos capaces de ver más allá de nuestra visión natural: telescopios y microscopios que constituyen herramientas fundamentales para conocer el universo en el que vivimos.

Dibujos y grabados naturalistas servirán para fijar las nuevas imágenes que nos muestran los secretos de la Naturaleza y, junto con esquemas gráficos para el diseño de objetos o para la descripción de su funcionamiento, ilustrarán los tratados técnicos y científicos. De hecho, hasta la invención de la fotografía, y sobre todo a partir de la Ilustración, dibujar era una habilidad y una necesidad esencial para la investigación científica.

Claro que si se pretende que las imágenes tengan valor como recurso científico, será necesario que cumplan una serie de condiciones. Para dibujar de forma eficaz el objeto de estudio es preciso observarlo adecuadamente. Y para esto es necesario aprender a ver y, para ello, el proceso de dibujar es de una gran utilidad.

Además, la propia práctica del dibujo permite mejorar las observaciones de los fenómenos naturales. Y, por supuesto, una condición esencial es asegurar la menor carga posible de subjetividad en su realización y, lógicamente, en su interpretación.

JES JIMÉNEZ

12 ago 2020

  • 12.8.20
En el siglo XIX la fotografía consagró un mito con larga trayectoria: el de la imagen objetiva. Desde los relatos de la antigüedad clásica sobre el naturalismo de las imágenes capaces de engañar al espectador sustituyendo el objeto por su representación mimética, a la visión “científica” que la perspectiva cónica aportó en la pintura del Renacimiento y que se perfeccionó con la obtención de imágenes de forma mecánica por medio de la cámara fotográfica. ¿A qué se debe esa presunción de objetividad en la imagen? Hay, desde luego, variadas razones, pero intentaré abordar alguna de ellas.



Las palabras nos describen cosas, acciones, emociones. Sin embargo, las imágenes las muestran, a veces de forma directa y otras a través de símbolos. Los cuadros, las fotografías, los dibujos nos revelan una visión del tiempo atrapado en un instante, mientras que las palabras transmiten su significado una tras otra en una larga cadena a lo largo del tiempo, no hay relato fuera de esa sucesión de sonidos en la continuidad temporal.

Mientras escuchamos o leemos nos dejamos llevar por el discurso que el otro va construyendo; aunque nuestra imaginación se dispare ante las sugerencias de la narración, es el autor el que controla el instante siguiente, el que pone las riendas a nuestra fantasía. El hilo narrativo es el que es y se expresa en esa constante sucesión de palabras.

Podemos recrear detalles de personajes y paisajes, pero el significado del relato está testarudamente determinado por el orden de verbos, sustantivos y frases. No hay significado fuera del transcurso temporal, ni en la prosa ni en la poesía. El autor tiene un pleno control de lo relatado y los lectores somos plenamente conscientes de que el sujeto-autor en cuanto que tal sujeto carga plenamente de subjetividad lo narrado.

En las imágenes, el tiempo lo pone el observador que puede dedicar un lapso mayor o menor para lo que verdaderamente consiste en una recreación de lo allí figurado. El autor propone, sugiere, pero el espectador tiene plena libertad para que su mirada se centre en esta figura o en aquella.

Jacob Burckhardt, en su magnífica Historia de la cultura griega, decía que para hacer una verdadera explicación de la historia de la cultura “lo más adecuado sería exponerlo como se expone una imagen…” porque “nuestro discurso es siempre sucesivo; es decir, informa poco a poco, mientras que las cosas de que se ocupa aquélla constituyen en su mayor parte una unidad poderosa y simultánea”.

La imagen se nos aparece como una forma más clara de contar las cosas. La imagen describe y muestra, y en cuanto que muestra parece que “demuestra”. Aceptamos las imágenes como una forma más verídica de representar la realidad porque aparentemente tienen una relación más estrecha y natural con los objetos que representan.

Hay una analogía de formas, de disposición en el espacio, de luces y colores. Y esta similitud nos lleva a aceptar a las imágenes como equivalentes de lo allí figurado. Y de aquí no hay más que un paso para considerar a las imágenes como un fiel retrato de la realidad.

Plinio, en su Historia Natural, nos habla de las excelencias como pintores de Zeuxis y Parrasio con una anécdota en la que ambos compitieron y Zeuxis “trajo las uvas pintadas con tanta verdad, que las aves llegaron a picotear. El otro trajo una cortina tan natural representada, que Zeuxis, orgulloso de la adjudicación por las aves, pidió que retirase el telón de una vez, para ver la imagen. A continuación, reconociendo su ilusión, admitió la derrota con hidalguía, ya que él había engañado a los pájaros, pero Parrasio había engañado a un artista como fue Zeuxis”.

Más interesante que las habilidades pictóricas de estos artistas, es la admiración que provoca su destreza para hacer representaciones miméticas de las cosas, “verdaderos” equivalentes de las cosas. Lo importante es el parecido con el aspecto visual de las cosas, no la descripción de las mismas por su significado o su concepto. Se les estima en cuanto “fotógrafos” de la realidad. Lógicamente esto tenía que desembocar en el invento de la fotografía, en cuanto que los descubrimientos y experimentos fotoquímicos lo permitieron.



En el Renacimiento se produce otro gran avance en este camino hacia la imagen como doble de la realidad: el uso de la geometría para dibujar un espacio que cumpla las leyes de la perspectiva visual. Para Alberti, el cuadro es una ventana abierta al mundo que aparecerá tal y como lo vemos al natural.

De esta manera, se supone que no hay una interpretación subjetiva de tamaños y distancias; personajes y escenarios aparecen “tal y como son”. O más bien como imaginamos que son, ya que en cuanto a los contenidos pintados siguen teniendo como tema dominante mitos y leyendas procedentes de un mundo místico, más ideal que real. Aunque poco a poco el mundo real irá penetrando en ese mundo espiritual, da la impresión de que la “objetividad” de las imágenes está al servicio de la verosimilitud de lo que no tiene realidad objetiva.

La “objetividad” de la perspectiva sirve como herramienta para dar verosimilitud a un imaginario mundo de creencias poblado de dioses griegos y cristianos. Eso sí vistos a través de la ventana de Alberti. Una vez más se trata de hacer visible lo invisible y de “vender” las creencias dominantes a un público crédulo e ingenuo que confía más en lo que puede ver pintado que en lo que su razón podría dictarle.



Resulta que vemos la imagen a través de la ventana, pero no vemos la ventana (la cortina de Parrasio) ni al dueño de la ventana que es quien decide lo que pinta, desde que punto de vista y sobre todo con qué intención. Aquí también hay un sujeto-autor que subjetivamente toma todas esas decisiones que convierten su obra en un producto totalmente subjetivo, pero de forma velada porque la invisible cortina de Parrasio no nos deja percibir las riendas que dirigen nuestra mirada y nuestras conciencias.

JES JIMÉNEZ

29 jul 2020

  • 29.7.20
En mi artículo anterior hablaba sobre el poderoso instrumento que son las palabras. Imagino que en los primeros tiempos de nuestra especie las palabras tendrían un incalculable valor para designar objetos concretos y acciones, para informar a los otros componentes del grupo sobre intenciones y proyectos, etc. Pero ¿servían para todo tipo de temas o significados?



El ser humano imagina y concibe todo un universo más allá de los límites del contexto concreto en que se desenvuelve. Para expresar, para compartir colectivamente este mundo de visiones, de intuiciones y de emociones, las palabras tienen sus limitaciones. Entonces son necesarias imágenes más amplias de la realidad.

Y es aquí donde surgen los mitos, y con los mitos el desarrollo de las imágenes simbólicas como forma de representación de aquello a lo que no alcanza la palabra. Los símbolos y los mitos surgen como formas de transmitir lo sobrenatural, lo más abstracto de las fuerzas y energías de la Naturaleza, y especialmente aquellos aspectos indescriptibles de las experiencias vitales más densas, más profundamente emocionales y que difícilmente pueden expresarse con palabras sin desvirtuarlas. “El Tao que puede decirse no es el verdadero Tao”.

La conciencia colectiva de los pueblos ha creado, a lo largo de la historia, numerosos mitos que intentan explicar lo invisible mediante un sistema dinámico de símbolos y arquetipos estructurados bajo la forma de relato. Precisamente la existencia de un hilo narrativo supone una cierta racionalización (al menos aparente) del contenido expresado. El mito es la columna vertebral de las creencias religiosas, y origina sistemas filosóficos, narraciones literarias e incluso tiene una gran influencia sobre la historia y las teorías científicas.

Los mitos tienen el carácter de modelo ejemplarizante y aparecen por doquier en todo tipo de sociedades que han existido y que existen en nuestro planeta. Cómo dice Lévi-Strauss: “... las historias de carácter mitológico son, o lo parecen, arbitrarias, sin significado, absurdas, pero a pesar de todo diríase que reaparecen un poco en todas partes”.

Son muy frecuentes los mitos que narran los orígenes del universo, de los seres humanos, de los animales y plantas; por ejemplo, los mitos relacionados con el descubrimiento del maíz con comunes a todas las culturas mesoamericanas. Otro mito frecuente en culturas muy alejadas en el espacio y el tiempo es el del gran diluvio.

Los mitos tienen consecuencias prácticas ya que además de explicaciones más o menos creativas, producen normas de obligado cumplimiento, ritos, prohibiciones, etcétera.

Ante tal profusión de este tipo de relatos y normas podemos encontrar opiniones totalmente contrarias, desde la profunda admiración expresada por Joseph Campbell: “Los mitos son pistas de las potencialidades espirituales de la vida humana (…) Son historias sobre la sabiduría de la vida y lo son de verdad”.

Y en el otro extremo, el sabio escepticismo de Charles Darwin: “Descocemos cómo se han originado tantas absurdas reglas de conducta y también tantos absurdos credos religiosos, y asimismo desconocemos la causa de que en todas las partes del mundo hayan arraigado tan profundamente en las imaginaciones humanas; pero es digno de señalarse el hecho de que una creencia inculcada constantemente durante los primeros años de nuestra vida, cuando el cerebro es impresionable, parece adquirir casi la naturaleza de instinto; y la verdadera esencia del instinto es que se sigue independientemente de toda razón”.

El supuesto triunfo de la razón que trajo la Ilustración parece que no consiguió acabar con las creencias míticas. Parece incluso como sí la Ilustración no hubiera existido realmente y sólo sea un mito más que nos contaban en la escuela. Porque los mitos, especialmente los credos religiosos, siguen ahí con plena vigencia, incluso subvencionados por las instituciones públicas.

Instituciones que no dudan en permitir, incluso fomentar su presencia en los centros escolares donde sólo debía haber sitio para el conocimiento sujeto a los criterios de verdad experimental y no a los de revelación inventada por una clase sacerdotal injustamente privilegiada.

Además, han surgido nuevos y poderosos mitos, tan irracionales y tan asumidos sin el menor cuestionamiento como los de más solera. Quizás porque, en palabras de Lucrecio, “los necios aman y admiran más lo que está envuelto en misteriosos términos; su oreja suavemente puede ser herida y embelesada con gracioso ruido: y el dulce halago a la verdad prefieren”.

JES JIMÉNEZ

15 jul 2020

  • 15.7.20
Prácticamente todas las culturas de los seres humanos utilizan necesariamente para su transmisión y para su materialización palabras e imágenes. Palabras sonoras (dichas y oídas), palabras escritas e imágenes de todo tipo para transmitir emociones y razones.



En el principio fueron el gesto y poco más que el grito los gérmenes de una ingente producción de imágenes y palabras que durante miles de años y a todo lo largo y ancho de este planeta nos han servido a los seres humanos para comunicarnos, para expresar nuestras emociones, para transmitir información útil, para dar fe de hazañas y de contabilidades…

La palabra ha demostrado ser un poderoso instrumento comunicativo, probablemente el más potente, ya que el lenguaje verbal tiene grandes ventajas para transmitir significados complejos o abstractos. De hecho, la oralidad, las tradiciones orales, han sido un soporte constante de preservación y difusión de conocimientos en muchos lugares del mundo.

Las escrituras basadas en un alfabeto han constituido un soporte de registro y transmisión de información absolutamente esencial para el desarrollo de las grandes civilizaciones (además de permitir una cierta “democratización” en el acceso al conocimiento).

En Occidente se ha dado una preferencia casi absoluta por la palabra como forma de conocimiento, al menos desde la Edad Media. Aunque la importancia dada a su uso educativo no siempre ha estado tan clara. El Papa Gregorio I el Grande (540-604) no era partidario del estudio de la lengua ni tampoco del estudio seglar en general. En una carta dirigida a Desiderio, obispo de Vienne, dice:

“Ha llegado a nuestros oídos lo que no podemos mencionar sin avergonzarnos: que su Fraternidad tiene la costumbre de explicar gramática a ciertas personas. Eso nos parece mal, y lo desaprobamos enérgicamente, de manera que convertimos lo que antes dijimos en gemidos y tristeza (…) Como es execrable que esto se nos cuente de un sacerdote, debes asegurarnos con veracidad si responde a la verdad o no”

Quizás la causa de esta prevención radique precisamente en el papel central del lenguaje verbal en la transmisión y creación de conocimiento. Ya que Tomás de Aquino nos aclara que “…el afán de conocimiento es pecado cuando no sirve al conocimiento de Dios.” Aunque este criterio no era el mismo para la formación de monjes y sacerdotes: Isidoro de Sevilla (†636) fue uno de los inspiradores del sistema europeo de educación cristiano que se desarrolló primeramente a través de escuelas monásticas y episcopales. Isidoro proponía “hacer del estudio de las palabras y del lenguaje el principal método de aprendizaje de todas las disciplinas y la clave de la sabiduría.”

O sea, que sabiduría sí pero solamente accesible a la clase sacerdotal, la cual se reserva el control de quién puede adquirir el conocimiento y quién no. El lenguaje es instrumento de poder y el estudio del lenguaje por lo tanto debe reservarse para quienes detentan ese poder.

En realidad, la verdadera generalización de la palabra escrita como forma de comunicación se da en el siglo XIX, al menos en Europa y el resto de países del ámbito cultural occidental. Hasta entonces y a pesar de la capacidad de difusión de la imprenta, la cultura escrita no había sido accesible a la mayoría de la población: a las clases sociales más desfavorecidas.

En el siglo XIX es cuando verdaderamente se generaliza la alfabetización de los habitantes de la mayor parte de Europa (esto no incluye a España que a finales del siglo todavía mantendrá una alta tasa de analfabetismo). Este proceso se da con gran rapidez y se extiende a una enorme cantidad de personas; probablemente debido a las necesidades de los empresarios de poder contar con una mano de obra más preparada para la revolución industrial en curso.

Pero, paradójicamente, facilitar el acceso a la lectura a la clase trabajadora va a tener como consecuencia la rápida divulgación de las ideas socialistas a través de libros y periódicos. Como consecuencia en el siglo XIX se produce un combate ideológico, probablemente sin precedentes.

En toda sociedad hay una pugna por el poder y en esa pugna no es menor el papel que juega el lenguaje como arma invisible pero tremendamente eficaz: el poder del discurso, lo que ahora se llama “el relato”. Los hechos pierden su importancia objetiva en el laberinto de “explicaciones” que pretenden sustituir la realidad por una interpretación fantástica de la misma.

El discurso fabrica una pseudorealidad paralela, que sorprendentemente es aceptada cómo válida por una gran cantidad de personas. Las palabras se convierten en instrumento que nos aleja de la realidad, que la enturbia hasta desfigurarla de manera grotesca, que sería risible sino fuera por las dramáticas consecuencias que puede originar.

Decía que estos interesados “relatos” son sorprendentemente aceptados, pero en realidad no es tan sorprendente. La forma acrítica en que percibimos todas esas mentiras (perdón, fake news) se sostiene en una educación dirigida fundamentalmente hacia una formación instrumental más que hacia una verdadera educación en valores sociales y en la independencia de criterio.

Y no es menor el papel jugado por los medios de comunicación de masas, que coherentes con los intereses de sus propietarios asumen como propias las mentiras más descabelladas, abusando de la presunción de autoridad que les confiere su institucionalidad como transmisores de información “objetiva”.

Se me viene a la cabeza una significativa cita de Juan Bravo Murillo, teólogo y político liberal. Siendo ministro de Comercio, Instrucción y Obras Públicas (1847-1849) y ante la petición de licencia para construir una escuela con capacidad para 600 hijos de obreros contestó: “Lo que necesitamos no son hombres que sepan pensar, sino bueyes que sirvan para trabajar.”

Parece que desde entonces más que los hechos lo que ha cambiado es el “relato”. Pero, definitivamente, las palabras hacen visibles las ideas y sus profundas raíces.

JES JIMÉNEZ

1 jul 2020

  • 1.7.20
Hay cosas que son invisibles porque son demasiado pequeñas para ser vistas por el ojo humano, como los virus. Otras son invisibles por la distancia existente entre ellas y el observador, por ejemplo, la torre Eiffel para alguien que esté en Cuenca. El calor desprendido por los cuerpos no podemos verlo, pero sí que puede “traducirse” en términos de radiación visible mediante cámaras sensibles a las radiaciones térmicas.



Incluso podemos ver “de noche” con cámaras especiales. Todas estas “invisibilidades” son relativas, ya que pueden volverse visibles con las adecuadas acciones encaminadas hacia ello: viajando de Cuenca a París o mirando a través de un microscopio.

Hay otras invisibilidades más “absolutas”, cuando lo que queremos hacer visible no es visible de forma natural. Quizás el ejemplo más importante, por las consecuencias que ha tenido en las sociedades humanas, es el de la escritura.

Con las escrituras alfabéticas o silábicas podemos “ver” el sonido de las palabras; y con las escrituras ideográficas podemos “ver” más allá todavía: podemos apreciar de un vistazo ideas, conceptos o hechos concretos sin necesidad de la intermediación de los sonidos del lenguaje.

Pero hay algunos tipos de imágenes –los símbolos– que representan invisibilidades todavía más complejas, por ejemplo, las banderas, que representan… ¿Qué es lo que representan? Está claro que las banderas son bien visibles, y que lo que representan no es visible ni de forma relativa, ni absoluta; más bien es algo bastante difícil de delimitar.

Las imágenes simbólicas nos permiten visualizar ideas abstractas o contenidos culturales propios de una determinada sociedad. En cuanto que imágenes, cumplen dos características propias: facilitan el acceso, global, instantáneo, a esos contenidos invisibles y se dirigen más a los sentimientos que a la razón; por ambas razones, los símbolos entran más en el terreno de lo mágico que en el de la lógica.

Los símbolos tienen, y han tenido en todo tipo de sociedades y momentos históricos, una gran importancia para favorecer la cohesión social y generar identidad de grupo. Los símbolos son fundamentales para crear y sostener sistemas ideológicos, tanto que Lévi-Strauss llega a afirmar que “la unidad básica del pensamiento humano es el símbolo, y que las entidades básicas con las que operan los seres humanos en un contexto significativo son los sistemas de símbolos”.

En la Edad Media, cada gremio tenía su propia bandera, como también tenían la suya reyes y señores feudales, etcétera. Y en las batallas era motivo de gran regocijo el arrebatar las banderas del enemigo. Desde el siglo XIX, con el auge de los nacionalismos, agitar una bandera ha sido una forma habitual de conseguir popularidad y, aparentemente, legitimidad. Parece que cualquier entidad colectiva que se precie necesita de manera imperiosa buscar o inventar una bandera como símbolo de identidad y como señal de la importancia de esa identidad.

Ejemplos notorios se pueden ver en la proliferación de nuevas banderas en los años sesenta del siglo pasado como consecuencia de la recién adquirida independencia de las antiguas colonias africanas; o, sin ir tan lejos, en las banderas de algunas de las autonomías creadas en España.



Evidentemente el origen de las banderas, como el de cualquier símbolo, es totalmente convencional, tanto en el diseño como en la elección de colores. La relación entre la entidad representada y la bandera es totalmente arbitraria. Aunque a veces, algunas enseñas antiguas “adquieren” profundas relaciones significativas en la emocionada fantasía popular, por ejemplo, la conocida leyenda que atribuye a la sangre del moribundo Wifredo el Velloso, el origen de la Señal Real de Aragón.

Este origen convencional hace que sea necesario aprender su significado y, por lo tanto, es importante la reiteración del uso y la fijación precisa del diseño visual –formas y colores–. Esto es más importante en cuanto el contenido representado es más genérico, abstracto y menos directamente visible por no existir imágenes perceptibles por medios naturales de esos entes.

Cuando la perdurabilidad de los significados es importante, también lo es la perdurabilidad de las imágenes que sirven de vehículos a los mismos. La asociación continuada entre imagen y usos incrementa su valor emocional y su fuerza significativa. Y por la misma razón, los diferentes usos que se hagan pueden hacer variar su significado, sus connotaciones y, sobre todo, sus implicaciones emocionales.

.La apropiación de símbolos ha sido una constante a lo largo de la historia. En el siglo XX, los movimientos fascistas se adueñaron de símbolos revolucionarios para hacer la contrarrevolución, por ejemplo el establecimiento del Primero de Mayo como fiesta oficial por el “Partido Obrero Nacionalsocialista” de Hitler en 1933.

También utilizaron en su bandera el color rojo asociado a los partidos y movimientos de izquierda desde la Revolución Francesa, aunque le añaden otro símbolo usurpado: la svastika sagrada del hinduismo y otras religiones y que ya aparece en restos del Neolítico.

Su uso por la Alemania nazi ha producido una asociación tan poderosa entre la esvástica y los horrores de dicho régimen que es difícil entender su significado como símbolo de armonía universal, pluralidad y prosperidad, cuando aparece al comienzo de los textos budistas.

Pero creo que lo más lamentable, y sobre lo que deberíamos reflexionar, es sobre el extraordinario poder de los símbolos sobre la conducta de los seres humanos y su prevalencia sobre el pensamiento racional ya que, como advertía André Leroi-Gourhan, "desde el Paleolítico superior, pero sobre todo a partir de la agricultura, el mundo de los símbolos (religiosos, estéticos o sociales) ha prevalecido siempre jerárquicamente sobre el mundo de las técnicas y la pirámide social se ha edificado de una manera ambigua, dando la preeminencia a las funciones simbólicas sobre la tecnología, motor sin embargo de todo progreso”.



Y aunque hoy en día podríamos pensar que hay un renovado prestigio de la tecnología, en realidad lo que prevalece es un uso de la misma como símbolo de nuevos mitos mágicos: innovación, progreso y crecimiento permanentes, frente a la cruda realidad de los recursos naturales limitados y la creciente –esta sí es una certeza– e injusta desigualdad en el acceso a los mismos.

JES JIMÉNEZ

17 jun 2020

  • 17.6.20
Las piedras están tan asociadas a la cultura que los dos más largos periodos de la historia de la humanidad son designados en función de las tecnologías líticas de cada periodo: Paleo-lítico y Neo-lítico. Nada menos que hace 500.000 años ya se utilizaban lascas de piedra por nuestros primeros antecesores.



Los homínidos y las piedras han mantenido una relación intensa incluso antes de la existencia de nuestra especie: el homo sapiens. Probablemente la piedra ha tenido una importancia trascendental como herramienta en el proceso de hominización. Desde aquellos primeros chopper paleolíticos hasta la modesta sílice imprescindible para la informática y la digitalización, las piedras han sido útiles para escarbar, cortar, golpear; las grandes rocas y sus oquedades han servido como protección contra las inclemencias climáticas o contra las fieras (humanas o inhumanas) y las grandes montañas se han erigido en referencia espacial singular y en soporte de creencias e intensas vivencias espirituales.

Los seres humanos han prestado especial atención a las piedras con características especiales de color, de transparencia, de textura, de dureza (o blandura), de brillo, capacidad para hacer fuego u otras. Estas piedras pueden ser utilizadas como adornos o pueden coleccionarse.

Otras piedras pueden tener un uso instrumental para el trabajo recolector o para la caza: lascas, hachas, raederas, son útiles y por la importancia de su utilidad pueden adquirir un valor simbólico, valor que puede subrayarse y enriquecerse cuando se le añaden incisiones o pinturas decorativas.



Y, además, hay piedras pequeñas o grandes, incluso montañas que pueden sugerir por su forma, la figura de animales, personas o plantas, y entonces adquieren un especial valor ya que “representan” a otros objetos, o a propiedades singulares de los mismos.

Con diversos nombres –piedras para ver, piedras artísticas, piedras objeto…– las piedras singulares han sido apreciadas, coleccionadas, admiradas, incluso veneradas. Posiblemente ya los Neandertales coleccionaban conchas y piedras singulares. Y los homo sapiens supieron encontrar (quizás porque lo buscaron) ciervos y bisontes en los resaltes de las paredes de la caverna.

Los (o las) suiseki japoneses son piedras encontradas en la naturaleza y que son susceptibles de sugerir paisajes (montañas, islas, costas, cascadas, lagunas, grutas), objetos (casas, puentes, barcas), personas, animales (tortugas, pájaros, ranas) y/o sentimientos concretos.

En la China de la dinastía Han (hace más de 2200 años) algunos hombres sabios ya utilizaron grandes piedras-paisaje en sus jardines; su objetivo no era simplemente decorativo, estas piedras representaban en miniatura las islas de los inmortales (Penglai).

Gongshi in Wenmiao temple, ShanghaiEl arte del bonsái surgió como necesario complemento de las piedras paisaje para la creación de Penjing, verdaderos paisajes en miniatura. El siguiente paso fue seleccionar piedras más pequeñas (gongshi) adecuadas para su uso en el interior de las viviendas, donde eran contempladas y utilizadas como soporte para la meditación.

Las antiguas civilizaciones coreanas de Kokuria y Baekje importaron de China, junto con el taoísmo, las gongshi, hace unos 2100 años. Allí se conocen con el nombre de Suseok. “Su” significa “longevidad” y “seok” significa “piedra”, por lo tanto, suseok significa piedra de larga vida o, menos literalmente, “piedra con forma inmutable”.

Se exhiben bien en soportes especiales de cerámica llenos de arena o agua (suban), o bien en soportes de madera cuidadosamente tallada (daiza). A diferencia de los suiseki japoneses, los suseok coreanos no admiten ningún tipo de modificación sobre la piedra original. Un auténtico suiseki japonés debe haber sido formado exclusivamente por fuerzas de la Naturaleza, pero se admite algún tipo de intervención mínima que ayude a distinguir algunos detalles.

Hace unos 1400 años llegaron a Japón los primeros Penjing y gongshi desde la corte imperial china. Estas piedras verticales, que representaban las impresionantes montañas y acantilados de China, se hicieron populares entre la aristocracia japonesa durante cientos de años.

En Japón se desarrolló un arte singular denominado suiseki –literalmente, “piedra” (seki) y “agua” (sui)–. Probablemente, este nombre tiene que ver con la filosofía china del yin-yang. Para los creyentes en el yin-yang (in-yo en japonés), una piedra con un paisaje en miniatura sobre el agua simbolizaba las dos fuerzas universales del universo: la piedra representaba las características yang (dureza, solidez, lo implacable, lo seco, lo caliente, lo brillante, lo fuerte, el carácter, y lo penetrante), mientras que el agua representaba las características yin (lo suave, el vacío, lo que cede, lo húmedo, lo frío, lo oscuro, lo misterioso, lo débil, lo pasivo, lo delicado, lo sensible y lo receptivo).

Suseok Pintura que representa a un sabio frente a un suseok by Hô Ryôn, 1885 Para los sintoístas, las piedras especialmente configuradas por la naturaleza (así como otros elementos, como el sol, la luna o los árboles singulares) eran la morada de dioses o poderosas fuerzas espirituales (kami). Para los taoístas, las piedras simbolizaban el Paraíso (Horai).

Y para los budistas, las piedras simbolizaban el Monte Shumi, una mítica montaña sagrada que se creía situada en el centro del mundo. Con la influencia del budismo Zen, el suiseki más apreciado era el más sutil frente al más obvio en su figuración, en consonancia con las enseñanzas del budismo respecto a la austeridad y la meditación.

El suiseki clásico se caracteriza por tres propiedades básicas: la expresividad es esencial para distinguir el suiseki de calidad y se materializa en su capacidad de evocación, ya sea de una escena, de animales, etcétera. El color, que por una parte sugiere la luminosidad de los objetos representados y, por otra, puede ser portador de un valor simbólico. El equilibrio generado por la relación dinámica y armoniosa entre sus componentes opuestos y/o complementarios: cóncavo/convexo, textura suave /áspera, amplitud/estrechez, claridad/oscuridad, etcétera.

Existe una cuarta característica, el yugen, importante concepto de la estética japonesa aplicado inicialmente a la poesía waka y, más tarde, al teatro Noh por su fundador, Zeami Motokiyo, que usaba imágenes de la naturaleza como una metáfora constante y el yugen subraya el sentido misterioso y profundo de la belleza del universo.

La clasificación de suiseki se hace en función de diversas pautas: por su aspecto formal, por su color, por su origen geográfico. En cuanto a su interpretación está en gran parte determinada (o ayudada) por la palabra, por el nombre con que se designa el suiseki.

El recolector o coleccionista intenta traducir a palabras su percepción del suiseki que, evidentemente, no es una percepción verbal. De esta manera, el nombre dado al suiseki contribuye a concretar lo que vemos en la piedra, a simplificar la compleja experiencia no solo visual, sino también táctil y espiritual que supone la relación profunda con el suiseki.

JES JIMÉNEZ

3 jun 2020

  • 3.6.20
“En los espejos ruedan globos de fuego”
Jean Paul Sartre: La náusea.

El actual confinamiento me ha recordado una experiencia de relativo aislamiento que tuve hace unos años. Me encontraba en una zona rural, casi selvática, de un país tropical y era bastante difícil el acceso a todas esas cosas que nos hacen la vida más cómoda en nuestras sociedades “civilizadas”. Curiosamente, lo que más echaba de menos, a pesar de carencias bastante más importantes a primera vista, era un espejo que me permitiera recuperar mi propia imagen de vez en cuando.



Años después, visitando el magnífico museo egipcio en El Cairo, ya no me sorprendió que, entre los objetos más antiguos de los primeros atisbos de civilización, aparecieran algunos espejos. Por su cuidada elaboración se notaba que eran objetos muy apreciados.

Quizás los primeros espejos conocidos son los aparecidos en las ruinas de Çatal Hüyük, un asentamiento urbano de hace 9.000 años en la península de Anatolia. Están hechos de obsidiana pulimentada, que se obtenía de un cercano volcán. Este origen otorga un carácter mágico a los espejos y herramientas hechas con el producto de las entrañas de la Tierra madre; asociados al fuego y al inframundo subterráneo.

Una cierta reminiscencia de esta capacidad del espejo como ventana a las oscuras profundidades donde habitan los dioses telúricos se encuentra en la práctica de las sacerdotisas de Deméter, que hacían oráculos a los enfermos con la ayuda de un espejo que introducían con una cuerda en un pozo.

En las culturas mesoamericanas se hacían espejos de obsidiana, de pirita y de hematites. Algunos tenían un carácter ritual y formaban parte de la indumentaria de los guerreros de alto rango. Su fabricación y comercio estaban firmemente establecidos, como puede deducirse de lo que nos cuenta Bernardino de Sahagún en su Historia general de la Nueva España:

El que vende espejos es de los lapidarios, porque también corta sotilmente piedra del espejo y las raspa con el instrumento que llaman teuxalli; y la asierra con un betún hecho de estiércol de murciélagos, y púlelos en unas caixas maciças que se llaman quetzalntatl”.

También entre los aztecas se pueden encontrar valores mágicos asociados a los espejos. Hay varios relatos sobre ocho presagios o señales de la inminente aniquilación de su cultura. El séptimo de ellos nos cuenta cómo Moctezuma vio, con gran espanto, en un espejo situado en la cabeza de una extraña ave “grande número de gentes, que venían marchando desparcidas y en de mucha ordenanza, muy aderezados y a guisa de guerra”.



Ese espejo permitió ver, más exactamente prever, un futuro próximo en el que las tropas dirigidas por Hernán Cortés acabarían con su gobierno y su realidad social tal y como había sido hasta entonces. Sí los poderes mágicos del espejo permiten mirar hacia un futuro invisible, también pueden hacer un viaje al también invisible mundo de los espíritus y los dioses. De hecho, los espejos de cobre de los chamanes siberianos eran esenciales para “ver el mundo”, tan esenciales que sin su auxilio es imposible su “viaje” al reino de las sombras.

Espejos de obsidiana, de cobre o de bronce aparecen con significados esotéricos en las antiguas culturas de la milenaria China o de la Grecia homérica, en la Roma imperial... Más agresivos son los fantásticos espejos incendiarios de Arquímedes, capaces de destruir las naves romanas, aunque solo fuera en la imaginación de Luciano de Samosata y de muchos otros que repitieron la “fake new”. Hay soportes más sutiles para las imágenes especulares, como el aire, que en las condiciones apropiadas produce espejismos de diversa índole.

Los espejos tienen también una función mucho más utilitaria, en cuanto que permiten ampliar el espacio aparente, más allá de la pared en la que están colocados. Una de las características definitorias de los grandes cafés del siglo XIX son los abundantes espejos que llenan las paredes y multiplican los espacios y los reflejos. Paradójicamente, esta multiplicidad de imágenes genera un ambiente perfectamente singular y envolvente que, de alguna manera, nos abstrae de la lineal cotidianeidad.

Aprovechando esta capacidad, el arte pictórico (también el cine) ha utilizado los espejos como instrumento eficaz para ampliar lo representado más allá de los límites del marco, lo que no podríamos ver de otra manera.

Paradójicamente, en las Venus del espejo (de Rubens, de Tiziano y en la de Velázquez) lo que vemos en el espejo es únicamente la cara de Venus y fuera del espejo vemos lo que normalmente aparece escondido a la vista: la erótica desnudez de Venus.

El cordobés Romero de Torres da una vuelta de tuerca a este motivo en una obra con una composición que, en parte, imita la versión de Velázquez, pero que añade unos siniestros personajes y un contexto que parece sugerir que la bella protagonista del cuadro no es la mítica Venus; el título del cuadro, El pecado, parece confirmar cual es la intención simbólica del autor [segunda imagen que ilustra estas líneas].

En la pintura flamenca encontramos ejemplos magníficos de la presencia de espejos en la imagen como, por ejemplo, en el tríptico Werl de Robert Campin [tercera imagen de este artículo]. Lo que aparece dentro de esos espejos se ve modificado, distorsionado, dentro de una atmósfera más propia de los sueños que de la realidad; son como atisbos a otro mundo paralelo tras de la superficie del espejo, a una parte de la realidad más allá del alcance de la ventana a otro mundo que es el cuadro.



Hay espejos que nos devuelven las imágenes secretas del universo o que son la puerta que separa o abre a ese otro mundo de la Alicia de Lewis Carroll o al surrealista y líquido de Jean Cocteau en La sangre de un poeta (1930):

“El poeta: No se entra en los espejos. La estatua: Inténtalo, inténtalo siempre”.

JES JIMÉNEZ

20 may 2020

  • 20.5.20
“Todos nuestros doctores más sabios y entendidos están de acuerdo al afirmar que las cosas visibles son imágenes verídicas de las cosas invisibles…”. Nicolás de Cusa (1449: Apologia doctae ignorantiae).



Una escultura, una pintura, un dibujo, una fotografía, la imagen televisiva o la imagen de un videojuego son ejemplos de diversos tipos de imágenes. ¿Qué es lo que tienen en común? Son una forma de comunicación, de transmitir información, de expresar sentimientos o ideas, de representar la realidad o, mejor dicho, de representar nuestra forma subjetiva de vivir la realidad.

Las imágenes que nos acompañan cada día, y ahora más que nunca en el confinamiento de nuestros hogares, hacen visible lo invisible, nos muestran lo que no podemos ver por nosotros mismos. Nos acercan las vistas de ciudades vacías y de hospitales llenos. Y desde los televisores nos permiten compartir ficciones de otras guerras y otros amores.

Las imágenes pueden tener una función más utilitaria haciendo visible aquellas informaciones que expresadas con palabras no resultan suficientemente claras. Un mapa nos muestra de un vistazo lo que difícilmente podríamos contar verbalmente, un gráfico nos permite apreciar la evolución de un proceso, una partitura musical registra los sonidos que la componen, …

Las imágenes también nos permiten escudriñar otras esquinas de la realidad, incluso aquellas más lejanas e inaccesibles a nuestra percepción natural. Podemos ver la imagen microscópica del virus o las de estrellas y agujeros negros.

Todo lo que miramos es fuente de nuestros recuerdos posteriores, pero también de nuestros sueños y fantasías. Las imágenes vistas se transforman en los intrincados laberintos de nuestro cerebro en extraños personajes que habitan ciudades y paisajes que escapan a las leyes de la física y de la biología: fantasmas y unicornios, edificios espléndidos o terroríficos.

La alquimia de la imaginación construye con los ladrillos de la realidad natural el camino a lo “sobrenatural”, lo que está más allá de nuestra ascética realidad circundante. Los sueños, soñados mientras dormimos o ensoñados en la vigilia, nos permiten mirar lo invisible, vislumbrar lo que sólo existe en el interior de nuestras conciencias.

Hay otro tipo de imágenes que también solamente son visibles para el que las ve: las alucinaciones producidas por cualquier alteración del funcionamiento del cerebro, desde los leves déjà vu o las auras de algunas migrañas a los desdoblamientos de personalidad esquizofrénicos o los viajes del chamán bajo el efecto de sustancias psicoactivas. Pero en estos casos el sujeto no las considera como fruto de su conciencia subjetiva sino como realmente percibidas.

Se abre una brecha sobre la certeza que creíamos tener sobre la nítida frontera entre las imágenes que percibimos (objetivas) y las que imaginamos (mentales, subjetivas). Y parece que esa brecha es de ida y vuelta y, frecuentemente, proyectamos sobre la realidad, las fantasías imaginadas a las que damos carta de naturaleza y como dice Benina, un personaje de Pérez Galdós en Misericordia: “También te digo que suceden a veces cosas muy fenómenas, y que andan por el aire los que llaman espíritus o, verbigracia, las ánimas, mirando lo que hacemos y oyéndonos lo que hablamos. Y otra: lo que una sueña, ¿qué es? Pues cosas verdaderas de otro mundo, que se viene a este…”.

De aquí no hay más que un paso a utilizar las imágenes para hacer visibles las fuerzas o seres sobrenaturales que escapan a nuestra percepción natural. Y lo que es más interesante, al plasmar materialmente a los dioses en piedra o madera no solo les damos una forma visual, sino que de alguna manera lo que únicamente podía tener una existencia subjetiva en nuestras mentes, adquiere una cierta objetividad. Hacemos visible para los demás, lo que hasta entonces era invisible.

Las imágenes representan retazos de nuestra experiencia visual, hacen visibles nuestras ideas acerca de la realidad y los símbolos de aquellas vivencias sagradas que no pueden experimentarse visualmente. Las imágenes reflejan la realidad y la construyen, entendiendo por realidad ese conjunto de objetos, acciones, concepciones, creencias y sentimientos propios de cada cultura humana.

El contenido de las imágenes siempre se refiere a esa realidad pasada por el tamiz de la conciencia subjetiva que la transforma y la enriquece. Las imágenes son una forma de representar nuestra forma subjetiva de vivir la realidad.

En cuanto a la forma en que las recibimos, las imágenes pueden gustarnos más o menos, pueden asociarse a objetos reales, pueden recordar algo. Representan cosas, hechos históricos, personajes célebres, dioses y también sentimientos e ideas abstractas. Es importante su contenido y, no menos importante, su capacidad expresiva, sus valores estéticos.

Pueden ser una fuente de placer y de diversión, tanto por el contenido representado como por los valores estéticos de la forma de representación. A todos nos atrae lo bello en la naturaleza y es agradable que los artistas lo reflejen en sus obras. Probablemente lo primero que nos atrae y en lo primero que nos fijamos de una persona del sexo opuesto es su apariencia física, su “imagen”. También le damos mucha importancia a la imagen personal en las relaciones sociales.

Las expresiones artísticas y el interés por el aspecto estético de los objetos parecen haber existido siempre y en todas las sociedades humanas. Así que esta amplia presencia de lo “bello” debe estar relacionada con una importante funcionalidad social, e incluso biológica. Ver paisajes bellos, ver cosas bellas, poseer cosas bellas, producir cosas bellas, produce una importante satisfacción que es, fundamentalmente, de carácter emocional.

Pero lo más importante es que las emociones generadas por las imágenes inciden en creencias y comportamientos, ya que como dice Manuel Castells, la forma en que sentimos estructura la forma en que pensamos y como consecuencia la forma en que actuamos. Y las imágenes pueden ser (y generalmente lo son) muy eficaces en la creación de opiniones y valores sociales y por lo tanto tienen una gran capacidad para mover a la acción.

JES JIMÉNEZ

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