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21 nov 2020

  • 21.11.20
De niñas nos enseñan cuentos con princesas desvalidas que portan preciosos vestidos largos y nos hacen soñar con tener uno igual con el que poder dar infinitas vueltas. Te crean la necesidad de tener un vestido hasta los pies para verte maravillosa y para poder convertirte en una princesa. Eso sí, una princesa de cuento, sin obligaciones.


Se ha vuelto a poner de moda esas anacrónicas puestas de largo que no eran otra cosa que presentar a la niña en sociedad para casarla. "Ahí la tenéis: joven, guapa y virgen; preparada para casarse con el mejor postor". Ese era el mensaje subliminar.

Y creces y te haces mayor y sigues queriendo tener un vestido largo, de talle pequeño y falda acampanada, que te convierta en el centro de una circunferencia de tules y sedas. Y te han hecho creer que así estás más guapa y eres más especial. El día de la boda muchas recurren a su sueño de princesa para rellenar ese gran momento. Gran momento porque así debe ser.

Recuerdo a una buena amiga escuchando de su prometido: "Pero a todas las mujeres les hace ilusión la boda: casarse, el traje...". Ella es tremendamente tímida y le causaba ansiedad ser el centro de algo. Eligió un vestido bonito, pero discreto y no quiso empezar el baile sola con el marido, prefirió que todos la acompañáramos. Sacó los pies del plato: el cuento no es así. No quiso ser princesa, ni reina. Solo quiso ser ella misma.

Te haces mayor, lees, te formas y descubres lo difícil que fue para la mujer deshacerse del corsé, dejar atrás esas pesadas faldas que llegaban hasta los pies y les impedían moverse con soltura. Tuvo que llegar el siglo XX, con sus feministas y sufragistas que dieron visibilidad a la mujer y la convirtieron en humana, dejando atrás la visión arcaica de ser solo un objeto más de la casa. 

Empezaron las féminas a no tener que vestir apretadas. El largo de las faldas se acortó, permitiendo el movimiento y proporcionando alivio en el estío. Se atreven con los primeros trajes de baño, muy lejanos a la nimiedad actual. Hasta los sesenta no se verán los biquinis, por lo menos en España.

Empiezas a reflexionar y decides que no quieres ser una princesa, ni buscar un príncipe; que quieres poder llevar la ropa que se te antoje en cada momento y lugar. Y sientes que vuelas por no estar constreñida por unas normas que solo hacen sufrir. 

Y no te gustan los príncipes sino que un chico con cara de vasquito, que lleva unos chinos y un polo de algodón; que no te abre la puerta del coche pero que te cuida y mima sin protocolos. Y entonces eres consciente de que eres feliz y de que tu vida es mejor que en un cuento.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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