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3 dic 2020

  • 3.12.20
Cito: “El 25 de noviembre se conmemora el Día contra la Violencia de Género, un movimiento iniciado en 1981 en recuerdo de las hermanas Mirabal, activistas políticas asesinadas en 1960 por orden del dictador Trujillo”. En estricta interpretación, dichas muertes parece que fueron por motivos políticos, lo que no descarta que el dictador mostrara una clara misoginia (“aversión a las mujeres”). Otro matiz: prefiero más la palabra “recordar”, ya que “conmemorar me suena a fiesta. 


En el año 2000, la Asamblea General de la ONU declarará el 25 de noviembre Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Con anterioridad (1993), la ONU definía la violencia contra la mujer como “todo acto de violencia que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o sicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada”.

La violencia contra la mujer es una lacra que arrastramos desde tiempos inmemoriales y se materializa en diversas formas: física, psicológica, sexual, acoso, explotación sexual. Los ejecutores suelen ser la pareja con la que se convive o los exmaridos.

No olvidemos que las niñas también son mujeres y entran en el saco del abuso físico. En este maltrato (profanación) se cuelan –por desgracia– hasta familiares de las mismas, incluso algún padre. No es lo habitual, pero también sucede.

Las circunstancias a las que nos ha llevado el virus son penosas: está cambiando nuestra forma de convivir; incluso está consiguiendo que no hablemos ni nos preocupemos de otros problemas, dejando cicatrices profundas en el día a día, hasta tal punto que la convivencia está agujereada por los cuatro costados.

¿Ha aumentado la violencia contra la mujer desde el inicio de la pandemia? Parece que sí, aunque no hay muchos datos sobre el tema porque el daño y el miedo al virus acapara la atención en todo el mundo. Es posible que la mayoría de ciudadanos ni sepamos cuántas mujeres han quedado en la cuneta por culpa de la violencia. Preocupa más el futuro a medio y largo plazo.

Según datos del Servicio de Estadística del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), lo que sí han aumentado son las demandas de divorcios con todo el daño que esto supone para los hijos. ¿Daños colaterales del encierro pandémico? Con toda seguridad, sí.

Nos movemos en un ambiente incierto, en el que la información sobre determinados problemas se diluye con intencionada facilidad. Hay tantos frentes abiertos que ya no sabemos a dónde mirar. Los “ventiladores” siguen despistando al personal.

Una información procedente de 'El País' me anima a tratar el tema que, en estos tiempos que corren, está medio oculto por intereses varios. El artículo en cuestión ofrece una dolorosa lista de mujeres asesinadas a manos de su pareja o expareja. Parece que en lo que llevamos de año, y en el momento de escribir estas líneas, hay 41 víctimas, de las cuales 35 ni tan siquiera habían denunciado al agresor.

Recordemos que el 8 de marzo se celebró la indebida manifestación en conmemoración del “Día de la Mujer Trabajadora”. Indebida porque, guste o no, en dicha fecha el virus ya estaba trabajando a marchas forzadas entre nosotros e hizo de las suyas. Y guste o no, oficialmente ya se sabía lo que se avecinaba. En fin, “a lo hecho, pecho”. Sigamos.

El tema de la violencia contra la mujer lo he tratado en distintos momentos. Sugiero dar un vistazo al artículo La maté porque era mía quizás porque el título puede llevar a error y hasta se puede pensar lo contrario. Insisto: el maltrato contra la mujer hasta llegar a matarla clama justicia y aplicación de la ley con todas sus consecuencias.

Me cuelo en este asunto porque no se ha dicho mucho sobre el mismo, ya que nuestra atención está centrada en el virus, en la subida y bajada de infectados, en el amplio número de muertes cuya cantidad sigue medio oculta o si quieren está tan manipulada y utilizada con tantos intereses creados desde varios frentes, que tendrá que transcurrir tiempo para que sepamos cuántos cadáveres quedaron en el camino.

Está claro que la mayoría de nosotros hemos estado, estamos y estaremos pendientes del virus y sus secuelas, cuestión primordial para todos pero su importancia hace que ignoremos otros temas graves. Parece que la violencia, sea del tipo que sea, ha aumentado en el presente año. 

Nuestra atención estaba y está hipotecada por el virus quedando al margen problemas como el maltrato contra mujeres y niñas. El asunto se ha hecho ya endémico pero no podemos ni debemos obviarlo. El silencio siempre será cómplice.

Entresaco algunos datos de dicha información. La lista ofrece mes y día con el nombre de víctimas y sus asesinos, la edad e, incluso, su origen de nacimiento; también apunta a quién es el asesino, marido o compañero, amante... Alude a las razones de tal descalabro y si había denuncia o no de su acoso. Una veintena de menores han quedado huérfanos y algunos han muerto de rebote.


Hasta no hace mucho, la prensa o la televisión no daban determinados datos como el origen del maltratador. Parece ser que había presiones para que se omitieran dichos detalles porque no se quería ofender. Vamos, que no era políticamente correcto dar una determinada información.

Conclusión a la que se llegaba: el macho, supuestamente español, es una bestia asesina. No nos engañemos: tan animal puede ser el autóctono de este país como los venidos de otras tierras, por ejemplo, de allende los mares. En esta ocasión aparece la procedencia de maltratadas y su maltratadores.

“Cronología de víctimas mortales de violencia de género de 2020” hasta noviembre. A la cabeza de muertes van Andalucía y Cataluña, mientras que el tercer lugar lo ocupa la Comunidad Valenciana. Por edades, los grupos más numerosos son el de 40 a 50 años, con diez mujeres, y el de 31 a 40 años, con nueve. Veintidós de las víctimas mortales eran españolas. Solo en seis casos existían denuncias previas contra los agresores y solo en un caso había medidas de protección vigentes. Treinta de las mujeres convivían con su agresor.

La lista tiene tanto españoles como rumanos; una uruguaya, una guatemalteca y su pareja colombiano; una sudamericana, una pareja supuestamente árabes en la que él no acepta la separación... Una china y un peruano, una francesa y un inglés. La lista es amplia y dura. El rosario se hace monótono además de insoportable. Todos pierden y cuando hay hijos pequeños, el sufrimiento se hace crónico. Veintitrés menores han quedado huérfanos por la violencia machista en lo que va de año.

¿Qué hacer para reducir hasta cero esta situación? El tema es complicado por más ganas que tengamos desde las directrices que pueda sugerir el sentido común. Las heridas que deja dicha violencia son terribles. Las físicas cicatrizan con el tiempo; otras, como las psicológicas, dejan huellas indelebles en lo más profundo del alma. Desde la mísera humillación a la muerte hay todo un infierno moral.

Vaya por delante que matar por amor no es tolerable. Creo que el problema tiene raíces más profundas. El macho humano despechado mata por resabios, porque “sólo eres mía”, que se puede traducir en un batiburrillo entre celos, control, dominio, saña, posesión a machamartillo, abuso físico o sexual. Un infierno que, por desgracia, no lo padece solo nuestro país, aunque eso no consuela. 

Cuando llegan señaladas fechas en las que recordamos el valor y la presencia de la mujer (25 de noviembre, 8 de marzo), gritamos alto, proclamando el derecho a la vida, a la igualdad en todos los ámbitos. Puede que nuestro ego se sienta gratificado porque hemos cumplido con la teoría. Unos actuarán convencidos de lo que hacen y dicen; otros, arrastrados por el entorno para no señalarse; los más vociferaran desde lo políticamente correcto. Y la cuenta de muertes sigue implacable.

PEPE CANTILLO

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