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28 feb 2021

  • 28.2.21
Cuando visito el Museo del Prado, algo que acontece con cierta frecuencia, suelo pasar por la sala en la que se encuentran las obras de El Bosco, el pintor genial que entusiasmó a Felipe II, ya que este monarca fue quien encargó que se adquirieran algunos de sus trabajos y que en la actualidad podemos maravillarnos contemplándolos detenidamente. Y digo "detenidamente", dado que son cuadros que parecen miniaturas realizadas en formatos de gran tamaño, por lo que hay que estar un rato largo mirándolos para comprender sus significados.


Dentro de los trabajos del pintor holandés se destaca el tríptico El jardín de las delicias. Como su propio nombre indica, es un cuadro compuesto de tres partes, en el que podían cerrarse las laterales sobre la central, de modo que solo se abría para los momentos en los que se deseaba contemplarlo de manera completa.

Puesto que en la ilustración de este artículo solo muestro un fragmento del centro, quisiera indicar que, aparte del carácter extrañamente simbólico de todas sus escenas, hay un significado netamente religioso en el conjunto del tríptico.

Así, en la tabla de la izquierda aparece la figura de Jesús, de pie y vestido con una túnica rosada, junto con Adán sentado en el suelo y Eva de rodillas, en lo que podía ser el Paraíso terrenal. La del centro, la de mayor tamaño, simboliza el mundo real, al que se accedió tras el pecado original de nuestros primeros padres. Allí se muestran decenas de personajes, masculinos y femeninos, todos desnudos en las más extrañas y sorprendentes situaciones, junto a diferentes y extraños animales. Y en la de la derecha, con tintes oscuros, se contemplan escenas de los condenados al infierno.

Dada la fuerte religiosidad del monarca, puede entenderse que le entusiasmara esta obra, ya que era la explicación canónica del devenir de la existencia humana según la doctrina oficial de la Iglesia católica.

Pero aparte del significado religioso, los expertos en la obra de El Bosco han analizado minuciosamente el sentido de las variadas escenas que se muestran en el tríptico; sin embargo, hay una sobre la que se han dado diversas interpretaciones. Se trata de una pareja que se encuentra en el interior de una burbuja transparente que nace como si fuera el extremo de una planta que florece.


Esta imagen, más de una vez, me ha hecho pensar en la frase “Vivir en una burbuja” que solemos utilizar para aquellas personas o colectivos que viven, o quieren vivir, aislados de la realidad que nos encontramos, de forma que se construyen mentalmente un mundo a su medida, en el que no penetran las ideas u opiniones de los demás, ya que, según ellos, no dejan de ser incordios sin fundamento que se hacen para molestar o desprestigiar (no me refiero, de ningún modo, a quienes en la actualidad tienen que reducir sus contactos como protección ante la situación pandémica que padecemos).

Debemos tener en cuenta que son muchos los que, a lo largo de la historia, de una forma u otra, se han refugiado en sus burbujas, en las que se sienten plácidamente tranquilos. En el fondo, es una actitud egocéntrica con rasgos infantiles, la misma que les impide asomarse a un mundo muy distinto al que personalmente se han montado.

Podríamos hablar, por ejemplo, de esos youtubers que han trasladado su domicilio fiscal a Andorra y que muchos de sus seguidores lo justifican, puesto que consideran que evitar impuestos es una medida inteligente que ellos también adoptarían. O la astronómica y mareante cifra propuesta para la renovación del contrato de Leo Messi (más de 555 millones de euros por cuatro temporadas), que no deja de ser una obscenidad en los tiempos de una pandemia que empuja a muchas familias a la precariedad o, simplemente, a la pobreza.

En ocasiones, se hace necesario que quienes se encuentran en sus cerrados mundos vivan alguna experiencia concreta que les abra los ojos y comprueben que existen otras vidas muy diferentes a las suyas. Y ya que he hablado de Messi, en este momento me viene a la mente un ejemplo que puede servir de ilustración de lo que indico.


Se trataba de una noticia periodística acerca de la Selección de Fútbol argentina. En el momento en el que la leí, se encontraba concentrada preparándose para un campeonato. Hacía poco que sus jugadores habían sido campeones del mundo, por lo que estaban eufóricos y con ganas de disfrutar lo máximo posible.

En uno de esos días, el entrenador de la Selección había planificado una sesión algo más larga de lo habitual. Los míticos jugadores argentinos se quejaron abiertamente, ya que consideraban que, al ser campeones, estaban suficientemente preparados y no necesitaban el esfuerzo suplementario que se les pedía. Ante las reiteradas quejas, el entrenador suspendió el entrenamiento y volvieron al hotel.

A la mañana siguiente, los levantó muy temprano. Tras desayunar, se montaron en el autobús que los llevaría al campo en el que entrenaban. Todos pensaron que ese día les castigaría con un ensayo más duro. Sin embargo, lo que no imaginaban es que entrarían en la populosa ciudad de Buenos Aires y que, tras un largo recorrido por la ciudad, atravesando la amplia Avenida 9 de Julio, el autobús aparcaría cerca de una boca de metro.

El entrenador les invitó a que se bajaran del autobús, que entraran en el metro y que observaran con detenimiento todo lo que acontecía dentro de él.

Ante el desconcierto que reflejaban en sus rostros, les manifestó que todos aquellos que veían caminando, con caras soñolientas, se habían levantado más temprano aún que ellos. Insistió en que se fijaran en sus vestimentas y comprobaran que ninguno llevaba ropa de marca selecta, sino indumentarias humildes con las que acudían al trabajo. Les añadió que por su cometido ganaban una ínfima cantidad de lo que ellos obtenían en sus millonarios contratos, y que, después de una agotadora jornada, volvían a sus modestas casas cuando sus hijos ya estaban en la cama durmiendo.

A aquellas estrellas del fútbol, por una vez, les abrió los ojos y las sacó de las burbujas en las que vivían y, con el deseo de que no olvidaran esa experiencia, les manifestó que ellos, a fin de cuentas, eran personas iguales a la gente que todos los días luchaba por ganarse el sustento para mantener a sus familias.

Ha pasado un cierto tiempo desde que leí esta ejemplar noticia. No sé qué aprendieron los jugadores argentinos de la experiencia a la que les sometió su entrenador. Es posible que algunos abrieran los ojos y comprendieran que había otras vidas muy distintas a las que ellos llevaban protegidas por esas burbujas invisibles que les distanciaban de los demás.

Hoy, lamentablemente, nos encontramos envueltos en una pandemia que azota duramente a muchas familias; otras, en cambio, quizás las menos, viven instaladas en sus impolutos refugios, físicos y mentales, aisladas de los fuertes vientos que sacuden el mundo exterior. Quizás, algún día, lleguen a entender que esas burbujas en realidad son ficciones, como las que magistralmente creaba El Bosco, pues navegamos en la misma nave y, les guste o no, o nos salvamos todos o todos acabaremos ahogándonos en un mar de pesadillas.

AURELIANO SÁINZ

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