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Aureliano Sáinz | El mal de la envidia

En un par de ocasiones he tratado de este sentimiento negativo que anida en el fondo de los seres humanos [Pasiones humanas: la envidia y La envidia, ese pecado capital], aunque conviene decir que, en ciertos casos, es una pasión tan fuerte que domina a algunas personas, llegando a situaciones que podríamos calificar de "patológicas".


Si vuelvo de nuevo a este nefasto sentimiento se debe a que recientemente he leído en un diario colombiano un artículo del escritor Héctor Abad Faciolince, autor de ese maravilloso libro de carácter autobiográfico titulado El olvido que seremos y que ha sido llevado recientemente al cine por el director Fernando Trueba.

Bien es cierto que Héctor Abad habla de la envidia que se da en su propia profesión, es decir, en aquellos que viven de la escritura, dado que es el mundo que mejor conoce. Y, puesto que ha residido durante algunos períodos en nuestro país, hace especial alusión a los grandes escritores hispanos del Siglo de Oro, los mismos que no tenían ningún reparo en ‘ponerse a caldo’ los unos a los otros sin ningún tipo de miramientos.

Dado que me gusta respetar lo que otros autores han expresado en sus trabajos, extraigo uno de los párrafos de su artículo Barrio de las Letras, que ha aparecido recientemente en El Espectador, diario colombiano que sigo con cierta asiduidad, y en el que hace referencia a la envidia que suscitó en Lope de Vega el éxito de Miguel de Cervantes, a pesar de que inicialmente fueron amigos.

El exitoso Lope de Vega, que hipócritamente se ordenó cura del Santo Oficio para protegerse y quien probablemente usó esa dignidad para atacar a Cervantes en el prólogo (muchos dicen que escrito por él) al Quijote de Avellaneda. Allí se burla de que sea viejo, pobre y manco de la mano izquierda. Y en otra parte dice (esta vez con su firma): “De poetas no digo. Pero ninguno hay tan malo como Cervantes; ni tan necio que alabe a Don Quijote”. La primera parte del Quijote había tenido éxito de lectores y eso era imperdonable para el siempre exitoso Lope”.

“Viejo, pobre, manco y mal poeta”, y todo ello recibido de quien el pobre Miguel de Cervantes creía que era su amigo. No nos podemos imaginar lo que podía haber soltado el laureado Lope si el autor de Don Quijote de la Mancha hubiera sido su enemigo.

En el artículo citado, Héctor Abad continúa con la rivalidad que se dio entre Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, quienes no se soportaban el uno al otro. Llega hasta nuestros días cuando hace referencia a la ruptura de la amistad que se produjo entre el escritor chileno Roberto Bolaño y el español Javier Cercas en el momento en que este último publicó, con gran éxito, su novela Soldados de Salamina.

Ante semejante panorama uno acaba preguntándose: ¿Existe verdadera amistad en el mundo de las letras o esta se mantiene hasta que la ansiada fama acude a rescatar del anonimato a quien aspira ser reconocido como autor de una obra que le haga ‘ser inmortal’, aunque esto solo sea una fantasía en la mente de quien escribiera esas páginas?

Si hay que cuidarse de lo que pudiera decir un amigo envidioso, no quiero pensar lo que surgiría de los rivales o enemigos, pues estos no pararían hasta ver que la imagen pública del envidiado quedara destruida. Algo de esto le aconteció a uno de los más brillantes escritores de la literatura española: Benito Pérez Galdós (al que muestro en un retrato suyo que pintó su buen amigo Joaquín Sorolla).

No quiero extenderme mucho en el tema, solo apuntar que Pérez Galdós, autor entre otras obras de los Episodios nacionales, fue propuesto para el premio Nobel de Literatura en 1912, cuando había publicado sus mejores novelas y era el autor teatral más representado en nuestro país.

Su candidatura contaba con el apoyo de más de medio millar de firmas de intelectuales españoles, caso de Jacinto Benavente, Ramón Pérez de Ayala o Santiago Ramón y Cajal. Por entonces, Galdós contaba con 69 años y era diputado de la Unión Republicana y presidente de la Conjunción Republicano-Socialista, hechos que sus enemigos políticos no le perdonaron, por lo que planificaron un complot contra él que le quitó todas las posibilidades de obtener un galardón que bien se lo merecía.


He hablado de la envidia en el mundo de las letras. No obstante, desconozco si esta pasión anida de manera especial entre los escritores, o penetra en aquellos mundos en los que el éxito y la fama son como los regalos que se reciben del mitológico Rey Midas, aquel que transformaba en oro todo lo que tocaba con sus manos.

¿Acaso no sucede lo mismo en el mundo de los pintores, de los actores, de los músicos, de los deportistas, o, incluso, de cualquier actividad humana en la que exista competencia y rivalidad entre sus participantes?

Hemos de tener en cuenta que la envidia, como ciega emoción, no existe de manera aislada en los seres humanos que la padecen, sino que resulta ser como una especie de planeta sobre el que giran otros satélites malignos como son la sospecha, la ignorancia, la calumnia, la difamación, la insidia o el fraude.

Esto que expongo queda muy bien expresado en el cuadro que acabamos de ver y que lleva por título “La calumnia de Apeles”. Se trata de un lienzo realizado en 1495 por del pintor renacentista italiano Sandro Botticelli, autor de obras tan famosas como “El nacimiento de Venus” o “La primavera”.

En este caso, se trata de una escena alegórica ambientada en un contexto arquitectónico clásico, con referencias a personajes mitológicos y del Antiguo Testamento que quedan plasmados como esculturas en las hornacinas o como actores del hecho narrado.

Así, dentro del grupo y en la derecha del cuadro, vemos al Rey Midas, sentado en el trono y con orejas de asno, simbolizando a un mal juez. A ambos lados, se encuentran dos figuras femeninas, que representan a la Sospecha y a la Ignorancia, que les susurran a sus oídos sus insidiosos consejos.

Delante de él aparece un monje vestido de negro, que encarna a la Envidia. El monje extiende su brazo izquierdo al propio rey, al tiempo que con la mano derecha sujeta a una joven que, vestida de ropas blancas y azules, personifica la Calumnia.

A esta bella joven la peinan otras dos que simbolizan la Insidia y el Fraude, al tiempo que la Calumnia arrastra por el suelo, cogiéndole de los pelos, al Calumniado, joven semidesnudo que parece pedir clemencia ante tantas pasiones desatadas en contra suya.


La escena (cuya lectura o interpretación visual va en dirección opuesta a la de nuestra escritura, es decir, de derecha a izquierda) encuentra su desenlace con la presencia de otros dos personajes femeninos algo separados del resto del grupo: por un lado, la Penitencia, anciana vestida con ropajes negros, que mira de manera sospechosa a una joven desnuda, la Verdad, cuya mirada se alza hacia el cielo, al tiempo que apunta hacia allí con su dedo índice, como indicando que el verdadero juicio sobre el Calumniado llegará desde lo alto, no desde un rey que es aconsejado por las pasiones humanas más bajas.

Creo que el lienzo de Botticelli en cierta forma es paradigmático, ya que no deja de ser una representación casi teatral de las pasiones humanas que rodean a la envidia, que, en su proceso destructivo, se encuentra ayudada por la calumnia, la insidia, la sospecha y el fraude que recaen sobre la víctima en esa especie de juicio público al que finalmente se la somete.

No es pues, algo que afecte en exclusiva a los escritores, sino que se muestra como una de las pasiones más nefastas que portamos cuando obsesivamente nos comparamos con los demás, creyendo que la suerte les ha favorecido sin merecerlo.

AURELIANO SÁINZ
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