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HG Manuel | La fotografía (XI)


Contestación semejante ‒sus manos palmeando sobre la mesa como diciendo «hasta aquí hemos llegado»‒ me dejó como al tonto chupando el lápiz.

«¡Ah, qué bonita palabra se me ocurre: paciencia!», me dije para tranquilizarme… dentro de mis posibilidades.

‒Perdone… ¿entraron ustedes en la cocina, abrieron el frigorífico? –recurrí pejiguera a lo prosaico; interesaba comprobar, exceptuando las formalidades, su compromiso con el caso. No tenía muy claro, a tenor de las circunstancias y procurando ser optimista, su apoyo, y era un modo muy simple de tantearlo.

Se le formó en el entrecejo un pequeño signo de impaciencia.

–¿No la ha visto? Tiene una autorización firmada, puede ir cuando quiera. ¡En fin! –se resignó–. Un cuscurro de pan en la panera y algo que fue fruta en el frigorífico –nuevo engurruñido, también involuntario–. ¡Ah!, las persianas estaban levantadas; esto puede ser un descuido o no, porque si te has ido de viaje, por ejemplo, y quieres que no lo parezca… Pero no especule demasiado, Castilla es un as del despiste: se tropieza, se confunde, olvida los compromisos, no respeta los horarios… –enumeró, dedo a dedo–. Ah, y se nos olvidó la llave del gas, un fallo, concretamente mío, pero había luz y corría el agua. Tampoco, le interesa saberlo, tocamos sus papeles ni revolvimos en sus carpetas.

–¿Documentación, agendas, billetes de viaje, correspondencia…? –insistí.

–Una carta, sin abrir, con el distintivo de un supermercado. Ninguna documentación, ningún resguardo, ningún billete de viaje… a simple vista. Solo un par de agendas de dos o tres años atrás, una de ellas intacta, que tenía sobre la mesa; la otra, con algún número de teléfono y anotaciones casuales, creo que sin importancia.

«Ahí sí que curioseó», pensé. Y él debió calarme, porque añadió:

–Estaban a la vista.

–¿Las tiene aquí? –lo chinché.

–¡Por supuesto que no! Usted tampoco moverá nada sin que antes lo haya inspeccionado la policía. Solo me faltaría tener que soportarle sus reproches cuando aparezca.

–¿El señor Castilla?

–Quién si no.

–Pues no le molesto más.

Nos pusimos de pie. Pero tenía pendiente otra pregunta, y la solté:

–¿Estaba hecha la cama?

–¿Cómo? –estaba atónito.

–La cama. ¿Estaba hecha? –incordiar te da satisfacción o ventaja, ya averiguaría cual.

El abogado se alisó la chaqueta, toqueteó la corbata…y reprimió la risa.

–Mal, pero lo estaba, sí –quedó observándome.

De inmediato retrocedió y me dio la espalda.

–¿Podría decirme por qué han elegido esa sucursal bancaria? –elevé una pizca la voz.

Se aproximó a la puerta, la abrió y se detuvo.

–¿Es importante? –mudó el tono: advertencia, comenzaba a propasarme.

–No especialmente –respondí, humilde a más no poder.

Me estudió sin disimulo: decidía si lo anterior era memez y esto impertinencia; también, que lo barato siempre sale caro.

–Lo sugirió Durbán, que es directivo del banco, y con eso me basta. Sinierra ha demostrado que es muy eficiente, y de confianza –no lo dijo, pero le capté un «mucho más que tú».

Dio un paso y… seguí quieto, dejé que el silencio interviniera, un poco, lo justo para que la impaciencia del hombre se caldeara.

–Entonces, ¿considera usted que la desaparición del señor Castilla es voluntaria? –insistí sin moverme, reiterado en la humildad.

Se giró del todo para enfrentarme, durante unos largos segundos (yo conté cinco), hasta que disipó la duda: nada de impertinencia, lo mío era simple y pura memez. De inmediato se relajó, incluso dedicó media sonrisa, quizá le salió torcida, a mi curiosidad.

–¿Cómo quiere usted que lo sepa? Carece de responsabilidades, pidió la excedencia, sí, dispone de dinero… Puede que se esté rascando la barriga en alguna pensión más o menos pintoresca de cualquier pueblucho costero, o se haya ido a protestar contra la caza de las ballenas –sospeché que el fastidio lo impulsaba al intento de dárselas de gracioso–. Incluso puede que persiga el recuerdo de unas faldas, él es muy faldero, aunque no lo parezca, y esto lo hablan sus amigos –ahora recelé malicia–; pero sin mucho éxito, nunca le fue demasiado bien con las mujeres, no es una simple conjetura. Y lo lamentará, siempre. Una mujer habría puesto orden en su vida, le habría adecentado, le habría cambiado en lo posible la facha, y sin duda habría convertido su lamentable desidia en una legítima ambición de progreso. Pero… él siempre fue un solitario. Y la soledad conlleva ramplonería, debilidades… –añadió ambiguo–. Mire en lo que nos ocupa. Él no atiende, ni comprende, a pesar de los años –«¡Qué falta de amistad más extraña!», casi me sorprendo–. Conclusión: usted me ha hecho una pregunta retórica. Tenga cuidado, sea preciso o la investigación quedará en nada. Le recomiendo que se esmere –aleccionó consecutivo al empleado: yo, un mero auxiliar. Chasqueó la lengua, alzó airoso la cabeza y con la punta de los dedos me soltó un par de rápidos picotazos en la solapa; gesto convencional, de ánimo, que afectaba confianza–. Gánese el sueldo –reiteró, ya cediéndome entre mosca y apresurado la puerta.

Pero no me moví; yo también gasté un par de segundos en sujetarme la fiera; que se notara en lo duro del rostro: le ofrecía un cariz distinto, incluido en lo que había contratado. La sorpresa y vi que el recelo, con timbre de alarma, ya recurría a la experiencia del veterano abogado.

–Lo estoy haciendo, señor Perals –le ofrecí una sonrisa con poco azúcar y le tendí la mano, un movimiento enérgico que él aceptó con flojedad.

El hombre seguía indeciso cuando enfilé hacia la salida y ya perdía de vista su afilada nariz.

Tomé el ascensor, bajé nueve pisos –me dio tiempo a pensar en la estricta formalidad del abogado y en que él y Castilla no congeniaban, aunque siempre compartirían, por imborrable, el amistoso sedimento del roce, un largo roce desde la niñez; también, y era lo importante, en que todo esto de poco o nada me servía–, atravesé el interminable vestíbulo –era fama, yo nunca lo había visto, que guardaba un importante monumento románico– y me encontré en la calle.

Tocaba abordar la siguiente entrevista. Bajo la solanera, pulsaba en mi teléfono para llamar a la profesora. Sin ton ni son me estuve preguntado por el viaje de los tres delfines entre los espumosos surtidores de la fuente que embellecía y daba frescor a la plaza: yo también, como tantas veces, pasaba por el mismo sitio. Sí, es fácil coincidir con algo que no se mueve cuando te repites.

La profesora fue amable y me dio un número. Hice una llamada. Me identifiqué y obtuve una cita.

HG MANUEL
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ

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