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Antonio López Hidalgo | La sombra de una imagen

Ella se vio huir en un sueño, como si el viento la arrastrara entre nubes frágiles y deshilachadas. No sabía si volaba, pero se vio surcando los altos cielos de todos los días a su misma altura, empujada por una fuerza motriz que la arrastraba de acá para allá. Pudo sentir el vértigo de la altura en los primeros instantes, pero después se dejó arrastrar por el ímpetu de un aire puro y liviano, consciente de que su destino bullía libre tan cerca de ella. No quiso parar en seco, por miedo a quedarse varada en el vacío, con los pies colgados en ninguna parte, sin saber a ciencia cierta si cuando los sueños se rompen el dislate es irreversible.


Tampoco sabía si soñaba, porque ya algunos libros le habían advertido de la eficacia de algunos sueños y de la terca actitud de quienes pretenden escapar a sus secuelas en pleno éxtasis. Así que ella, sin saber dónde estaba ni para dónde iba, se dejó llevar como quien lo esperaba desde muchos años atrás. En un momento determinado, imaginó ver o vio la sombra de una flecha o de una dirección proyectada sobre un muro, sobre un dique, sobre el muro de un pantano, y abajo el agua mansa y verde que dormía en esa sensación que es la felicidad colmada.

Luego se vio correr por la arena de la playa, como si ella misma fuera la protagonista de ese anuncio tan repetido de un perfume o de un brandy, y más adelante se vio montando un alazán, rojo o de color canela, ya no recuerda, y se vio desnuda cruzando una lluvia fina que no ocultaba un fondo dorado y un sol naranja oscuro, como si fuera una enorme yema de huevo puesta al fondo donde el mar y el cielo se fundían inevitablemente. Quiso detener sus pasos y no pudo. Sintió su pelo suelto y enmarañado lleno de aire puro, libre por primera vez, y pudo sentir en el corazón esas pulsaciones irrepetibles de los días únicos.

Le hubiera gustado ver alguna señal o signo que la guiara en ese viaje improvisado de la imaginación y que le ordenara las sensaciones vividas y por vivir, pero la vida, a veces o casi siempre, se muestra tal cual, de par en par, y cuando cruzas al otro lado ya no vale girarse y volver. Ella lo sabía. Siempre lo supo. Ahora recuerda una fotografía. Está ella, sola, más joven, demasiado joven. Tiene un desafío impenetrable en la mirada, un reto que no es un propósito sino más bien un tramo del camino, un destino ineludible. Ha vuelto a ver una sombra proyectada en un muro que es una señal, una dirección que lleva no sabe adónde. Le turban los signos y las imágenes que, más que guiar, confunden, sugieren, seducen. Es lo que tiene la vida, se dice, que siempre deja un matiz de duda en cada decisión, esa posibilidad remota que aúna acierto y error, éxito y fracaso, consumación de la felicidad o error predecible e inasumible.

Nada más ha visto una sombra proyectada en un muro que no marca un rumbo concreto. Y abajo, el agua verde y mansa, como si esperara otro viaje nunca emprendido o, también, como si este fuera el último tramo del viaje, como si después el camino se perdiera en sí mismo. Porque, a veces, se dice, hemos llegado al lugar soñado y no reconocemos el paisaje del delirio, no hacemos nuestra la tierra que sí lo es, la tarde encendida y los pájaros dibujando un vuelo impreciso, en nada equiparable al suyo, cuando se deja llevar por los propósitos despanzurrados en la memoria, como si fueran un saco de proyectos inasequibles a precio de saldo.

Se ve a sí misma abriendo los ojos, buscando la dirección extraviada que no está. Tiene en los ojos una luz melancólica que la habita y la embellece, y unas ansias insaciables de cruzar el mundo de punta a punta. Sabe, sin embargo, que no puede ser. Sabe que el mundo es ancho e inhóspito, pero que allá, donde menos piensa, crece una hierba fina que huele a hierba recién regada por la lluvia, ese olor que trae un recuerdo intenso a vida. Ahora pone los ojos donde nace el camino. Y después mete los pies en el camino. Sabe que no hay vuelta atrás, ni signos o señales que muestren a las claras adónde lleva ese sendero. Da igual. Hay un día que las dudas ya no valen, no importa que ninguna dirección marque el rumbo correcto, tampoco importa que haya rumbo o no. Todo viaje interior parte de nosotros y en nosotros, piensa esta mujer, y acaba en nosotros mismos. No hay que moverse, solo aspirar a ver el paisaje y reconocerlo como propio. Pero esta mujer, sin apercibirse de ello, ha comenzado a andar. El día será largo, piensa, pero no le importa. Sabe que no se puede parar ni volver. Sabe también que el viento sopla a su favor, aunque ignora adónde y hasta cuándo. Y esa sensación no la perturba, la ennoblece.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ
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