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Aureliano Sáinz | Se acaba el curso

Me gustaría empezar esta columna rememorando un sencillo y hermoso poema que el poeta guipuzcoano Gabriel Celaya dedicó como homenaje a una de las más nobles profesiones, la del maestro –y, por extensión, a todos los que se dedican con entrega a la enseñanza, en cualquiera de sus niveles–, puesto que, desde los niños muy pequeños que entran en la escuela hasta en las aulas de la universidad, el fondo del mensaje es el mismo: se trata de la entrega que sienten todos aquellos que dedican su vida con pasión a la labor de formar pacientemente a las nuevas generaciones.


Educar es lo mismo
que poner un motor a una barca.
Hay que medir, pesar, equilibrar…
y poner todo en marcha.

Pero para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino, un poco de pirata…
un poco de poeta…
y un kilo y medio de paciencia concentrada.

Pero es consolador soñar mientras uno trabaja,
que esa barca, ese niño,
irá muy lejos por el agua.

Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia pueblos distantes, hacia islas lejanas.

Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá nuestra bandera enarbolada.


Maestras y maestros, profesoras y profesores, independientemente del término que usemos, en estos días ven cercano el final del curso. Se aproxima la fecha en la que las aulas se quedarán vacías. Se cubrirán de silencio. El jolgorio que en ellas se vive, antes de la ceremonia con la que el docente comienza sus explicaciones, se habrá ido. Pareciera que sus paredes hubieran absorbido hasta el último de los murmullos que quedaron atrás cuando se cerraron sus puertas.

Y así estarán hasta que otra vez se abran los espacios que acogen toda la algarabía de los nuevos que reemplazarán a los del curso anterior.

Al poeta no se le olvida decir que para llevar adelante esta labor “hay que tener un kilo y medio de paciencia concentrada”. Efectivamente, el cometido educativo en el aula complementa aquel que madres y padres llevan en sus hogares. Y estos últimos saben a la perfección la enorme serenidad que hay que desplegar hasta que su hijo o su hija levante el vuelo y logre emanciparse del hogar en el que se ha formado. Es decir, cuando ya tenga todas las herramientas con las que pueda valerse en el complejo mundo que le espera.


Y esa labor comienza en las primeras edades. No es un trabajo que pueda aplazarse, tanto en la familia como en la escuela. Ya en sus primeros años, vemos caminar en fila a esos pequeños que guiados por los mayores aprenden que hay otro mundo más allá de su casa. Portando sus mochilas y bajo la atenta mirada de los mayores, inician una apasionante aventura que compartirán con otros de sus mismos años.

Pero esa aventura puede acabar en la adolescencia o caminar adelante, si se desea continuar con la guía de otros profesores que les seguirán formando en las distintas disciplinas que conforman los estudios que ya voluntariamente han elegido.

Pues, como metafóricamente escribe Celaya en los últimos hermosos versos de su poema, comparando al niño que se inicia con una barca que “irá muy lejos por el agua”, al tiempo que le recuerda quien lo ha conducido, en esa paciente labor educativa, que “en nuevos barcos seguirá nuestra bandera enarbolada”.

Esa es la gran esperanza de todo maestro: saber que sus ejemplos no quedan en el vacío y que, como el campesino que espera la cosecha de la siembra, algún día, pasados los años, de modo inesperado se le acerque un rostro conocido y le diga: “Yo fui alumno suyo”.

En mi caso, y a pesar de estar formalmente jubilado, continúo asistiendo a las aulas de la universidad. De todos modos, esta grata experiencia asoma de vez en cuando en mi vida.

Así, hace unos días en los que asistí a una charla-coloquio en la que participaba Alberto Garzón, ministro de Economía, al finalizar su intervención se me acercó José Luis, un antiguo alumno y, como suele ser habitual, me preguntó si le recordaba. Dado que tengo una buena memoria visual, le respondí afirmativamente. Estuvimos charlando un rato como si el tiempo apenas hubiera pasado, de modo que me explicó sus circunstancias y la trayectoria de sus últimos años.

De algún modo, tanto a él como a todos los que he tenido en mis aulas, les deseo que se cumpla lo que expresa en sus versos ese gran poeta que fue Gabriel Celaya, de modo que naveguen con sus nuevos pupilos rumbo a Ítaca en la apasionante aventura de esta milenaria profesión.

AURELIANO SÁINZ
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