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HG Manuel | La fotografía (XXV)


–¡Buf!… Sí, bueno, ninguna de sus preguntas conduce a sitio concreto, y alguna ni merece ser tenida en cuenta. A veces, fijarse en lo simple, en lo cercano, en lo más obvio, da resultado; pero comprendo que no lo tenga fácil, ¿eh?, al menos con lo que yo pueda aportarle. En fin, empezaré por la última. Esto… Castilla y yo nos vimos por última vez hará cosa de… espere… ¿diez años?… no, algo más, y fue en los juzgados. Acudía yo a declarar ante el juez por la denuncia de un mafioso local que me acusaba de haber publicado unas conversaciones, obtenidas de modo ilícito, según él, y así se lo comió el juez, un acojonado, porque el miedo es también otra forma de corrupción, ¡si hubiera visto cómo le temblaban las manos al desgraciado cuando el asesino lo miraba! Castilla se presentó allí, como otros amigos, para mostrarme su apoyo y hacer piña; detalle ingenuo, muy sincero, que tienes que agradecer; aunque, vamos, ¡je, je!, completamente inútil, porque el trago te lo bebes tú solito. Así que, tuvimos ocasión de charlar en el pasillo durante la espera; y si me pregunta de qué, ni idea, ya no me acuerdo. Desde entonces ni he vuelto a verlo ni a saber de él. Tuve mis problemas: estaba amenazado, tenía que andar protegido y alguna que otra temporada, entre aviso y aviso de la policía, debía desaparecer. Añada que también denuncié, por cierto, con la ayuda de un colega suyo, los negocietes y aleluyas de algunos políticos locales, sobre todos el interventor del Ayuntamiento en aquel entonces, ¡menudo pajarraco!, protegidos por sus partidos, los mismos que presionaban para aferrarse al timón del periódico. Ya se puede imaginar el clima; así que, debido a ese ambiente de indiferencia: la impunidad que otorga el borreguismo generalizado, empezaron a fallar las cuentas y mi periódico tuvo un recorrido de mucha dificultad. Estas semillas, por mucho que te la juegues, caen en baldío, se las lleva el viento; sin raíz no hay memoria, y si tú no te fajas, si no espabilas y te reinventas, está níquel: te quedas en la cuneta. Bien, no sé qué más puedo decir que de algún modo le sea útil. No es bebedor, y lo sigo creyendo a pesar de lo que usted afirma que le han dicho, que no lo dudo, ¿eh? No es mujeriego, huye de la bronca, nunca lo vi apostar…. Siempre fue amigo de sus amigos; esto es como afirmar que el agua moja, ¿entiende?, aunque no creo que tenga muchos, su carácter retraído lo impide… –un breve silencio–. Y no le conocí amenazas ni deudas, y tampoco a nadie que lo quiera mal. El único defecto, digamos reseñable, que yo le encontraba, no resulta tan fácil achacarle defectos a alguien tan plano, es el orgullo. Castilla es un tímido orgulloso, y eso perjudica a quien lo padece, porque sumarle orgullo a la timidez es una desgracia. Y sé de lo que hablo, he sido testigo. ¡No me fastidies! –se gritó o le gritó a alguien.

La nueva interrupción me sugirió un zumo de naranjas; fue corta y me quedé en la intención.

–Mire –volvió a la carga–, ese defecto, amén de que es cero ambicioso, le ha quitado muchas oportunidades, y aquí ponga lo que quiera. Por un malentendido sobre que yo lo había menospreciado… Mire, le cuento, así me entiende. Se inauguraba una galería de arte y tenía que entrevistar al dueño, el distinguido hijo de Luca Ursino, el muy distinguido marchante de arte renacentista. Como la materia artística nunca ha sido lo mío, recurrí a Castilla, él sí muy puesto en ella; por entonces, yo había abandonado el piso, nos veíamos poco. Casualmente, él pasaba una mala racha; su padre había caído gravemente enfermo y el enorme gasto médico mermaba la mediocre economía familiar, el sacrificado ahorro de la madre no daba para enviarle dinero suficiente… En ese día, por lo que fuera, no había comido y aprovechó la circunstancia, se quitó el hambre asaltando las bandejas de canapés que paseaban por la sala, y yo lo animé, la verdad. El galerista se dio cuenta y soltó una gracia ante el grupo de invitados: gente guapa, farándulos, algún político, los hay a granel, y algún cuñado, que tampoco faltan… Yo, por quitarle importancia, creo, reí el comentario, más despectivo que gracioso, encantado de seguirle la onda a una rubia, je, je, que se mondaba a mi lado. Pero, fíjese… paradójicamente, un momento de bohemia auténtica lo avergonzó. ¡Sí, que sí…! ¡Me vale, sí! –se interrumpió de nuevo para gritarle a alguien.

Oí murmullos, el consabido tecleteo, un rechinido y a él alejarse.

Suspiré; me masajeé la nariz, me froté el cogote. Le oí volver.

–Ya le digo –prosiguió–, no soportó el bochorno y escapó de allí como alma en pena. La vergüenza, el ridículo son sentimientos que el bohemio desprecia porque carece de orgullo. Pero los tímidos como Castilla se protegen, precisamente, con el orgullo. A cuenta de aquello se interrumpió nuestra amistad. Y quedó latente hasta que un día apareció por el periódico para elogiarme un artículo. No es rencoroso, le sanan las heridas, ¿sabe?, ni mencionó lo sucedido, y yo lo acepté. Por otro lado, los tímidos dan en ingenuos, le pongo otro ejemplo, venial, ¿eh?, hoy tengo el día. Este sucedió mucho después; yo dirigía un periódico y él ya era profesor… Verá, yo destapé un asunto delicado: comisiones, sobornos… con un hilo muy largo, y mantenía la exclusiva. Pero un importante medio nacional quiso pastelear el asunto según un determinado interés político. Así que, so pretexto del halago: quisieron distinguirme con esos colgajos de periodista sagaz, independiente, etcétera, enviaron a uno de sus redactores para entrevistarme. Se dio la casualidad de que hablaba con Castilla en mi despacho; yo le comentaba someramente el asunto. Así que, aprovechándome de su visita, lo presenté al periodista haciéndole creer que Castilla era buen conocedor del asunto. Y allí los dejé, a solas, je, je. La estratagema duró cinco minutos, lo que el enviado, un tío experto, necesitó para asumir la pamema. Castilla necesitó el frío del tiempo para olvidar la broma. Orgullo, nada más; eso sí, distinto al rencor. Por otro lado le sumo el asunto con una filipina, o no era filipina y la tía trabajaba en una ONG filipina, no recuerdo bien, del que salió trasquilado: le costó sufragar algún viaje y otros gastos… inconcretos, dejémoslo ahí. Yo le advertí pero fue inútil, él no atiende a otra razón ni criterio que los suyos. En fin, no entro en más detalles porque a usted no le sirven ni le interesan; solo sirven para que se haga una idea del ingenuo intransigente que es. Un impulsivo; se cree lo que le dicen y no averigua lo que debe antes de echarse al agua, sobre todo si enredan por medio los sentimientos.

–Hombre obstinado… –insinué.

–Evidente, sí.

–Y parece que bastante crédulo.

–¡Je, je! Sí, un pardillo, no se corte, acabo de decirlo. Y añada testarudo, un cabezón de tomo y lomo. Y lo dejo, el tiempo se ha terminado. Ya le llamaré, tengo su teléfono, y me dirá cómo le ha ido, si no le importa –contenía la voz del periodista un tono liviano, saltarín, cercano a la indiferencia, que no supe calibrar.

–Puede que se haya decidido a desaparecer durante una temporada.

–Mire, eso le cuadra, sí. En fin, ha removido usted recuerdos que tenía olvidados. Y, mire, lo agradezco la llamada. Es agradable. Un soplo del ayer, je, je, en el ahogo de esta crisis que nos devora sin pausa, no me refiero a la economía. En el vendaval mediático, tan cambiante, el periodista que no venga de fábrica con el cuello de los pavos: largo, muy largo, cuanto más mejor, para que le vaya pasando y no lo ahogue la bola de incertidumbre, descontrol, degradación de la palabra, de la gramática, que nos ordena el pensamiento y, por lo tanto, el mundo, de los clásicos y obsoletos valores periodísticos… ¡Joder, me voy! –y se fue. Cortó su letanía y la línea quedó muda.

Yo me quedé abstraído; cotejé esto y aquello, removí la ensalada, le di unas cuantas vueltas al bolo y obtuve una conclusión: nada, o casi nada; era como ir dibujando, de oídas, con descripciones contrarias, un muñecote disparejo, desproporcionado. No entré en los amargos augurios del periodista: negro esbozo que yo achacaba a su situación (la desconocía, nunca había leído su periódico, pero su acre pesimismo me hicieron barruntarla). Mi problema exigía rapidez; el valor de mi tiempo lo pagaban otros. «Bueno, como el de cualquier atosigado», me consolé. Y, ¡plin!, me vino a las mientes la frase de Perals.

De camino hacia mi oficina, respondí la llamada perdida del comisario Borrego. Era una tontería ir al anatómico forense; en el servicio de identificación, tanto de la policía como del ayuntamiento, no aparecía registrada ninguna huella de Castilla; por tanto, «su cuerpo no ocupa ningún frigorífico». Aunque si quería regodearme un poquito, Gándara, un inspector de su confianza, me facilitaría el trámite.

Ahora fui yo el que lo mandó a hacer puñetas.

HG MANUEL

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