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HIPODROMO

FENACO

27 dic 2022

  • 27.12.22
María Jesús Ortega Rodríguez (La Línea de la Concepción, Cádiz, 1961) comenzó su andadura poética durante la década de los ochenta dentro del grupo Calima en Arcos de la Frontera, donde ejerció la docencia en Lengua y Literatura. Su entusiasta y encomiable dedicación a la enseñanza, unida a otras tareas de divulgación, no ahogaron su creatividad, aunque presumiblemente retrasaron la publicación de sus poesías: hasta 2006 no apareció su primer poemario, Toque de arrebato, al que ha seguido –catorce años más tarde– Hábitat.


No estoy de acuerdo con quienes piensan que los estudios filológicos pueden arruinar la actividad poética de una persona. Desde luego no es el caso de la autora que nos ocupa: en ella se cumple con creces esa condición de “amante de la palabra” en cuanto que es capaz de crear mágicas e imprevisibles asociaciones con ellas, de buscarles sentidos diferentes a los habituales, a repetir y combinar sonidos…

Debo advertir que uno de los elementos que primero llamó mi atención en este libro fue el juego fónico que se crea entre el nombre de cada una de las cuatro partes en que se divide, así como la oposición de contrarios (dentro / fuera) que se establece entre la primera y las dos siguientes: “Intramuros (In absentia)”, “Intemperie 1”, “Intemperie 2”, “Indulgencia”…

Como advierte certeramente Pedro Sevilla en su Prólogo a esta obra, “Constantes son en el libro las referencias al silencio”. En efecto, el silencio –presente ya en las citas de diversos autores que encabezan el poemario y cada uno de sus apartados– se convierte en el leit motiv del mismo: en gran medida le da sentido y cohesión.

Pero el silencio tiene un valor diferente, un significado distinto en cada ocasión. En los poemas integrados en el primer grupo, el silencio –vinculado inicialmente a la noche y a un espacio interior asfixiante– es desolador, amenazante: “El silencio es tan grande / que quema / como una mala lengua, / como una herida”.

La luz del atardecer, sin embargo, va a ejercer un efecto balsámico sobre el paisaje pero también sobre el corazón: el contacto con la naturaleza –con la vida que fluye afuera, a la “Intemperie”– hace aflorar otro silencio diferente: “Se abre el silencio en el poniente / destapando la luz rosa de los insectos, oreados ya los cielos de muchedumbre”. Llega así la nostalgia de la infancia, el momento en que reverdecen los recuerdos y el ayer se conjuga con verbos en presente: “Era verano / Soy tan pequeña y tú / sentado tú me acunas / en el escalón de la puerta”.

Y por fin ha llegado la hora del amor compartido; el que nos hace contemplar la vida con otros ojos y atrevernos a derribar obstáculos: “Debajo de las piedras / te buscaría, / entre las sombras que ya nadie ve”. Ese amor que nos anima a reflotar situaciones del pasado desde una perspectiva diferente para reconciliarnos con ellas: “Una por una, voy abriendo estancias como quien / oreara aleteos de antiguos paisajes, / dejándose caer en el solaz / de este silencio, / de esta nueva intemperie”.

En armonía con la naturaleza, en paz consigo misma, la poeta encuentra su anhelado espacio vital: el hábitat tanto tiempo deseado. Aunque me atrevería a afirmar que el verdadero hábitat para María Jesús Ortega se halla en el ámbito de la palabra; de esas palabras a las que ella se enfrenta con resolución, al tiempo que las acaricia, mima y moldea hasta darles forma de poema.

Ficha técnica

Título: Hábitat (Prólogo de Pedro Sevilla).
Autora: María Jesús Ortega Rodríguez.
Edita: Lastura Ediciones. Colección Alcalima de Poesía, 170.
Ciudad: Madrid.
Año: 2020.
ISBN: 978-84-12-19405-0.

MARÍA DEL CARMEN GARCÍA TEJERA

GRUPO PÉREZ BARQUERO

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