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HLA

HIPODROMO

22 mar 2023

  • 22.3.23
Con tan sólo 9 años tuvo que ponerse a ayudar a su madre para sacar adelante a sus tres hermanos. Por eso no pudo ir a la escuela. Y, claro, cuando veía que todo el mundo escribía cosas, menos ella, se sentía enormemente desgraciada. Por eso, cuando su madre estaba a punto de morir, Francisca Valle le prometió que escribiría un libro para recoger la vida tan sacrificada que llevaron.


Francisca Valle Martín tiene en estos momentos 82 años. Nació en Dos Hermanas y se crió en el seno de una familia humilde. Su padre fue hortelano, y su madre, ama de casa. Y había que sacar adelante un hogar con cuatro hijos, tarea en la que se entregó por entero, como tuvo que hacer también durante los años de enfermedad de su madre. Se sucedieron a lo largo de su vida años de trabajo y dedicación por entero a la casa de sus padres y hermanos, primero, y luego a la suya propia, para poder sacar también adelante a sus cuatro hijas.

“Yo no he tenido vida. He vivido nada más que para mi familia”, cuenta Francisca, o Paqui como la conocen todos. Pero su eterna inquietud por saber y por expresar lo que llevaba dentro de su cuerpo, le hizo cumplir con una promesa que realizó a su madre en el lecho de muerte: escribir un libro en el que recogiera el recuerdo “de tantas tragedias familiares”, algo que le obligó ya mayor a aprender escribir, una circunstancia que confiesa que le cambió de pronto la vida, hasta el punto de asegurar que si no lo hubiera hecho, “me hubiera muerto”.

Paqui Valle pasó entonces de sentirse “poquita cosa” al lado de los demás, a vivir plenamente y a disfrutar del placer de leer y, sobre todo, de escribir, “algo que, sin duda, me ha dado la vida”. Una nueva vida que le llegó cuando en plena pandemia, con casi 80 años cumplidos, se decidió a escribir un libro que publicó en el año 2021 titulado ‘Tiempos de vida y sueño’, y al que luego le siguió otro de poemas, editado en 2023, titulado ‘Romántica’. Libros que ella confiesa que incluso le hacen sentirse más joven.

Esta es su presentación. Y ahora viene su testimonio en primera persona:

“La historia que recojo en mi libro ‘Tiempos de vida y sueño’ está basada en hechos reales de mi vida y dedicada sobre todo a mi madre, Pastora Martín Ruiz, a la vida tan ajetreada que vivió, y a mi padre, Andrés Valle Martín, que era hortelano y que murió de una tuberculosis cuando vino de la guerra. Yo tenía por entonces 3 años. Yo he luchado muchísimo en esta vida. Desde los 9 años trabajé en el almacén que estaba en La Moneda. Y esa ha sido mi escuela. Yo entraba con mi madre de noche y salíamos de noche. Por eso no he recibido enseñanzas de ninguna clase, pero inquietudes y sueños siempre he tenido muchísimos. A mí me gustan todas las ramas del arte y puedo decir que soy autodidacta y polifacética, porque me gusta todo lo que sea crear algo. Nunca fui a la escuela, y lo poquito que aprendí fue porque me enseñé yo sola, porque me gustaban muchísimo los cuentos y los libros. Yo sola me enseñé entonces a juntar las letras. Sin padre y con mi madre analfabeta, ¿quién me iba a enseñar a mí? Yo nunca fui una niña, porque desde los 9 años fui el bastón de mi madre, y tuve que ayudarle a criar a mis hermanos, porque yo era la mayor. Y luego además es que me casé también muy jovencita”.

“Yo, como siempre he sido así, sin saber escribir, he escrito, y sin saber pintar, he pintado. Y hasta he llegado a exponer mis cuadros. Pero es que también he sido campeona de Ajedrez en Dos Hermanas. En fin, que he hecho muchas cositas, y ahora me he metido en la literatura porque cuando murió mi madre de alzhéimer, en el año 2002, le prometí que algún día escribiría un libro”.

“Yo siempre he pintado, aunque fuera con un palo en la tierra o con un tizón en la pared, con lo que fuera, porque no tenía medios ni para comprar un lápiz ni un cuaderno. Pero cuando me casé, aprovechaba el momento en el que todos dormían para ponerme a pintar. Mi marido entonces me compró un caballete, las pinturas, y por mi cuenta fui pintando. Que se entienda que yo era una aprendiz, pero con el tiempo muchos de mis cuadros los llegué a presentar en una exposición. Yo pintaba sobre todo óleo, y mostraba cualquier cosa que se me ocurriera, desde un potrillo corriendo en una pradera, a un perro, jarrones o centros de mesa. Cuando los veía alguien, me decían que los expusiera, hasta Alcántara me lo dijo en una ocasión. Pero yo lo hacía porque me gustaba. Por eso no he vendido nunca mis pinturas. ¿Qué hacía entonces? Que los regalaba, bien por un cumpleaños, bien por una boda... Yo tengo mis cuadros desperdigados por toda la familia y amistades. La exposición en la que los mostré la organicé con motivo de la presentación de mi libro en La Almona. Y entre éstos estaban mis cuadros de punto de cruz, que he hecho algunos preciosos, de sesenta colores cada uno, y que parecen láminas”.

“Cuando me quedé sola, entré en una depresión tremenda, y me aconsejaron los médicos que saliera a la calle, que no me encerrara en casa y que hablara con la gente, porque si no, iría por mal camino. Mi marido, que era cazador, salió una mañana temprano de cacería y ya no volvió más porque le dio un infarto. Entonces me quedé sola con mi madre, que llevaba diecisiete años con alzheimer metida en la cama. Y cuando murió mi marido, estuve dos años más cuidándola. Fue en aquellos momentos cuando le prometí que iba a escribir un libro”.

“Mi marido fue yesero de profesión, pero de los buenos. Se mató de trabajar por toda Andalucía, y era buen amigo, buen padre, buen hombre y todo el mundo lo quería. Era inmejorable. Nosotros nos hicimos novios cuando yo tenía 12 años, y estuvimos juntos hasta que murió con 63. Yo no he conocido a otro hombre, nada más que a él, y te puedes imaginar cómo me quedé. Ya viuda, me dediqué a cuidar a mi madre, y cuando murió, me fui al Palacio de Alpériz para apuntarme, pero me dijeron que tenía que esperar a cumplir los 55 años para que me admitieran en el hogar. Entonces, me fui allá por El Palmarillo a que me enseñaran a escribir, porque por entonces yo no sabía ni firmar. Tenía una frustración tremenda por eso de no saber escribir. Un sentimiento y una pena…, ¡me sentía tan poquita cosa cuando veía que todos escribían y yo no podía¡ Y no es que ahora sepa escribir muy bien, porque todavía tengo mis faltas”.

“En mi libro, todo lo que recojo son vivencias mías. Yo sabía desde hacía mucho tiempo lo que tenía que escribir. Y, como dije antes, a mi madre le prometí, cuando estaba malita, que iba a escribir su historia y la mía. Antes hice una biografía, pero me iba a acarrear muchos disgustos y no quería resucitar tiempos pasados que hicieran daño a mi familia. Y por eso lo dejé. Entonces, me apunté para recibir clases de literatura y escritura. Empecé con los poemas. Cuando me faltaron mi marido y mi madre, como a mí siempre me gustaban los poemas pero no sabía escribirlos, pues los hacía a mi manera, y una vez que pude entrar en el Palacio de Alpériz, a la profesora que nos daba clases de lectura se los enseñé y me indicó a dónde tenía que ir para que me enseñaran a escribir. Y me mandó a la Biblioteca de Huerta Palacios. Allí estuve recibiendo clases de literatura y fue donde tuve la suerte de conocer a Carmen Leo, que puede ser mi nieta, pero que es un talento tremendo y congeniamos muy bien, hasta el punto de que ya somos como familia. Nos queremos muchísimo y para mí es como mi hija. Y fue allí donde ella aprendió conmigo y yo aprendí con ella”.

“En el libro hablo de mi familia, sobre todo de mis padres y lo que dejó la secuela de la guerra, de tanta hambre… Y detallo muy bien todas las tragedias por las que hemos pasado. Ahora estoy escribiendo una novela preciosa. Ya voy por el capítulo 14, porque yo primero planifico la novela y luego ya la voy montando. Y estoy tan ilusionada, que esto me ha dado la vida. La gente incluso me dice que estoy más joven, y yo les digo que sí, algo en lo que me está ayudando el libro que le he dedicado a mi madre”. [Dedicatoria: “El último día que mi madre pasó en la tierra, decidí escribir este libro en su memoria, y en la de aquellas madres que sufrieron los avatares de la guerra civil española, entregadas en sacar adelante sus familias. A mi hija Esperanza y a Carmen Leo, por ayudarme a hacer posible este libro. Y a todas las mujeres, para que nunca renuncien a sus sueños”]

“Yo empecé a escribir este libro durante el confinamiento. Pero la tecnología no me entra en la cabeza. A eso he llegado ya tarde. Lo hago todo a mano. Y los cuadernos me los como, claro [se ríe]. Lo que yo pretendía era contar todo lo que pasó mi familia, pero que la gente no sufriera leyéndolo, sino que se divirtiera, por eso lo he disfrazado con cosas románticas y de amores. Y es que yo soy muy romántica. Cuando niña, mis amigas no se querían juntar conmigo porque decían que era muy pamplinosa”.

“Y el libro de poemas, lo empecé sin saber escribir todavía, por eso en él se recogen poemas de épocas anteriores. Yo tenía un carpetón así de grande lleno de poemas, y es que en realidad llevo toda mi vida escribiendo poemas, algo que me hace muy feliz y que me ha dado la vida, porque, si no, yo me hubiera muerto con el recuerdo de tantas tragedias familiares”.

[En uno de ellos, que se titula ‘Gracias al día’, refleja perfectamente a esta escritora poeta: “Digo que soy autodidacta / y no me creen, se ríen. / Pinto sin saber pintar, / escribo sin saber escribir. / Demuestro que es verdad / y me dan la razón. / Me motivan y consiguen / que vuelva a empezar. / Me levanto al amanecer, / dando las gracias a Dios / por lo que me ofrece el día. / Bolígrafo en mano / escribo poesía, / con la dicha de expresar / lo que de mi alma sale / como un torrente, / y llega al alma de la gente. / Gracias, Dios, por tu presente”].

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