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HLA

HIPODROMO

7 may 2023

  • 7.5.23
Cuando asistí a las jornadas los días 10 y el 11 de marzo en el salón de actos de la Universidad de Córdoba, como celebración del centenario del nacimiento del psiquiatra Carlos Castilla del Pino, en un momento determinado me vino a la memoria la imagen de Antonio López Hidalgo, el amigo al que ahora, merecidamente, se está recordando en Montilla, su ciudad natal.


Las razones de que acudiera a mi mente se debían, en primer lugar, al paralelismo que se daba entre ellos, ahora ausentes, puesto que los dos brillaron en sus profesiones: el uno como psiquiatra y el otro como periodista y como docente en la Facultad de Comunicación de Sevilla. También porque ambos fueron vigorosos escritores, de modo que no solo publicaron numerosas obras en sus respectivas disciplinas, sino que también penetraron en los senderos de la ficción.

Castilla del Pino, en el ámbito literario y dentro de la ficción, publicó un par de obras: Discurso de Onofre y Una alacena tapiada. También abordó las memorias con Pretérito imperfecto y La casa del olivo, un verdadero monumento a la literatura memorialista. No puedo dejar de lado su obra póstuma, Aflorismos, conjunto de pensamientos y reflexiones sobre la condición humana que no me canso nunca de leer.

Otro de los motivos por el que Antonio acudió a mi mente, en aquellos momentos en los que se hablaba de una persona a la que conocí y admiré, se debía a los postulados defendidos por quien fuera uno de los grandes psiquiatras de nuestro país. Castilla del Pino sostenía que los seres humanos actuamos en tres espacios diferenciados: el público, el privado y el íntimo.

Conviene apuntar que es en el espacio íntimo donde se forjan y conjugan las ideas y emociones que cada cual portamos en nuestra existencia, por lo que nunca se nos puede llegar a conocer del todo. Serán, por tanto, las actuaciones públicas y algunas privadas las que queden como legados para los demás, ya que resulta imposible conocer el espacio íntimo, la intimidad ajena, sea en vida o una vez que esta se acabe.

¿Y por qué traigo ahora a colación este principio de la psicología en esta corta exposición sobre Antonio López Hidalgo? Posiblemente se deba a la frase que, en medio de una de las charlas que mantuvimos, en la que se encontraba nuestro común amigo Juan Pablo Bellido, la que me hizo pensar en una de sus líneas literarias. Se trata de los relatos de ficción en los que aparece la mujer como coprotagonista de los mismos, inicialmente publicados en Montilla Digital y, posteriormente, recuperados para la red de diarios que configuran en la actualidad Andalucía Digital.

En aquel encuentro le escuché: “Yo lo que deseo es que me quieran, aunque sea a tiempo parcial”. Me mantuve pensativo en aquel instante, dado que hay que conocer bien el personal sentido del humor de Antonio para comprender el significado de esta frase. Una frase que se me quedó grabada en la mente en medio de aquel coloquio de más de tres horas y que, de modo aleatorio, la enlacé con esos relatos de amores fugaces que, de vez en cuando, veíamos asomar en las páginas digitales.

Sobre lo que voy a exponer, no me queda más remedio que indicar que esto es una interpretación muy personal, pues, tal como nos indicaba Castilla del Pino, es imposible penetrar en el espacio de la intimidad de los otros.

Así pues, he vuelto a leer sus breves relatos sobre los encuentros que protagonizan un hombre y una mujer, mayoritariamente sin nombres, dentro del mundo imaginario de su autor. He mirado con detenimiento esas historias de amores, básicamente fugaces, que planean en las vidas de esas ficticias figuras.

De estas lecturas no me queda más remedio que dar algunas pinceladas, extrayendo algunos párrafos que Antonio escribió y citando los títulos de esos relatos, por si alguien siente curiosidad en ellos.

De este modo, en Mujeres de mi vida, leemos en sus inicios: “Fueron llegando a mi vida sin orden y con concierto. Cada una traía su propia música y al marcharse dejaban el estribillo de su canción grabado para siempre en mi memoria”.

Cierra el autor del siguiente modo: “Estas mujeres son bellas como los sueños que buscas y se volatilizan cuando nace el día, pero solo tú sabes que algunos sueños se pueden atrapar con las manos y degustar con el paladar y recordar para olvidar a aquellas otras mujeres advenedizas que un día se metieron en tu vida por cualquier razón que desconoces y que ahora ríen y aman con tristeza”.

También la duda sobre la felicidad que acompaña a los amores inciertos se manifiesta en algunos de sus relatos. Así, en Una sola noche es suficiente podemos leer:

“No le quedó otro consuelo que pensar que todo había sido un sueño. Lo quiso pensar tantas veces que la imaginación no alcanzó a más escaramuzas cuando el tiempo, contundente como una piedra, le dio a entender que no se puede abrir una roca con la sola sospecha de esa posibilidad. A partir de entonces, aceptó los demás días como una prolongación inexplicable de la desdicha y con el convencimiento tardío de que la felicidad es tan embriagadora como aquella droga cuyo dopaje necesitamos para cruzar sin tropiezos la vida que queda por vivir”.

Bien es cierto que el amor, los grandes amores imposibles dejan huellas, cicatrices, en el alma y en el cuerpo que perduran y resisten el paso del tiempo:

“No quiso entrar en detalles que le hicieron esbozar una sonrisa cómplice ni tampoco buscó las causas que motivaron un litigio de tan alto nivel, ni tampoco buscó en la memoria rincones concretos de un cuerpo que ya nunca lograría olvidar. En su partida, a saber a qué hora, no dejó nombre, dirección o número de teléfono”.

El paso del tiempo, las paradojas y contradicciones, los altibajos que entre un hombre y una mujer necesariamente aparecen. En algunos casos, esas relaciones se transforman en recuerdos en los que se esconden respuestas que solo se entienden transcurrido un largo tiempo. Es lo que se cierra en Tantos años después, cuando la voz del narrador nos dice:

“Y ése fue su mayor error: ignorar que ningún día se parece a otro, y que una mirada nada más te puede cambiar la vida de un solo golpe. Y lo peor de todo: no llegar a entenderlo sino tantos años después”.

Cierro esta breve exposición sobre la faceta literaria de Antonio López Hidalgo manifestando que, quizás, fuera en estos relatos donde plasmaba con mayor intensidad su carga poética, conjugando la sensualidad, la tristeza y la imposibilidad de penetrar en el otro como fuente de amores que acaban flotando en los sueños de la añoranza.

AURELIANO SÁINZ

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