Resulta obsceno hablar de política mientras sigue el recuento de muertos en Adamuz. Los matones de extrema izquierda han logrado cancelar las jornadas que Arturo Pérez-Reverte organizaba sobre la Guerra Civil y el tumor sanchista ha vuelto a colar un decreto ómnibus. ¿Quién le puede tener miedo a la extrema derecha con una pseudoizquierda como la que tenemos?
Lo peor es que, si asumimos las lecciones de la Historia, la violencia y la intolerancia se contagian. Es una cuestión de tiempo que grupos de extrema derecha aumenten el número de sus actos intolerantes, incluso violentos, en virtud de su supuesta superioridad moral: reventar presentaciones de libros, presionar para retirar libros de editoriales y/o librerías, o actuar con violencia en los actos donde vaya alguien que no sea de su gusto. Cualquier cosa, porque el fin justifica los medios.
Quizá el pesimismo que nos arrastra proviene de la conciencia de que solo estamos viviendo el principio de una degradación social que parece no tener freno. La clase política azuza a sus perros en ambos lados del espectro político, y ni siquiera con más de 40 muertos en una semana han sido capaces de dejar el argumento del “tú más”.
La Ley de amnistía rompió todos los puentes que quedaban, y hablar de política en la vía pública resulta una temeridad. La indecencia de una parte importante de nuestros políticos, la incapacidad del Partido Popular de hacer una oposición responsable ante el cáncer sanchista, las lógicas del algoritmo, el absurdo identitario y la normalización de la intolerancia llevan cada vez más a una convivencia imposible.
Aquel que quiera combatir a este gobierno y a la extrema derecha que alimenta con sus acciones deberá volver a hablar de lo que de verdad importa: la economía, el trabajo, la deuda, las condiciones materiales de la vida, la lucha contra la explotación… Volver a las lógicas de una izquierda sensata, universalista y moderada. Por desgracia, este es solo el principio. No quiero ni pensar en qué ambiente social viviremos cuando toquen elecciones generales. Ni pensar en ese horror. Una obscenidad.
Haereticus dixit
Lo peor es que, si asumimos las lecciones de la Historia, la violencia y la intolerancia se contagian. Es una cuestión de tiempo que grupos de extrema derecha aumenten el número de sus actos intolerantes, incluso violentos, en virtud de su supuesta superioridad moral: reventar presentaciones de libros, presionar para retirar libros de editoriales y/o librerías, o actuar con violencia en los actos donde vaya alguien que no sea de su gusto. Cualquier cosa, porque el fin justifica los medios.
Quizá el pesimismo que nos arrastra proviene de la conciencia de que solo estamos viviendo el principio de una degradación social que parece no tener freno. La clase política azuza a sus perros en ambos lados del espectro político, y ni siquiera con más de 40 muertos en una semana han sido capaces de dejar el argumento del “tú más”.
La Ley de amnistía rompió todos los puentes que quedaban, y hablar de política en la vía pública resulta una temeridad. La indecencia de una parte importante de nuestros políticos, la incapacidad del Partido Popular de hacer una oposición responsable ante el cáncer sanchista, las lógicas del algoritmo, el absurdo identitario y la normalización de la intolerancia llevan cada vez más a una convivencia imposible.
Aquel que quiera combatir a este gobierno y a la extrema derecha que alimenta con sus acciones deberá volver a hablar de lo que de verdad importa: la economía, el trabajo, la deuda, las condiciones materiales de la vida, la lucha contra la explotación… Volver a las lógicas de una izquierda sensata, universalista y moderada. Por desgracia, este es solo el principio. No quiero ni pensar en qué ambiente social viviremos cuando toquen elecciones generales. Ni pensar en ese horror. Una obscenidad.
Haereticus dixit
RAFAEL SOTO ESCOBAR
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL



























