Hace ya unas semanas que el cómico Manu Sánchez estrenó en Televisión Española El perro andaluz. De acuerdo con el propio Sánchez: “Digo lo que pienso, pero le doy muchas vueltas a lo que pienso. Quien me quiera contratar y poner en la tele lo que yo pienso y lo que yo digo, aquí estoy”. Una afirmación correctísima, si no fuera por el pequeño detalle de que esa “tele” es pública, de que debe ser un servicio para todos, y de que no puede dedicarse a llamar “facha” a todo el que no piense como él.
El cómico ha usado su origen andaluz como parte de su personaje, y trata de implantar en el imaginario español un estereotipo de andaluz gracioso, nacionalista, crítico en el más vulgar de los sentidos, y lo que él entiende como abierto y progresista, que en mi opinión presenta una visión retrógrada y alejada de la realidad actual.
En uno de sus monólogos, titulado España es…, trató de politizar el Mundial de Fútbol. Destacó el origen marroquí de Lamine Yamal y los distintos orígenes de los jugadores de la Selección. Por supuesto, obvió el pequeño detalle de que el seleccionador es católico y de derechas, que varios jugadores han demostrado una actitud conservadora hasta el punto de gritar “Gibraltar español” en celebraciones, y que no nos sorprendería que alguno fuera hasta terraplanista. Quizás, si se lo hubiera pensado mejor, habría destacado la convivencia entre distintos perfiles ideológicos. Pero no es la convivencia lo que buscan personajes como Manu Sánchez.
El cómico continuó su show calificando de “fascistas” a Alemania, Austria e Italia, haciendo un símil entre regímenes de hace un siglo y las actuales selecciones de fútbol. Y para rematar la jugada, terminó señalando que era evidente que todo aquel que estuviera en contra de la “plurinacionalidad” era “facha”. Es decir, más de medio país.
El humor debe ser libre y no se debería punir en ninguna circunstancia. Y si hubiera hecho este monólogo en La Sexta o en cualquier otra cadena servil, poco o nada hubiera dicho. Habría pensado que se trata de un enfoque carente de profundidad que prioriza el espectáculo sobre el rigor, que no ha leído a Blas Infante en su vida, y habría cambiado de canal.
El problema es que está utilizando la “tele” pública para cuestionar a quienes no comparten su visión, adoptando una línea editorial que parece alinearse exclusivamente con posturas muy determinadas. Una práctica que empieza a ser bastante común en RTVE, con una selección de colaboradores con perfiles ideológicos muy definidos, como es el caso de David Broncano o Jesús Cintora. De hecho, el presidente de RTVE ha salido al frente para defender al cómico: “Que a España no la ahogue el humo de la intolerancia”.
No puedo aprobar las amenazas de muerte que le han llegado desde que empezó su programa. Pero tampoco puedo apoyar a un individuo que contribuye a la estereotipación del andaluz —contra la que él mismo se opuso en su día, lo que no deja de ser curioso—, a la intolerancia, y a que se dedique a sembrar vientos con el dinero de todos.
Yo invitaría a este cómico a que, si de verdad piensa lo que dice, le dé alguna vuelta más. Y de paso, si tuviera más cultura, le recordaría que El perro andaluz fue un título cinematográfico utilizado para insultar a Federico García Lorca por parte de un aragonés y un catalán. Quizás haría bien en cambiarlo por “El perro” a secas. Va mejor con una actitud complaciente que, a mi juicio, no resulta apropiada para un espacio público, y ofendería a menos personas con el dinero de todos.
Haereticus dixit
El cómico ha usado su origen andaluz como parte de su personaje, y trata de implantar en el imaginario español un estereotipo de andaluz gracioso, nacionalista, crítico en el más vulgar de los sentidos, y lo que él entiende como abierto y progresista, que en mi opinión presenta una visión retrógrada y alejada de la realidad actual.
En uno de sus monólogos, titulado España es…, trató de politizar el Mundial de Fútbol. Destacó el origen marroquí de Lamine Yamal y los distintos orígenes de los jugadores de la Selección. Por supuesto, obvió el pequeño detalle de que el seleccionador es católico y de derechas, que varios jugadores han demostrado una actitud conservadora hasta el punto de gritar “Gibraltar español” en celebraciones, y que no nos sorprendería que alguno fuera hasta terraplanista. Quizás, si se lo hubiera pensado mejor, habría destacado la convivencia entre distintos perfiles ideológicos. Pero no es la convivencia lo que buscan personajes como Manu Sánchez.
El cómico continuó su show calificando de “fascistas” a Alemania, Austria e Italia, haciendo un símil entre regímenes de hace un siglo y las actuales selecciones de fútbol. Y para rematar la jugada, terminó señalando que era evidente que todo aquel que estuviera en contra de la “plurinacionalidad” era “facha”. Es decir, más de medio país.
El humor debe ser libre y no se debería punir en ninguna circunstancia. Y si hubiera hecho este monólogo en La Sexta o en cualquier otra cadena servil, poco o nada hubiera dicho. Habría pensado que se trata de un enfoque carente de profundidad que prioriza el espectáculo sobre el rigor, que no ha leído a Blas Infante en su vida, y habría cambiado de canal.
El problema es que está utilizando la “tele” pública para cuestionar a quienes no comparten su visión, adoptando una línea editorial que parece alinearse exclusivamente con posturas muy determinadas. Una práctica que empieza a ser bastante común en RTVE, con una selección de colaboradores con perfiles ideológicos muy definidos, como es el caso de David Broncano o Jesús Cintora. De hecho, el presidente de RTVE ha salido al frente para defender al cómico: “Que a España no la ahogue el humo de la intolerancia”.
No puedo aprobar las amenazas de muerte que le han llegado desde que empezó su programa. Pero tampoco puedo apoyar a un individuo que contribuye a la estereotipación del andaluz —contra la que él mismo se opuso en su día, lo que no deja de ser curioso—, a la intolerancia, y a que se dedique a sembrar vientos con el dinero de todos.
Yo invitaría a este cómico a que, si de verdad piensa lo que dice, le dé alguna vuelta más. Y de paso, si tuviera más cultura, le recordaría que El perro andaluz fue un título cinematográfico utilizado para insultar a Federico García Lorca por parte de un aragonés y un catalán. Quizás haría bien en cambiarlo por “El perro” a secas. Va mejor con una actitud complaciente que, a mi juicio, no resulta apropiada para un espacio público, y ofendería a menos personas con el dinero de todos.
Haereticus dixit
RAFAEL SOTO ESCOBAR
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL



























