A quienes, cuando todos huyen de las llamas, caminan hacia ellas. A los bomberos y a la UME.
El gris de la ceniza tiñó el paisaje que, escasos días atrás, era puro verde. El olor a humo no se iba de los uniformes y el calor se hacía insoportable. A duras penas podían contener las llamas, que arrasaban todo a su paso como una manada en caótica estampida. Las cámaras de televisión no dejaban de transmitir en bucle la desesperación de aquellas personas que habían perdido sus casas, mientras las sirenas de la Policía, la UME y los cuerpos de bomberos componían un terrible concierto que anunciaba que todavía quedaba una dura batalla.
Entre los gritos, los llantos y las hectáreas ya calcinadas, una figura paseaba con calma, concentrada en sus pensamientos. Nadie de los allí presentes pareció percatarse de su presencia. Él, en cambio, no perdía detalle de cuanto sucedía a su alrededor.
No podía explicar los motivos, pero sentía un nudo en la boca del estómago, como si el peso de una enorme piedra lo empujara contra el suelo arrasado. Contempló la llegada de los aviones, que no dejaban de descargar agua; escuchó las advertencias de las autoridades y observó las evacuaciones de las zonas afectadas.
De manera torpe, intentó ofrecer consuelo, aunque sus palabras no tuvieron efecto alguno. Nunca había tenido que consolar a nadie y, por desgracia, aquello no alcanzó siquiera la dignidad de un intento. Sin saber explicar el motivo, no podía apartar la mirada de aquellos hombres y mujeres que se enfrentaban a la bestia, que parecía no saciar nunca su apetito. Aquel valor se habría cobrado ya alguna víctima. No era la primera vez. Lo mataba la impotencia de ver semejante acto de sacrificio sin poder hacer nada.
Por encima de todo, lamentaba que fueran usados como peones en una partida de ajedrez que no dependía de ellos. Ni de lejos sus condiciones laborales eran dignas, pero allí seguían. Nunca daban ni un paso atrás, aunque las autoridades se olvidaran de ellos cada año al no tomar medidas para impedir que semejantes atrocidades se repitiesen. Únicamente discursos vacíos ante los micrófonos y aplausos huecos.
El misterioso paseante había visto muchas cosas que a otros les parecerían mentiras y exageraciones de un anciano. Pero en su memoria no hallaba un uso tan vomitivo del coraje humano. No lo hacían por medallas, ni aspiraban a ver sus rostros en una fría estatua en las plazas de los ayuntamientos. En nombre de muchos, no daban su brazo a torcer ante un terrible enemigo para que las nuevas generaciones pudieran disfrutar de aquello que pudiera salvarse. No había lugar para el miedo, la duda o el cansancio.
Siguió su camino lamentando que los responsables de tomar medidas estuvieran de brazos cruzados. El cambio climático no podía ser la única excusa. No entendía el miedo a utilizar la palabra «negligencia». Según sus cálculos, poniendo el oído de manera adecuada aquí y allá, se habían perdido 265.457 hectáreas.
El dolor había pasado del estómago al pecho. Debía parar. Antes de sentarse sobre una piedra del camino, agradeció y pidió perdón a aquellos héroes anónimos. Unas lágrimas recorrían su mejilla mientras maldecía a todos los que no hacían nada e incluso negaban las consecuencias para el futuro de aquel atentado contra la naturaleza. El aire no volvería a ser igual de puro; difícilmente la fauna y la flora volverían a su anterior esplendor. Semejante conjunto de incendios era una puñalada en el pulmón y en el corazón.
El caminante creía haber visto y oído suficiente. No podía más. Lo que más le dolía era que se olvidarían los errores. De vuelta a su hogar, en algún lugar del Olimpo, Prometeo se preguntaba si realmente había merecido la pena regalarnos el fuego.
Entre los gritos, los llantos y las hectáreas ya calcinadas, una figura paseaba con calma, concentrada en sus pensamientos. Nadie de los allí presentes pareció percatarse de su presencia. Él, en cambio, no perdía detalle de cuanto sucedía a su alrededor.
No podía explicar los motivos, pero sentía un nudo en la boca del estómago, como si el peso de una enorme piedra lo empujara contra el suelo arrasado. Contempló la llegada de los aviones, que no dejaban de descargar agua; escuchó las advertencias de las autoridades y observó las evacuaciones de las zonas afectadas.
De manera torpe, intentó ofrecer consuelo, aunque sus palabras no tuvieron efecto alguno. Nunca había tenido que consolar a nadie y, por desgracia, aquello no alcanzó siquiera la dignidad de un intento. Sin saber explicar el motivo, no podía apartar la mirada de aquellos hombres y mujeres que se enfrentaban a la bestia, que parecía no saciar nunca su apetito. Aquel valor se habría cobrado ya alguna víctima. No era la primera vez. Lo mataba la impotencia de ver semejante acto de sacrificio sin poder hacer nada.
Por encima de todo, lamentaba que fueran usados como peones en una partida de ajedrez que no dependía de ellos. Ni de lejos sus condiciones laborales eran dignas, pero allí seguían. Nunca daban ni un paso atrás, aunque las autoridades se olvidaran de ellos cada año al no tomar medidas para impedir que semejantes atrocidades se repitiesen. Únicamente discursos vacíos ante los micrófonos y aplausos huecos.
El misterioso paseante había visto muchas cosas que a otros les parecerían mentiras y exageraciones de un anciano. Pero en su memoria no hallaba un uso tan vomitivo del coraje humano. No lo hacían por medallas, ni aspiraban a ver sus rostros en una fría estatua en las plazas de los ayuntamientos. En nombre de muchos, no daban su brazo a torcer ante un terrible enemigo para que las nuevas generaciones pudieran disfrutar de aquello que pudiera salvarse. No había lugar para el miedo, la duda o el cansancio.
Siguió su camino lamentando que los responsables de tomar medidas estuvieran de brazos cruzados. El cambio climático no podía ser la única excusa. No entendía el miedo a utilizar la palabra «negligencia». Según sus cálculos, poniendo el oído de manera adecuada aquí y allá, se habían perdido 265.457 hectáreas.
El dolor había pasado del estómago al pecho. Debía parar. Antes de sentarse sobre una piedra del camino, agradeció y pidió perdón a aquellos héroes anónimos. Unas lágrimas recorrían su mejilla mientras maldecía a todos los que no hacían nada e incluso negaban las consecuencias para el futuro de aquel atentado contra la naturaleza. El aire no volvería a ser igual de puro; difícilmente la fauna y la flora volverían a su anterior esplendor. Semejante conjunto de incendios era una puñalada en el pulmón y en el corazón.
El caminante creía haber visto y oído suficiente. No podía más. Lo que más le dolía era que se olvidarían los errores. De vuelta a su hogar, en algún lugar del Olimpo, Prometeo se preguntaba si realmente había merecido la pena regalarnos el fuego.
CARLOS SERRANO MARTÍN
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR



























