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PILYCRIM - BODEGAS NAVARRO

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta Agua llovida [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
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20 sept 2021

  • 20.9.21
Las fronteras, piensa cualquiera, están ahí para romperlas y violentarlas, para cruzarlas y volarlas por los aires, provistos de papeles o sin papeles. Fronteras lacustres, aéreas, territoriales, fluviales, marítimas. Fronteras políticas e ideológicas, que dividen países que hablan distintas lenguas y el color de la piel de sus ciudadanos no es el mismo. Puestas en mitad de nuestras vidas por la propia naturaleza o, en su caso, por nosotros mismos.


Alguien mira a un lado o al revés, y el mundo ya es otro. Como si alguien hubiese dado una capa de barniz al paisaje que esconde y nos mostrara otra vida ajena a nuestras expectativas. Sin embargo, este hombre piensa que las peores son las fronteras invisibles, aquellas que se pierden en lontananza, y que, pareciéndonos próximas, nunca se alcanza el límite de una y otra parte.

Están ahí sin estar, sin apenas existir, porque las inventamos cuando nadie acecha, conscientes de que vale la pena soñar a escondidas, inventar otro mundo fabricado a medida, un hábitat imaginado donde metemos los pies creyendo que es una bañera, pero entonces advertimos la inmensidad del océano.

Hay fronteras sospechosamente accesibles, sin vigías camuflados, ni linternas escrutadoras que alumbran una sombra inexistente, ni armas de fuego con silenciador que persuaden al intruso del viaje inútil. Él sabe que las fronteras que no existen son las más arriesgadas.

Pone un pie al otro lado y siente que el cuerpo se hunde en el fango, un fango cremoso con sabor a natillas y a canela, familiar y sutil, que ahoga con una dulzura espesa e inevitable. Este hombre se cansa de ir de allá para acá. Acaso no busca nada. Como le ocurriría a cualquiera de nosotros. Pero la sensación incolora de que los días muertos no se parecen en nada a las promesas que nos han dejado ahora al borde del acantilado, no le deja en paz.

Este hombre ha cruzado la frontera. Era inevitable. Ha dejado atrás una casa, una botella abierta, una mujer que le ama, un perro que duerme su ausencia. Cualquiera se pregunta qué busca allende los mares y los montes. Con toda probabilidad todo aquello que añora lo lleva puesto encima, como su propia piel.

Nadie busca nada afuera de él mismo. Toda esperanza anida tan dentro de nosotros que la podemos confundir con las vísceras, los tumores, las heridas de otras guerras perdidas. Es lo que tiene no mirar hacia adentro: que caminamos sin brújula, sin destino. Es difícil encontrar secuelas de nosotros mismos si no nos sentamos al borde del camino y definimos nuestras propias capacidades. El mundo es tan ancho que es fácil despeñarse por cualquiera de sus vértices.

Este hombre no sabe qué busca y, en este bien entendido, se tira a la tierra, sin agua y sin mapas. Piensa que también los mapas están contaminados, manipulados como parte de nuestra vida que son, desviados del único camino posible. Probablemente lleve razón. En cualquier caso, es inútil advertirle.

El ansia de libertad solo se alimenta de víctimas inocentes e innecesarias. Cualquier día de estos, despierta y advierte que las fronteras puede que no existan. Ese día se sentirá abatido, torpe, viejo tal vez. En qué enredar ahora las horas, se dirá cada mañana, cuando amanezca y las horas sean resplandecientes y nuevas.

Le gustaría adquirir alguna guía precisa sobre aduanas y peajes, puertos y aeropuertos, muros y vallas, límites naturales o creados por el ser humano, violentados o infranqueables, espacios desestructurados e inasequibles al desaliento.

Debe haber rincones en el mundo, sospecha, que nadie ha cruzado, que nadie soñó después de la era de los descubrimientos, algún lugar ignoto adonde los satélites no tienen acceso, alguna gruta sin espeleólogos, cavidades naturales en el subsuelo donde nadie puso sus botas, morfologías geológicas inadvertidas a la ciencia.

Debe haber en el mundo, piensa con desaliento, el lugar vacío al que pretende acceder, sentarse en mitad de esa habitación desamueblada, de ventanas cerradas, esperando que alguien entre en ese espacio y encienda la luz, y le diga ven: aquí no hay vida, la vida está afuera.

Mientras tanto, seguirá buscando por las esquinas de su ciudad una quimera moldeada con arcilla que se derrite en sus propias manos, invisible a los ojos de los demás, la isla desierta que sobrevivió a todo naufragio literario. Pero él está ciegamente convencido de que las sombras esconden fantasmas y que las noches son días de pilas y baterías gastadas, desconectadas de la luz que busca otros amaneceres.

Y cuando verdaderamente amanece, él no ve los árboles que crecen junto a la ventana, ni oye ladrar a los perros, ni vislumbra la claridad que ofrece la mañana. A veces, desde las fronteras invisibles que atenazan su mirada, el mundo es tan centelleante que le deslumbra para adivinar el paraíso que tiene a sus pies. Después observa más allá, donde una línea parte el techo de la cordillera, donde ya no hay nada, donde su mirada se extravía en la luz que se apaga dentro de él mismo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

13 sept 2021

  • 13.9.21
La novela podría arrancar así: “Coincidían todas las tardes a las ocho. Él subía en Cisíon y ella en Monastiraki.” Una historia de encuentros que tienen lugar en el metro. Acaso no sea el lugar idóneo para darle alas a una narración de amor, pero a los escritores, en ocasiones, les da por ahí.


Él es joven, 21 años tal vez, seductor, viste pantalón de pana y jersey de cuello alto, cabello largo y descuidado, peinado hacia atrás. En una mano lleva un paquete de cigarrillos; en la otra, una carpeta llena de papeles. Siempre se sienta al fondo, junto a la ventanilla. Entonces, aparece ella. Una mujer madura, bien conservada, de pelo largo aclarado por el tinte.

En la historia, no debe ocurrir nada excepcional, nada que no acontezca en la vida. Pero en la vida, la mujer madura se siente atraída por un joven de 21 años. Se cruzan miradas. Siempre viajan en la misma dirección, a la misma hora. No es casualidad, por supuesto. Nada en literatura ni en la vida es azar.

Siempre se encuentran en los mismos asientos, las miradas se repiten y se encuentran inexorablemente; se buscan no solo los ojos, sino la biografía que esconden adentro, los momentos radiografiados de sus pasados remotos o recientes. Ambos se preguntan quiénes son, quiénes querrían ser a partir de ahora.

En un momento pretendido o fortuito –cada autor escribe el guion a su modo–, se entrecruzan unas palabras. La primera conversación siempre es ingenua, pero no baldía, torpe, solo busca los datos esenciales donde ubicarse los protagonistas.

Él vive con la madre y el hermano mayor. Estudia Electrónica. Por la tarde, toma clases de inglés. Su aspiración: obtener una beca de posgrado en Inglaterra. Ella trabaja en una delegación de Hacienda, aunque no lo necesita. Está casada. Tiene dos hijas. Cada mañana necesita tomar el metro, viajar, estar en la oficina. Necesita salir del hogar, enfriar el calor de la casa marital. De lo contrario, el mundo no tendría sentido.

Ahora se miran a los ojos sin parpadear. Hay chispas incandescentes en sus miradas. Como todos los enamorados, sienten que se dejan deslizar por un tobogán a una velocidad de vértigo que no logran controlar. Eso piensa ella; él, no sabemos. Han quedado para el viernes. Para hablar, para pasear.

Pero él prefiere quedar en un lugar concreto. Ella siente que el joven tiene la capacidad de alterar sus costumbres. No se pregunta si eso es el amor. Porque no lo sabe. En principio, se siente atraída por su juventud. Ella no se había casado por amor, así que le costaría averiguar qué la impulsaba a buscarle.

Al joven no le gustaban las chicas de su edad, sino las mujeres maduras, como ella. La llamaba de usted. Y, aun así, a ella le gustaba ese trato de respeto y atracción. Un día quedaron en una tabernita que él conocía, en un sótano, donde servían buen vino y el juke-box no paraba de soltar canciones repetidas de moda.

La clientela era vulgar, las paredes estaban ennegrecidas por el humo, las mesas cubiertas de manteles plastificados, lámparas de neón. Él le coge la mano y se la mantiene apretada. Visto así, los protagonistas de esta historia están condenados a mudar de escenario.

Él propone ir a casa de un amigo, para no ir callejeando por ahí. Ocurre en cualquier historia de amor. Como pensaría el poeta, siempre conviene tener un lugar a donde ir. Hay que cobijarse del mundo, perderse donde no los encuentre la luna llena.

Descendieron por una escalera de madera que daba a una pequeña habitación, como si fuera el camarote de un barco, escribe el autor, con las paredes adornadas con pósteres y mujeres desnudas. Ella lo piensa enseguida: ¿un picadero? Y no le importa. Hay sensaciones secretas que tiene que vivir, hacerlas propias, aunque después le cueste adaptarlas a su hábitat diario.

En el centro, hay una cama y una lamparita de color carne. A él no se le olvidaba que ella estaba casada, y a ella tampoco. Ella se escabulló de entre sus brazos y salió a la calle. La segunda vez no hubo escapatoria, ni intento de fuga por su parte. Él se esforzó por quitarle una combinación bordada de color rosa, las medias, el sostén. Temblaba todo su cuerpo.

Se decía a sí misma, y le decía a él, que estaba loca, que quería estar loca, que era inevitable no enloquecer algún día en la vida. Las noches de lujuria se repiten durante un tiempo, más bien breve, después el final se precipita en esta historia. El joven un día no sube al metro. Desaparece de su vida. Y ella se incorpora al hogar abandonado, donde nadie la ha echado de menos. Bueno, este último apunte, como alguno otro, es mío.

En cualquier caso, no hay que escribir la historia, porque ya está publicada con algunas variantes respecto a la sinopsis aquí descrita. Conocemos el arranque. Este sería el final. Ella, en el metro: “El trayecto le parecía interminable, toda una odisea. ¿Le seguiría pareciendo así de aquí en adelante?”. Sería correcto, como en el original, terminar con un interrogante, porque ahí radica la savia de la vida y el motor de sus dolores y de sus más ardientes locuras.

La historia la escribió en 1976 Menis Kumandareas, destacado representante del realismo social griego, perseguido en tiempos de la Dictadura de los Coroneles, autor de una obra llena de historias que, como esta, son metáforas poderosas de aquel tiempo, tal vez también de este.

Pero como ignoramos que esta historia se pudiera repetir tal cual, o incluso que alguna vez haya ocurrido y solo sea una invención del escritor griego, yo solo propondría escribir miles de finales diferentes e incluso incompatibles entre sí. El amor es lo que tiene: cada quién lo viene a su manera.

Hace unos años, cuando se publicó en español, leí este libro. Estos días, no sé por qué razón, he vuelto a releerlo. La señora Kula, así se titula esta novela breve de Kumandareas, narra el intento malogrado, de una mujer de mediana edad, de escapar de su vida estancada a través de la relación amorosa con un jovencito. Este y la mujer coinciden cada día en el mismo vagón del metro.

Así nace este idilio en la Atenas gris de los años setenta, en busca de una felicidad cotidiana que la vida no le dio a ella. En la contracubierta del libro, publicado en España en 2007 por 451 Editores, se puede leer que esta novela indaga en la soledad a las que nos abocan las ciudades, en la que el opresivo suburbano se convierte en escenario del amor.

Cuando cerramos la novela, del joven no sabemos nada más, sino que un día desaparece de la vida de esta mujer. Ella vuelve a su vida cotidiana, a su hogar y a su trabajo. Y el suspense permanece ahí. Tal vez viviera de la nostalgia el resto de sus días, o también, ahora que conocía el largo y curvo camino del hechizo amoroso, igual se echó a la calle, como haría cada día, no buscando, sino encontrando, a ese joven casual que, aunque nunca será parte de su día a día, sí le bastarán nada más algunas noches compartidas para entender que la vida nadie sabe, a estas alturas, de qué va verdaderamente. Porque, claro, las historias de amor se pueden asemejar mucho o demasiado unas a otras, pero nunca todas son iguales. Dicho de otro modo: toda historia de amor es única.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

6 sept 2021

  • 6.9.21
Siempre volvemos al mismo lugar, a la misma casa, al único rincón posible, empujados por los libros leídos, por la música de la nostalgia, por los recuerdos infalibles. La vida, después de todo, es un cúmulo de navegaciones y de regresos como, más o menos, diría Pablo Neruda.


Se quema el mes de agosto en los eriales de la memoria y allá andamos nosotros para poner orden en el divertido caos de la existencia venidera, que no es otra que una prolongación fotocopiada de los días pasados. Pero el transcurso del tiempo desbroza también toda memoria advenediza, aquella que sobrevive a cualquier imprevisto naufragio y esta otra con la que nos tropezamos de narices y nos rompe de golpe la vasija donde escondíamos las fotografías de las horas olvidadas.

Vuelvo de unas vacaciones a las que no sé si un día de estos me fui, o si he retornado al cataclismo monótono llevado nada más que ese viento colectivo que se amansa cuando vivimos en colectividad. Me tiendo en mi sillón de siempre, sin libros, escuchando el Canto General de Mikis Theodorakis, esa obra magna en la que el autor griego puso música a los versos de Neruda.

He escuchado este disco cientos o miles de veces. Dos o tres o cuatro veces el mismo día, durante días y meses y años. La majestuosidad elocuente de letra y música, la profundidad salvaje de una obra diferente, impresionante, grande.

Neruda y Theodorakis, dos nombres que son parte inalienable de mis recuerdos. Como también lo son para mi amigo Antonio García Martínez. Hace unos días murió el compositor griego. Compuso piezas clásicas y populares, otras que eran clásicas y populares, algunas en la cárcel. Escribió sinfonías, óperas, balés, música para teatro, bandas sonoras para películas, incluso marchas de protesta. Pero nunca se le pasó por la cabeza escribir marchas militares. O eso me gustaría pensar. Había nacido en la isla de Quíos y en los últimos años andaba retirado del alboroto de la existencia. La salud le estaba rompiendo ya la vida.

Yo le amaba por esa música honda y solemne que era su Canto General. Ahí estaba también la sangre enardecida del poeta chileno, los versos sinfónicos de ese gran libro, por ambicioso, y tan grande, por extenso. Escuchaba esa música tan mía, mientras leía y releía los poemas en una edición de la Biblioteca clásica y contemporánea de Losada, impresa en Buenos Aires, esa editorial que nos asomaba a las páginas prohibidas en España por el régimen.

En esa editorial leí por primera vez Tercera residencia, cuando Franco comenzaba ya a agonizar. Cuando murió el general, recuerdo que el PCE imprimió y distribuyó por toda la Ciudad Universitaria un panfleto donde reproducía un poema incluido en aquel libro: “El general Franco en los infiernos”. Nadie ha escrito mejor obituario anticipado al dictador.

Siempre recordaba cómo arrancaba aquel libro que tanto le impresionó a Theodorakis: “Antes de la peluca y la casaca/ fueron los ríos, ríos arteriales:/ fueron las cordilleras, en cuya onda raída/ el cóndor o la nieve parecían inmóviles:/ fue la humedad y la espesura, el trueno/ sin nombre todavía, las pampas planetarias”.

Editorial Losada publicó la obra, por primera vez, en 1955. Yo conservo la sexta edición, en dos volúmenes especialmente revisados, de 1975, el mismo año que murió Franco. Tampoco es casualidad. El azar no existe cuando los astros se alinean buscando la misma luz.

En la contracubierta del libro se podía leer que en esta obra Neruda cantaba a América en su totalidad, desde sus raíces hasta sus problemas actuales, y en cuyas páginas “toda realidad se vuelve sustancia poética para su inspiración, una de las más apasionadas de la lengua española en nuestros días”.

Pero el Canto General no era la obra más conocida de Mikis Theodorakis. Más popular era Zorba el griego. Cualquiera recuerda a Anthony Quinn bailando esta danza con los brazos en alto al borde del mar. O Z (1969), dirigida por su compatriota Costa-Gavras. O Serpico (1973), el thriller de Sidney Lumet protagonizado por Al Pacino.

En 1967 la junta militar griega lo encarceló y lo torturó, prohibió su música. Como otros artistas griegos, el exilio le llevó a París. Regresó en los años setenta y compatibilizó su carrera artística con la política. Los años le confundieron la ética y la estética y pasó de militar en la izquierda, desde el año 1988, a entrar en las filas del partido conservador. Incluso fue diputado en los años ochenta y noventa, y ministro en el Gobierno de coalición integrado por el centro-derecha y los comunistas.

Estos días he vuelto a escuchar, de manera reiterada e insistente, también anímicamente necesaria, el mismo disco después de tantos años, descifrando el trasunto de los versos nerudianos y la música alta del compositor griego: alta como el vuelo del cóndor perdido sin rumbo en la cordillera de los Andes que, muchos años después, recorrí buscando una identidad compartida, un compromiso con la memoria, un encuentro con los poetas y con los compositores que nos ayudaron a crecer cuando aún ignorábamos qué podría ser de nosotros sin sus versos y sin su música, y dónde podríamos haber acabado si nunca les hubiésemos conocido o nunca hubiésemos sucumbido al bálsamo incorregible de sus creaciones y de sus propuestas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

30 ago 2021

  • 30.8.21
En mi libro Cuentos que fueron noticia ya advertía de que Jorge Luis Borges escribió alguna vez que el libro no le era menos íntimo que las manos o los ojos y que era, además, un instrumento sin el cual no podía alcanzar a imaginar su vida.


De todos los instrumentos que el hombre ha creado, dijo, el libro es el más asombroso. El microscopio o el telescopio son extensiones de la vista. El teléfono es una extensión de la voz. Y el arado o la espada, extensiones de la mano. Sin embargo, el libro es, escribió, una extensión de la memoria y de la imaginación.

Roberto Calasso, por su parte, nos recordó también que el libro, como la cuchara, pertenece a esa clase de objetos que son inventados de una vez para siempre, “en tiempos muy antiguos o quizás no tanto”. Y añadía con su inteligencia estentórea que ambos objetos estaban dotados para ser capaces de innumerables variaciones, pero siempre de un mismo gesto: extraer una pequeña cantidad de líquido, para la cuchara; leer un texto, incluso largo, sosteniéndolo con las manos, hojeándolo y desplazándolo “con facilidad la atención en su interior”, para el libro.

El rollo, en cualquier caso, sugería, era una aproximación insuficiente e incómoda. Y concluye afirmando que, en el curso del siglo IV d. C., se produjo el paso del rollo al codex, que fue “el primer libro auténtico, once siglos antes de Gutenberg”.

Su libro Cómo ordenar una biblioteca, último publicado en España antes de su muerte, acaecida este 29 de julio en Milán a los 80 años, es un derroche de conocimiento y de humor. Debo reconocer que compré y leí el libro para resolver uno de los problemas siempre irresolutos de mi existencia: poner en orden mis libros.

Debo admitir, en todo caso, que no me sirvió para nada. No conozco a nadie que haya logrado encontrar la fórmula mágica para poner en orden y darle sentido a una biblioteca. La biblioteca de cada uno es algo tan personal que no nos valen soluciones ajenas, por muy autorizadas que sean o estén.

Sobre todo, si se trata de una biblioteca viva, que crece día a día, con volúmenes de temas variopintos, tamaños diferentes y calidades que se muerden entre ellas. Los lectores nunca tenemos tiempo para poner en orden nuestras lecturas, así que sería ingenuo pretender decir que estamos capacitados para ordenar con sentido una biblioteca personal. Se nos califica de lectores salvajes. Ya Calasso defendía la lectura salvaje y condenaba a los demás: “Y contra los que se dan aires de leer solo desde cierto nivel (alto) hacia arriba. Estirpe aburrida por demás”.

El libro no me dio para poner en orden mis lecturas ni mis libros, pero sí para disfrutar durante unas horas y unas páginas de una inteligencia divertida, libre y opulenta. Calasso era editor y escritor y editó y escribió libros dedicados a la edición y a las bibliotecas. Juan Cruz lo definió y lo despidió con esta frase acertada: “Deja atrás dos bibliotecas, la que hizo con sus palabras y la que consiguió alzar con las palabras de los otros como un viejo sabio antiguo”.

Hay lectores que subrayan sus libros y anotan pensamientos en los márgenes de sus páginas. Yo soy uno de ellos. Calasso también. De modo que escribe: “La primera edición de un libro no es una parte no secundaria de una obra. Es una ayuda para comprenderla. Ayuda física: táctil y, ante todo, visual. Insustituible. El bibliófilo que no se atreve siquiera a cortar las páginas de una primera edición para no dañar la integridad es lo contrario del verdadero lector. El fetichismo, para ser saludable, implica el uso, el contacto”.

Hay otros pensamientos en este libro que no ayudan a ordenar una biblioteca, pero imprescindibles para cualquier lector. Por ejemplo, la necesidad de comprar libros que no se van a leer enseguida. Ya surgirá esa necesidad por muchos años que pasen. O acaso la necesidad siempre está ahí, aunque se consuma.

La informática, es cierto, ha venido a atenuar el desorden inmerecido de nuestros libros, pero nunca a resolverlo. En nuestra biblioteca también encontramos libros molestos, de los que Calasso dijo: “Para los autores del pasado, puede tratarse de ediciones superadas o defectuosas o repetidas”.

Cómo deshacerse de estas repeticiones innecesarias. Calasso ofrece una solución que no era suya, sino del escritor argentino: “Borges usaba a veces este procedimiento: salía con un paquete de libros debajo del brazo, se sentaba en un café o en una librería (su preferida era La Ciudad), tomaba algo o simplemente pasaba un rato mirando a su alrededor y después salía, dejando los libros sobre la mesa. Solo debía encontrar el momento en que no hubiera alguien lo suficientemente servicial como para restituirle el paquete olvidado”.

A nadie se le escapa que un libro, una vez leído, no vuelve al formato primitivo, pues su uso deja huellas indelebles. Calasso prefiere incluso que el buen lector deje parte de él mismo en subrayados y anotaciones. Se aprende también de este autor que todos imaginamos haber leído libros que nunca hemos leído, y libros que, una vez leídos, olvidamos para siempre sin que dejen en nosotros el más mínimo rastro.

Él desconfía de quienes conservan los libros intactos. Suelen ser malos lectores. Y concluye: “Toda lectura deja una marca, aunque no quede ningún signo visible en la página. Un ojo experto sabe enseguida distinguir si un ejemplar ha sido leído o no”.

En definitiva, no hay método efectivo para ordenar una biblioteca. Calasso sugiere que tampoco es necesario que los volúmenes estén en orden, tampoco en desorden, incluso pueden estar en cajas apenas abiertas. El problema a veces se complica, como le ocurrió al editor holandés Koen van Gulik, ya que, si es complejo ordenar una biblioteca, no hablemos si además heredas otra, como le ocurrió a él con la de su padre.

Calasso escribe al respecto: “Los libros provenientes de una biblioteca seguían imantados por los libros de la misma biblioteca. Se resistían a reunirse con los otros”. Es obvio. Los libros se atraen entre sí, como hacemos las personas.

Siempre he mantenido un orden encriptado en mi biblioteca a la hora de ordenar mis libros, que se ampara únicamente en los retazos de memoria que me llevan a buscarlos y encontrarlos en este o aquel estante. Como método infalible, a veces falla. Y solo alcanzo a hallar e identificar el volumen anhelado cuando ya no necesito de su consulta o lectura.

Pero, después de todo, estos pequeños contratiempos no son más graves que los reveses que nos da la vida en nuestro paso por la tierra. Los libros, caprichosos, se agazapan y acomodan entre otros de su misma naturaleza y condición. O muy bien también podría ser de otra manera. Da igual.

Pero sí es cierto que están condenados a estar ahí hasta que nuestros dedos, imantados de esa sensación irrefrenable que es la pasión por la lectura, les obliga a abandonar su zona de confort y a vivir el éxodo irrefrenable y único que es la exposición ante nuestros ojos cuando traducen las historias preservadas entre sus páginas. A veces preservadas, mágicamente, a través de siglos y siglos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

23 ago 2021

  • 23.8.21
Cuando un manojo de páginas bien escritas se ha cocido con sana inteligencia, mala leche incontenida, ironía esculpida sin pudor alguno y unas virutas de cansancio existencial, el libro no puede sino ser el mejor paliativo contra la desidia y el método más eficaz para desternillarse de risa en esta vida que nos amordaza la carcajada.


Eso me ha ocurrido estos días leyendo Notas para unas memorias que nunca escribiré, obra póstuma de Juan Marsé. Debo advertir, en estas primeras líneas, que el escritor catalán es uno de mis escritores de cabecera, a quien se lo perdono casi todo y por quien siento una admiración sin límites.

En el libro no deja títere con cabeza. En sus frases condenatorias, socarronas y despiadadas, los dardos vuelan en todas direcciones. Alguien, al leerlas, podría haber pensado o pensó: “qué suerte que no me conociera o que no se haya acordado de mí”.

Marsé, aún en vida, autorizó la publicación y revisó en dos ocasiones los materiales que contiene este volumen. Escribe Ignacio Echevarría en el prólogo que en ningún momento se dio por sentado que su edición fuera a ser póstuma.

El libro contiene el Diario del año 2004 que, según Echevarría, es “el más íntegro y despiadado autorretrato del escritor”. Desde luego, no fue un año cualquiera: estalló el atentado de Atocha del 11 de marzo, seguía la guerra de Irak y un tsunami arrasó las costas del sudeste asiático.

A nivel personal también fue penoso para Marsé: Fernando Trueba se negó a rodar el guion que había escrito por encargo de Andrés Vicente Gómez, ofendido el cineasta por las opiniones del escritor acerca de su adaptación de El embrujo de Shanghai, que al final transforma en novela con el título Canciones de amor en Lolita’s Club, o el disgusto por participar como jurado del Premio Planeta, que al final le obligó a retirarse porque la calidad de las obras presentadas no alcanzaba un nivel decente de calidad. Pero este año también publica dos libros sobre cine: La gran desilusión y Momentos inolvidables del cine.

El libro se complementa con el contenido de tres libretas manuscritas de carácter muy diferente, aunque conservaba bastantes más, y esperemos que algún día vean la luz. Como escribe el prologuista, “en ellas da rienda suelta a su humorismo, a su lirismo, a su espíritu lúdico y crítico, y a su vena más contestataria e incorrecta”.

Según Echevarría, son capturas rápidas de recuerdos, de citas, de apuntes y retazos narrativos (gérmenes de posibles relatos, títulos tentativos, diálogos, materiales de toda índole susceptibles de ser aprovechados más adelante), así como aforismos, chistes privados, juegos de palabras, poemitas bufos, listados, reflexiones ensayísticas, observaciones críticas, desahogos, declaraciones y comentarios políticos, o anotaciones propiamente diarísticas. Libretas donde mezcla apuntes con dibujos, recortes de prensa y collages.

Los juicios sumarísimos de Marsé caen sobre políticos, cineastas, actores y actrices, artistas plásticos, presentadores y presentadoras de televisión, columnistas, periodistas, escritores, incluso sobre él mismo y sobre Joaquina, su mujer.

Para Echevarría, estos juicios, por ofensivos que se nos puedan antojar, no son de naturaleza agresiva, sino que, más bien, “configuran una especie de cartografía moral que, antes que informar sobre las personas de que se ocupa, traslucen la personalidad del mismo Marsé”. Valgan algunos ejemplos para entender el espíritu con que fue escrito este libro.

Sobre política y políticos escribe: “No soy nacionalista, no soy patriota, no soy catalanista ni españolista, no soy nada de eso. Solo soy –para entendernos– un rendido admirador del trasero de Jennifer López”; “Empieza la campaña electoral y el asco por la política y los políticos de este país ya me ha colmado. ¡Lo que nos espera!”; “Ese ‘eje del mal’ del que tanto habla Bush se le ha metido a Aznar en el culo, y se ve que le da gusto”.

Pero hay más: “Era de temer: Al Qaeda reivindica el atentado de Madrid y la ETA niega toda responsabilidad en el mismo… La manipulación informativa del Gobierno en TVE, servida por ese lacayo de Urdaci, es evidente”; “Ciertamente, cuanto más europeos seamos, menos españoles seremos, lo cual no traerá más que ventajas para todos”; De Alfonso Guerra: “Extrañamente, Guerra me cae bien”; “El peinado del presidente de la Generalitat Puigdemont ha sido declarado de Interés Turístico Internacional, y el procés de Interés Turístico Regional”.

Sobre periodistas y escritores: “A las dos en el restaurante Leopoldo, comida homenaje a Manolo Vázquez Montalbán/Carvalho (¡qué pesado el detective! Manolo hizo algo mejor que eso). En la mesa, a mi lado, ¡Carmen Riera! ¡Qué mala suerte la mía!”; “En la mesa está previsto que se sentara también Juan Manuel de Prada, ese que escribe burradas en el ABC”; De Benjamín Prado: “es muy cotilla. Me cae bien, a pesar de su tremenda verborrea”; “Leo los infames artículos de Umbral en El Mundo. Umbral es el heredero de las momias de la derecha política más casposa de este país: Campmany, Cela, Pemán. Sus panegíricos literarios a Rajoy y a Rato son de una vileza que asombra, después de cuarenta años de franquismo”.

Otras perlas de Marsé sobre periodistas y escritores: “Llama Nahir, de Seix Barral. ¿Te dejas entrevistar por Julia Otero en la tele? No”; “Ridao es todo un personaje; inteligente, divertido, muy bien informado (dice que Aznar se ha puesto en manos de un psiquiatra, lo sabe de buena tinta). Y un poco cotilla, como a mí me gusta”; De Ana María Matute: “La encantadora anciana empieza seduciendo al auditorio y acaba durmiendo a las ovejas”; De Antonio Burgos: “una de las plumas más babosas del país”; De Rafael Sánchez Ferlosio: “grandísimo intelectual y sin embargo novelista”.

“Delibes describe la vida de provincias, y lo hace bien, pero no recrea la vida. Su prosa es noble como la pana y sus temas nobles y aburridos como aperos de labranza”; “Mi novela predilecta es Los horrores conyugales de Zaragoza. Pero está por escribir”; “Como te descuides, Luis María Ansón te dedicará un elogio”; “Javier Marías tiene una inteligencia descapotable y un ego a piñón fijo”; “Otro nombre que ensucia y envilece el periodismo: Francisco Marhuenda”; “Básicamente el periodismo televisivo consiste en preguntar a la gente, en verano, si tiene mucho calor”; “Atrapado repentinamente por el temible virus identitario, el profesor y cervantista Paquito Rico se empeña en afirmar que el burro de Sancho Panza es catalán”.

Sobre su vida diaria: “Un día prácticamente sin lectura. ¡Seré imbécil1”; “Me hago un huevo frito y el aceite hirviendo me salta a la cara. Falta de práctica, falta de costumbre –también– de vivir solo. No llama nadie, yo no llamo a nadie. Sensación de: ¿será un poco eso estar muerto?”; “Compro pan y prensa, mis dos grandes vicios –por no hablar de otros–”; Sobre Joaquina, su esposa: “Es una mujer curiosa, nunca dejará de sorprenderme: sabe cocinar cosas buenas, pero no sabe organizar una comida. Sabe manejar el volante de un coche, pero no sabe circular. Sabe hacer una buena tortilla de patatas pero no sabe poner la mesa”;

“Las cosas que más importan, el amor, la amistad, el sexo, la escritura, el paso del tiempo, siento a menudo que tienen los días contados”; “lo que me proporciona auténtico placer, es la lectura y la relectura”; “lo malo de vivir muchos años es que te da tiempo a arrepentirte de muchas cosas”; “Harto de ser el candidato al Cervantes. Ahora que lo pienso, empiezo a ser el candidato habitual y perdedor”; “¿Todavía no te has cansado de ser quien eres?”.

Sobre teatro, cine y cineastas: “Cree Berlanga que su obra maestra es el último bodrio que rodó, Tombuctú. Le digo que El verdugo, Bienvenido, Míster Marshall y Plácido son sus obras mayores, y dice que no (está muy sordo). Es entrañable, el puta”; “Pero hay algo en las películas de Almodóvar que siempre acaba por dejarme indiferente, a pesar de la buena factura, el buen gusto y las buenas interpretaciones. Y es que lo que me cuenta no acaba de interesarme, me deja frío”.

De Salvador Távora: “afable y simpático como siempre, algo ingenuo en su progresismo campero, de buena ley, sincero, sencillo”; De Antonio Gades: “Genial bailarín, siempre pensé que era, sobre todo, un hombre bueno”; “hay más cine en mi narrativa que en las películas basadas en mi narrativa”.

Sobre la Corona, la Iglesia y los curas: “Viene el doctor Casanovas. Para mí que este hombre es del Opus. Dice que no es católico y que detesta a los curas, pero cuando me cago en el cardenal Rouco y en toda la jerarquía eclesiástica de este país ¡se poner nervioso!”; “me digo que todo lo que hay en mí de anticatólico se lo debo a los obispos católicos”; “El Rey ha abdicado. Me están inyectando desde la prensa y la televisión tales dosis de simpatía y adhesión a la Casa Real que me está saliendo una corona en los cojones”.

Sobre otros artistas: De Tàpies: “me parece un camelo de mucho cuidado incluso cuando me mira desde una fotografía”; “Al oír una canción de David Bisbal me asalta una pregunta: ¿por qué le llaman música a eso?”.

En fin, Marsé en estado puro. Un libro como pocos que nos permite conocer y adentrarnos en el grado de autocensura de políticos e intelectuales, escritores y otros artistas, precisamente porque, con su lectura, podemos llegar a entender lo pulidas que deben estar algunas prosas literarias, hasta perder la naturaleza que las vio crecer; lo podada que debe servirse la propaganda política, y lo cursi y banal de tantos discursos públicos y artísticos con que mordemos cada día la manzana.

En este libro impúdico de Marsé, si el lector alcanza el punto final, está preparado para saber que la vida, antes que todo, es otra cosa que este cuento en el que creemos a pies juntillas. Echevarría comenta que este diario de 2004 y las tres libretas contienen “el magma del que brotaron las últimas novelas y relatos de Marsé, la que bien puede ser considerada su etapa tardía, en la que la nota cáustica se combina con las cada vez más frecuentes e intensas epifanías de la niñez”.

Lo anuncia ya en el título: Notas para unas memorias que ya nunca escribiré. Y lo recuerda en la página 197: “Nunca escribiré memorias. Lo tiro casi todo a la papelera”. En la página 216 encontramos la razón que lo empuja a adoptar esta determinación: “Como escritor, mi único compromiso moral es con la memoria de los derrotados”. Y esa memoria ya quedó impresa en sus eternas y maravillosas novelas.

Este libro, después de todo, recoge esas notas prescindibles en su obra pero que, ya publicadas, para quienes amamos a borbotones la literatura de Marsé, nos ayuda a sobrellevar con una sonrisa en las comisuras un mes de agosto otra vez también muy extraño.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

16 ago 2021

  • 16.8.21
Absurdamente cree uno que lo ha leído todo sobre la covid-19 y sus consecuencias en nuestros organismos y en nuestras mentes. Pero no es así. Leo el artículo titulado Cuerpos de pandemia de Karelia Vázquez, en el que analiza las huellas que ha dejado en nuestro cuerpo el confinamiento.


No se asusten: parece que hemos envejecido una década en poco más de un año. Bueno, algún coste debía conllevar una experiencia tan singular y contundentemente extraña. No sé quién ha hecho las cuentas, pero no sé si estoy capacitado para enfrentarme a un pronóstico tan drástico. Igual nos ha cambiado hasta la mirada y no nos reconocemos ni el espejo ni en la vida.

Este párrafo de Vázquez es para fotocopiarlo y enmarcarlo en la cabecera de la cama. Se trata de la descripción minuciosa de cómo somos cada uno ahora, un año más tarde, después del confinamiento: “Rígido, los hombros y la cabeza hundida. Las piernas torpes. Las caderas cerradas y las articulaciones adoloridas. Impaciente. Irritable. La vista cansada y la piel reseca. Tenemos cuerpo de clase turista, de vuelo transoceánico en aerolínea low cost. Pero no hemos hecho el viaje, sino otro que nos ha llevado del sofá a la mesa, de la mesa a la cama, y vuelta a empezar. Con poco gasto calórico y mucha angustia. Arrastramos un cuerpo de pandemia que también es más pesado -entre uno y tres kilos más- y que lleva un año apretando la mandíbula”.

Miro a mi alrededor y veo las playas atestadas de bañistas, apiñados evitando las olas del contagio que crecen a pocos metros. Varios amigos, ya con las dos dosis de la vacuna inyectadas, han sufrido este verano la mordida del virus y los ha dejado con las vacaciones rotas, embutidos en un cansancio del demonio y con la duda de si vale la pena viajar de aquí para allá.

Es más, al deterioro físico se une al maltrato psicológico que arrastramos desde hace meses. El escritor italiano Alessandro Baricco ha escrito: “La ciencia médica ha calculado en modo impreciso las consecuencias médicas del virus: enfermos, contagiados, muertos. Pero no puede contar el sufrimiento, el malestar, la soledad, la depresión, el cansancio, el envejecimiento… No tiene un solo índice que mida todo eso. Y no se puede tomar una decisión sensata teniendo solo en cuenta lo que afecta a nuestro cuerpo y no a nuestro ánimo. Pero lo hemos hecho”.

Una década más viejos me parecen muchos años. Los científicos no sé cómo hacen las cuentas para meternos de golpe en la cabeza un problema añadido. Como las estadísticas son certeras pero imprecisas por desiguales, y tampoco son nominativas, igual a alguien le han caído dos décadas de vejez y mi pellejo sigue sin sufrir los quebrantos del paso del tiempo. A estas alturas, cualquiera se esconde en la argumentación más conveniente y convincente pero tampoco sin pretender dañar a nadie metiéndole más años en la cartuchera.

El filósofo y sociólogo Hartmut Rosa, catedrático de la Universidad Friedrich-Schiller de Jena, autor del libro Lo indisponible, ha publicado un artículo de título desconcertante: Si lo tienes todo tan controlado, no podrás ser muy feliz. En el mismo, escribe que “un mundo completamente dominable y puesto a disponibilidad sería para nosotros un mundo mudo y muerto”.

Sin embargo, el ciudadano de nuestros días, el ciudadano moderno, intenta alcanzar un mundo completamente seguro y disponible, obviamente, disponible a su antojo. Y añade: “Con la ayuda de aparatos técnicos, y también con garantías legales y burocráticas, por ejemplo, intentamos asegurar que en las vacaciones podamos ver una aurora boreal o un león en el safari, pero, por supuesto, sin correr ningún tipo de riesgo: no nos gustaría mojarnos con el sol. Las personas reservan unas vacaciones de esquí que incluyen ‘garantía de nieve’ y la seguridad de que no van a congelarse. El programa de la puesta a disponibilidad, entonces, no cumple la promesa de felicidad ligada a él. Pero también fracasa debido a una segunda razón quizás más importante: el mundo y la vida no pueden ser puestos a disponibilidad”.

Esta indisponibilidad engendrada, según este autor, es peor que la indisponibilidad original que ofrecen el mundo y la vida, porque “con ella no podemos entrar en ninguna relación de resonancia”. Es lo que ocurre con la energía nuclear, cuya radiactividad liberada no se puede controlar ni dominar.

Otros monstruos de la indisponibilidad es el peligro invisible que está en el aire, por ejemplo, la covid-19, o la catástrofe climática, como consecuencia de una subyugación cada vez más radical de la naturaleza y “la incontrolabilidad de los mercados financieros, que en cualquier momento puede desatar una crisis económica”. Igual nos ocurre a nivel individual con el control remoto en la mano, el coche último modelo o la casa inteligente.

Hartmut Rosa concluye con clarividencia: “Al final, y paradójicamente, el programa moderno nos vuelve infelices e impotentes al mismo tiempo: allí donde ‘todo es disponible’, el mundo ya no tiene nada para decirnos; allí donde se ha vuelto indisponible de una forma, nos amenaza la destrucción. Lo que necesita la modernidad, entonces, es una nueva forma de tratar con la indisponibilidad constitutiva del mundo”.

Ahora observamos el planeta y se nos antoja estrecho y extraño. Cuanto teníamos a mano, ahora se nos escapa por los pliegues de su corteza. En las piedras que tallamos con sentido común, nace una belleza fortuita y extraña, ajena a nuestro concepto de estética, que se nos escapa por los sentidos.

Ahora escribimos la palabra “aventura” y no entendemos su significado. Hay en esta guerra invisible, que la naturaleza se emplea en desatar contra el mundo moderno, una verdad tan pequeña y sutil como granos de arena, que se nos va de las manos, de la noche que se diluye cuando nace el día, a esa misma hora que habíamos previsto con tanta antelación y precisión. Hasta que mañana –quizás hoy– ya no sea así.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

9 ago 2021

  • 9.8.21
La socióloga y pensadora portuguesa Maria Filomena Mónica piensa que la Unión Europea debería reforzar la unión cultural entre los pueblos. Sobre todo, se entiende, entre los pueblos fronterizos, vecinos y hermanos. La periodista Tereixa Constenla le pregunta cómo está, y ella responde que no esta bien, que tiene un cáncer en la sangre no operable y difícil de tratar.


¿Y cómo está Portugal?, le pregunta. ¿También está enfermo? Y ella responde: “Portugal nunca ha estado bien. Nuestro principal rasgo, aunque no es negativo, es la melancolía. Somos un pueblo relativamente triste. La parte mala es nuestra resignación, no hay grandes impulsos para mejorar la sociedad. La libertad nos fue dada por arriba y no nos sentimos empujados a conquistar más libertades. Esta especie de carencia de indignación viene de la miseria. La primera preocupación de un pueblo con un 80 por ciento de analfabetos en el siglo XX era sobrevivir, no luchar por sus derechos”.

En ese dolor que siente por su país, yo me identifico con el dolor que siento por España. Otro país que tampoco luchó en su día cuanto debiera y que le regalaron una libertad devaluada. De ahí que ahora algunas voces se alcen contra una Transición que, a años vista, contiene sus imperfecciones, pero que, en su día, la mayor parte de la población deseaba.

Éste también era un país pobre y viejo, también triste, sin perspectivas de futuro, arrodillado en una confusa identidad de ciudadanos libres, pero también analfabetos en su mayoría al iniciarse el siglo XX. La memoria es muy escurridiza y nos devuelve una imagen imprecisa del tiempo pretérito.

Mónica dice también: “Los portugueses sufrieron tanto durante siglos que les falta nervio para decir no a los poderosos”. Al igual, en España, la política de salón queda demasiado equidistante de una desigualdad social que se acrecienta día a día sin posibilidades de que su menoscabo se transforme en una realidad palpable.

Claro que es necesaria la unión cultural entre los pueblos europeos, sobre todo de aquellos que viven tan cerca, pese a su mutuo desconocimiento. Nunca he entendido por qué España es capaz de vivir de espaldas a Portugal, cómo en nuestro país apenas hablamos del país vecino –como si no existiera– y cómo uno y otro ignoramos nuestras respectivas culturas.

Yo amo Portugal. Todos los años lo visito varias veces para comer pescado al carbón en La Tasquinha da Muralha, en Vila Real de Santo António, y beber vinho verde al grifo –o en caña, como prefiera– y comprar botellas de vinho verde y vinho verde rosado, afrutado, refrescante, para beber muy frío, sin prisas, mirando la desembocadura del Guadiana. Ese río, como escribió José Saramago, que divide dos países que hablan idiomas diferentes y donde viven peces que se entienden en el mismo lenguaje.

Saramago, Premio Nobel de Literatura en 1998, aseguró varias veces que Portugal terminaría integrándose en España y se convertiría en una provincia o región autónoma más, pero también advirtió que esta integración no tendría lugar en el campo cultural.

Los portugueses no serían españoles ni dejarían de hablar portugués, porque, según el escritor, la Península Ibérica está compuesta de distintas nacionalidades y en algunos casos con lenguas diferentes. Ese futuro país, que sumaría con Portugal diez millones de habitantes más, imprescindibles para un desarrollo común más próspero, probablemente tendría que cambiar de nombre y asumir uno que involucrara a todas las identidades que lo integraran: Iberia.

Muchos días al año cruzo el puente que une España y Portugal y me voy al país vecino a cambiar de aires. A veces, alcanzo el cabo de San Vicente, y me tiendo en las arenas frente a los acantilados verticales y firmes de Sagres y las aguas frías y traslúcidas de sus calas.

Y más comúnmente me quedo en Vila Real de Santo António, donde ya conozco a algunos vecinos, que me hablan en español porque nunca he logrado descifrar su portugués de comerciantes, navegantes y conquistadores. En cambio, me sorprendió mucho la primera vez que viajé a Brasil a impartir un curso de doctorado. Los alumnos me preguntaban en portugués, y yo podía responderles en español porque entendía su portugués a la perfección.

Nunca supe si, al ser un país de la extensión de Europa, pero rodeado de naciones que hablan español, el acento se hace más nuestro, más próximo y entendible. Un día, un profesor brasileiro me tranquilizó con esta frase: “No te preocupes. Nosotros tampoco entendemos el portugués de los portugueses”.

Vila Real de Santo António nació de la nada y se creó en solo dos años por orden del marqués de Pombal, con el objetivo de reconstruir el país después del terremoto de Lisboa de 1755. Se levantó sobre el lugar donde en un pasado extinto estaba ubicado el pueblo Santo António de Arenilha y la nueva villa se fundó el 13 de mayo de 1776.

Inspirado su diseño geométrico en la disposición de las calles del centro de Lisboa, la nueva villa estaba llamada a ser la ciudad ideal de la Ilustración. En la desembocadura del río Guadiana y frente al océano Atlántico, era el lugar idóneo para controlar el comercio con España y las relaciones políticas con el país vecino.

Vila Real está localizada en el Distrito de Faro, en la región del Algarve, y hoy acoge a 20.000 almas con sus respectivos cuerpos y documentos de identidad. Sentado en una terraza de la praça Marqués de Pombal, dibujada con sus adoquines lusos tan característicos, observo el obelisco ubicado en el centro desde donde José I mira incauto el devenir de un país del que nunca imaginó su futuro.

Observo la Iglesia Matriz de Nuestra Señora de la Encarnación, los tenderetes que venden quesos y frutos secos, cerámicas y joyas de quincalla. Si miro a la izquierda, a la Rua Dr. Teofilo Braga, las tiendas aún ofrecen colchas, sábanas, toallas, camisetas y gorras, reliquias de un tiempo que tal vez fue más próspero y mejor que este.

Observo muchas tardes, con un gintónic en la mesa, el carácter sereno de sus vecinos, el silencio vespertino de la ciudad, el contraste con el bullicio inmisericorde de los chiringuitos de nuestras costas y el exceso de fiesta de una cultura, como la nuestra, que se nos escapa por los descosidos de una felicidad impostada que no reconocemos y que nos viene de más.

Prefiero la paz de estas calles, la cadencia antigua y bella de un idioma que no entiendo. Amo sus fados tan tristes y a sus escritores: Eça de Queiroz, Fernando Pessoa, José Saramago, entre tantos otros. Y sus vinos fríos y alegres, sus mañanas frescas sentado frente al puerto deportivo mirando un mar que nunca se extingue.

Maria Filomena Mónica dice que los portugueses tienen complejos de inferioridad como nación: “Estamos al lado de los españoles, más poderosos”. En otro momento, añade: “En trivialidades puede haber un sentimiento antiespañol, pero no creo que sea relevante”.

Esta socióloga no entiende cómo no hay acuerdos e intercambios, o más acuerdos y más intercambios, entre las universidades de estos dos países vecinos, a fin de que nos conozcamos mejor y vivamos más de cerca y, sobre todo, más de frente, cara a cara. Para conocer nuestras literaturas y, de paso, también –o en primer lugar– para conocernos nosotros.

El futuro nunca anda a su aire por nuestras venas. A veces, es necesario achicarlo, morderlo, empujarlo hacia donde nosotros vamos y queremos que vaya. Estamos tan cerca que cualquiera podría pensar que una línea divisoria e invisible nos ha separado, por razones que desconocemos, durante tantos años. Miramos a la frontera y solo vemos unos montes dispersos que nos separan del océano Atlántico. Qué nos estaremos perdiendo que nadie alcanza a ver.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

2 ago 2021

  • 2.8.21
El verano, para él, no solo era escapar del tiempo ineludible del trabajo, del cumplimiento inexorable de los horarios prestablecidos, de una monotonía multiusos que le desasosegaba en demasía. El verano era más aún: la libertad a explorar. La libertad estancada y la libertad por mondar, capa a capa, como una cebolla.


Un buen día, sin que se percatara de ello, dejaron de sonar llamadas en el móvil y apenas recibía mails. Los amigos abandonaban la ciudad y la misma ciudad era una isla desconocida. Huyó al mar, donde nadie le esperaba. Y allí, confundido entre el estrés de los turistas descarriados y los conocidos que comenzaban a llamarle y convocarle a cenas tumultuosas, no halló la paz que buscaba, sino un espacio masificado que empezó a odiar en ese mismo instante.

Diez días después, volvió a la ciudad buscando unas merecidas vacaciones. No era este un tiempo para viajes y aventuras con desconocidos. Abrió las ventanas de par en par para que entrara aire y luz, y se quedó mirando el paisaje quieto sin observar apenas el paso del tiempo.

No había previsto ningún plan para amortizar aquel periodo de vacaciones. Los meses de la covid-19 le habían dejado una sensación baldía de que el tiempo nuevo aún no se había inaugurado y de que los días vividos habían pasado a formar parte de la memoria más reciente.

Vivía en un limbo impuesto. Supo en ese mismo instante que, a veces, las vacaciones también son portadoras de desilusión, advenedizas huéspedes que no nos sorprenden con nuevas expectativas ni con proyectos desbocados.

Leyó en algún periódico que las vacaciones suelen ser periodos de mucha actividad psíquica. Y él, por el contrario, buscaba esos días vacíos para dejar descansar la mente, para dejarse perder en él mismo, para esbozar unos hábitos diarios diferentes que le ayudaran a encontrarse adentro y afuera del mundo que habitaba a diario.

Recordó una frase del psicoanalista Miquel Bassols: “las vacaciones lo confrontan a uno con expectativas que no necesariamente se pudieron satisfacer”. Y recordaba que añadía también: “en la modernidad los viajes están tan planeados que ya no parecen viajes”.

Confirmó en esta frase sus propias sospechas, y se propuso el viaje interior, que siempre eludía por compromisos o por falta de tiempo. Supo que mirarse interiormente no solo supondría un experimento reprobable sino también una hazaña dócilmente postergada con los años.

Se quedó apenas atravesando la epidermis cuando un dolor, que venía de más adentro, le decía “alto”, que parara, que no era tan fácil escudriñar el fluido de las venas y el aire que almacenan los pulmones. Se propuso una tregua solo de horas para, definitivamente, avanzar por las calles desiertas que los sueños dejan a un lado. Le pareció un mundo abrasador y necesario. Lo había intuido iluminado con otros colores y con un fondo de horizonte menos hondo y de un rojo menos intenso.

Se sentó en su sillón relax, mirando un nuevo libro, breve y bien encuadernado. Sus páginas olían a tinta y le gustaba, con las yemas de los dedos, recorrer la superficie rugosa de sus páginas. Sabía que las vacaciones podían ser una liberación pero que también, a menudo, resultaban ser una pesadilla.

El ser humano busca un hueco en el mundo donde colocar, como mejor puede, esos treinta días de bullicio y descanso y desorientación. Él, por el contrario, era consciente de que parte de uno mismo debe acompañarnos hasta en los momentos más benignos de la vida. Sobre todo, esa parte nuestra en la que llevamos las dudas y los proyectos aplazados.

Pensó, mirando el mismo libro, que agosto no es un buen mes para viajar y que prefería cualquiera otro para meterse en carretera y buscar la fonda de sus sueños. Esperaría a que el mundo se incorporara de nuevo al trabajo, a que abandonara las costas del delirio y volviera al mundo donde sobreviviría otros doce meses de esperanzas truncadas.

Abrió una cerveza muy fría, a punto de hielo, y bebió un trago largo y reconfortante. Y pensó que ahora no quería estar en ningún otro lugar, sino allí tendido, solo, con un montón de libros que esperaban su diagnóstico exquisito.

Pensó también que el mejor verano siempre es el que cualquier inventa a última hora, el más próximo, pero también el que le lleva más lejos, el más improvisado y menos tormentoso, el más simple y acogedor, el que le lleva a uno de la orilla de un río a la otra sin moverse de casa, sin mojarse los pies.

Eso pensaba allí tendido bebiendo cervezas heladas, sin sueños que deshilvanar ni rutas que recorrer, sin mapas que indagar ni incógnitas que resolver, sin fechas límite ni propuestas que ofrecerse a sí mismo. Le bastó un manotazo de certeza para saber que la felicidad, también en tiempo de vacaciones, anda rondándonos los talones.

Evidencia que tampoco excluye, por supuesto, que mañana, conforme este hombre despierte y otee el horizonte, opte por subir al coche, incorporarse a la carretera y morderle el rabo al mundo. Es lo que tiene descansar con garantías: te vuelve a reinventar.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

26 jul 2021

  • 26.7.21
Apenas te dolerá, me dice. Me mira con sus ojos verdes aceituna. A veces, más duele la vida, pienso sin decírselo. Me han citado para inyectarme la segunda dosis de la vacuna contra la covid-19. Hace ya casi dos meses que no sé nada de ella.


Sigue igual. Sonrisa ancha, ternura en las manos, decidida en los días lúgubres y en los momentos mágicos. No pregunta por qué no le dije adiós, o hasta pronto, o si algún día volvería. Sabe que, cuando no hay preguntas, tampoco hay frases aderezadas de huidas o de mentiras encorvadas sobre la propia piel.

Por ella no pasa el tiempo. Ni en la luz de sus ojos ni en el contoneo de sus pasos. Ahora que la conozco mejor –eso pienso–, sé que cuanto veo solo es la punta del iceberg. Nada esconde, quede claro. Pero es profunda como una mina abierta a ras de tierra y enigmática como el corazón de la tierra, pero también clara y limpia como el amanecer. Mientras más te acercas, más quema. Porque el fuego no puede sobrevivir solo entre las manos. Hay que alimentar la llama para que las cenizas no apaguen el paisaje.

Le digo que está igual. Igual no, me dice. Desde hace tres meses soy otra siendo la misma, añade. Sí, hace tres meses que nos conocimos: noventa días con sus noventa noches y sus implacables olvidos y reticencias. Con su memoria mancillada y otras vivencias advenedizas.

Dice que no importa, que el tiempo todo lo borra. Pero ambos sabemos que no es así. Le digo que pronto estaré inmunizado. Me dice, con algo de sorna en la intención de sus labios, que ya estaba inmunizado antes de que una aguja me atravesara esta vida dislocada. La entiendo.

Afuera, enfrente, venden cerveza helada, me dice. A ti te gusta, advierte. Si es contigo, bebería toda la vida sin poder apagar la sed, le digo. Piensa que no es nada cursi, que no me preocupe. Esboza media sonrisa tierna como un bizcocho recién horneado. Eso sí, apunta con determinación: te advierto que de esta abrumadora prisión no escaparás.

Afuera el cielo era plomo encendido. El verano arreciaba en las grandes ciudades como si el termómetro estuviera decidido a cambiar la faz de la tierra. Esperé sentado en un taburete, apoyado en la barra del bar, con una cerveza en la mano.

La vi cruzar la calle y venir hacia mí, cuando supe, ahora con una certeza de vértigo, que nunca se me ocurriría ni tampoco podrá escapar a la fiebre que asolaba mis huesos. Estaba mordiendo una aceituna, cuando sus ojos se clavaron en mi boca. La vi sonreír, como siempre hace.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

19 jul 2021

  • 19.7.21
A sus 64 años quiso pensar que el amor ya era una fruta madura caída del árbol y, consecuentemente, no apta para su consumo. Aún joven, demasiado joven, repetía para sí mismo los versos de When i’m sicty-four. De hecho, el long play titulado Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band era para él uno de los discos preferidos de The Beatles.


Los cuatro chicos de Liverpool ya vivían separados, y grabando y componiendo canciones cada cual por su cuenta, pero la secuela de su éxito no se apagaba y las noticias recurrentes sobre su reagrupación revitalizaban un tiempo que ya había fenecido.

“Cuando tenga sesenta y cuatro años/ Tú también serás vieja/ Y si me lo pides/ Podría quedarme contigo”. La canción de Lennon y McCartney se repitió en su cabeza no solo en los años de la adolescencia, sino mucho tiempo después cuando aquellos días de una juventud ya marchita aún dibujaban los colores del arcoíris en un mundo irredento.

Aquella chica de los trece caños ya no le podría contar cómo se diseñan los sueños truncados y tampoco se atrevía ahora a preguntarle, en caso de que todo hubiera ido bien, si lo querría también cuando hubiera cumplido los 64 años.

La situación se le había vuelto algo más compleja. La vida es así de caprichosa. Pues ella, la mujer que ahora amaba, había cumplido solo 43, y su belleza era tan extrema y la juventud que irradiaba tan única que se atrevió a pensar que el amor no era cosa de viejos. Lo pensó solo por un instante. Que le pareció eterno, eso sí.

Aunque ahora la vida se había prolongado más allá de sus 64 años, al igual que la adolescencia habitaba los cuerpos más jóvenes hasta los 25. Del mismo modo, argumentó para sí mismo, la madurez o la vejez había estrechado su cerco más allá de los 70. Así lo quiso pensar y lo pensó. Pero los pensamientos, en ocasiones, son tan frágiles como una pompa de agua de jabón.

Ella lo llamó una tarde para tomar unos vinos. Le dijo que sí. A veces, cuando se retrepaba en el sillón, pensaba que a su edad el amor era otra cosa, un sentimiento fuera de su edad, un hábito ya perdido en su memoria, pero, cuando la veía en sus recuerdos con su pelo suelto y sus ojos vivos e insinuantes, sospechaba sin demasiado convencimiento que el amor sobrevivía a todas las edades. Aquel día, con su noche, le vivificó los músculos muertos y las esperanzas chamuscadas. Supo a su edad que la soledad es llevadera, pero que el vacío existencial mata a cualquier edad.

De vez en cuando, meditaba sobre estas relaciones en las que la diferencia de edad no era un obstáculo insalvable, aunque sí un dato a tener en cuenta. Se vieron muchas más noches. Repitieron el rito del amor con una técnica tan depurada que ya la hubiese él querido haber adquirido en sus años jóvenes.

Pero supo también que a sus 64 años los compromisos más íntimos quedaban todos fuera de sus competencias. A veces, buscaba el calor de la mujer amada en otros dormitorios. Y sabía, sobre todo, que no valía la pena doblegar el paso del tiempo.

Cuando se ponía a mirar la noche estrellada, recordaba siempre la canción de The Beatles. “Cuando tenga sesenta y cuatro años/ Podríamos alquilar una casita todos los veranos/ En la ‘isla de Wright’, si no es demasiado pretencioso”. Ya no era posible alquilar la casa para compartirla con aquella joven de los trece años.

Y tal vez era demasiado tarde también para cerrar el trato con aquella otra de los 43 que sí conoce sin quejarse la edad que le dibuja la piel. Hay, entre un mundo y otro, tantos años metidos en un limbo impreciso, que no dejan un atajo apenas para construir otra vida lejos de tantas expectativas como pretende la adolescencia. Pero ahora ya, lejos de esos días en que la vida era tan voluble, la letra de aquella canción cobra un sentido diferente.

No es un empeño firme, pero siente una necesidad sana de amar a esta o a otra mujer. No le gusta vestir sus ilusiones con nombres y apellidos concretos. A veces, basta una sola llamada para que se diluyan en el aire las aspiraciones más sólidas. Sabe, eso sí, que a su edad el amor se cubre de tatuajes nada indelebles y que no importa equivocarse, porque ya los errores ni hieren ni matan. Y los aciertos, en todo caso, se viven con una lucidez que nunca pensó que fueran tan firmes y tentadores.

Sale buscando los bares cuando el sol se pone en lontananza, desinhibido y vestido para la ocasión. Le gusta beber un gintónic helado antes de arrancar con la primera frase. Después la noche es una antorcha entre sus manos. Mira los ojos de esta mujer y no le importa que el reloj del tiempo avance sin desmesura sobre sus cuerpos encontrados.

¿Me querrás cuando tenga 64 años? Paul McCartney se hacía esa pregunta demasiado joven, ignorando que la edad alumbra otras puertas entreabiertas en el ocaso de la existencia. Ahora sabe que el amor sigue siendo un galimatías a cualquier edad, incluso cuando la mirada proyecta menos días por vivir que los ya vividos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

12 jul 2021

  • 12.7.21
Tanto la vida como la literatura viven de la enfermería, de sus anécdotas y de sus excesos, de su necesidad profesional y de sus leyendas inevitables. Pero ya se sabe que toda leyenda, en ocasiones, desborda los recelos de la profesión y, en otras, no alcanza apenas ni un ápice a definir un sector sanitario tan comprometido y necesario en nuestras vidas. Pero tanto en esta profesión, como en muchas otras, las anécdotas podrían superar la imaginación más desbordada.


Si cualquier lector piensa que la sorpresa no es una de sus cualidades más desarrolladas, solo tiene que abrir el libro Anécdotas de enfermeras, publicado por Editorial Styria, y cuya primera edición vio la luz en el año 2009. Desde entonces, como era de esperar, se han ido sucediendo distintas ediciones.

La obra recoge, como volumen de esta naturaleza, historias inverosímiles pero ciertas, confirmadas por cientos de enfermeras procedentes de distintas comunidades autónomas que nunca llegaron a conocerse entre sí. La autora, Elisabeth G. Iborra, ha logrado dejar al descubierto a través de 356 páginas una de las profesiones más indispensables de la sociedad española, tal y como se puede leer en Google.

Entre otras anécdotas menores, el libro cuenta cómo en una ocasión a una enfermera se le cayeron cuatro metros de intestino al suelo. Para detalles menores, el lector debe acudir al libro citado. En otro momento, algunos pacientes que acudieron a Urgencias se habían introducido objetos en sus partes más íntimas.

Sobre este particular, las leyendas urbanas desbordan el contenido del volumen reseñado. En cualquier caso, el humor siempre es el principal protagonista de las anécdotas recogidas en la obra, si bien es verdad que también recoge otros momentos más duros vividos por las profesionales del sector.

Hay historias grotescas, como la de una mujer que insistió, hasta el delirio, en colocarse el termómetro en la oreja para tomarse la temperatura. Sin duda, la tenía muy elevada. Pero otras son conmovedoras. Como es el caso de un paciente que cada año envía una rosa roja a su enfermera, como muestra de agradecimiento por los cuidados recibidos.

Aquel hecho ocurrió en 2008, en plena crisis económica y financiera. Un año después, Iborra lo recogió en su libro. No pensé entonces que un detalle tan mínimo tuviese tanto recorrido. En su día, pensé regalarle una rosa amarilla cada año, porque Gabriel García Márquez escribía siempre con un ramo de estas rosas en su escritorio porque decía que atraían a la buena suerte. Pero yo, que solo era un enfermo agradecido, aposté por una simple y sencilla rosa roja. Cada año se la envío sin ningún tipo de titubeo. Con una nota que apostilla: “De un enfermo, que ya no lo es, agradecido y enamorado”.

Este año, ahora que la covid no me lo puede impedir, no envié la rosa por mensajería. Me acerqué a recepción con una rosa roja y la misma nota de siempre. Sé que ella, cuando llegan estas fechas, espera la nota y la flor. La recoge, dicen sus compañeras, con una esperanza remota pero firme de que al amor se manifiesta de muchas formas posibles.

Más allá, no le gusta desbrozar los detalles más íntimos ni hablar de una felicidad tan noble que cabe en un pequeño jarrón. No seré yo quien desmienta tanta esperanza. Ni tampoco quien rompa el sortilegio de una sorpresa que siempre nos remonta a la niñez y a los Reyes Magos, cuando pensábamos que todo era posible. Para ella, igual lo sigue siendo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

5 jul 2021

  • 5.7.21
Llevaba ya años que no se reconocía en ningún libro. Había despedazado tantas páginas huyendo de la vulgaridad, y buscando un mundo propio donde refugiarse, que le parecía un empeño baldío pretender sucumbir a una magia inexistente. No hay donde indagar, se decía, asumiendo la certeza equivocada de que el mundo que siempre se abrió a sus ojos se tornaba repetitivo y aburrido, absurdo o inconsistente. Daba igual. Se había acostumbrado a leer por leer, sin otra pretensión que evadirse de los días que giraban a su alrededor sin que el aire se moviera.


Un día, hojeando el libro Un instante eterno, de Pascal Bruckner, traducción del francés de Jenaro Talens, visualizó una frase que le desestabilizó las entendederas y a punto estuvo de tirarlo al suelo desde el sillón donde retozaba aquella mañana de domingo. Decía así: “Quédate con este engaño fundamental: lo que la vida y la tecnología han prolongado no es la vida, sino la vejez”.

No logró apartar la mirada de sus páginas hasta que otra frase con igual acierto le pareció una broma de peor gusto, si eso fuera posible: “¡en Alemania y Japón se venden más pañales para ancianos que para bebés!”. Después se quedó quieto (o paralizado) al descifrar la interpretación del autor: “No añadamos a la desgracia del envejecimiento el absurdo de negar su tristeza o de prometer su abolición”.

Supo en ese mismo instante que ese día no dormiría ni comería. Se le había cerrado el estómago. Eso se decía. Fue derecho al frigorífico y se bebió media cerveza helada de un solo trago. Miró por la ventana un día apacible, lleno de sol. Los perros ladraban sin razón y las parejas volvían a besarse paseando por el boulevard o sentadas en las terrazas. El mundo era como antes. Pero él no, pensaba.

Pensaba que la vida se le estaba yendo y nada podía hacer a tal efecto. La década de los sesenta es una mala década, pronosticaba en sus adentros. Unas semanas atrás, sentado a la barra de un bar, una camarera joven y seductora, de ojos titilantes, quiso ser correcta con el parroquiano: “Señor, ¿desea usted tomar algo?”. Respondió mecánicamente: “Sí, un vino, por favor”.

Le dolió la distancia que ella había abierto incluso antes de conocerse. Claro. Le duplicaba la edad. Bebió a pequeños sorbos mirándose adentro de él mismo y comiéndose sus propias vísceras, con la conciencia de la futilidad de la vida.

Después en casa, fue anotando en un bloc los síntomas que dan forma a la vejez: rigidez articular, disminución de masa ósea y muscular, incontinencia renal, disminución de la agudeza visual y auditiva. Y las arrugas, por supuesto. El cansancio. Sí, andar molido todo el santo día. Sufrir las resacas como la peor paliza nunca sufrida. Y ser invisible para las mujeres, claro.

Se dio cuenta de que todos los amigos comenzaban a madrugar, y no para que el día les fuera más provechoso, sino porque ya empezaban a dar vueltas en la cama sin conciliar el sueño, y que las noches de algarabía se habían reducido a dos momentos inescrutables perdidos en la memoria.

A veces, pensaba en lo volátil que es la vida, en cómo habían transcurrido los días a su lado sin poder detener su paso, sin querer aminorarlo o pretender acelerarlo. Miraba las fotografías de otros años, donde el tiempo congelado le devolvía una sonrisa necesaria y un respiro para un mal día.

Supo de golpe, aunque tampoco le pilló por sorpresa, que la vida todavía estaba ahí, pero que ya pisaba las baldosas de la vejez. Había entrado en el último tramo de su existencia. Cuando tomó conciencia del momento, no le dolió demasiado. Aceptó que aquellos otros días de una felicidad ya consumida habían valido la pena. Y que solo su recuerdo ayudaría a adelgazar las horas gordas del deterioro que ya vislumbraba.

Hizo una sola llamada desde el móvil. Breve y definitiva. Descifró las dudas principales y la vida volvió a parecerle todavía bella y acogedora. Proyectó un viaje, allí donde ella siempre le esperó. Pensó que igual no volvería por aquí. Y no le preocupó en absoluto.

Tal vez ahora, pensó, adonde voy es donde siempre hube de haber estado. Tampoco dejó que la duda se lo comiera. Supo que, también ya viejo, se puede acceder al amor sin que, necesariamente, haya que hacerlo por la puerta trasera.

Y que en esa serenidad que dan los años, aunque nos pese, pensó, hay una belleza tan sutil que, si no la atrapas al instante, se te va como una mota de hilo en el aire, hacia donde nunca más la encontrarás. Porque el aire y el viento, más allá, donde se funden, son una misma cosa: la sensación que deja haber dejado pasar las horas sin haberlas podido atrapar para siempre en tus propias manos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

29 jun 2021

  • 29.6.21
A ella le diagnosticaron alzhéimer hace un lustro. Ahora los dos tienen muchos años. Toda una vida juntos, suele decir él. El párroco del pueblo les dijo aquello de unidos en el amor y en la enfermedad, y hasta que la muerte los separe. Pero no dijo nada del olvido. Él no puede entender. Hasta que el olvido los ha separado.


Él empezó a saber, ahora no recuerda cómo, que algo no andaba bien dentro de ella. A veces, la nostalgia de los años vividos le llevaba a compartir los recuerdos más íntimos. Ella se quedaba quieta, callada, escuchándole, como si en sus palabras recordara su propia vida, la vida compartida entre ambos. Él se daba cuenta de que algo no estaba en su sitio dentro de su cabeza. Ella, a veces, sonreía. Otras, le miraba con gesto ausente, como si no supiera quién era aquel hombre que le hablaba con tanta amabilidad.

En poco tiempo, comenzó a ser otra persona sin dejar de ser ella misma. Bailaba o cantaba. Lo hacía como si hubiese nacido para ejercitar la danza o el cante sin ningún tipo de aprendizaje. A él, sin embargo, esta trasmutación le hizo caer en la cuenta de que ella nunca quiso bailar y nunca cantó, ni en el cuarto de baño.

Quiso entender, aunque nadie se lo explicara, que había vivido toda la vida con una mujer a quien no conocía, como si el alma humana tuviera la facultad de duplicarse o de vivir en otro cuerpo que no fuera el suyo. Toda la vida juntos y, al final, comenzó a sentirse solo, habitado por una sensación incógnita que no lograba apaciguar en los sueños.

Cuando se miraban muy a fondo, él comprobaba que ella no lo veía, que andaba en otro lugar que no era el de toda la vida. A veces, le insinuaba cómo era aquel paisaje de su juventud, o le recordaba las tardes de lluvia en San Sebastián en un verano nada apacible. Le hablaba de tantos días compartidos, que ella alcanzaba a entender que aquel hombre que tenía ante sí sufría de lleno cualquier mal para ella indescifrable.

A veces, le cogía las manos con las dos suyas, y así las mantenía durante unos minutos, hasta que ella desataba aquel nudo intimista e innecesario. Poco a poco se le fue agriando el carácter. Y solo cuando miraba a la ventana y le definía el horizonte como si escribiera una raya en el aire, ella se le quedaba mirando muy fijo, como si adivinara a descifrar los enigmas de su corazón.

Él logró habituarse a esa nueva vida en soledad con la mujer que tanto había amado. Se hizo a las nuevas rutinas, a ordenar la casa, hacer la comida, salir a comprar, a pasear con ella del brazo por los caminos más vacíos, por íntimos, de la ciudad. Ella observaba el mundo como si lo descubriera por primera vez. Miraba la copa de los árboles, el vuelo irregular de los pájaros. Escuchaba el gorgotear del agua en la fuente.

Después volvía con una sonrisa quieta en los labios y se malhumoraba nada más cruzar la puerta de la casa. Ella llevaba más de un lustro con la memoria hecha añicos cuando él empezó a entrar en la antesala de la misma enfermedad. Era consciente de que olvidaba cosas y tenía que esforzarse por reconducir la memoria a los hábitos cotidianos con una disciplina férrea que nadie le había enseñado.

Cada día se levantaba con el miedo de no reconocerse en el espejo. Cuando al fin lo lograba, quería esbozar una leve sonrisa de felicidad, pero no le salía. Se miraba los ojos, y sabía que allí adentro todo andaba más desordenado cada mañana. Después aseaba a su mujer y se ponía frente a ella sentados a la mesa para desayunar una leche tibia con poco café.

Las mañanas se hacían ya estrechas y monótonas. Él iba de un cuarto a otro buscando cualquier objeto o cualquier excusa para no quedarse hierático frente a ella, rebobinando el rollo de la memoria como si así avivara los recuerdos.

Un día, mirándola fijamente, como hacía siempre, se apercibió por unos instantes de que no sabía quién era aquella mujer. Fue tal vez solo unos segundos, pero un miedo hondo le anidó en la cabeza, una nube gris en la que la vida de ayer era una pausa, un paso de cebra, un paréntesis en mitad de ninguna parte. La volvió a mirar con la misma ternura de la juventud, con el mismo deseo de cuando la conoció muchos años atrás.

Ahora estaba vieja, arrugada, andaba torpemente, como él, pero la mirada seguía siendo la misma de entonces, aunque ahora él sabía que estaba vacía y, donde antes el amor era poderoso y enigmático, ahora el olvido achicaba los chubascos de una memoria que se resistía a residir en otro tiempo que no entendía ni pretendía descifrar.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

21 jun 2021

  • 21.6.21
Antonio Tabucchi sostiene que, finalizando la Segunda Guerra, una ballena, exhausta o enferma, o exhausta y enferma, embarrancó en una playa de Alemania. Escribe que Alemania también estaba exhausta y enferma. Sus ciudades estaban derruidas y la gente tenía hambre. Los habitantes de esa pequeña ciudad, cuyo nombre no recuerda, se acercaron a la playa a escuchar la respiración del cetáceo.


Varios días después, la ballena no había muerto. Los habitantes de esta ciudad no sabían cómo se mata a un animal que “no es un animal sino un enorme cilindro oscuro y brillante que hasta entonces habían visto tan sólo en las ilustraciones”.

Cuenta el escritor italiano que un buen día alguien cogió un cuchillo de grandes dimensiones, se acercó a la ballena, extrajo un cono de su carne grasienta y se la llevó a casa. A partir de ahí, todos los vecinos, protegidos por la oscuridad de la noche, iban a arrancar pedazos de la ballena, porque todos tenían vergüenza unos de otros, aunque todos sabían qué estaba ocurriendo. Añade Tabucchi: “La ballena siguió viviendo aún durante muchos días, a pesar de mostrar unas llagas horrendas”.

Esta historia está contenida en el título Dama de Porto Pim, libro que he vuelto a releer estos días y que volveré sobre él en el momento menos pensado. Hay libros que son parte ineludible de nuestras vidas por razones que no siempre sabemos descifrar con certeza.

El volumen es un relato imaginario, real y cultural, de un viaje a las islas Azores, donde narra qué será de los últimos balleneros y de las ballenas supervivientes. Enrique Vila-Matas sostiene también que el libro es “una especie de Moby Dick en miniatura”.

Pero tal vez sea mucho más y, sobre todo, un artefacto diferente a cualquier otro y difícil de catalogar. Un libro de frontera, tan dispar como unitario. El volumen contiene relatos breves, fragmentos de historias y de memorias, transcripciones y apéndices, notas personales.

En el texto titulado “Una caza”, Tabucchi embarca en una lancha a motor de diez metros llamada “María Manuela”. Acompaña a una expedición capitaneada por su patrón ballenero. Pese a sus setenta años, es ágil y todavía juvenil. El arponero, por el contrario, es joven, no más de treinta años, de enorme barriga y espesa barba.

El escritor italiano desmenuza los movimientos de los balleneros. Buscan a la ballena de frente “para evitar la cola y porque si se le acercasen por los costados quedarían expuestos a sus ojos”, escribe. El arponero permanece inmóvil en la punta de proa, de pie, con una pierna flexionada hacia delante y empuñando el arpón, “espera con concentración el momento propicio, cuando el barco esté lo bastante cerca para permitirle atacar un punto vital pero lo bastante lejos para no ser acometido por un coletazo del cetáceo herido”.

Después de algunos detalles minuciosos en la caza del hombre contra el cetáceo, Tabucchi narra cómo muere la ballena: “Luego aflora de nuevo la cola, imponente y lastimosa, como una vela negra. Y por último emerge la gran cabeza y ahora oigo el grito de muerte, un lamento agudo como un silbido, estridente, desgarrador, insostenible”.

El patrón del barco pregunta al escritor por qué ha querido participar en esta jornada, y si es por simple curiosidad. Tabucchi titubea en la respuesta. Pero al fin acierta a decirle: “Quizás porque estáis los dos en extinción, le digo finalmente en voz baja, vosotros y las ballenas, creo que por eso”. Piensa que el patrón se ha dormido, porque no replica.

En mitad del Océano Atlántico, a medio camino entre Europa y América, se encuentra el archipiélago de las Azores. Oficialmente es una región dotada de autonomía política y administrativa. Forma parte de la Unión Europea con la clasificación de “región ultraperiférica”.

La capitalidad la comparten tres ciudades: Ponta Delgada, Horta y Angra do Heroísmo. Situado a 1.400 kilómetros al oeste de Lisboa, el archipiélago lo componen nueve islas: Santa María, São Miguel, Terceira, Graciosa, São Jorge, Pico, Faial, Flores y Corvo.

La colonización portuguesa comenzó en 1432 y continuó durante todo el siglo XV, aunque también fue poblada por flamencos. El suelo es de origen volcánico y los acantilados son “a menudo capas de lava durísima, mientras que en las zonas llanas existen extensiones de piedra pómez reducida a polvo”, escribe Tabucchi. Sostiene también que el clima es “benigno, con lluvias abundantes, pero de breve duración y veranos muy cálidos”.

El escritor italiano ha viajado mucho y ha escrito sobre sus viajes. El mapa de sus viajes está también en las lecturas que le conducen a esos mismos viajes. Pero advierte al lector: “Soy un viajero que nunca ha hecho viajes para escribir sobre ellos, algo que siempre me ha parecido una estupidez. Sería como si uno quisiera enamorarse para poder escribir sobre el amor”.

Para escribir este libro único, Tabucchi viajó a las Azores, se embarcó para ver morir a una ballena, visitó el bar donde se sirven los mejores gintónics del mundo, robó su memoria a un antiguo ballenero, convertido en cantante en locales nocturnos, en el relato titulado como el libro. Una historia de amor, traición y violencia bellísimamente bien escrita. Un arte de relatar, como señala Nico Orengo, “entre lo maravilloso y el realismo más minucioso”. Porque, tal vez, como asegura Paolo Mauri, para Tabucchi, “el verdadero viaje es la escritura”.

Antonio Tabucchi abrió, con Dama de Porto Pim, un camino hasta ese momento nada escrutado en la escritura de lo fragmentario. Precisión en el lenguaje, leyenda y realidad, la violencia descrita con la nostalgia de la memoria y con el sorpresivo final impuesto por un ineludible destino al que ningún ser humano podría escapar.

Ese día que Tabucchi quiso ver cómo arponeaban a una ballena, experimentó la sensación de que era observado por ella. Guiado por esa misma sensación escribió el breve relato con el que cierra este libro, titulado “Una ballena ve a los hombres”. Y nos ve siempre muy ajetreados, con largas extremidades, poco redondos, sin la majestuosidad de las formas consumadas.

Se deslizan sobre el mar, piensan las ballenas, pero no nadando, como si fueran pájaros, e “infieren la muerte con fragilidad y grácil ferocidad”. El relato concluye con este hermoso y definitivo párrafo: “En seguida se cansan, y cuando cae la noche se echan sobre las pequeñas islas que les transportan y tal vez duermen o contemplan la luna. Se alejan deslizándose en silencio y es evidente que están tristes”.

Me pregunto desde entonces, cuando cualquier animal me observa sin pretensiones, que todos sucumben con razón al mismo pensamiento: nos ven muy tristes. Igual saben por qué.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

14 jun 2021

  • 14.6.21
Hay una vida que dejamos atrás que a mí no me interesa. O no me gusta tanto como se dice o se recuerda. O, más bien, una parte de aquella vida, pedazos inconexos de experiencias truncadas que la nostalgia edulcora y que la memoria después almacena en una sola noche de desahucios personales.


Jesús Ruiz Mantilla pregunta a Marina Garcés, filósofa, quien fue un luminoso referente del 15-M, si algún día entenderemos lo que ha significado la pandemia. Ella responde: “Parto de la base de que entendemos muy pocas cosas. Existe el miedo al vacío. Ese término de la nueva normalidad es espantoso, como una parodia de nosotros mismos”.

Claro, el término “normalidad”, en sí mismo, da miedo, provoca urticaria colinérgica. Una palabra que excluye la sorpresa y la aventura, que hace los días iguales y monótonos, que mide las noches siempre por el mismo rasero, con luna o sin luna, que nos acomoda en una zona de confort estandarizada y nunca hecha a nuestra medida, que nos iguala en las apariencias –o tal vez ni en las apariencias–, pero nunca en las nóminas, en las distraídas utopías que echamos a la papelera, en los sueños surcados de posibilidades advenedizas que no conducen a parte alguna.

Cantaba Joaquín Sabina que, al lugar donde fuiste feliz, nunca has de volver. Porque acostumbramos a vestir ese tiempo consumido y consumado en días que ya no se pueden, ni se debieran, repetir. Marina Garcés lo dice así: “La nostalgia de querer volver a un punto de partida cuando sabemos que no. Correremos a recubrir lo que salga de aquí con lo que sea”.

Si no nos sirve el término “normalidad”, cómo nos comemos su significado con adjetivo anexo: “nueva normalidad”. Hay una impostura perniciosa en ese retorno a ninguna parte, a un mundo deshabitado de hechos conocidos y de cosas que ignoramos. Se nos queda una expresión momificada de no entender nada, de buscar significados donde solo alcanzamos a cotejar palabras sin sentido.

Tal vez la nueva normalidad solo sea una expresión poco acertada y motivada por esa razón honda que habita en lo más oscuro de nuestro ser. Ser y estar, por supuesto, en un mundo nuevo y antiguo, intuido y huraño, locamente feliz y perdidamente ajeno a nuestra voluntad.

Lo dice también Marina Garcés cuando Ruiz Mantilla insiste en preguntar si no tendrá nostalgia de la antigua normalidad. Su respuesta es certera: “No, yo no. No era un mundo más seguro. Es el mundo que ha conducido a esto. El de ayer es otro mundo, es el mismo con diferentes efectos no separado de la crisis ambiental, de la escasez de recursos, de la desigualdad”.

Sí, vivíamos en un mundo imperfecto, en una vida muy mejorable, y nos sentíamos felices con las migajas de seguridad que nos otorgaba nuestro estatus social. No podíamos ser mucho más, pero a nuestro lado muchos eran muchísimo menos, y no contaban absolutamente con ninguna posibilidad de que sus vidas diesen un vuelco y les pusiesen de nuevo en la rampa de salida. Con los días ya hechos, y otros deshechos, nos puede aún la nostalgia de un mundo baldío y bastardo, imperfecto y perfeccionable, pero parado o muerto en mitad de un vacío insondable.

No parece que los nuevos vientos que soplan traigan tiempos mejores, ni que milagros huracanados nos curen de esas enfermedades que ciegan los horizontes más altruistas. Hay un sedentarismo denso adentro de nosotros que nos atrapa sin consciencia y sin conciencia, y nos devuelve desnudos al primer día de nuestras vidas, gritando de miedo al mundo que se abre en la antesala de una mañana de disturbios fugaces u obscenos. El paso del tiempo ayuda a minorizar los efectos del cambio y a ensanchar tantas tardes que contenían telenovelas, inquietud de siestas, tormentas repentinas, noches próximas e inquietantes.

Al frente de Hombres G, David Summers, de gira a los 21 años en América, confiesa que se comió la vida a bocaos, pero siempre eligiendo qué se tragaba por la boca. Luz Sánchez Mellado le pregunta qué queda después de haberse comido y gozado todo. Y él responde: “Siempre estoy abierto a las sorpresas de la vida”. Sí, siempre hay que reservar un espacio a la sorpresa, al hecho más extraordinario, a la lluvia repentina y fugaz, a la noche fría que cierra un día deslumbrante de ansiedades.

Afuera, protegidos de esa nueva normalidad que se vende de oferta en cualquier mercado, siempre nos queda una palabra nueva, labios que buscan otros labios y no son los mismos que antes, una mirada enigmática que dice más de lo que esconde, una mascarilla tirada en la esquina de otra calle, como una huella arqueológica de un tiempo de pandemia que rompió entre nosotros una normalidad que nunca fue perfecta y que habita una nostalgia que alimentamos sin atender a la dieta que nos hará libres y –quién sabe– tal vez también felices –aunque de otra manera que ignoramos–. Y ese, solo ese, es nuestro miedo. El miedo a la felicidad.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

7 jun 2021

  • 7.6.21
Mi amigo Jes Jiménez me llamó el otro día para darme la primicia de un titular esclarecedor y que solo nosotros sabíamos que podía existir: El mundo necesita ocho millones de enfermeras. Lo había leído en The Guardian. Le dije que me mandara el enlace. A la tarde, volvió a llamarme para advertirme de que este diario había borrado la noticia en su edición digital.


Después me soltó una perorata sobre el aspecto volátil de esta vida virtual en la que andamos metidos. Le dije que sí, pero que, con toda seguridad, esa información la habrían publicado otros muchos medios. La comunicación corporativa ha invadido el periodismo, le dije. Los medios apenas publican información propia.

Lo vi, sin verlo, un tanto desorientado con mis aseveraciones. Pero acabó aceptando que el mundo ya no es el mismo que ayer. A todos nos cuesta aceptar tantos cambios en un plazo de tiempo tan reducido.

Jes sabe que ando publicando bromas literarias que son historias virídicas (el palabro aún no existe oficialmente y la RAE se muestra un tanto terca para incluirlo en su diccionario donde todo cabe: es cuestión de días o de meses) en tiempos de coronavirus protagonizadas por enfermeras.

Por eso no me extrañó que, en esos ocho millones de enfermeras que necesita el mundo en tiempos de pandemia, no cupiera ni un solo enfermero. Me voy a Google para ver si encuentro el titular de marras. Y lo que hallo es esta antología de despropósitos: Se necesitan más de seis millones de enfermeras en el mundo; La plantilla mundial de Enfermería perderá ocho millones de efectivos en 2030; Faltan más de seis millones de enfermeros en el mundo (en este caso, no tienen cabida las enfermeras); El coronavirus demuestra que hay que invertir más en enfermería, columna vertebral de todo sistema de salud.

En resumidas cuentas, la Organización Mundial de la Salud (OMS), en un informe titulado “El estado mundial de la enfermería en 2020”, señala la necesidad urgente de fortalecer la fuerza laboral de la salud global, ya que el 50 por ciento de sus trabajadores son enfermeras, si bien la cifra actual de 28 millones deja un déficit de 5,9 millones de estas profesionales.

El director general de esta organización, Tedros Adhanon Chebreyesus, ha afirmado que las enfermeras son “la columna vertebral de cualquier sistema de salud”. También él habla en femenino. Y nos advierte por qué lo hace, con esta frase melancólica: “Las enfermeras están allí desde los primeros momentos de la vida hasta el último”. A veces, también, en mitad de estos dos momentos, claro.

Jes Jiménez me ofreció un tentador titular porque sabe, como yo, que las enfermeras no solo nos incorporan de nuevo al mundo con la salud reparada, sino que su trato de madres postizas o su sensibilidad de novias huidizas las ha llevado a las páginas de la literatura de manera inexorable. No son pocos los escritores que han escrito en sus relatos de ficción sobre las enfermeras de sus vidas, aunque en ocasiones extravían su perfil en los relatos de ficción.

En 1918, por ejemplo, Agnes von Kurowsky fue enfermera de Ernest Hemingway cuando el escritor estuvo herido y este, como no podía ser menos, se enamoró de ella. De no haber sido por Agnes, el escritor pudo haber perdido la pierna, pero ella lo cuidó hasta el final con medicamentos y medidas dosis de ternura intimidatoria. Se comprometieron, pero, como en las mejores historias de amor, nunca se casaron. La realidad siempre imitando a la ficción.

Cuando acabó la guerra, Hemingway regresó a Estados Unidos y allí esperó a la Kurowsky para casarse con ella. Sin embargo, ella le escribió una carta en 1919 para decirle que se olvidara de ella para siempre. La vida sí que es una guerra atroz, pensaría tal vez Hemingway, que nunca logró olvidarla. El destino es indescifrable para los escritores, por una razón muy simple: lo escriben otros.

La enfermera está presente en sus relatos de ficción, pero nadie supo que había sido parte de su vida hasta mucho después, cuando Leicester publicó en 1961 un libro sobre su hermano. Por él supimos que la Kurowsky fue la base sobre la que el escritor construyó el personaje de Catherine Barkley en Adiós a las armas.

Rodrigo García, en su libro Gabo y Mercedes: una despedida, donde narra los últimos días en la vida de su padre, Gabriel García Márquez, cuenta que, a la hora de cambio de turno de enfermería, las dos enfermeras y las dos auxiliares, así como una o ambas empleadas del servicio, se reunían en la habitación por unos minutos.

Gabo escucha el coro de voces femeninas. Abre los ojos y se le iluminan cuando ve a tantas mujeres que lo saludan con cariño y admiración. Todas ríen a carcajadas cuando el premio Nobel les suelta de sopetón: “No me las puedo tirar a todas”.

Una de las muchas veces que acompañé a mi padre en los últimos días de su vida al hospital de Montilla, estaba tendido en la camilla y a todas las enfermeras que lo atendían les decía: “Qué guapa eres. Dame un beso”. No sé qué guarda la vejez en sus entretelas que despierta el deseo más decidido en sus huéspedes.

No imagino a mi padre, siendo joven, provocando a las jovencitas que se cruzaron en su vida. En realidad, ni mi hermano ni yo sabemos nada de su vida amorosa que, presumo, fue muy fugaz por el momento histórico que a todos aquellos jóvenes les tocó en mala suerte vivir.

Sí sé que mi padre se tragó tres años de servicio militar obligatorio en Sevilla y que allí tuvo una novia. Lo contaba delante de mi madre, así que debió ser una atracción muy efímera. Contaba, eso sí, que una vez la invitó a subir a una barca de remos en la Plaza de España. Ellos no naufragaron, pero sí su breve relación.

Las bromas literarias que protagonizan las enfermeras de mis relatos están basadas en hechos reales que nunca sucedieron, pero que pudieron haber ocurrido si los astros se hubiesen alineado de manera trasversal a mi imaginación y no a mi biografía. De cualquier manera, nunca descarto a una Kurowsky que le toque en suerte hincarme la aguja cuando me llamen para recibir el segundo pinchazo de la vacuna contra el coronavirus.

Algunos amigos creyeron que el asunto tratado en el primer relato era pura verdad y no puta imaginación. Y les ennoblece seguir creyéndolo, al menos hasta que un día mi biógrafo, si es que encuentro alguno por ahí, descubra para mi desgracia que todo fue fruto de una imaginación que alimentaba al mismo compás que escribo mi vida.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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