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ANDALUCÍA CON UCRANIA

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta In Memoriam [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
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25 jul 2022

  • 25.7.22
La vida nos hace diferentes aunque, en ocasiones, algunas coincidencias nos pueden cambiar el rumbo de nuestras vidas: el color de los ojos, un apellido que no es único, una virtud o un defecto que son transferibles. Nacemos y vivimos con la pretensión insalvable de que nuestra individualidad no se parezca a ninguna otra, de ser distintos, en ocasiones, sin ningún otro propósito que alimentar nuestra vanidad.


Pero también los hay, como es lógico, que quieren perderse en el maremágnum del rebaño. Encuentran su felicidad a la sombra que los demás le han diseñado y no alientan otra ilusión si para alcanzar tal fin tienen que emprender una carrera en solitario. En todo caso, aspiremos a ser unos u otros, siempre vale la pena no ser un clon de cualquiera de los demás y tener al menos en nuestras manos unas huellas dactilares que nos diferencien de los otros.

Flavio Silva Moreira nunca quiso ser de uno o de otro grupo hasta aquella tarde que paseaba tranquilo por las calles de Bilbao y una dotación policial le pidió que se identificase. Cuando los policías introdujeron sus datos en el ordenador central, se tropezaron con una orden de búsqueda, captura e ingreso en prisión contra él. La orden procedía de la Audiencia Provincial de Almería.

Flavio Silva era sincero cuando dijo a la policía y al juez que él era inocente, que no había hecho nada, que nadie en el mundo le buscaba, desgraciadamente. Ni para bien ni para mal. Le esposaron, le subieron a un furgón policial y acabó en la cárcel de Bissauri (Vizcaya).

En efecto, se trataba de un error. Pero hasta que todo se aclaró pasaron 173 días entre rejas. La burocracia judicial alimentó la espera. Comenzaba agosto y tuvo que esperar hasta febrero de 2008 para abandonar la prisión.

Un buen día, el juez de Bilbao se cercioró de que, en efecto, las huellas dactilares de Flavio Silva no coincidían con las del presunto delincuente. El juez pudo haber cotejado las huellas unos meses antes, la Policía le podía haber escuchado, aunque solo fuese por una vez, se decía él mismo.

Para su consuelo, la Policía le entregó un informe que acreditaba “sin lugar a dudas” que el Flavio Silva encarcelado no era el Flavio Silva buscado en Almería por quebrantamiento de condena. El día que salió de la cárcel encontró un frío de febrero que en nada se parecía a aquel 3 de agosto que a partir de entonces siempre quiso olvidar en sus adentros.

Caminó con la sensación confirmada de que cualquier error insignificante cambia el rumbo de una vida para siempre. Afuera nadie le esperaba, pero temía que nadie más le esperase en ninguna parte del mundo que él conocía.

Un informe del Consejo General del Poder Judicial advierte de que la estancia de Flavio Silva en la cárcel le ha generado “graves trastornos psicológicos y ha cercenado su vida laboral”. Desde entonces, deambula por las calles de Bilbao sin trabajo y huyendo de la presencia policial, y no porque se sienta culpable de ningún acto delictivo, sino porque sabe que el ser humano está incapacitado para escuchar cualquier lamento que no entiende y porque la burocracia es tan seria y firme en sus actuaciones que no altera el orden de sus funciones aunque en ello vaya el pecado.

Ahora Flavio Silva, que siempre escucha, pone oídos a su abogado, quien le sugiere que reclame al Estado 175.000 euros por esos 173 días que vivió privado de libertad. Así lo ha hecho. No sabe si lo escucharán algún día, si algún día le darán la razón en esta historia que sufrió en sus propias carnes. Pero algo sabe a ciencia cierta. Que haya sentencia cuando la haya, aún falta mucho tiempo, y que mientras tanto prefiere no pensar en un futuro que le parece demasiado frágil.

Vive ahora como un fugitivo sin causa, como un niño autista que no quiere escapar de su propio laberinto, porque sabe que más allá de sus oídos el silencio se abre como una epidemia sin límites.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 10 de enero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

18 jul 2022

  • 18.7.22
Las noticias se las puede calificar como "sorprendentes" o "extraordinarias", como "insólitas" o "inauditas". Depende, claro está, del grado de sorpresa que arranque en el público, del recorrido que el titular arrastre desde el día de su publicación hasta el último comentario que el texto desbroce en el lugar más insospechado. Algunas noticias lo llegan a ser no porque su grado de novedad esté en el hecho mismo, sino en cómo su naturaleza es capaz de transmutar la convivencia en cualquier núcleo de población.


Algo así le ha ocurrido al profesor José Reyes Fernández, del IES Menéndez Tolosa de La Línea de la Concepción (Cádiz). El buen hombre dedicó algunos minutos en su clase de Geografía para explicar las bondades del clima de Trevélez para curar el jamón. Las crónicas no dicen si el citado profesor pasó de los beneficios del clima directamente a detallar otros pormenores de este producto del cerdo que nosotros tanto apreciamos en una buena mesa.

El caso es que un alumno musulmán lo acusó de actitud racista. No sabemos tampoco si este docente se detuvo en detalle en explicar la geografía del cerdo, de la que ya se sabe que se come toda, incluso los andares. Algo vio este alumno en el profesor, llámese deseo o gula, placer en cualquier caso, que confundió las creencias religiosas con las cosas del comer.

Nunca he entendido por qué las religiones no hacen más hincapié en los beneficios de sus propios catecismos y dejan las recetas gastronómicas para los entendidos en las artes culinarias. El niño que denunció a este profesor se habrá ganado el cielo con su denuncia, pero también ha demostrado una vez más que el paladar lo tiene menos desarrollado que el cerebro.

El problema, obviamente, es de los padres, que se piensan que han ganado el paraíso dejándonos a otros el placer de hartarnos de jamón. Nuestra religión, algo más cauta en estos menesteres del estómago, ha encontrado soluciones convincentes a aquellos requerimientos religiosos que un simple inmortal está incapacitado para comprender.

Un Viernes Santo, por ejemplo, en el que la Iglesia nos obliga a desentendernos de la carne, encontramos en la ensaladilla rusa –que nunca supe por qué era rusa, y menos en los tiempos de Franco– y en las albóndigas de atún o en los buñuelos de bacalao una fórmula mágica para no pecar en día tan señalado sin una necesidad obvia.

Ahora la Fiscalía de Algeciras ha remitido al Juzgado de Primera Instancia número 1 de La Línea de la Concepción el escrito en el que insta al archivo de las diligencias abiertas por la denuncia de este alumno musulmán por una razón que resulta obvia a todas luces: “por no existir el más mínimo indicio de la existencia de ningún tipo de infracción penal”.

En su escrito, el fiscal jefe de Algeciras, Juan Cisneros, asegura que “la jurisdicción penal es algo muy serio y su utilización no puede quedar al capricho de nadie, cuando no existe justificación jurídica para ello”.

Uno, independientemente de que defiende el jamón por principio, no alcanza a entender qué mal puede haber en hablar del jamón y su geografía si el momento se presta a ello. Entiendo que cualquier criatura escuchando, nada menos que a su profesor, alabar un manjar que sus creencias se lo tienen prohibido, no puede menos que haber caído en una profunda contradicción o, al menos, en una sensación insana de que algo se está perdiendo en esta vida.

El problema no está en esta criatura, que no sabe nada del mundo en el que lo han metido. Tampoco es de los padres, que asumen por principio que cualquier ser humano puede nacer y morir sin haber probado el jamón, lo cual no es una barbaridad, sino una estupidez.

Las religiones siempre meten la cuchara en el plato y en el sexo; es decir, en todo aquello que pueda hacer indigesta una buena vida, según sus patriarcas. Cisneros advierte en su escrito que “escuchar una referencia indirecta al jamón en el marco de una clase de Geografía en nada violenta a los practicantes de la religión musulmana y, menos aún, convierte al profesor en racista, xenófobo o algo parecido”. Por supuesto que no pero, incluso aunque este profesor hablara de las bondades del jamón, nadie debe sentirse herido en sus más profundas convicciones.

Cuando comenzamos a escribir y a dudar sobre las bondades del jamón, algo no está en su sitio. A estas alturas, cuántas actitudes que hieren mis más profundas convicciones debería denunciar. Y no estoy hablando de gastronomía. Dios me libre. Que cada cual coma lo que le dé la gana. Y a quien no quiera jamón por la razón que fuere, que haga igual que con las lentejas. Lo dejas, que para eso estamos los demás. Y que cada cual aguante su vela y aquellas creencias que confunden la fe con el paladar.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 27 de diciembre de 2010.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

11 jul 2022

  • 11.7.22
Cuenta Juan Cruz que Mario Vargas Llosa lloró e hizo llorar al auditorio cuando leyó el discurso de agradecimiento por la concesión del Premio Nobel de Literatura. En efecto, así lo pudimos comprobar en las imágenes que las televisiones emitieron en todo el mundo. Se le atravesó un nudo en la garganta que le entrecortó la voz cuando mencionó a su prima –es decir, a Patricia, su mujer–.


Posiblemente, en aquel momento, toda su vida de repente se le concentró en la memoria, como cuando acecha la muerte inexorablemente, y entonces vio tal vez todos los años dedicados a la escritura no como si fuese su propia vida comprimida en un solo instante, sino la vida de aquel otro que siempre fue a su lado, que siempre va a nuestro lado, para indicarnos el camino que nunca debemos abandonar.

Tantos años después, cuando ya no era el candidato de unas quinielas que siempre le obviaban, el escritor peruano alcanzó el sueño dorado que siempre anheló. Somos muchos los que siempre creímos que esta posibilidad nunca caería en saco roto. Ahora descansa después de una semana agotadora de agasajos que le devolverán a la paz de su ingenio intransferible y de sus agotadoras jornadas de trabajo. Sólo así se puede alcanzar a comprender una obra tan extensa y portentosa.

Cuando un hombre a solas consigo mismo se abre en canal las vísceras, para sacar todo lo mejor que su imaginación puede aportar, asiste al acto más desolador y más asombroso y más demoledor al que un ser humano quisiera aspirar. Así que aquel día de la lectura del discurso, Vargas Llosa recordó, no los libros escritos en incansables jornadas de trabajo, sino el inmenso placer y la soledad más contumaz en que un escritor vive para poder alcanzar la posteridad cuando el corazón aún le palpita.

Acaso estos momentos de los que los creadores nunca hablan, estas horas extraviadas a lo largo de toda una vida, aquellas dudas recurrentes que vacían el alma de valor y de valores, que enmudecen por días y por semanas y por meses la capacidad creadora, que nos hacen vacilar después de tantos años sometidos a una disciplina castrense –después de que aquello que un día creíamos dotado de un cierto valor lo pongamos entonces en duda y en cuarentena–, ahora se resquebraja en un instante.


Y es ahí, de nuevo solo ante su auditorio, leyendo este discurso de agradecimiento por un premio Nobel, cuando todo comienza a tener sentido de nuevo, cuando sabemos que valió la pena tanto esfuerzo y que, no haber abandonado aquel camino en el que solo nosotros creíamos, hoy nos llena de plenitud y satisfacción.

Hay riachuelos en la vida que se asemejan a océanos bravíos, a tempestades perfectas en las que no queremos naufragar, porque nos fueron dadas por nuestra pertinaz dedicación de cada día a una profesión que no tiene parangón con ninguna otra, como es ésta de la lectura y de la ficción.

Antes o después, cualquier día, abrimos la puerta de casa y afuera no está la vida cotidiana sino esta otra que inventamos en lo más profundo de nuestro ser, como una criatura que le cuesta andar sola en las primeras páginas pero que, poco a poco, muestra su carácter indomable, su porfía frente a los detractores de la imaginación, su capacidad de moverse a sus anchas en un espacio que solo anida dentro de nosotros y que es para nosotros parte imprescindible de nuestra identidad.

Es ahí donde la realidad y la fantasía se confunden, donde lo veraz y lo verosímil se aúnan para conformar un todo indivisible. Posiblemente fue este pensamiento el que se le puso delante de sus narices a Mario Vargas Llosa la tarde que andaba desglosando su fortuna de escritor consistente, sus delirios de creador convencido, sus miedos siempre presentes de fabulador arriesgado y trasgresor.

Fue entonces cuando sintió el manotazo de la inmortalidad, la confabulación del lector comprometido, el zarpazo que da en el pecho el haber recibido un reconocimiento grande por una obra sin igual. Y fue entonces cuando la emoción pudo a las palabras tantas veces utilizadas para dar sentido al llanto. Eso sí: esta vez, insustituible.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 20 de diciembre de 2010.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

4 jul 2022

  • 4.7.22
Hace más de treinta años, Gabriel Janer Manilla conoció a Marcos Rodríguez cuando se documentaba sobre su tesis doctoral basada en los niños que han vivido en estado salvaje. En 1970 se licenció en Pedagogía por la Universidad de Barcelona, y ocho años más tarde leyó la tesis sobre La problemàtica educativa dels infants selvàtics. El caso de Marcos, un estudio sobre un caso de marginación social.


La tesis trata la historia de un niño que vivió abandonado durante 13 años (de los 7 a los 19) en las montañas de Sierra Morena, después de que su padre le vendiera a un pastor para que le ayudara a hacerse cargo del rebaño de cabras. Después de morir el pastor, Marcos se queda solo en compañía de los animales.

Basándose en aquel estudio, a su autor la historia le pareció sorprendente pero también creíble para adaptarla a la novela. Existen, en cualquier caso, no pocos precedentes en los que la fábula ha pretendido suplantar a la realidad en historias inverosímiles pero que han logrado anegar de fantasía el mundo insobornable de los más jóvenes.

Uno de los casos más conocidos es El libro de la selva, también conocido como El libro de las tierras vírgenes, publicado en 1894 por Rudyard Kipling. Esta serie de relatos cuenta cómo Mowgli es acogido por unos lobos como si fuera su propio hijo.

Más sorprendente incluso puede ser Tarzán, el personaje ficticio creado por Edagr Rice Burroughs, un niño que es educado por una manada de monos mangani, una especie no conocida por la ciencia. Tarzán vio la luz por primera vez en la revista All Story Magazine en octubre de 1912. Después, Bourroughs adaptó el personaje a la novela, a la que sucedieron 23 secuelas, y con el paso del tiempo han sido múltiples las adaptaciones al cómic, al cine y a la televisión.

Fue así como Janer Manilla se atrevió a escribir He jugado con lobos, la novela en la que se inspiró la película Entre lobos, dirigida por Gerardo Olivares. Desde luego, como suele ocurrir a veces, la literatura resultó ser más creíble que el cine.

El libro está escrito en primera persona, con un lenguaje desprovisto de todo exorno, casi sintético. Como si fuese la historia de vida en la que basó su tesis doctoral. En el Post scriptum, el autor advierte sobre la realidad de los hechos: “La respuesta es: no es tan importante lo que vivió, sino lo que creyó que vivía. Quizás, la imaginación lo salvó de la soledad. Mientras, jugaba con los lobos y se dejaba guiar por una culebra”. Fuera como fuese, lo cierto es que el libro, que se mueve entre una dureza extrema y una ternura sutil, me parece más creíble que la película.

Cuenta en la novela Marcos Rodríguez que le hubiera gustado haber nacido lobo y piensa que el hombre no nace lobo, pero que puede acabar convirtiéndose en uno de ellos. Se acostumbró a convivir y a comunicarse con los animales: “No era tan difícil como hacerlo con los hombres”.

Cuenta que el jabalí es el único animal que no tiene amigos y que por eso no puedes acercarte a él, y por eso nunca levanta la cabeza del suelo y nunca mira a las estrellas. Comía patatas porque veía que los cerdos comían patatas. Damián, el cabrero, le había aconsejado: “Si siempre haces lo mismo que los cerdos, no te equivocarás nunca”.

Marcos aullaba como los lobos, gañía como la zorra, hacía los mugidos de los ciervos. Aunque iba medio desnudo, nunca sintió frío. Y confiesa: “Yo sé que se aprende a tener frío. La vida es la escuela donde se aprende a tener frío. Pero allí, en medio del valle, aprendí a no sentirlo”.

Con el paso de los años, cada vez le resultaba más difícil pronunciar los vocablos y expresarse como un hombre. Se entendía mejor con las bestias. Despertaba antes que amaneciera para ver cómo, al llegar la luz, se abrían las flores a medida que el alba crecía. Inventaba palabras y música. Le gustaba cantar. Cantaba al estilo de las bestias, levantando un aullido en el bosque. Gritaba como si cantara una canción salvaje. No recuerda si alguna vez estuvo enfermo. Y pensaba que morir es cerrar los ojos. Se diferenciaba de los animales en que podía usar las manos y era consciente de que su inteligencia era más poderosa, excepto si se trataba del águila.

A veces andaba con los pies y las manos, descalzo, como los lobos o las cabras, pero no lograba hacerlo igual que ellos. Saltaba cercados, se encaramaba por las rocas y se subía a la última rama de los árboles. Llevaba el pelo hasta las rodillas y, sin embargo, se preguntaba por qué su cuerpo no se cubría también de pelo como los demás animales. Frecuentaba la cueva de los lobos y hablaba con el águila y se entendía con la culebra.

Durante todo ese tiempo, Marcos pensó por qué su padre lo había vendido a aquel hombre y cuánto dinero le pusieron en las manos. Y dice: “Mi padre no me vendió para hacerme daño. Solo porque era pobre. Porque era muy pobre, me vendió”.

Cuando la Guardia Civil lo encontró en el verano de 1956, había vivido trece años perdido en el bosque desde que su padre lo vendió. La gente creó la leyenda. Decían que era hijo de una loba y un pastor y que solo comía bellotas y raíces. Su indumentaria alimentó la fábula. Iba vestido con una piel y llevaba unas alpargatas que él mismo se había hecho con corcho y alambres.

No sabía andar con zapatos ni usar la cuchara y el tenedor. Comía con las manos. Cogía el plato y se lo llevaba a la boca. Le costaba dormir en una cama, porque estaba acostumbrado “a la dureza del suelo, al calor difícil de las piedras”. Le dijeron que las cosas que decimos se pueden escribir en un papel. Pero él prefería, antes que las palabras, imitar el canto de la perdiz o de la zumacaya, del mochuelo o del águila.

Cuando después de aquel tiempo perdido reconoció al padre, lo encontró más viejo, pero el carácter no le había cambiado. Y éste, cuando observó al hijo vestido con una piel medio destrozada, solo alcanzó a decir después de trece años: “¿Dónde está la chaqueta que llevabas? ¿Qué has hecho con la chaqueta? Te compré una chaqueta, ¿qué has hecho con ella?”.

Todos estos pequeños detalles que hacen creíble la historia, incluso verídica por momentos, se pierden en la película. Y es precisamente en esos imperceptibles e inequívocos pormenores en los que la fantasía no se detiene pero donde la realidad es pertinaz y la memoria es encubridora.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 13 de diciembre de 2010.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

27 jun 2022

  • 27.6.22
Mira uno la vida desde la ventana y le da pereza abrir las puertas y salir a la luz o a las tinieblas. Todo depende cómo se mire. Si ahora miramos el mundo sin telescopio, vemos un paisaje que abruma en lontananza y aquí al lado buscamos las ascuas del fuego apagado y del futuro que nos dibujaron y fabricaron a la medida, sin brechas y sin vacíos significativos. Y ahora, de golpe, nos da la impresión de que alguien nos vendió gato por liebre, que aquel traje hecho a medida nos viene estrecho para esta crisis, que le quedan cortas las mangas y el color se ha desteñido por momentos.


Miramos afuera y los días se insinúan sinuosos y hostiles, y la noche es un pantano de dudas y deudas sin solución posible. Y es así que vamos pasando las páginas de los periódicos buscando un titular que no está y una noticia que alguien ha usurpado de sus páginas sin nuestro consentimiento.

No hay respuesta que apague nuestras convulsiones internas ni que infle la nómina como si fuera un chicle. No hay respuesta a este momento de incertidumbre. Porque nadie dice nada ni sabe de esta verdad que nos asoma al cataclismo, ni le pone nombre a las mentiras en las que queremos seguir creyendo.

Ahora sabemos que la sociedad del bienestar se va al carajo, ahora sabemos que nunca fuimos ricos ni lo seremos nunca más y que los inmigrantes han comenzado a regresar a sus países porque no se quieren comer nuestra miseria.

Sabemos también que la Embajada de EE.UU. en Madrid mostraba un especial interés por el expresidente del Gobierno José María Aznar. Y él que pensaba que Bush le amaba con fruición y desinterés, como si aquello fuera un amor de primavera. Y ahora los papeles secretos del Departamento de Estado nos muestran las dudas que Aznar tenía sobre la entereza y capacidad de Mariano Rajoy de conducir a este país por el camino de la unidad nacional, tal como él lo hubiera hecho sin pestañear, aunque se le metiera un enjambre de abejas en el ojo. De ahí la frase que nos ha hecho esbozar una mueca que no llegó a tal porque se nos quedó la sonrisa congelada: “Si veo a España desesperada quizá tendría que volver a la política”.

Uno se cansa de tanto mesías enano y con bigote, inflado de vanidad y escaso de conocimiento. No sé qué tiene este país que amamanta con sus ubres a tantos salvapatrias y después nos los pone en la poltrona para abrir un paréntesis vergonzoso en nuestra historia más reciente.

Sabíamos que éstos eran malos tiempos para la lírica, pero estos otros que empezamos a pisar son malos también para bolsillos propios y ajenos. Nadie nos salva de morder este fuego que alguien atiza sin contemplaciones desde otra finca a la que no tenemos acceso.

Lo peor es que los periódicos se han quedado mudos y no atisban a anunciar las catástrofes previsibles porque andan preocupados midiendo su ideología interna. No les preocupa ya tanto qué piense o sienta el lector, como tampoco les preocupa de qué materia están hechos sus periodistas, porque hoy la profesión son piezas desconectadas entre sí y componen un puzle que nadie acierta a componer de modo que todo tenga sentido.

Este periodismo programado y de declaraciones que vive una vida frugal y efímera morirá pronto a nuestros pies, cuando ya todos volvamos a calzar alpargatas y sepamos definitivamente que los derechos humanos, sean cuales sean, del trabajador o del menor, de la mujer o del gay, hay que conquistarlos cada día, porque si no alguien vendrá a arrebatárnoslos. Porque los lobos hoy habitan las ciudades y han dejado los montes libres para las liebres y los jilgueros.

A veces, todos nos cansamos de soñar, porque los sueños, como las nubes, vienen y van sin rumbo, y los días grises nos devuelven una nostalgia que habíamos desechado en el paragüero y que ahora necesitamos sin titubeos y sin compasión.

Después, sin embargo, la mañana anuncia un día luminoso y de pronto olvidamos que el invierno es fugaz y que, pese a todas las circunstancias esquivas que nos atenazan, no nos queda otro remedio que salir a la calle a gritar o a beber, a saber que los malos tiempos tienen los días contados y que solo depende de nosotros enderezar la curva del camino.

A veces, miro la primera página del periódico y no encuentro la noticia que buscaba, y sé que, en parte, también yo soy culpable de no hallar el titular que quiero y que otros como yo no hemos escrito. Porque todos sabemos y hemos olvidado que algunos titulares deben ser colectivos e indelebles.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 6 de diciembre de 2010.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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