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Antonio López Hidalgo | Nadie entiende este mundo

Cierro la puerta entreabierta para que el aire no monte huracanes, navego por las orillas del mar por miedo a las profundidades desconocidas, me bebo la botella medio llena por miedo a la duda, no miento aunque siempre cuento la mitad de la verdad, invento mis propias ficciones porque la gente cree cuanto estima necesario y no todo lo que es cierto, oigo y archivo el dato, me gustan las primaveras indeseadas y los otoños anticipados, observo al perro como el peor amigo del hombre, sobre todo si el perro no es mío, y ladra y es agresivo y además lo protege la ley.


Leo novelas que no se venden, autores que no entiendo pero cuya musicalidad me apaga la animadversión a los poetas inútiles, busco la noche como el héroe se apega al peligro, camino con prisas para que nadie se apresure a delatarme, esquivo las miradas para no sentirme seducido, miro al cielo en los semáforos en rojo mientras los vehículos trepan por las avenidas con la prisa de una parturienta, evito las colas en los cajeros de las grandes superficies, busco los taxis donde sé que nadie se parará si alzo el brazo en gesto de socorro, miro los escaparates cuando no tengo un euro para adquirir ni un caramelo, huyo de las fiestas de Navidad y de Fin de Año, detesto los homenajes y los agasajos, los cumpleaños felices y las jubilaciones, las celebraciones con confeti y la Coca-Cola sin gas o sin ron, lo mismo da.

El solomillo, ni pasado ni mitad y mitad; el gin tonic, cargado, por favor, como la vida, por favor; el café, caliente que pela; algunas señoras, como el café, con perdón; los catecismos, todos cerrados; las botellas, abiertas, para que el vino se vaya oxigenando; la puerta cerrada, como la boca, para que no entren moscas, ni moscardones que, por cierto, abundan; la casa propia, con luz, con libros y con vino, por si ella llega tarde o no llega; los veranos, como tienen que ser, con calor; los inviernos, como tienen que ser, breves; tu rostro, siempre cerca, por si no encuentro un espejo cuando me despierte por las noches; el día, sin demasiadas sorpresas y con dinero, y, como es lógico, uno detrás de otro. No me gustan las cosas amontonadas y en desorden.

No asumo otra responsabilidad que la de estar vivo e inventar la vida a cada instante, subirme a los árboles sin el permiso del público, husmear en los nidos de los gorriones por si el avaro hubiese escondido allí su tesoro, no buscar otra fortuna que vulnere el derecho a sentirme feliz en mi propio pellejo, el único traje que nunca me cambio ni repongo, que asumo como un rasgo de identidad al igual que mi sombra y mi hipoteca. No asumo otra sospecha sino la de agotar cada hora como si fuese la última loncha de jamón de este plato colectivo que es este planeta, verde y azul, intoxicado y bello, diverso y disperso como mis sueños, acogedor e insólito como una muchacha enamorada o no enamorada, da igual.

Cruzar la frontera sin pasaporte, callar cuando los otros hablan, escuchar aunque no te interese lo que se dice, escuchar hasta que acaban con tu paciencia, y sales, evitas un portazo, pero dejas la puerta a su antojo, el portazo como consecuencia se hace inevitable, todos despiertan con el portazo porque todos dormían y nadie escuchaba, todas las conferencias y las homilías son aburridas, aunque nadie lo reconoce, todos callan y todos duermen, ése es el problema, que todos duermen, mientras otros cantan, recitan, sermonean, bailan en el escenario, se sacan conejos de la manga, una rosa sin olor del ojal, un mitin sin improvisación, una despedida sin excusa, un billete de avión sin avión y sin viaje.

Mientras escribo, se han derretido los cubitos de hielo en el vaso de whisky. Va a ser cierto esto del cambio climático. Pero si bebo y dejo de escribir, igual se me congelan las palabras. Y no se pueden hacer dos cosas a la vez. Desde luego, este mundo no hay quien lo entienda.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 13 de junio de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
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