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Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas
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2 ago 2020

  • 2.8.20
Cuando en nuestro país se acercaba el final del confinamiento marcado por el Estado de Alarma, era previsible que de nuevo aparecieran rebrotes del covid-19, pues resultaba muy difícil pensar que los contactos que se iban a producir entre la gente no generaran transmisión del virus de unos a otros.



Lo que no podíamos imaginar era que la denominada nueva normalidad se iba a convertir tan pronto en una clara anormalidad, puesto que en menos de dos meses los encuentros familiares, las celebraciones, las fiestas, el ocio nocturno y los botellones iban a ser los medios de transmisión que iban a poner en jaque la apertura de la sociedad a la tan necesaria actividad económica. Sin embargo, los continuos mensajes del uso de la mascarilla, el mantenimiento de las distancias y el no contacto corporal, para algunos parece haber caído en saco roto.

Uno puede comprender que tras meses de confinamiento el deseo de las familias de reencontrarse estuviera muy justificado; pero ya se había advertido que los encuentros no fueran de más de diez miembros y que se evitaran los besos y los abrazos.

En los días en los que escribo, resulta que los rebrotes o nuevos contagios empiezan a ser un verdadero problema. Del total de ellos, la cuarta parte corresponde a encuentros y fiestas familiares y un cuarenta por ciento al denominado ocio nocturno.

No estoy muy seguro, pero pareciera que esto de formar parte de grupos numerosos y de estar muy pegados unos a otros pertenecieran a nuestra idiosincrasia española.

Pensando en ello, me vinieron a la mente algunas obras pictóricas relevantes que explicarían el temperamento hispano de disfrutar de la mesa agrupados y en las que los comensales aparecen muy juntos, casi tocándose.

Una muy reveladora, dado que unía a dos generaciones de los reyes más significativos que hemos tenido, es la que lleva por título El banquete de los monarcas y que he utilizado para la portada. Se trata de un encuentro familiar entre Carlos I y su hijo Felipe II, acompañados de sus esposas y de otros personajes muy ligados a la Casa de los Austrias.

El cuadro pertenece al artista valenciano Alonso Sánchez Coello, pintor de cámara de Felipe II. En la escena, encontramos en el lado derecho a Carlos I, al que le están sirviendo vino en su alargada copa; cerca de él se encuentra su hijo Felipe II, todo vestido de negro, con mirada absorta, mientras le colocan un plato sobre la mesa. Las esposas de los monarcas aparecen sentadas en sus lados derechos al igual que las de los invitados, tal como se establecía en el protocolo.

Pero no es solamente el estar tan juntos físicamente lo que ahora nos podría servir de ejemplo de una costumbre tan española, sino que, en esta ocasión, quisiera referirme a un hecho que afectó singularmente a la dinastía de los Austrias: la unión por consanguinidad. El matrimonio entre miembros familiarmente próximos sería no solo el origen de graves problemas de salud física, como la esterilidad, el raquitismo, las afecciones renales y la malformación, sino también de problemas mentales como la esquizofrenia, la paranoia, la depresión o la psicosis.

Entiendo que esa proximidad consanguínea es diferente de la que ahora hablamos en la pandemia; sin embargo, hay algo de esa tendencia hispana a estar muy juntos o muy unidos. Por otro lado, recordemos que la Casa de los Austrias (nombre que adoptó en nuestro país la dinastía de los Habsburgo) se inicia con Carlos I. Le sucederían Felipe II, Felipe III, Felipe IV llegando hasta Carlos II, apodado El Hechizado, que fallece sin descendencia, lo que provocó la Guerra de Sucesión Española, que se inicia en 1701 hasta que en 1713 se firma el Tratado de Utrech.

Con Felipe V, nombrado rey en 1700, se inicia la Casa de los Borbones francesa en España que llega hasta hoy. Aunque hay que reconocer que la actual casa real española no es un modelo precisamente de unidad, ya que en ella han aparecido problemas tan graves que es difícil que puedan verse públicamente juntos Felipe VI y el rey emérito.



Hemos echado una mirada hacia atrás, acudiendo a un cuadro paradigmático, para dar una posible explicación a la tendencia a juntarnos, a celebrar fiestas y a comer muy juntos. Pero, tal como he apuntado anteriormente, parece que algunos todavía no acaban de ser conscientes de que nos encontramos bajo una epidemia.

Es por lo que encontramos muchos casos de grave irresponsabilidad. Uno que se lleva la palma, ya conocido de todos, es el que se desarrolló en la discoteca Babylonia de Córdoba. Ha superado los cien contagiados, por lo que ha llegado a ser noticia hasta en The New York Times como ejemplo de imbecilidad colectiva.

La información dada por su corresponsal Ralph Minder a este prestigioso periódico estadounidense fue la siguiente:

“Después de disfrutar de una larga noche de celebraciones de graduación, una multitud de jóvenes ingresó en la discoteca de Babylonia a las 5 a.m. para continuar la fiesta en la ciudad de Córdoba, en el sur de España. Dos semanas después, 91 personas vinculadas a los 400 asistentes a la fiesta identificados de la discoteca Babylonia han dado positivo por el coronavirus y las autoridades regionales todavía están luchando por localizar a todos los que ingresaron al club esa noche, o que luego entraron en contacto con ellos”.

Así pues, los alumnos, profesores y padres de un colegio privado que alegremente se fueron a celebrar la finalización del curso a una finca particular y, posteriormente, se marcharon a una discoteca, han logrado no solo que se contagien más de cien personas, generando un enorme problema sanitario, sino que acaben convirtiéndose en una noticia internacional.

¡Esto sí que se llama responsabilidad cívica y cumplir a rajatabla las normas que han marcado las autoridades sanitarias para prevenir los contagios a los que estamos expuestos todos los españoles!

AURELIANO SÁINZ

26 jul 2020

  • 26.7.20
Aparte de los enormes daños producidos en la población, la epidemia del coronavirus nos ha sorprendido a la mayoría de la gente, puesto que no teníamos una experiencia similar y no nos imaginábamos que en pleno siglo XXI nos encontrásemos ante un reto sanitario de estas magnitudes.



Sin embargo, esta situación que afecta a todo el planeta, con distintas intensidades, ha dado lugar a que recibamos noticias continuas del virus que la ha provocado y que, en algunos casos, nos informemos acerca de las epidemias que han afectado a la población a lo largo de la historia. Así, nos hemos dado cuenta de que han existido siempre, aunque los avances de la ciencia, la medicina y la sanidad las han reducido y han logrado controlarlas en la mayoría de los casos.

Una de esas epidemias que ha quedado fuertemente registrada en la historia es la peste negra. Según el historiador noruego Ole J. Benedictow, la peste negra o peste bubónica ha sido la pandemia más devastadora en la historia de la humanidad, dado que se inició en el siglo XIV, alcanzando su punto máximo entre 1347 y 1353, aunque en el continente europeo persistiría durante al menos 400 años, muriendo solo en Europa unos 25 millones de personas.

La razón de que le llamara ‘peste’ se debía a que quienes se contagiaban solían aparecérseles bubones o ganglios que al estallar destilaban una fuerte pestilencia.

Los primeros casos se dan en el desierto de Gobi de Mongolia. Posteriormente. se extiende a China, se traslada a la India, llega a Rusia, finalizando su recorrido en los puertos del Mar Negro. Sería, pues, la denominada Ruta de la Seda el camino llevado a cabo por tierra. A partir del Mar Negro, los navíos encargados de transportar las mercancías serán los que la propagarían al resto de los puertos del continente europeo.

La causante de la enfermedad, según Benedictow, fue una bacteria que anidaba en roedores como ratas, ratones y jerbos, transmitiéndose a través de las pulgas de dichos animales. Estos se subían a los barcos de los comerciantes en el Mar Negro y cuando arribaban a algún puerto descendían, transmitiéndose la infección de unas ratas a otras, hasta pasar a las personas a través de las pulgas.

La falta de higiene de entonces daba lugar a que fueran las clases más pobres las que padecieran las consecuencias de la epidemia, por lo que las familias adineradas intentaban ocultarla dado que se la asociaba a la pobreza, incluso estas familias pagaban a médicos para que la enfermedad se mantuviera en secreto.

Por otro lado, tratando de evitar pérdidas económicas, las autoridades encubrían el avance de la enfermedad, con las inevitables consecuencias de su posterior expansión, por lo que cuando quisieron reaccionar era demasiado tarde.

También las familias de los afectados negaban la existencia de los casos, de modo que, incluso, enterraban a los muertos en los corrales de las casas. La razón hay que encontrarla en que si informaban para evitar contagios, la solución adoptada por las autoridades era la de prender fuego a sus casas y a todas sus pertenencias. No sabían otro modo de atajar esta enfermedad de la que desconocían prácticamente todo.



Ante el pavor de la población y su total ignorancia de las causas que generaban esa terrible enfermedad, ¿qué solución buscaba la gente que no entendía los orígenes de ese mal, que hasta los propios médicos no sabían cómo atajarla?

Como era habitual por aquella época, acudiendo a la religión para hallar algo de explicación y consuelo. El clero, por su parte, solía atribuir estos males a los pecados de los hombres, con lo que agudizaban las angustias de aquellos que se sentían impotentes ante una desgracia que los desbordaba.

De este modo, eran habituales las rogativas a través de las procesiones de las imágenes de los santos y patronos locales, lo que, paradójicamente, daban lugar a que la epidemia se extendiera más deprisa al contagiarse las personas sanas con las infectadas cuando se juntaban en el mismo espacio.

Fueron años en los que se gestaron nuevas devociones, bajo la apelación a los milagros que podían realizar algunos santos. Es el caso, por ejemplo, de San Rafael, que se convertiría en el patrón de la ciudad de Córdoba.

Con respecto a Córdoba, quisiera apuntar que hubo tres importantes brotes de la peste negra, siendo el más fuerte el que se produjo a finales del siglo XVI. Hemos de tener en cuenta que la ciudad contaba con unos 50.000 habitantes en 1580, y un siglo después se redujo a unos 30.000 debido a la enfermedad.

Por aquellas fechas, y en medio del pavor generalizado, se da a conocer el sacerdote Andrés de las Roelas quien dice que el arcángel San Rafael se le había aparecido cinco veces para comunicarle que él sería quien salvaría a la población de la peste.

A partir de ese momento, la ciudad de Córdoba se vuelca en la devoción a San Rafael, que etimológicamente quiere decir ‘medicina de Dios’. De este modo, se celebran misas en su honor, se levantan monumentos llamados popularmente ‘triunfos’, se le dedican iglesias, también calles y plazas. Con el paso del tiempo, el nombre de Rafael se convierte en el más popular dentro de los cordobeses.

Las autoridades eclesiásticas afirman que con la devoción que promueve el padre Roelas, fallecido en 1587, desciende el número de contagiados; pero esto, por entonces, no era posible comprobarlo, dado que los datos conocidos se mantenían en secreto.

A pesar de la alta devoción que se promueve a San Rafael, lo cierto es que la peste no desaparece. Así, el segundo gran azote en Córdoba se da entre los años 1647 y 1652. Y para que nos demos cuenta del impacto que produjo en la ciudad, el médico Alonso de Burgos (el que aconsejaba como remedio a la epidemia “Huir rápido, cuanto antes mejor y regresar cuanto más tarde”) hablaba de otros 16.000 muertos.

El tercer gran brote llegaría a Córdoba treinta años después, es decir, en 1682, produciendo, según distintos historiadores, la muerte de otras 12.000 personas.

Tal como dije al principio, la peste negra permaneció en Europa durante nada menos que cuatrocientos años. Y pensando en la que actualmente padecemos, sin haber siquiera cumplido un año entre nosotros, y con la posibilidad de que podamos tener algunas vacunas eficaces en un tiempo reducido, no deja de ser un abierto reconocimiento al enorme trabajo que se ha llevado, tal como he indicado, en los campos de la ciencia, de la medicina y de la salud. A todos ellos tenemos que estarles enormemente agradecidos por la labor que han realizado.

Posdata:

El cuadro que ilustra la portada del artículo es del pintor francés Alexandre Hesse (1806-1879) titulado La muerte de Tiziano, en el que hace un homenaje al gran pintor italiano que falleció en 1576 a causa de la peste negra.

La ilustración del interior pertenece al también artista francés Michel Serre (1658-1733) en la que expresa una escena de la peste negra en Francia.

AURELIANO SÁINZ

19 jul 2020

  • 19.7.20
¿Somos los españoles un país de jaraneros, de modo que lo único que nos preocupa son las fiestas y disfrutar del buen vino? ¿Nos visitan los extranjeros pensando que, aparte del sol y de las playas, esto es Jauja y que aquí los desmadres están a la orden del día creyendo que por todos lados hay sanfermines o tomatinas y que los más jóvenes, antes de que apareciera el dichoso bichito, se pasaban los fines de semanas de botellón en botellón?



No sé si esta es la imagen que se hacen quienes vienen a visitarnos y que, inevitablemente, este año la cifra se reducirá de modo considerable. Lo que sí puedo afirmar es que cuando me he encontrado con profesores de universidades de Francia o Suiza, en medio de las charlas, solían salir estos temas, derivándose hacia los magníficos vinos que tenemos los españoles. También era motivo de debate la admiración que sentían por los grandes pintores de nuestro país, lista que encabezaba uno de los genios de la pintura de todos los tiempos: Diego Velázquez.

“Me imagino, Aureliano, que en España hay un verdadero culto al vino, pues aparte de que tengo algún conocimiento de los excelentes caldos que se producen en tu tierra, para mí hay un cuadro de Velázquez que me gusta mucho como es 'El triunfo de Baco' y que tengo colgado en mi despacho”, me indica un profesor de la universidad de Neuchâtel, con un buen español, en un encuentro que tuvimos en un pueblecito de Suiza.

Le dije que estaba muy de acuerdo con lo que decía, al tiempo que le indicaba que este espléndido cuadro de Velázquez en España le llamamos también Los borrachos, aunque en el lienzo no se aprecie el estado etílico de los que aparecen en el mismo.

Ciertamente, nuestro país no se entiende sin los buenos vinos que salen de sus viñas y sin la compañía de los amigos en la barra del bar o sentados en alguna terraza disfrutando de esas charlas que tanto nos gustan, al tiempo que nos tomamos unas tapas acompañadas del regalo del dios Baco, aunque ahora, en tiempo de pandemia, tengamos que seguir unas estrictas normas para evitar el contagio.

Y ya que hablamos de algo tan ligado a la antigua Hispania como es el vino, no viene nada mal que recordemos a este dios mitológico que tanta ligazón tiene con la alegría y el disfrute de la vida. Para ello nada mejor que hacer un pequeño recorrido por cómo ha sido representado en algunas obras pictóricas, dentro de la numerosa iconografía en la que aparece.

Así, he tomado para la portada un fragmento de la figura de Baco que realizó en 1598 el pintor italiano Caravaggio. El lienzo, que se encuentra en la Galería Uffizi de Florencia, muestra a un joven, relajado, parcialmente tapado por una túnica blanca y con un ramo de pámpanos coronándolo, al tiempo que sostiene una copa de vino tinto.



Treinta años después de la representación de Caravaggio, es decir, en 1628, Velázquez pinta El triunfo de Baco, cuyo protagonista tiene ciertas similitudes con las del pintor italiano. Sin embargo, en este caso, aparece rodeado de acólitos y gente de extracción humilde.

En la obra hay dos partes bien diferenciadas: en la izquierda se muestra a un joven con el torso descubierto, sentado sobre un tonel, coronado de pámpanos, al tiempo que sostiene una copa con vino. A contraluz, la figura de un segundo personaje con similar corona, por lo que se deduce que también es un seguidor del dios del vino.

El grupo de la derecha lo componen seis personajes, algunos con el rostro abotargado por los efectos de la bebida. Uno de ellos, un humilde soldado, en actitud reverencial y a punto de convertirse en un nuevo iniciado; el resto es gente de extracción modesta, tal como lo manifiestan las ropas que portan.



Remontándonos hacia atrás, y como bien sabemos, en la Grecia antigua se rendía culto a Dionisos y en Roma a Baco. Durante las celebraciones en honor de estos dioses corría el preciado líquido de forma generosa en las denominadas bacanales, ya que las mujeres encargadas de animar esos festejos recibían el nombre de bacantes.

No obstante, el ascenso del cristianismo en el Imperio romano supuso una abierta censura de estas fiestas; de todos modos, conviene apuntar que el propio Senado de Roma las prohibió en el año 186, aunque ello no impidió que continuaran celebrándose de forma privada.

Una interpretación de estas fiestas la encontramos en el cuadro La bacanal de los andrios del pintor italiano Tiziano, el favorito de Felipe II. En la escena nos muestra los placeres de una bacanal, en la que no aparece representado el dios Baco, puesto que está llegando a la isla de Andros en una barca.

Vemos personajes masculinos y femeninos bailando; otros desnudos, caso de la mujer del lado inferior derecho; otros bebiendo y algunos completamente ebrios yacen en el suelo. Teniendo en cuenta el moralismo de Felipe II, Tiziano nos expresa su idea de una bacanal como la de una fiesta en la que se da rienda suelta a los placeres de los sentidos corporales y, en consecuencia, moralmente condenable.



Otro cuadro es el del pintor holandés Cornelis de Vos, que también recibe la denominación de El triunfo de Baco, similar al de Velázquez. En este caso, el dios del vino no es un joven de piel rosácea, sino un ser obeso y grotesco que se encuentra completamente desnudo y sentado en un carro tirado por dos tigres. Vemos que con su mano derecha abraza a una joven y rubia bacante que agita un tímpano con sonajas.

En su lado izquierdo se encuentra un sátiro que, con mirada irónica, palpa uno de los pliegues de su carne adiposa a la altura de la cintura, al tiempo que otro ya viejo apenas se tiene sobre el asno que lo sostiene. Aquí, la referencia al dios Baco tiene un aire burlón y cómico, como si el pintor holandés quisiera ridiculizar las fiestas paganas dedicadas al disfrute con las alegres bacantes.



La quinta obra lleva el título de El sacrificio a Baco del pintor italiano Massimo Stanzione, que, junto a las tres anteriormente citadas, se encuentra en el Museo del Prado. En este caso, nos muestra un cortejo de bacantes que cantan y bailan ante una escultura de Baco que aparece desnudo, con una corona de pámpanos y de pie sobre un pedestal.

Algunas de las seguidoras del dios del vino se encuentran cubiertas de pieles de animales y engalanadas con ramas de hiedra y de parra, al tiempo que le ofrecen cestas de uvas, de frutas y jarras de vino. Otras tocan la flauta, los címbalos o portan una paloma. En este caso, la bacanal no adquiere el tinte de desenfreno de los sentidos, sino un aire entre lúdico y poético.

Para cerrar, convendría recordar las palabras del historiador griego Tucídides cuando decía que “los pueblos del Mediterráneo empezaron a emerger del barbarismo cuando aprendieron al cultivar olivos y vides”. O, siglos más tarde, las palabras del escritor francés François Rabelais al sostener que “el vino es lo que más ha civilizado el mundo”.

A pesar de los tópicos, podemos decir que mayoritariamente en España sabemos beber bien; que disfrutamos, como país mediterráneo, de las fiestas populares y que, en estos tiempos en los que nos vemos acosados por una pandemia, es posible recuperar, eso sí, de modo razonable el disfrute de la calle tan ligado a nuestra cultura abierta al aire libre.

AURELIANO SÁINZ

12 jul 2020

  • 12.7.20
No sé si la gente joven de ahora entiende el significado de la frase con la que he titulado este artículo. Reconozco que, en mi caso, desde hace bastante tiempo que no la he escuchado, fundamentalmente porque ya nadie defiende que el castigo físico sea el medio educativo para que las nuevas generaciones fueran aprendiendo.



Sin embargo, quienes somos mayores no solamente entendemos su significado sino que también, en mayor o menor intensidad, recibimos algún tortazo, algún palmetazo o algún cogotazo para que en la escuela nos entrara la tabla de multiplicar o entendiéramos el correcto uso de la ‘h’ o de la ‘q’. Lógicamente, cuando te dan una colleja, acompañada de la expresión ‘¡so burro!’, para que sepas que es el Guadalquivir el que pasa por Córdoba y no el Guadiana, nunca se te olvidará el río que atraviesa la hermosa ciudad andaluza.

Pero esa forma de aprendizaje deja siempre unos recuerdos cargados de amargura, por lo que ya no se olvidarán las respuestas correctas; no obstante, es probable que te creen un carácter inseguro, temeroso de equivocarte cuando tengas que contestar a las preguntas que se te hacen o en el momento en el que debas tomar decisiones de cierta importancia.

Hay que entender que en épocas pasadas el castigo físico, incluso el maltrato, era una manera que tenían padres y maestros para que se obedeciera o se aprendiera lo que por entonces eran los comportamientos correctos. Pero no solamente eran los padres y los maestros, sino que esa forma de educar estaba bien vista por la sociedad, por lo que la frase ‘La letra con sangre entra’ era una especie de máxima o sentencia que, de vez en cuando, se repetía como justificación a los golpes que se les podía dar a los críos.

Por suerte, y en contra de la opinión de los pesimistas, creo que en líneas generales la sociedad avanza y la mayoría de la gente intenta eliminar los errores que comete. Como prueba de ello es que, en gran medida, se han erradicado los maltratos tanto en la familia y en la escuela.

De todos modos, soy realista y sé que hay formas de abusos con los menores que quedan ocultos y no salen a la luz. Es por lo que recientemente se aprobó la ‘Ley de los derechos y oportunidades en la infancia y adolescencia’, aparecida en el BOE el 27 de mayo.

Esto es un gran avance en la protección integral tanto de niños y niñas como de adolescentes. Dentro de la amplitud de temas abordados en la ley se encuentra el rechazo total al castigo físico como modo de educar y de enseñar. Bien es cierto que también se alude al castigo psicológico, que puede ser incluso más dañino al pasar desapercibido por la sutiliza y ocultamiento con los que se lleva a cabo.

Como he apuntado, los mayores sabemos bien el significado de ‘la letra con sangre entra’, ya que en nuestra infancia vivimos un tiempo en el que la pedagogía admitía los castigos corporales como medio de aprendizaje. Y pesar de que quien escribe esto recibió más de un palmetazo, es preciso reconocer que los castigos físicos, si se miran desde una perspectiva histórica, eran más reducidos que los de las generaciones precedentes.



Para que entendamos de lo que estoy hablando nada mejor que la portada del artículo que corresponde a un cuadro de nuestro gran pintor Francisco de Goya titulado exactamente La letra con sangre entra, que ejecutó entre 1780 y 1785, encontrándose en la actualidad en el Museo de Zaragoza. De igual modo, el dibujo del interior se ha extraído de un libro educativo inglés de mediados del siglo pasado, dado que en Inglaterra la filosofía pedagógica que defiende el castigo físico se ha mantenido hasta recientemente.

Con respecto al lienzo de Goya, podemos apreciar que la escena se desarrolla en una pequeña y oscura escuela. Curiosamente, en ella aparece un perro cercano al maestro que azota con un pequeño látigo de varias hiladas en las nalgas descubiertas de uno de los niños de la clase. El crío se encuentra inclinado, sostenido por una mujer, sin que se le aprecie el rostro, por lo que no podemos contemplar su expresión de sufrimiento. No obstante, a la derecha puede verse a un par de ellos que llorosos acaban de recibir el mismo castigo, mientras que los otros están en sus tareas.

¿Es una descripción la que hace Goya de lo que acontecía en las escuelas o una crítica a los duros castigos corporales que por entonces se utilizaban?

La verdad es que a ciencia cierta no lo sabemos, porque otro título que recibe el cuadro es el de Escena de escuela. Este título parece inducirnos a pensar que lo pintado se correspondiera con algo habitual de aquellos años.

Ciertamente, esos brutales castigos los de mi generación no los conocíamos (si exceptuamos algún caso muy sonado). Es más, las referencias a los maestros que tuvimos en nuestra niñez se hacen con cierto respeto y consideración hacia ellos, pues, desde nuestra perspectiva ya de adultos, podemos entender la sociedad en la que vivíamos y las difíciles condiciones en las que tenían que desenvolverse: escasos recursos educativos, aulas pequeñas, críos de distintas edades y niveles todos juntos, exiguo reconocimiento económico a un trabajo de tanta importancia, etc.

Por otro lado, los juegos de los muchachos de entonces eran mayoritariamente en la calle, por lo que oscilaban desde los más tranquilos a los que implicaban significativos riesgos, de los que no éramos conscientes. Así pues, a pesar de la dureza y la precariedad en la que vivíamos, la escuela era nuestro primer nivel de socialización y en la que comenzábamos a relacionarnos fuera de casa, a conocernos unos a otros y a formar pandillas de amigos.

Han cambiado los tiempos. La escuela se ha transformado mucho. Desde el inicio de la democracia, la escuela pública no separa por sexos. Niños y niñas actualmente acuden juntos a centros mucho mejor dotados y con un profesorado que ha recibido una buena formación especializada en las distintas materias que el alumnado debe recibir.

Hoy, la importante tarea que llevan adelante maestros y maestras se entiende como fundamental dentro del panorama de incertidumbre en el que nos movemos. Y, a pesar de que nos encontramos en una gran encrucijada por la pandemia que sufrimos, se dan avances relevantes que se recogen dentro del campo legislativo: la erradicación de los maltratos que aún pudieran sufrir los más pequeños, puesto que, a pesar de que hay quienes sostienen que alguna vez ‘viene bien un buen cachete’, lo cierto es que el cachete se queda en el fondo del alma de quien lo recibe.

AURELIANO SÁINZ

5 jul 2020

  • 5.7.20
En el siglo pasado, el autor francés Robert Guérin nos decía que “el aire que respiramos está compuesto de oxígeno, nitrógeno y publicidad”. Y si esto lo expresaba hace nada menos que cincuenta años, no me puedo imaginar lo que pensaría de lo que acontece hoy en nuestro mundo, en el que las marcas comerciales las llevamos encima como si fueran auténticos símbolos de distinción. Solo nos queda tatuárnoslas en los brazos, en las piernas o en el pecho, por encima del corazón, para que ese culto a los logotipos y eslóganes publicitarios acaben bien dentro de nosotros.



La publicidad, tan necesaria para promocionar y vender productos, se ha introducido tanto en nuestras vidas que finalmente no sabemos si ahora nos encontramos en una realidad real (y perdonadme por la tautología) o en una especie de videoclip en el que no somos más que actores secundarios de una historia planificada por las agencias publicitarias.

Relacionado con lo que he apuntado, hace bien poco no sabíamos que vivíamos en la normalidad, hasta que el Gobierno de este país nos anunció la ‘buena nueva’ de que entrábamos en la Nueva Normalidad. Frase que bien parece sacada de una agencia publicitaria a la que se le hubiera encargado la expresión más certera para levantar los ánimos alicaídos de una población hartísima del dichoso bichito.

Por entonces, cada cual construía su propia historia dentro del complejo, contradictorio y bastante absurdo mundo; aunque, como es lógico, entre todos, con distintos puntos de vista, buscamos que sea un poco más ordenado y racional. Si no fuera de este modo, las vidas de unos y de otros se parecerían tanto que viviríamos dentro de una normalidad que nos uniformaría más de lo deseable.

Sin embargo, y por suerte, no es así. Algunos son adictos al fútbol, mientras que otros u otras lo odian; unos son devotos de determinados santos, mientras que hay quienes no pisan una iglesia desde que hicieron la Primera Comunión; uno sueña con dar la vuelta al mundo, mientras que su vecino fantasea con tener un romance con Miley Cyrus; unas aguantan a un pesado marido que no mueve el culo del sofá en todo el día, al tiempo que sus amigas está tramitando los papeles del divorcio; unos no saben cómo llegar a fin de mes con el miserable sueldo que tienen como riders en Amazon, en tanto que Froilán no sabe cómo gastarse el sueldazo que recibe cada mes de sus papás…

En fin, que hablar meses atrás de normalidad para el conjunto de la población hubiera sido tan absurdo como pensar que todos los mamíferos se parecen a los gatos.

Si acaso había algo que pretendía, y pretende, normalizarnos era la publicidad que cotidianamente recibimos ‘por tierra, mar y aire’: familias todas muy felices, con chalés y piscinas, cuyos niños muy rubitos se toman sonrientes las verduras que les han preparado sus mamás con todo amor; o chicas muy monas cuya única preocupación es estar seguras de que la longitud de sus pestañas son las ideales; o jovenzuelos obsesionados por el último modelo de iPad que está a punto de salir al mercado…

Ah, y de los viejos (o aspirantes a viejos) no digo nada porque esos nunca aparecen en la publicidad, pues, aparte de no consumir como es debido, provocan tristeza en ese mundo idílico que se nos vende como la gran Normalidad de la sociedad consumista.

En todo caso, pueden aparecer en algunos spots televisivos en Navidades, porque eso de la nostalgia, de volver a casa y de estar todos reunidos alrededor de una mesa es bueno para esas fechas en las que hay que comer y beber mucho, además de comprar Lotería de Navidad, dado que son ellos los que recuerdan que hay que repartir décimos con la familia y los amigos.



Lo que ha faltado en esta campaña de promoción de la Nueva Normalidad, como tiempo atrás se hizo internacionalmente con la Marca España, es encontrar un buen logotipo formado por las dos ‘enes’ iniciales de ambos vocablos. De este modo, como acontece con las grandes marcas, caso de Apple, Nike, Adidas, New Balance o Huawei, cuyos logotipos son bien conocidos, lograría completarse ese optimista mensaje.

Y puestos a arrimar el hombro, ahí presento algunas propuestas de logotipos, desde el más minimalista al más romántico, que hasta puede servir a animar a la gente a casarse en estos fríos tiempos de distanciamientos. Pero advierto que, a pesar de que el diseño gráfico es una de mis pasiones y que he realizado numerosos logotipos, los que acabamos de ver los he sacado del banco de imágenes de Google.

Dudando de la eficacia de la nueva fórmula, yo me pregunto: ¿no hubiera sido más sencillo decir que entramos en un periodo sin confinamiento o en una etapa tras el estado de alarma, sin necesidad de acudir a la creación de un nombre que suena a expresiones codificadas como Año Nuevo, Estado del Bienestar, Semana Santa, Fin de Semana, Comunidad Autónoma… que, como vemos, están formadas por dos palabras?

La verdad, es que no creo que nos sintamos muy normales teniendo necesariamente que protegernos con mascarillas y con el dichoso bichito que sigue ahí amenazante, de forma que no podemos abrazarnos, darnos la mano, entrar y salir cuando a uno le plazca, acudir a los sitios que habitualmente lo hacíamos sin necesidad de estar atentos a los que tenemos alrededor… y, peor aún, sin saber qué va a suceder con nuestros trabajos o saber, por ejemplo, qué pasará con los críos cuando tengan que juntarse en los colegios.

Quizás, podamos hablar de un tipo normalidad cuando se encuentre disponible para todos nosotros una vacuna realmente efectiva, de modo que este tiempo en el que el virus ha trastocado nuestros ritmos cotidianos lo veamos como una especie de pesadilla o paréntesis en las más o menos ajetreadas vidas que llevábamos.

Bueno, como no quiero ser un aguafiestas, espero que tú, amable lector / amable lectora, te haya sentado bien la entrada en esta Nueva Normalidad y te encuentres lleno o llena de proyectos, al tiempo que el presente no se te haya complicado mucho.

AURELIANO SÁINZ

28 jun 2020

  • 28.6.20
Nos encontramos en un mundo en el que la mentira ha hecho acto de presencia de manera habitual en nuestras vidas, como si mentir fuera lo más normal del mundo y sin que se le dé excesiva importancia a las consecuencias que conlleva, por lo que cualquiera estaría dispuesto a hacerlo, especialmente si supiera que no iba a ser descubierto.



Hay que entender que las mentiras no son solo aquellas que nos decimos directamente, dado que vivimos en una sociedad en la que los medios de comunicación y las redes sociales se han hecho omnipresentes, de modo que la saturación de noticias y de comentarios de toda índole nos han invadido, acompañándose, claro está, de las denominadas fake news (bulos o mentiras planificadas) que pululan por los espacios digitales como aves dispuestas a posarse en el cerebro de los ciudadanos.

Pero no solo que estén muy presentes en estos medios, sino que las mentiras, en todas sus modalidades –engaños, bulos, embustes, simulaciones, falsedades, medias verdades, ocultamientos, tergiversaciones– forman un entramado tan complejo que es necesario estar bien preparado para no ser una de sus víctimas.

Sobre esta cuestión, recientemente, un amigo me escribía que “la mentira es una de las grandes calamidades de nuestra sociedad. La verdad, sencillamente, no se lleva ni se practica. Lo vemos a diario; asistimos perplejos al triste espectáculo de la política española en la que se ha impuesto la modalidad de la ofensa basada en mentiras. Es repugnante. Hay catedráticos de la intoxicación, maestros del lanzallamas con el combustible de las mentiras. Cosas horrorosas montadas en el artificio del embuste”.

Pasando al plano personal, quisiera apuntar que siempre he sentido un fuerte rechazo a la mentira y al uso de las variantes que se emplean para engañar. Estoy, pues, muy de acuerdo con lo que manifestó el psiquiatra Carlos Castilla del Pino cuando escribió aquello de que “no hay pecados, si los hubiera, se resumirían en uno: la mentira. Adán fue el primero que mintió a Dios al desobedecerle”. En otro párrafo manifestaba que “la mentira es el mal por excelencia. Cualesquiera que sean los males, siempre tienen una cosa en común: la mentira”.

Hay que reconocer que la mentira forma parte de la historia de humanidad y que, en más de una ocasión, no es fácil descubrirla, pues el que miente busca las estrategias a su alcance para no ser sorprendido como autor del engaño. Por otro lado, en el caso de que la víctima se percatara de ello y quisiera conocer la verdad, quien ha sido el autor de la mentira jurará y perjurará que eso que se le atribuye no es cierto, haciéndose el ofendido ante los interrogantes que se le hacen o las pruebas que se le presentan.

He de manifestar que Castilla del Pino, un gran humanista, no era creyente, aunque en la frase citada se remontaba al propio Génesis para hablarnos del supuesto comienzo de este vicio moral. No obstante, y remitiéndonos otra vez al texto bíblico, quizás el ejemplo más conocido, y del que se nos habló desde pequeños, fue el juicio del rey Salomón, quien tuvo que aclarar cuál de las dos mujeres mentía cuando alegaban ser las madres de un niño recién nacido.

Es significativo que la escena que explica ese relato haya sido plasmada en distintos lienzos por grandes pintores, caso de Peter Paul Rubens cuyo cuadro se encuentra expuesto en el Museo del Prado. También en el mismo museo puede verse la versión que realizó el pintor español José de Ribera, en este caso, dentro del estilo tenebrista, bastante distanciado del empleado por Rubens, tal como podemos apreciarlo en la imagen siguiente.



Recordemos esa historia bien conocida: dos mujeres que habían sido madres cada una de ellas de un niño, uno fallecido y el otro vivo, se presentan ante el rey alegando ser la verdadera madre del niño vivo. Salomón, para averiguar finalmente quién decía la verdad, dio la orden a uno de sus soldados para que con la espada lo partiera y le diera a cada una de ellas la mitad.

Una de las madres, aterrorizada, le suplicó que no lo hicieran y que se lo dieran a la otra; esta, sin embargo, estaba de acuerdo en que cada una se llevara la mitad del niño. Salomón entonces no tuvo ninguna duda y mandó que se le entregara a la primera mujer, ya que consideraba que era la verdadera madre.

¿Y por qué hablo de la mentira si, como bien apunto, forma parte de las relaciones humanas y nos tropezamos con ella con más frecuencia de la que quisiéramos? La razón proviene de que, no solo como persona sino como profesor, se me ha intentado engañar en más de alguna ocasión, por lo que me he visto en casos en los que he tenido que dilucidar cuál de los dos alumnos o alumnas decía la verdad y quién mentía.

El más reciente se me ha producido durante el confinamiento, en el que he estado desde casa corrigiendo los trabajos que me remitían los alumnos. El hecho me creó un malestar bastante grande, pues no solamente era el sentimiento de pesar de verte engañado por algunos de los que formaban parte de una clase a la que te has entregado con todo el entusiasmo, sino también porque no tenía la posibilidad de encontrarme presencialmente en mi despacho con las implicadas.

Tengo que aclarar que, como criterio pedagógico, siempre me he decantado por la evaluación continua a partir de trabajos que íbamos desarrollando a lo largo del curso; en vez de acudir a los exámenes tradicionales en los que el alumnado se lo juega todo a una carta. Por otro lado, como profesor, oriento y proporciono los recursos, teóricos o prácticos a los estudiantes para que puedan realizarlos con mi apoyo.

En el caso aludido, se trataba de dos alumnas que me presentaron trabajos muy similares. A ambas, por correo electrónico, les manifesté mis dudas para que me explicasen qué había acontecido. Una de ellas, la segunda en enviarme el trabajo, y sobre la que yo sospechaba que sería la que había copiado, juraba y perjuraba que ella no lo había hecho, e insistía en que no entendía qué es lo que podía haber sucedido.

Les indiqué que en cursos anteriores había tenido algunas experiencias similares, como fue el de dos amigas que me entregaron sus trabajos escritos que eran exactamente iguales, incluso con los mismos errores. Al llamarlas a mi despacho y podérselo demostrar, la que había sido la autora original me indicó que se lo había pasado solamente para que le sirviera de orientación, pero que en ningún momento imaginó que podía ser engañada.

Consecuencia del engaño: la amistad que mantenían, como me dijeron tiempo después sus compañeros, se rompió para siempre. Y es que la amistad, tal como he manifestado en alguna ocasión, no admite el engaño ni la mentira.

En este último caso que comento, al igual que hizo Salomón, solo cuando las amenacé con anular sus trabajos o llevarlos ante una Comisión del Departamento, empezaron a contar algo de la verdad. Pero soy consciente que, al no poderme ver con ellas, ambas se pusieron de acuerdo para no desvelar del todo lo que habían estado haciendo.

Lo triste, tal como se lo expresé a las dos, es que iban a ser maestras y sus comportamientos no auguraban nada bueno para el futuro cuando tuvieran que educar a sus alumnos, pues las personas que mienten dejan detrás un reguero de daños morales de graves consecuencias.

AURELIANO SÁINZ

21 jun 2020

  • 21.6.20
Todos sabemos que Atenas fue la cuna de la democracia. Algo verdaderamente insólito por aquella época, dado que las naciones o los imperios conocidos por entonces estaban gobernados por reyes o emperadores déspotas o tiranos, cuyas crueldades nos asombran en la actualidad.



También que en la antigua Grecia surgen lo que actualmente llamamos filósofos, que, organizados en distintas escuelas de pensamiento, trataban de entender, a partir de la razón, el significado de la realidad en la que se encontraban insertos, al tiempo que buscaban el sentido de la vida o cómo vivir acorde con la naturaleza humana.

Era, pues, una búsqueda al margen de los dioses y los relatos mitológicos, tan complejos y abundantes, cuyas lecturas hoy las entendemos como verdaderas fábulas cargadas de una imaginación desbordante.

Dentro de las distintas escuelas filosóficas hay una sobre la que ahora quisiera hablar. Se trata de la que formaban aquellos desencantados de la sociedad y del ser humano. Era la que formaban los cínicos (término que ha llegado a nosotros con un significado algo diferente). De ellos, tenemos especial conocimiento de Diógenes de Sinope, de quien sabemos su vida y sus ideas por otro filósofo, Diógenes Laercio, ya que lo incluyó en su obra Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, dado que el de Sinope no escribió nada a lo largo de su vida.

Por otro lado, sobre su figura, el filósofo francés Michel Onfray, y en su obra Las sabidurías de la antigüedad, nos dice lo siguiente:

Más tarde, Diógenes –conocido como “el Perro Regio”– efectúa variaciones parecidas sobre el mismo tema. De allí la anécdota del filósofo con su linterna que tanto ha contribuido (¡en contra!) a la reputación del cínico. Con el pelo largo y un bastón en la mano, una capa doble que le envuelve el cuerpo vagamente hediondo, sin alejarse del tonel y de las pajas sobre las que duerme todas las noches, Diógenes camina a plena luz del día por las calles de Atenas con una linterna en el extremo del brazo, que hace girar y apunta hacia los viandantes mientras explica que busca a un hombre…”.

Esta es, quizás, la imagen más divulgada que nos ha llegado de este filósofo que abandonó todas las aspiraciones humanas establecidas ya que las consideraba falsas y alejadas de la verdadera virtud: la renuncia de todo lo superfluo.

Tomando como referencia los relatos que traspasaron los tiempos, el artista francés Jean-Léon Gérôme (1824-1904) nos muestra a Diógenes en su tonel, con la linterna y acompañado de sus amigos, cuatro perros, que vigilan el tonel en el que duerme sobre un montón de paja.

Cualquiera puede hacerse la idea de los desconcertados semblantes de sus compatriotas, que se ríen y se burlan de él porque no entienden que el filósofo, que ha renunciado a todo, lo que busca con su lámpara encendida en pleno día es un hombre de verdad, un hombre digno de merecer esta denominación. De ahí que la escuela cínica sea una filosofía del desencanto, de la duda sistemática, de la renuncia, del alejarse de las convenciones sociales al entender que los hombres están llenos de vanidades y mentiras que les hacen aparentar lo que no son.

Otra de las anécdotas relacionadas con Diógenes de Sinope es aquella en la que el rey macedonio Alejandro Magno, cuyo mayor deseo era la construcción de un gran imperio, quiso conocerlo y hablar con él, asombrado de que hubiera una escuela filosófica que predicaba la renuncia a todo deseo de poder.

Así, una vez que lo localiza, y sorprendido de su modo de vida, le pregunta qué puede ofrecerle. A esta invitación del rey, Diógenes le responde que lo que desea es que se separe un poco pues le está tapando la luz y el calor del sol. Esta segunda anécdota de renuncia a todo deseo de bienestar y de poder también ha sido motivo para que otros pintores de corte historicista realizaran algunos lienzos sobre la figura del filósofo junto a Alejandro Magno.



Si he traído en estos momentos la figura de Diógenes de Sinope, del que, tal como he apuntado, no dejó nada escrito, se debe a que recientemente he recibido de dos amigos la referencia de un blog que han creado y que me han invitado a participar en él, fuera con el propio nombre o con el seudónimo que yo prefiera.

De este modo, con el lema de Arte, literatura, filosofía y alguna otra reflexión infundada, han comenzado una aventura, cargada de ingenio, ironía y humor irreverente, y que, bajo una lectura apresurada de supuesto humor trivial, se esconden reflexiones de gran calado.

En un tiempo dominado por la pandemia y la crispación política que soportamos, pienso que es necesario recuperar el humor y la ironía que tradicionalmente ha existido tanto en la literatura como en el arte español. No en vano, en nuestro país surgieron la literatura picaresca, Francisco de Quevedo, Ramón del Valle Inclán, Salvador Dalí, Luis García Berlanga, Tip y Coll… en los que a su desbordante imaginación se les unía el absurdo y el humor surrealista que tanto molesta a los poderes establecidos y a la gente bien pensante.

Por mi parte, y atendiendo a la invitación de sus dos promotores, he publicado Highway to hell (cuento para aguantar el bicho) y La importancia de llamarse Cayetana. Por parte de los creadores del blog, ya han aparecido varios artículos que oscilan desde el humor ácido y surrealista a la crítica bien fundada. Todo alejado del simplismo, de los tópicos o del maniqueísmo que tanto abundan en los muchos medios digitales a los que actualmente podemos acceder.

Nos encontramos, pues, con un blog abierto al debate, a la opinión y a la participación. No viene mal en estos tiempos de miedos, dogmas e intolerancia penetrar en el pensamiento escéptico (que no nihilista) que parte de la duda sistemática para encontrar algo de luz, tal como abogaba milenios atrás Diógenes con su lámpara cuando buscaba ‘un hombre de verdad’.

AURELIANO SÁINZ

14 jun 2020

  • 14.6.20
Tras una cierta pausa en esta sección, quisiera hacer un homenaje a la música negra que nos llega de Estados Unidos en estos tiempos en los que la lucha contra el racismo ha vuelto a explosionar ante la terrible muerte sufrida por el ciudadano de raza negra George Floyd en Powderhorn (Minneapolis) a manos de un policía.



A pesar de que la población negra estadounidense lleva siglos en este país, el racismo que sufre, y que un indeseable presidente como es Donald Trump lo fomenta o al menos no hace nada por combatirlo, pervive como una lacra. Por otro lado, es imposible entender a esta enorme nación sin las aportaciones culturales de quienes fueron llevados como esclavos desde África, especialmente si nos centramos en el campo musical.

¿Qué son el góspel, el blues, el jazz, el soul, el R&B o el hip-hop sino ramificaciones de las músicas tradicionales que, como medio de supervivencia, los esclavos negros llevaron consigo a las plantaciones en las que usaban los sonidos procedentes de la tierra de la que fueron arrancados?

Hoy, el grito de Black Lives Matter se ha extendido como la pólvora, por lo que puede escucharse tanto en todos los rincones de Estados Unidos como en otros países que se han sumado a la indignación de ver cómo de forma impune se mata a un hombre negro cuando un policía blanco lo ahoga con su rodilla puesta en su cuello contra el suelo.

Esta es la razón por lo que en esta ocasión, y como pequeño homenaje a la música negra estadounidense, traigo una selección de diez discos que considero imprescindibles, aunque, lógicamente, se podrían realizar otras muchas y buenas selecciones. Quisiera, por otro lado, ser breve en los comentarios para no hacer muy extensa esta presentación.



Nada mejor que comenzar esta selección con It Takes a Nation of Millions to Hold Us Back de Public Enemy que se publicaría en 1988. El segundo álbum del grupo estadounidense, tal como se apunta en la añorada revista Rockdelux, supone una reflexión cultural, experimentación musical y concepto pop del espectáculo, a lo que habría que añadir rebeldía permanente dentro del hip-hop. La propia revista lo seleccionó como el mejor disco en su Especial 30 Aniversario, que cubría desde 1984 hasta 2014.



Retrocedemos hasta el año 1959 para tropezarnos con uno de los álbumes más relevantes de la historia del jazz. “En el momento en el que se grabó, 'Kind of Blue' fue una revolución por sí mismo. Volviéndole la espalda a las progresiones de acordes tradicionales, el trompetista Miles Davis utilizó escalas modales como punto de partida para la composición y la improvisación”, nos dicen en el número especial de la revista Rolling Stone dedicado a los 500 mejores álbumes de la historia.



No me importa volver a traer a esta sección a la gran dama del soul: Aretha Franklin. Cuando llegó al sello Atlantic Records comenzó a desplegar todas sus energías por las músicas que la apasionaban: el góspel y el rhythm & blues. De esa conjunción nace su espléndido tercer disco con el título de Aretha: Lady Soul, que se iniciaba con el inolvidable Chains of Fools y se cerraba con Ain’t No Way. En resumen: diez magníficas canciones que la coronaban dentro del soul y de cuyo trono nunca se bajaría.



Si citamos a Aretha Franklin como la cumbre del soul femenino, por justicia habría que traer a Otis Redding que sería algo así como su versión masculina. Tras el éxito que había tenido su música en el Festival de Monterrey, se animó a grabar (Sittin On) The Dock of the Bay el 6 de diciembre de 1967. Cuatro días después fallecería en un accidente cuando viajaba en una avioneta, junto su grupo, al caer en el lago Monona de Wisconsin. The Dock of the Bay llegó, posmortem, al número uno del Hot 100 y de R&B del Billboard.



En 1971, Marvin Gaye tuvo muchas dificultades para publicar What’s Going On en el sello Motown, ya que Berry Gordy, fundador del sello, no estaba precisamente encantado de que en el disco se hablara de derechos humanos y del medio ambiente. Pero Gaye prometió no volver a grabar en la Motown a no ser que What’s Going On se editara en single. Resultado: un gran éxito que forzó a que poco después el álbum se editara completo. Casi medio siglo después, se puede escuchar esta magnífica suite como una defensa de los derechos de la comunidad negra de Estados Unidos.



¿Podemos incluir a Michael Jackson en una lista de música negra? Ya sabemos todos su trayectoria, su deseo de cambiar de color de piel que acabó en un verdadero desastre. Pero no lo podemos dejar fuera especialmente cuando se trata de Thriller el disco más vendido de la música popular. Creo que poco se puede añadir a todo lo que se ha dicho de esta joya que se ayudó de un magnifico videoclip para escalar a una fama inusitada. Ah, todavía en el año 1982 a Michael Jackson se le podía reconocer como a un artista negro.



¿Podía alguien competir e, incluso, destronar a Michael Jackson de la cumbre en la que estaba instalado allá por la década de los ochenta? Alguien se lo llegó a plantear cuando en 1987 apareció Introducing the hardline according to Terence Trent D’Arby. Este primer álbum causó unas enormes expectativas, pues sus temas se movían entre el funk y el R&B, conteniendo temas tan potentes como If you let me stay y Dance little sister. Sin embargo, Sign your name lo catapultó al primer puesto de las listas británicas y al tres de Estados Unidos. Tras este magnífico disco las expectativas sobre Terence Trent D’Arby no se llegaron a cumplir.



He hablado de los distintos estilos musicales predominantes en los artistas negros; sin embargo, cabe preguntarse: ¿el folk, también? A esta pregunta habría que responder que son muy escasos, aunque entre ellos se encuentra Tracy Chapman. Y de esta gran cantautora, con una inclinación por las letras de tipo social, destacaría su primer álbum que lleva su propio nombre. Ahí, por ejemplo, se encuentra Talkin´ ´bout a revolution, que bien podría escucharse en los días en los que parte de la población estadounidense se rebela contra el racismo que protege Donald Trump.



En el año 1994 ve la luz illmatic, un disco brillante dentro de la escena del hip-hop de Nueva York, aunque su autor, Nas, es un joven rapero de tan solo 20 años que procede de Queensbridge, un auténtico gueto de esta gran urbe. Pero, como leo en Rockdelux, “la grandeza de esta obra maestra de la música contemporánea estriba, precisamente, en que no se deja ser el arrebato nihilista, desbocado e impulsivo de un chaval de 20 años azotado por la vida y sus circunstancias que primero quiso ser leyenda y luego estrella”.



Cierro este breve recorrido con un disco de 2018: Dirty Computer, de la cantante negra estadounidense Janelle Monáe. Procedente de Kansas City, Janelle Monáe bebe de las fuentes que manaron de la creatividad de David Bowie, Grace Jones o Prince, entre otros. De este modo, la artista del tupé alargado, aunque se la inscriba dentro de la línea del rhythm and blues, lo cierto es que su último disco es eminentemente ecléctico, lo que la hace ser de las artistas más interesantes del actual panorama musical.

AURELIANO SÁINZ

7 jun 2020

  • 7.6.20
En ocasiones, hay cuadros que se convierten en auténticos relatos visuales de hechos que han marcado la historia de nuestro país. Es lo que aconteció con dos obras de Antonio Gisbert (1835-1901): El fusilamiento de los comuneros de Castilla, que aparece en el artículo El bicentenario del Museo del Prado y El fusilamiento de Torrijos. Ambos lienzos los he comentado con anterioridad debido a la relevancia que presentan.



Y ahora, dado que para un diario digital de Extremadura he estado escribiendo la vida de don Álvaro de Luna, quien fuera el valido del rey Juan II de Castilla, me ha parecido oportuno mostrar en este caso la obra del pintor sevillano José María Rodríguez de Losada (1826-1896) titulada Colecta para sepultar el cadáver de don Álvaro de Luna y que, al igual que la primera que he citado de Antonio Gisbert, pertenece a los fondos históricos que se encuentran actualmente en el Senado.

Pero antes de comentar este estremecedor lienzo, realizaré una breve semblanza de quien, sin lugar a duda, fue el personaje más importante en el reino de Castilla en la primera mitad del siglo XV. Álvaro de Luna nació en 1390 en Cañete, un pequeño pueblo de la provincia de Cuenca. Fue hijo natural de Álvaro Martínez de Luna, noble aragonés, y de María Fernández Jaraba, a quien se la conocía como La Cañeta.

Sobre sus orígenes maternos se sabe muy poco, solo que su madre tuvo algunos hijos más, al parecer de padres distintos. Uno de esos hijos, Juan de Cerezuela, habido en matrimonio con el alcaide de Cañete, un tal Cerezuela, llegó a ser arzobispo de Toledo.

Cuando cumplió los dieciocho años, Álvaro fue introducido en la Corte como paje del pequeño rey Juan II por su tío Pedro de Luna. Muy pronto se ganó el cariño del pequeño monarca que por entonces tenía tres años, dado que este recientemente había perdido a su padre, por lo que el nuevo paje vino a cumplir esas funciones paternas de confianza y seguridad en sí mismo que al nuevo rey siempre le faltaron.

El ascenso en la Corte fue permanente e imparable, ya que llegó a ser condestable de Castilla, maestre de la poderosa Orden de Santiago y valido del rey Juan II de Castilla, al tiempo que se le concedió el título de conde de Alburquerque.

Pero esta acumulación de poder y de bienes siempre tuvo la oposición de gran parte de la nobleza castellana y de los Infantes de Aragón, especialmente el infante don Enrique que se convirtió en su gran enemigo. De todos modos, su declive aparece cuando, curiosamente bajo su consejo, Juan II toma por segunda esposa a la infanta Isabel de Portugal, ya que de forma muy temprana la nueva reina busca incansablemente separar a su esposo de quien había sido su fiel e incondicional consejero durante cuarenta años.

Así, la agitada vida de don Álvaro de Luna acaba el 2 de junio de 1453, cuando había cumplido los sesenta y tres años, al ser ejecutado en Valladolid por orden del propio rey y sin que mediara un juicio previo; solamente contó con el respaldo de diez nobles del Consejo del Reino en esa sentencia condenatoria.

Una vez que se hace pública la sentencia, Juan II despliega todo su poder y fuerzas para desvalijar y apropiarse de las enormes propiedades, especialmente en Castilla y Extremadura, que pertenecían a quien había sido su condestable.

Pronto se llevaría a cabo la ejecución. Así, al amanecer del día 2 de junio de 1453, se presentan en la casa las fuerzas que le acompañarán al cadalso, al tiempo que se le ordena que bajase a la calle. Cubierto de una capa negra, le acompañan dos religiosos franciscanos como parte del cortejo que camina hacia la plaza en la que se prepara la ejecución.

Se llega a una plaza repleta de gentío. El pregonero, que ha ido leyendo durante todo el recorrido el mandamiento de ejecución, acompaña al verdugo para acercarse juntos al patíbulo. Una vez arriba, el verdugo sacó un cordel para atar las manos del condestable y le indica el lugar en el que debe apoyar la cabeza.

Según el cronista Gonzalo Chacón, tras el impacto del hacha sobre el cuello de Álvaro de Luna, se escuchó un tremendo alarido colectivo que salía de la garganta de quienes se encontraban en la plaza presenciando este cruel espectáculo. Instantes después, se cubrió de un denso silencio todo el entorno de la plaza.

El cuerpo del condestable estuvo allí expuesto durante tres jornadas, mientras la cabeza colgada permaneció nueve días. Junto al cuerpo yacente se colocó una jofaina de plata con el fin de recabar las limosnas de aquellos que quisieran darle un enterramiento a quien fue condestable de Castilla y maestre de la Orden de Santiago.

Pasados los días, vinieron los frailes de la Misericordia para llevarse el cuerpo y la cabeza a la iglesia de San Andrés, que era el lugar en el que se enterraban a los ajusticiados. Poco después, y con gran acompañamiento, se le conduce al monasterio de San Francisco. Finalmente, reinando ya Enrique IV, primogénito de Juan II, se trasladan sus restos a la suntuosa capilla de Santiago que el propio don Álvaro había erigido con anterioridad en la catedral de Toledo.

Tras la ejecución, el rey de Juan II de Castilla sobrevivió algo más de un año a su valido, pues falleció en Valladolid el 20 de julio de 1454, contando con tan solo cincuenta y un años. Según todos los autores consultados, murió obsesionado con la firma de la sentencia a muerte que había dictado contra quien había sido su leal protector durante más de cuarenta años.



Volviendo al lienzo de la portada, tendría que indicar que José María Rodríguez de Losada, con el fin de dar el mayor rigor a su lienzo, se basó en un fragmento de la Historia General de España, escrita por el padre Mariana.

Sin embargo, el cuadro, cargado de dramatismo y teatralidad, presenta un error histórico, dando lugar a que solo se le concediera una mención honorífica en la Exposición Nacional de 1866: el crucifijo que aparece en pleno centro del lienzo de ningún modo se corresponde con uno del siglo XV; su estética pertenece al barroco, estilo artístico muy posterior a la fecha en la que fue ejecutado don Álvaro de Luna.

Aparte del lienzo de Rodríguez de Losada, hubo otro pintor del siglo XIX que había abordado con anterioridad la ejecución de quien había sido el valido del rey Juan II de Castilla. Se trata de El entierro del condestable don Álvaro de Luna, del pintor madrileño Eduardo Cano de la Peña (1823-1897), obra que se encuentra expuesta en el Museo del Prado.

A Eduardo Cano se le concedió la medalla de oro por este cuadro en la Exposición Nacional de 1857, tras haberla ganado también en el año anterior con su lienzo Cristóbal Colón en el convento de la Rábida. Estos dos premios nos indican que nos encontramos ante uno de los grandes pintores historicistas españoles del siglo XIX.

Esta obra, con claros predominios de los tonos ocres y de grandes dimensiones, carece del enorme dramatismo que mostraba la de Rodríguez de Losada, puesto que, en este segundo, el autor caso se centraba en la recogida de limosnas por los frailes franciscanos para dar sepultura en Valladolid a quien se le considera como el personaje más significativo en la Corona de Castilla de la primera mitad del siglo XV.

AURELIANO SÁINZ

31 may 2020

  • 31.5.20
Hace unos días salí temprano para realizar una caminata a paso ligero, como suelo hacerla diariamente, con la intención de pasarme después por Carrefour para comprar algunas cosas. Como ya es obligatorio portar la mascarilla, aunque en los espacios abiertos en los que se puede mantener la distancia de más de dos metros no es necesario tenerla puesta, la llevaba en la mano, dado que el centro comercial se encuentra en la zona norte de Córdoba con grandes espacios libres por los que podía caminar sin cruzarme con nadie.



Mientras hacía el recorrido me vino a la mente el Trabajo Fin de Grado que he dirigido a un alumno acerca de la etapa dorada del cómic español correspondiente a las décadas que van desde la posguerra hasta finales de los setenta. En medio de ese pensamiento ensimismado, apareció uno de los míticos personajes que el alumno analizaba en su trabajo: El Guerrero del Antifaz.

Tengo que reconocer que El Guerrero del Antifaz para mí quedaba en relevancia detrás del Capitán Trueno, por cuyas aventuras sentía verdadera pasión. De todos modos, hay que entender que estos personajes han formado parte de una generación que creció con las historias de los héroes de los cuentos gráficos, ahora denominados cómics.

Una vez que pasé al centro comercial, fui bastante rápido en la compra. Tras haber introducido en el carrito todo lo que llevaba apuntado, me puse en la fila, aunque no esperé mucho dado que me encontraba entre los primeros en entrar. Al momento tuve una pequeña sorpresa cuando puse todas las cosas en la cinta para abonar el importe.

“Buenos días, don Aureliano”, me saludó el joven rubio y con coleta que se encontraba en la caja que me correspondía. “A pesar de que ahora todos llevemos mascarilla le he reconocido, pues en ocasiones ha pasado por esta caja que hoy me toca mí”.

Me llamó la atención que me recordara incluso con la mascarilla puesta. “Te agradezco que me identifiques entre tanta gente que tienes que atender”, le respondo. “Y además es curioso esto de las mascarillas, puesto que nos tapa parte de la cara, por lo que antes de venir aquí estaba pensando en un personaje de cómic de mi generación que se llamaba El Guerrero del Antifaz, del que nunca nos llegamos a enterar quién era por llevar parte de la cara tapada”.

“¡Yo también conozco al Guerrero del Antifaz, pues mi padre era un gran aficionado a los cómics y tenía muchos de él, por lo que yo también los he leído!”, me dice para mi asombro, ya que pensé que no habría oído hablar de este singular personaje.



Como algunos de los que estén leyendo estas líneas no sabrán de quién estoy hablando, conviene que echemos una mirada hacia atrás retrocediendo bastantes décadas. Así, corrían los años cuarenta del siglo pasado –para ser más exacto, en 1944– cuando inicia su andadura un jinete enmascarado con una gran cruz negra en el pecho: era El Guerrero del Antifaz, cuyas historias aparecerían semanalmente en los quioscos.

Un héroe atormentado, puesto que, según se nos narraba, era hijo de la condesa de Roca, que con tan solo dos meses embarazada fue raptada por el malvado reyezuelo musulmán Alí Kan que la convierte en su mujer. Al nacer el niño, su raptor cree ser su padre, por lo que es educado bajo la creencia de que él será el heredero de Alí Kan. De este modo, el futuro Guerrero del Antifaz se batía con toda ferocidad contra las fuerzas cristianas allá por los últimos tiempos de la Reconquista.

Sin embargo, a los veinte años su madre le revela la verdad, razón por la que es asesinada por el malvado Alí Kan. A partir de ese momento, jura vengar la muerte de su madre, batiéndose con quien hasta entonces había creído que era su progenitor, aunque solo consigue herirle. Huye y, abrumado por el sentimiento de culpa, se pasa al bando cristiano, disfrazándose con un antifaz para que no se le conozca su verdadera identidad.

Con este sorprendente principio, que parece extraído de una auténtica tragedia griega, se inician las aventuras de El Guerrero del Antifaz que creara el dibujante Manuel Gago. Aventuras que tuvieron una vida de casi veintidós años, ya que su primer período alcanzaría hasta 1966, tras haberse publicado 668 cuadernos apaisados, en los que solamente la portada aparecía a color, puesto que el interior era en blanco y negro.

Como es de suponer, quien no tuviera o no hubiera leído el primer ejemplar se introducía en las eternas batallas entre guerreros cristianos y musulmanes que se desarrollaban en la península (aunque posteriormente se desplazan a otros países árabes) sin que pudiera conocer las razones por las que el protagonista nunca mostraba el rostro. Un enigma que yo no llegué a entender hasta pasado bastante tiempo.



Desde la perspectiva actual, y para comprender el significado y los valores que se transmitían en esta colección de enorme éxito, pues se llegaron a vender 200.000 ejemplares en algunas ediciones, hemos de entender que esta serie vio la luz cinco años después de la finalización de la Guerra Civil, por lo que, lógicamente, era necesaria la exaltación de los ideales que por aquellos años habrían de consolidar el régimen franquista.

Años en los que el catolicismo se convirtió en la religión oficial del Estado, razón por la cual todo el mundo tenía que vivir bajo las estrictas normas morales que dictaba la Iglesia. Así, El Guerrero del Antifaz no solo no besa en ningún momento a su eterna novia, Ana María, sino que ni siquiera la tocaba. Bueno, pudo hacerlo en el número 362 en el que por fin se casa con su paciente prometida, por lo que nuestro protagonista, hijo de la condesa de Roca, entra de manera plena a través del matrimonio en la nobleza castellana, dado que su amada era hija del conde de Torres.

Puesto que las aventuras de estos héroes siempre se cerraban con un ‘continuará’, alargándose las historias número tras número, era necesario que se incorporase alguna novedad relevante. De este modo, llega el momento en el que el protagonista y Ana María acaban siendo padres de un niño que recibirá el nombre de Adolfito (¡vaya nombre para el hijo de un mítico personaje!).

Por otro lado, como la casta Ana María no era un modelo para las fantasías desbordantes de los muchachos de entonces, ya en las primeras aventuras del Guerrero aparecen las sensuales Zoraida y Aixa (más tarde se incorpora la Mujer Pirata) cuyas contorneadas figuras pueden verse incluso a través de insinuantes velos. Ni por esas: El Guerrero se mantiene impasible a las seductoras insinuaciones de las bellas árabes. Él tenía una gran misión que cumplir de la que no puede separarse bajo ningún pretexto.

¡Qué tiempos aquellos en los que ni los castos besos se les permitían contemplar a unos adolescentes deseosos de ver algo más que unas leves insinuaciones amorosas! Pero es que el control moral, especialmente en lo referido al sexo, que por aquellos años desplegaba la Iglesia era absoluto. Y no digamos la vigilancia que se ejercía a las jóvenes parejas.

Lógicamente, este puritanismo se trasladaba al mundo de la ficción de nuestros héroes, quienes, fuertes, valientes y en constante lucha contra el mal, parecían seres asexuados, o mejor dicho, fríos como el mármol, que no se inmutaban ni siquiera ante la presencia de las bellas huríes de un sensual y libidinoso paraíso musulmán.

Para que podamos entender lo que estoy comentando, me remito como ejemplo a la viñeta que acabamos de ver, en la que nuestro Guerrero, como héroe salvador, viene a rescatar a su amada Ana María de las garras de los musulmanes, al tiempo que le habla de un verdadero y encantador paraíso que no tenía nada que ver con el de Alá (lo sorprendente es que Ana María exclama ante esta proposición: ¡Qué horror!).



Como suele suceder con las series que han tenido éxito, pero que un día les llegó su final, pasado el tiempo se intenta resucitarlas con el fin de saber si conectan con las nuevas generaciones o reaparecen como estrategia de nostalgia para quienes las siguieron en sus orígenes. Es lo que aconteció con El Guerrero del Antifaz que, en 1972, volvió a reeditarse, esta vez a color y en formato vertical, al tiempo que se suprimían algunas palabras o se cambiaban escenas que ya no se veían convenientes.

Debido al éxito de la reedición, un paso más adelante se produjo cuando, en 1978, Manuel Gago retoma al personaje publicando Las Nuevas Aventuras del Guerrero del Antifaz, que contó con solo 110 números, ya que su creador falleció dos años después. Pero el nuevo Guerrero difería bastante del original, ya que hemos de tener en cuenta que en 1975 moría Franco, por lo que la transición a la democracia conllevaba grandes cambios en los valores y costumbres de nuestro país. Poco a poco, se dejaba atrás esa España gris en la que se desarrollaron las aventuras de los grandes héroes de los cuentos en papel.

Como cierre, quisiera indicar que los necesarios análisis y críticas que ahora debemos hacer no pueden hacernos olvidar que esos personajes llenaron de disfrute y lecturas a una generación cuyos entretenimientos eran muy escasos. Hoy, los que crecimos con ellos, tenemos que agradecerles que vinieran a fomentar la fantasía de quienes esperábamos impacientes sus llegadas semanales a los quioscos.

Y aunque parezca que me he remitido a tiempos periclitados, no podemos olvidar que todas las generaciones necesitan relatos, en las modalidades que sean, que les cuenten maravillas de épocas pasadas que les sirvan de faro y horizonte en sus incipientes sueños de aventuras por la vida, aunque conviene saber qué valores son los que fomentan, pues esos valores, positivos o negativos, van a formar parte de la educación emocional de los más jóvenes.

AURELIANO SÁINZ

24 may 2020

  • 24.5.20
Cuando se anunció la denominada "desescalada" comprendí que mi tarea de ‘DJ de barrio’ se acercaba a su final. Habían sido, pues, dos meses poniendo música tras los aplausos de las ocho de la tarde, por lo que, en medio del ambiente de tristeza que se percibía durante la reclusión, lograba que, junto a los vecinos de mi barrio, disfrutáramos durante media hora de música, sintiendo que quienes cantaban pareciera que lo hacían como si fuera una actuación en directo.



Tal como expliqué en un artículo anterior, comencé con todo tipo de música, pero poco a poco me fui decantando por aquella que le gustaba a quienes eran fieles y permanecían en los balcones y terrazas. Me di cuenta de que la gente más joven fue paulatinamente desapareciendo, de modo que quedábamos los que peinamos canas o los que tienen poco que peinar.

De este modo, las canciones de ‘la nostalgia’ comenzaron a tomar protagonismo. Y no porque fueran las que, de modo general, yo prefiriera, sino porque quienes perseveraban como oyentes al final me comentaban las que más les habían gustado.

Así, la copla, el flamenco, el bolero y las distintas músicas de América Latina pasaron a un primer plano. Puesto que contaba con muchos días por delante, me surgió el problema de que el repertorio de cedés que tenía en español y que sonaban bien en el espacio abierto empezaba a terminarse, por lo que se me ocurrió encargar algunos de ellos, de forma que al final del recorrido han sido unas 400 canciones las que he puesto.

En mi ayuda vino el cuádruple cedé de María Dolores Pradera titulado La colección definitiva. Nada menos que contenía cien canciones, desde los tiempos en los que ella empezara en los años cincuenta hasta su última grabación, en la que estuvo acompañada de gente tan conocida como Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Ana Belén e, incluso, José Mercé o Estrella Morente. En realidad, una pequeña joya porque la grabación era magnífica, ya que la voz de María Dolores Pradera se escuchaba con toda nitidez en medio del silencio del atardecer.

Los cuatro discos contenían numerosas canciones que han formado parte de la memoria musical de quienes ya tenemos bastantes años. Sería difícil hacer una selección porque muchas que todos recordamos quedarían fuera; no obstante, allí se encontraban Ansiedad, La flor de la canela, Fallaste corazón, Volver, volver, Noche de ronda, Toda una vida y… El rosario de mi madre.

Para el último domingo, ya que en el lunes siguiente la gente comenzaría a salir a la calle, planifiqué una sesión con las canciones que más habían gustado durante aquellos días de confinamiento. Entre ellas, incluí de manera intencionada El rosario de mi madre, que no había puesto con anterioridad.

Quería al finalizar, antes de recogernos para dentro, tener un rato de charla con unos vecinos sobre los cambios que se habían producido en el modo de entender el amor y el desamor al cabo de los años, o, lo que es lo mismo, los sentimientos y pasiones que se expresaban en aquellas canciones y cómo se hace hoy.

Y es que me había dado cuenta al escuchar detenidamente los boleros, las coplas, los tangos o los mariachis, con la carga del desgarro amoroso que muchos de ellos contienen en sus letras, que nos remitían a un tiempo en el que la radio era el medio de comunicación por excelencia, por lo que las canciones reinaban en las ondas y llegaban a un público que se las aprendía y que también las cantaba en determinados momentos.

Aquellas letras nos hablaban de amores apasionados, de traiciones que cubrían de luto el alma de quienes sufrían esos terribles desengaños, de pasiones, de arrebatos, de sentimientos en los que la ansiedad, la angustia y la desesperación embargaban a los enamorados, tal como se nos decía en Toda una vida.

También eran tiempos en los que los amores rotos se guardaban musicados con un inmenso penar, pero no se exponían en público, sino que se mostraban en las letras de esas canciones ante la justicia divina que era quien tenía poder para juzgar tanto dolor con el que había que convivir. No es de extrañar que esto se manifestara claramente en la citada canción El rosario de mi madre. Dice así:

“Aunque no creas tú / Como que me oye Dios / Esta será la última cita de los dos / (…) / Devuélveme mi amor para matarlo / Devuélveme el cariño que te di / Tú no eres quien merece conservarlo / Tú ya nada vales para mí / (…) / Devuélveme el rosario de mi madre / y quédate con todo lo demás / Lo tuyo te lo envío cualquier tarde / No quiero que me veas nunca más”.

Fin de la historia. Fin de unos enamoramientos ardientes, a los que les seguían desamores desgarrados por tanto dolor. Se rompe una relación cuyos recuerdos se guardaban en almas atormentadas. Ahí están todas esas coplas y boleros que nos lo atestiguan.



Pero la vida continua. La vida cambia. La vida ya no está para caminar con tantas penas. En estos tiempos ya no existen o no se cantan a amores cargados de fuego. Vivimos en la era digital, en la que todo fluye, todo muta, todo es provisional. Vivimos en el reinado de las redes sociales que son las que ejercen el poder, la autoridad y la atracción ante un público entregado en cuerpo y alma a sus cantos de sirena.

En estos tiempos hay enamorados que cuelgan, día tras día, sus fotos en Facebook o en Instagram para que todo el mundo las contemple. Nueva era en la que imperiosamente necesitamos ser vistos, ya que no somos nada ni nadie si la gente no nos ve, no habla de nosotros y no nos aplaude, pues ahora ‘la imagen lo es todo’.

No obstante, a estos amores tan mediáticos, y a pesar de que la pareja enamorada piense que le va a durar toda la vida, puede que un día le alcance el final. Entonces no será ni el oído ni la mirada divina la que desde lo alto enjuicie lo que ha pasado y se compadezca de los tormentos de quien se considere la gran víctima del desamor (pues siempre hay alguno de los dos que siente que se lleva la peor parte).

Ahora son las compañías tecnológicas estadounidenses las que deciden. Son las mismas a las que alegremente les habíamos entregado una parte importante de nuestras vidas y, lo que es peor aún, esas fotografías que con tanta ilusión y ligereza colgábamos en sus redes para que todo el mundo nos viera y admirara de lo muy enamorados que estábamos.

Pero, ay, a Facebook o a Instagram no se les puede rezar, ni suplicar, ni enviarles ningún rosario. Son máquinas frías y calculadoras. Contritos, pues, esos enamorados sabrán que la religión de esos entes es el puro beneficio, por lo que solo con una alta suma (abogado por medio) será posible que borren las huellas del amor que creían eterno.

Tristemente, y de forma tardía, habrán descubierto que ese romance, ahora convertido en amargo desencanto, ha dejado numerosas huellas expuestas a las disimuladas burlas y chanzas de algunos de los que antes aplaudían. Y para colmo de males, no tendrán a nadie que les dedique uno de aquellos apasionados y añejos boleros con el que ahogar sus penas.

AURELIANO SÁINZ

17 may 2020

  • 17.5.20
En el artículo anterior, Aquellos inolvidables años, citaba al psicólogo estadounidense Viktor Lowenfeld refiriéndome a lo que él denominaba la Edad de la pandilla, aludiendo a la formación de los primeros grupos de amigos que se crean en la preadolescencia o infancia tardía.



Este es un hecho que me atrevería decir que es universal pues, en todas las culturas desarrolladas, niños y niñas están escolarizados desde edades tempranas, por lo que dentro de ese ambiente escolar surgen los primeros inicios de la amistad, valor humano al que le doy una gran importancia, pues nada mejor que tener buenos y leales amigos para que el tránsito por la vida sea lo más dichoso posible.

Hablando con un amigo de este tema, me aseguraba que las pandillas se forman a cualquier edad, no solo en la preadolescencia. Le indiqué que tenía razón, pero la idea de las pandillas de adultos (entendidas en el mejor sentido de la palabra) alude a los grupos de amistades que se forman con alguna finalidad concreta; sin embargo, la construcción de la amistad no se suele hacer de manera grupal, sino de uno en uno, puesto que esa formación es un proceso de mutuo conocimiento y de entendimiento en los aspectos esenciales de la personalidad.

Hemos de reconocer que los amigos de verdad, aquellos con los que te puedes sincerar, no son muchos, pues abrir la intimidad hacia otros no es fácil, ya que lo solemos hacer de forma precavida por el temor a que no se respete la confianza depositada en otro, dado que la falta de respeto o, peor aún, la traición a esa confianza, se vive de una manera muy dolorosa.

Sobre la amistad se han escrito hermosas páginas y se han vertido numerosos aforismos para ensalzarla. También, en sentido contrario, para cuestionarla e ironizar sobre ella, pues, a pesar de que se supone que está al alcance de cualquiera, lo cierto es que llegar a una sincera y leal relación de amistad parece algo difícil de lograr, dado que, tal como he indicado, se encuentra expuesta al desencanto o, peor aún, a la deslealtad.

Podría parecer que me remonto excesivamente lejos citando a los clásicos griegos y romanos, pero es que, en mi opinión, las mejores palabras sobre la amistad las podemos encontrar en Aristóteles y su obra Ética a Nicómaco. Creo que desde entonces no se han escrito tan profundas reflexiones sobre lo que significa ser amigo. De igual modo, en el mundo de la antigua Roma, Cicerón y Séneca nos legaron magníficos escritos sobre el significado de la amistad.

Como pequeña síntesis, en estos momentos me gustaría traer a colación una frase del filósofo griego Epicuro en la que nos dice: “Cada mañana la amistad recorre la Tierra para despertar a los hombres, de modo que puedan hacerse felices mutuamente”.

Hermosa frase en la que se une el valor de la amistad con el sentimiento de felicidad, pues no hay nada tan placentero como la charla tranquila con un buen amigo, con alguien que te conoce, que sabe cómo eres, que tiene plena confianza en ti, ya que sabe que no le vas a mentir, al tiempo que lo encontrarás en el momento en el que lo necesites.

De todos modos, hay quienes sospechan que los tiempos actuales no son los más adecuados para forjarse buenas amistades. En este sentido el psicólogo italiano Francesco Alberoni se hacía la siguiente pregunta: “¿Está la amistad al alcance de todos en una sociedad como la nuestra, fuertemente competitiva y en la que cada vez se potencia más el que cada uno vaya a lo suyo?”

Me temo que la actual sociedad, individualista y competitiva en la que hemos crecido, no favorece la formación de amistades sólidas, por lo que se han multiplicado los contactos a través de las redes sociales para que a esas relaciones un tanto superficiales se las acabe denominando como ‘amigos’.

Ante este panorama no es de extrañar que haya un número amplio de autores que duden acerca de la existencia de verdadera amistad. Sobre ellos se podría hacer una pequeña antología. Para no extenderme, traigo un par de citas a modo de ejemplos.

Así, el escritor británico H. G. Wells afirmaba que “el camino para medrar en la posición social está y estará sembrado de amistades rotas”, y el francés Honoré de Balzac decía que “la amistad dura poco cuando uno de los amigos se siente superior al otro”. Si estas sentencias las aplicamos a nuestro mundo de ahora quedaríamos muy mal parados, ya que la competitividad y la creencia en sentirse superior, aunque no se manifiesten de manera explícita, están a la orden del día.



En mi caso particular, puedo enorgullecerme de contar con muy buenos amigos. Aunque también tengo que admitir que a lo largo de mi ya dilatada vida he conocido dolorosas decepciones. Y es que la amistad se basa en la confianza y el respeto que depositamos en el amigo, pensando que no nos va a fallar, por lo que no es posible construir una relación sólida calculando, sospechando o interpretando constantemente lo que el otro ha querido decir. O, peor aún, utilizándola para los propios intereses.

Tal como apuntaba al principio, hay casos en los que la amistad arranca de los años de la infancia, por las experiencias compartidas en la misma escuela o por las vivencias de aquellos grupos que se formaban en los juegos. Es lo que a mí me sucede con Emiliano Roa y Pedro Moreno, con quienes compartí los pupitres de la escuela de don José Sánchez; o con Diego Bas quien, yendo a la escuela de don Pedro Márquez, era compañero en el Llano del Pilar de los interminables juegos que por entonces desarrollábamos fuera de las casas.

Aunque actualmente los cuatro vivimos en sitios distintos, desde entonces mantenemos inalterable nuestra amistad, de modo que Alburquerque se convierte en el punto de encuentro que con cierta frecuencia llevamos a cabo.

Por otro lado, creo que la formación de los amigos no se circunscribe a la adolescencia y a la juventud, como habitualmente se piensa. También se pueden crear en la madurez, aunque a medida que se avanza en edad resulta más difícil, dado que ya se tiene forjada una historia personal, por lo que resulta más complicado lograr conectar a fondo con alguien con quien compatibilizar el conjunto de experiencias vividas.

No obstante, y como suele decirse, toda regla tiene sus excepciones. Es el caso de la ‘pandilla’ o buenos amigos que formamos la gente de Adepa, quienes perteneciendo a generaciones distintas hemos logrado formar un grupo bastante cohesionado, no solo para mantener un objetivo común, como es la defensa del Patrimonio, sino también como equipo que sabe disfrutar de momentos impagables, pues la alegría y el buen compañerismo son la base de este grupo de amigos. Como expresión palpable de esto que indico, muestro la fotografía que nos hicimos en el último encuentro que llevamos a cabo en el pueblo.

Para cerrar, tengo que apuntar que, lógicamente, en estas breves líneas no se agota un tema tan relevante como es el de la amistad, por lo que volveré en otra ocasión para abordarla de manera más amplia. Quedan, pues, en el tintero muchas preguntas que podríamos formularnos. Una de ellas podría ser esta: “¿Es posible la amistad entre el hombre y la mujer, o solamente se da dentro y en cada uno de los géneros?”.

Si he traído a colación esa pregunta se debe a que Francesco Alberoni opina que esa amistad no es posible; sin embargo, en este punto discrepo acerca de lo que piensa el psicólogo italiano y, aunque nos es lo habitual, creo que sí se puede llegar a darse una real amistad entre el hombre y la mujer.

AURELIANO SÁINZ

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