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26 may. 2019

  • 26.5.19
Seré breve: se utiliza en España la palabra “fascismo” o “fascista” o su abreviatura “facha” para cualquier persona que hable de España, que no sea de izquierdas o que diga que vota a determinados partidos de centroderecha o de derecha. Bien, vale, como argumento electoral todo vale y si la gente se lo cree y genera votos, perfecto. Pero siendo justos con la historia y con la política real, no es así. Ni mucho menos.



La derecha española puede ser incluso conservadora, pero no fascista. Sí, VOX es de la línea del partido Conservador de Theresa May en Reino Unido o del partido Republicano en los EEUU, pero no es fascista ni de lejos. Podrá caer peor o mejor, pero no es fascista.

Hagamos historia: el fascismo fue un movimiento obrero de inicios del siglo XX que compartía por aquellas épocas la lucha contra el capitalismo o el liberalismo (la verdadera democracia occidental) con el comunismo y el socialismo (prácticamente unidos estos dos).

El fascismo era tan “anticapitalista” como lo era el comunismo, y la muestra la podemos ver en este fragmento de un discurso que el gran fascista español, José Antonio Primo de Rivera pronunció en el madrileño Teatro de la Comedia el 29 de octubre de 1933:

“(...) El Estado liberal vino a depararnos la esclavitud económica, porque a los obreros, con trágico sarcasmo, se les decía: «Sois libres de trabajar lo que queráis; nadie puede compeleros a que aceptéis unas u otras condiciones; ahora bien: como nosotros somos los ricos, os ofrecemos las condiciones que nos parecen; vosotros, ciudadanos libres, si no queréis, no estáis obligados a aceptarlas; pero vosotros, ciudadanos pobres, si no aceptáis las condiciones que nosotros os impongamos, moriréis de hambre, rodeados de la máxima dignidad liberal». 

Y así veríais cómo en los países donde se ha llegado a tener Parlamentos más brillantes e instituciones democráticas más finas, no teníais más que separamos unos cientos de metros de los barrios lujosos para encontramos con tugurios infectos donde vivían hacinados los obreros y sus familias, en un límite de decoro casi infrahumano. 

Y os encontraríais trabajadores de los campos que de sol a sol se doblaban sobre la tierra, abrasadas las costillas, y que ganaban en todo el año, gracias al libre juego de la economía liberal, setenta u ochenta jornales de tres pesetas. Por eso tuvo que nacer, y fue justo su nacimiento (nosotros no recatamos ninguna verdad), el socialismo. Los obreros tuvieron que defenderse contra aquel sistema, que sólo les daba promesas de derechos, pero no se cuidaba de proporcionarles una vida justa (...)”

Si leemos bien el discurso, podría ser válido para el orador más extremista del Partido Comunista o Socialista de la época, o incluso de hoy en día. ¿En qué se diferenciaban, pues, y por qué eran enemigos irreconciliables ambos movimientos, si ambos eran obreros? Pues porque mientras el comunismo era “globalizador” o “internacionalista”, el fascismo era profundamente nacionalista y defensor de los valores de la patria por encima de todo.

Una vez hemos recordado el fundamento obrero-nacionalista del movimiento fascista, que se refleja en el nombre del peor de todos ellos –el partido nazi (nacional-socialista)–, hemos de afirmar que, en efecto, en España existe el fascismo y tiene más poder del que muchos demócratas hubiéramos deseado.

Pero no está en los denominados "partidos de derechas", sino en esos partidos de corte socialista y nacionalista (o incluso separatista) que copan muchas instituciones públicas, como son ERC en Cataluña o Bildu en Euskadi, además del casi desaparecido BNG gallego. Esos partidos sí son fascistas, puesto que son socialistas y nacionalistas. Y a fe que actúan como tales.

Ojo, no quiero entrar a valorar a ninguno de ellos, simplemente quería poner a cada uno en su lugar político y definir qué es lo que realmente son. Ahora bien, vivimos en un estado democrático y si alguien quiere votarlos, que lo haga. No seré yo quien se lo pretenda impedir. Faltaría más.

PEDRO J. PORTAL

31 ago. 2017

  • 31.8.17
En la agenda política mundial se ha implantado, a una escala nunca vista, la retórica tóxica y deshumanizadora del "nosotros contra ellos" o los discursos de culpa, odio y miedo, que está creando un mundo cada vez más dividido y peligroso. El discurso xenófobo que destacó la campaña de Donald Trump, ya dejó vislumbrar estas políticas adversas para los derechos humanos y que, como era de esperar, nada más llegar a la presidencia de Estados Unidos empezó a materializarse.



La retórica de odio ha tenido y está teniendo un peligroso y amplio impacto en las políticas hasta el punto de que se ha convertido en una peligrosa fuerza en los asuntos del mundo. La geografía de las violaciones de derechos humanos alcanza todos los rincones del mapa. En 2016 Amnistía Internacional documentó campañas masivas de represión en China, con medidas muy duras contra activistas, juristas y sus familiares. Lo mismo que en Tailandia, India, Irán, Egipto, Etiopía, donde son cada vez mayores los recortes en la libertad de expresión, reprimiendo duramente cualquier disidencia.

Un ejemplo lo tenemos en Turquía, donde el golpe fallido fue seguido de decenas de miles de encarcelamientos, la suspensión de cientos de ONG y más de 130 cierres de medios de comunicación. Y ya no hablemos de Arabia Saudí, implacable con los activistas de derechos humanos, liderando por cierto la coalición que cometió los presuntos crímenes de guerra en Yemen al bombardear escuelas, hospitales, mercados y mezquitas, causando miles de muerte de civiles.

Pero los mayores focos se han dirigido a Siria, donde los crímenes de guerra y los gravísimos abusos de derechos humanos -documentados detalladamente por múltiples informes de Amnistía Internacional– permanecen impunes y donde sigue pendiente una solución política al conflicto, que desde 2011 ha costado más de 300.000 muertes, 4,8 millones de personas refugiadas y 6,6 millones desplazados. Siria y Yemen son sólo dos ejemplos de la escasa voluntad política para abordar otras gravísimas crisis sin resolver, como las de Libia, Sudán y Sudán del Sur, donde el hambre se utiliza como arma de guerra.

Lo más grave de todo esto es que incluso los Estados que afirmaban defender derechos en otros países, están ahora demasiado ocupados en restringirlos internamente como para pedir cuentas a los demás. ¿Cómo ha respondido la comunidad internacional ante las incontables atrocidades de 2016, como fueron los bombardeos de hospitales, escuelas, mercados y mezquitas que causaron miles de muerte de civiles en Siria y Yemen o, el uso de armas químicas en Darfur (Sudán) o las miles de muertes causadas por la policía en Filipina? Con un ensordecedor silencio. Así es como ha respondido.

En España

Y en España, inercia. Hasta el pasado 5 de mayo ha acogido menos del diez por ciento de la cifra comprometida en 2015 por el Gobierno español, hasta el próximo mes de septiembre de 17.337 refugiados. A esto se suman las expulsiones colectivas en las fronteras de Ceuta y Melilla, y la situación de las personas refugiadas en estos enclaves donde no existen derechos para ellas.

En la violencia de género ha prevalecido una pérdida de prioridad política que se ha visto reflejada en el enorme descenso presupuestario entre 2007 y 2015 ligeramente corregido en 2016. En lo que va de año, 32 mujeres y seis menores han sido asesinados. Los maltratadores han dejado también 16 huérfanos de menos de 18 años. Los datos son peores que hace un año. El 25 del pasado mes de julio, al parecer, los grupos políticos han dejado de un lado sus diferencias para consensuar el primer gran acuerdo político de la legislatura.

El pacto alcanzado contempla medidas para prevenir la violencia machista desde el colegio, ampliar la protección y cambiar los criterios de acreditación de las víctimas para incluir a aquellas que aún no han interpuesto denuncia y garantizar su seguridad y la de sus hijos. Pero ¡ojo! en 2004 el Congreso aprobó por unanimidad la ley integral contra la violencia de género. El presidente Zapatero, todo optimista, afirmó que la norma sería un “poderoso instrumento para derrotar al machismo criminal” Una explosión de aplausos recorrieron los escaños del PSOE. A día de hoy, han sido asesinadas más de 800 mujeres.

Por su parte, la ambigüedad de la legislación antiterrorista ha abierto la puerta al uso del delito de enaltecimiento del terrorismo para procesar a personas que ejercen su libertad de expresión, pacíficamente, como fue el caso de los dos titiriteros de la compañía Títeres desde abajo o al cantante César Strawberry.

En 2016 la Audiencia Nacional dictó al menos 36 sentencias por enaltecimiento del terrorismo, la mayoría de ellas dentro de la denominada Operación Araña de la Guardia Civil para perseguir el enaltecimiento del terrorismo en las redes sociales, particularmente en Facebook y Twitter. Además, la última reforma del Código Penal establece una definición tan amplia y vaga del delito de terrorismo, que algunos derechos como la libertad de expresión o reunión podrían verse reprimidos.

Por otro lado, en España nos encontramos ante la posible impunidad de la tortura y otros malos tratos, incluido el uso desproporcionado de la fuerza por los cuerpos de seguridad. Preocupación compartida por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos que ha reprochado a España que no investigue de manera eficaz y exhaustiva las denuncias de personas detenidas e incomunicadas.

Está demostrado que lo único que importa o interesa, políticamente, es buscar "culpables" ante problemas económicos y de seguridad y de paso, por supuesto, ganar votos o aferrarse al poder. Y esto resulta más que evidente, sobre todo, en las políticas de muchos países para esquivar su responsabilidad con las personas refugiadas. Estas personas que están siendo el primer blanco de los ataques perpetrados por motivos de raza, género, nacionalidad y religión.

Por lo tanto, ante la falta de compromisos de los Estados, rechacemos los discursos de odio y la retórica del miedo y movilicémonos para presionar a los gobiernos a que respeten y defiendan los derechos humanos. Es en estas épocas tan difíciles cuando más falta hace voces valientes que se alcen contra la injusticia y la represión. Hagámoslo.

MAITE GARCÍA

10 ago. 2017

  • 10.8.17
Vivimos en un entorno cada vez más exigente y globalizado en el que se ha instaurado un nuevo escenario con sus propias reglas del juego, denominado Transformación Digital, que exige de manera permanente a las organizaciones empresariales mayor eficacia, eficiencia, agilidad, satisfacción del cliente y optimización de los productos. Estas son las bases para la consecución de objetivos dentro de esta economía tan competitiva, como son la productividad, la mejora continua y la rentabilidad.



En este contexto, la innovación, desarrollo y adaptación de la tecnología dentro del mundo empresarial son elementos indiscutibles. Así, uno de los grandes retos de la sociedad en estos tiempos, de cara a la transformación digital, reside en adaptar a los nativos digitales -personas que han nacido en un mundo en el que la tecnología se encuentra bastante desarrollada y al alcance de muchos-, en competentes digitales -personas con una serie de habilidades en comunicación, colaboración en red, compliance digital, tratamiento y difusión de la información-. Las competencias digitales se han convertido en un factor determinante dentro del perfil profesional y educativo del individuo, al igual que ha ocurrido con las competencias lingüísticas.

Para tratar de mitigar esta brecha digital, la distancia que existe entre las habilidades nativas del individuo y sus competencias digitales, tanto las administraciones y entidades públicas como las privadas están habilitando una serie de iniciativas en el ámbito profesional. Como ejemplo, la Comisión Europea ha constituido la coalición por los trabajos y competencias digitales (The Digital Skills and Jobs Coalition), que está involucrando a muchas organizaciones de distinta índole en la promoción de actuaciones en este campo, vinculadas a la reducción de la mencionada brecha digital, que a día de hoy está declarada en un déficit de más de 500.000 puestos de trabajo que no se podrán cubrir de aquí al 2020 y favoreciendo la integración del sector joven de la población en el mercado laboral del futuro. Este es, a su vez, uno de los objetivos fundamentales de la agenda digital europea y de los países miembros de la CEE.

A nivel educativo, se están desarrollando estándares de referencia, como el marco europeo para organizaciones educativas digitalmente competentes, DigCompOrg, en el que las competencias digitales tienen un papel esencial. Además, la competencia digital ha sido definida como una de las ocho claves para el aprendizaje permanente que el Parlamento Europeo recomienda para todos los jóvenes que hayan finalizado la enseñanza obligatoria. En este pilar residirán sus oportunidades profesionales, de empleabilidad y competitividad en el mercado laboral.

A nivel nacional, hemos visto inversiones importantes en la implantación de infraestructuras y sistemas de información innovadores, así como acceso a Internet en las aulas, aunque este no ha venido acompañado de la capa de empoderamiento y habilitación del conocimiento necesarios para que los docentes puedan aplicar todos estos elementos en la mejora del ambiente del aula. Esto ha supuesto que muchos de esos sistemas hayan quedado paralizados por la falta de habilidades y competencias digitales necesarias para su aplicación.

Por tanto, aún hay un enorme trabajo por hacer, comenzando por las instituciones educativas, que deben adaptar, normalizar y consensuar un modelo de competencias digitales certificadas y estandarizadas, para poder impartir y aplicar una enseñanza alineada con lo que demanda el mercado profesional, para preparar a los estudiantes, formarlos y educarlos con las capacidades y habilidades requeridas en el futuro.

Teniendo en cuenta el planteamiento anterior, considero fundamental que los organismos públicos y privados intervengan en la implantación de las competencias digitales como elemento prioritario para poder llevar a cabo la transformación digital. Por ello, desde Media Interactiva, hemos querido aportar nuestra visión al respecto con la elaboración y publicación de nuestro propio Manifiesto por la certificación en competencias digitales.

Adicionalmente, hemos puesto en marcha el proyecto CERTINET, con el que impulsaremos que el sector educativo, como base fundamental del futuro profesional de nuestra sociedad, tome la rienda de esta situación, integrando y fomentando la implantación de las competencias digitales desde edades tempranas.

DANIEL LÓPEZ
Director Comercial de Media Interactiva

6 dic. 2016

  • 6.12.16
La Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid acogió este viernes un emotivo homenaje a Miguel de la Quadra-Salcedo, el último explorador. Un polímata, un sabio. Un hombre del Renacimiento que supo estar a la vanguardia en muchas de las facetas que abordó durante su apasionante vida. Ya fuera como deportista, como reportero de guerra o como embajador de la comunidad iberoamericana.



De la mano de antiguos expedicionarios de Aventura'92 y de la Ruta Quetzal, y gracias a la iniciativa de Arturo Gómez Quijano y de Carlos Pecker Pérez de Lama, un sinfín de periodistas y amigos subieron al escenario para compartir anécdotas de aquel fabuloso deportista olímpico al que no homologaron su plusmarca mundial pese a haber sacado la jabalina del estadio; del reportero de guerra al que todos deseamos imitar cuando iniciábamos nuestros estudios de Periodismo.

El pasado 20 de mayo –el mismo día que Cólon, pero 510 años más tarde, qué cosas– murió un enamorado de Andalucía. Un maestro de maestros al que la comunidad iberoamericana debe parte de su esencia. Porque si Félix Rodríguez de la Fuente fue “el amigo de los animales”, Miguel de la Quadra-Salcedo era, sin duda alguna, “el amigo de América”.



Y lo demostró con su mejor legado, la Ruta Quetzal, ese viaje iniciático que inoculó el amor por el Nuevo Continente a más de diez mil jóvenes de sesenta nacionalidades. Hoy, esos niños que un día pasaron por sus manos a lo largo de treinta expediciones se han transformado en auténticos embajadores de la interculturalidad y del mestizaje.

El dolor que provocó su partida en todos ellos, en todos nosotros, fue indescriptible. Pero el “espíritu del quetzal”, que es el suyo propio, permanece por siempre vivo en nuestros corazones. Y así quedó de manifiesto este pasado viernes en Madrid, en ese homenaje digno de un hombre excepcional que supo inculcar en sus pupilos el infinito amor que profesó a América. 

JUAN PABLO BELLIDO
FOTOGRAFÍA: ÁNGEL COLINA

13 jul. 2016

  • 13.7.16
¿Por qué nos bronceamos al tomar el sol? ¿Cuáles son los efectos perjudiciales a largo plazo? ¿Es seguro el bronceado artificial? Esta y otras cuestiones son respondidas en el presente artículo por el doctor Joaquín Francisco Domínguez Escobar, director médico del Hospital San Agustín de Dos Hermanas, en el que reflexiona sobre las precauciones que se deben adoptar ante la exposición solar.

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Llega el verano y con éste el propósito de relajarnos y tomar el sol para broncearnos. Sabemos que la exposición a la luz solar tiene múltiples beneficios, pero también algún que otro inconveniente. Los rayos ultravioleta producen un efecto perjudicial en nuestra piel. Tomar el sol sin protección se convierte entonces en una imprudencia. Se hace obligatorio adoptar medidas preventivas para evitar la sobreexposición.

¿Por qué nos bronceamos al tomar el sol?

El color que adopta nuestra piel ante la exposición solar es proporcionado por un pigmento llamado melanina. Cuando los rayos ultravioleta dañan la piel, ésta fabrica más melanina como mecanismo protector para un futuro. El bronceado, por tanto, es un signo de que la piel se ha dañado, y la piel bronceada puede seguir dañándose si continúa exponiéndose a la radiación ultravioleta. Por otra parte, las personas de piel más clara (menor concentración de melanina), sufren con mayor facilidad quemaduras solares con una exposición breve (10-15 minutos).

Efectos perjudiciales a largo plazo.

La exposición a los rayos ultravioleta favorece a largo plazo el envejecimiento prematuro de la piel y la aparición de problemas oculares, como el desarrollo de cataratas, la degeneración macular y daño en la córnea. Pero lo más relevante es que ante una sobreexposición a los rayos ultravioleta prolongada en el tiempo (años) existe un gran riesgo de desarrollar un cáncer en la piel. Esta es la principal causa de los cánceres de piel, entre los que se encuentran el carcinoma basocelular, el carcinoma epidermoide y, al más maligno de todos, el melanoma.

¿Es seguro el bronceado artificial?

El bronceado artificial no es una alternativa segura al bronceado solar. Las camas, las cabinas y las lámparas de bronceado producen una cantidad de radiación UV similar a la del sol. El daño en la piel (el bronceado o una quemadura) debido al bronceado artificial, al igual que el daño procedente de la luz solar, incrementa el riesgo de envejecimiento de la piel, cáncer de piel y problemas oculares.

¿Se puede tomar el sol si se toman medicamentos?

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Existe un gran desconocimiento sobre los posibles efectos nocivos que pueden aparecer si nos exponemos a la radiación ultravioleta cuando tomamos de forma habitual un medicamento. Son muchos los fármacos fotosensibilizantes; es decir, que pueden provocar efectos nocivos en nuestra piel si ésta se expone a la radiación ultravioleta. Estos efectos negativos pueden aparecer de dos formas: bien mediante reacciones de fotosensibilidad o bien por fototoxicidad. En el primer caso, se trata de una reacción alérgica en el organismo debido a la transformación del fármaco que nos aplicamos por la acción de la radiación UV en la piel. Se suele dar en medicamentos que aplicamos sobre la piel. Sin embargo, las más frecuentes son las reacciones fototóxicas, que consisten en que el fármaco absorbe la radiación y libera energía produciendo un daño celular. Este efecto suele darse en medicamentos administrados por vía oral.

¿Qué fármacos son los más fotosensibilizantes?

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Para comprobar si un medicamento es fotosensibilizante o no hemos de leer su prospecto, donde nos lo indicará. Entre los fármacos que pueden producir reacciones alérgicas al administrarlos por vía tópica se encuentran: los antihistamínicos, los corticoides, los antiacneicos o los anestésicos locales. También muchos de los componentes de productos cosméticos pueden producir alergias. Por eso no se recomienda ir maquillada o perfumada a la playa. Los fármacos fotosensibilizantes más frecuentes que se toman por vía oral son: algunos antibióticos, antiacneicos, antidepresivos, antihistamínicos, antiinflamatorios, anticonceptivos, antihipertensivos, antidiabéticos orales, hipocolesterolemiantes, psicofármacos y protectores de estómago. La lista de ambos grupos es amplia, por lo que si no se puede suspender el tratamiento, lo correcto es no exponerse al sol, o bien usar un factor de protección solar máximo y tomar la medicación, si fuera posible, al final del día.

¿Cómo protegernos de los rayos ultravioleta?

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Cuando tomemos el sol hemos de aplicarnos un factor de protección solar de amplio espectro y resistente al agua con un FPS como mínimo de 30, preferiblemente de 50. Se ha aplicar antes de salir, en suficiente cantidad y repetir cada dos horas de exposición solar continuada. Es aconsejable no exponerse al sol en el período de tiempo de mayor radiación (entre las 10:00 y las 16:00 horas). No debemos olvidar que durante los días nublados, puede aumentar la radiación UV, y que la arena de la playa actúa como reflectante. Para permanecer en el exterior, es aconsejable utilizar gafas de sol y un sombrero de ala ancha. Es importante limitar el tiempo de la exposición y buscar la sombra. La ropa debe proteger todas las partes de cuerpo posibles (mangas largas, pantalones y vestidos largos).

¿Cómo debemos actuar ante una quemadura solar?

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Si se produce una quemadura solar es aconsejable aplicar paños fríos, o tomar un baño con agua tibia o fría, y si el dolor es intenso, analgésicos de primer nivel como ibuprofeno o paracetamol. Se ha de beber abundante agua para estar bien hidratado. Si no se han producido quemaduras de segundo grado (ampollas en la piel), se puede aplicar una crema hidratante o gel de aloe vera para calmar las molestias. Por último, las quemaduras solares extremas pueden dar lugar a situaciones de emergencia como shock, deshidratación, golpe de calor y otras reacciones graves. Si aparecen síntomas de taquicardia, respiración rápida, mareos, desmayos, náuseas, escalofríos, fiebre o dolor de cabeza con una quemadura solar, se ha de acudir a un servicio de urgencias.

DOCTOR JOAQUÍN Fº DOMÍNGUEZ ESCOBAR, DIRECTOR MÉDICO DEL HOSPITAL SAN AGUSTÍN

27 abr. 2016

  • 27.4.16
Sí, una persona, un líder político y, por ende, un partido, que se suicide. Y ese es problema: quién es el guapo. Hasta este momento, y cuando los 'postureos' han dejado paso a lo inevitable, es decir, a la convocatoria de unas nuevas Elecciones Generales en España, ninguno de los guapos de la política española -porque no hay ninguno feo, ¿verdad?- se ha atrevido a suicidarse. Y en esas estamos.

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El problema es que, tras la campaña electoral que ya estamos viviendo, con mensajes cruzados de culpabilidades de unos hacia otros -como si aquí nadie tuviera culpa de nada-, todo hace indicar que, voto arriba, voto abajo, el panorama político -es decir, cómo se divide el Parlamento español- será muy similar, o que incluso aunque no lo sea nadie obtenga la mayoría suficiente como para sacar a España del atasco político en el que se maneja. Lo que nos llevará a otra nueva sesión de 'postureos', con libros o sin libros.

Yo imagino que cada uno de los partidos mayoritarios que concurrirán a las nuevas Elecciones Generales sueña ya con que sean los ciudadanos, con sus votos, los que les saquen del atasco político, de forma que todo se clarifique tras el paso por las urnas y Su Majestad el Rey pueda proponer, con garantías, a un candidato a presidente del Gobierno. Porque si no es así, menudo papelón les queda. Tanto que o alguno de ellos se suicida, o viviremos en España una situación que la convertirá en la vergüenza del mundo.

Definición de suicida político: aquel, de derecha, centro o izquierda, que esté dispuesto a autoinmolarse, y de camino arrastrar con él a su partido político, con tal de apoyar, o permitir con la abstención, que se pueda conformar un Gobierno estable en España -sea del color que sea- que trate de dirigir una nave que requiere más que nunca de un buen capitán. Y, de camino, ganaríamos un héroe.

FRANCISCO GIL

3 jun. 2015

  • 3.6.15
1 de junio de 2015, fecha que quedará grabada en nuestras memorias como una de las noches más divertidas de nuestras vidas. Fuimos pocos los que tuvimos el privilegio de disfrutar de una extraordinaria cena amenizada por el monologuista Goyo Jiménez en el Restaurante Americano Mary´s Place ubicado en la Avda. Adolfo Suárez, en Dos Hermanas.

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Eran poco más de las nueve y media de la noche cuando nos adentramos en Mary´s Place. Nuestro trato con Jesús Dueñas –gerente del restaurante- había sido, hasta esta gran noche, meramente profesional. Pero nada más entrar ya notamos que esta noche no íbamos a trabajar. Teníamos una mesa reservada para nosotros en un lugar estratégico, perfecto para escuchar y ver en vivo el espectáculo de Goyo.

Pedimos ensalada y una hamburguesa especialidad de la casa: Ternera retinta coronada con lascas de parmesano, pimiento caramelizado y cebolla crujiente. No puedo explicar su sabor, hay que probarlo. No soy amante de las hamburguesas, pero tengo muy claro que repetiré y me dejaré recomendar por alguna de sus muchas especialidades la próxima vez.

El monólogo de Goyo Jiménez comenzó ya casi rozando las once de la noche, pero los allí presentes, todos amigos y familiares del propietario del local, Jesús Dueñas, no sentimos nada la espera ya que el espectáculo que ofreció este gran humorista y monologuista mereció, y mucho, la pena.

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Jamás había visto a un humorista actuar tan de cerca, a tan sólo cinco metros de él, y no pudimos parar de reír. Durante más de una hora, y acompañado de tan sólo un micrófono, hizo que todos los allí presentes nos metiéramos en su mundo de gran observador y descubriéramos que lo que cuenta no son más que historias y hechos que cualquiera de nosotros vivimos cada día y que a partir de ahora nos harán pararnos y nos sacarán una sonrisa recordando a Goyo mientras enfatiza en nuestras vidas más que cotidianas y, aparentemente, normales.

Investigo un poco sobre la trayectoria de Goyo Jiménez y me quedo sorprendida con la experiencia de este gran actor-cómico. Comenzó su andadura artística con tan sólo 14 años, a los 16 ya había obtenido varios premios y a los 17 años ya contaba con su propia compañía teatral. Estudió derecho en la Universidad de Castilla La-Mancha y Arte Dramático en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid.

En la actualidad, Goyo tiene una agenda más que apretada. Tiene previstas actuaciones en las ciudades de Valencia, Pontevedra, Santiago de Compostela, Ourense, Madrid, Barcelona… Para más información, os invito a visitar su web: www.goyojimenez.es

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Jesús Dueñas, propietario del Restaurante Mary´s Place, es gran amigo de Goyo Jiménez y quiso celebrar el primer aniversario de su restaurante invitándole a actuar. El local estaba a reventar y sabemos de primera mano que todos los que allí fuimos invitados, salimos más que satisfechos con la comida y la actuación. Como buen gerente, Jesús quería con esta fiesta agradecer a sus familiares, amigos, compañeros y clientes, que le hayan acompañado con tanto cariño durante el arranque de este proyecto que espera y desea que continúe durante muchos años más.

De parte del equipo de Dos Hermanas Diario Digital queremos decirte: “Felicidades, Jesús. Brillante noche. Gracias por compartirla con nosotros”.

CARMEN RUIZ / REDACCIÓN

22 oct. 2013

  • 22.10.13
Cada semana despegan de Tripoli, Cartago, El Cairo o Dakar decenas de aviones de pasajeros que conectan los países del norte de África con los principales aeropuertos europeos. Un billete de la capital tunecina hasta Milán cuesta poco más de 50 euros.

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Varios miles de metros más abajo, hacinados en el exiguo espacio de la proa de una barcaza oscilante y quejumbrosa, centenares de personas viajan en pos de un sueño cruel, bosquejado en la mente de a quien sólo le queda la esperanza como instintivo impulso vital. El incierto pasaje de ida hacia Lampedusa, Sicilia, Almería o Rodas oscila entre los 1.000 y los 3.000 euros.

Las quimeras adoptan sus heterogéneos disfraces de acuerdo a las necesidades de quien las persigue obstinadamente. Europa es, en sí misma, una realidad mítica de límites difusos, una ficción cimentada en el delirio colectivo, el último asidero de una huida espoleada por la desesperación y la muerte.

Miles de personas atraviesan cada año las arenas de un desierto inclemente o las aguas de un mar impredecible, expuestos a peligros siempre acuciantes, con el único propósito de arribar a un destino desconocido, tan sólo esbozado por las imágenes difusas de un televisor o los vagos relatos de los que regresan con vida, demasiado orgullosos de exhibir su periplo como para reconocer su verdad. No hay muros tan altos ni tragedias tan desgarradoras para disuadir la fe en una vida mejor, en una existencia digna.

A pesar de las décadas transcurridas, la Unión Europea y los gobiernos que la integran aún no han entendido esta sencilla premisa. En una época en la que el capital, las materias primas y la codicia fluyen libremente ajenas a las fronteras físicas entre naciones, mientras los seres humanos sin crédito, los desposeídos, deben arriesgar sus vidas para filtrarse entre las rendijas de una frágil torre de marfil, las tentativas para regular los flujos migratorios en el continente han estado enfocadas de forma casi unidireccional a fortalecer un aparato militar de vigilancia que incrimina a los que osan rondar las fronteras y discrimina por razones de raza, estatus económico y nacionalidad a partir de un restrictivo sistema de visados.

Así nace el Frontex, una agencia europea que tan sólo el año pasado recibió más de 80 millones de euros de la Unión con el objetivo de repeler los intentos con visos de éxito (pues las barcazas que van a la deriva no son de su interés) de miles de migrantes de llegar a territorio europeo.

Para ello, despliegan barcos, helicópteros, aviones, radares, cámaras térmicas e incluso drones en los puntos estratégicos de la periferia continental, al tiempo que pactan con los países de partida lo que se ha convenido denominar "externalización del control de fronteras". Es decir, la persecución criminal de migrantes en territorio marroquí, tunecino, libio o senegalés a cargo de las fuerzas policiales de regímenes manifiestamente corruptos donde el respeto a los derechos humanos es apenas una coletilla que repetir sin convencimiento en los foros internacionales.

Todo para evitar que el nivel del Mediterráneo ascienda por el volumen de los cuerpos anónimos abandonados a la deriva, y las conciencias sean lastradas por el peso de la responsabilidad, siempre diluida en un mundo global, de una tragedia perpetua inducida por la indiferencia. Al fin y al cabo, cuando no existe una intención directa de hacer el mal, tampoco hay lugar para la culpa, un concepto muy arraigado en la cultura cristiana occidental, puede que por pura supervivencia moral.

Por ello, en estos días una sucesión interminable de autoridades italianas y europeas han visitado la isla de Lampedusa para lamentar la muerte de centenares de personas como si de una catástrofe natural se hubiese tratado.

Los políticos lidian de forma torpe con situaciones donde no hay culpables identificados, donde no hay células integristas, conspiradores o dictadores de diversa índole a los que sentenciar unívocamente con palabras ceremoniosas. ¿A quien responsabilizar de este auténtico genocidio?

Italia clama contra Europa por la supuesta laxitud de su control marítimo de fronteras mientras Europa recuerda el decreto italiano mediante el que se criminaliza el auxilio a embarcaciones de inmigrantes. De hecho, durante el último naufragio, varios pesqueros y barcos europeos obviaron la agonía de cientos de personas a la deriva.

Ahora, el primer ministro italiano, en un alarde de hipocresía, ha nacionalizado a los muertos, mientras que los supervivientes han sido denunciados por inmigración ilegal y volverán a ser deportados. Parece que en Italia, en Europa, sólo hay sitio para tumbas anónimas.

No hay respuestas fáciles para un asunto de tamaña complejidad. El desarrollo de la “primavera árabe”, más allá del súbito entusiasmo generado por la caída de los caudillos que regentaban buena parte de las repúblicas islámicas del norte de África y Oriente Próximo, ha arrojado un escenario de gran volatilidad política que incide de forma directa en los flujos de inmigración hacia el norte.

Como ejemplo, los acuerdos en el control de fronteras entre Italia y el régimen libio de Muanmar el Gadafi durante décadas ha dado paso ahora a un vacío legal fruto de la ausencia de estructuras políticas en el país, que se debate entre las distintas facciones de guerrilleros y liberadores de la patria después de que la OTAN decidiera intervenir de forma directa.

El resultado más evidente ha sido la proliferación, aún más si cabe, de redes mafiosas que comercian con los sueños de oleadas de personas procedentes del Cuerno de África y de exiliados de guerras civiles como la de Siria. Un eslabón más en la larga cadena de actores de una masacre cotidiana y silenciosa, tan sólo atendida cuando el número de muertos sobrepasa el umbral que la impasibilidad colectiva que legitima el actual orden mundial puede soportar sin sentir un ligero hormigueo de culpa diluida por la compasión de quien no puede o no quiere hacer nada.

El último naufragio de una barcaza de migrantes frente a la costa de Lampedusa es una desgracia y una vergüenza para Europa, como aseveraba efusivamente el Papa Francisco. Sin embargo, cabría cuestionarse cuáles son las medidas que realmente está dispuesta a acometer la Unión y cada uno de los países miembros para evitar que esa vergüenza continúe salpicando la superioridad moral de una Europa que abandera la lucha por los derechos humanos en el mundo al tiempo que deja morir en sus aguas a miles de expatriados y legitima la violación de su dignidad como personas en la periferia de sus fronteras (paradójicamente, la primera respuesta del Gobierno italiano ha sido el despliegue marítimo del ejército en misión humanitaria).

Y más aún, la sociedad europea en su conjunto debería reflexionar qué estaría inclinada a hacer por un mundo más justo donde los seres humanos gocen, al menos, de un mismo valor que el gas, el petróleo, el uranio, los minerales o el coltán que es expoliado por Occidente para mantener las calderas del progreso en pleno funcionamiento.

Mientras tanto, los discursos artificiales, las falsas muestras de humanidad y las lágrimas de cocodrilo tan sólo sirven para perpetuar un sistema abusivo cuyas consecuencias continuarán golpeando la puerta trasera de nuestra conciencia: ataúdes con números y cuerpos en el mar.

JESÚS C. ÁLVAREZ
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26 sept. 2013

  • 26.9.13
El término "política" (del latín politicus y, antes, del griego πολιτικός (politikós) 'civil, relativo al ordenamiento de la ciudad o los asuntos del ciudadano') se define como una rama de la moral que se ocupa de la actividad, en virtud de la cual una sociedad libre, compuesta por hombres libres, resuelve los problemas que le plantea su convivencia colectiva. Es un quehacer ordenado al bien común.

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Ciertamente, desde que tengo uso de razón, me he considerado un enamorado de la política y de todo lo relativo a la gestión pública. Como versa la definición anterior, el conjunto de ideas y valores que han conformado mi cuerpo ético se ha dirigido siempre a luchar por encontrar una sociedad libre e igualitaria, capaz de construir una convivencia recíprocamente constructiva, que alcance el bien común en todas sus acciones.

Este espíritu de suma, de crecimiento social y personal, que siempre me lleva a actuar de un modo concreto (a veces puede que equivocado), me obliga a responder siempre de un modo casi vehemente ante las afrentas que la política sufre, sobre todo en estos días. Jamás seré de esos que se definen a sí mismos como "apolíticos".

Sin embargo, dadas las circunstancias que actualmente nos asaltan día a día, cabe reconocer el hecho de que cada vez se hace más complicado defender la gestión pública. Más bien parece que la Política, antiguamente amada hasta el platonismo, hoy se ha convertido en una maltrecha alma, carente de fuerzas para sobreponerse a las interesadas caricias que sus usurpadores le confieren.

No creo, para nada, que la política deba ser eso que unos pocos devoran, bajo el precio de que los muchos agonizan de indignación, frustración o hambre. La Política debe ser, a mi entender, la herramienta que nos haga a todos libres, iguales y conscientes de nuestro propio poder, poder que ella misma nos inocula y nos conmina a ejercerlo en dirección al crecimiento social, recíproco y constructivo.

Hoy por hoy, decir "política" es cuando menos escupir al diccionario de la RAE. Nadie parece ser tan osado como para gritar a los cuatro vientos que es político y es irrespetuosamente descabellado pensar que alguien puede, más aún, definirse afiliado a un partido político. Pero ¿por qué? ¿Qué nos ha llevado a esta situación? La respuesta automática es “tenemos una casta política ruín y rastrera”. Respuesta automática y pocas veces razonada. Pero puede ser cierta, en algunos repugnantes casos.

Sin embargo, traeré a este punto las interesantes palabras del doctor Martin Luther King: “no me duelen los actos de la mala gente, me duele la indiferencia de la buena gente”. Es decir, el crecimiento de una sociedad justa e igualitaria es responsabilidad de todos y cada uno de los ciudadanos que en ella convivimos y, ante tropelías como las que estamos viendo, es el momento de que la buena gente dé un paso al frente y acabe con las malas acciones de quienes ven en la gestión pública la excusa para llenarse los bolsillos.

No importa quién esté empuñando la pistola, ni el color de ésta, el resultado va a ser el mismo: atropellos y robo de dignidad. Platón decía: “El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres”. Amigos y amigas, lo hemos visto: nos sale demasiado caro desentendernos de la política. Actuemos y cambiemos las cosas. Hagamos política real y de verdad.

JOSÉ MIGUEL DELGADO TRENAS
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3 ago. 2013

  • 3.8.13
Ahora que ya han pasado unos días del descarrilamiento ferroviario ocurrido en Galicia y que causó la terrible cifra de 79 fallecimientos, les invito a reflexionar sobre el asunto que lleva corroyéndome el estómago desde el primer día de esa desgracia.

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Me refiero al maquinista que conducía el tren accidentado. Sí, ese hombre que vimos ensangrentado y aturdido minutos después del accidente. Ese mismo maquinista a quien dos días después lo vimos esposado, camino de los juzgados.

Como les he comentado, mi bilis y mis jugos gástricos me llevan destrozando el estómago desde ese desgraciado accidente. Primero, por todas esas víctimas que se han ido para siempre; y segundo, por el asqueroso escarnio, criminalización y linchamiento mediático que ha sufrido el maquinista del tren. Maquinista que apareció esposado en un coche policial como si fuera un asesino.

Un hombre que ha tenido un fallo: un error que ha causado la muerte de tanta gente. Un hombre que no ha dudado en declararse culpable. Un hombre que dijo desde el primer momento que iba a una velocidad muy superior a la permitida. Un maquinista que ha dado la cara porque se ha hecho responsable de su desgraciado error.

El primer día del accidente ya circulaba en las redes sociales y en los medios de comunicación una frase totalmente descontextualizada de este maquinista que, años atrás, comentó a modo de broma que iba a 200 por hora con el tren y que la Guardia Civil no lo iba a multar. Ese comentario, ahora utilizado de una manera oportunista, se manipula para confundir mucho más a la opinión pública.

Un comentario banal y socarrón hecho mucho tiempo atrás lo sacan de contexto ese día fatídico para hundir a un hombre que, evidentemente, ha cometido un grave error, y que, seguro, lo va a pagar muy caro. No por la pena que la Justicia pueda imponerle. No, eso es lo menos duro. La peor condena que va a tener ese hombre para el resto de su vida será su conciencia. Saber que él se equivocó, y que, por eso, murieron todas esas personas.

¿Y quieren saber lo de mi estómago? ¿Les apetece que les cuente por qué quiero vomitar desde ese aciago día? Pues porque me da asco todo lo que he visto y oído. Que directivos de Renfe y Adif, desde el primer momento, se quitaran de en medio eludiendo responsabilidades, sin haber cotejado siquiera la famosa caja negra. Echaron toda la mierda encima de un maquinista, que estará hundido en el fango el resto de sus días.

Lo que yo me pregunto, y las autoridades no me lo han explicado todavía, es cómo es posible que un solo hombre vaya en la locomotora de esos velocísimos trenes. Circulan a lomos de esos titanes de la velocidad solos, sin la compañía de otro conductor. Esa figura que antes se denominaba Ayudante de Maquinista, una figura ferroviaria que lleva años desaparecida. Ayudante que en momentos críticos pueda echar mano de los controles de la locomotora para evitar cualquier tipo de accidente, al igual, que lo podría hacer el copiloto de cualquier aeronave.

Esa es la cuestión, sí, por qué van solos los maquinistas, queridos lectores. En esos grandes trenes de Alta Velocidad, los conductores van solos, por un mísero sueldo que no cubre la gran responsabilidad que llevan sobre sus espaldas, una responsabilidad que nuestro maquinista llevará ahora de por vida sobre su conciencia.

Sí, miles de solitarios maquinistas llevan sanos y salvos, todos los días del año, a millones de viajeros que cogen cada día el Ave. ¿Por qué no preguntan a todos esos altos cargos ferroviarios que descargaron la responsabilidad sobre el maquinista cómo es posible que permitan márgenes de maniobra manual tan peligrosos? ¿En el siglo veintiuno, en la gran era del AVE, los maquinistas tienen que reducir la marcha de 200 kms/hora manualmente tres kilómetros antes de acercarse a una curva que solo permite la circulación a 80 kms/hora?

¿En la era de las automatizaciones de ordenadores inteligentes se ponen las vidas de unos centenares de viajeros en las manos de un maquinista? Y díganme, ¿quién es responsable de eso?

Yo no lo sé. Pero sí tengo algo claro: que el único que se puede salvar de esa responsabilidad es el maquinista que vi por la tele. Sí, ese hombre que caminaba aturdido y sangrando, y al que después lo llevaron esposado camino de los juzgados como si fuera un vulgar asesino.

GONZALO PÉREZ PONFERRADA
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19 jul. 2013

  • 19.7.13
Un cantante andaluz decía en una de sus canciones que “no se puede ser feliz cuando a tu lado lloran”. Y es que no hay circunstancia más cierta que aquella que te empuja al más oscuro de los rincones de tu mundo emocional, cuando reconoces el sufrimiento crudo y desnudo en los ojos de quien te cruzas en un día trivial.

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Es de conocimiento público el hecho de que las cosas no van ni mucho menos bien: hay millones de hogares sin ningún tipo de ingreso, millones de personas con su dignidad arrancada de cuajo, sin posibilidad de poder labrarse un futuro, cientos de miles de personas sin esperanza de poder redirigir sus vidas, sumidas en la exclusión…

Todo eso es cierto: nos lo cuentan a diario en la televisión, la radio, los periódicos… Vemos cómo se “cuelgan” en Facebook impactantes tablas de datos que nos ponen la carne de gallina. Sin embargo, tan sólo una cosa es capaz de partirnos como una rama seca; en este mundo de imágenes y de agonía sensacionalista, sólo la cruda realidad del rostro partido por la calamidad puede provocarnos una instantánea sequía en la garganta capaz de ahogar a cualquiera.

Este fin de semana me he cruzado con el rostro del fracaso, de la frustración, del dolor contenido detrás de una guitarra, sostenida por unas manos inexpertas en las lides de la música. El momento fue así: caminando por las calles de Mazagón, vi a un hombre de unos 50 años, bien vestido, con camisa polo, pantalón de pinzas y zapatos modelo castellano, bien peinado y bien aseado, sosteniendo una guitarra bastante estropeada, en la que había colocado a modo de cinta para colgársela al cuello, una soga de amarre.

Se podía observar que no era muy diestro en el manejo del instrumento, pues le costaba seguir el ritmo y apenas lograba afinar sus notas. Sin embargo, ahí continuaba, firme, decidido y rogando un poco de complicidad a modo de “limosna” en forma de monedas, para poder pasar el día con algo de comida en el estómago.

A sus pies, la funda de la guitarra como platillo y un cartel donde decía “mi último cartucho, gracias Rajoy”. Esta visión calló como un rayo fulminante en mí y provocó que se me desbordaran dos lágrimas incontenibles de los ojos. Tan sólo pude acercarme, depositar unas monedas y decirle: “ánimo y suerte, compañero”. Mi mujer y yo continuamos el camino en silencio, enmudecidos por la visión que acabábamos de sufrir e intentando digerir los sentimientos que irrumpían destrozándolo todo.

Y, después, el circo: sobresueldos, sobres, corrupción, criminalización de ciudadanos, cargos hiperremunerados, representantes políticos anestesiados por las caricias de sus parabienes y prebendas…

Este es el mundo donde vivimos, un mundo en el que mientras una persona ruega un poco de dignidad, pelea por sobrevivir… otros disfrutan del cadáver putrefacto de quienes, tiempo atrás, les encumbraron con su trabajo y encima, ahora, les culpabilizan de “haber vivido por encima de sus posibilidades”.

¿Alguien entiende este mundo? ¿Alguien puede explicarme qué clase de espécimen puede sentirse cómodo nutriéndose de la miseria de la gente? Antaño, este tipo de personajes sólo aparecía en los cuentos, personificando el papel de malvado, de malo de libro; pero hoy, nos damos cuenta de que están a nuestro alrededor y que gobiernan nuestras vidas a modo de exprimidores de vidas, sueños y esperanzas.

Para finalizar, termino como empecé, citando a un artista, pero esta vez con un canto al mantenimiento de la esperanza y de la lucha por lo que es justo. “Seguiremos, si dicen perdido, yo digo buscando; si dicen no llegas, de puntillas alcanzamos”.

JOSÉ MIGUEL DELGADO TRENAS
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26 nov. 2012

  • 26.11.12
Siempre que llega el final de noviembre, los medios de comunicación insisten en recordarnos la cifra de mujeres muertas a lo largo del año, reducidas prácticamente a un número mientras que su nombre avanza camino del olvido. Trato pues de recordar cómo se llamaron: Antonia, Carmen, Estrella, Pilar, Rosario, Isabel, Almudena, Marisol… y así hasta más de 40.

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Mi recuerdo es también para aquellas de las que ni siquiera sabemos sus nombres, para las invisibles, para las que siguen sufriendo en silencio, para las que cerca o lejos tienen marcadas, aunque en ocasiones ni se atrevan a reconocerlo, las fauces del patriarca. Para las que, como la madre de Ruth y José, reciben los golpes a través de los hijos golpeados.

Recuerdo también a mis abuelas que nunca tuvieron una habitación propia en un mundo en el que mis abuelos tenían la voz y la palabra. Recuerdo a mi abuela Carmen que siempre firmaba con un dedo y a mi abuela Rita a la que no dejaban subirse a los árboles y que siempre andaba anotando versos en un cuaderno que no sabían leer los hombres. “Multiplicaré los trabajos de tus preñeces: parirás con dolor a los hijos, buscarás con ardor a tu marido que te dominará”.

Recuerdo a los jerarcas y a los que siempre tuvieron voz en los púlpitos. La voz del confesor y la del sabio. La del que nunca se equivocaba. La voz de San Pablo que las condenaba al silencio: “Las mujeres deben estar calladas, pues no les corresponde hablar, sino vivir sometidas, como dice la ley”. O la de San Agustín, que justificaba cómo debían estar “sometidas al hombre porque en él predominan el discernimiento y la razón”. El discernimiento que llevó a tantos hombres iluminados a decir, como Rousseau, que la mujer debía aguantar las sinrazones del marido sin quejarse.

Por todos ellos, y por tantos otros que forman la línea vergonzante que durante siglos ha sustentado el patriarcado, me es imposible no dar la razón a Miguel Lorente cuando dice que “los hombres que hemos tenido la voz a lo largo de la historia ahora no podemos permanecer callados cuando se habla de igualdad. Tenemos mucho que decir sobre lo que hemos callado y mucho que callar sobre lo que hemos vociferado”.

Porque cuando hablamos de violencia masculina –y digo bien, "masculina", porque son los hombres los que la ejercen contra las mujeres-, en definitiva lo estamos haciendo de igualdad. La violencia masculina, al fin, ha dejado de ser un asunto estrictamente privado y hemos empezado a entenderla como el producto más cruel de un orden político, cultural y simbólico que nos diferencia jerárquicamente en función del sexo.

Sólo cuando seamos capaces de darle la vuelta a esas estructuras culturales y de poder, erradicaremos la desigualdad y, con ella, la violencia. Es necesario, pues, que los poderes públicos sigan apostando por el mandato constitucional que les obliga a remover los obstáculos que impiden que la igualdad de mujeres y hombres sea real y efectiva.

Es hoy más necesario que nunca, cuando la crisis económica agudiza la feminización de la pobreza y alimenta la vulnerabilidad de los más débiles, no bajar la guardia y seguir apostando por políticas que asuman que la igualdad formal sin la material no es más que un disfraz que a duras penas esconde la vigencia de la ley de la selva.

No cometamos el error, pues, de desandar lo andado, de retornar a la “mujer mujer”, a la reproductora que no era dueña de su destino y que estaba más cerca de la Naturaleza que de la Cultura. A la que sólo podía definirse por su dedicación a los demás y no por la determinación consciente y responsable de su propia vida. A la que estaba condenada a ser o puta o santa. A la madre, siempre la madre, y nada más que la madre.

Es urgente además que todos, mujeres y hombres, y especialmente todas las instancias socializadoras de nuestras democracias, contribuyamos a desarmar ese orden patriarcal. De manera singular, la institución a la que pertenezco, la Universidad de Córdoba, debe implicarse todavía más y mejor en una causa que tiene que ver, nada más y nada menos, con la mitad de la ciudadanía.

Porque la rentabilidad de las Universidades públicas debe medirse en términos sociales y no de cotización en bolsa. Y, por lo tanto, también en términos de implicación en todos aquellos asuntos que tienen que ver con la convivencia, con la justicia social, con la consecución de unas mayores dosis de bienestar y felicidad. Lo contrario supone convertirlas en aparatos domesticados y serviles. Y también, la Universidad debe asumir que la igualdad de género no es una cuestión de ideología sino una exigencia democrática.

Junto a todo ello, debería ser una tarea primordial que nosotros, los hombres, nos miremos en el espejo y descubramos que también tenemos género. Es decir, que nos hacemos hombres tratando de responder a unas expectativas que nos exigen ser reyes, guerreros, magos o amantes.

Que la virilidad acaba siendo un imperativo categórico que nos exige demostrarnos a nosotros mismos y a los demás que somos hombres de verdad. Es decir, individuos competitivos, valientes, aguerridos, infatigables y, si hace falta, violentos. Con los puños o con las palabras.

En la intimidad de nuestras habitaciones y desde los púlpitos en los que consagramos la conexión patriarcal entre masculinidad, poder y violencia. Los sujetos que no dudamos en cosificar a las mujeres y en convertirlas en botín de guerra o en víctimas cuando nos resistimos a reconocer su autonomía.

Es urgente que revisemos la división patriarcal entre lo público y lo privado, que asumamos social y políticamente los valores y capacidades que tradicionalmente hemos rechazado por considerarlos femeninos. Es necesario reivindicar la ética del cuidado y, como decía Petra Kelly, la ternura como herramienta política.

Sólo así podremos ir transformando un contrato social que, precedido del sexual que continúa esclavizando a muchas mujeres, da forma a unas sociedades que continúan estando lejos de la decencia. Porque, como bien sostiene el filósofo hebreo Avishai Margalit, una sociedad decente es aquella que no humilla a ninguno de sus miembros.

Cada final de noviembre es también el cumpleaños de mi hijo. Por eso cuando llega el 25-N también lo miro a él y, además de tratar de encontrar la herencia de sus bisabuelas, me siento responsable de que habite un mundo distinto al presente, una sociedad al fin decente en la que nadie por razón de su sexo sea humillado o tenga más dificultades para ejercer sus derechos. En la que ninguna mujer carezca de nombre y en la que a ni una sola se le niegue la libre disposición sobre su cuerpo, su sexualidad, su presente y su futuro.

Un horizonte que sólo podremos alcanzar si asumimos de una vez por todas que una democracia sin mujeres no es democracia y que una sociedad con hombres violentos es el mayor fracaso de todos lo que un día confiamos en las luces emancipadoras de la razón. Esas que, controladas por el patriarca, hace un siglo le impidieron a mi abuela Carmen aprender a escribir y a mi abuela Rita subirse a los árboles. Las que confío en que iluminen a mi hijo para que en el futuro, que será su presente, noviembre ya sólo sea el mes en que celebrar que la vida sigue multiplicándose.

OCTAVIO SALAZAR

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