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3 jun. 2020

  • 3.6.20
“En los espejos ruedan globos de fuego”
Jean Paul Sartre: La náusea.

El actual confinamiento me ha recordado una experiencia de relativo aislamiento que tuve hace unos años. Me encontraba en una zona rural, casi selvática, de un país tropical y era bastante difícil el acceso a todas esas cosas que nos hacen la vida más cómoda en nuestras sociedades “civilizadas”. Curiosamente, lo que más echaba de menos, a pesar de carencias bastante más importantes a primera vista, era un espejo que me permitiera recuperar mi propia imagen de vez en cuando.



Años después, visitando el magnífico museo egipcio en El Cairo, ya no me sorprendió que, entre los objetos más antiguos de los primeros atisbos de civilización, aparecieran algunos espejos. Por su cuidada elaboración se notaba que eran objetos muy apreciados.

Quizás los primeros espejos conocidos son los aparecidos en las ruinas de Çatal Hüyük, un asentamiento urbano de hace 9.000 años en la península de Anatolia. Están hechos de obsidiana pulimentada, que se obtenía de un cercano volcán. Este origen otorga un carácter mágico a los espejos y herramientas hechas con el producto de las entrañas de la Tierra madre; asociados al fuego y al inframundo subterráneo.

Una cierta reminiscencia de esta capacidad del espejo como ventana a las oscuras profundidades donde habitan los dioses telúricos se encuentra en la práctica de las sacerdotisas de Deméter, que hacían oráculos a los enfermos con la ayuda de un espejo que introducían con una cuerda en un pozo.

En las culturas mesoamericanas se hacían espejos de obsidiana, de pirita y de hematites. Algunos tenían un carácter ritual y formaban parte de la indumentaria de los guerreros de alto rango. Su fabricación y comercio estaban firmemente establecidos, como puede deducirse de lo que nos cuenta Bernardino de Sahagún en su Historia general de la Nueva España:

El que vende espejos es de los lapidarios, porque también corta sotilmente piedra del espejo y las raspa con el instrumento que llaman teuxalli; y la asierra con un betún hecho de estiércol de murciélagos, y púlelos en unas caixas maciças que se llaman quetzalntatl”.

También entre los aztecas se pueden encontrar valores mágicos asociados a los espejos. Hay varios relatos sobre ocho presagios o señales de la inminente aniquilación de su cultura. El séptimo de ellos nos cuenta cómo Moctezuma vio, con gran espanto, en un espejo situado en la cabeza de una extraña ave “grande número de gentes, que venían marchando desparcidas y en de mucha ordenanza, muy aderezados y a guisa de guerra”.



Ese espejo permitió ver, más exactamente prever, un futuro próximo en el que las tropas dirigidas por Hernán Cortés acabarían con su gobierno y su realidad social tal y como había sido hasta entonces. Sí los poderes mágicos del espejo permiten mirar hacia un futuro invisible, también pueden hacer un viaje al también invisible mundo de los espíritus y los dioses. De hecho, los espejos de cobre de los chamanes siberianos eran esenciales para “ver el mundo”, tan esenciales que sin su auxilio es imposible su “viaje” al reino de las sombras.

Espejos de obsidiana, de cobre o de bronce aparecen con significados esotéricos en las antiguas culturas de la milenaria China o de la Grecia homérica, en la Roma imperial... Más agresivos son los fantásticos espejos incendiarios de Arquímedes, capaces de destruir las naves romanas, aunque solo fuera en la imaginación de Luciano de Samosata y de muchos otros que repitieron la “fake new”. Hay soportes más sutiles para las imágenes especulares, como el aire, que en las condiciones apropiadas produce espejismos de diversa índole.

Los espejos tienen también una función mucho más utilitaria, en cuanto que permiten ampliar el espacio aparente, más allá de la pared en la que están colocados. Una de las características definitorias de los grandes cafés del siglo XIX son los abundantes espejos que llenan las paredes y multiplican los espacios y los reflejos. Paradójicamente, esta multiplicidad de imágenes genera un ambiente perfectamente singular y envolvente que, de alguna manera, nos abstrae de la lineal cotidianeidad.

Aprovechando esta capacidad, el arte pictórico (también el cine) ha utilizado los espejos como instrumento eficaz para ampliar lo representado más allá de los límites del marco, lo que no podríamos ver de otra manera.

Paradójicamente, en las Venus del espejo (de Rubens, de Tiziano y en la de Velázquez) lo que vemos en el espejo es únicamente la cara de Venus y fuera del espejo vemos lo que normalmente aparece escondido a la vista: la erótica desnudez de Venus.

El cordobés Romero de Torres da una vuelta de tuerca a este motivo en una obra con una composición que, en parte, imita la versión de Velázquez, pero que añade unos siniestros personajes y un contexto que parece sugerir que la bella protagonista del cuadro no es la mítica Venus; el título del cuadro, El pecado, parece confirmar cual es la intención simbólica del autor [segunda imagen que ilustra estas líneas].

En la pintura flamenca encontramos ejemplos magníficos de la presencia de espejos en la imagen como, por ejemplo, en el tríptico Werl de Robert Campin [tercera imagen de este artículo]. Lo que aparece dentro de esos espejos se ve modificado, distorsionado, dentro de una atmósfera más propia de los sueños que de la realidad; son como atisbos a otro mundo paralelo tras de la superficie del espejo, a una parte de la realidad más allá del alcance de la ventana a otro mundo que es el cuadro.



Hay espejos que nos devuelven las imágenes secretas del universo o que son la puerta que separa o abre a ese otro mundo de la Alicia de Lewis Carroll o al surrealista y líquido de Jean Cocteau en La sangre de un poeta (1930):

“El poeta: No se entra en los espejos. La estatua: Inténtalo, inténtalo siempre”.

JES JIMÉNEZ

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