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11 ago. 2020

  • 11.8.20
Aunque solemos separar la materia y el espíritu, y oponemos la naturaleza y la humanidad y, por lo tanto, el trabajo y el pensamiento, si reflexionamos detenidamente podemos llegar a la conclusión de que pensar es trabajar y trabajar es pensar. El hombre, incluso en las teorías más ortodoxas, fue formado del barro y es el resultado de un proceso evolutivo de la naturaleza.



Hasta las operaciones mentales más “espirituales” como el pensamiento se elaboran y se manifiestan gracias a los movimientos del cuerpo: pensamos y hablamos con la voz, con las expresiones de rostro y con los movimientos de las manos y de los brazos.

Por eso, podemos afirmar que pensar es una manera de trabajar, y trabajar es una manera de pensar: pensamos para ser mejores –o, a veces, peores– nosotros y para mejorar el mundo –o, a veces, para empeorarlo–. Como decía Mariano Peñalver, “somos cuerpos pensantes y manos inteligentes”.

Desde esta perspectiva no deberíamos sorprendernos al comprobar cómo las historias de la Ciencias, de la Cultura y de las Religiones son procesos de lentos acercamientos entre el hombre y la naturaleza, y cómo la dominación moderna del mundo, gracias a la ciencia y a la técnica, es el resultado de una progresiva identificación que resume la historia del hombre en su lucha por sobrevivir en su ámbito y por dominar unos espacios hostiles y extraños. Este largo proceso de "humanización" se aceleró cuando se comenzó a concebir a la naturaleza, no como un espacio oscuro o incognoscible, sino como un terreno próximo y amable.

La distancia entre la naturaleza y el hombre se acorta a medida en que descubrimos sus secretos y nos aparece como más cercana y más amiga. Fíjense cómo hemos ido pasando del miedo a la dominación y, ahora, de la dominación a la amistad.

Tengamos en cuenta, sin embargo, que tanto el hombre depredador como el hombre ecólogo se relacionaban con la naturaleza como algo diferente de lo humano pero que, poco a poco, van aceptándola como cercana, familiar y humanizada. Tampoco podemos perder de vista que, paralelamente, vamos progresando hacia la naturalización de lo humano, considerando lo natural y lo humano como un todo indisociable.

No es extraño, por lo tanto, que el Sínodo sobre la Amazonía y la Laudato Si’, nos proporcionen explicaciones de la visión cristiana de la ecología en las que se destaca la necesidad de proteger nuestra casa común mediante la unión de "toda la familia humana en la búsqueda del desarrollo sostenible e integral", y cómo cultiva la llamada “teología de la ecología” que propone una consideración de la naturaleza como una realidad profundamente espiritual.

El papa Francisco nos recuerda, incluso, que “la naturaleza está llena de palabras de amor” (Laudato Si': 225). Y es que, efectivamente, el hombre forma parte de la naturaleza y el trabajo humano es la expresión privilegiada de la energía de la naturaleza misma.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO



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