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27 sept. 2020

  • 27.9.20
Ahora que la monarquía española se encuentra en una situación bastante complicada (por decirlo de manera algo suave) a causa de las ‘aventuras’, los negocios y de la marcha del país del rey emérito, y, aunque quien esto escribe es republicano, no está nada mal que echemos una mirada retrospectiva para que recordemos el momento de mayor esplendor de este país, excelentemente descrito por el hispanista británico John H. Elliott en su obra La España imperial.



Para ello tomo como motivo a tres grandes pintores que trabajaron para tres monarcas de la casa de los Austrias: Sofonisba Anguissola, Tiziano y Velázquez. Pero voy a centrarme de modo especial en la figura de Sofonisba Anguissola, pues el hecho de ser mujer dio lugar a que apenas se le reconociera el gran talento pictórico que tenía.

Por otro lado, recordemos que las tres grandes dinastías españolas fueron la castellana de los Trastámaras, la de los Austrias y la francesa de los Borbones, aunque esta última, tal como he apuntado, se encuentra ya en una situación bastante crítica.

Y, tal como he indicado, quisiera hacerlo a partir de una serie de cuadros de monarcas que fueron realizados por pintores de la corte, comenzando por un caso muy singular, puesto que fue una mujer, Sofonisba Anguissola, la que plasmó la imagen de uno de los retratos más conocidos de Felipe II.

Sofonisba nació en el año 1532, en la pequeña ciudad de Cremona, al norte de Italia. Tuvo como madre a Bianca Ponzone y como padre a Anibale Anguissola, ambos de ideas avanzadas para su época, puesto que fueron conscientes del enorme talento de sus dos hijas mayores, especialmente de Sofonisba, a las que apoyaron lo mismo que a sus hijos.

A finales de 1559, contando con veintisiete años, llega a Madrid como dama de compañía de Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II. Las razones de la invitación hacia la pintora italiana provienen de que la joven reina consorte, con solo catorce años, estaba habituada al lujo de los palacios de Fontainebleau, por lo que el monarca piensa en Sofonisba Anguissola, una joven con gran formación y talento artístico como acompañante de la nueva reina.

Pasa entonces a ser retratista de la Casa Real, al lado de otros pintores de gran renombre. Ello la condujo a plasmar no solo la figura del monarca (que ilustra la portada de este artículo y que aparece completo unas líneas más abajo, a la izquierda) sino también la de su joven esposa, en lienzos que pueden contemplarse en el Museo del Prado.

Puesto que el talento femenino muchas veces ha quedado oculto o menospreciado a lo largo de la historia, dio lugar a que el retrato de Felipe II fuera atribuido a Alonso Sánchez Coello. No se podía entender que en el siglo XVI hubiera grandes pintoras de la corte y, menos todavía, con el talento que desplegó Sofonisba.

Pasarían, pues, siglos hasta que, en 1990, los minuciosos trabajos de los especialistas del Museo del Prado le devolvieran a la artista italiana la autoría de este espléndido retrato en el que nos muestra a un rey de rostro serio y mirada distante, muy acorde con la psicología del personaje.



Al ser pintora de la corte, era de esperar que realizara también el retrato de la reina Isabel de Valois, puesto que, como he indicado, formaba parte de sus damas de compañía. Tal como podemos apreciar en el cuadro, la joven reina aparece de pie sosteniendo en su mano derecha una pequeña medalla con el rostro del monarca. Este detalle suponía una manifestación simbólica del vínculo que le unía al poderoso rey de España.

Tras su estancia en la corte de Madrid, Sofonisba volvió a su país de origen, falleciendo en 1625, a los noventa y tres años. Solo había abandonado los lienzos a la edad de ochenta años, cuando sus problemas de la vista le habían dejado casi ciega.

Sofonisba Anguissola alcanzó a conocer a su compatriota Tiziano, puesto que, cuando llegó a Madrid para acompañar a la joven reina, este ya era uno de los pintores de mayor renombre de la corte. Así, de los pinceles de Tiziano salió un cuadro tan conocido como es el del padre de Felipe II, es decir, Carlos V montando a caballo. Con esta imagen se pretendía conmemorar su triunfo en la Batalla de Mühlberg, en el año 1547, contra los príncipes protestantes de la Liga de Smalkalda.



Este lienzo, que también se encuentra en el Museo del Prado, está considerado como una obra maestra desde el punto de vista artístico. En el cuadro, de grandes dimensiones, Carlos V (Carlos I de España) aparece solo, sin un ejército detrás, como una especie de césar cristiano, montado sobre un caballo de raza española, empuñando una lanza de grandes dimensiones, vestido con coraza y tocado con casco. Su figura, seria y erguida, mirando hacia el frente, se destaca sobre un paisaje al atardecer, lo que le da a la composición un ambiente de silencio y de serenidad que enaltece a su protagonista.

Siete años después del fallecimiento de Sofonisba Anguissola, el heredero de Felipe II, es decir, Felipe III, se hizo retratar de modo similar a como lo hizo su abuelo: montando a caballo, en un paisaje sin árboles y con el jinete mirando de medio perfil hacia el espectador. Unos cambios bastantes significativos con respecto a la obra precedente.

Sería el mayor pintor que ha conocido este país (con permiso de Francisco de Goya y de Pablo Picasso) quien por entonces protagonizaba los grandes encargos de la corte. En este caso, Diego Velázquez muestra a un monarca alejado de las batallas y de las responsabilidades del reino para delegarlas, inicialmente, en el duque de Lerma. No es, pues, la exaltación del jefe de un ejército, sino un cuadro de enaltecimiento de la figura de un rey que tiene sobre sí el mando de un amplio imperio, pero que prefiere alejarse de las dificultades que entraña el ejercicio del poder.

Antes de cerrar, quisiera apuntar que Tiziano y Velázquez tienen un puesto eminente en el mundo de las artes como dos grandes pintores de los siglos XVI y XVII, respectivamente; sin embargo, Sofonisba Anguissola solo ha sido recordada por algunos especialistas que reconocieron su enorme sutileza pictórica, pero que al ser mujer no se la tuvo apenas en cuenta hasta muy recientemente. Este ha sido el destino de grandes creadoras, que vieron como sus talentos quedaban ocultos por su condición femenina.

Por otro lado, los tres reyes de la casa de los Austrias citados –Carlos I, Felipe II y Felipe III– establecen una línea entre ellos que representa el momento en el que los dominios imperiales de España se encontraban en su apogeo, tiempos que ahora se nos antoja como un lejano recuerdo de un país que llegó a ser la mayor potencia conocida. Pero es que a los imperios también les llega un día su final, incluso al que actualmente lidera un personaje desnortado como es Donald Trump.

AURELIANO SÁINZ

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