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9 sept. 2020

  • 9.9.20
No deja de sorprenderme (quizás conservo una gran dosis de ingenuidad o de confianza en la inteligencia colectiva de la especie humana) la cantidad y variedad de fantasías desmelenadas que pretenden “explicar”, “curar”, o resolver los interrogantes que nos planteamos acerca del famoso virus.



Ya han escrito sobre ello, en estas mismas páginas (más apropiadamente deberíamos decir pantallas), Aureliano Sáinz, en su artículo sobre los “conspiranoicos”, y Daniel Guerrero, en el que aborda los nuevos confinamientos, pero quisiera añadir a sus valiosas aportaciones algunos elementos que creo necesario subrayar.

Primero: los “negacionismos” y las informaciones tóxicas, no son simples opiniones, dado que implican una falta de respeto y de empatía hacia las personas fallecidas, a los que han sufrido en sus carnes la enfermedad en toda su crudeza y a los familiares que han tenido que vivir estas situaciones en condiciones especialmente dramáticas.

Segundo: las argumentaciones creativas que únicamente son producto de imaginaciones calenturientas constituyen un solemne desprecio al conocimiento científico que es el resultado de siglos de trabajo colectivo al servicio de una VERDAD comprobable e incompatible con las falsedades chismorreadas, aunque sean “virales” (nunca mejor dicho).

Y, desde luego, los daños causados por esta “virulencia” en la transmisión a través de las redes sociales son muy reales. Su difusión constituye una actitud irresponsable que no ayuda a disminuir el miedo ni el sufrimiento, sino a crear confusión y desconfianza.

Tercero: las soluciones milagrosas –así se denomina descaradamente el MMS (Solución Mineral Milagrosa)– constituyen un peligro real para la salud. Tal y como informó el Servicio de Información Toxicológica (SIT) el pasado 7 de septiembre, no existe ninguna investigación científica que haya demostrado alguna propiedad curativa en este compuesto derivado del clorito de sodio.

Tanto las autoridades competentes norteamericanas (FDA), como españolas (AEMPS) y de otros países, han advertido sobre la peligrosidad de ingerirlo: insuficiencia hepática, renal, etcétera. Sin embargo, los desalmados mercaderes que no dudan en enriquecerse a cualquier precio lo venden como antiviral o remedio para el cáncer o la hepatitis.

Volviendo a mi sorpresa inicial, una de las cosas que más me llama la atención es el menosprecio a la investigación científica y a los resultados obtenidos con sus métodos. Desde la antigüedad clásica de Grecia y Roma, nos llegan los ecos de la importancia de la razón como forma de acceder a la verdad, más allá de todo tipo creencias.

Muy sabiamente, nos dice Lucrecio: “…abraza mis verdades si son ciertas, o ármate contra ellas, si son falsas; con la razón el ánimo examina lo que hay del otro lado de los muros del orbe, en los espacios infinitos, hasta do quiera penetrar la mente, y el espíritu libre remontarse”.

"Con la razón", subraya Lucrecio. Razón que no parece utilizarse de una manera suficientemente fina por aquellos que prefieren abandonarse a la fe en gurús iluminados por una sabiduría que no admite ningún tipo de confrontación.

Gurús que deben ser algo así como reencarnaciones luminosas de los viejos profetas y que parecen tener un conocimiento casi omnisciente capaz de abarcar los secretos pensamientos de Bill Gates, y de los sucesores de Fu Manchú

Hace ya unos cuantos siglos que el simple racionalismo abstracto como forma de explicación de los fenómenos naturales fue sustituido por el método científico basado en la observación y en la demostración empírica.

La palabra “planeta” significaba en griego “errante” y así se denominaba por la imposibilidad de calcular su trayectoria en comparación con la de otros cuerpos celestes como el Sol o la Luna, cuyo movimiento aparente era regular.

Ninguna hipótesis racional pudo explicar sus movimientos hasta que el telescopio permitió una observación paciente y rigurosa. Pero, sobre todo, fue preciso prescindir de los prejuicios y creencias religiosas que no querían admitir lo que los datos demostraban: la posición central del Sol y no de nuestro planeta en el sistema solar. Por cierto, que todavía hay quienes afirman que la Tierra es plana: los terraplanistas No presentan prueba alguna, solo grandes dosis de desfachatez, mendacidad y desvergüenza. Como respuesta simple se puede ver este vídeo en el que Carl Sagan demostró a los terraplanistas que la Tierra es esférica usando un simple palo:



El método científico es importante no porque sea más moderno que el conocimiento basado en creencias, sino porque permite una mayor aproximación a la verdad. La verdad demostrada, no la verdad creída o “revelada”.

El conocimiento científico es el resultado de unas leyes propias que le permiten predecir resultados y nuevos fenómenos. Además, es el soporte de prácticas solidas en distintos ámbitos de la vida humana: la medicina, la ingeniería, … Y, sobre todo, es el instrumento más valioso para acercarnos progresivamente a la esencia de la realidad física (la única objetiva) en todas sus formas.

Las aplicaciones prácticas del conocimiento científico demuestran su superioridad con respecto a las creencias. Estas últimas pueden ser útiles (o no) en determinadas esferas de nuestra vida pero, desde luego, en cuanto a obtener un conocimiento verdadero (en la medida de las posibilidades del momento histórico) solo pueden alcanzar a plasmar intuiciones más o menos atractivas, pero sin capacidad para explicar de manera verdadera el universo que nos rodea o los procesos que se dan en el interior de nuestro cuerpo (incluyendo, por supuesto, el cerebro).

La ciencia, la verdadera ciencia –o, mejor dicho, la ciencia que busca la verdad– no se conforma con explicaciones basadas en afirmaciones peregrinas (o no) hiladas de forma más o menos ingeniosa según criterios basados en la coincidencia temporal (que si los chinos, que si el 5G, que si…) o en la creatividad más disparatada. Todo eso, como mucho, da para programas de entretenimiento fantasioso como Cuarto milenio, por ejemplo.

La verdadera ciencia debe demostrar de manera fehaciente las relaciones causa-efecto; no puede limitarse a ser una narración más o menos verosímil, según la credulidad y predisposición del auditorio. Cada cosa en su terreno: es muy diferente la búsqueda de explicaciones verdaderas de los fenómenos naturales de la mera pretensión de entretener a las audiencias. Y otra, diferente a ambas, es el engaño deliberado con el fin de obtener algún tipo de beneficio.

JES JIMÉNEZ

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