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15 oct 2020

  • 15.10.20
Lo clásico es lo constante, lo que permanece en el tiempo. Tanto, que ni la oscuridad medieval fue tal, entre otras razones, gracias a la leve, pero suficiente pervivencia del Mundo Clásico. Sin embargo, cabe plantearse cuál es la cualidad de una obra literaria, escultórica, arquitectónica, etc., para que pueda ser considerada clásica y, por tanto, constante en el tiempo. Si tuviera la respuesta, ya habría escrito varios libros dignos de ser considerados clásicos. Por tanto, hemos de entender que es una cualidad discutible e imposible de identificar.


En mi opinión, en el ámbito literario, quizá lo que hace más constante y permanente a una obra es su capacidad para irradiar humanidad. Los grandes clásicos de todos los tiempos no han hecho sino actualizar el intento de griegos y romanos –en especial, los primeros–, de reflejar los grandes dilemas del alma humana.

El ser humano, por naturaleza, busca una Ítaca a la que regresar, y a unos Penélopes y Telémacos por los que luchar. La Posmodernidad ha complicado algo más las cosas. Antes había una deidad y una vida posterior a las que aferrarse en último término. Ahora, como señalaba el psicoterapeuta Viktor Frankl, superviviente de los campos de exterminio nazi, nosotros hemos de buscar ese sentido, preguntándole a la vida qué espera de nosotros, y no al revés.

El ser humano se encuentra solo y desnudo en un mundo lleno de horrores. Ni la ayuda de Palas Atenea fue suficiente para evitar al sufrido Odiseo decenas de vicisitudes con las que, todavía hoy, cualquier persona puede identificarse. Es la confianza en sí mismo, y no tanto en los dioses, lo que permite a Odiseo cumplir su objetivo. Los dioses benefician al que sufre la adversidad.

Hoy en día, no todos tienen una Ítaca a la que dirigirse, ni la confianza en sí mismos como para superar las pruebas que nos impone la vida, ni la capacidad de mirar al abismo y preguntarle a la vida qué espera de nosotros. No se les puede culpar. Sin embargo, más que nunca, los clásicos son una ventana en la que verse reflejados.

Pocas cosas son más humanas que verse en un dilema imposible, de vivir una situación en la que, haga lo que se haga y decida lo que se decida, la persona está destinada a perder. En la rueda de la fortuna, ¿quién no ha estado alguna vez en una buena situación, como le ocurrió con al desgraciado Edipo, y no ha caído estrepitosamente por situaciones que no ha podido controlar?

El ser humano es juguete del destino, o quizá del azar, pero también es esclavo de sus pasiones, como comprobamos en la ira del eterno Aquiles, en los amores de Paris y Helena, quizá la primera femme fatale de la Historia, o en el conflicto fratricida entre Polinices y Eteocles, hijos de Edipo.

Pocos han reflejado la pasión de la rebeldía como Esquilo en su Prometeo encadenado, ni han sido tantos los capaces de reflejar la situación de la mujer caída en desgracia como Eurípides en Las Troyanas. Grandes y grandilocuentes mitos reflejados en el arte, que también tienen su equilibrio en la faceta humana del humor. 

Es divertido imaginarse que, en el actual contexto de bloqueo e irresponsabilidad institucional en el que nos encontramos, las respectivas parejas de los líderes de los diferentes partidos políticos españoles se pusieran de acuerdo en no mantener con ellos relaciones sexuales hasta que no hubiera acuerdo.

Aristófanes ya lo pensó en su Lisístrata, en el contexto de la Guerra del Peloponeso, el principio del fin de la cultura griega. Del mismo modo que, en el mundo romano, Plauto ridiculizaba a los Cristianos Ronaldos de la época en su Miles gloriosus, entre otras parodias dignas de Los Morancos. Por otro lado, es imposible no encontrar símiles modernos en las mordaces sátiras de Marcial.

Todos estos personajes y estas historias rezuman una humanidad con la que es fácil identificarse, lo que les garantiza su permanencia en el tiempo. Sus reinterpretaciones son constantes y necesarias como testimonio de permanencia.

Recientemente he leído La versión de Penélope, de Margaret Atwood, feminista conocida por ser autora de El cuento de la criada, que es una reinterpretación de la Odisea. Atwood da voz a una Penélope decepcionada al conocer, ya en el Hades, los devaneos de su marido de camino a Ítaca. Y es sólo un ejemplo de un número infinito de reinterpretaciones de clásicos, que esperemos que nunca tenga fin.

Mientras que el ser humano sea lo que es, mantendrá los clásicos. No por puro sentido de la conservación, sino por necesidad. Aunque no se lean los originales, las personas seguirán necesitando de los relatos, los ejemplos y los arquetipos ofrecidos por la Antigüedad Clásica como forma de verse a sí mismas.

En un momento en el que nos sentimos asediados por una realidad mucho más grave que la simple pandemia, recuperar los clásicos grecolatinos, aunque no sea a través de los textos originales, puede ser una manera de ofrecer inspiración, tan necesaria para superar estos días grises.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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