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24 ene 2021

  • 24.1.21
“¡Nos veremos pronto!”, así se despidió (o amenazó) al dejar la presidencia un personaje que nunca debió de estar en ese cargo y que, finalmente, su ‘no presencia’ en el acto de la jura del nuevo presidente John Biden supuso un alivio para una población que se temía lo peor.


Y es que en los inicios del 2021 habíamos asistido atónitos a las imágenes que los distintos canales televisivos nos mostraban del asalto al Capitolio estadounidense, situado en la ciudad de Washington, por una absurda y variopinta turba armada, tras ser incitada a ello por el propio presidente de los Estados Unidos: Donald Trump.

Las declaraciones posteriores a ese asalto de algunos de los miembros de la Cámara de Representantes, caso de la demócrata Alexandra Ocasio-Cortez, nos hacían ver que estaban convencidos de que morirían durante esa penetración. Pero la información más contundente fue aquella que nos informaba de que un grupo de asaltantes iba directamente a por el vicepresidente Mike Pence al que consideraban un traidor y que salvó la vida porque un policía les condujo por un pasillo contrario al lugar en el que tenía el despacho.

Pareciera que la actual mayor potencia mundial está condenada a conocer cada cierto tiempo el asesinato de políticos o personajes relevantes. Es lo que deducimos tras la lectura del libro Magnicidio. Crónica negra de los presidentes asesinados en Estados Unidos, editado en 2018, siendo su autor José Luis Hernández Garvi.

Las causas de los magnicidios son varias, pero conviene no olvidar que en este país la población es libre de poseer armas de fuego, por lo que a partir de los 18 años cualquier ciudadano, presentando su documento de identidad a las numerosas tiendas que hay a lo largo y ancho del territorio, puede tener en casa un verdadero arsenal.

No es de extrañar, pues, que el 14 de abril de 1864 fuera asesinado con un tiro en la cabeza el decimosexto presidente de Estados Unidos, Abraham Lincoln, a manos de un actor llamado John Wilkes Booth mientras se encontraba en el palco del teatro Ford de la ciudad de Washington viendo la obra Our american cousin (Nuestro primo americano).

Hemos de recordar que Lincoln era presidente por el Partido Republicano que abogaba por la abolición de la esclavitud de la población negra que procedente de África trabajaba, principalmente, en los estados sureños. Así, la Guerra Civil o Guerra de Secesión de los Estados Unidos, que se desarrolló entre 1861 y 1865, fue el conflicto más sangriento que se produjo entre los Estados Confederados del Sur que deseaban mantener el sistema esclavista, ya que era fundamental para su producción, y los Estados Unionistas del Norte que se pronunciaron en contra de la esclavitud.

Aunque haya transcurrido siglo y medio de aquella guerra, todavía en el Sur muchos mantienen la bandera confederal como seña de identidad (una de las que vimos en el asalto al Capitolio), ya que el racismo sigue vivo en una parte significativa de la población blanca que no perdona aquella derrota y abiertamente odia a los negros. Y si a esto le sumamos que hay más armas de fuego en manos civiles que población en Estados Unidos podemos entender que el magnicidio en este país no sea un hecho aislado.


Tras el asesinato de Abraham Lincoln se produjeron los de otros tres presidentes: James A. Garfield en 1881, el de William McKinley en 1901 y el de John Fitzgerald Kennedy, que fue abatido el 22 de noviembre de 1963 en la ciudad de Dallas, Texas, cuando viajaba en un coche descubierto junto a su mujer Jacqueline, al tiempo que era aclamado por la gente que abarrotaba las aceras.

Como autor de este último magnicidio, fue detenido el exmarine Lee Harvey Oswald. Dos días después, el 24 de noviembre, la policía de Dallas decide trasladarlo a la cárcel del condado. Mientras es conducido por los estacionamientos subterráneos del cuartel de la policía, en medio de la multitud de periodistas, es asesinado a quemarropa por un disparo de Jack Ruby. Esto dio lugar a que no pudiera aclararse la posible conspiración que tenía como objetivo asesinar al presidente, por lo que se han escrito numerosos libros para explicar las diferentes versiones de este magnicidio.

Casi cinco años después, el 5 de junio de junio de 1968, Robert F. Kennedy, fiscal general de los Estados Unidos desde 1961 y hermano del anterior presidente, también fue abatido por un disparo en la ciudad de Los Ángeles por un ciudadano estadounidense, Sirhan Bishara, de origen palestino, al ser contrario al apoyo político que el entonces ya senador manifestaba al Estado de Israel. Robert F. Kennedy fallecería al día siguiente. El 9 de junio, presidente Lyndon B. Johnson declararía un día de luto nacional en su memoria.

Parecía que el ‘clan’ de los Kennedy, algunos de ellos reconocidos miembros del Partido Demócrata, estaban destinados a tener un trágico final. Sin embargo, el tercero de los miembros destacados en el campo político, Edward (Ted) Kennedy, llegó a ser senador por el estado de Massachusetts, falleciendo de manera natural en 2009.


No podemos dejar de lado la muerte violenta de Martin Luther King, uno de los grandes líderes en la defensa de los derechos civiles de la población negra estadounidense.

Nacido el 15 de enero de 1929 en Atlanta, capital del estado de Georgia, fue pastor de la iglesia bautista. Su compromiso social se manifiesta tempranamente cuando participa de manera activa en contra de la guerra que sostiene Estados Unidos contra Vietnam. Esta posición de compromiso social le condujo a que se implicara a favor de los derechos civiles de la población negra estadounidense, oponiéndose el fuerte racismo que existía especialmente en los estados sureños.

Martin Luther King siempre fue pacifista, dado que consideraba que la violencia no era el camino para la solución de los conflictos sociales. Recibió, en 1964, el premio Nobel de la Paz; no obstante, fue asesinado cuatro años más tarde en Memphis, cuando se preparaba para una cena con un grupo de amigos.

Para cerrar, y tal como he apuntado anteriormente, hay que indicar que los magnicidios han existido a lo largo de la historia, pero no deja de sorprender que en Estados Unidos la venta de armas sea abiertamente libre y que los distintos presidentes no sean capaces de doblegar a la poderosa Asociación Nacional del Rifle que pone todo su empeño en que no se limite la venta de armamento. Todo esto tiene sus consecuencias.

AURELIANO SÁINZ

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