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28 abr 2021

  • 28.4.21
“¡Desdichadas antigüedades de nuestra patria, abandonadas a merced de la ignorancia y de la codicia!”. Esta frase aparecía en un libro sobre yacimientos arqueológicos publicado en 1868 pero, desdichadamente, parece que tiene total vigencia más de 150 años después, tal y como puede comprobarse en unos pocos ejemplos tomados de los últimos años –y únicamente en Andalucía–:


Las irrecuperables tumbas romanas de Carmona: así fue el expolio de la necrópolis en el siglo XIX”.

Arqueólogos se personarán como acusación en el expolio de la zona arqueológica de Huelva”.

Se han intervenido más de 30.000 objetos de interés arqueológico en 16 registros practicados en las provincias de Cáceres, Sevilla, Granada y Cádiz”.

Por eso, en esta ocasión quiero hacer visible la obra del autor de dicha frase, Manuel de Góngora y Martínez, a quien el tiempo –o, más bien, la desmemoria de los hombres– ha ido borrando su huella. Si buscamos en Internet no encontramos demasiadas referencias: en Wikipedia, además de las entradas en las versiones castellana y catalana, solo tiene un artículo dedicado en la versión ¡armenia! (que se puede consultar aquí).

Manuel de Góngora nació en Tabernas (Almería) en 1812 y dedicó gran parte de su vida, y de manera apasionada, a lo que entonces se denominaba “Antigüedades” y que hoy llamamos “ArqueologíaEntre sus hallazgos más conocidos figuran las imágenes de la Cueva de los Letreros en Vélez-Blanco (Almería), donde apareció el famoso Indalo, entre otras imágenes e inscripciones.


Uno de los grandes méritos de Manuel de Góngora es ser uno de los primeros investigadores en aplicar los principios del positivismo al estudio de los restos del pasado, superando las especulaciones basadas en las creencias religiosas o en mitos sin ninguna base empírica.

Fue un arqueólogo serio y concienzudo en su trabajo, utilizando los medios más modernos disponibles en su época y no dudando en financiar sus expediciones con su propio patrimonio. En los años cincuenta del siglo XIX emprendió el estudio, sobre el terreno, de una serie de yacimientos en la provincia de Jaén.

Fue en estos trabajos en los que por primera vez, en España, se utilizó la fotografía como instrumento de documentación arqueológica. Para ello, Góngora solicitó la colaboración del fotógrafo Genaro Giménez. También figuraba en la expedición un ayudante de Obras Públicas, Baltasar del Prado, encargado de realizar los planos de los yacimientos de manera rigurosa y científica.

Y esto es precisamente lo que considero más digno de destacar: su interés en la documentación visual, en hacer visible la presencia histórica de otras gentes, de otras culturas que allí habitaron. Fruto de su trabajo es una obra que me parece magistral, teniendo en cuenta las condiciones objetivas del momento en que se publicó.

Me refiero a Antigüedades prehistóricas de Andalucía, publicada en 1868 y que, probablemente, pueda considerarse como el primer libro que da cuenta de imágenes prehistóricas y, desde luego, uno de los primeros publicados en España sobre prehistoria en general.

En esta obra se dan a conocer por primera vez imágenes rupestres en cuanto que expresión de culturas prehistóricas. Para valorar este auténtico hito en los estudios del arte prehistórico, hay que tener en cuenta que las pinturas de la cueva de Altamira se descubrieron en 1879, once años más tarde, y que fue el descubrimiento de esas pinturas el que marcaría el comienzo del reconocimiento de la importancia del arte paleolítico.

En el libro se describen las imágenes encontradas en Fuencaliente en 1785: “En los dos frentes esteriores [sic] de izquierda y derecha, aparecen más de sesenta símbolos ó geroglíficos [sic] escritos con modo rústico y sencillo por el dedo índice de ruda mano y con tinta rúbrica bituminosa.”


Naturalmente, también se habla de las imágenes descubiertas por él mismo en la Cueva de los Letreros, (Vélez Blanco, Almería): “Este descubrimiento es exclusivamente mío (…) y me proporciona la gloria de ser el primero en España que da a conocer una escritura prehistórica enteramente nueva y desconocida”.

Se puede apreciar la tendencia de Góngora en interpretar las imágenes que estudia como jeroglíficos o letreros, en definitiva, como alguna forma de escritura verbal primitiva.

Como ya he dicho más arriba, no se habían descubierto las pinturas de Altamira, ni las de Lascaux, ni mucho menos las imágenes de cerdos salvajes en Célebes sobre las que ya hablé. Faltaban muchos años hasta que Breuil publicara, entre 1933 y 1935, un estudio de conjunto sobre las pinturas esquemáticas de la península ibérica.

Si observamos con cierta atención la ilustración número 81 (junto a estas líneas) podemos apreciar la figura de un cérvido en la zona inferior derecha. No parece haber llamado la atención del autor, que ha fijado su atención en los trazos esquemáticos, más abstractos, que han sido remarcados en el dibujo.

Su interés por posibles huellas de alguna forma de escritura primitiva ha “invisibilizado” al animal. Y como ya he dicho más arriba, todavía no se habían descubierto cuevas que demostrarán las capacidades artísticas de los humanos prehistóricos.

Es de destacar la cuidadosísima edición de la obra, en la que se ha dado una gran importancia a las imágenes como transmisoras de información. Por eso no se han escatimado las mismas: un total de 166 láminas más un detallado mapa, para un texto de unas 120 páginas. Incluso el papel se fabricó expresamente para esta publicación en Quentar (Granada). Se incluyen minuciosos y exhaustivos índices de temas y de imágenes. Todo ello revela a Manuel de Góngora como un extraordinario comunicador, alguien empeñado en hacer visible lo invisible.

JES JIMÉNEZ

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