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HG Manuel | La fotografía (XXXVIII)


Retiré la llave, di un empujoncito y la puerta se abrió con obediencia; cerré, sin prisa, y apoyé la espalda en ella. Enseguida me vino el silencio, amo de casa al que conocía bien: todo preparado para que nada suceda; aunque este, su carácter, era distinto, se presentaba confiado, inocente como un gatito desnutrido y con síntomas de sufrir una afección dolorosa: orfandad, abandono… Con amable indiferencia permitió que el ánimo del intruso le pasara su aliento por el lomo y en silencio le hablara de otros silencios, pretendía así sonsacarle hábitos, costumbres del que un día fuera su dueño. Le habló, por ejemplo, del silencio último de Lucía, la mimo blanca que mirabas de paso, cuando la casualidad lo imponía, sin que sus ojos inmóviles en la cara redonda, inexpresiva, embadurnada de blanco y remarcada por el negro del gorro y de la gola fúnebre, de payaso, miraran a nadie desde el satén que cubría la peana y se derramaba por el suelo, charquito rojo donde recibía pocas, muy pocas monedas; pensaba yo en su oficio de figurita blanca, inmutable, que a veces mostraba el tallo de una rosa o un fondo de espejo con su cara inerte: estética ofrenda en el cáliz de sus guantes blancos a todos y a nadie, los de siempre y los de nunca paseantes de la acera, su trozo de acera, escenario de su larguísima actuación inerte; imaginé largo días de desánimo y horas, atenta y concienzuda en consumir el futuro para componer la pose, el gesto sin vida, su vaga esperanza de aniquilar el movimiento para alzarse en estatua, simulado el aliento, sin variar, con fríos y veranos percutiendo en la figurita muda y tristísima, envejecida frente a los tilos, apartada contra el zócalo de piedra de un gran banco comercial, a la orilla, siempre a la orilla de la gente. –Leído en un periódico de la mañana, página interior, sección local, negrita: Adiós a Lucía, la mimo triste de la Gran Vía–. Y el silencio, armonizado con la pena del intruso, mostró dos clases de silencio: la ausencia de Castilla y la presencia de Lucía en mi recuerdo, y algo más, que la vida entraba conmigo, en su faceta curiosa, puede que diligente.

–Muy bien. Atento, a lo tuyo –me dije.

El piso era de modestas dimensiones, con modesto mobiliario, el aparejo adecuado para una vida modesta; las pretensiones, tan variadas como las personas, son otro cantar. Olía a algo indefinible, la suma de olores que emana el ajuar de cada casa, único, distinto, peculiar, tan sutil que pasa indiferente o desapercibido; ese algo contiene distintos ingredientes en dosis variable, la dejadez, tal vez algo más sofisticado: la desidia, puede que algo más trágico: la decepción, o más llevadero: conformidad… pero quién era yo para dármelas de fino husmeador, nada menos que saber distinguir las distintas materias de ese destilado: orden, sudor, colonia, detergente, alimentos, fibras de tejido, briznas y motas de cualquier cosa… que me llevarían a deducir actitudes, costumbres, miserias… En fin, lo cierto era que la fregona y la bayeta, desde hacía mucho tiempo, no lo visitaban.

Me despegué de la puerta. El tiempo, ocioso, sin rumbo, sin tener a quien endosarle fugacidad ni permanencia, parecía despistado. A la izquierda de la entrada, bajo la sombra de un perchero vacío como un árbol seco había una consola con aspiración a isabelina; entre sus patas torcidas se apilaban tres cajas transparentes con sendos pares de zapatos; sobre ella, un espejo ovalado delataba al andoba que examinaba con todo detalle el contenido de la hoja de cerámica que había junto a un jarroncito de barro pintado de blanco con ribete y flores azules: un recibo del servicio de aguas, un boleto de lotería del año anterior, la factura de un supermercado, con fecha de marzo, la cuenta de un restaurante (menú del día) y, oculto por estos papeles, un colgante con tres llaves: idénticas a las que yo había empleado. El tipo dejó todo tal y como estaba y se hurtó del espejo.

Las persianas estaban subidas y la luz algo pálida parecía aguardar algo, quizá un simple movimiento, pero sin prisa, aposentada y a sus anchas; y sí, también estaba, reposado y presente, delator de ausencias, el polvo, finísimo, apenas perceptible, que mencionara el abogado, en los numerosos estantes, en el sillón abatible de cuero marrón y bastante trotado, y en la mesa, cargada de libros, carpetas, agendas… Me giré para seguir escrutando aquel saloncito, cuarto de estar y de trabajo, agobiado por un sufrido sillón orejero de tela beis equipado con un cojín de color mostaza, dos sillas con los asientos de mimbre, la estantería metálica con baldas de madera comprimida… y la descubrí, en actitud tranquila, dueña y señora abarcándolo todo, el mismo aire, con sus cientos de ojos: la soledad, su rencor minucioso, paciente como un gusano. En su presencia, desfilé ante los lomos de los libros, ordenados por el apellido del autor, la gran mayoría encuadernados en rústica y lastimados por el uso, algunos había que conservaban el celofán; topé con una colección de once volúmenes: el formato era más ancho y sobresalía entre los otros. Cogí uno por uno y los fui hojeando; los pliegos estaban mal encolados y los dibujos en la portada, firmados por una tal Natalia, eran de alguien que no sabe dibujar; anoté la dirección de la imprenta porque el autor y editor no era otro que Castilla.

Continué mi rastreo y pasé al dormitorio, con balconcito tras los visillos y la persiana aquí también levantada; me acerqué a mirar: un trozo de fachada. Ordenado, olor neutro, la cama, holgada para una persona y cubierta con un edredón –me vino a la memoria que la primavera llegó con frío–, estaba hecha, y debajo, sobre la alfombrilla, aguardaba un par de zapatos bien lustrados. Sobre la mesilla de noche, junto una lamparita que imitaba a un quinqué, un despertador continuaba su tictac; en el hueco había dos libros, uno más grueso (el doble), Pretérito imperfecto de Carlos Castilla del Pino, y otro, Diario de un hombre humillado de Félix de Azua; en este había un trozo de papel, a modo de marcapáginas, que tenía escrito con lápiz medio borrado (y mancha de café) lo siguiente: «La muerte es una estupidez, palabras de Francis Bacon. Y no le falta razón: todo este enorme trabajo, diario, de siglos, de años a millaradas, para llegar a lo mismo, la suma de tanta idiotez acumulada: un nuevo nacimiento. Alguna vez será el último, por un motivo tan fútil como rápido y terrible: El progreso consiste en renovarse, palabras de Unamuno, no le falta razón» y, debajo, esta frase: «paciencia, que todo puede esperar». Sostuve el papelito sin entender nada, me pareció contradictorio o feroz, y lo devolví a su página. Me incliné para abrir el cajón; algunos papeles doblados, como facturas de hotel y del supermercado, tarjetas comerciales, una caja de paracetamol, otra de tiritas, un reloj de pulsera con una aguja suelta, dos libretas de ahorros, una perforada y la otra con varios apuntes de cuatro años atrás, un tubo de pegamento y dos chinchetas. Dejé aquello y me acerqué a la cómoda. En el cajón superior había carpetas con creaciones de letra grande y redonda, casi infantil, de las más diversas materias, alguna documentación bancaria y administrativa, las fechas eran diversas y ninguna del año en curso; en los otros, ropa de baño y de cama, una cubertería de plata en su maletín de cuero negro embutido en una funda de tela, y una caja para camisas llena de fotografías que me parecieron antiguas, familiares, y no las toqué. Seguí con el armario, de puertas correderas: ningún traje y sólo una chaqueta, el corte parecía anticuado; todo lo demás era, entre lo nuevo y lo gastado, escaso y práctico.

HG MANUEL

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