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HLA

FENACO



4 mar 2023

  • 4.3.23
Acabo de leer uno de los numerosos libros dedicados a la vida de Vincent van Gogh, con la singularidad de contener todas sus obras pictóricas, que alcanzan la asombrosa cifra de 820 cuadros, y que corresponden a sus últimos años. Su autor es el alemán Rainer Metzger, que los cita y presenta de manera cronológica, al tiempo que cuidadosamente documentados, ya que comienza por el que lleva el título de Muchacho agachado con hoz, que corresponde a octubre de 1881, y acaba con Trigales con vista de Arles, de julio de 1890, poco antes de quitarse la vida.


Todos hemos oído hablar de la trágica y corta vida de este pintor holandés del siglo XIX, que murió sin haber vendido un solo cuadro, porque los que creía haberlo hecho se debió a que su hermano Theo, galerista en París, se los adquiría, haciéndole creer que había un público interesado en ellos.

Sobre Van Gogh he publicado diversos artículos: Camino hacia la locura: Vincent van Gogh o Los rostros de Van Gogh (1) y Los rostros de Van Gogh (y 2). En este caso, quisiera describir, con cierta brevedad en los comentarios, la pasión que sentía por la naturaleza, seleccionando diez de sus cuadros para que comprobemos la belleza que se desprendía de este pintor autodidacta, ya que el mayor interés de este breve trabajo es, precisamente, la visión de algunas de las obras de esta temática.


El padre de Vincent era un pastor protestante que gran parte de su trabajo pastoral lo desarrolló en el pueblecito de Nuenen, por lo que algunos de sus lienzos hacen referencia a sus entornos. Es lo que acontece con este de 1885 y que lleva por título Paisaje otoñal.


Si uno aproxima la mirada al cuadro precedente, lo que percibirá son amplias pinceladas, sin que se contemple ningún elemento concreto del campo. Esta es una característica de la técnica de los pintores impresionistas y que podemos ver en la obra anterior titulada Senda del Parque Voyer d’Argenson en Asnières, de 1887.


Tras las lluvias de primavera, los campos se llenan de múltiples hierbas en las que se intercalan flores silvestres, que son un verdadero placer para la vista. Es lo que a fin de cuentas expresa Van Gogh en este lienzo titulado Parque de Asnières en primavera.


En ocasiones, basta con que aparezca en pájaro volando para que la propia naturaleza multiplique su expresión de vida, ya que el movimiento de las aves se percibe al instante. Esto lo podemos ver en el cuadro titulado Trigal con amapolas y alondra, también de 1887.


¿Quién no ha caminado alguna vez por un sendero de un pequeño bosque y se ha sentido en plena comunión con la naturaleza? Lo sorprendente de este cuadro, Senda en el bosque, es que con el cambio de unas pinceladas de color más claro logra remitirnos a ese sentimiento tan profundo desde que somos pequeños.


En sentido contrario, cuando las luces del sol se van apagando en el horizonte, nuestra permanencia en el bosque nos resulta inquietante. Esto lo conocíamos de pequeños por los cuentos en los que se nos narraban de niños. Van Gogh lo expresa en Árboles y monte bajo, en el que la luz se apaga con el uso de tonalidades más oscuras en su paleta.


De todos modos, en el pintor holandés prevalecía la exaltación de los colores lumínicos que se manifestaban en los campos a los que salía a pintar de manera directa. Lo apreciamos en el que lleva por título Huerto en flor con melocotoneros, de 1888.


En ocasiones, era un único árbol el protagonista de su obra. Al igual que sucede en el valle del Jerte, al norte de Extremadura, que cuando los almendros florecen la belleza del campo se vuelve admirable, en el lienzo que lleva por título Melocotonero en flor (Recuerdo de Mauve) se aprecia ese esplendor de la naturaleza.


Los avances en sus tensiones emocionales internas lo hacían caminar hacia la locura. Esto se aprecia también en su obra, ya que la naturaleza, tierra y cielo se retuercen al igual que los olivos que pinta, como este que lleva por título Olivos con los Alpes de fondo, de 1889, un año antes de que se quitara la vida.


No quiero cerrar sin hacer alusión al mundo del trabajo y de la vida sencilla que en ocasiones plasmaba. De ahí que traiga como cierre el cuadro que lleva por título El puente de Langlois en Arles con lavanderas, que nos retrotrae a tiempos pasados, cuando la ropa se lavaba en ríos y riachuelos, puesto que la naturaleza también era el medio de actividades que ahora se convierten en recuerdos.

AURELIANO SÁINZ

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