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Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas
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6 dic 2020

  • 6.12.20
El próximo 9 de diciembre se celebra el Día Internacional del Laicismo, fecha que se ha tomado como referencia en la que la Constitución de Francia de 1905 declaraba al Estado francés como laico. En nuestro país, y a pesar de la acusada secularización de la sociedad, del término “laico” o del laicismo apenas se habla, puesto que en todo caso se suele decir que vivimos en un Estado “aconfesional”, sin que se tenga muy claro qué implica en los distintos ámbitos este término.


Aprovechando esta conmemoración, me ha parecido oportuno realizar una entrevista a José Antonio Naz, coordinador de Andalucía Laica, organización que forma parte de Europa Laica, que es el referente nacional del laicismo en nuestro país.

Sobre el entrevistado, aparte de un buen amigo de muchos años, quisiera apuntar que ha sido profesor de Francés en distintos institutos (entre ellos, Inca Garcilaso de Montilla y Blas Infante de Córdoba). En la actualidad se encuentra jubilado, por lo que su dedicación a la causa del laicismo es bastante intensa.

—José Antonio, me gustaría comenzar esta entrevista de modo que nos aclararas el término laicismo, tan poco conocido en nuestro país, y en qué consiste en ser laico. 

—Considero que ser laico es defender el laicismo, término que puede definirse por tres principios. En primer lugar, por la defensa de la libertad de conciencia, es decir, de la potestad personal a las propias creencias sin ser discriminado ni privilegiado por ello. También, por la de la igualdad de derechos de todas las personas, reflejada en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, lo que obliga a la sociedad a que se respeten por igual a creyentes o no creyentes, lo que conduce a la separación del Estado de cualquier confesión religiosa. Y en tercer lugar, por el interés que supone garantizar el ámbito público como algo común y general para toda la ciudadanía.

—En la actualidad, tras muchos años de actividad, eres coordinador de Andalucía Laica, organización que representa en nuestra tierra a Europa Laica. ¿Me puedes explicar cuáles son los objetivos que se plantean en esta última organización y qué nivel de implantación tiene en el territorio nacional?

—Como puede entenderse, Europa Laica tiene por objetivo fundamental conseguir la laicidad en la sociedad y que el Estado sea realmente laico, dado que este término es más claro que el de “aconfesional”, que solo existe en nuestro país. Esto supondría avanzar y profundizar en la democracia, puesto que en muchos aspectos se solapan lo público, que es de todos, con los intereses de la Iglesia católica que, a pesar de ser la religión mayoritaria en nuestro país, es una institución privada.

Como asociación, tengo que decirte que Europa Laica fue creada hace veinte años. Desde entonces, funciona tanto en el ámbito nacional como en las comunidades autónomas, con bastantes afiliados y simpatizantes. También contamos con socios en países europeos, manteniendo relaciones de cooperación con asociaciones humanistas de Europa.

—Antes de iniciar la charla, hablábamos de que una parte significativa de la gente de nuestro país suele pensar que el laicismo o ser laico es ir en contra de la religión o ser anticlerical, y que son cosas de agnósticos o ateos. ¿Qué puedes decirme de esto?

—Que para nada estamos en contra de ninguna religión. En nuestra asociación hay personas creyentes y no creyentes. Creo que la confusión radica en que, a pesar de los más de cuarenta años transcurridos desde la aprobación de la Constitución, en la práctica se mantiene el predominio institucional de la Iglesia católica, casi como si siguiéramos en el nacional-catolicismo franquista. En la separación de la Iglesia del Estado se ha avanzado muy poco.

—Enlazando con lo que indicas, España pasó de ser un Estado con una religión oficial a ser constitucionalmente aconfesional. Hoy, cada cual puede decir si quiere o no pertenecer a la Iglesia católica o cualquier otra confesión religiosa o a ninguna ¿No crees que esto es suficiente?

—Pienso que en realidad hay dos constituciones: una formal y otra real. Cierto que desde el punto de vista formal dejamos de ser un país confesional. Sin embargo, en la práctica, y a pesar de la amplia secularización de la sociedad, en muchos casos se sigue actuando como si la aconfesionalidad del Estado no existiera, y ello se debe a que no se ha desarrollado una legislación que acabe con muchos de los privilegios que provenían del régimen anterior.

Esto que indico puede verse, por ejemplo, en la influencia de la Iglesia católica en el ámbito de la educación pública, en la utilización de las tradiciones, en la financiación que recibe del erario, en la ausencia de impuestos de bienes que no están destinados al culto, etcétera. Y todo ello cuando los datos recientes del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) nos dicen que más de un 36 por ciento de los encuestados se declaran no creyentes, agnósticos o ateos, es decir, más de un tercio de la población adulta no se siente vinculado con ninguna creencia religiosa.

—En las campañas que lleváis adelante defendéis que la escuela pública también sea laica. Una objeción que se suele hacer te la planteo como interrogante: ¿No tienen los padres el derecho a que sus hijos reciban en los colegios enseñanza religiosa?

—Intentaré ser breve en este tema, ya que es extenso de argumentar. Para empezar, consideramos que también el menor de edad debería tener derecho a su propia libertad de conciencia. Por otro lado, es cierto que la Constitución española concede a los padres la posibilidad de elegir una formación religiosa para sus hijos, pero este derecho, que aparece en los Acuerdos con la Santa Sede de 1979, fueron elaborados antes de la aprobación de la Constitución, por lo que son preconstitucionales.

Por otro lado, la obligatoriedad de la religión en la enseñanza supone una segregación y división del alumnado desde edades muy tempranas en función de las creencias de los progenitores. Y un supuesto derecho de unos no debe conducir a una obligación para quienes no optan por la enseñanza religiosa, ya que, además, se les priva a todos de un tiempo que podría dedicarse a materias fundamentales.

Entendemos que la educación religiosa puede desarrollarse en sus respectivas comunidades, sea en los templos y dentro de las familias. La escuela pública debe formar a ciudadanos en valores comunes e instruidos en contenidos científicos y humanistas y en competencias que les permitan un desarrollo humano y profesional.

—Volviendo hacia atrás. ¿Por qué vuestra insistencia en la anulación de los Acuerdos con la Santa Sede de 1979?

—Porque, tal como he apuntado, son preconstitucionales, aprobados por un Estado que todavía se declaraba nacional-católico. Esos acuerdos no pueden estar por encima de la Constitución, ya que no tienen el rango de acuerdos internacionales como son, por ejemplo, los firmados con la Unión Europea. En realidad, para que queden anulados solo tienen que ser ‘denunciados’ por una de las partes (el Estado español o la Santa Sede).

De hecho, Europa Laica llevó a cabo una propuesta parlamentaria para que fueran anulados dichos acuerdos. La propuesta fue aprobada en Comisión por una mayoría de los partidos que formaban el Congreso en el año 2018, que siguen siendo mayoritarios en esta Legislatura.

—Un tema que habría que tratar de modo específico por la importancia que tiene es el de las inmatriculaciones. Para no excedernos, me gustaría que lo explicaras con la mayor brevedad posible.

—El caso de las miles de inmatriculaciones que ha llevado la Iglesia católica de inmuebles nace de la Ley Hipotecaria de 1946, cuando el Estado y la Iglesia funcionaban al unísono, de modo que le concedía a los obispos la capacidad de registrar propiedades que no aparecían en el Registro de la Propiedad, sin tener que presentar documentación de certificación de dicha propiedad. Es decir, se les equiparaba a los notarios.

Inicialmente, estaban excluidos los templos. Sin embargo, la ley fue reformada por el Gobierno de Aznar en 1998, de modo que también los templos podrían pasar a ser propiedad de las distintas diócesis. A partir de entonces, los obispos de nuestro país han registrado a su nombre todo tipo de inmuebles y prácticamente todos los templos. Y es que también se han inmatriculado cocheras, frontones, calles, plazas, etcétera, y una parte importante del Patrimonio público como son las catedrales o la propia Mezquita de Córdoba.

—Para cerrar, me gustaría que me indicaras el modo de ponerse en contacto con Andalucía Laica por parte de aquellos lectores que estuvieran interesados en ello.

—Para quienes deseen conocer nuestros planteamientos les recomiendo que visiten la página web laicismo.org y para contactar con Andalucía Laica pueden hacerlo en andalucialaica@andalucialaica.org o en cordobalaica@cordobalaica.org para quienes residan en Córdoba o su provincia.

AURELIANO SÁINZ

29 nov 2020

  • 29.11.20
De entrada, para quienes no conozcan el significado de TEA, quisiera indicar que ese acrónimo, o término que se obtiene a partir de unión de las iniciales de varias palabras, responde a las de Trastorno del Espectro Autista, que es la denominación correcta que se suele emplear cuando niños o niñas presentan manifestaciones de autismo, discapacidad que da lugar a que se encuentren centrados en sí mismos y distanciados del mundo exterior que los rodea.


Tengo que indicar que, en la actualidad, y dentro del ámbito educativo público, los escolares que presentan alguna discapacidad física o psíquica se encuentran integrados en las aulas con el resto de sus compañeros, al tiempo que, durante unas determinadas horas semanales, reciben la atención y el seguimiento de docentes que trabajan como tutores en las denominadas ‘aulas de integración’ para que avancen en sus necesidades específicas de aprendizajes.

Esto ha supuesto un importante avance, puesto que los centros destinados exclusivamente a los escolares con determinadas discapacidades implicaban que se les separaba del resto de niños y niñas de sus edades. Se puede entender que de este modo reciban mejor atención; sin embargo, presenta el problema que conllevaba el distanciamiento del resto, al tiempo que se genera en ellos un sentimiento de segregación al verse como personas distintas a las otras.

No es necesario que indique que madres y padres que tienen un hijo o una hija con una discapacidad saben que es necesario volcarse en ellos, a pesar del significativo progreso que ha supuesto el que sean considerados con igualdad de derechos y no verse segregados ni rechazados por la sociedad, tal como acontecía en épocas pretéritas.

Sobre el autismo hay mucho que aprender, ya que desconocemos sus orígenes, aunque sus manifestaciones, tal como he indicado, son las de escasa capacidad de comunicación e interacción con los demás, por lo que niños y niñas con TEA, en gran medida, se encuentran en ‘su propio mundo’ al que es difícil penetrar por parte de los demás.

Sin embargo, un modo de acceder a ellos es a través de sus dibujos, dado que cuando los realizan se encuentran aislados del resto mientras plasman gráficamente sus imágenes mentales. Para comprender esto, hemos de saber que, según la estadounidense Temple Grandin, los autistas piensan inicialmente con imágenes, para, posteriormente, trasladar sus significados a palabras.

Esto lo expresa una mujer a la que a los dos años se le diagnosticó una ‘lesión cerebral’, aunque más tarde se comprobó que era autismo. Lo sorprendente de su vida es que no solo se licenció en Biología, sino que llegó a alcanzar el grado de Doctora en ciencia animal por la Universidad de Illinois, centro en el que actualmente es profesora. A nosotros nos ha llegado un magnífico libro suyo titulado Pensar con imágenes. Mi vida con el autismo, cuya lectura me impresionó por el coraje y la sinceridad de sus palabras.

Pero para llegar al sorprendente nivel que alcanzó Temple Grandin fueron necesarios una dedicación y un empeño exhaustivos de su madre para potenciar sus habilidades motrices y sus facultades intelectuales con el fin de que no quedara relegada en este mundo tan difícil para la mayoría; y que para las minorías es casi como escalar el Everest.


Esto es, en cierto modo, lo que acontece con Almudena, una niña de diez años (cuando escribo esto está a punto de cumplir los once), ya que tiene unos magníficos padres que se vuelcan en que su hija avance, desarrolle sus capacidades y sea lo más dichosa posible dentro de las grandes dificultades que tienen que afrontar por presentar autismo.

Como datos, indicaré que a la madre de Almudena la tuve como alumna hace pocos años en la Facultad y en la especialidad de Educación Infantil. No le importaba estar con gente mucho más joven que ella, pues, imagino, que tenía el reto por delante de formarse en un doble sentido: por un lado, en el personal y, por otro, en capacitarse para poder comprender y ayudar a sus dos hijas, especialmente a Almudena, la mayor de ambas.

De igual modo, he llegado a conocer a su padre hace unos meses. Lo suelo ver con más frecuencia, por lo que charlo con él en su lugar de trabajo y, aunque no pueden ser muy largas las conversaciones, me explica el mundo de su hija y los avances que va teniendo.


De este modo, sé que una de las actividades que más le gusta a Almudena es dibujar y pintar, capacidad que ellos fomentan y que la niña se entrega a ella con gran entusiasmo.

Dentro de sus temas preferidos se encuentra el mundo de los pequeños animales (ratones, ardillas, pájaros…) todos ellos con carácter animista y muy cercanos a los que vemos en los dibujos animados. Son versiones personales que ella imagina de ese conjunto de imágenes con los que ahora la infancia está rodeada, sea en los cuentos ilustrados o en los programas de cine o televisión.

Así, en el dibujo que he seleccionado para la portada, vemos que ha plasmado un pajarillo que está tocando un instrumento de cuerda, junto a unas arcadas que recuerdan a las de la Mezquita de Córdoba, teniendo como fondo las siluetas de unos castillos.

Pero donde ella se expresa con más entusiasmo es en los dibujos que realiza de distintos pintores. Según me manifiesta su padre, ellos le proporcionan la lámina y Almudena acude a crear un pintor o una pintora a partir de sus animalillos y, una vez que traza el lienzo con el caballete, en su interior interpreta la composición que ha visto previamente.

Con el fin de que comprendamos su imaginación y sus capacidades gráficas, he incorporado las interpretaciones que ha realizado de Joan Miró, Piet Mondrian, Claude Monet y Gustav Klimt. De todos ellos, según me indica su padre, su preferido es Monet, quizás porque el pintor francés, dentro de su línea impresionista, se decantaba por la naturaleza, las plantas y las flores, que, imagino, la niña los siente como más próximos a su mundo.

Para cerrar, quisiera añadir que todos los seres humanos tenemos diversas capacidades. No nos dividimos en ‘normales’ y discapacitados, y que insistir en las carencias, incluso las más significativas, no deja de ser una manera de crearles más barreras a quienes necesitan un apoyo especial por parte de una sociedad que debe integrarlos, no solo en la infancia y la adolescencia, sino también cuando son adultos en el ámbito laboral, ya que es aquí donde encuentran verdaderos obstáculos para sentirse como personas que son verdaderamente útiles.

AURELIANO SÁINZ

22 nov 2020

  • 22.11.20
Uno de los efectos de la pandemia en la que actualmente nos encontramos es la ausencia de contactos físicos por el temor al contagio. Esto lo hemos notado no solo por la distancia que mantenemos al charlar, sino en algo tan natural en nuestras vidas como son los besos y los abrazos que de modo habitual dábamos en la familia o con los amigos. Sentimos, pues, una enorme extrañeza al tener que renunciar a estos contactos tan frecuentes en culturas como la nuestra, en la que nos solemos expresar con efusividad con aquellas personas a las que queremos.


Las mascarillas que ahora necesariamente llevamos puestas nos distancian y nos sirven de barrera no solo ante aquellos que nos son desconocidos, sino que también ante los más cercanos, dado que parecen ser una señal que nos indican que los abrazos y los besos se han aplazado hasta un tiempo futuro que no logramos precisar cuándo llegará.

Pensando en aquellos besos que se han ausentado durante estos meses tan gélidos, asomó a mi mente el recuerdo de uno muy apasionado que acabó convirtiéndose en la quintaesencia del beso de los enamorados. Me estoy refiriendo al que se muestra en un cuadro que lleva precisamente la denominación de El beso y que realizó el pintor austríaco Gustav Klimt. Título que pareciera que antes de que Klimt lo trasladara al lienzo ninguna mujer hubiera recibido esa expresión de amor tan intensa.

Esto lo pude comprobar la primera vez que visité Viena. En aquellos días, consideré necesario acudir a ver las obras del pintor más famoso de esa pequeña nación que es Austria. Bien es cierto que la propia Viena, ciudad maravillosa situada en pleno corazón de Europa, merece la pena ser visitada, ya que es un verdadero placer recorrer sus calles, contemplar sus amplias plazas cargadas de monumentos o ver los edificios que proyectó el genial arquitecto Adolf Loos, el mismo que preconizaba una nueva arquitectura alejada de todo ornamento superficial.

Acudir, pues, al Museo Belvedere, en el que se encuentra gran parte de las obras del pintor simbolista Gustav Klimt, se ha convertido en un rito casi obligatorio para todo visitante que arribe a la capital austríaca. Y ni que decir tiene que ese lienzo se ha convertido en un auténtico símbolo del país, por lo que es imposible desmarcarse de los múltiples souvenirs que aparecen por doquier de los enamorados que se están besando.

Este cuadro, cargado de un halo de romanticismo, nos muestra a una pareja en la que el personaje masculino envuelve en un abrazo amoroso a la mujer que le acompaña, al tiempo que besa el rostro de su figura frágil que, arrodillada, parece acoger con gozo ese estado de mutua entrega. Flores, hojas, vestimentas con adornos dorados, rodean a ambos, que acaban fusionándose entre sí, formando un todo perfectamente unido.

Una vez concluida la visita, es difícil regresar de Viena sin que uno no haya comprado algún objeto, grande o pequeño, que nos haga recordar a este célebre lienzo. En mi caso, fue un pequeño reloj de pared, de formato rectangular, que lo tengo colgado en el estudio y que siempre me trae a la memoria los espléndidos días que allí pasé.


Pero no solamente la obra de Gustav Klimt se ha convertido en el icono del beso de una pareja difundida a nivel planetario, ya que es posible rastrear más imágenes dentro del arte que nos recuerden a dos enamorados en las que ambos manifiestan el amor que se profesan.

Otro lienzo, que curiosamente también lleva por título El beso, fue el realizado por el pintor italiano Francesco Hayez (1791-1882). Obra cargada de un halo romántico en la que contemplamos a una pareja medieval en pleno beso amoroso, ya que el rostro del protagonista aparece ocultado parcialmente por el sombrero que porta.

Como detalle quisiera apuntar que el propio Francesco Hayez, convencido del valor simbólico de esta escena, hizo cinco versiones de esta obra, una de las cuales salió recientemente a subasta en la sala Christie’s de Nueva York dentro de una venta dedicada al arte europeo del siglo XIX.

Ciertamente, en las artes plásticas no son frecuentes las imágenes de parejas besándose, pues no recuerdo otras similares a las citadas. No sucede lo mismo dentro de la fotografía y, de modo especial, en el cine, donde son muy habituales los besos de los enamorados en distintos ambientes o en diferentes situaciones. Porque en las imágenes del mundo del celuloide hay todo tipo de besos: recatados, furtivos, atrevidos, cálidos… y, lógicamente, los apasionados.

Así, sin mucho pensar, me viene a la mente el beso que Burt Lancaster y Deborah Kerr se dan en la orilla de la playa en la película De aquí a la eternidad; o el de Rhett Butler a Scarlett O´Hara en Lo que el viento se llevó; o aquel con el que se despiden Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en Casablanca.

Y dentro de la fotografía, un beso verdaderamente apasionado fue el que registró el fotógrafo alemán Alfred Eisenstaedt en el año 1945, con el que un marino y una enfermera celebran su reencuentro tras la victoria de las fuerzas de Estados Unidos sobre las japonesas.

Según se nos ha dicho, el fotógrafo envió todo el reportaje que había tomado durante ese día en las avenidas de Nueva York, pero fue precisamente esa escena la que a la redacción más le interesó por el romanticismo que transmitía. Le preguntaron a Eisenstaedt quiénes eran los jóvenes que allí aparecían; lógicamente, no supo decir de quiénes se trataba, dado que fue un hecho totalmente imprevisto que pudo registrar fortuitamente con la lente de su cámara. Pero, finalmente, ese beso fortuito quedó registrado para siempre como el de dos enamorados que se encuentran en medio de la gran ciudad.

Como he indicado, hay muchos tipos de besos. De ahí que se hable de besos apasionados, besos traicioneros (recuérdese el beso de Judas), besos esquimales, besos de compromisos, besos fraternales, besos dados con los dedos, besos furtivos, besos en los encuentros, besos en las despedidas…

No obstante, no quisiera cerrar este escrito sin citar esos besos anónimos que están cargados de enorme ternura: son los que espontáneamente dan los niños a sus padres o a sus abuelos. Son los más limpios, los más puros, los más inocentes. 

Son los que penetran en el corazón de quienes los reciben, porque no necesitan acompañarse de palabras ni de grandes declaraciones para sentir la franqueza y el cariño de quienes los manifiestan, sabiendo que llegan a las mejillas cargados de la alegría que solo los pequeños saben transmitir. Y estos, por suerte, durante estos tiempos tan distantes y tan glaciales no se han podido confinar.

AURELIANO SÁINZ

15 nov 2020

  • 15.11.20
El pasado 13 de noviembre se cumplieron cinco años del atentado en la sala Bataclan, situada en el bulevar Voltaire del distrito IX de París. Un grupo de fanáticos pertenecientes al denominado Estado Islámico asesinaron a sangre fría a 89 personas que asistían a un concierto. Otros, de manera coordinada, continuaron sembrando el terror en distintos puntos de la capital francesa.


Resulta paradójico que este atentado se produjera en un lugar que lleva el nombre de uno de los grandes filósofos y escritores perteneciente a la Ilustración francesa del siglo XVIII y que con mayor pasión defendió la necesidad de que Francia fuera un Estado laico, al tiempo que arremetía contra los fanatismos religiosos. Pasados los años, en 1905, la Constitución francesa declaró oficialmente laico al Estado, con la separación de los poderes públicos de las confesiones religiosas.

Por otro lado, tengo que apuntar que la sala Bataclan fue proyectada en 1864 por el arquitecto Charles Duval en forma de pagoda china, por lo que su nombre original fue el de ‘Grand Café Chinois’, aunque cambió de nombre haciendo referencia a la opereta Ba-ta-clan de Jacques Offenbach.

A partir de los años setenta, en Bataclan se empezaron a programar conciertos de rock, por lo que el local se convirtió en un mítico lugar para los amantes de este género, ya que por allí pasaron nombres legendarios, desde Velvet Underground hasta The Eagles, sin olvidar a Lou Reed, David Byrne, Emmylou Harris, Alice Cooper y un largo etcétera.


Han transcurrido más de dos siglos desde que sus escritos sobre la intolerancia religiosa vieran la luz pero, por desgracia, los fanatismos religiosos siguen vivos y respaldados por políticos que se han apoyado en las distintas religiones o sectas religiosas para defender sus proclamas de odio contra la tolerancia, la diversidad cultural y de creencias de las personas. Conviene, pues, que echemos una mirada a este autor y destacar, a través de una selección de párrafos de sus obras, su pensamiento libre de prejuicios y de ataduras.

Puesto que Voltaire era un seudónimo que adoptó en su juventud, y del que nunca llegó a explicar la razón de este apelativo, conviene recordar que su verdadero nombre era el de François-Marie Arouet, que naciendo en París, el 21 de noviembre de 1694, acaba sus días en la misma ciudad a la edad de 83 años, es decir, en 1778.

Es importante indicar que su madre, que falleció cuando contaba siete años, era de familia noble, por lo que el pequeño François-Marie recibió una sólida formación en lenguas clásicas –latín y griego– en el colegio jesuita Louis-le-Grand de la ciudad parisina.

Esto nos lleva a apuntar que a pesar de sus invectivas en la madurez contra la intolerancia religiosa, él consideraba que la existencia de Dios era necesaria para explicar el origen del universo, aunque, una vez creado, no intervenía en su desarrollo ni en los asuntos humanos. Es, pues, lo que se conoce como deísmo, en el sentido de que se afirma la existencia de un ser supremo, pero sin que haya ninguna revelación, ni, en consecuencia, la necesidad de un culto hacia el mismo. Esta posición le generaría un ataque abierto por parte de las confesiones religiosas establecidas.

Tal como he apuntado, de sus escritos extraigo algunos pensamientos, al tiempo que indicaré las obras en las que aparecen. Comienzo por la crítica que realiza a los poderes políticos y religiosos como causantes del fanatismo y la intolerancia.

“La historia de los grandes acontecimientos de este mundo es poco más que la historia de sus crímenes. No hay siglo que la ambición de los seglares y de los eclesiásticos no la haya llenado de horrores” [Ensayo sobre las costumbres o Essai sur les moeurs (EM), vol. I, pág. 371].

“En todas las naciones la historia está desfigurada por la fábula hasta que la filosofía llegase para ilustrar a los hombres; y cuando la filosofía aparece por fin en medio de esas tinieblas, encuentra los espíritus tan cegados por siglos de errores que apenas puede desengañarlos; encuentra ceremonias, hechos, monumentos establecidos para constatar mentiras” [EM, vol. II, pág. 801].

“No solo la teocracia ha reinado durante mucho tiempo sino que ha empujado a la tiranía a los más horribles excesos que la demencia humana puede alcanzar; y cuanto más divino se proclamaba ese gobierno, más abominable resultaba. Casi todos los pueblos han sacrificado a sus hijos a sus dioses, ya que creían recibir esa orden desnaturalizada de la boca de los dioses que adoraban” [EM, vol. I, pág. 33].

“Bajamos los ojos y nos anulamos ante el prodigioso mérito de los que nos gobiernan: en cuanto nos acercamos a ellos quedamos asombrados de su mediocridad” [Le Sottisier (SOT), p. 43].

Las duras críticas que Voltaire lanzaba a los poderes políticos o al fanatismo nacido de las distintas religiones le llevó a ser encarcelado en La Bastilla en dos ocasiones, al igual que sufrir el destierro de su país. Así, entre 1726 y 1729, vivió su primer exilio en Londres, donde conoció al gran físico Isaac Newton y al filósofo de John Locke, a los que admiraba profundamente.

En 1756, vio la luz Ensayo sobre las costumbres. En esta obra se encuentra un capítulo dedicado a Miguel Servet, teólogo y científico español que fue enviado a la hoguera en 1553 por el Consejo de la ciudad de Ginebra y de las Iglesias Reformadas, en las que predominaban los calvinistas. Antes de esta obra, había publicado Mahoma o El Fanatismo, habiendo sido también objeto de polémica, por lo que su publicación fue prohibida.

“La superstición que hay que extirpar de la Tierra es que al convertir a Dios en un tirano invita a los hombres a ser tiranos” [Mélanges (MEL), página 1137].

“La caída del hombre degenerado es el fundamento de la teología de casi todas las naciones antiguas. La inclinación natural del hombre a quejarse del presente y a elogiar el pasado ha hecho imaginar en todas partes una especie de edad de oro a la que sucedieron siglos de hierro” [EM, vol. I, pág. 66].

“Si contásemos los crímenes que el fanatismo ha cometido desde las querellas de Atanasio y Arrio hasta nuestros días, veremos que esas querellas han servido mejor que los combates para despoblar la tierra, pues en estos no se destruye más que a los miembros de la especie masculina; pero en las masacres efectuadas por causa de la religión se inmola tanto a las mujeres como a los hombres” [EM, vol. II, pág. 662].

La fama alcanzada por Voltaire ha sido enorme, tanto que se le conoce como el personaje que acuñó el concepto de ‘libertad religiosa’ que hoy utilizamos como un derecho fundamental del ser humano. Por otro lado, su nombre va unido al de la libertad del individuo y al de la tolerancia entre las distintas creencias religiosas.

“Se ha pretendido en varios países que no le estaba permitido a un ciudadano salir de la nación en que el azar le había hecho nacer; el sentido de esta ley es claro: este país es tan malo y está tan mal gobernado que prohibimos a un individuo que salga por miedo a que se vayan todos” [Diccionario filosófico (DF), pág. 173].

“La única arma que existe contra ese monstruo es la razón. La única manera de impedir a los hombres ser absurdos y malvados es ilustrarles. Para hacer execrable el fanatismo no hay más que pintarlo. Solo los enemigos del género humano pueden decir: ‘Ilustráis demasiado a los hombres, insistís demasiado en escribir la historia de sus errores’. Sin embargo, ¿cómo pueden corregirse esos errores sino mostrándolos?” [EM, vol. II, pág. 931].

“Los hombres no son lo suficientemente sabios como para llegar a la tolerancia universal; no saben que hay que separar toda clase de religión de cualquier clase de gobierno (…). Llegará el día en que así sea, pero yo moriré con el dolor de no haber visto esos tiempos felices” [Carta a Elie Bertrand, 19 de mayo de 1765].

Cierro este escueto recorrido por el pensamiento de Voltaire con una frase que me parece fundamental: “Los países en los que hay libertad de conciencia se ven libres de un gran azote: no hay hipócritas” [SOT].

AURELIANO SÁINZ

8 nov 2020

  • 8.11.20
Ha transcurrido más de un año y aún suenan los ecos de la muerte de María José Carrasco. Fue el 3 de abril de 2019 cuando su marido, ante la petición constante de María José, le dio a beber pentotal sódico para finalizar una vida de treinta años marcados por el dolor generado por la esclerosis múltiple. Ambos sabían que la tan ansiada ley que regulara la eutanasia tardaría en llegar, por lo que decidieron acabar con este insoportable sufrimiento.


Sería un hito que siguió al famoso caso de Ramón Sampedro, cuya vida fue llevada al cine en la película Mar adentro, dirigida por Alejandro Amenábar. Exactamente, al igual que María José, soportó otros treinta años inmovilizado en una cama. Tras una interminable lucha por conseguir el derecho a una muerte digna, llevando su demanda jurídica hasta el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, y viendo que no llegaba a prosperar, en enero de 1998, en secreto y asistido por una mano amiga, decidió poner fin a esa vida que no deseaba.

Fueron casos que conmovieron a nuestro país y supusieron un profundo debate sobre el derecho a morir cuando ya la vida no ofrece más alternativa que el deterioro físico implacable y el sufrimiento. 

En nuestro país, el apoyo social a la aprobación de una ley que regule el derecho de las personas a morir evitando sufrimientos innecesarios es muy alto. La asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD) lo sitúa en el 87 por ciento de la población, ya que se considera que un enfermo incurable debe tener la posibilidad de solicitar que los médicos le proporcionen algún producto para poner fin a su vida sin dolor. Dentro de ese porcentaje, se encuentra el 59 por ciento que se considera católico. 

Dado que la propuesta de ley sobre la regulación de la eutanasia sigue adelante, después de que el 10 de septiembre en el Congreso se rechazaran las enmiendas a la totalidad presentadas por partidos de la oposición (Partido Popular y Vox), me ha parecido oportuno entrevistar a Gabriel Sánchez Bellón, profesor jubilado de Geografía e Historia, miembro de la asociación Derecho a Morir Dignamente, un veterano de muchas luchas sociales.

Con Gabriel quedé citado en una cafetería céntrica de Córdoba, bastante tranquila, para que pudiera darnos una visión sobre la situación en la que se encuentra el proyecto que regularía la eutanasia en nuestro país. Una vez finalizada la entrevista, regreso a casa con el fin de transcribir los aspectos esenciales de la charla, y que a continuación expongo.


—Antes de que nos expliques los aspectos sociales y legales sobre la eutanasia, me parece oportuno que nos cuentes las razones personales que te hicieron defender esta causa y te impulsaron a la incorporación en la asociación DMD como miembro activo.

—En mi caso, te puedo decir que la toma de conciencia del derecho a la eutanasia se debe a la experiencia que tengo relacionada con una persona muy cercana y conocer directamente los terribles efectos resultados de una enfermedad neurodegenerativa. Esta situación, lógicamente, te induce a reflexionar y a ser consciente de que, en última instancia, la vida nos pertenece a cada uno, por lo que debemos tener regulado el derecho a ponerle fin cuando consideremos que el sufrimiento ya no nos parece acorde con nuestro concepto de dignidad humana.

Con respecto a mi incorporación a DMD, te indicaría que se produjo a principios de este nuevo siglo. Posteriormente, en el año 2011, firmé mi testamento vital, hecho al que concedo gran importancia y que aconsejaría a la gente que lo realizara con tiempo. Posteriormente, hace unos cuatro años, pasé a ser miembro activo a raíz de la visita del doctor Luis Montes a Córdoba para dar una conferencia. A partir de ese acto, conocí a otras personas del grupo local de DMD, lo que me animó a involucrarme en las actividades de la asociación.

—Algo que me llama mucho la atención es que, incluso, en medio de la pandemia en la que vivimos, a la gente le cuesta hablar con cierta tranquilidad sobre la muerte, como si la finalización de la vida fuera cosa de los demás. Me gustaría saber, Gabriel, la opinión que tienes sobre este tema crucial del que habitualmente se evita hablar.

—Cierto que la gente no desea hablar de esta cuestión; sin embargo, cuando lo tratas con seriedad y respeto se suele prestar atención, por lo que se acaba reflexionando sobre el hecho de morir y sobre las condiciones a las que se llega en el final de la vida. Como ejemplo personal, te puedo indicar que ha sido muy positivo el trabajo que he realizado con estudiantes de institutos que, en teoría, estarían más alejados del tema y, sin embargo, acaban entendiendo en gran medida este problema.

Te puedo indicar, por otro lado, que considero importante el hecho de que haya muchas personas estén de acuerdo con la eutanasia y el suicidio asistido; no obstante, creo que es más relevante aún el que se realice el testamento vital, ya que se suele aplazar indefinidamente por distintas razones. El firmarlo te garantiza unas condiciones de seguridad que más adelante es posible que no puedas tener.

De todos modos, y relacionado con lo que estamos comentando, creo que algo decisivo ante la posible Ley de Eutanasia es haber vivido la experiencia de una muerte lenta y dolorosa de un familiar, puesto que te hace cambiar la perspectiva que habitualmente se tiene sobre la muerte. Y esto se ve acentuado cuando no hay suficientes unidades de Cuidados Paliativos.

Por cierto, no debe contraponerse cuidados paliativos con eutanasia. Los primeros alivian el dolor, aunque eso pueda adelantar la muerte, pero no hay voluntad de provocarla, y están ya reconocidos legalmente. En cambio, en la eutanasia sí hay voluntad de dar la muerte a una persona que la ha pedido libremente; o bien prescribir un fármaco que esa persona toma por sí sola para morir (suicidio asistido).

—Sobre este tema ya escribí hace algunos meses indicando que ya son varios los países que han legalizado la eutanasia, caso de Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Colombia, al tiempo que el suicidio médicamente asistido está reconocido en Suiza. Y esto se está extendiendo, con más o menos limitaciones: Alemania, Japón, Canadá y Estados Unidos (en los estados de Oregón, Colorado, Washington D. C., Montana, Vermont y California). Háblanos ahora un poco de la asociación Derecho a Morir Dignamente, así como de los principales objetivos que se marca.

—Nuestra asociación fue creada en 1984 por un grupo de personas que pretendían participar el debate público sobre el derecho de toda persona a disponer, libre y autónomamente, de todos los aspectos de su existencia, lo que incluye necesariamente su proceso final como es la muerte. Es una organización sin ánimo de lucro, que se financia por las cuotas de sus socios.

Para no extenderme en exceso, quiero indicar que los tres grandes objetivos que nos marcamos están relacionados con los siguientes derechos: 

a) El de cada persona a disponer con libertad de su cuerpo y de su vida, y a elegir de manera libre y legal el momento y los medios para ponerle fin. 

b) Otros como pueden ser la información clínica; el poder rechazar un tratamiento y que se respete esa decisión; el evitar situaciones inhumanas o degradantes, recurriendo a la sedación paliativa (morir durmiendo) si esa es su voluntad.

c) El de la despenalización de la eutanasia y el suicidio médicamente asistido para enfermos avanzados que libremente deseen liberarse de un sufrimiento que viven como intolerable.

—Para cerrar este encuentro, me gustaría que me indicaras si en vuestra asociación estáis de acuerdo con el proyecto que se ha presentado en el Parlamento o mostráis discrepancias con él.

—Nuestra asociación apoya este proyecto, que es un gran paso adelante, pero ha elaborado varias enmiendas que, a nuestro parecer, deberían modificarlo, pues es mejorable. Estas serían: 

a) El proyecto introduce la autorización previa a la prestación de la ayuda a morir, cuestión que no existe en los países que tienen leyes de eutanasia, caso de Bélgica o Países Bajos, ya que allí basta la decisión de dos médicos, que son los que envían el informe posterior a la Comisión de Control. 

b) Hay una excesiva burocracia en la ley española. 

c) Los requisitos médicos son bastante restrictivos (se exige la dependencia, la cercanía de la muerte, etc. ; y quedan fuera las demencias, por ejemplo).

No obstante, PSOE y Unidas Podemos ya han presentado enmiendas, como la que elimina la reforma del artículo 143.4 del Código Penal, que penalizaba fuertemente la ayuda al suicidio, como en el caso de Ángel Hernández.

Desde Andalucía Digital solo me queda dar las gracias a Gabriel Sánchez por haberse prestado a esta charla clarificadora, al igual que a la Asociación por el Derecho a Morir Dignamente por ese trabajo tenaz que lleva adelante para que, en el final de los días, las personas puedan decidir libremente por ellas mismas cuando el dolor se vuelve insoportable, viéndose protegidas por una ley, al igual que el personal médico que les asiste o los familiares que respetan su decisión.

AURELIANO SÁINZ

1 nov 2020

  • 1.11.20
Una de las cuestiones que siempre ha inquietado al ser humano es el constante e imparable transcurrir del tiempo, por lo que ha buscado los distintos modos de comprenderlo, de controlarlo o, si fuera preciso, de derrotarlo. Pero, en esta época de pandemia, cada vez sentimos con mayor intensidad que nos encontramos atrapados en un tiempo del que deseamos salir lo más pronto posible, recordando aquel en el que nos movíamos cotidianamente sin las amenazas ni las restricciones que ahora forman parte de nuestras vidas o con la esperanza de que entremos en una especie de normalidad con el coronavirus controlado.


El vocablo tiempo tiene muchos modos de interpretación, pero podemos entenderlo como los cambios y transformaciones que se producen en la realidad externa, o física, y en la mental, o psicológica, de cada uno de nosotros. Bien es cierto que para la externa nos guiamos por instrumentos que hemos creado como son los relojes; pero esto no deja de ser una convención humana, dado que la naturaleza no presenta unidades de medida.

Quizás el tiempo mental o psicológico, individual o colectivo, sea el que más incide en nuestras emociones, de ahí que para poder conciliarse con su transcurrir los humanos crearan deidades que les ayudaran a ejercer ese control que en la realidad física no pueden hacerlo.

Emocionalmente, solemos dividir el tiempo en tres modalidades: pasado, presente y porvenir o futuro. Si, por ejemplo, nos detenemos a pensar, cualquier instante en el que nos encontremos inmediatamente se convierte en pasado, de modo que para vivir en el presente tenemos que olvidarnos de él o imaginarlo como el periodo o duración comprendida en distintos momentos. Así, nos resulta posible hablar de la mañana, de la tarde, de la noche o del día para tener la sensación de estar en el presente.

Paradójicamente con nuestro modo de pensar y de sentir, el gran físico Albert Einstein nos dice que el tiempo no existe objetivamente dentro de la estructura de la materia y la energía que configuran el universo, por lo que sostiene que es una invención humana. Y habrá que creer a esta mente privilegiada de que el tiempo como tal no existe; pero las personas no podemos entender la realidad que nos envuelve sin aceptar un pasado, un presente y un futuro en el que creemos vivir.

Pero comenzamos a entender y a sentir el inapelable paso del tiempo cuando nos hacemos conscientes de que los seres vivos, y entre ellos nosotros, tienen un origen y un final, es decir, que nacen y les llega un momento en el que fallecerán. Este sentimiento de fugacidad temporal lo plasmó de modo magistral Salvador Dalí cuando pintó La persistencia de la memoria, imagen con la que he ilustrado este escrito, ya que ni siquiera los relojes sobreviven en ese despiadado viento que nos arrastra a todos.

Sobre esta cuestión el suizo Jean Piaget, padre de la psicología evolutiva, en sus estudios de la mente infantil llegó a la conclusión de que las preguntas sobre la muerte en los niños suelen aparecer a los 7 u 8 años. Hasta esos momentos se tiene el sentimiento de eternidad, o mejor dicho, de que no existe un final definitivo para las personas.


Tal como he apuntado, en ese deseo de dominar el tiempo, los humanos en las distintas culturas crearan dioses para saber que hay un ser superior que tiene su control y dominio. De ahí, por ejemplo, que en la antigua Grecia atribuyeran estos poderes al dios Cronos, y que trasladado al mundo latino fuera Saturno, dios también de la agricultura y las cosechas.

La representación de Cronos, o de Saturno, ha sido habitual en la pintura clásica. Una de ellas es la del pintor italiano Giovanni Romanelli (1610-1662), titulada Cronos y su hijo. Este lienzo adquiere su verdadero sentido a la mirada del adulto, puesto que, como sabemos, los pequeños hasta cierta edad carecen de sentido del tiempo, viviendo felizmente en el presente. Esta es una de las razones por las que siendo mayores, en ocasiones, se eche una mirada nostálgica hacia la infancia como tiempo feliz en el que se vivieron los años de la inocencia.

Así, Romanelli nos presenta a un dios envejecido y alado portando una guadaña, instrumento que se utilizaba en la recolecta de las cosechas. En su eterno vuelo, porta a su hijo, un bebé que cogido por una pierna se nos muestra aterrorizado ante la velocidad en la que se mueve el dios-padre. Contemplamos, pues, la infancia y la vejez, como los dos extremos de la vida humana y de los que no es posible desprenderse, puesto que ellos configuran la realidad de la existencia.

Aparte de las obras plásticas, podemos preguntarnos: ¿Qué nos dicen los distintos autores sobre la experiencia del tiempo, es decir, del pasado, del presente y del futuro?

En el campo de la literatura podemos acudir a obras cuyos títulos ya nos anticipan el valor que se le da al tiempo por parte de sus creadores. Así, la genial obra del autor francés Marcel Proust En busca del tiempo perdido no deja de ser una mirada atenta y nostálgica sobre el pasado que se fue. Otras como La caída en el tiempo, de Emil Cioran, filósofo francés de origen rumano es una manifestación abierta del pesimismo que él desarrolla a lo largo de sus obras.

Las ideas sobre el tiempo son tan variadas como el pensamiento y el carácter de quienes han escrito sobre este aspecto de la realidad que asumimos como una condición de la existencia. Es por lo que me parece adecuado realizar una selección de breves frases que nos muestran distintas miradas sobre el tiempo y la condición humana.

Sobre el pasado, esa época que se nos ha ido de las manos, y que la recordamos con nostalgia o con pesadumbre, podrían ser:
  • “No querer saber lo que ha ocurrido antes de nosotros es como seguir siendo niños” (Cicerón). 
  • “El pasado siempre está presente” (Maurice Maeterlinck).
  • “Cuando decimos que todo pasado fue mejor, condenamos el presente” (Francisco de Quevedo). 
  • “Nadie puede cambiar su pasado, pero todo el mundo puede contarlo al revés” (Noel Clarasó).
Optimismo y pesimismo se mezclan cuando miramos hacia el pasado, pues, ciertamente, la vida es una mezcla de gratos y tristes recuerdos. Es lo que encontramos también en la descripción del presente:
  • “Imagina que cada día es el último que brilla para ti, y aceptarás agradecido el día que no esperabas vivir ya” (Horacio). 
  • “El futuro nos tortura y el pasado nos encadena. He aquí por qué se nos escapa el presente” (Gustave Flaubert). 
  • “No perdáis el tiempo ni en llorar el pasado ni en llorar el porvenir. Vivid vuestras horas, vuestros minutos. Las alegrías son como las flores que la lluvia mancha y el viento deshoja” (Remy de Gourmont). 
  • “Se me encoje el corazón al pensar cómo todo pasa sin apenas dejar huella” (Giacomo Leopardi).
El futuro o el porvenir quizás sea el tiempo no conocido que, por un lado, nos inquieta, pero, por otro, en él proyectamos nuestros sueños y nuestras esperanzas:
  • “Solo las figuras cargadas de pasado están ricas de porvenir” (Alfonso Reyes). 
  • “Me gustan más los ensueños del futuro que las historias del pasado” (Thomas Jefferson). 
  • “Me gusta el futuro porque en él voy a pasar el resto de mi vida” (Charles F. Kettering). 
  • “Cada día morimos y cada mañana volvemos a nacer: cada día es una vida” (Edward Young). 
  • “El futuro está oculto detrás de los hombres que lo hacen” (Anatole France).
Aparte de la descripción del pasado, el presente y el porvenir, también podríamos hablar del tiempo como ritmo de la vida que llevamos ahora y el que se desarrollaba en épocas pasadas. En la actualidad, la aceleración, la urgencia, la novedad y el ritmo demencial están presentes en una forma de existencia que nos deshumaniza. Así, la obsesión continua por la novedad, sin la forma pausada que nace de la tradición, nos ha llevado a un terreno en el que el impacto de las nuevas tecnologías y el afán de consumo nos envuelven sin dejarnos tiempo para la reflexión… Pero esto sería otro tema sobre el que hablar.

AURELIANO SÁINZ

25 oct 2020

  • 25.10.20
A lo largo del tiempo he ido comentando diferentes discos a partir del diseño de sus portadas, siendo en su mayoría álbumes foráneos. No es que yo no quisiera hacerlo con los españoles: la razón de esta ausencia se debía a que resultaba difícil encontrar publicaciones (libros, revistas, páginas digitales…) que hablaran de los creadores de nuestro país. Sin embargo, y a través de una constante búsqueda, por fin, he localizado obras que analizan de modo específico las carátulas de discos editados en España haciendo referencia a quienes las han realizado.


De este modo, esta entrega será la primera dedicada íntegramente a nuestro país. Así pues, presentaré nueve discos que demuestran que merece la pena saber quiénes realizaron esas portadas que ayudan bastante a dar identidad al propio disco.

Y comenzaré por uno de los grandes diseñadores: Javier Aramburu, dado que es el creador de la imagen, del logotipo y de numerosos carteles para Contempopránea, el festival de música indie que anualmente se celebra en Alburquerque (Badajoz), mi lugar de origen. Por otro lado, Javier Aramburu realizó bastantes portadas del grupo granadino Los Planetas, lo que es indicio de la gran calidad de este artista gráfico.

Para dar mayor protagonismo a las portadas, en esta ocasión seré muy breve en los comentarios, por lo que me centraré en explicar los distintos estilos de las propuestas visuales que se dan en esas nueve carátulas.


Tal como he indicado, comienzo por el primero de los discos de Los Planetas, el que lleva por título Super 8, diseñado por Javier Aramburu y que vio la luz en 1994.

Me ahorro hablar de Los Planetas porque su trayectoria es tan amplia que serían unos brochazos lo que podría decir de ellos. Sin embargo, sí me parece interesante comprobar que el donostiarra Javier Aramburu comenzó su andadura gráfica con unas imágenes que se identifican claramente con Contemporánea. Y, puesto que su obra es de gran interés, no me extiendo ya que más adelante podré dedicar un artículo a su figura y a su trabajo.


Damos un gran salto hacia atrás para situarnos en 1982. En ese año salió al mercado el primer disco de Mecano, el grupo formado por Ana Torroja y los hermanos Nacho y José María Cano. El impacto del grupo fue enorme, pues en solo tres meses logró vender 300.000 discos, una cifra importante para aquel tiempo. Y es que allí se encontraban temas como Perdido en la habitación, Me colé en una fiesta o Maquillaje, canciones que alcanzaron una gran popularidad.

Por otro lado, la portada fue magnífica, ya que diseñada por Carlos Martín Llorente con la supervisión de Juan Gatti, nos presenta de modo frontal un reloj de agujas de formato cuadrado, coincidiendo con los márgenes de la carátula. Todo un acierto visual.


Antes de la aparición de Mecano, a pocos años de la andadura de la nueva democracia en nuestro país, hubo un grupo llamado Triana que lideró lo que se llamó rock andaluz. Formado por Jesús de la Rosa, Eduardo Rodríguez y Juan José Palacios, se dieron a conocer en 1974 con El patio. No obstante, su gran éxito llegó en 1979 con Sombra y luz, que alcanzó la nada desdeñable cifra de 100.000 discos vendidos.

El diseño de las portadas del grupo se debía a Máximo Moreno. En la de Sombra y luz, comprobamos que las letras mayúsculas de Triana aparecen como si fueran velas verdes, de modo que la correspondiente a la I se muestra encendida, quemando parte de la tela que hace de fondo.


En el año 1983, el mismo en el que sale el tercer disco de Triana, ve la luz el grupo cordobés Medina Azahara, dirigido por el incombustible Manuel Martínez, con su álbum Paseando por la Mezquita. También en ese año, tristemente, Triana cierra como grupo por la muerte en accidente de tráfico de Jesús de la Rosa. La banda cordobesa tuvo mejor suerte, ya que logró ver publicado en 2018 su vigésimo álbum, Trece rosas. Todo un récord de trabajo con cuarenta años pisando los escenarios.

La portada de Paseando por la Mezquita se debe a Antonio Monforte, otro de los diseñadores gráficos que desarrollará sus creaciones al establecer contacto con las bandas del sur de nuestro país. En este caso, la imagen adopta ciertos aires orientalistas para presentar una visión idealizada de los arcos de herradura de este bello templo musulmán.


No me resisto a traer otras de las portadas que realizó Antonio Monforte. Esta vez se trata de la que creó para la banda formada por los hermanos Rafael y Raimundo Amador junto a Kiko Veneno. Inicialmente, el disco pasó un tanto desapercibido, dado que la mezcla de flamenco y rock resultaba demasiado innovadora para aquellos años.

Lo cierto es que la portada que inicialmente Antonio Monforte había pensado para Veneno no la llevó a cabo y hubo que cambiarla por los problemas que podía generar, dado que se trataba de imprimir la palabra VENENO sobre una tableta de hachís con fondo de papel de aluminio. Para evitar las polémicas, las letras del nuevo grupo aparecen impresas sobre un fondo ocre rugoso para que no pudiera descubrirse su origen.


Otro de los incombustibles del rock español es Kiko Veneno (José María López Sanfeliu) cuyo segundo apellido nos hace ver su origen catalán, ya que nació en 1952 en la localidad gerundense de Figueras (la misma que de Salvador Dalí). Con los hermanos Amador había grabado tres discos; sin embargo, en el año 1981 inicia su camino en solitario publicando Seré mecánico por ti. La publicación en el 2019 de su último álbum, Sombrero roto, nos da idea de su enorme vitalidad personal y creativa.

El autor de la portada, Ceesepe (Carlos Sánchez Pérez), fue un pintor e ilustrador bastante prolífico, que acudió a la estética del cómic para crear el primer disco de Kiko Veneno.


Pasamos al campo más rockero, estilo en el que durante la década de los ochenta conoceríamos a Leño, Burning, Barón Rojo, Asfalto, Siniestro Total y un largo etcétera.

Y si me decanto por el tercer elepé de Leño, Corre, corre, se debe a la magnífica portada que realizaría Manuel Cuevas a partir de una fotografía en plano detalle, mostrando de modo destacado la hebilla del cinturón en el que aparece el logotipo del grupo.

No fue muy larga la vida de la banda; de todos modos, pudimos conocer el talento de Rosendo (Mercado) como líder, quien posteriormente se lanza a trabajar en solitario, abriéndose un largo camino que llega hasta nuestros días.


Siguiendo la línea de diseño de dibujo de cómic que hemos visto en la portada del trabajo de Kiko Veneno, en el año 1986 aparece Al calor del amor en un bar de Gabinete Caligari. El diseño es de un dibujante que se firmaba como El Hortelano y en la escena dibujada aparecen sus tres componentes: Jaime Urrutia, Fernando Presas y Eduardo Calvo.

Grupo emblemático de los años de ‘la Movida’, nos dejó temas inolvidables como el mismo que lleva el título del disco seleccionado o Cuatro rosas y también La culpa fue del cha-cha-cha.


Para cerrar, damos un salto hacia adelante para situarnos en la escena indie para mostrar el disco Aproximaciones del grupo madrileño Pereza, formado por José Miguel Conejo (Leiva) y Rubén Pozo. Su existencia no fue muy larga ya que duró una década, la que va de 2001 a 2011, pero con tiempo suficiente para dejar grabados seis discos.

En Aproximaciones, que vio la luz en 2007, encontramos en la fotografía de la portada que realizó Rubén Martín a los dos miembros sentados en lo que parece ser la parada de una estación de metro por las tonalidades oscuras, en las que predominan el amarillo, el verde y el rojo, de modo que este último tono es utilizado para el nombre del grupo como si sus letras fueran barras fluorescentes.

AURELIANO SÁINZ

18 oct 2020

  • 18.10.20
Puesto que todos sabemos qué quiere decir esperanza, aunque hablaremos sobre este concepto en un tiempo en el que la incertidumbre, el miedo y la angustia han hecho presencia y se ha expandido por todo el mundo, me parece oportuno comentar el cuadro del pintor francés Simon Vouet titulado El tiempo vencido por el amor, la belleza y la esperanza, que realizó en 1627 y que puede verse en el Museo del Prado.

En la escena contemplamos al titán Cronos, que personifica el inexorable paso del Tiempo que devora aquello que encuentra a su paso, portando su guadaña como símbolo de la muerte y el reloj de arena como amenazas que se cierne sobre todo ser humano, pues nadie puede parar el transcurrir de los días, ni eludir la muerte que, sin lugar a duda, tarde o temprano nos alcanzará.

Y si llegamos al convencimiento de que estamos gobernados por las inclementes fuerzas de la naturaleza que en ningún momento se detienen, entonces podemos caer en un estado de profundo pesimismo al no ser capaces de modificar la implacable flecha del tiempo. Es lo que acontece con ciertos pensadores, caso del rumano Emil Cioran, afincado en Francia, con lúcidas pero altamente desoladoras obras, tal como nos lo manifiesta el propio título de uno de sus libros: La caída en el tiempo.

Cito uno de sus aforismos: “La naturaleza se ha mostrado generosa solo con aquellos a quienes ha otorgado el privilegio de no pensar en la muerte. Los otros están a merced del más antiguo y corrosivo de los miedos sin que la naturaleza les haya ofrecido, o al menos sugerido, los medios para curarse de él”.

¿Hay, acaso, personas que no hayan pensado nunca en la muerte? Ya sabemos que los animales huyen de modo inmediato ante cualquier hecho que sientan como amenaza, pero al carecer de conciencia de sí mismos no saben que un día fallecerán. En el caso de los seres humanos, desde edades muy tempranas, sabemos que existe la muerte, aunque desde lo más hondo la rechacemos. Es el gran dilema de la existencia de la existencia humana.

Entonces, cabe preguntarse: ¿Qué soluciones podemos hallar para no caer en la tristeza, la apatía o la desolación cuando surgen situaciones como la que ahora nos encontramos y nos vemos rodeados por una amenazadora epidemia que no habíamos imaginado?

Estoy de acuerdo con Simon Vouet de que, al menos, hay tres sentimientos que pueden dar sentido a nuestra existencia: el amor, amar y sentirse amados; la belleza, es decir, disfrutar de todo lo hermoso que hay en la naturaleza y de lo mejor que ha creado la humanidad; y la esperanza, como sentimiento que mira hacia el futuro con la convicción de que pueden resolverse las adversidades que ahora se viven. 

Y es que la esperanza es un impulso innato que nos da fuerza para no sentirnos derrotados ante las adversidades. Así, en la situación en la que vivimos, centramos la esperanza en que a no tardar dispongamos de vacunas fiables con las que sea posible erradicar el virus al que ahora estamos expuestos. Sin el sentimiento de esperanza difícilmente soportaríamos este estado de pandemia al no saber el tiempo que podría durar.

Bien es cierto que el cuadro de Simon Vouet no hace referencia a una situación de enfermedad, sino al propio transcurrir del tiempo, donde Cronos es vencido el amor (representado por los tres amorcillos que contemplan al viejo), por la belleza (simbolizada por la figura femenina que porta una lanza) y por la esperanza (que coronada con flores lo amenaza con un garfio).

He de indicar que, dentro de la pintura clásica, son excepcionales los lienzos en los que se representan escenas expresando la idea de la esperanza. Suele suceder, en cambio, en la iconografía o imágenes de tipo religioso, en la que sí abundan; pero es una esperanza que se proyecta hacia otro espacio y hacia otro tiempo distintos a los terrenales. Sin embargo, el conocimiento que nos aporta la ciencia nos dice que vivimos en un pequeño planeta dentro de un universo que a nuestra escala es infinito y dentro de tiempo histórico, del que sabemos el pasado y desconocemos el futuro.

Para que veamos que el sentimiento de la esperanza está profundamente arraigado en los seres humanos, y puesto que las elecciones presidenciales de Estados Unidos están muy próximas, quisiera traer un ejemplo concreto: la campaña que alzó al primer puesto a un presidente negro, Barack Obama, y que se planificó con un eslogan muy sencillo, pero muy potente, como fue la palabra HOPE, es decir, esperanza.

Y es que hay momentos en los que se siente la necesidad de conocer un cambio profundo de la sociedad, por lo que ese deseo se anticipa al futuro a través de la esperanza.

Es lo que expresó magistralmente el diseñador gráfico Shepard Fairey, cuando interpretó pictóricamente el rostro de Barack Obama a través del cartel que realizó para la campaña de las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2008 y en las que se enfrentaba al republicano John McCain.

Shepard Fairey acertó al elegir colores lisos para el rostro del candidato demócrata. En ellos se encuentran el azul (celeste y oscuro), el rojo, el negro y el blanco de fondo. Con el rojo, el azul y el blanco hacía referencia a los colores que porta la bandera de ese país. Por otro lado, la mirada de la figura iba dirigida hacia arriba, acompañándose de la palabra "hope", con la que se alude a la esperanza como motivo central de la campaña, en un momento en el que comenzaba una fuerte crisis económica que afectó a muchas familias.

Posteriormente, y de modo sorpresivo, en las elecciones de 2016 salió elegido Donald Trump, que competía con Hillary Clinton (aunque esta le superó globalmente por tres millones de votos). Y, aniquilando toda esperanza, podemos verlo otra vez como presidente al competir con Joe Biden, quien fuera vicepresidente de los Estados Unidos con Barack Obama.

No es que, en la cercana contienda a la presidencia de Estados Unidos, Joe Biden nos despierte muchos entusiasmos a los foráneos, pero es que también las pequeñas esperanzas pueden ser derrotadas, no solo por Cronos, sino por la mentira, la brutalidad, el egoísmo y la estupidez. Y es que en la actualidad los peores males conviven con nosotros como si fueran lo más natural del mundo.

Para cerrar esta escueta referencia a la esperanza, quisiera aludir a un magnífico libro del psicólogo Erich Fromm titulado La revolución de la esperanza, del que extraigo el siguiente párrafo: “La esperanza es un elemento intrínseco de la estructura de la vida, de la dinámica del espíritu del hombre, al tiempo que decisivo para cualquier intento de efectuar cambios sociales que lleven a una vivacidad, consciencia y razón mayores. El tiempo y el futuro vienen a ser su categoría central”. 

Ciertamente, no podemos contemplar el futuro sin que nosotros proyectemos nuestros deseos de mejora, pues la existencia sería invivible si, tal como apuntó el filósofo Friedrich Nietzsche, la vida se convierte en un “eterno retorno” a lo mismo.

AURELIANO SÁINZ

11 oct 2020

  • 11.10.20
Cuando nos acercábamos al nuevo milenio, es decir al año 2000 (aunque desde un punto de vista preciso habría que decir que el nuevo siglo comenzaba en el 2001), sentíamos que ante nosotros se habría un horizonte abierto y de esperanza, de modo que creíamos que muchos los grandes problemas que acuciaban a la humanidad empezaban a quedarse atrás y que los que nos esperaban eran de menor magnitud. Sin embargo, pronto se produciría un hecho que conmovería a la opinión pública mundial: el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, precisamente el 11 de septiembre de 2001.



Era la primera vez que Estados Unidos aparecía atacado en su propio territorio por medio de una acción terrorista inimaginable. El gigante se tambaleaba. La gente incrédula asistía en directo por medios televisivos al desplome de uno de los símbolos de la mayor potencia mundial. La inseguridad se extendía por todos lados, incluso en aquellos países que se consideraban invulnerables.

Pero aún quedaban por conocer otras noticias que nos harían sentir nuestra fragilidad en distintos órdenes como son el económico y el sanitario.

Así, la crisis económica que se inicia en 2008 con la caída bursátil de Lehman Brothers, por su apuesta por los bonos basura, se extiende como un reguero de pólvora por la mayor parte del planeta, conllevando paro y precariedad, que acaban convirtiéndose en males crónicos que sufren los sectores más débiles de la sociedad.

Entre ellos se encuentran las nuevas generaciones que se convierten en las víctimas propiciatorias y que se hacen conscientes de ello cuando comprueban que de ningún modo llegarán a alcanzar las condiciones económicas y laborales de sus padres. Ser joven ya no es una ganga. Ya no hay cantos ni alabanzas a la despreocupada y alegre juventud. No había más que ver con detenimiento cómo las campañas publicitarias abandonan a la juventud como sector al que dirigirse porque los jóvenes ya no tienen la capacidad de consumo de tiempos anteriores.

Se comenzaba a salir de los años más oscuros de esa crisis económica cuando he aquí que el 2020 nos reservaba una terrible noticia que todavía estamos asimilando: la aparición de una epidemia que no se conocía desde hacía más de un siglo, es decir, que habría que remontarse a 1918 para referirnos a la mal llamada ‘gripe española’, una pandemia que mató en solo un año entre 20 y 40 millones de personas, según los cálculos estimados.

Y he dicho "mal llamada" porque se le ‘endosó el muerto’ a nuestro país, cuando se sabe que se tuvieron noticias de esta gripe por primera vez en 1917, al detectarse en un campamento militar de Kansas (Estados Unidos) dentro de las tropas preparadas para desplazarse e intervenir en Europa durante la Primera Guerra Mundial.

Nos encontramos, pues, en un tiempo en el que nos vemos afectados no solo por problemas económicos y de tipo sanitario, sino también de tipo psicológico, porque en esta supuesta ‘nueva normalidad’ (expresión que ya se ha dejado de utilizar) han aparecido sentimientos profundos en la población como son los de fragilidad y de impotencia, tanto individual como colectiva.

Y es que nuestras vidas las vemos supeditadas a un virus que las ha cercado, lo que impide desarrollarlas tal como acontecía antes de que apareciera en nuestras existencias. Nos sentimos asediados por un organismo que solamente podemos verlo de modo directo, sino con un microscopio, por lo que en nuestras vidas cotidianas tenemos que protegernos, sin tener total seguridad de que no vamos a ser contagiados.

Este sentimiento de cerco o asedio ha dado lugar a que mentalmente me desplace a otros asedios de las poblaciones y que se han dado a lo largo de la historia.

Esta es la razón por la cual he elegido para la portada del artículo el lienzo del pintor Alejo Vera que representa el asedio y la caída de la ciudad celtíbera de Numancia a manos de las tropas romanas comandadas por Escipión Emiliano en el año 133 a.C. Cuadro de grandes dimensiones, como suelen ser todos los de carácter historicista, que pertenece al Museo del Prado, pero que está cedido al Museo Nacional Reina Sofía de Madrid, donde puede contemplarse actualmente.

La comparación del cerco sanitario en el que nos encontramos por la pandemia con el acontecido en el poblado de Numancia, evidentemente, es una metáfora o, mejor aún, una hipérbole, pues comparar la heroica gesta de un pueblo que sufrió un largo asedio, y que finalmente decide inmolarse antes de caer sometido a un poder extranjero, no deja de ser una clara exageración.



Son numerosos los casos de cerco o asedio de poblaciones cuyos desenlaces determinan el devenir de los pueblos. Históricamente, las poblaciones cercadas se preparaban para resistir deseando que las condiciones cambiaran y, habitualmente, a la espera de fuerzas externas que vinieran en su ayuda para impedir el asalto.

Puesto que los grandes hechos históricos también han sido plasmados pictóricamente por grandes artistas, quisiera citar el cerco de la fortaleza gala de Alesia en el año 52 a.C., y que el pintor francés Lionel Royer plasmó en el lienzo que lleva por título Vircingétorix arroja sus armas a los pies de César, y del que muestro su parte central.

Este hecho marcó el final de la Guerra de las Galias, y para desencanto de los seguidores de los cuentos de Astérix, lo cierto es que el talento militar de Julio César acabó con uno de sus enemigos más enconados: los galos, a pesar de que las fuerzas dirigidas por Vircingétorix eran muy superiores a las romanas.

Siglos después de los acontecimientos descritos, el vernos asediados y amenazados por un virus que ya conocemos como la pandemia de la covid-19 nos crea un sentimiento de indefensión y angustia que no conocíamos con anterioridad.

Es por lo que esperamos con impaciencia no que vengan unas fuerzas armadas para derrotar a un poderoso enemigo que ni siquiera vemos. No, en nuestra ayuda vendrá la vacuna o las vacunas que puedan romper el asedio al que estamos sometidos. Será entonces cuando de verdad podamos hablar de una posible nueva normalidad, es decir, cuando sintamos que las medidas que actualmente llevamos sean un tema del pasado y queden confinadas para los comentarios de familia o entre los amigos.

AURELIANO SÁINZ

4 oct 2020

  • 4.10.20
“Pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad” es una de las frases que el político italiano Antonio Gramci pronunció a comienzos del siglo pasado en uno de sus discursos. Esta máxima, que se ha hecho muy popular cuando se desea expresar que en medio de las adversidades hay que afrontar el futuro con entereza, en realidad pertenece originalmente al escritor francés Romain Rolland, premio Nobel de Literatura en 1915, cuando hizo la revisión de la novela El discurso de Abraham.



Posiblemente sea en la actualidad, cuando asediados por una pandemia, ambos sentimientos se conjugan con mayor intensidad, puesto que el futuro se nos ha achicado, de modo que miramos hacia adelante día a día, sin tener muy claro qué acontecerá en la semana o en el mes siguiente.

Resulta un tanto curioso pensar en el optimismo y en el pesimismo como si fueran dos valores antagónicos, que nacen de fuentes emocionales separadas y que se encuentran ligados al carácter innato de las personas; sin embargo, como veremos, no están tan alejados el uno del otro.

Y es que si nos detenemos a pensar, comprobamos que la acumulación de adversidades vividas o que las intuimos nos lleva a sentirnos cargados de tristeza y de incertidumbre, sentimientos que son el fundamento de una visión pesimista; a pesar de ello, la fuerza de voluntad que podemos extraer de nuestra experiencia y del propio carácter no ayuda a superar esos sentimientos negativos que nos embargan, con la esperanza de encontrar soluciones de cara al futuro.

Sobre la idea de optimismo, conviene apuntar que se lo solemos atribuir al carácter de ciertas personas, especialmente, a aquellas que crean un clima alegre alrededor suyo. Y es que el optimismo no solo está ligado a la imaginación de un futuro mejor, sino que también se relaciona con las cualidades o rasgos cercanos a la alegría, como son la risa, el buen humor, la espontaneidad, la vitalidad y, especialmente, la jovialidad.

Sobre esto último, viene bien la frase del escritor italiano Ippolito Nievo cuando afirmó que “La juventud es el paraíso de la vida y la alegría es la juventud eterna del espíritu”.

Hermosa frase en la que aparecen unidos el optimismo, la alegría y la felicidad (aunque el autor lo llama ‘el paraíso’). Y es que en el optimismo están ausentes o, al menos, contralados los miedos que nos atenazan, así como las frustraciones que guardamos como heridas que se han acumulado en nuestra memoria, y que inevitablemente conoceremos en el discurrir de la vida.

Si echamos una mirada hacia atrás para encontrar esta cualidad que he indicado, habría que remontarnos a la infancia, etapa que se vive con toda la carga de inocencia y felicidad posibles, puesto que son las madres y los padres quienes cuidan y protegen de las adversidades.



En este sentido, me ha parecido adecuado acudir al gran pintor impresionista Joaquín Sorolla para ilustrar este artículo, pues nadie mejor que él supo plasmar la alegría de vivir en esos años luminosos en el que las risas están a flor de piel.

¿Son, pues, los niños y niñas optimistas por naturaleza? Como respuesta diría que el optimismo no podemos atribuírselo, pues para ellos la vida es presente; es goce a partir de los juegos; es disfrute con la compañía sus amigos o amigas; es comunión con la naturaleza de la que gozan sin atender a los riesgos que puedan aparecer, y todo ello porque viven sin mirar hacia el futuro bajo la protección de sus mayores.

Como ejemplos visuales de lo indicado, nos sirven esos tres críos que pintó Sorolla, desnudos, tumbados en la arena húmeda de la playa, disfrutando del sol y del agua que les moja la piel, riéndose despreocupados de lo que se cuentan entre ellos. También la del pequeño que coloca su barquito para que flote sobre las aguas o esas dos niñas corriendo con sus pies descalzos a la orilla del mar, con sus vestidos blanco y rosa movidos por el viento que las acaricia… ¿Hacia dónde corren? Pues a cualquier parte, ya se trata de compartir la alegría del juego que no tiene ninguna regla, sino la que ellas se marquen entre las dos.

Pero las personas, irremediablemente, crecemos. Se entrará en la adolescencia. Se empezará a otear un horizonte de vida con algunas de sus múltiples complicaciones. Habrán aparecido los momentos de tristeza inesperados que nos revelan que la infancia empieza a alejarse definitivamente para penetrar en el mundo de los adultos, ese mundo que asombra e inquieta al mismo tiempo.



Llegará el momento en el que hay que afrontar el trabajo. Se conocerán los problemas que suscita el entrar en el mundo laboral y el tener que competir dentro de la sociedad.

Y como expresión de la dureza del trabajo, he incluido un cuarto lienzo de Sorolla titulado Aún dicen que el pescado es caro, en cuya escena aparece un pescador joven herido que es atendido por dos mayores. El pintor valenciano, en este caso, abandona los tonos luminosos que utilizaba para plasmar la vitalidad y la alegría de las playas levantinas, sumergiéndose en el cromatismo ocre que domina la escena. La tristeza se refleja no solo en los personajes sino también en el propio cromatismo que utiliza para los objetos.

He citado el trabajo como un elemento que implica la inmersión en el mundo adulto; pero no es solo el trabajo, también habrá que aprender de los numerosos retos que la vida va ofreciendo. La tristeza y el dolor, inevitablemente, surgirán, acercándonos al pesimismo, puesto que vendrán acompañados por otros hechos negativos como son el fracaso, la frustración, la adversidad, las pérdidas o los desengaños.

Optimismo y pesimismo: dos sentimientos profundos que nos irán marcando a lo largo de la existencia y, entre ambos, se encuentra la fuerza de voluntad de la que nos hablaba Gramci como medio para no sucumbir ante los desafíos que todos iremos encontrando en la travesía por este mundo. El mundo que ahora nos toca vivir. El mundo real con el que nos hemos tropezado hace unos meses, y en el que, de repente, la incertidumbre, el miedo y la angustia han hecho presencia de modo que ahora reinan en nuestras vidas cotidianas.

AURELIANO SÁINZ

27 sept 2020

  • 27.9.20
Ahora que la monarquía española se encuentra en una situación bastante complicada (por decirlo de manera algo suave) a causa de las ‘aventuras’, los negocios y de la marcha del país del rey emérito, y, aunque quien esto escribe es republicano, no está nada mal que echemos una mirada retrospectiva para que recordemos el momento de mayor esplendor de este país, excelentemente descrito por el hispanista británico John H. Elliott en su obra La España imperial.



Para ello tomo como motivo a tres grandes pintores que trabajaron para tres monarcas de la casa de los Austrias: Sofonisba Anguissola, Tiziano y Velázquez. Pero voy a centrarme de modo especial en la figura de Sofonisba Anguissola, pues el hecho de ser mujer dio lugar a que apenas se le reconociera el gran talento pictórico que tenía.

Por otro lado, recordemos que las tres grandes dinastías españolas fueron la castellana de los Trastámaras, la de los Austrias y la francesa de los Borbones, aunque esta última, tal como he apuntado, se encuentra ya en una situación bastante crítica.

Y, tal como he indicado, quisiera hacerlo a partir de una serie de cuadros de monarcas que fueron realizados por pintores de la corte, comenzando por un caso muy singular, puesto que fue una mujer, Sofonisba Anguissola, la que plasmó la imagen de uno de los retratos más conocidos de Felipe II.

Sofonisba nació en el año 1532, en la pequeña ciudad de Cremona, al norte de Italia. Tuvo como madre a Bianca Ponzone y como padre a Anibale Anguissola, ambos de ideas avanzadas para su época, puesto que fueron conscientes del enorme talento de sus dos hijas mayores, especialmente de Sofonisba, a las que apoyaron lo mismo que a sus hijos.

A finales de 1559, contando con veintisiete años, llega a Madrid como dama de compañía de Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II. Las razones de la invitación hacia la pintora italiana provienen de que la joven reina consorte, con solo catorce años, estaba habituada al lujo de los palacios de Fontainebleau, por lo que el monarca piensa en Sofonisba Anguissola, una joven con gran formación y talento artístico como acompañante de la nueva reina.

Pasa entonces a ser retratista de la Casa Real, al lado de otros pintores de gran renombre. Ello la condujo a plasmar no solo la figura del monarca (que ilustra la portada de este artículo y que aparece completo unas líneas más abajo, a la izquierda) sino también la de su joven esposa, en lienzos que pueden contemplarse en el Museo del Prado.

Puesto que el talento femenino muchas veces ha quedado oculto o menospreciado a lo largo de la historia, dio lugar a que el retrato de Felipe II fuera atribuido a Alonso Sánchez Coello. No se podía entender que en el siglo XVI hubiera grandes pintoras de la corte y, menos todavía, con el talento que desplegó Sofonisba.

Pasarían, pues, siglos hasta que, en 1990, los minuciosos trabajos de los especialistas del Museo del Prado le devolvieran a la artista italiana la autoría de este espléndido retrato en el que nos muestra a un rey de rostro serio y mirada distante, muy acorde con la psicología del personaje.



Al ser pintora de la corte, era de esperar que realizara también el retrato de la reina Isabel de Valois, puesto que, como he indicado, formaba parte de sus damas de compañía. Tal como podemos apreciar en el cuadro, la joven reina aparece de pie sosteniendo en su mano derecha una pequeña medalla con el rostro del monarca. Este detalle suponía una manifestación simbólica del vínculo que le unía al poderoso rey de España.

Tras su estancia en la corte de Madrid, Sofonisba volvió a su país de origen, falleciendo en 1625, a los noventa y tres años. Solo había abandonado los lienzos a la edad de ochenta años, cuando sus problemas de la vista le habían dejado casi ciega.

Sofonisba Anguissola alcanzó a conocer a su compatriota Tiziano, puesto que, cuando llegó a Madrid para acompañar a la joven reina, este ya era uno de los pintores de mayor renombre de la corte. Así, de los pinceles de Tiziano salió un cuadro tan conocido como es el del padre de Felipe II, es decir, Carlos V montando a caballo. Con esta imagen se pretendía conmemorar su triunfo en la Batalla de Mühlberg, en el año 1547, contra los príncipes protestantes de la Liga de Smalkalda.



Este lienzo, que también se encuentra en el Museo del Prado, está considerado como una obra maestra desde el punto de vista artístico. En el cuadro, de grandes dimensiones, Carlos V (Carlos I de España) aparece solo, sin un ejército detrás, como una especie de césar cristiano, montado sobre un caballo de raza española, empuñando una lanza de grandes dimensiones, vestido con coraza y tocado con casco. Su figura, seria y erguida, mirando hacia el frente, se destaca sobre un paisaje al atardecer, lo que le da a la composición un ambiente de silencio y de serenidad que enaltece a su protagonista.

Siete años después del fallecimiento de Sofonisba Anguissola, el heredero de Felipe II, es decir, Felipe III, se hizo retratar de modo similar a como lo hizo su abuelo: montando a caballo, en un paisaje sin árboles y con el jinete mirando de medio perfil hacia el espectador. Unos cambios bastantes significativos con respecto a la obra precedente.

Sería el mayor pintor que ha conocido este país (con permiso de Francisco de Goya y de Pablo Picasso) quien por entonces protagonizaba los grandes encargos de la corte. En este caso, Diego Velázquez muestra a un monarca alejado de las batallas y de las responsabilidades del reino para delegarlas, inicialmente, en el duque de Lerma. No es, pues, la exaltación del jefe de un ejército, sino un cuadro de enaltecimiento de la figura de un rey que tiene sobre sí el mando de un amplio imperio, pero que prefiere alejarse de las dificultades que entraña el ejercicio del poder.

Antes de cerrar, quisiera apuntar que Tiziano y Velázquez tienen un puesto eminente en el mundo de las artes como dos grandes pintores de los siglos XVI y XVII, respectivamente; sin embargo, Sofonisba Anguissola solo ha sido recordada por algunos especialistas que reconocieron su enorme sutileza pictórica, pero que al ser mujer no se la tuvo apenas en cuenta hasta muy recientemente. Este ha sido el destino de grandes creadoras, que vieron como sus talentos quedaban ocultos por su condición femenina.

Por otro lado, los tres reyes de la casa de los Austrias citados –Carlos I, Felipe II y Felipe III– establecen una línea entre ellos que representa el momento en el que los dominios imperiales de España se encontraban en su apogeo, tiempos que ahora se nos antoja como un lejano recuerdo de un país que llegó a ser la mayor potencia conocida. Pero es que a los imperios también les llega un día su final, incluso al que actualmente lidera un personaje desnortado como es Donald Trump.

AURELIANO SÁINZ

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