A los que conocemos a Salvador Gómez Sánchez de la Campa, a los que hemos seguido con atención su dilatada trayectoria vital, pastoral, docente e investigadora y, sobre todo, a los que hemos estado pendientes de su respuesta a la vocación sacerdotal, no nos sorprende una afirmación —simple y profunda— que, sobre él, repiten sus amigos:
“Hay que ver la habilidad con la que ha hecho convergente su entrega a la enseñanza de la Teología, a la Iglesia y a los fieles a él encomendados”. Esta breve frase retrata, a mi juicio, al sacerdote y al intelectual —una mezcla de sabiduría, de sensibilidad y de sentido eclesial— que encierra la razón honda de su intensa y dilatada dedicación al estudio y a la enseñanza como cauces de la acción pastoral. Esta es la clave que explica su entrega a la docencia como verdadero ministerio.
La explicación de su apasionada y, al mismo tiempo, rigurosa dedicación a en las diferentes tareas encomendadas por los obispos —coadjutor, párroco, vicario general de la Diócesis de Ceuta y capellán de monjas de clausura— siempre han estado apoyadas en el estudio y en la enseñanza de la Teología alimentada por sus análisis bíblicos, históricos y eclesiales. Pensador y crítico, disfruta indagando raíces, analizando palabras y relacionando ideas impulsado por su pretensión de saber mucho sobre Jesús de Nazaret, sobre la sociedad y sobre la Iglesia.
En mi opinión, lo más sorprendente de este sacerdote es la habilidad con la que armoniza la fe con la ciencia, la teoría con la práctica, la humildad con la autoridad, la confianza con el respeto y, sobre todo, la claridad con el rigor, y la sencillez con el esplendor de la Liturgia.
Estas cualidades son los resultados de su estudio concienzudo y del hábito adquirido desde la adolescencia para analizar los problemas humanos aplicando las luces de la razón y las pautas del Evangelio. Él parte del supuesto según el cual el buen uso de la palabra es una muestra de inteligencia, un signo de cortesía y la herramienta imprescindible para anunciar, explicar y comunicar los mensajes cristianos.
Ahí radican las preguntas que, cuando tengo la fortuna de cruzarme con él en mis “paseos terapéuticos”, le formulo sobre su manera de interpretar, de vivir y de amar nuestro tiempo, sobre las formas de renovar los comportamientos personales y eclesiales, sobre el diálogo Iglesia-mundo e, incluso, sobre los perfiles de los sacerdotes actuales.
Estoy de acuerdo con él, por ejemplo, en que, ante el desconcierto generado por las importantes y delicadas situaciones cambiantes, es necesario que, en el diálogo con la sociedad, hay que renovar el lenguaje con el fin de sintonizar la fe y la vida, y que el anuncio y el testimonio de Jesús se explique de la manera lo más directa y clara posible.
Y es que, efectivamente, la Teología debe y puede responder a las situaciones actuales de desconcierto, de angustia, de apatía, de desigualdades, de pobreza, de dolor de muchos y de confort de pocos. Es comprensible, por lo tanto, que, en nuestro encuentro de hace unos días, coincidiéramos con la oportunidad y claridad de las palabras de León XIV: "en la familia, en la parroquia, en la escuela y en los lugares de trabajo, en cualquier lugar donde nos encontremos, intentemos no perder ninguna ocasión para amar".
“Hay que ver la habilidad con la que ha hecho convergente su entrega a la enseñanza de la Teología, a la Iglesia y a los fieles a él encomendados”. Esta breve frase retrata, a mi juicio, al sacerdote y al intelectual —una mezcla de sabiduría, de sensibilidad y de sentido eclesial— que encierra la razón honda de su intensa y dilatada dedicación al estudio y a la enseñanza como cauces de la acción pastoral. Esta es la clave que explica su entrega a la docencia como verdadero ministerio.
La explicación de su apasionada y, al mismo tiempo, rigurosa dedicación a en las diferentes tareas encomendadas por los obispos —coadjutor, párroco, vicario general de la Diócesis de Ceuta y capellán de monjas de clausura— siempre han estado apoyadas en el estudio y en la enseñanza de la Teología alimentada por sus análisis bíblicos, históricos y eclesiales. Pensador y crítico, disfruta indagando raíces, analizando palabras y relacionando ideas impulsado por su pretensión de saber mucho sobre Jesús de Nazaret, sobre la sociedad y sobre la Iglesia.

En mi opinión, lo más sorprendente de este sacerdote es la habilidad con la que armoniza la fe con la ciencia, la teoría con la práctica, la humildad con la autoridad, la confianza con el respeto y, sobre todo, la claridad con el rigor, y la sencillez con el esplendor de la Liturgia.
Estas cualidades son los resultados de su estudio concienzudo y del hábito adquirido desde la adolescencia para analizar los problemas humanos aplicando las luces de la razón y las pautas del Evangelio. Él parte del supuesto según el cual el buen uso de la palabra es una muestra de inteligencia, un signo de cortesía y la herramienta imprescindible para anunciar, explicar y comunicar los mensajes cristianos.
Ahí radican las preguntas que, cuando tengo la fortuna de cruzarme con él en mis “paseos terapéuticos”, le formulo sobre su manera de interpretar, de vivir y de amar nuestro tiempo, sobre las formas de renovar los comportamientos personales y eclesiales, sobre el diálogo Iglesia-mundo e, incluso, sobre los perfiles de los sacerdotes actuales.

Estoy de acuerdo con él, por ejemplo, en que, ante el desconcierto generado por las importantes y delicadas situaciones cambiantes, es necesario que, en el diálogo con la sociedad, hay que renovar el lenguaje con el fin de sintonizar la fe y la vida, y que el anuncio y el testimonio de Jesús se explique de la manera lo más directa y clara posible.
Y es que, efectivamente, la Teología debe y puede responder a las situaciones actuales de desconcierto, de angustia, de apatía, de desigualdades, de pobreza, de dolor de muchos y de confort de pocos. Es comprensible, por lo tanto, que, en nuestro encuentro de hace unos días, coincidiéramos con la oportunidad y claridad de las palabras de León XIV: "en la familia, en la parroquia, en la escuela y en los lugares de trabajo, en cualquier lugar donde nos encontremos, intentemos no perder ninguna ocasión para amar".
JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
FOTOGRAFÍA: DEPOSITPHOTOS.COM
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